Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

miércoles, 22 de octubre de 2014

Conspiración Octopus IX

Viene de aquí.

31

Louise Arbour retiró a un lado el informe de la ONU de doscientas cincuenta páginas sobre el interrogatorio de Shimada, apoyó los codos en una gruesa mesa de caoba y se tapó la cara con las manos. La habitación estaba a oscuras. La luz de una luna creciente le enmarcaba la cabeza formando un halo achatado. Unas nubes transparentes se desparramaban por el cielo nocturno sin llegar a tocar la luna. Louise permaneció inmóvil, con el rostro demacrado. Su padre murió en 1944, días antes de que una avanzadilla de tropas británicas liberase su campo de concentración. Su nombre se convirtió en un recuerdo. Uno de los misterios de la muerte es que afecte tan poco a todos, salvo a los íntimos. La última imagen de él. La última fotografía. La última nota. Todo lo último del mundo. La nota, escrita con pulso inseguro en un papel tan frágil que se desintegraba, estaba fechada el 2 de febrero de 1944. Llegó el 10 de marzo. ¿Quién la envió? ¿Cómo? ¿Desde dónde? Nadie lo sabía.
Pingfan, Manchuria, 2 de febrero de 1944
Mi querida Katherine, ya me queda poco. Cuando recibas esta nota, habré muerto con la ayuda de Dios. El tifus y la tuberculosis han devastado mi cuerpo hasta volverlo irreconocible. Los guardianes me han roto las piernas y todos los dedos menos dos, el índice de la derecha y el pulgar de la izquierda. Pero no puedo quejarme. Uno de los guardias jóvenes, al ver mi lamentable estado, me ha dado cada día quince gramos extra de pan. Ya sé, no parece mucho, pero aquí, en Pingfan, cuatro migas son una comida. Me gustaría contarte muchas cosas, aun sabiendo que no volveré a verte.
En general, hemos tenido suerte. Nos hemos querido profunda y generosamente. ¿Qué más podíamos pedir? Todos los instantes que me queden en esta tierra los pasaré pensando en ti y en Louise. Dios mío..., cuánto me gustaría veros, aunque sólo fuera un instante. Cuida de ella y dile que la quise mucho.
Había vivido en Shefferville con sus progenitores hasta que el padre fue enviado a la guerra. Era piloto de la Royal Canadian Air Force. De golpe, el mundo de Louise se vino abajo. Después de la guerra, su madre se trasladó a la ciudad de Québec y conoció a un ex marine que se había hecho soldado tras haber perdido su granja, y regresó en tan malas condiciones que le diagnosticaron síndrome de estrés postraumático. Empezó a beber, primero con moderación. Cuando los empleos se desplazaron al sur, perdió la ayuda del ejército. Los tres vivían de la pensión de viudedad de la madre y una pequeña dádiva de desempleo a cargo del gobierno. Lo de la bebida empeoró. Comenzó a pegarles, primero un poco, luego más... Tenía días buenos y malos. Louise acabó siendo una experta en distinguirlos, aprendió las sutilezas. Fue duro para una niña
.
Era el Día de la Madre. Louise dejó de soltar risitas y saltó de pie a un banco de arena. La madre miró a su pequeña y con el dedo le hizo señas para que se acercara.
—Aquí —dijo señalando el gran bolsillo del bolso.
La niña contuvo la respiración, e inmediatamente metió las manos en el bolso. De pronto, un chillido.
—¡Mamá! —Desenvolvió ruidosamente con dedos temblorosos. Era una piruleta enorme con forma de corazón. Sopló otra ráfaga de viento.
—¿Por qué lo has comprado? —Una mano que golpea. Un ruido sordo. Alguien que se cae. Otro golpe.— ¡Es el Día de la Madre! —Oía los sollozos ahogados de su madre.
Pese a su propio miedo, Louise intentó, titubeante, consolarla y protegerla. La madre, tumbada boca arriba en el salón, se estremeció al notar el cuerpo de la niña. De pronto se acabó el escalofrío y surgió una mirada perdida. Y de nuevo volvió la calma. La voz de la madre resonaba en los recovecos más profundos de la memoria.

Al cabo de ocho meses pasando de un pariente a otro, fue enviada a un orfanato católico de Montreal, después a un orfanato protestante y luego a otro del gobierno. El calor, la fetidez, los insultos, la depravación, los gritos, todo reverberaba en los asquerosos corredores y los cuartos traseros más alejados. Siempre durmiendo en el peor catre. Siempre con lo poco que le había robado a ella. Era una adulta en un cuerpo de niña. La mandíbula apretada, los ojos hundidos. Sola en un continente inmenso, en un mundo desconocido. Su resolución la empujaba a seguir adelante. La resolución de un adulto en un cuerpo de niña.
—¿Cuántos años tienes? —El hombre rondaba la cincuentena, era bajo, gordo y calvo, y tenía una mirada afable e inquisitiva.
—Diecisiete —contestó ella, frotándose los nudillos de la mano derecha.
Él la miró de arriba abajo.
—¿Qué sabes hacer?
—Cocinar y limpiar.
El hombre suspiró.
—En fin, no tiene nada de malo.

Louise consiguió un trabajo en un château ruinoso situado en uno de los barrios más pobres de Montreal. Primero limpiar y luego cocinar. El cocinero oficial era un bebedor empedernido, y pronto Louise estuvo cocinando por los dos. Una mañana, el cincuentón, calvo y de mirada inquisitiva, le dijo que nunca había comido tan bien desde la muerte de su mujer. Louise se quedó allí un año y ahorró cada centavo que ganaba. Quiso la suerte que hubiera una biblioteca pública delante del château. Durante las pocas horas de tiempo libre, leía y leía.

Un día cumplió realmente los diecisiete y fue a la Universidad McGill. En aquella época, los huérfanos del ejército canadiense eran admitidos sin examen de ingreso y tenían la matrícula gratuita. La mayoría de «esa gente», como les llamaban, abandonaban los estudios enseguida. «Demasiado para su coco», decían. Esa adulta en un cuerpo de niña se convirtió en una adulta hecha y derecha, «demasiado sensata para su edad», según algunos. Otros decían simplemente: «No queremos a la gente como tú.» Siempre se contuvo, menos aquella vez.
—¿Conocéis su verdadera historia? —Era una reina de la moda, alta, delgada, rubia, hija de un poli local—. Su madre huyó con un marinero borracho.
Risas.
—Vaya, ¿te hemos roto el corazón?
Un cebo. Louise no representaba ni una mota en la felicidad de ellas. La desgracia de una vida de exclusión. Para saberlo hay que ser desgraciado. La felicidad no está para identidades. Todas las familias desdichadas son iguales, pues cuentan con ser siempre desdichadas. Louise se contuvo otro rato. Notó que su corazón aminoraba el ritmo. Vio formarse la bruma roja frente a sus ojos. Y se volvió invulnerable. Vio a su madre sonriendo.
—Me temo que esta vez habéis ido demasiado lejos —dijo Louise con tranquila determinación.
La damita cometió el error de dar un paso en dirección a Louise. Antes de saber qué había pasado, tenía el pelo rubio en la cara, la cabeza entre las piernas, los brazos caídos a los lados del cuerpo, y a Louise de pie, limpiándose de los puños la sangre de la rubia. A partir de entonces, dejaron de llamarla «esa gente» y pasó a ser Louise.

A Louise Arbour se le apareció un mundo nuevo. En Montreal amplió su círculo de amigos, y la vida universitaria llegó a ser su vida. Enseguida se sintió atraída por el Derecho, y comprendió que la mayoría de las leyes están determinadas por las fuerzas económicas y las cuestiones internacionales.

Un día, un hombre le ofreció un trabajo en un famoso bufete de Ottawa con el patrocinio del gobierno canadiense. Seis meses al año era estudiante. Los otros seis, una profesional remunerada en una prestigiosa firma de abogados. Los seis meses se convirtieron en un contrato de tres años. Ahora tenía veinticinco y era licenciada en Derecho. En el anuario de su graduación, en el margen a la derecha de su nombre, escribió: «Quiero representar a los que no tienen voz.»

El lenguaje, incluso el más brillante, es una especie de déficit de razón en nuestro mundo de empobrecimiento y autocomplacencia. Louise encendió un cigarrillo y notó la soledad en la negra noche. Shimada. «S-h-i-m-a-d-a. A..., no, K de kilo, Sylvia, no Q de queso, I-R-A.»
—Señora Arbour, en este edificio no se puede fumar. —Su pasante sonrió, incómoda.
—¿Por qué no?
—No lo sé —tartamudeó.
—Sylvia, ¿siempre obedeces estas normas absurdas?
—Yo no fumo, señora.
—Pues quizá deberías empezar. Es bueno para el cutis y para el sentido común.

La aristocracia de la percepción. «S-h-i-m-a-d-a. No puedes negar tu pérdida sin nombrarla y volver a sufrir. El autor es el destino, el que establece la trama. Ella persigue una percepción, un sentido de lo que ha ido mal, una marca profunda de la ley moral. Todas las familias felices son felices, cada una a su manera. La
felicidad y el paraíso..., seguramente no es que no vaya a durar, sino que no puede durar. El paraíso y la pérdida son recíprocamente esenciales porque, si no puedes perderlo, no es paraíso.»

La invadió un frío viento de angustia. Vuelve a estar en su ciudad natal, sosteniendo la mano de su padre. Mira el collage de colores que tiene delante. Es morado a lo lejos, azul eléctrico al acercarse, azul diamante entre los árboles. Cada color concierne a la muerte o al recuerdo de una pérdida. Una ráfaga de aire, un fantasma ciego, pasa rozando un paseo entarimado en la playa. Se hincha y se desliza en sus honduras, agarrando a un anciano oriental que está sentado en un banco de madera, que masculla algo entre dientes... Pero esta imagen se desvanece bruscamente, fundiéndose en el complicado entorno, y luego desaparece una y otra vez. Y todo vuelve a quedarse quieto. Le cruza la memoria algo parecido a una estrella fugaz. No hay clausura, y esto es más de lo que su razón puede controlar, pues se sobresalta al darse cuenta de que, en un mundo donde es posible tal inhumanidad, no cabe esperar ninguna conciencia, y por tanto ninguna toma de conciencia. Necesitamos estas estrategias desesperadas sólo para lo verdaderamente imperdonable. El dolor no compensado según un orden de sentido. ¿Por qué? Criaturas inocentes destrozadas por la crueldad del azar... Todas las familias desdichadas son iguales, y sus historias son las mismas: una imagen descomponiéndose en el espejo. Otra ráfaga de viento. Ésta es más comedida, una ligera brisa que agita los geranios del balcón y desaparece en un cegador paisaje lejano.

En la débil luz de la lámpara, Louise Arbour sostenía la última nota de su padre, preservada para la eternidad con una funda de plástico. La pretensión de olvidar distorsiona todo lo que decidimos recordar de manera consciente. Tiempo y espacio, y una paz curiosa, como si se acabara el mundo, como si se detuviera el tiempo... De pronto, empezó a llorar. Al fin exhaló un suspiro, se enjugó las lágrimas y sacudió la cabeza, reprimiendo otra avalancha de gimoteos. Cogió el teléfono de su estudio privado y marcó una extensión.
—Oui, madame?
—Quel est le rapport de situation sur notre homme?
El guardia miró la pantalla de plasma que tenía delante.
—Está sentado en la cama.
—Son las cinco y diez de la madrugada. ¿Qué está haciendo?
—Parece que está meditando.
—¿Cuántas personas lo protegen?
—Una docena, señora Arbour.
—Mañana quiero hablar con Shimada. Bonne nuit, monsieur.
—Oui, madame.

—Ya sabéis quién es el siguiente al que llamaremos, ¿no? —dijo Curtis sin apasionamiento.
—Ya es la hora. El hombre merece la que va a caerle —señaló Cristian sin mirar a nadie en concreto. Curtis cogió su teléfono especial y marcó un número. Con deslumbrante claridad, el destino, o acaso era Dios, estaba instando a John Reed a que captara el momento en el momento, el latido en el latido, la conciencia en la conciencia, una toma de conciencia no del yo solo sino del mundo, y el yo en el momento de la percepción... En resumen, que entrara en razón.
—¿Sí?
—Buenos días, señor Reed.
—¿Qué?
—Sólo he dicho «buenos días». Hay una crisis que requiere su atención inmediata.
—¿Taylor?
—No, y espero que no vuelva a mencionar ese nombre.
—¿Quién demonios es usted? —bramó Reed al auricular.
—Alguien que tiene algo que quizá le interese.
—¿De qué está hablando? ¿Es un bromista?
—Octopus, señor presidente.
—¡Dios santo! —respondió la voz repentinamente baja de Reed. Aunque se controló al instante, ya era demasiado tarde.
«Roger uno», pensó Curtis. Haz un croquis a partir de insinuaciones, sin pensar. ¿Cómo lo hacía? ¿La voz? ¿El tono? ¿Pausas o silencios? De momento tenía un nombre nuevo, alguien llamado Taylor, alguien lo bastante importante para estar incluido en las compañías de Reed. «No te pares. Que siga desconcertado y a la defensiva.»
—No tengo ni idea de qué está diciendo. ¿Y cómo diablos conoce mi número privado? ¿Qué intenta venderme?
—Usted lo ha dicho, estamos vendiendo mercancías, no aparatos. Mercancías que le llevan a una carretera de ladrillo amarillo. Mercancías que pueden traer a Dorothy de vuelta a Kansas.
—Ahora, escúcheme, gilipollas. Su melodrama no me asusta en lo más mínimo. He visto coños que le encresparían el pelo del culo hasta volverlo una bola rizada. Hable claro. No tengo paciencia para estupideces.
—Bien, señor presidente, vayamos al grano. Periodista muerto. Shawnsee, Oklahoma. Fechas, buzones muertos virtuales, CTP, abuso de información privilegiada, cuentas bancarias secretas, nombres de destinatarios para los agentes del gobierno... Y mucho más.
En el otro extremo de la línea se produjo una larga pausa.
—Déjeme adivinar... —dijo el banquero— cuál de los tres patanes puede ser usted. No es ninguna chica, así que quedan otros dos. Su voz es demasiado controlada y profesional para ser el desenterrador, de modo que, por eliminación, debe de ser el señor Fitzgerald, a menos que me llame el propio Cristian Belucci. No, conozco su voz, y usted no es él.
Curtis se reclinó en el sillón, con el pulso acelerado, los pensamientos entrechocando, ningún juicio, sólo caos.
—Como he dicho, un periodista ya fallecido reunió pruebas condenatorias que podrían volar la cabeza de Octopus. Él lo tenía. Ahora lo tenemos nosotros.
—Así que lo mataron ustedes.
—Eso sería inhumano. Hicimos la parte difícil.
—¿Cuál?
—Descubrimos el modo de abrir la cuenta y extraer la información de una caja de seguridad anónima. Fue el fruto de cinco años de investigación.
—¿De ustedes?
—De él. Pero claro, usted esto ya lo sabía, ¿no?
—¿Cuánto tiempo calcula que podrá conservarla antes de que la recuperemos?
—¿Recuperarla? ¿Está insinuando que es suya, señor Reed?
—Un raciocinio endeble, señor Fitzgerald. Ahora escuche con atención. Tenga lo que tenga, nosotros lo queremos.
—¡Nosotros! Oh, no, señor presidente. Nosotros no, ¡ellos! Ellos lo quieren y están dispuestos a pagar una recompensa considerable por el privilegio de chantajearlo a usted.
—¿«Ellos»? —dijo Reed.
—Ellos, señor Reed.
—¿Quiénes son «ellos»?
—Ellos son ellos.
—¡Deje de tocarme las pelotas y hable claro, muchacho!
—Ellos. Un poderoso conglomerado financiero. Una corporación con recursos ilimitados. El dinero no importa, sólo la información.
¿Por qué había dicho «ellos»? ¿A qué venía? La tercera persona del plural siempre sonaba misteriosa. Los trucos de un interrogador experto. Reed picó el anzuelo.
—¿Quiénes son «ellos»? —insistió.
—Ya se lo he dicho, un conglomerado..., interesado en un acuerdo económico. Mucho dinero.
—Curtis tenía de nuevo el control, y Reed estaba preparado para escuchar—. Gente a sueldo del gobierno que entra y sale, agentes, antiguos agentes y mafiosos, personas con habilidades muy valoradas y muy bien remuneradas cuando trabajan para el bando equivocado. Agentes independientes que trabajan por su cuenta y no se conocen unos a otros, si bien están coordinados mediante una serie de controladores, quienes a su vez son controlados desde arriba. —«Para describir tu operación utiliza su propia medicina»—. Fueron tratados injustamente una vez, hace tiempo, y ahora quieren ser compensados con creces.
—¿Es esto lo que Scaroni le ha contado?
«¿Scaroni? ¿Es éste el nombre de una seductora mezcla de lija frotando granito con una pizca de miel?»
—Tenemos fuentes de gran alcance.
—Entonces sabrá que Scaroni es un ex agente de la CIA. Ex porque estaba sucio incluso para los pervertidos patrones de la Agencia.
Curtis intentaba apoyarse en algo concreto.
—Scaroni no preocupa a nuestra gente. Al fin y al cabo, está en la cárcel..., y bajo control.
Reed dominó su asombro.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Muy poco, salvo que usted resulta ser parte de la organización culpable, y uno de sus eslabones más débiles.
—¿Tiene idea de a quién se está enfrentando?
—Creo que sí.
—Está usted loco. Es hombre muerto.
—Las amenazas no nos asustan. Y sí, estoy lo bastante loco para sacar a la luz a Octopus y los billones de dólares en fondos ilegales con ganancias blanqueadas en cuentas del Citi. Imagine cómo quedaría su reputación. Después de eso, ¿cuánto tiempo sería capaz Octopus de mantenerlo ahí?
—Esto es una locura. De pronto, usted aparece e intenta intimidar al presidente de la segunda institución financiera más importante del mundo.
—Que en su tiempo libre trabaja además para un poderoso conciliábulo de criminales. —Hizo una pausa, y luego volvió sobre ello, esta vez mostrándose más comprensivo y con ganas de llegar a un arreglo—. Por favor, señor Reed. Sólo somos unos intermediarios que intentan ganarse la vida.
—¿Está sugiriendo un arreglo?
—Basado en la comprensión mutua.
Hubo una larga pausa.
—¿Durante cuánto tiempo han estado ustedes planeando esto? —La voz era puro hielo, un muelle listo para saltar a la primera oportunidad. Curtis sabía que debía ir con cuidado.
—El tiempo no tiene importancia.
Reed no le hizo caso y siguió insistiendo.
—¿Un mes? ¿Dos? ¿Un año? ¿Dos años? ¿Tres? ¿Cuatro? —Se detuvo en cuatro—. ¿Hasta dónde han llegado? ¿Creen que nosotros no podemos averiguarlo?
La pregunta era un arma de doble filo, lo bastante vaga para suscitar una suposición que conduciría a indirectas y errores mayúsculos, y lo bastante concreta para quienes conocieran la respuesta correcta.
—Lo bastante lejos para saber que podemos negociar desde una posición de fuerza, señor Reed.
—Bueno, entonces escuche esto. Alguien más está echando brotes en su territorio.
—¿Quién?
—El Bank Schaffhausen. No era nuestra operación. Si está sugiriendo que tiene otro comprador, entonces alguien nuevo se ha incorporado a la subasta. Tres es multitud, y usted está jugando una partida que no puede ganar —señaló el banquero con tono sombrío.
Curtis se quedó helado. ¿Qué había querido decir? ¿Estaba mintiendo? Probablemente no. La voz de Reed era firme. Hablaba en serio. De hecho, Schaffhausen no era la operación de Octopus. Entonces, ¿de quién? Aquél era un momento clave. Curtis notaba que la verdad estaba engatusándolo desde algún sitio inalcanzable. Quedaban muchos cabos sueltos. El presidente de Citibank se apoyó en la pared. Había algo en esa llamada que le hacía arrugar la nariz. Al principio le entró el pánico, pero después fue frío y analítico. Tenía una bien ganada reputación. Era más fácil ver al presidente de Estados Unidos que a John Bud Reed. Menos de cinco minutos después de haberse marchado el asesino francés, recibía una llamada, aparentemente de alguien que quería venderle la misma información que él intentaba sacarle a Scaroni mediante Jean-Pierre. ¿Estarían trabajando juntos Jean-Pierre y ese gilipollas? ¿Para quién? ¿Para el Consejo? Le dio un escalofrío. ¡Imposible!
—¡Ridículo! —exclamó en voz alta.
—¿Perdón? —dijo Curtis representando su papel a la perfección.
—No he dicho nada.
Tenía la vaga sensación de que de pronto todo se había vuelto del revés y que, para comprender, debía mirar las cosas en orden inverso. Era algo oscuro y amenazador, y sin embargo suave y silencioso. Y ahí estaba él, en una especie de estupor, de desamparo, intentando juntar las piezas para evitar el espantoso impacto. «Si creen que me utilizarán como chivo expiatorio...» Volvió a estremecerse. «¡Basta!» ¿Había algo de lo que debiera preocuparse? No. Él era John Reed. Sí, había algo que le preocupaba. Una forma, todavía no definida, se había deslizado en su existencia. Había un problema, una crisis, que no se resolvería por sí sola. «Hay una crisis que requiere su atención inmediata. Desde luego que sí.»
—¿Perdón?
—¡No he dicho nada! Deje de parlotear. Estoy pensando. —«Si realmente van a por mí, tengo que protegerme, al menos hasta que pueda mandar el asunto a paseo.» Aquello apestaba. Reed estaba resuelto a averiguar qué se cocía. «Que siga al teléfono»—.¿Cuál es su juego?
—Nada que no pueda resolverse de forma amistosa.
—¿Qué insinúa?
—Podemos relacionar esta valiosa información con diversas soluciones mutuamente beneficiosas a las que se ha llegado de manera creativa.
—¿Cómo?
—Un intercambio. Al fin y al cabo, todos buscamos lo mismo.
—No sé por qué, pero lo dudo.
—Sus palabras me duelen, señor Reed. Mire, nosotros buscamos lo que algunos llamarían ventajas económicas injustificadas basadas en información privilegiada, igual que ustedes. Secretos, si lo prefiere.
—Escúcheme bien. CitiGroup es una entidad financiera. Su información está a disposición del público a través de la Comisión de Seguridad. No estamos ocultando nada.
—¿En serio? Entonces quizá pueda explicarme el significado de las siguientes cuatro palabras: treinta cuentas, CTP, CitiGroup. ¿Cuántos dólares hay ahí, señor Reed? —Éste se recostó en el sillón desde donde disfrutaba de una impresionante vista del río Hudson.
—Hay poco que usted no sepa.
—Tenemos nuestras fuentes. —Desde luego, aquel hombre esperaba que Curtis supiera mucho más de lo que sabía.
—Un muerto de hambre convertido en cadáver —soltó Reed, burlándose por lo bajo—. No sabe nada y me está chantajeando. —Estaba recuperando la confianza en sí mismo.
Curtis hizo una pausa para explorar y descartar opciones, como un adicto al ajedrez que juega dos partidas simultáneas. «No puedo perderlo ahora. El hilo de Ariadna... ¿adónde lleva? ¿A la no rendición de cuentas? ¡Eso es! Puede que Reed ejerza cierto control o que sea uno de los muchos del escalafón, que responda ante otro que a su vez tenga su propio escalafón. Conectado todo con un hilo invisible..., y tapado con una cortina negra... No rendir cuentas. Creación de dinero sin ningún sistema de supervisión que lo ponga en evidencia.»
—¿Qué quiere? —Reed rompió el silencio.
—Una cooperación mutuamente beneficiosa. Ustedes van tras ciertas cosas, y nosotros quizá podamos ayudarles, siempre y cuando podamos confiar en ustedes. Recuerde, señor Reed: se trata de ventajas económicas basadas en información privilegiada. Y usted se halla en una posición privilegiada para acceder a esta información.
—Siga.
—Si la parte agraviada llega a apoderarse de lo que hemos reunido, ya sabe a qué información me refiero..., cuentas bancarias secretas, CTP, nombres de destinatarios..., a saber qué podría hacer con ello. Naturalmente, ciertos datos perjudiciales, documentos vitales, si prefiere, relativos a usted, podrían simplemente desaparecer. —Su voz se fue apagando.
—¿Un dossier incompleto?
—En lo que concierne a nuestro cliente, para empezar esta información podría no estar aquí. ¿Quién va a decir nada?
Hubo una pausa muy larga. De pronto, Reed, con tono pausado y grave, dijo:
—Su oferta podría interesarme.
«Un hombre asustado dispuesto a cambiar de bando. Cuidado. Elimina el entusiasmo de tu voz. Sonido indiferente. Se supone que eres un emisario.»
—Aplaudo su decisión. Estoy en condiciones de transmitirla a mis superiores, que a su vez la harán llegar a otros que llegarán a las conclusiones apropiadas. —Curtis volvió a callarse, esperando que Reed diera el primer paso.
—¿Sigue ahí?
—Sí, claro. Quizá como signo de buena voluntad, esté usted dispuesto a darnos alguna información útil.
Reed estaba siendo arrinconado y lo sabía, pero, dadas las circunstancias, poco podía hacer al respecto. Era una partida de ajedrez, e iba perdiendo.
—Scaroni fue un montaje. Está en la cárcel porque acabó en posesión de algo que de entrada no era suyo. Hasta que no lo recuperemos, no saldrá.
«¿Scaroni? ¿Un montaje? ¿De quién? ¿Dónde estaba el beneficio? ¿Cuánto se supone que sé?» Curtis intuyó que de momento debía eludir esa clase de preguntas.
—Hasta ahora no me ha dicho nada que no supiera —dijo Curtis—. Tal vez pueda echarle una mano. —Ése era el momento crucial—. Octopus... ¿a cuántos conoce personalmente?
Reed no dijo nada. Curtis contuvo la respiración.
—¿Y qué hay de Taylor?
—Un nuevo rico. Una joven promesa.
—¿Qué más puede contarme?
—Pensaba que ya lo conocía.
—Lo que nosotros sepamos o pensemos da igual, señor Reed. Quiero oír lo que usted sabe.
Veamos cuán a fondo hemos penetrado en la organización.
—Es presidente de Bilderberg y vicepresidente de Goldman Sachs.
Curtis quiso gritarle: «¿Qué? Bilderberg, Goldman Sachs, CitiGroup, Octopus, el complejo industrial-militar, la CIA, el ejército, los servicios de inteligencia, el FBI, bancos, gobiernos... ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué buscan?» Pero se dijo: «Contrólate. No dejes que se escape ahora.»
—¿Y los demás?
—Son todos hombres de carrera: militares, Inteligencia, negocios.
—FBI, CIA, NSA, ONI, DIA, Pentágono, complejo industrial-militar, lo que realmente significa connivencia industrial-militar. Sí, ya lo sabemos.
—Está claro que han hecho ustedes los deberes —replicó Reed con aspereza.
—¿Quién en concreto?
—¿No lo saben?
—Vamos, señor Reed, su interrogatorio empieza a aburrirme. Simplemente quiero comprobar hasta qué punto es usted sincero. —El ritmo estaba claramente de su lado. «Sigue...»
—Hay varios niveles. Los peldaños inferiores son burócratas gubernamentales de grado intermedio. Subiendo por el escalafón encontramos a planificadores militares de alto rango y sus controladores, luego el Consejo Asesor de Inteligencia...
—¿El Consejo? —dijo Curtis.
Reed prosiguió:
—La mayoría tiene una gran influencia local. Es así como lo queríamos.
—¿Por qué?
—Porque nos conviene. —Hizo una pausa—. Y porque casi nadie conoce la historia real.
«¿Qué historia? ¿Qué secreto es digno de tal conspiración?»
—Nosotros lo sabemos y ustedes lo saben —dijo Curtis con rotundidad, disimulando su asombro ante lo que estaba oyendo—, pero otros tal vez no lo vean igual. Sobre todo si llegan a saber la verdad.
—Esto no habría sido un problema si Scaroni no hubiera dado con las cuentas bancarias.
Curtis hizo todo lo posible para ser coherente.
—¿Están ustedes cerca de averiguar dónde él...? —Hizo la típica pausa de quien no quiere que una información valiosa como aquélla se divulgue por la línea telefónica—. Ya sabe... —El resto quedó sin decir. Espacios en blanco llenados por quienes contaban con que Curtis sabía.
—Más cerca, no cerca. A menos que recuperemos lo que cogió... —repitió mecánicamente.
«¡Sí! ¿Qué cogió? ¿Y qué pasó? ¿Por qué no me lo cuenta sin más? ¿Por qué no sé leer el pensamiento? ¡Dígamelo, maldita sea!» Pero todo lo que Curtis dijo fue:
—Entiendo. Volveré a llamarle.
Curtis Fitzgerald, ranger del ejército y miembro de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, colgó el teléfono y apoyó en la pared su asustado cuerpo. La conversación con Reed había sido una misión peligrosa. Lo que había descubierto le ponía los pelos de punta. En la vida hay cosas que deberían permanecer en sus agujeros negros, cerradas con candado y sin salir a la luz. Lo que acababa de averiguar encajaba en esa categoría.

32

—¿Y bien? —La pregunta de Michael contenía un desamparo latente.
—¿Cómo demonios nos hemos metido en este lío? —El ranger sacudió la cabeza.
—¿Curtis? —Simone lo miraba con los ojos abiertos como platos.
—Dios, lo siento, Simone. —Y volvió a negar con la cabeza.
—¿Qué ha dicho? —terció Cristian.
—Digámoslo así —contestó Curtis, cerrando los ojos—. Qué debemos pensar si el presidente del poderoso Grupo Bilderberger, que además resulta ser vicepresidente de Goldman Sachs...
—Éste sería James F. Taylor —interrumpió Cristian.
—... se sienta en el mismo Consejo de Directores como presidente de CitiGroup, estando ambas entidades de algún modo vinculadas a Octopus...
—Todo es parte del complejo industrial-militar —concluyó Cristian.
—Cuyos integrantes son altos cargos del FBI, la CIA, la NSA, la ONI, la DIA, el Pentágono, el Departamento de Defensa... —añadió Michael, componiendo la frase entera.
—Por no mencionar los bancos y el gobierno, conectados a los programas comerciales paralelos de creación de dinero —señaló Cristian.
—Vaya grupito...
—Hay más. Reed me ha dicho que Bank Schaffhausen no era una operación suya.
—Entonces, ¿es que hay alguien más? ¿Alguien desconocido para ellos y nosotros?
—Así es —respondió Curtis con gravedad.
—Cristian... —Curtis miró de reojo a su amigo—. Saben que nosotros estamos aquí y que tú estás implicado. Te he puesto en peligro.
El banquero echó el cuerpo hacia delante en la silla. Prendió una cerilla, encendió un cigarrillo, rodeó el sofá y se sirvió una copa.
—Casi todas mis razones para vivir murieron con mi esposa, hasta ahora. No me quitéis ésta, por favor. —Hizo una pausa—. En cualquier caso, soy demasiado importante para que me hagan nada. —Sonrió—. Bien, ¿qué hay de ese otro grupo?
—«Alguien nuevo se ha incorporado a la subasta.» Éstas han sido sus palabras. También ha dicho que la mayoría tiene mucha influencia. Que así lo querían ellos —explicó Curtis—. Le he preguntado por qué, y ha contestado que les conviene porque casi nadie conoce la historia real.
—¿Qué historia?
—No lo sé.
—¿Por qué no le pediste detalles?
—Se supone que conozco la respuesta.
—Peldaños inferiores, el escalafón, sus controladores, y luego el Consejo de Directores. El clásico tinglado de toda sociedad secreta —añadió Cristian.
—¿A qué se refiere? —inquirió Simone.
Cristian suspiró ruidosamente y apagó el cigarrillo en el cenicero.
—La organización se estructura en círculos concéntricos, con la capa exterior siempre protegiendo al miembro interior más dominante que coordina las operaciones. Todo esto, desde luego, es un eufemismo para la creación de una red global de cárteles gigantescos más poderosos que los propios países, a cuyo servicio están, en teoría, una araña virtual de intereses industriales, económicos, políticos y financieros.
Curtis pensó que fuera cual fuera la historia real que Reed y los del Consejo estuvieran ocultando, el mundo de la codicia y la corrupción era la norma, y no una anomalía. Tenía un diseño de múltiples capas, en círculos concéntricos, repleto de personajes cuya brújula moral estaba tan jodida que Curtis se preguntaba cómo llegaban a distinguir el mal del mal entre ellos.
—Esto es gordo y feo. ¿Alguien recuerda la película La masa devoradora? ¿O soy el único lo bastante viejo para recordar el estreno? —dijo Cristian.
—Yo la vi en reposiciones un cuarto de siglo después —señaló Curtis sonriendo de oreja a oreja.— Compórtate con las personas mayores.
—Lo siento. Esto da más miedo que la película. Reed ha admitido una cosa curiosa, casi como una ocurrencia tardía. Ha dicho que Scaroni está en la cárcel porque era un montaje, y que no habría pasado nada si no hubiera dado con las cuentas bancarias... Por lo visto, se apoderó de dinero que para empezar no era suyo. «Hasta que nosotros no lo recuperemos, no saldrá.» Éstas han sido sus palabras.
—¿Qué dinero hay que recuperar?
—No lo sé. En ese momento deseé ser capaz de leerle el pensamiento, pero no funcionó.
—Siempre buscando lo difícil... —soltó Michael con sorna.
—El omnipresente nosotros —añadió Cristian en voz baja—. Debemos buscar ayuda. Conozco a gente del gobierno, senadores y congresistas importantes, gente de la nueva administración que me debe favores. Pueden ayudarnos. Dejadme hablar con ellos.
—No, no podemos acudir al gobierno hasta que sepamos a qué nos enfrentamos. El FBI, la CIA, la Oficina de Inteligencia Naval, todos están metidos. Mucho dinero y ninguna rendición de cuentas. El gobierno de Estados Unidos y Octopus. Connivencia industrial-militar y robo a lo grande. Ni hablar. No hasta que sepamos exactamente con quiénes estamos lidiando y en quiénes podemos confiar. Cada vez nos falta menos para averiguar de qué va todo esto. Otro paso clave, y sabremos qué historia real hay detrás de esta gente, por qué los más importantes y poderosos hacen causa común. —Curtis no alzó la voz. No tenía por qué. Bastó con su tono sepulcral. Cristian lo entendió —. Tengo la sospecha de que Reed no es el guardián de la cripta, sino que rinde cuentas ante alguien.
»La única forma de resolverlo es tirando de ellos hacia fuera —señaló Curtis—. Tú lo has dicho, círculos concéntricos con la capa exterior protegiendo siempre a los miembros interiores más dominantes.
—¿Qué estás proponiendo?
Curtis miró primero por la ventana y luego a Cristian.
—Cuanto mayor sea el cebo, mayor será el pez —dijo tras una breve pausa—. Estamos columpiándonos sin saberlo ante algo que, sea lo que sea, se muestra activo. Reed está preocupado, y supongo que los demás también. En cuanto tengamos los nombres, podremos tirar de ellos individualmente. Puedo hacerlo. Lo he notado cuando lo tenía arrinconado. Él ha reaccionado como si fuera un espectador, alguien lo bastante involucrado para tomar decisiones..., pero no el que las toma.
—¡Bienvenido al verdadero club de los elegidos! —exclamó Cristian—. ¿Te gustaría saber por qué? Porque la mayoría de esas personas ha necesitado más de un tercio de siglo de duro trabajo, contactos e incontables millones, para estar donde ahora están. Con independencia de lo que les asuste, simplemente no tienen tiempo suficiente para empezar de nuevo, razón por la cual permanecerán unidos, excretando los restos de las partes en descomposición, los proverbiales eslabones débiles, pero siempre trabajando juntos hacia el objetivo común que tengan en el punto de mira.
—¿Y qué hacemos con Scaroni? ¿Intentamos contactarlo? —preguntó Simone.
—No, no descubramos nuestro juego. Dejemos que venga él. Lo ha hecho una vez y volverá a hacerlo.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Tiene una historia que contar. Hoy ha sido el primer capítulo.
Cristian miró el reloj.
—El resto deberá esperar a mañana. Tengo una reunión a primera hora y ya hace rato que debería estar acostado. Buenas noches a todos.

Frej Fenniche, funcionario superior de Derechos Humanos y segundo de Louise Arbour, se arregló la corbata mientras, con un maletín azul oscuro en la mano izquierda, subía la escalera de mármol de un edificio de oficinas situado en el centro de Washington. Llegó con cautela al descansillo de la tercera planta. Ninguna de las tres puertas tenía una placa. Frej se quedó quieto un momento, sin saber muy bien cómo seguir. Se acercó a la puerta de enfrente, pegó la oreja al macizo panel de madera y escuchó los apagados sonidos de dentro. De pronto oyó un clic a su derecha. La puerta quedó entreabierta. Frej se volvió con rigidez y entró en la débil luz que asomaba.
—Hola —dijo vacilante, al tiempo que empujaba cuidadosamente la puerta con la palma de su mano sudorosa.
—Por aquí —fue la respuesta procedente de algún lugar invisible.
Siguiendo el sonido, Frej Fenniche dio unos golpecitos en la puerta, volvió a ajustarse la corbata y entró.
—Hola, jefe. Tiene un aspecto estupendo —dijo con aire desenfadado. Intentó sonreír, pero no surtió efecto. El hombre se volvió. Lucía un traje de raya diplomática, bien entallado. Rezumaba confianza en sí mismo. Era importante y poderoso, quizás importante por ser poderoso, pero, claro, para muchos de sus seguidores era el poder lo que lo hacía importante.
—¿Trae la información? —preguntó el jefe con voz monótona.
—Sí. —Frej abrió el maletín, que contenía dos folios con las letras HCM, material muy confidencial, impresas en la parte superior. Estaban firmados y fechados por la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, la honorable Louise Arbour. El hombre esbozó una sonrisa.
—Buen trabajo, Frej.
—Encantado de estar a su servicio —fue la aliviada respuesta del segundo de la alta comisionada.
—Ajá. —El jefe alcanzó una bolsa de tela gruesa, que entregó lentamente a Frej Fenniche—. Aquí tiene una parte de su recompensa.
Frej abrió la cremallera de la bolsa. Estaba llena de billetes de cien dólares pulcramente ordenados en paquetes de cien, hasta completar diez mil por paquete.
—Doscientos cincuenta mil dólares, tal como quedamos.
—Sí, jefe. Gracias.
—¿Qué va a hacer con el dinero?
—Tal vez me retire. O a lo mejor me compro un restaurante o un pequeño hotel en la Riviera. Bueno, adiós y buena cacería. —Su voz había adquirido un temblor lírico. Frej se dio la vuelta y echó a andar hacia la puerta—. ¿Ha dicho que era una parte de la recompensa? —preguntó ladeando inquisidoramente la cabeza hacia el jefe—. ¿Es que hay otra parte? ¿Quizás un plus por el trabajo bien hecho? —Rió calladamente.
—Sí, un plus. Has elegido bien la palabra —replicó el jefe, volviéndose, pistola en mano.
Frej, horrorizado, dio un grito ahogado.
—¿Qué..., qué está haciendo? —fueron sus palabras.
—Debo decir, Frej, que lo que le falta de visión lo compensa con ambición.
—Pero yo le he dado lo que quería. ¡Lo he hecho bien!
—Así es. Pero, por desgracia para usted, vendió al mejor postor.
—¡Yo soy su fiel servidor! ¡Estoy de su parte! —replicó Frej, retirándose despacio de la mesa.
—¿Quién me asegura que mañana no ofrecerá esta valiosa información a Octopus por una cantidad superior? —El jefe hizo una pausa para tomar un sorbo de agua.
—¿Qué?
El jefe disparó un solo tiro a la parte superior de la garganta de Frej.

En algún lugar de Roma, el pálido espectro de Shimada, el último miembro de la unidad japonesa de experimentación médica, conocida como Unidad 731, se incorpora despacio en su pequeña cama. Tiene las flacas piernas embutidas en un pijama demasiado largo para su cuerpo. Apenas si ha dormido una hora. La noche es azul grisácea, fría y sin luna. La habitación flota en la oscuridad con la especial intensidad que uno percibe de noche. La lámpara, la mesa, unas zapatillas pulcramente dispuestas, hasta que aparece de pronto un trocito del objeto plateado y se enjaula en el marco de una ventana solitaria. Durante unos instantes, el espejo en la pared refleja el pelo blanco de su cabeza.

Fue hace mucho tiempo. La mañana invernal titilaba bajo la lluvia. Las hojas de los sauces llorones de Manchuria se agitaban en el viento; las densas sombras del follaje temblaban en un camino pulcramente abierto. Las imponentes verjas. Inmensas nubes color de fuego. Los arbustos, la valla de alambre, la oscuridad, las relucientes instalaciones. Ambiente soporífero. Gente por todas partes. Autobuses de anchas caderas rodando por la única carretera pavimentada de todo el complejo, alejándose en el inquieto destello del día. Anchos neumáticos que dejaban huellas plateadas en los charcos del asfalto, la agrietada superficie acurrucada en las arrugas. Los charcos parecían agujeros en la arena oscura, aberturas a otros cielos que se deslizaran bajo tierra. Aquí y allá, una luz roja brillaba sobre una puerta. No entrar. A lo lejos, un trueno negro se hinchaba en
pliegues de terciopelo. Junto a una de las columnas, cerca del cuerpo de guardia, una mujer de un amarillo cadavérico, rostro estrecho y piernas cortas, de unos treinta años y visiblemente enferma, esperaba sentada en un taburete. Ella también buscaba a tientas algo invisible en el aire. Entre las columnas pasaban guardias sin demasiado entusiasmo, gritando de vez en cuando órdenes en japonés, golpeando de vez en cuando a alguien con la culata del fusil. Cayó un anciano chino. Lo devolvieron a la fila a puntapiés. Magullado y golpeado, el hombre siguió resoplando mientras se le formaba un hilillo rojo y brillante en el extremo de su larga y huesuda nariz. Alzó la vista y vio a Shimada, pálido como una máscara de yeso, las blancas cejas reunidas en la frente arrugada, los finos labios apretados sin hostilidad. Se oyó algún disparo cercano, cada descarga retumbando en el cielo, y más allá de la tenue niebla plateada de los árboles, muy por encima de las estructuras prefabricadas que ocultaban algunas de las peores atrocidades conocidas.

La memoria es un acto de voluntad. Shimada miró hacia arriba. ¿Dónde estaba? Llegó la imagen del último y ruidoso autobús; el interior estaba lleno de siluetas negras que desaparecían en la oscuridad de su frágil memoria. Y cuando el vehículo, crujiendo y temblando, se paró a unos trescientos metros, alcanzó a oír a las golondrinas dáuricas yendo a recibir a los recién llegados. Al cabo de unos minutos, ella siguió el mismo camino, con las cortas piernas colgando en el aire, demasiado débil para andar. Dos guardias se la llevaron a toda prisa, agarrándola por los escuálidos codos. Bajó su mirada, cansada. Después, inclinándose, sollozó en silencio. La cama emitió un crujido apagado. En algún lugar, un reloj de torre con su equilibrio habitualmente embelesado dio cinco veces su mensaje. Shimada levantó la mano derecha, abrió los dedos y la dejó caer despacio en el
aire. El tiempo, cruel transcurso y deterioro, es también una forma de conocimiento, el nacimiento de una conciencia que se sabe temporal. La vergüenza, la desaparición de una forma sin vida, es una disolución del yo. Son las ruinas del yo, una acción que sólo deja restos desperdigados. Dolor y paranoia. Reconoció el paisaje, aunque no la condición física. La referencia se convirtió en manía: una definición de realismo poco sentimental.

Shimada se puso de pie y sacudió la cabeza, reprimiendo las lágrimas. El reloj hacía tictac. En el cristal azul de la ventana se solapaban unos primorosos dibujos de escarcha. Todo estaba en calma. Cerró los ojos con fuerza, ahuyentando las lágrimas. Volvió a abrirlos y cerrarlos, y tuvo la fugaz sensación de que la vida primitiva yacía desnuda frente a él, horrenda en su tristeza, humillantemente vana, estéril, desprovista de los milagros del amor.

El sedán azul oscuro tomó la última curva de la carretera que se extendía cuesta abajo por el campo y adelantó, como una bala, un Mini atrapado en el barro de un camino vedado aún sin terminar. Los quejidos espasmódicos del pequeño vehículo se desvanecieron en la fría noche de Washington junto con sus ocupantes: dos jovencitas estudiantes de secundaria de linaje intachable y con unos sombreros que parecían coliflores. El impreciso resplandor de luna se abrió paso en el agobiante fondo negro.

Stilton se relajó, estiró el cuello y apoyó la cabeza en el asiento de piel, con los ojos entornados y fumando. Contempló las volutas de humo confundirse con las sombras reflejadas en el cristal, con una rodilla alzada y rascándose distraídamente la ingle con una mano, mientras abría y cerraba la otra en torno a un objeto plateado con esferas azules. Comprobó la hora en su reloj de pulsera. Cogió el teléfono y tecleó cuatro números. No habían transcurrido ni tres segundos cuando preguntó con voz firme:
—¿Algún mensaje?
—No, señor —respondió, alarmada, la secretaria.
—De acuerdo —dijo el director adjunto de la CIA. Apagó el teléfono antes de terminar la frase, presa de un repentino ataque de ira y confusión. Menos de cuatro minutos después sonó su teléfono.
—Estoy preocupado por Arbour. Podría hacernos mucho daño —dijo Stilton. Las arrugas de su rostro parecían más profundas a la luz de la luna.
—No hay de qué preocuparse. Shimada es nuestro.
—¿Cómo está tan seguro? Las medidas de seguridad de la Interpol serán extraordinarias.
—Los privilegiados disfrutan de aplazamientos, Henry. Sencillamente, cambiamos las condiciones del acuerdo.
—¿Cómo? —preguntó Stilton, enderezando la espalda y los hombros.
—Tenemos línea directa con su campamento.
Stilton se miró en el espejo y comprobó que su piel tenía un saludable tono rojizo.
—Pero...
—A propósito, Henry... Confío en que Octopus no sospeche nada de su traición, ¿eh?
El director adjunto de la CIA sintió que un escalofrío recorría su espalda.
—Eso delo por hecho, jefe. —Stilton tragó saliva.
—No. Mejor delo usted por hecho. Buenas noches, Henry. Felices sueños.
Tras un clic, se cortó la comunicación.

33

El guardia descorrió el cerrojo pero dejó la puerta cerrada, sin saber muy bien cómo proseguir. Louise Arbour dio un empujoncito, y la puerta se abrió. Pasó adentro, y sus medias color melocotón se materializaron en la estancia, seguidas de una joven intérprete que lucía un sombrero blanco y tenía un rostro agradable. Frufrú de vestidos.

Con los hombros encorvados, Shimada pareció emerger de un trance y no dirigió ninguna mirada extraviada a nadie en concreto. Louise entró con cautela en la minúscula habitación y la recorrió rápidamente con los ojos. El aire estaba impregnado de un extraño olor a piel de manzana oxidada. Shimada se puso en pie e hizo una torpe reverencia.

Louise se acercó y le tocó el antebrazo en un gesto expresivo. Al estar las cortinas corridas, la única provenía de era una lámpara de mesa que Shimada había dejado en el suelo. Louise se sentó en el borde de la cama y, con un movimiento de la mano, invitó al hombre a hacer lo mismo. El antiguo carcelero japonés permaneció de pie, inmóvil.
—Me alegra mucho conocerlo.
El tono de Louise era cálido y seductor. Miró vacilante a su compañera, que tradujo. Shimada escuchó con la cabeza ladeada. Después se sentó agarrándose las rodillas con las palmas de las manos. Louise lo acarició con los ojos.
—¿Está usted cómodo? —le preguntó rozándole el brazo.
El contacto fue una descarga eléctrica. Al principio, Shimada no respondió. Se quedó mirando el suelo. Una bombilla carmesí ardía sobre una puerta negra. Después se levantó muy lentamente, con la espalda en forma de signo de interrogación, y dio unos vacilantes pasos al frente. Luego se lo pensó mejor, se volvió y regresó. Por fin se detuvo.
—Por favor... —dijo Louise con voz suave—. He venido como amiga. No quiero hacerle daño, sólo protegerlo y ayudarlo.
Shimada la escrutó con la mirada. Entonces se sentó y cerró los ojos, consolándose un instante en la oscuridad, quizá persiguiendo algún pensamiento. Louise se sentó a su lado, casi pegada a él, pero con suficiente espacio entre ellos para la intimidad del momento.
—No he venido a interrogarlo, señor Shimada. —Aguardó a que la intérprete hiciera su labor —. He venido a verlo porque quiero compartir con usted algo muy personal. En la vida, a veces hay vínculos que no se pueden romper nunca, como el amor y la bondad. A veces, uno encuentra a esa persona que permanecerá a su lado para siempre. —Hizo una pausa.
»Me gustaría compartir algo muy íntimo sobre mi infancia. Usted es la única persona que puede ayudarme en esta búsqueda. —Shimada alzó despacio la cabeza y la miró, con la sorpresa inscrita en su cara marchita. Apartó la mirada un momento. Louise le habló de su padre, de su última carta, y de un guardia gracias al cual el encarcelamiento fue un poco más llevadero.
—No he perdido la fe en la humanidad, señor Shimada. En el fondo, creo que la gente quiere ayudar a los demás, no hacerles daño.
Shimada escuchaba con atención. Aquello era todo lo que ella sabía. Con el corazón latiéndole violentamente, Louise describió a su padre, le enseñó al japonés una fotografía suya y luego le hizo una pregunta.
—¿Conoció a este hombre? Era blanco, con ojos afables y bondadosos. Estuvo en el campo en la misma época.
Shimada permanecía quieto, analizándole el rostro, interrogándola con sus propios ojos. Los dos unidos en ese instante por la vergüenza de la muerte.
—Quiero contarle un secreto que he guardado toda mi vida en mi baúl de tesoros. Después de todos estos años, oigo la risa de mi padre en sueños..., cuando no sus gritos imaginarios.
Louise perdió la mirada en algo ajeno a las palabras, a los sonidos, a la realidad... Parpadeó y observó una sombra alargada que se partía en el borde de una grieta y se deslizaba sin temor hasta la pared más alejada. Por un momento tuvo miedo de mirar al hombre, que estaba viejo, enfermo y solo. Por un momento se permitió un silencio descaradamente sincero y largo, en una especie de expectativa acongojada, mientras los recuerdos y las emociones seguían su curso.

Shimada se inclinó hacia delante, los huesudos codos en las rodillas, las manos ahuecadas bajo el mentón, la mirada perdida. Respiró hondo bajo el impulso de la hermosa mujer que tenía delante. Algo empezó de pronto a tomar forma en los recovecos más profundos de su memoria. Louise sonrió entre las sombras. Él dijo algo en voz baja. Sonó como una palabra o dos sílabas de otra, como si terminase una frase larga. La intérprete se quedó tan sorprendida que le pidió que lo repitiera. Así lo hizo Shimada. La mujer tradujo. Él sacudió la cabeza, y por la mejilla le rodó una lágrima. El japonés sacó un pañuelo y se secó los ojos y las mejillas. Se oía el tictac del reloj. Cerró los ojos con fuerza, pero sus pensamientos se escurrían hacia ese rincón de la memoria donde los soldados regresaban de entre los muertos. Louise habló de repente.
—Pídale que lo repita, por favor. —Creía no haberlo entendido.
Él estaba sentado con las manos en el regazo y unos ojos tristes.
—Poco antes de que las tropas británicas invadieran Pingfan, algunos de nosotros fuimos trasladados a otra unidad secreta, cargados con tesoros robados que habían estado escondidos en unos depósitos. Algunos de mis amigos fueron enviados a Irian Joya, en Indonesia. A mí me mandaron a Rizal, en Filipinas.
—¿Qué tesoros? —preguntó Louise con tono suplicante.
—Principalmente oro. Mi memoria ya no es la que era, pero aún recuerdo el mapa del lugar donde lo ocultamos todo.
—¿Qué tesoros? —insistió Louise, retorciendo las manos en las bordadas costuras de su larga falda.
—Se llamaba Lila Dorada. —Shimada soltó un suspiro de alivio, dolorosamente consciente de que, en ese momento, lo invadía una alegría desconocida.

—Interrúmpele —exigió una voz áspera al teléfono.
—Sí, señor. Enseguida.
—¿Jefe? —Era el tono de un hombre ansioso por complacer.
—¿Qué ha pasado?
—Creíamos que estaba atado y no lo estaba.
—¿A qué se refiere, coronel?
—Fitzgerald está vivo.
—¡Ya lo sé! ¿Cree que soy idiota?
El coronel tragó saliva, tomando la crítica como un viejo boxeador que encaja un golpe: se encogió y cerró los ojos un instante.
—Aún podemos...
—Olvídese de Fitzgerald. Quiero a Shimada.
—Pero no...
—Está en Roma, Villa Stanley —dijo el hombre al que llamaban jefe—. Quiero que utilice a los mismos hombres que en Colombia. —Colgó el teléfono.
—Recójame en el sitio de siempre dentro de una hora —ordenó una voz al auricular.
El hombre del otro extremo de la línea asintió, aliviado.
—Gracias. Sabía que estaría de acuerdo conmigo.
—Gracias a usted por hacérmelo ver, Bud —dijo un hombre elegantemente vestido que se ajustaba las gafas.
—Dentro de una hora —repitió Bud Reed, con los ojos brillándole—. Mañana por la mañana haré la transferencia habitual.
—Cómo no... Usted siempre ha sido muy generoso con el dinero.
—Se lo merece. Es el mejor.
Colgaron el teléfono a la vez.

En Nueva York, un Mercedes S-600 negro se detuvo sigiloso a unos setenta metros de una verja separada de la zona de carga por molduras de acero. La atendía un soñoliento y mal pagado guardia, cuya visión del coche resultaba obstruida a la izquierda por unos voluminosos fletes de buques que iban a ser cargados al día siguiente, y a la derecha por la sombra de una grúa fija. El área estaba desierta, y la hilera de almacenes, a oscuras por orden municipal. La garita del guardia, de madera oscura con postigos verdes, parecía una estructura modificada en forma de A. Era la hora perfecta para una reunión alejada de miradas curiosas o de cualquier trasiego de mercancías. En diagonal, apenas a cien metros del Mercedes aparcado, estaba la oficina, cerrada con candado y con todas las luces interiores apagadas. El hombre al volante apagó el motor, pero no hizo ningún movimiento para apearse. En cambio, ajustó los retrovisores para ver mejor, confiando en que la persona que estaba esperando aparecería de un momento a otro. No había pasado un minuto cuando se oyeron unos golpecitos en la ventanilla del pasajero. El conductor abrió la puerta y dejó entrar al otro.
—Esto parece una nevera —dijo el hombre, limpiándose la humedad de las gafas.
El conductor le tendió la mano.
—Me alegra tenerlo en mi equipo.
El hombre se la estrechó en silencio.
—Dígame, ¿qué le ha hecho cambiar de opinión?
—Su perseverancia. —El francés respiró hondo.
—No había otro modo, Jean-Pierre —dijo el banquero, convencido de sus palabras.
—Dígame, Bud, ¿se lo ha dicho a alguien más? —Dobló las gafas y las guardó.
—¿A quién demonios se lo voy a decir? Llámelo obsesión por las referencias. Ya no sé de quién fiarme.
—¿Qué hay del Consejo?
—No, allí hay algo que falla. —Se quedó en silencio unos instantes.
—¿Lo sabe el Consejo?
Reed negó rotundamente con la cabeza y dijo:
—Quería preguntarle algo. Poco después de que usted se marchara, recibí una llamada de un hombre que afirmaba tener acceso a los papeles y documentos del hombre muerto. Dijo que alguien estaba dispuesto a pagar un montón de dinero para chantajearnos. ¿Por qué diría eso? —Miró con patetismo al francés.
—Supongo que cuando dice «chantajearnos» se refiere al Consejo.
—Hijo de puta...
—Está muy claro. Scaroni tiene el dinero y ese otro los documentos. Ya lo ve, Bud, su estupenda estrategia se viene abajo.
—¡La estrategia es sensata! —Reed golpeó el reposabrazos.
—¿Ah, sí? Quizá sea ingeniosa, pero no sensata.
—No es lo que se imagina —dijo Reed, respirando con dificultad—. Octopus está formado por un selecto grupo de personas y corporaciones muy poderosas. Pocos son los invitados. —Hizo una pausa para recobrar el aliento—. Esto es sólo una parte. Hay otras dos condiciones.
—Lo sé muy bien, Bud. Gracias —lo interrumpió Jean Pierre.
—Imposible. Usted no forma parte de...
—¿Del Consejo? ¿De Octopus?
—Entonces, ¿cómo...? —Se detuvo en mitad de la frase y clavó la mirada en el francés.
—¿Quién mejor para telegrafiar todos sus movimientos que un ex agente psicópata de la Agencia que se metió en su impenetrable sistema y se llevó billones de dólares? PROMIS está vivito y coleando, Bud, y sólo Scaroni pudo provocarlo. Él es nuestro infiltrado.
Reed se quedó boquiabierto, pero se recuperó enseguida y lanzó la mano derecha al cuello del francés. Con unos reflejos rapidísimos, Jean-Pierre desvió el golpe con la mano izquierda mientras propinaba un fuerte uppercut a la barbilla de Bud con la derecha. Reed dio un grito y se desplomó en el asiento. El hombre con un doctorado en la Sorbona sacó un arma, una Heckler & Koch P7 con silenciador incorporado. Esperó a que Reed volviera en sí.
—¿Qué promesas le hizo al hombre del teléfono? —Para Jean-Pierre, la realidad consistía en dos pares de ojos y dos pares de manos. Él era el especialista, el asesino. El mundo había desaparecido. Sólo quedaban él y su víctima.
Reed se fijó en la pistola.
—¿Qué está haciendo? —chilló—. ¿Qué dice?
—¿Cree que no lo sabemos? Bud, su cooperación mutuamente beneficiosa basada en información privilegiada nos coloca en una situación muy incómoda. Si uno traiciona los principios de la acumulación de dinero y poder, los otros le traicionan a él. Resumiendo, se ha convertido usted en alguien de poco fiar.
—Era una táctica para sonsacarle. Yo nunca traicionaría al Consejo.
—A mí me da igual el Consejo —replicó lentamente el francés.
—¿Quién es usted? —gritó Reed con odio en la voz, apretando sus grandes puños.
—Las armas vencen a los puños —contestó el francés, apuntando la pistola en su cabeza. Miró su caro reloj. Pasaban siete minutos de la medianoche—. Pongamos al día las noticias económicas. Encienda la radio, por favor.
Reed lo miraba con incredulidad.
—¡Venga! —ordenó con frialdad.

—Y hablando de Rusia, Jonathan...
—Nuestro presidente consiguió su alto el fuego en Somalia. Pero no todo ha sido cosa suya. Un nuevo protagonista se ha sumado a Estados Unidos y Rusia en su guerra global contra la piratería. Yo lo llamaría G-Macarroni, pero los italianos me demandarían con razón.
—Otra noticia destacada es que, por primera vez en la historia, China ha enviado barcos de guerra a patrullar el golfo de Adén en el combate contra los piratas. Mark, explícanos esto.
—Bien, veamos. Es la primera vez que buques de guerra chinos se han aventurado más allá de los océanos Pacífico e Índico. Estados Unidos, Rusia y China están tomando medidas para controlar los mares alrededor del Cuerno de África y el estrecho de Ormuz. Está bastante claro que ciertas partes del obsoleto mapa son vigiladas conjuntamente por las tres grandes potencias. Están moviéndose para controlar el petróleo de Oriente Próximo, el sesenta por ciento de todo el petróleo conocido del planeta. Sospecho que hay un acuerdo triple y muy secreto en virtud del cual muchas decisiones sobre quién vive y quién muere se tomarán así.
»No obstante, lo que da más miedo es que la OPEP acaba de recortar la producción diaria en más de dos millones de barriles y el precio del petróleo sigue bajando. Quienquiera que esté dirigiendo la operación no puede controlar la implosión económica...
»El Período de Estancamiento Desigual, descrito durante tanto tiempo y con tanta precisión, se parece a un crac inicial abrupto, seguido de un aplanamiento y quizá de una tenue señal de recuperación antes de caernos por el precipicio. La reacción ante las medidas de la OPEP me dice que tenemos poco tiempo.
—Gracias, Mark, volveremos después de la publicidad.

—Mire, nunca podría aceptar su misión porque Scaroni me conoce —dijo el francés levantando la voz—. Ya cumplí el contrato sobre Daniel Casalaro.
—Y cobró por ello —replicó Reed.
—Dos veces. —Sonrió—. En honor a la verdad, antes de morir merece usted saber que trabajo para otro agente pagador. —Reed saltó del asiento echando chispas—. Ya ve, Bud, que lo único nuevo en el mundo es la historia que usted no conoce.
Como último acto de rebeldía, el banquero se lanzó hacia delante antes incluso de oír el estallido que acompañaba al tiro. El asesino, con un estilo muy afinado, disparó el arma dos veces seguidas. Los tiros resonaron brevemente en el mullido interior del lujoso Mercedes. Reed se desplomó sobre el volante, con ojos de búho.
—El nombre es... —El francés se inclinó y se lo susurró al oído.
Reed ladeó el cuello y se apoyó en el volante. Quería repetirlo, gritarlo, pero de pronto manó la sangre y Jean-Pierre sólo oyó la voz ronca y ahogada de un hombre muerto. Su cuerpo cayó hacia delante con los ojos abiertos. Reed miraba a su verdugo desde el más allá.

lunes, 20 de octubre de 2014

Conspiración Octopus VIII

Viene de aquí.

27

Aquella mañana, el cielo amenazaba tormenta. Curtis miró alrededor, en estado de alerta, listo para reconocer cualquier desviación en la conducta de la gente. Era un día corriente en una ciudad corriente para quienes ya no advertían la ecléctica magnificencia de la Gran Manzana. Escudriñó la calle. Ningún perseguidor, de momento. Cogió un taxi en la 16.ª Avenida, recorrió quince manzanas, y luego cambió de taxi y recorrió ocho manzanas en dirección opuesta antes de entrar en el metro. Salió a cuatro travesías del banco y caminó con paso seguro hacia el oeste, fingiendo falta de rumbo y mirando en los escaparates por si alguien lo seguía. Nada. Dobló la esquina, subió por una calle contigua y pasó dos veces por delante del banco antes de acercarse. El primer paso consistía en averiguar el nivel de seguridad del BS Bank Schaffhausen. «Hazte invisible.» Para ello, Curtis necesitaba encontrar el porte adecuado y la expresión facial a juego.

Las piedras estaban desgastadas por los efectos de la intemperie, el mármol blanco hacía resaltar los colores oscurecidos por los hongos. Y encumbrándose, la construcción de acero y pizarra del BS Bank Schaffhausen. El interior tenía un atrio de varias plantas de vidrio ingleteado sobre baldosas hexagonales de granito. Montado en el marco de una puerta había un cuadrado de cristal con la mirada oscura y vidriosa de una pantalla de televisión. Curtis sabía que eso formaba parte de un sistema audiovisual de nueva generación: incrustadas en el plano de silicato había centenares de lentes microscópicas que captaban luz fraccionada en un ángulo de ciento ochenta grados. El resultado era una especie de ojo compuesto, como el de un insecto, todo integrado mediante un ordenador en una única imagen móvil. Se quedó de pie al final de la cola con cara de aburrimiento. En sus ojos tenía la mirada de alguien que recibía órdenes y hacía lo que otros, mejores y más listos, le decían que debía hacer con miedo y desdén. Desdén porque, para sus superiores, él formaba parte del populacho; miedo porque era un animal temido por su fuerza bruta. Un hombre fuerte, corto de entendederas, que al final de la semana ahogaba sus penas con cerveza.

Curtis no destacaba; era invisible para los demás. Echó un vistazo al espacio abierto sin fijarse en nadie. Había seis cajeros, separados entre sí por mamparas de caoba de apenas cinco centímetros. Dos mesas de atención al público. Vacías. Las otras cuatro las ocupaban una mujer rechoncha con el pelo oxigenado y grandes pendientes chapados en oro, una becaria, un hombre alto y flaco con gafas, y una atractiva rubia de grandes pechos con falda y blusa blanca. Curtis se fijó en la falda. No era tan corta como para atraer miradas indiscretas pero sí como para moverse con rapidez. En la cola había once personas. Cuatro hombres y siete mujeres. En el pasillo, con el hastío grabado en el rostro, otras tres esperaban sus respectivas citas. Los observó a todos en busca de anomalías, aislando a cada uno, mirando sus ojos, captando el lenguaje corporal. Una reacción inoportuna; una mirada brusca; un movimiento involuntario. El desafío consistía en ver a través de la rutina. Era posible prever y ensayar cualquier cosa rutinizada para no desentonar, y se podía identificar y contrarrestar algo demasiado ensayado. Alguien que pareciera demasiado aburrido, demasiado ansioso, demasiado atento a algo, que apartara la mirada como siguiendo una señal convenida. Después venían los cuerpos y las caras, la ropa, los zapatos y los complementos. Si algo destacaba o se salía de lo común, ¿no debería estar allí en circunstancias normales? Una postura corporal que denotase cierta tensión o alguna destreza oculta. Un bolígrafo muy grueso y muy largo, o una cartera que abultaba demasiado.

Cada persona podía cumplir un papel concreto. Un padre de familia apoyado contra la pared, un joven empresario esperando su primer préstamo, una mujer regordeta..., todos llenaban el espacio con su presencia, y, una vez ubicados, podían ser reemplazados por otros parecidos. Nada. Curtis estaba satisfecho porque no se le había adelantado ningún equipo de vigilancia. ¿Estaba siendo demasiado cauteloso cuando nada lo justificaba? «Alcanza el objetivo», se dijo. El ranger sabía que se accedía a las cajas de seguridad a través de unas puertas correderas de cristal, que dentro se transformaban en una pantalla metálica de malla fina. Parecía decorativo, pero en realidad era algo funcional. Pulsó un botón que sobresalía de un octógono, a su izquierda. Los paneles se abrieron en silencio con una especie de soplido. La sala era un espacio rectangular rodeado por una malla ferromagnética conectada a tierra. El escudo protector bloqueaba la transmisión de cualquier señal de radiofrecuencia.
—Por aquí, señor —dijo el empleado de mediana edad y cabello muy corto que evidentemente estaba esperándolo. Curtis se sobresaltó un poco.
—¿Cómo sabía que venía?
Una expresión burlona apareció en los ojos del hombre.
—Sí, claro —masculló Curtis—. El cuadrado de cristal.
El empleado del banco sacó un impreso de Schaffhausen con dos líneas en blanco. Curtis escribió «142857» en la línea superior y «Árbol de la Vida» en la de abajo. Entregó el papel al empleado, que lo observó un instante.
—Espéreme en la habitación verde de la derecha. Vendré enseguida con su caja, señor. —Al ver que Curtis titubeaba, añadió—: Señor, si quiere privacidad tendrá que entrar. —Sonrió amablemente.
Curtis estudió las inflexiones de su voz. ¿Era anormalmente agradable? ¿Sonaba extrañamente suave y dura? De todos modos, estaba en un banco, un sitio donde la gente guarda el dinero. Cuanto más dinero, más agradable el comportamiento.Entró en la habitación verde. Era pequeña, de unos tres metros por cinco, revestida con paneles y amueblada con dos sillones de cuero colocados el uno junto al otro y una mesa de caoba arrimada a la pared. Oyó unos pasos que se acercaban, resueltos, y se volvió al instante. Al abrirse la puerta, apareció el mismo empleado del banco con una caja metálica. El hombre sacó un manojo de llaves y lo sostuvo frente a Curtis.
—Cuando haya terminado, pulse el botón de encima de la mesa. Vendrá alguien a buscarlo.
—Gracias.
—¿Puedo ayudarlo en algo más?
—No, gracias —dijo, y repitió—: Gracias.
Tras una levísima inclinación de la cabeza, el empleado se marchó. Curtis aguardó a que se cerrara la puerta y se sentó en silencio frente a la caja con forma de cúpula, atento a posibles pasos.
Nada. Miró el reloj. Las diez y cuarto. Cogió una llave, la introdujo en la cerradura y la giró a la derecha. Oyó un chasquido. ¡Increíble! Simone tenía razón. Danny había escondido los códigos en un poema del siglo XIV. Abrió la dura tapa de la caja y examinó el contenido. Sacó un fajo de notas. Debajo había un montón de resúmenes contables sujetos con un clip enorme. Lo colocó todo con cuidado sobre la mesa arrimada a la pared. Los siguientes documentos estaban unidos mediante una goma elástica, como las que antes usaban las niñas para sujetarse la coleta. Quitó la goma y desenrolló el contenido. Le bastó echar un vistazo para comprobar que eran copias de certificados de oro. Los hojeó y sacó una al azar. Sus ojos fueron instintivamente al centro del papel. De pronto, le llamó la atención un número. «750 toneladas métricas.» Se inclinó hacia delante y leyó toda la línea: «Fue emitido como garantía de una parte del depósito de Metal Oro..., de hasta 750 toneladas métricas.» Se le estiró el labio inferior mientras su cara adquiría una expresión de incredulidad. «¿Cuánto será esto en dólares? Cristian lo sabrá.» Sacó al azar otros certificados sólo para comprobar que, de hecho, en el primero se consignaba la cantidad de oro más pequeña de todas. Entre otros objetos, Curtis encontró tres DVD, fotografías de personas que no conocía, cablegramas y diarios de llamadas guardados en carpetas, numerosos diagramas así como notas y cuadernos llenos de letra pequeña, descuidada y apresurada. Aquello lo vería más tarde. Así que colocó el contenido de la caja en dos bolsas de cuero que se ciñó al cuerpo con correas, una a la espalda y otra al pecho, echando el jersey por encima y ajustándose bien la cazadora. Palpó el frío acero de su arma. Estaba en el bolsillo interior, fácil de coger si era preciso. «Ojalá no lo sea, por Dios.» Cerró la caja. Lo revisó todo y pulsó el botón. Al cabo de un minuto oyó un chasquido y se abrió la puerta.
—¿Está todo a gusto del señor? —dijo el empleado con una sonrisa que quería ser tranquilizadora.
—Sí, gracias. —Curtis se hizo a un lado para que pasara.
—Después de usted, por favor —dijo el empleado inclinando la cabeza.
—No, insisto, por favor. Además, sin su ayuda no encontraré la salida. —Curtis esbozó la típica sonrisa ingenua de alumno torpe.
—Siga recto por el pasillo, señor, a la derecha, por la puerta corredera, y enseguida estará de nuevo en el vestíbulo. —Miró con expectación a Curtis.
—Gracias otra vez. No habrá problema. —Curtis se despidió con otra sonrisa.

En cuestión de segundos estuvo en el vestíbulo. Curtis echó un vistazo a su alrededor. Las mismas expresiones aburridas, el mismo malhumor, las mismas posturas. Nadie parecía alterar el orden natural de las cosas. Otros diez metros y estaría fuera del edificio. Asió un picaporte grande y pesado y tiró de él. Por fin era libre. Se volvió hacia la derecha. Entonces lo vio. Un hombre con un impermeable oscuro y con la mano derecha en el enorme bolsillo, sin duda empuñando un arma, dobló la esquina en el preciso instante en que él salía del banco. Curtis lo estudió. Caminaba de manera muy despreocupada, pero con la mirada atenta. Sus actos eran reflejos. Tenía el cuello corto y muy musculoso. «Ningún rasgo físico identificatorio — pensó fugazmente Curtis—. Órdenes demasiado precipitadas.» El equipo no había tenido tiempo de tenderle la trampa. El hombre que tenía delante no sabía cómo era su aspecto. El control lo asumieron los circuitos de instrucción instalados en lo más profundo. Sin mover la cabeza, Curtis miró a izquierda y derecha. El movimiento fue apenas perceptible. No había nadie más, por ahora. ¿El ejecutor lo había sorprendido mirando? Imposible, demasiado lejos. ¿O no? Ahora el hombre caminaba más deprisa, pero la aceleración casi no se notó. Se trataba de un profesional magníficamente preparado que conocía la importancia del autocontrol. Curtis aminoró el paso, mirando al frente al pasar por su lado. De repente, el hombre le agarró la muñeca con su mano grande y fuerte. Curtis intentó coger el arma, pero el hombre era muy hábil y reaccionó a la velocidad del rayo. Aplastó el pulpejo de la mano contra la pistola, con lo que ésta salió volando. «¡Actúa! ¡No pienses!» El otro le retorció la muñeca, haciéndolo caer de rodillas mientras le propinaba un puñetazo que no le alcanzó la cabeza por centímetros. Curtis, con la mano derecha alzada, dio un fuerte golpe al hombre en la caja torácica, justo por debajo de la axila. El tipo lanzó un grito, echó bruscamente la cabeza hacia atrás, con sorpresa en la cara, pero no lo soltó, sino que le hincó a Curtis la rodilla en la garganta y lo golpeó en la mejilla izquierda. El ranger no vio venir el golpe. Sólo supo que el lado izquierdo de su cráneo pareció partirse. La fuerza del impacto impulsó a Curtis
hacia atrás, pero el hombre seguía sacudiéndolo. De repente lanzó el dorso de la mano contra la boca de Curtis, que sintió algo caliente bajando hacia el mentón. No había tiempo para pensar. De un momento a otro llegarían otros, y todo estaría perdido. Tenía que liberarse. Con el rabillo del ojo vislumbró una sombra, una mancha negra. ¡Un arma! Ladeó el cuerpo a la derecha, logró levantarse y luego, súbitamente, sin avisar, arrastró el pie del suelo de modo que el talón dio en el brazo del hombre haciéndole saltar el arma de las manos, una pistola del calibre 38 con un cilindro perforado en el cañón. El asesino se apartó tambaleándose. Entonces Curtis le hundió la mano derecha en el pecho, y con la izquierda le arponeó la laringe con un golpe cuidadosamente dirigido. El hombre reprimió un gemido ronco, tosió con espasmos y, tras alejarse cojeando, cayó a tierra arañándose el cuello con ambas manos. Forcejeaba por respirar, rodando por el suelo, mientras el destruido cartílago impedía la circulación de aire. Curtis logró tenerse en pie. Su rostro era un revoltijo sangriento, y un dolor sordo le subía por el cuello hasta la cabeza, que sentía hinchada y entumecida. Estaba lleno de cardenales, pero no tenía nada roto. Aún había esperanza. Podría moverse, pero antes de nada debía salir de allí. La pelea había durado quince segundos, tiempo suficiente para congregar a una pequeña multitud de mirones. Sin embargo, los sicarios eran más. Pero ¿quiénes? ¿Dónde estaban? Sin duda, se trataba de profesionales. Un bloqueo de tres puntos habría sido un procedimiento corriente: en uno y otro extremo de la manzana se habría colocado una unidad antes de que los agentes bajaran al banco. No tendrían identificación física, pero el dispositivo era hermético. Sólo podía pasar cruzando por la fuerza. Se puso en pie tambaleándose, caminó inseguro, deteniéndose para afirmar las piernas cuando perdía el equilibrio. «No te pares. Dios mío, estoy herido.» Al verlos, se le heló la sangre. Dos vehículos, un sedán azul oscuro y una camioneta blanca, convergían en Curtis desde direcciones opuestas. Los flancos estaban cubiertos; la trampa, tendida. Lo habían pillado, pero nadie hizo nada. El copiloto del sedán hablaba sin parar por un radioteléfono. Los hombres tenían conexión visual, auditiva y electrónica con otros dos... Pero ¿dónde estaba el otro? «¡Operaciones Especiales!», cruzó fugazmente por su cabeza. «¿Cómo es posible? ¿Quién es esa gente?» Estaba herido, y ellos lo sabían. ¡La multitud! No podían matarlo con tanta gente alrededor. Demasiados testigos. Alguien anotaría la matrícula y llamaría a la policía. La policía, seguridad. Ulular de sirenas y chirrido de neumáticos. Vaya suerte, la suya... Sano y salvo.

El sonido se acercaba, inyectándose desafiante en el aire del final de la mañana. ¿Llegarían a tiempo? La pregunta nunca obtuvo respuesta. Curtis oyó un ruido ensordecedor, metal contra metal, explotando en miles de pedazos. El lado del conductor del coche patrulla se levantó del suelo, tras el impacto de un camión de dos toneladas, que lanzó a los ocupantes contra el parabrisas. Por la postura de los cuerpos, Curtis supo que ambos policías estaban muertos. Dos hombres se apearon lenta y metódicamente. Las voces y los gritos de la gente asustada saturaban el ambiente. No habría indulto. El sedán azul puso la primera, cruzó la línea central y se paró a menos de treinta metros. «¡Dios mío! ¿Y ahora qué?» Curtis no podía dejar que se le aproximaran. Con la gente atendiendo a los cuerpos despedazados, nada impedía a los asesinos acercársele y meterle un balazo. La muchedumbre y el ruido eran su amparo. Nunca lo verían muerto. ¿Qué les hacía pensar que no podía huir? Porque sabían que estaba herido. Porque había al menos otros dos, y él se encontraba solo. Sin necesidad de mirar, Curtis supo que otro equipo se dirigía hacia él desde el lado opuesto, abriéndose paso entre la gente, con las manos en el mortífero acero oculto en los abrigos. Él no podía perder tiempo. Se concentró en los hombres que tenía delante. Los dos se aproximaban, uno desde el lado izquierdo de la calle, la segunda arma directamente desde delante, como los dos flancos en un ataque de pinza. En silencio. Izquierda, derecha. Uno, dos. Mucha potencia de fuego para capturar a un hombre. Eso si la orden era capturar. No, la orden era matar, lo veía en sus ojos. La sonrisa mortal de los asesinos profesionales. No habría conmutación de pena. Curtis lo entendió entonces. La trampa había sido tendida con una precisión extraordinaria. Los dos equipos estaban en su sitio, cubriendo los flancos desde el lado derecho, y los edificios oficiando como protección natural en la izquierda.

Dos asesinos expertos se ocupaban de las interferencias: habían matado a los agentes de policía sin dudarlo un momento. A menos que hiciera algo, él sería el siguiente. Y todo habría sido inútil. Lo matarían y luego irían por Simone y Michael..., de manera silenciosa e infalible. El asesino de enfrente alzó la cabeza un par de centímetros y miró más allá de Curtis. ¿Qué buscaba? «¡Observa sus ojos!» El asesino atendía a alguien que había detrás, fuera de su alcance. El equipo de refuerzo estaba en su posición.

«Alfa Uno, Galgo. Hombre fuera de combate. Muy bien, chicos, ahora está ahí al descubierto. Llamamos a la caballería y nos olvidamos de todo. ¡Alejaos de mí! No moriré, ¡no dejaré que me maten! ¡Invierte el sentido de la trampa, maldita sea! Tienes sólo diez segundos antes de que lleguen por detrás.» Curtis tenía la muerte delante. Se hallaban a menos de veinte metros. Quedarse ahí significaba fenecer. Palpó la culata de su arma. La multitud se hallaba en mitad de la calle, presa de un ataque de histeria. Bien, el flanco izquierdo estaba cubierto. Pero debía actuar. «Cárgate al asesino de la derecha. ¿Por qué? No lo sé. Hazlo y ya está.» ¡Ahora! Curtis se tiró a la izquierda con la automática extendida, y le dio al hombre en el pecho, que por el impacto se elevó del suelo impulsado hacia arriba, para desplomarse a continuación con un ruido sordo, como si le hubieran sacado la alfombra de debajo. Uno menos. Curtis notó junto al hombro derecho dos disparos, que se incrustaron en un panel de adorno de una fachada. Rodó sobre sí mismo con el cuerpo dolorido. Otras dos balas rebotaron en una piedra, mandando al aire humo y partículas diminutas. El asesino se agachó como un profesional acorralando a su presa. Pero Curtis también era un experto. Eliminaría al asesino. «Alfa Uno, Galgo. Hombre fuera de combate. No es uno de los nuestros», se oyó decir mientras rodaba, y de pronto se levantó, la mano izquierda sujetando la muñeca derecha, y disparó dos tiros certeros. Dos menos, pero faltan muchos. «¿Dónde están? El sedán. A por él.» Curtis se puso en pie y corrió hacia el vehículo, ahora a escasos metros. Los otros dos asesinos se habrían dado cuenta de lo que estaba haciendo. Uno de ellos se apoyó en una rodilla, sostuvo firmemente el arma, apuntó con mano segura y disparó repetidamente. Las balas destrozaron uno de los faros y rebotaron en el parachoques. Milagrosamente, el parabrisas y los neumáticos no recibieron impactos. Pero no estaban apuntando al coche. Disparaban a matar. Las órdenes eran ésas. Tras rodar de nuevo y dar una voltereta, Curtis quedó a unos centímetros del sedán. Sin volverse, disparó a su espalda, esperando que, contra todo pronóstico, las balas alcanzaran su objetivo. No fue así. De todos modos, pudo ganar unos segundos mientras los dos asesinos corrían para protegerse. Se levantó y dio un paso lateral, tiró de la puerta y, en un solo movimiento, se lanzó al interior del vehículo. Las llaves estaban puestas. Los asesinos tenían el control, sin dudar nunca del resultado. Control significaba tener los medios para huir, y deprisa. Sus dedos actuaron frenéticamente. Puso el motor en marcha, dio marcha atrás y aceleró. El coche saltó hacia atrás y giró a lo loco. Pudo oír los gritos de confusión de la segunda unidad. Pagarían un precio. Lo sabía. Seguro que quien hubiera contratado a esos hombres no se tomaba los fracasos a la ligera.

28

Edward McCloy puso sus pies sobre la mesa, cogió el Herald Tribune, pasó las páginas hasta la sección de Deportes y lo abrió de golpe. La llovizna de primera hora de la mañana dejó paso a una tormenta. Él pensó que la lluvia siempre lo ponía melancólico. La humedad y la monotonía del exterior reflejaban su alma. Como la mayoría de las personas con aptitudes corrientes y de inteligencia inferior a la media, McCloy movía los labios al leer. Sus ojos saltaron a la placa de latón que, apoyada de lado en la mesa, anunciaba sus impresionantes credenciales: representante principal. Sí, él, Edward McCloy, era el representante principal del cártel bancario más poderoso del mundo. Sobre el papel era el máximo responsable de las decisiones que afectaban a la élite del dinero. En la práctica, era un simple chapero de gente poderosa que lo utilizaba como tapadera para encubrir sus delitos financieros.
—Si no hubiera sido por mi hermano, tú, maldito idiota, estarías limpiando las calles de estiércol —bramó su padre, resentido.
—Nunca se me dieron bien las finanzas, papá.
—¿Qué diablos estudiaste en el colegio de mariquitas al que te mandó tu madre?
—Historia del arte y radiodifusión.
—¿Y qué piensas hacer con eso?
—Me encanta el baloncesto, papá.
—Eres un enano de metro sesenta y ocho. ¿En qué posición piensas jugar?
—Quiero ser locutor.
—¿En una ciudad sin equipo de baloncesto? ¿Y cómo vas a ganarte la vida?
—Brian Gumble lo hizo.
—¿Quién coño es ése? —se agitó el padre.
—El chico de mi dormitorio. Es locutor de la NBA.
—¿El negro? Ése tiene la cabeza en su sitio, hijo. Tú tienes demasiada mierda.
—Jack, no seas tan duro con él —intervino la madre—. Lo estás presionando demasiado.
—Tiene pájaros en la cabeza, Mary, y no es bueno en nada. Radiodifusión y arte... ¡Manda cojones!
—Papá, hay personas muy respetables que son mecenas artísticos.
—Todos tienen currículum empresarial, idiota. Son mecenas de las artes para poder envolver su dinero sucio en un manto de respetabilidad.
—¿Y el tío John?
—¿Qué pasa con él? —rugió el padre.
—Es presidente de la Fundación Ford. Están muy implicados en el mundo de las artes. Esto es respetable.
—Antes de que tu tío dirigiera Ford, se había graduado en Yale, imbécil, y había sido miembro de Skull & Bones. Por no hablar de su papel en la Comisión Warren.
—Estudió arte como asignatura complementaria.
—Fue el encargado de la limpieza en el asesinato de Kennedy. ¿Recuerdas los tres vagabundos en el Grassy Knoll?
—Sí —contestó el hijo, indeciso.
—Un día después de la muerte de Kennedy, los tres vagabundos estaban muertos y enterrados. Tu tío aún conserva la pala. Ése es su certificado de respetabilidad. El guardián de los secretos. — El padre hizo una pausa para recobrar el aliento—. Ahora que lo hemos aclarado, comenzarás a trabajar como ayudante de tu tío en el Chase Manhattan Bank. No la cagues. Mantén la boca cerrada, haz lo que te digan, lame el culo adecuado y llegarás lejos. ¿Me oyes, muchacho?
—Sí, papá.

De eso hacía más de veinte años. Y por eso Edward McCloy, principal representante del cártel bancario más importante del mundo, estaba tan deprimido esa mañana. Se había pasado los últimos veinte años con la boca cerrada y lamiendo los culos adecuados, casi siempre contra su criterio. Miró la hora. Las doce menos diez. Aunque el sueño de ser locutor se había esfumado, nunca se perdía el programa de su compañero de dormitorio, sobre todo ahora que se había convertido en el locutor de televisión más popular de Norteamérica. McCloy puso el canal en que daban deportes todo el día. De pronto, sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Mejor que enciendas el televisor, Ed.
—Está encendido. ¿Quién habla?
—No me refiero al canal de deportes. ¿Quién crees que soy? ¿Tu hada madrina?
—¿Henry?
—Doy por sentado que no nos pueden oír.
—¡Un momento, por Dios! ¿Qué canal?
—Da igual. Cualquiera menos el deportivo. Está en todos los noticiarios.
—¿De qué se trata? —interrumpió McCloy, echándose hacia delante en la silla. Era una pregunta retórica, pues ya lo sabía. Moviendo frenéticamente los dedos, logró poner la CNN. Se le heló la sangre al leer las noticias sobreimpresas en la parte inferior de la pantalla.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó McCloy, presa del pánico.
—Es lo que estamos intentando averiguar.
—¿Son nuestros?
—Lo curioso es que no.
—Entonces, ¿quiénes son?
—¿Quién? —corrigió el hombre de la CIA.
—¿Qué? —dijo McCloy—. ¿Qué dices?
—Alguien invirtió el sentido de la trampa e introdujo su propio equipo.
—Todo es tan desconcertante... —soltó McCloy—. ¿Qué quieres que haga?
—Quiero que hables con tu gente del Schaffhausen y obtengas una descripción detallada de todo aquel que estaba dentro. Luego quedamos en el sitio de siempre. Este tipo, sea quien sea, al final del día estará más muerto que el pomo de una puerta. Ah, Ed...
—¿Sí?
—Rapidito, ¿eh? —Y se cortó la comunicación.

A las tres, los guardianes de secretos de Octopus estaban sentados a una mesa de reuniones, de caoba y en forma de U, en un espacio especialmente insonorizado (intimidad garantizada por blindaje de Faraday e interceptores de radiofrecuencia de banda ancha). Los saludos fueron superficiales y distraídos; los apretones de manos, fríos y flácidos; las recriminaciones, breves. No tenía sentido volver sobre errores pasados.
—Una descripción, por favor —pidió el ex secretario del Tesoro.
—Es alto, entre metro noventa y metro noventa y cinco. Cuarenta y pocos años —contestó el hombre del Departamento de Estado.
—El pelo. ¿Color, longitud?
—Muy corto, estilo militar. Castaño claro.
—Ajá, todo cuadra. Se llama Curtis Fitzgerald. Fuerzas Especiales. Al menos éste es el nombre que utilizó para hacer la reserva de su vuelo a Nueva York —dijo el hombre de la CIA—. Viajó en primera clase.
—Eso cuesta siete mil dólares. ¿De dónde sacó el dinero? —terció en voz baja el hombre de Goldman Sachs.
—Buena pregunta. Quizá trabajó como un condenado para su país, pero dudo que éste lo haya correspondido —soltó el hombre del Departamento de Estado.
—¿Estamos seguros del nombre? —insistió Harriman, el tan cacareado ex secretario del Tesoro.
—Enseguida lo comprobaremos. Cualquier empleado federal, incluso los que trabajan para el gobierno sin atribución, tendrá al menos un listado en su base de datos —señaló Stilton.
—Bien. Hagamos una referencia cruzada con otros organismos por si en Inteligencia hay algo.
—Eso está hecho.
—¿Cómo lo vas a hacer sin levantar sospechas?
—Mediante una lista de vigilancia, una base de datos colectiva coordinada por el Departamento de Justicia para su uso por múltiples agencias federales.
—Lovett, mire en el Departamento de Estado por si tuviera algún empleo civil como tapadera —añadió Harriman con tono concluyente.
—Ed, ¿tienes la contraseña que usó para abrir la cuenta?
—Sí, al empleado del banco le pareció graciosa.
—¿Qué te dijo?
—Nombre: «Árbol de la Vida.» Número: 142857.
—No me jodas. ¿Qué significa esto?
El antiguo secretario del Tesoro le tocó el brazo, con la pipa en una mano y el encendedor en la otra.
—Rob, ponga a nuestros informáticos a trabajar en eso. A ver si pueden descifrar la contraseña en cristiano.
—Según el empleado del banco, la combinación tenía al menos seis meses de existencia — señaló McCloy.
—Lo cual significa que vino a Nueva York porque alguien lo necesitaba —terció Reed.
—De ahí la llamada telefónica y la salida del hospital de Roma —añadió Stilton—. Ahora tiene sentido.
—¿Sabes lo que me gusta de ti, Henry? —dijo el ex secretario del Tesoro.
—¿Que soy alto y guapo y que las mujeres no pueden quitar las manos de mis enormes huevos de acero?
—Que tu olfato no está del todo ajustado. Has desarrollado una especie de sensibilidad por lo podrido.
—El que esta mañana ha organizado la inversión de la trampa, nos llevaba la delantera, sabía qué piezas del rompecabezas estarían en su sitio y cuándo. Ahí fuera hay alguien que nos vigila y se entera de todo lo que hacemos y decimos —apuntó Taylor, pensativo.
—O sea, que tenemos más agujeros que un colador —afirmó Stilton con gravedad.
—Te gusta esta frase, ¿verdad, Henry? —inquirió Lovett.
—¿Quién habrá sido? —terció Taylor.
—Un enigma personificado con muchos secretos que contar —señaló Harriman.
—No importa. La casa del país del sol naciente se desmoronó —dijo McCloy de modo categórico.
—Todos menos uno —observó Lovett.
—Un viejo decrépito aferrándose a los últimos restos de cordura —dijo McCloy.
—Y los documentos —les recordó Stilton.
—Y el dinero, no lo olvidemos —añadió el antiguo secretario del Tesoro con tono cortante.
—Varios billones de dólares que ya no controlamos.
—Al menos hasta que consigamos el número de cuenta bancaria de Scaroni —puntualizó Lovett.
—Al margen de quiénes sean, busquen en Pingfan y Tokio. Quiero saber dónde encontraron lo que estaban buscando —dijo Harriman.
—Y también en los archivos secretos de Langley, enterrados en las mazmorras.
—Negativo. Cada visita a los archivos secretos queda automáticamente registrada con la hora y la fecha —precisó Stilton—. Hasta esta mañana, estos archivos llevaban en el agujero negro algo más de sesenta años.
David Alexander Harriman III rompió el silencio que siguió.
—Sea quien sea, tiene línea directa con nuestro campamento y está esperando nuestra reacción. Quiere obligarnos a actuar. Es una secuencia de hechos que nos incumbe. Un patrón. El periodista muerto fue su presa.
—Y Roma es nuestra cagada —añadió JR.
—De repente, alguien entra en nuestra secuencia y el patrón no se altera. Se produce un tiroteo, pero la presa se convierte en depredador. Los acontecimientos de esta mañana son la prueba definitiva —apostilló el antiguo secretario del Tesoro.
—¿Y Scaroni?
—Eso tenemos que averiguarlo.
—Una falta de patrón no excluye el patrón propiamente dicho, aunque todavía no lo vemos. Es más, es alguien con quien probablemente estamos familiarizados, alguien que podría andar por ahí con un letrero en el pecho y no lo veríamos.
—¿Es Fitzgerald parte de esto?
—¿Y qué hay de los demás?
—Olvidemos a los otros dos. Según nuestros informes, se trata de un asunto afectivo.
—Si Shimada habla, perderemos la ventaja que aún tenemos. Hay que encontrarlo y matarlo. —Hizo una pausa—. Pero volvemos a estar con el periodista muerto... Muchas preguntas y poco tiempo para responderlas.

29

—Pero bueno, vaya aspecto tienes. Pensábamos que habías muerto. En las noticias no se habla de otra cosa. —Michael lo miró con impotencia—. Estás herido, Curtis.
A Curtis le dolía la cabeza y el antebrazo, y tenía la mejilla izquierda magullada.
—Pues deberías ver al otro tío —replicó, aún en trance.
—Llamaré a un médico. Es amigo mío.
Curtis alzó la cabeza.
—No, no te molestes. —Y luego añadió—: ¿Qué haces aquí, Cristian?
—Por televisión he visto lo que has hecho y he decidido venir y pedirte un autógrafo.
—Estate quieto, por favor —dijo Curtis, a punto de reírse, llevando instintivamente la mano al estómago mientras respiraba despacio.
—Curtis, ¿has conseguido...? —Simone lo miraba con ojos suplicantes.
—Sí.
Cogió la automática del cinturón y la dejó sobre la mesita. Luego se bajó la cremallera de la cazadora y se quitó el jersey, descubriendo dos bolsas negras de cuero atadas al pecho y la espalda. Curtis se las dio a Simone, a quien se le aceleró el corazón. En sus ojos había dolor, pero también algo más, algo que ella no sabía muy bien cómo describir. Por unos instantes, notó la presencia de Danny mientras abrazaba las bolsas contra el pecho. Las abrió y colocó su contenido sobre la mesa. Entre esas hojas habría un nombre que vinculaba a alguien con el asesinato de Danny. Esos documentos trazaban todas las líneas de sus cinco años de investigación. Sin duda, lo mató lo que había averiguado. Cristian cogió los DVD.
—Los imprimiré en un momento. —Y desapareció en su estudio.
—Tiene que estar aquí —dijo Simone, con miedo en la cara y la voz.
Curtis hojeó las páginas de la libreta encuadernada en cuero, que entregó a Simone. Ésta se sentó en la silla junto a la ventana e inhaló su olor antes de pasar las hojas lenta y amorosamente.

Cristian tardó casi dos horas en imprimir el contenido de los tres DVD. Tuvo que mandar a alguien por más papel y cartuchos de tinta. Hacia las cuatro estaban todos en el estudio examinando los documentos y las fotografías. Dividieron el material en tres montones. Cada uno perfilaba una línea de investigación distinta:
Octopus, PROMIS y el oro. Luego se acomodaron en el salón y empezaron a leer. Utilizaron el método habitual tanto en el mundo académico como en los análisis de información secreta. Lo leyeron todo deprisa, intentando captar la idea y el razonamiento generales. Ya habría tiempo para diseccionar lo concreto, para estudiar cada dato al mínimo detalle. Al llegar ese momento, colocaron los detalles en un montón más pequeño y también los clasificaron. De vez en cuando, un comentario rompía el silencio.
—Hay una copia de un certificado de oro de setecientas cincuenta toneladas métricas a nombre de... —Simone les dio el nombre.
—¿Cuánto dinero sería eso? —preguntó Curtis.
Cristian encendió un cigarrillo.
—En una tonelada métrica hay treinta y dos mil ciento cincuenta onzas, unos novecientos once kilos —dijo Cristian, que sacó una calculadora de juguete de gran tamaño con enormes botones de colores. Todos miraban al banquero—. A mil dólares la onza... —Hizo una pausa mientras repasaba el cálculo—. Esto da unos veinticuatro mil millones de dólares.
Simone se quedó helada. Michael y Curtis se miraron.
—¿Cómo podría alguien apoderarse de tanto dinero? —inquirió Michael.
—No se trata de una persona real. Cada certificado va acompañado de diversos documentos adicionales, los cuales deben ser verificados jurídicamente en el momento de la venta. Sólo con que faltara un papel, los demás documentos quedarían invalidados. —Calló un momento—. Este procedimiento está diseñado para proteger la identidad del verdadero titular. El nombre que figura en el certificado es una cortina de humo. No lo olvidéis, es oro negro. —Sacudió la ceniza.
—¿Petróleo? —preguntó Simone, molesta.
—No, quiero decir ilegal, oro robado. —El banquero meneó la cabeza, adelantándose a la siguiente pregunta de Simone—. Según una leyenda, el oro pertenecía a los faraones egipcios. Otros dicen que tiene su origen en la Cuarta Cruzada. Existe también una versión moderna que lo sitúa en torno a la Segunda Guerra Mundial. —Hizo una pausa y añadió—: No sé qué versión creerme.
—Entonces, si alguien quisiera canjear este certificado por efectivo...
—Tendría que ser oro, Michael —interrumpió Cristian—. Ésas son las reglas.
—¿Dónde se podrían encontrar setecientas cincuenta toneladas métricas de oro? —preguntó Curtis.
Simone hojeaba la libreta de Danny, buscando algo que había visto.
—Aquí. —Señaló algo—. En un círculo y muy subrayado, «750 toneladas métricas», y a continuación la palabra «fuente» con un enorme signo de interrogación.
—¿Sería eso lo que Danny iba a averiguar a Shawnsee? —sugirió el banquero con aire pensativo.
No habían pasado cinco minutos cuando Simone volvió a hablar.
—Estas iniciales... Las he visto..., pero ¿dónde?
—Un momento...
Había algo en el cuaderno de Danny sobre Citibank. ¿Qué era? Simone lo leyó rápidamente, y al ver la descuidada letra de su hermano asomaron lágrimas en sus ojos. «Danny, te quiero. Cuánto te echo de menos...» Entonces lo vio: «Citi-CTP/gov.», y a continuación un enorme signo de interrogación. La combinación de palabras tenía varios círculos alrededor y ponía un énfasis particular en las misteriosas iniciales «CTP».
—Cristian, ¿tiene alguna idea de a qué podría referirse Danny...? —Miró a Cristian, y le recorrió un espasmo de temor.
Él tenía los ojos clavados en Simone, reflejando a partes iguales el miedo y la incredulidad. Era evidente que Cristian sabía de qué se trataba. Se llevó los dedos a la cara, se limpió el sudor de la frente y acto seguido observó a sus tres compañeros. Hizo una pausa y se agarró al borde de la mesa, pensativo. Luego dijo:
—No estoy preparado para hablar, es decir, no debería, lo cual, dadas las circunstancias, desde luego estaría totalmente justificado. —Cristian hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz infundía miedo. Curtis observaba a su amigo. Algo de lo que acababa de decir Simone lo había perturbado en lo más hondo. ¿Era eso posible? Con el vaso en la mano, Cristian se sentó en una silla y se quedó mirando al frente—. Será mejor que hablemos.

Una limusina color burdeos estaba aparcada frente a un inmaculado y altísimo edificio de oficinas del sur de Manhattan. El chófer de uniforme miró el reloj del salpicadero y se acomodó las gafas. Las cinco y tres minutos. Buscó un cigarrillo en el bolsillo, encendió la radio y llevó el dial a la única emisora que le era permitido escuchar, 97.5 FM, Marketwatch. Desvió la mirada hacia la entrada. El hombre al que esperaba saldría de un momento a otro y se acercaría deprisa al coche. La voz del locutor radiofónico era aguda y jocosa.

—Esto podría ser importante y podría hacerles daño de veras. No se hablaba nada de ellos cuando comenzó la crisis hace tres semanas. Eso me hizo pensar que Citi estaba jugando fuerte entre bastidores y bajo la alfombra. Es el único que puede evitarlo. Seguro que la gente que ha presentado esta demanda tendrá pruebas irrefutables. La partida está amañada desde hace tiempo. Y los que ganan una partida amañada se vuelven estúpidos. Ojalá hubiese inventado yo este estilo, porque es muy bueno.
—Jonathan, ¿puedes explicarnos las novedades del día?
—¿Qué hemos visto hoy? Exactamente lo que yo preveía. Los mercados globales están fundiéndose y no tendremos que esperar mucho para ver cómo el tsunami viaja por todo el mundo. Si analizamos la Gran Depresión, vemos que la historia se repite. No quedan muchos de los que la vivieron de primera mano, en persona y de cerca. Bueno, considerémonos afortunados o desafortunados, porque estamos a punto de vivirla otra vez, sólo que ahora va a golpearnos más rápido y con sobresaltos más contundentes. ¿No es maravilloso el progreso?

Se abrieron las enormes puertas dobles de cristal, y un hombre alto se dirigió apresuradamente hasta el coche. Tenía unos setenta años, era ancho de espaldas y con el porte erguido, el cabello ceniciento peinado con la raya a un lado, y las facciones marcadas. El hombre asintió distraídamente cuando el chófer le abrió la puerta de atrás. En ese momento sólo se pronunció una frase.
—Llévame a casa. —Tenía una voz profunda y melosa de barítono acentuada por años de bebida y tabaco.
—Sí, señor Reed. —El chófer puso el vehículo en marcha y se fundió en el tráfico de la hora punta.

—Una carrera contrarreloj favorece totalmente a Wells Fargo. El valor de Wachovia se evapora cada día a medida que los titulares de cuentas las cancelan llevados por el pánico. CitiGroup espera evitar su muerte cayendo sobre estos depósitos. Los minutos importan, y ambos bandos han acordado suspender el litigio hasta el miércoles, litigio que durante el fin de semana tuvo a los abogados de Citi aporreando la puerta del juez de Connecticut.
—Veamos, Mark: Wells Fargo es una empresa de California, CitiGroup es de Nueva York y Wachovia tiene su sede en Carolina del Norte. Esto suena a caso del Tribunal Supremo, ¿no te parece?
—Jonathan, si se pleitea sobre esto, Wachovia y CitiGroup están sentenciadas. Wachovia acaba sin valor alguno y CitiGroup implosiona.

El hombre del pelo ceniciento, ensimismado, puso el codo en el alféizar de la ventanilla y apoyó el mentón en el pulgar. Alcanzó una cajita entre los dos asientos traseros, abrió de golpe uno de los compartimentos y pulsó un botón. Una mampara de cristal se alzó en silencio, separándolo del chófer. El anochecer envolvía la ciudad, absorbiéndola en el silencio. Los faros estaban encendidos. Por el parabrisas entraba una luz débil, un haz reflectante que de vez en cuando iluminaba al ocupante, bañándolo con colores suaves y fluorescentes en la avalancha del tráfico. El hombre del pelo ceniciento sacó el móvil.
—¿Sí? —En el otro extremo de la línea, un hombre habló con voz suave y tranquila.
—Tengo que verle.
Hubo una pausa.
—Dadas las circunstancias, quizá no sea buena idea.
—Necesito verle —insistió el hombre del pelo ceniciento.
—La situación se les está yendo de las manos.
—Por eso he de verle.
—Cuando accedí a trabajar con ustedes, pedí una sola cosa. ¿Recuerda?
Silencio.
—Sí, lo recuerdo.
—Accedí a trabajar con ustedes sólo si se me permitía establecer los términos del compromiso cuando lo juzgara conveniente. Ahora no es un buen momento.
—Escúcheme... —La voz del hombre del pelo ceniciento era dura y desesperada—. Le he pagado un montón de dinero durante años. Lo he convertido en un hombre rico. Así que está en deuda conmigo. Me lo debe.
—No le debo nada. Los dos nos hicimos ricos porque yo soy muy bueno en lo mío. Bueno y discreto. Adiós y buena suerte. —Y se cortó la comunicación.
El hombre del pelo ceniciento golpeó repetidamente el sistema intercomunicador, provocando que la radio invadiera la aislada área trasera de la limusina.

—Los accionistas están deshaciéndose de valores como si se tratara de un lince rojo en llamas. Me estremezco al contemplar lo que podría quedar de Citi al final del año. Como decía antes, esto eliminará toda esperanza.
—Mark, entonces ¿de qué estás hablando? ¿De una capitulación real, global?
—La desaparición de CitiGroup tal vez no se produzca mañana, pero he aquí una pista. Intenté acceder a esta historia en la página web de Reuters un minuto después de que apareciera publicada en el Eastern Daylight Time de las cuatro y cincuenta y seis de la tarde. Había tantas consultas que tardé dos minutos en descargarla y otros dos en guardar la información. Las pantallas estarían abarrotadas de órdenes, inversiones al descubierto y opciones de venta. Un aviso para los no iniciados. Éste es territorio de tiburones importantes: para ganar dinero en la subida y en la bajada. El resto, que haga el puñetero favor de quedarse fuera, por su propio bien.

—¡Apaga esto! —gritó el hombre del pelo ceniciento, clavando los ojos en el chófer a través del retrovisor. Apagó el intercomunicador y volvió a marcar el número. El hombre oyó un chasquido, pero esta vez fue recibido por un silencio.
—Jean-Pierre, quiero que me escuche con atención. —Su voz era áspera y amenazadora—. Tal como están las cosas, tengo poco que perder. Le recuerdo que obra en mi poder el expediente completo. La Agencia colaboró muchísimo más que usted ahora. Si me hundo, usted se hunde conmigo. —Respiraba con dificultad—. Recoja los apuntes y las cartas y nos libramos del problema. Mate a Scaroni y limpie la pizarra. Nadie puede seguir el rastro hasta nosotros. ¿Comprende?
—De acuerdo —dijo una voz al otro lado de la línea—. ¿Dónde?
Recibió la dirección.
—Sé que podemos...
—Ésta será nuestra última reunión —interrumpió la voz. Se produjo un chasquido súbito y se cortó la comunicación.

—Tiene que ver con dinero a punta pala. Tanto, que pondría en tela de juicio el mundo de los bancos, las finanzas y la economía —explicó Cristian sin rodeos, levantándose, como si previera que los presentes lo refutaran. Expulsó el humo por la nariz y clavó en Simone sus ojos duros y brillantes —. Se dice que este mundo en realidad no existe. Pero vaya si existe... El mundo en sombras donde el CTP vive y fabrica dinero del aire es el pequeño y sucio secreto de la economía occidental. —Se sentó de nuevo, frente a ellos.
—¿Qué es el CTP? —preguntó Simone con voz tensa.
—Es el Programa Comercial Paralelo, una operación extraoficial muy especulativa controlada por el gobierno.
—¿Quién está detrás? —preguntó Curtis.
—Diversos organismos del gobierno de Estados Unidos.
—¡Dios! —gruñó el ranger—. ¿Por qué no me sorprende?
—¿Se refiere a la CIA y el FBI? —inquirió Simone, perpleja.
—Ellos son la punta del iceberg. Toda esta sopa de letras de agencias participa en la actividad de generar beneficios espectaculares corriendo muy poco riesgo, y los que son invitados de manera exclusiva a participar como aportadores de fondos acumulan capital a un ritmo escandalosamente alto. Es un método de creación de dinero que ningún sistema de supervisión o rendición de cuentas es capaz de poner en evidencia.
—¿Es legal? Quiero decir, ellos... —preguntó Simone.
Cristian negó con la cabeza.
—¿El comercio interior realizado por personas que controlan los mercados? No: es absoluta y decididamente ilegal. —Dirigió una mirada furtiva a Simone y luego a Michael.
—¿Está diciendo que los bancos actúan en connivencia con nuestro gobierno en la dirección de estos programas?
—Y también muchos inversores ricos. Los bancos y los bancos centrales que participan en el CTP llevan dos libros, uno para el examen público y otro para verlo en privado.
—¿Desde cuándo? —inquirió Simone con inocencia.
—Desde tiempo inmemorial.
Ella suspiró, indignada.
—¿Sabe quién creó el programa? —preguntó Michael.
—No. Y la verdad es que no quiero saberlo. Así duermo mejor, ¿entiendes? De todos modos, quien lo puso en marcha tenía que estar situado en un nivel alto.
—¿Se refiere al presidente de Estados Unidos? —preguntó Simone, cuya ingenuidad hizo sonreír a Michael.
—No, no me refiero al gobierno. Hay entidades mucho más poderosas que los gobiernos. Puedo deciros que el Banco Mundial está involucrado en la parte extraoficial de todo esto. Este programa comercial extraoficial paralelo dirigido por el gobierno tiene que ver con dinero, Simone, igual que el Banco Mundial. No es mi área de competencia, pero si lo fuera dudo mucho que hubiera podido hacer algo para impedirlo —contestó Cristian con un tono de gravedad ofendida.
Ella lo miró burlona, pero no dijo nada.
—Al final —dijo Cristian con tristeza—, la codicia sólo es bonita en Navidad.
—¿Qué hacen con el dinero? —preguntó un Michael desconcertado.
—Una parte del dinero ilegal se está usando para rescatar los principales bancos del mundo que se enfrentan a crisis de insolvencia, como consecuencia de unas insensatas políticas de préstamo y de la debacle de las infames hipotecas subprime. Os revelaré un pequeño secreto. Bancos como Citi, HSBC, Chase Manhattan, Bank of New York, Lehman Brothers, Wachovia o Goldman Sachs están en quiebra y se hallan al borde de la desintegración financiera.
—¿Y la otra parte? —insistió Michael.
—La otra justificación de estos programas es la creación de inmensas reservas de dinero en efectivo destinado a ser utilizado en operaciones sancionadas.
—¿Son operaciones ilegales? —dijo Michael.
—Sería una forma de llamarlas.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
Cristian sacudió la cabeza.
—La reserva de fondos que ahora se mantiene en cuentas aletargadas y huérfanas asciende a billones de dólares, suficiente para cancelar la deuda nacional de Estados Unidos y todas las demás deudas del planeta.
Simone creyó no haberlo entendido.
—¿Cuánto?
—Nadie conoce la cantidad exacta. Pero podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de billones, entre las decenas y las centenas.
—¿Existe tal cantidad de dinero?
—Sobre todo en el ciberespacio, Simone. No sería posible transferirla físicamente a ninguna parte. Pero en todo caso no hay por qué hacerlo, pues se puede mover cualquier cantidad de fondos en una millonésima de segundo tan sólo pulsando una tecla.
—Si el dinero apareció por arte de magia como consecuencia de cierto malabarismo exótico de humo y espejos financieros, la pregunta es adónde fue a parar —señaló Curtis.
—A treinta cuentas sueltas del CitiGroup —susurró Cristian.
—¿Quién controla esas cuentas? —preguntó Curtis.
—No lo sé. Es un sistema muy opaco, que funciona de arriba abajo en distintos países y con diferentes participantes, quienes responden ante el Consejo de Directores. La cabeza visible de este Consejo es John Reed, presidente de Citibank, aunque dudo que sea él quien mande realmente. Lo más probable es que sea un testaferro.
—Evidentemente, Danny estableció una conexión CTP-Citi —afirmó Simone—. ¿Tiene alguna idea de adónde llegó con eso? —Miró los diversos montones cuidadosamente colocados en un lado de la mesa.
—Sabía que lo preguntarías —replicó el banquero, cabeceando—. Ojalá pudiera ser de más ayuda.—
¿Y cómo encaja en esto Citibank? —terció Michael.
—Citi es el principal vehículo de esta operación en Estados Unidos. Lo hace a través de John Reed, que está muy bien conectado con el gobierno. Este hombre es responsable de infinitas intrigas e ilegalidades. —Cristian tomó un sorbo, invadido por el miedo.
—Así es que Danny descubrió un vínculo entre Citibank y las operaciones extraoficiales gubernamentales de creación de dinero —dijo Curtis levantándose despacio de la silla.
—Lo que no sabemos es lo lejos que llegó en su investigación antes de ser asesinado —precisó Cristian.
Michael anotó algo en el reverso de un sobre que había sacado de uno de los bolsillos de su anticuada chaqueta a cuadros.
—¿No crees que deberíamos acudir a la policía? A ver, Curtis, ¿a cuánta gente piensas cargarte antes de que todo haya acabado?
—¡No! —gritó Simone—. No podemos implicar a la policía. Danny me advirtió de que la mitad del Departamento de Policía de Nueva York es corrupto. Me dijo explícitamente que no confiara en nadie, en el caso... —respiró hondo—, en el caso de que le sucediera algo.
—¿Y el FBI?
—No, hasta que sepamos a qué nos enfrentamos —señaló Curtis—. Shawnsee fue algo organizado. Lo que no sabemos es quién lo hizo y por qué.
—Pero empezamos a tener una idea —puntualizó Michael.
—Y eso me pone los pelos de punta —indicó el banquero—. En todo caso, sabemos mucho más que hace veinticuatro horas. También sabemos que Citi se halla en una situación desesperada debido a los infames préstamos de la última década. Sin una rápida inyección de capital, el banco podría implosionar y arrastrar con ello al resto de la economía norteamericana y mundial.
—¿Cuál es el común denominador de todo esto? —inquirió Curtis.
—El hombre que estaba allí..., el presidente de Citi, John Reed. Da la casualidad de que está ligado al aparato gubernamental —explicó Cristian, con la mirada fija en su viejo amigo, en otro tiempo subordinado a su oficial al mando—. ¿Por eso prefieres no implicar al FBI?
—Antes de hacerlo público, debemos estar seguros —contestó Curtis.
—¿Crees que Reed está involucrado? —preguntó Simone.
Curtis soltó un suspiro.
—No lo sé. Puede que Reed ejerza cierto control o que responda ante otro, quien a su vez tenga un superior. Puede que todo esté conectado con un hilo invisible..., y tapado con una cortina negra. — Se quedó ensimismado—. Eso los hace muy peligrosos.
—¿El qué? —preguntó Simone.
—El hecho de no responder ante nadie. —Curtis hizo un gesto en dirección al banquero.
—La creación de dinero no sujeta a ninguna forma de supervisión —aclaró el banquero.
—Si investigamos bien, podemos llegar a ellos —dijo Curtis, con la mirada clavada en Cristian.
—Deberíamos contar con un interrogador experto. —Cristian miró a su amigo con complicidad
—. ¿Tal vez Reed?
—Para empezar —matizó Curtis—. Pero habrá otros, pues él forma parte de una red. En cuanto sepamos quiénes son, presionaremos, iremos tras ellos de distintas maneras, pero lanzando básicamente el mismo mensaje: un periodista ya fallecido reunió pruebas condenatorias que pueden hacer volar la cabeza de Octopus con nombres, crímenes, certificados de oro, diarios telefónicos, cuentas bancarias secretas... el arsenal completo. Él lo tenía. Ahora lo tenemos nosotros.
—Nos vieron cogerlo.
—Correrá la voz de que alguien más poderoso que Octopus quiere comprar este material. Nosotros necesitamos dinero y estamos dispuestos a venderlo al mejor postor.
—Paso a paso —señaló Cristian.
Un timbrazo rompió la concentración de todos. Simone dio un brinco, buscó el móvil en el bolso y contestó.
—¿Hola?
En el otro extremo de la línea, la voz era una seductora mezcla de lija frotando granito con una pizca de miel.
—¿Simone?
—¿Sí? —Ella no reconoció la voz.
—¿Simone Casalaro?
—Sí.
—¿Simone Casalaro Walker?
—¿Quién me llama? —grito al auricular, claramente turbada—. ¿Cómo sabe mi nombre completo?
Curtis se acercó en silencio y pulsó un botón. Puso el teléfono en manos libres.
—Soy un amigo.
—Mis amigos no susurran al teléfono. Hablan alto —dijo con la voz algo más controlada que el tembleque de su cuerpo.
El hombre respondió con un silencio gélido. Luego habló.
—Permítame decirle que está usted luchando contra un mal laberíntico tan incomprensible que ni siquiera sabe de qué ni de quién se trata.
Ahora le tocaba a Simone guardar silencio. Por fin le salió la voz.
—¿Quién es usted? ¿Por qué me llama? —preguntó, alarmada. Miró a Curtis y añadió—: Llamaré a la policía.
—Oh, vamos... —fue la seca y lenta respuesta.
Curtis estaba inmóvil frente a Simone, observando todos sus movimientos. Le tocó el codo ligeramente. Ella alzó la vista.
—Aguanta todo lo posible —le susurró. Ella asintió en silencio y tragó saliva.
—¿Cómo sé que usted es un amigo?
—Buena chica —dijo Curtis en voz baja, apretándole suavemente el codo y guiñándole el ojo.
La voz de lija contra granito se calló un momento, como poniendo los pensamientos en orden.
—Empecemos con el gobierno y un grupo de personas muy poderosas denominado Octopus. — En un segundo plano, Cristian permanecía quieto, oyendo horrorizado aquella voz invisible—. Tienen ustedes algo que ellos quieren.
—¿Nosotros qué? —La voz de ella sonó irritada y acusadora.
—Si se lo dan, están todos muertos. Si no..., están muertos igualmente.
—No lo entiendo. ¿Qué es lo que tenemos? —leyó Simone en el bloc de Curtis.
—Tienen ustedes la clave.
—¿De qué habla?
—El número de la cuenta bancaria.
—¿Qué cuenta bancaria? —inquirió ella con una latente hostilidad.
La lija no le hizo caso.
—Mire, no pasa nada, por horrible o ilegal que sea, sin la aprobación del gobierno. ¿Sabe qué es lo peor de todo esto? Los que están en el poder, que deben admitir que sabían y estaban en el ajo.
Curtis garabateó algo en el bloc. Ella lo leyó.
—¿Trabaja usted para el gobierno?
—Sí. Pero esto fue antes.
—¿Antes de qué? —preguntó Simone, indecisa.
—Antes —contestó la lija frotando granito.
—¿Y qué hay de la gente que dirige Octopus?
—¿El Consejo de Directores? Perros alfa, antiguos jefes de los organismos gubernamentales: FBI, CIA, NSA, ONI, DIA, el Pentágono. El típico ejemplo de complejo industrial-militar, que, cuando le has quitado todas las plumas, se queda en connivencia industrial-militar.
—¿Y cómo sabe usted todo esto?
—Lo sé, y punto. —La voz adquirió un temblor lírico.
—Ajá... —Simone aguardaba mientras Curtis escribía frenéticamente—. Dice que es el ejemplo clásico de complejo industrial-militar. ¿Quién hay concretamente en este complejo?
—Bancos, compañías aseguradoras, conglomerados del petróleo... Lea la lista de las quinientas empresas de Fortune. Están ahí.
—Entonces, ¿qué son? ¿Empresas privadas que trabajan para el gobierno? —Simone iba leyendo el bloc.
—Son una fachada.
—¿Del gobierno?
—No exactamente.
—¿De quién?
—De algunas personas muy poderosas.
—¿Puede darme un nombre?
—Ni hablar, no por teléfono.
—¿Qué pinta usted en todo esto?
—Yo fui director de las instalaciones secretas del gobierno de la cuenca del Pinto, California. Estrictamente confidencial. Compartimentación absoluta.
Simone miró a Curtis desconcertada, aunque se recuperó casi al instante.
—Ha dicho que esto es un mal laberíntico tan incomprensible...
—Debo irme. —Él la cortó, pero permaneció al aparato, como si esperase que pasara algo.
—No, espere —gritó ella—. ¡No puede irse! Usted me ha llamado a mí. Si está intentando avisarme, aún no sé quién es. Y quién es esa gente malvada. ¿Cómo sé que lo que me ha dicho es verdad?
»¿Está usted en peligro? ¿Por eso me llama? —Curtis asintió. Sabía que en los siguientes sesenta segundos estaría la clave.
—Eso dependerá de usted —dijo la voz.
—¿De mí? —Un silencio—. ¿Por qué no dice nada?
—Su hermano Danny —soltó la voz, sin más.
El sonido del nombre resonó como un trueno en su interior. Simone miró incrédula el auricular; luego a Curtis, horrorizada. De repente, se puso a soltar chillidos.
—¡Usted lo mató! ¡Fue usted! —Los ojos de Simone se volvieron inexpresivos.
El instinto impulsó a Michael a levantarse. «Ve con ella, te necesita. Pero yo también la necesito...» La atrajo hacia sí y la abrazó.
—Yo no maté a su hermano.
—¡Usted lo mató! ¡Fue usted! —gritó de nuevo.
La voz hizo una pausa, esperando que a Simone se le pasara el ataque.
—Intente escucharme. Yo no habría podido matarlo.
Cristian tendió su copa a Simone. Ella bebió y apoyó la frente en el pecho de Michael.
—¿Cómo voy a creerle? —dijo con el rostro bañado de lágrimas, suplicando respuestas.
—Porque estoy en la cárcel.
—¿Qué?
—Digo que estoy en la cárcel —repitió la voz—. Debo irme.
Y colgó el teléfono.

30

—Está en la cárcel —dijo el jefe supremo de Citibank en el opulento salón que daba al río Hudson—. Localice a Scaroni y acabe con él. Consiga los códigos y zanjemos el asunto.
—Lo zanjará usted —lo corrigió un hombre alto y elegantemente vestido, que lucía bronceado y un par de botas de piel de caimán.
—Así es. ¿Tiene idea de la cantidad de dinero de la que estamos hablando? Lo recompensaré. Será más rico de lo que jamás ha soñado.
—Yo ya era rico al nacer, Bud. —El hombre de las botas de piel de caimán miró su reloj de oro Patek Philippe edición especial Calatrava. Acto seguido añadió—: Esto tendrá una explicación.
Bud contrajo el rostro.
—¡Váyase a la puta mierda! ¡A mí no me hable como si fuera su súbdito!
—Incumplió un acuerdo y faltó a su palabra.
—¡Esto es cuestión de vida o muerte, Jean-Pierre! ¿No está de acuerdo?
El hombre que respondía al nombre de Jean-Pierre tuvo el gesto de guardar silencio.
—¿Por qué cree que he acudido a usted? —insistió Bud.
—Eso mismo me pregunto yo.
—Usted ha sido adiestrado para el control de la mente. Conoce esta mierda a fondo. Abrirle la mente a Scaroni será una cuestión de sincronización. Por el amor de Dios, ¿tan difícil le parece? Nuestros médicos le han inyectado de todo, lo hemos abrumado con nombres, números y claves de acceso, toda clase de información..., lo suficiente para conseguir un croquis de dónde lo ha escondido. Además, nuestros informáticos...
—No lo entiende, ¿verdad, Bud? —terció el hombre de las botas de piel de caimán, reloj de oro Calatrava de cinco mil dólares y acento francés—. Es que no funciona así. Si le he entendido bien, está usted hablando de la capacidad para manipular la memoria y acceder a la mente humana, con o sin la cooperación voluntaria de la persona en cuestión.
—No con tantas palabras, pero sí.
—Sólo que en este caso no puede hacerse porque él es uno de los nuestros. Creía que esto se había entendido.
—¡Y qué diferencia hay, maldita sea!
—El gobierno nunca deja rastros, Bud. Cuando programaron a Scaroni, seguramente establecieron en esa retorcida mente suya tantos callejones sin salida que tardaríamos mil años en analizar todas las opciones.
—¡A la mierda! Veo que no me ha entendido. Tal vez es un problema cultural —bramó Reed—. Si no consigo el número de la cuenta corriente y recupero el dinero, seré hombre muerto. Ya podría serlo, pero créame, ni en broma me hundiré yo solo. Si me caigo de culo, voy a salpicar todo lo que pueda. ¿Está claro? —Señaló al francés con su dedo grande y grueso. El francés se encogió de hombros.
—Esto no es asunto mío.
—Pero lo otro sí.
—No se puede hacer. Con Scaroni, no. No podemos asegurar que no lo han programado para decirnos lo que queremos oír y mandarnos, cómo dice usted, a cazar pájaros.
—A cazar un ganso salvaje —corrigió el jefe supremo de Citibank, Bud para los amigos, con la voz rotunda y llena de odio.
—Ah, bueno... —replicó el francés suspirando—. El inglés no es una válvula de escape precisamente apta para mis emociones. Siempre acabo valorando mi querida lengua francesa cuando la tragedia ha terminado.
—Qué romántico... —JR torció el gesto—. Ahora escúcheme, Jean-Pierre. Quizá me toma por idiota. Pero he visto muchas cosas en mi vida. En Corea disparé a los amarillos mucho antes de que a su papá se le pusiera dura con su madre.
—No soy una oficina de empleo, Bud. No necesito su currículum. Soy un asesino a sueldo con un doctorado en economía por la Sorbona y estudios de filosofía en la Universidad de Lausana. Creo en el genio del mercado y en la importancia de la seguridad. Mato a gente, sí, pero no tengo ninguna pulsión de muerte ni soy un lunático.
—Entonces juntémoslos, Jean-Pierre. Metamos el mercado y la seguridad en una operación. Ellos al descubierto, y nosotros encubiertos. Usted y yo. Los dos y nada más.
—¿Un acuerdo aparte, como si dijéramos? ¿Sin nadie más implicado?
—Dejémonos de gilipolleces. Nada de «como si dijéramos», sino «tal como decimos» —terció el jefe supremo acercándose al asesino. Éste alzó las cejas.
—Eso es inviable. Está tocando los circuitos equivocados, la mente limpia la pizarra. Y punto. No obtendrá nada porque al sujeto del test le habrán dado con un martillo neumático. De viaje al espacio para siempre. Un hombre sin pasado. Y usted, sin el dinero.
—Entonces, hagámoslo por fases, recuperémoslo poco a poco. Menos riesgo, tardaremos más, pero jugaremos con sus reglas. Debemos hacerlo. Si no recuperamos los códigos y el dinero, implosionará la economía del mundo entero.
—Parece usted preocupado.
—Pues claro que lo estoy, joder...
—Bud, su ternura es conmovedora. De todos modos, a los monstruos oscuros les tiene sin cuidado la ternura. No son lo bastante sutiles o humanos para identificar lo que valoramos.
—¡Estoy hablando de vida humana!
—En primer lugar, rechacemos la moralización deliberada que mata todo vestigio de humanidad. Segundo, no se envuelva con la bandera de la urbanidad, Bud. ¿Desde cuándo le importa a usted la gente une merde? ¿Cómo la llama su amigo Rockefeller? La plebe, ¿no? En todo caso, cientos de millones de personas pasan hambre. ¿Y quién dice que eso es malo? Los fantasmas no siempre pueden escoger a sus acompañantes. —Hizo una pausa—. Traer a Scaroni por pasos puede funcionar. Deme un par de días para pensarlo.
—Veinticuatro horas, Jean-Pierre. Es todo lo que puedo darle.

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