Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

viernes, 24 de febrero de 2017

Cómo se puede ser antiamericano



¿Qué es lo que tienen en común la cabalgata del orgullo gay, las “revoluciones de colores”, la idolatría del libre mercado, el moralismo oenegero, las democratizaciones a bombazos, la obsesión psicótica por las armas, la corrección política, la ideología de género, la fiesta de Halloween y el hongo atómico de Hiroshima?

Una lata de sopa Campbell, un Mickey Mouse de peluche y un abono para la super-bowl a quien lo adivine.

Los Estados Unidos de América, el gran atomizador de dogmas y de obsesiones, de modas y formas de vida, de maravillas y de excrecencias sobre el resto del mundo. Una hegemonía cultural que corre paralela a una supremacía musculada que, lo largo de décadas, ha venido generando todo tipo de resistencias. Las denuncias del “imperialismo norteamericano” son –ya desde los albores de la guerra fría– un tópico recurrente del discurso político, ya sea en el tercer mundo como entre los izquierdistas occidentales. Y a medida que el orden americano se envuelve en las promesas de una “globalización feliz”, las protestas también se globalizan. Pero la mayoría de ellas – especialmente aquellas que se expresan desde la izquierda radical – se enredan en la superficie del fenómeno. No remontan hasta las fuentes del mal.

¿El enemigo americano? Está claro que aquí no hablamos de un país. Al menos no sólo de un país. Se trata más bien de una forma de estar en el mundo. O mejor: de un hecho social total. Para identificarlo se requiere un radicalismo disidente. Porque sólo desde la radicalidad – en el sentido de ir a la raíz – y desde la disidencia es posible tomar distancia para diseccionar este fenómeno del que todos formamos parte. Porque todos somos, de un modo u otro, americanos. Si bien hay maneras distintas de serlo.

Americanos de izquierdas, americanos de derechas 

Tomemos por ejemplo a los antiamericanos de receta: a la extrema izquierda, a los comunistas más o menos reciclados, a los progresistas, eco-pacifistas y alter-mundialistas de toda laya. También ellos son americanos. Y seguramente los más recalcitrantes.

Porque ¿qué es toda la homilía progresista sino una reclamación aquí y ahora de más igualitarismo, más universalismo, más materialismo, más mestizaje… es decir, de los ingredientes originarios del “sueño americano”? ¿Acaso ambos – los Estados Unidos y sus críticos neomarxistas – no comparten la misma creencia en un “Bien” universal? ¿Qué son las invocaciones de la extrema izquierda a la “ciudadanía universal” – al nomadismo, a la hibridación, a las “multitudes”– sino la apología indirecta de una unificación mundial que sólo podría alzarse, en último término, sobre los valores “liberadores” del Mercado? Un mundo global, reconciliado y festivo. Y a su servicio un radicalismo de diseño; un radicalismo Mac World que hunde sus raíces – como no podía ser menos – en el humus ideológico americano, hecho de frenesí moralizante, de individualismo desarraigado y de un mesianismo de impronta bíblica.

La izquierda suele reivindicar con orgullo la “utopía”. Pero ¿qué hay de más americano que el pensamiento utópico? América – como muy bien decía Jean Baudrillard – es la única utopía realizada de la historia. El punto final de encuentro de todas las fantasías progresistas. La tabula rasa donde los recién llegados pueden aligerarse de su pasado, de sus atavismos culturales y religiosos, para reinventarse en una identidad de carácter contractual. La identidad como free choice y como bien de consumo. El carácter agresivo de esa utopía – del “sueño americano” – deriva del hecho de que sus defensores no puedan comprender – no pueden aceptar – que otras partes del mundo no la quieran como propia.

Frente al americanismo inconsciente de la izquierda se alza el americanismo militante de la derecha: el atlantismo. Esta corriente descansa sobre tres simplezas: Europa tiene una deuda moral permanente con Norteamérica; Europa y América forman una comunidad de valores; Europa sólo es viable bajo la tutela protectora de los Estados Unidos. Este americanismo servil – doctrina oficial de los liberal-conservadores europeos – se enroca en una foto fija de la historia: la América victoriosa de la segunda guerra mundial; la América de la Carta del Atlántico, del Plan Marshall, de Roosevelt y de Eisenhower; la América próspera y generosa, portadora de los valores del “mundo libre”. La foto de 1945 encuentra su corolario lógico en 1989, el año de la caída del comunismo. Aquí es cuando la historia debe terminar. Pax americana, pax anglosajona.

Este americanismo dogmático tiene un epígono radicalizado: el neoconservadurismo. Se trata éste de un americanismo intervencionista, de un americanismo de cruzada que parte de un axioma arrogante: sólo hay un mundo posible, el nuestro, pero éste es un proceso que conviene acelerar porque hay demasiados idiotas que todavía no se han enterado. El frenesí activista neocon tiene una impronta trotskista que explica, en parte, su poder de captación entre ex progres deseosos de arrimarse a los poderes hegemónicos.

América como instigadora de revoluciones de colores, de primaveras sangrientas,de bombardeos en defensa de los derechos humanos.

Entre ambos extremos – el americanismo inconsciente de la extrema izquierda y el americanismo militante de la derecha – se sitúa el americanismo de la mayoría: un americanismo reflejo, cotidiano, sumergido en la espuma de los días. Un americanismo capilar – más sociológico que ideológico, más difícil por tanto de percibir – que forma parte de nuestra identidad, porque es expresión rotunda de la modernidad misma.

América, o la modernidad en crudo

En la carrera por la modernidad y sus mutaciones América llevará siempre muchos cuerpos de ventaja a Europa. Por eso Europa está condenada a la imitación, a la parodia de América. 
“América es ­la versión original de la modernidad – decía Jean Baudrillard –. Nosotros somos la versión doblada o subtitulada. América exorciza la cuestión de los orígenes, no cultiva un origen o autenticidad mítica, no tiene pasado ni verdad fundadora (…) Al no haber conocido una acumulación primitiva del tiempo, vive en una actualidad perpetua. América no tiene problema de identidad (…) ellos son, desde el umbral de su historia, una cultura de la promiscuidad, de la mezcla, del mestizaje nacional y racial, de la rivalidad y de la heterogeneidad”.[1]Del pasado hacer tabla rasa. He ahí la ideología norteamericana.
Nacida con la modernidad y desvinculada de la historia europea, América se nutrió de todo aquello que no encontraba acomodo en el viejo continente. Puerto de destino de los inadaptados, de los fracasados, de los perseguidos; último refugio de minorías religiosas refractarias, América – nacida del rechazo a Europa y bajo la impronta de un biblismo sectario – se conforta bajo una advocación mesiánica: construir la nueva Jerusalén de una humanidad reconciliada, la Ciudad en la cima. América es la modernidad en estado puro.
La modernidad nació en Europa. Pero lo hizo como un trauma y como una fractura. Porque Europa arrastra el peso de demasiado pasado, de demasiada historia. Y por eso, por mucho que nos empeñemos, Europa sigue instalada en la negatividad, en las contradicciones que derivan de la irrupción traumática de la modernidad. Toda la cultura europea a partir del Renacimiento puede explicarse desde de esa censura. Por el contrario, América nace precisamente del deseo de escapar de la historia, de “edificar una utopía al abrigo de la historia”. El optimismo, la potencia y el encanto americanos nacen precisamente de esa falta de cultura, mientras a nosotros, europeos, nos falta “el espíritu y la audacia de eso que podría llamarse el grado cero de la cultura, el poder de la incultura”.[2]

Todo lo que en Europa ve la luz a través de un parto doloroso – a través del conflicto social, a través del desenvolvimiento dialéctico de la Idea – en América se reduce a cuestión empírica y se realiza por la fuerza tranquila del pragmatismo. América es la tierra de la inmanencia de las ideas, de la materialización de los valores. Obsesión por la acumulación, por lo cuantitativo y por la estadística, todo lo que no tenga una traslación material no cuenta, todo lo que no se traduzca en una realización práctica no existe. Y de la conciencia de encarnar como nadie esa aspiración de progreso – aspiración que, según la ideología moderna, responde a la intemporal universalidad humana – deriva el triunfalismo del hombre americano.

Pero el triunfalismo suele ir parejo al conformismo. Y el conformismo suele ser manifestación de la simpleza. La reivindicación del “sentido común” y de la simplicidad como antídoto frente a filosofías elitistas adquirió en Norteamérica, desde fecha bien temprana, el rango de un programa político. Así se demuestra en el célebre panfleto “Common sense” de Thomas Payne. Y también en la Declaración de Independencia de 1776, con su proclamación de la “aspiración a la felicidad” como “derecho inalienable”. Conviene tener presente que este texto recoge la influencia de John Locke, un filósofo para quien el primer objetivo de toda sociedad política es proteger la propiedad, la vida y la libertad. Una tríada en la que los padres de la independencia sustituyeron la palabra “propiedad” por la palabra “felicidad”, en identificación implícita entre ambos conceptos. Esa es la primera formulación del “sueño americano”:hacia la acumulación de bienes como vía suprema a la plenitud humana.[3]

Un paraíso de aire acondicionado 

A lo largo de toda su historia los europeos han imaginado la utopía. Pero en el fondo nunca la han querido. La utopía nunca ha dejado de ser, para ellos, un mero revulsivo dialéctico, una posibilidad siempre latente pero nunca realizada; su esencia radica, precisamente, en que nunca se cumple. La utopía conduce en Europa a sangrientos fracasos.

A diferencia de los europeos, los americanos no sólo quieren la utopía, sino que la construyen. La realizan frente a nuestros ojos. Si Europa vive en la contradicción – subraya Baudrillard – “América vive en la paradoja”, porque ¿qué hay de más paradójico que una utopía realizada? La tan traída y llevada ingenuidad de los americanos responde a una convicción candorosa, la de que ellos son “la realización de todo lo que los demás han soñado – justicia, abundancia, derecho, riqueza, libertad –. Ellos lo saben, ellos se lo creen y finalmente todos los demás acaban por creérselo”.

Una “revolución feliz”. Frente al recuerdo de las revoluciones europeas – con su reguero de sangre y de traumas sin cicatrizar – se alza la memoria de la revolución americana: la única que, según afirmaba Hanna Arendt, se ha saldado con éxito. La “búsqueda de la felicidad” está la cúspide de sus principios fundadores. En la línea del pensamiento religioso puritano, la revolución americana dio forma al sueño de los desheredados del viejo mundo: la prosperidad económica como signo de bendición divina, la riqueza material como ruta segura hacia la felicidad. La Biblia y el dólar, iconos inconfundibles de la ideología americana. Es muy lógico que los Estados Unidos, formados por un aluvión heterogéneo de gentes diversas, sitúen su gran elemento de cohesión social en el denominador común más primario: en la promesa de enriquecimiento material. Una ideología elemental que se expresa en el tono nivelador y monocorde de las formas sociales norteamericanas. El “sueño americano” como reclamo de una historia de éxito, como publicidad de un modelo optimista, como escaparate de una realidad exuberante. Una realidad cuya imagen en negativo, sin embargo, deja entrever un panorama diferente…
Porque el “sueño americano” es también la versión risueña de un mundo estandarizado, de un “paraíso de aire acondicionado” (Henry Miller) hecho de repliegue sobre la vida privada y de conformismo. El individualismo americano, tras el pluralismo engañoso de la diversidad de life-styles, encubre un gregarismo de masa que se manifiesta en la aquiescencia acrítica hacia la ideología de base, hacia las formas de manipulación social, hacia la lógica del consumo. ¿El sueño americano?: un presentismo despojado de trascendencia, un despotismo algodonoso ajeno a la negatividad, a la ironía y al descreimiento que son tan comunes en Europa. Todas las sociedades – observa Braudillard – “están marcadas por alguna herejía, por alguna disidencia, por alguna desconfianza frente a la realidad, por la superstición en alguna voluntad maligna… en América no hay disidencias, no hay sospechas, el rey está desnudo, los hechos están a la vista”.[4] Adiós a la parte maldita. La utopía no admite herejías.

Con lucidez visionaria Tocqueville lo vio en su día. Al elegir la simplicidad, el hombre americano eligió la vulgaridad. Al elegir el confort individual, el hombre americano eligió el conformismo. Al elegir el igualitarismo, el hombre americano eligió someterse a la opinión de la mayoría. No en vano la “corrección política” es un fenómeno típicamente norteamericano. En La democracia en América el autor francés describe la vida en la joven República como una “monotonía tumultuosa”. Tumultuosa porque, como decía Pascal, el hombre que se aburre se agita sin cesar.[5] Otro visionario, Thomas Carlyle, decía que en su corta historia los Estados Unidos han aportado al mundo la mayor acumulación de tedio jamás vista. Henos aquí, finalmente, ante el paraíso. 
Jean Braudillard: “¿Y en ésto consistía una utopía realizada? ¿En ésto consiste una revolución 'exitosa'?... ¡Pues sí! ¡Ésto es! ¿Y qué queríais que fuera? Es el paraíso: Santa Bárbara es un paraíso; Disneylandia es un paraíso; los Estados Unidos son un paraíso. El paraíso es lo que es, eventualmente fúnebre, monótono y superficial. Pero esto es lo que es el paraíso. Y no hay otro”.[6] 
Melancolía de los tiempos poshistóricos, toda utopía cumplida es algo esencialmente lúgubre.

¿Europa y América, mismo combate?

El dogma atlantista repite machaconamente el argumento de la “comunidad de valores” entre Europa y América (los derechos humanos, la democracia, la economía de mercado, la “sociedad abierta”, etcétera) como cemento de una supuesta identidad común. El objetivo es afirmar que Europa y Norteamérica –los dos retoños del tronco “judeocristiano”, los dos pilares de la civilización occidental– están abocadas a una alineación política, militar, económica y cultural dirigida por Washington. Desde un modelo de “globalización feliz” y convocación mesiánica de expandirse a todo el mundo. Servida por una hegemonía mediática y cultural abrumadora, la idea de una identidad sustancial entre Europa y América ha sido interiorizada, hasta el punto que no se considera un objeto de debate. ¿Propaganda o realidad profunda?

Cabe en primer lugar preguntase sobre la idoneidad de los términos “judeocristianismo” y “judeocristiano” para definir las raíces de la civilización europea. El cristianismo surgió como una ruptura dentro del mundo judío, y desde sus comienzos concitó la hostilidad del judaísmo ortodoxo. Al asentarse en Europa el cristianismo, adquirió un sesgo propio, modelado por milenios de politeísmo. Cristianismo y judaísmo pasaron a configurarse como dos polos en coexistencia precaria, siempre entre la tolerancia y el enfrentamiento. La improbable amalgama “civilización judeocristiana” –tan difundida por la propaganda neocon –responde en realidad a un interés táctico: blindar las aquiescencias haciaun bloque estratégico compuesto por Europa, Estados Unidos e Israel.[7]

En contraste con Europa, la impronta judaica es parte en América de la ideología fundadora. El fundamentalismo puritano de los Pilgrim Fathers se inspiraba en el Antiguo Testamento y defendía un cristianismo purgado de adherencias paganas. Como religiosidad esencialmente moralista, el puritanismo incidía en los aspectos externos de la religión y promovía un “mensaje cristiano reducido a los preceptos morales elementales de buena conducta” (Tomislav Sunic)[8]. El énfasis calvinista en el éxito material como signo de bendición divina permite explicar que, con el paso del tiempo, las sectas norteamericanas hayan derivado en un cristianismo práctico, procedimental, adaptado a la mentalidad del hombre hecho a sí mismo. Un cristianismo que, en vez de luchar contra el pecado, lucha contra los “pensamientos negativos”, y en el que los predicadores evangélicos son “managers y entrenadores motivacionales que difunden el evangelio del rendimiento y la optimización sin límite”.[9] Un cristianismo en píldoras, en recetas y en fórmulas de éxito, en el que Dios Creador sería la proyección inconsciente de un próspero empresario y Jesucristo se asemejaría a un especialista en coaching. El maridaje perfecto entre la Biblia y el dólar.

Frente a la inercia de las ideas recibidas, es preciso afirmar que Estados Unidos no es una “Europa del otro lado del Atlántico”. Y Europa tampoco es la cuna de una supuesta “civilización judeocristiana” cuyo adalid serían los Estados Unidos. La realidad es que, como vió en su día Tocqueville, los Estados Unidos son, en relación a Europa, algo profundamente nuevo y diferente. Europa es un conjunto de pueblos, de gentes moldeadas por la historia. Y de la conciencia (o del exceso de conciencia) de esa historia deriva su sentido de la mesura, la ironía, la cultura y todo lo bueno que Europa puede ofrecer, así como los lastres que hoy la atenazan – léase la parálisis de voluntad y el etnomasoquismo.

Por el contrario, los Estados Unidos– señalaba el escritor húngaro Thomas Molnar –“no saben exactamente si son un pueblo, si son un crisol o si son eventualmente una iglesia que reúne a sus fieles de cualquier parte del mundo”. Tal vez sean simplemente una gran anarquía, un “sálvese quien pueda” vertebrado por una ambición compartida de prosperidad individual. Los Estados Unidos – añadía Molnar – “representan la anti-historia y seguramente por eso proponen el ‘fin de la historia’, esto es, la mecanización de la existencia a un grado cualitativamente insuperable (aunque mejorable en términos cuantitativos: más bienestar, más derechos, más democracia, etcétera), la substitución de las incertidumbres, de los actos espontáneos y de los grandes enigmas del alma por recetas seguras, por simplificaciones científico-mágicas, por el embotellamiento de lo imposible”.[10] El americanismo es un empobrecimiento del sentido de la existencia.

¿El “fin de la historia”? Esta idea americana – triunfalmente proclamada tras el fin de la guerra fría–es una vieja ilusión progresista. Pero desde la mentalidad liberal ¿qué es el “progreso”, sino una sucesión triunfal de emancipaciones? Para mantener su épica el liberalismo necesita siempre “algo” de lo que liberarse. En el plano individual la “liberación” –apuntaba Baudrillard–
“deja a todo el mundo en estado de indefinición (siempre es lo mismo: una vez liberado, uno está obligado a preguntarse quién es). La liberación sexual es un caso paradigmático. Después de una fase triunfalista, la aserción de la sexualidad femenina deviene tan frágil como la de la masculina. Nadie sabe ya donde se encuentra”.[11] 
Y lo que es cierto en el plano individual, lo es también en el plano colectivo:
“la supresión de las raíces – decía Christopher Lasch – ha sido siempre percibida en los Estados Unidos como una condición esencial para el aumento de las libertades”. 
El americanismo es la alienación de toda identidad genuina.

Deconstrucción de las identidades individuales, deconstrucción de las identidades colectivas: síntomas inequívocos de la americanización del mundo. En el arsenal ideológico de los Estados Unidos, el mito de los “valores judeocristianos” es una cobertura más del nihilismo.

¿Europa y América, mismo combate? Si América se hizo desde el rechazo a Europa, Europa sólo podrá construirse desde la distancia con América. Desde su emancipación del redil del atlantismo.

ADRIANO ERRIGUEL

[1] Jean Braudillard, Amérique, Grasset/Le Livre de Poche 2008, pags. 76 y 81.

[2] Jean Braudillard, Amérique, Grasset/Le Livre de Poche 2008, pag. 78.

[3] La fórmula del “derecho inalienable a la vida, libertad y la aspiración a la felicidad” recogida en la Declaración de Independencia de 1776 se inspira en la fórmula contenida en el Segundo Tratado del Gobierno Civil (1690) del filósofo británico John Locke, quien señala que todos tienen el derecho a la “vida, libertad y propiedad”. Se trata de una conexión encubierta entre la libertad y la propiedad que confirma lo que otro de los “padres fundadores”, Benjamin Franklin, venía predicando a lo largo de toda su obra: el verdadero camino a la alegría en esta tierra reside en la acumulación de bienes (Eric G. Wilson: Against happiness. In praise of melancholy. Sarah Crichton Books. Kindle Edition, 2009).

[4] Jean Braudillard: Obra citada, pag 84

[5] Citado en: Thomas Molnar, Americanologie, triomphe d'un modèle planétaire. L'Aged 'Homme 1991.

[6] Jean Braudillard, Obra citada.pág. 96.

[7] Como señala el filósofo italiano Constanzo Preve “hoy se prefiere hablar de un canon unitario judeo-cristiano, que en realidad no existe y no ha existido jamás; salta a los ojos que la ruptura del Nuevo Testamento es radical y cualitativa, y que con ella se habre un campo de universalidad que se sustrae a la idea de endogamia tribal”. Constanzo Preve, La quatrième guerre mondiale, éditions Astrée 2013, pag, 184.

[8] Tomislav Sunic: Homo Americanus, Child of the post modern Age. www.booksurge.com, 2007.

[9]Byung-Chul Han, Psicopolítica. Herder 2014, pag. 49.

[10] Thomas Molnar, Americanologie, triomphe d'un modèle planétaire. L'Aged 'Homme 1991, pag. 24, pag. 30.

[11] Jean Braudillard, pag. 48

domingo, 19 de febrero de 2017

El mito de AL ÁNDALUS: De la fabulación politicista a la verdad documentada

Ahora se está avanzando muchísimo en sustituir la mitología ensalzadora de al Ándalus por una versión más objetiva de la dominación musulmana sobre la península Ibérica. Aquélla ha sido creada a pesar de que los historiadores hispano-musulmanes medievales proporcionan datos e interpretaciones que dejan poco espacio a la apologética. Fue posteriormente (desde el siglo XIV pero sobre todo durante el XX) cuando se urdió una novelización idealizante, por motivos políticos. En unos pocos años más triunfará la verdad posible en esta materia, de manera que en esto el optimismo es lo apropiado.

Las instituciones estatales españolas han tomado partido en esta cuestión, posicionándose a favor de al Andalus y en contra de los pueblos de Galicia, León, Asturias, Vasconia (Navarra), Castilla, Aragón, Cataluña, Baleares, País Valenciano y Andalucía (éste último es el que más sufrió la dominación islámica). Basta con hojear cualquier manual de historia de los utilizados en la enseñanza media para comprobarlo.


La primera pregunta es, ¿por qué la irrupción del islam en el año 711?, ¿cuál fue su verdadera naturaleza?


A finales del siglo VII el imperialismo musulmán, o colonialismo de una potencia, Arabia, había llegado al norte de África, donde eliminó con eficacia toda forma de protesta y resistencia popular, empezando por los rebeldes donatistas. Eso en un momento en que el poder visigodo en Hispania estaba sucumbiendo a una crisis múltiple en desenvolvimiento, que ponía en cuestión su misma existencia. En el norte peninsular, la revolución altomedieval, iniciada en los territorios vascones durante el siglo V y expandida desde allí a otras áreas, minaba el Estado godo. En tales condiciones, Witiza (que reinó en 700-710) inicia la aproximación al islam, lo que es culminado por sus herederos y continuadores. Estos abren las puertas al imperialismo arábigo-islámico, para salvar al menos una parte de su poder político, injusta estructura social y colosales propiedades.


Una facción muy minoritaria, dirigida por el rey Rodrigo se opone a ello, igual que se oponen las clases populares de todos los territorios. La Iglesia, por el contrario, obra a favor del islam, siendo una de las fuerzas principales involucradas en esa tarea, no así el monacato (cenobitismo) cristiano popular, una de las víctimas fundamentales del nuevo imperialismo. Inicialmente se constituye un Estado visigodo-islámico, lo que se articula por medio de un sistema de pactos y tratados. De las viejas élites godas una parte se convierte al islam y la otra permanece en la Iglesia católica que, al haber sido perentoriamente colaboracionista, goza de los favores del renovado aparato de mando y dominación hasta mediados del siglo IX, cuando éste decide homogeneizarse y desata una ola de persecución religiosa contra el alto clero católico mozárabe (subordinado a los árabes y arabizado), pudiéndose decir que es entonces cuando se crea el Estado islámico andalusí propiamente dicho.


¿Cómo fue la irrupción?


La violencia la caracteriza, lo que es coherente con la centralidad que la religión musulmana otorga al uso de la fuerza armada. El documento básico para esta cuestión, la anónima “Crónica mozárabe del 754”, se refiriere al incendio de ciudades y a la crucifixión o muerte a espada de quienes se les oponían, así como a masivos fallecimientos por hambre. Leyendo dicha Crónica se detectan fundamentales coincidencias entre la fundación del Estado islámico de al Ándalus y la ejecutoria del Estado islámico de Irak y Siria en el presente, lo que denota unas constantes en la historia de la religión musulmana que están más allá de las condiciones espacio-temporales.

Otro dato coincidente es la esclavización a gran escala de la población conquistada, hasta el punto de regalar 100.000 esclavos (en su gran mayoría féminas núbiles) a la autoridad musulmana de Damasco, asunto que adquiere, por su propia naturaleza, el rango de acto genocida. Al mismo tiempo, se ponen en marcha los enormes mercados de esclavos de las ciudades del sur peninsular, donde cientos de miles, quizá millones de mujeres anteriormente capturadas y eslavizadas en el norte, son vendidas a los traficantes abastecedores de los harenes de la cuenca mediterránea, situación que se mantiene hasta el siglo XII. Al Ándalus ha sido la sociedad esclavista más rotundamente aferrada al comercio y posesión de seres humanos de las que han existido en nuestra historia, muy por delante de la cartaginesa, romana y visigoda.


El Estado musulmán-godo del siglo VIII reorganiza el poder preexistente para hacerlo mucho más poderoso. Lo centraliza en Córdoba y otras grandes ciudades, que así crecen de forma prodigiosa, convirtiéndose en factor de agresión medioambiental, expolio del campo y deforestación. Crea un formidable ejército profesional sustentando en mercenarios y en esclavos utilizados como mercenarios, traídos del este de Europa y de toda África.


Impone un sistema tributario depredador, que va a empobrecer cada vez más a las clases populares. Realiza enormes movimientos forzados de población, para llenar las ciudades del sur, lo que deja cuasi vacios extensos territorios.


Instituye una nueva elite entregada a una vida placentera, ociosa y parasitaria, costosísima. Concentra la propiedad de la tierra en el nuevo Estado, el clero islámico y los terratenientes, que se reparten el territorio en tanto que conquistadores. La población autóctona que sobrevive en el agro, al tener que proveer a las hipertrofiadas ciudades andalusíes, lleva una existencia sobre-oprimida y miserable, por lo que se rebela regularmente, siendo cada uno de sus alzamientos reprimido por medio de matanzas masivas. A pesar de ello, y también por ello, tiene lugar la gran rebelión dirigida por Omar Ibn Afsun en el siglo X, el mayor -con mucho- alzamiento campesino del Occidente europeo en la Alta Edad Media.

Se implanta un patriarcado que, por un lado, aparta a las féminas de toda vida pública y de cualquier manifestación de lo humano superior, y, por otro, establece un foso casi insalvable entre hombres y mujeres, en lo que es un mecanismo más de dominación política global.

El clero islámico niega la libertad interior, o libertad de conciencia, del sujeto, extinguiendo en cada persona lo que ésta tiene de más fundamental, el libre albedrio. En las ciudades, insalubres y masificadas, con multitudes viviendo en la miseria, se producen alzamientos populares, sobre todo en Córdoba, extinguidos con gran derramamiento de sangre. En al Ándalus la persona común no cuenta, sólo tiene significación las estructuras de poder y el aparato religioso.

La función determinante del Estado islámico andalusí, para la que fue establecido, es la represión de la revolución de la Alta Edad Media que tiene lugar en los territorios del norte, con creación de sistemas asamblearios de autogobierno (concejo abierto, batzarre, consell obert, concello aberto, etc.) y amplio predominio de los bienes comunales. Con aldeas en vez de ciudades, milicias concejiles en vez de ejército profesional, igualdad político-jurídica de las gentes en vez de esclavitud, relación fraternal entre hombres y mujeres en lugar de patriarcado, libertad erótica en lugar de represión de la libido, obligatoriedad universal del trabajo productivo en vez de elites parasitarias y explotadoras, etc. Uno de los grandes logros de los pueblos libres del norte estuvo en extinguir la esclavitud. Mientras, en el sur musulmán opera Almanzor, uno de los mayores cazadores y traficantes de esclavos (de esclavas, sobre todo) de la historia de la humanidad, además de un genocida destacado.


En el ambiente de falta de libertad/libertades en que vivía la población andalusí se produce un declinar de la creatividad productiva y la eficacia del trabajo. Mientras en el norte peninsular se inventan y generalizan, a partir de los siglos VIII-IX, nuevos procedimientos para el laboreo del hierro, nuevas máquinas para el trabajo de la madera, nuevos sistemas constructivos, nuevas aplicaciones de la energía hidráulica, etc., en el sur islámico se produce un estancamiento productivo (salvo en la elaboración de bienes de lujo para los terratenientes, jefes militares, altos funcionarios y clero islámico) y técnico que es ya perceptible en el siglo IX. La mezquita de Córdoba, por ejemplo, en lo arquitectónico es una edificación arcaica y anticuada, ayuna de creatividad, mera copia servil de los modelos romanos.


La responsabilidad del clero islámico en la génesis de esta situación de inmovilismo y ausencia de progreso es decisiva.La lucha entre el Goliat del sur y los pequeños David del norte fue épica.

El primero fue un enorme imperio global, que se fortalecía con oro, productos, esclavos, colonos, altos funcionarios, clérigos y combatientes llegados en masa desde el África subsahariana, el Magreb, toda la cuenca sur del Mediterráneo, la península arábiga y las lejanas tierras de los eslavos, mientras que los segundos se basaron esencialmente en sus propias fuerzas, sin apenas recibir ayuda de una Europa entonces desintegrada y a la defensiva.

El factor causal inmediato número uno de la derrota militar de al Ándalus son las milicias concejiles, u organización del pueblo en armas, que tuvieron adalides (jefes militares elegidos en la asamblea concejil para un mandato anual) tan célebres como el abulense Sancho Jiménez, de la segunda mitad del siglo XII. Pero la derrota del islam no fue principalmente militar sino sobre todo política, cultural, ideológica, moral, económica, demográfica y convivencial. Fue la superioridad general de las sociedades libres del norte, emergidas de la revolución altomedieval, lo que le venció. Eso se manifestó en un episodio concreto, el paso del reino musulmán de Toledo pacífica y voluntariamente a Castilla en 1085. Fue el golpe determinante a al Ándalus, que le puso en una situación de inferioridad estratégica. Conviene añadir que la incorporación de Toledo y su tierra a la civilización libre y popular del norte lo efectúa toda su población sin distinciones religiosas, los musulmanes de a pie tanto como los judíos y los cristianos. Todos aborrecían por igual al Estado islámico. Tras liberarse de él las masas forzosamente islamizadas solían abandonar muy mayoritariamente dicha religión, en Toledo y en todas partes.

El exceso de poder estatal y la tiranía extrema del califato de Córdoba van a poner en marcha poderosas contradicciones internas y, al mismo tiempo, van a avivar la resistencia popular, en el norte libre y también en el sur sometido. Su rotunda derrota en la decisiva batalla de Simancas, año 939, por una coalición de los pueblos norteños es una manifestación de su decadencia y crisis estructural.


Tras Almanzor, cuando el califato ya a la defensiva estratégica se pone temporalmente a la ofensiva táctica, viene el derrumbe. Las masas cordobesas y los esclavos enrolados en el ejército musulmán asaltan, saquean e incendian en varias ocasiones Medina Azahara, la expresión más insolente del inmenso poder y la vida gozadora de una oligarquía endiosada, derrochadora y putrefacta. Ese hórrido monumento al despotismo político y al fanatismo religioso, atendido por unos 20.000 criados (la mayoría esclavos), no conoció ni un siglo de existencia, pues mandado levantar por Abderramán III en el año 936 en el 1010 era definitivamente demolido por el pueblo, en lo que fue un acto de justicia popular sumaria, y olvidado. Luego vienen los reinos de taifas, una forma peculiar de “feudalismo” islámico. Para esa época al Ándalus está ya vencido y sobrevive debido a las invasiones norteafricanas, almorávides primero y almohades después, muy onerosas, por lo que hunden en la pobreza y el atraso al norte de África hasta el dia de hoy.

Manifestación de la desintegración del orden islámico es que las disfuncionales y horripilantes ciudades andalusíes se van despoblando desde finales del siglo X. La aldea norteña derrotó limpiamente a la ciudad musulmana.

Una expresión concreta de hasta qué punto se ha falsificado la historia andalusí es el caso del califa Abderramán III, generalmente presentado como un gobernante sabio, magnífico y justo. No es esa la imagen que de él ofrece el historiador hispano-musulmán cordobés A. N. H. Ibn Hayyan (987-1076). En “Crónica del califa Abderramán III An-Nasir entre los años 912 y 942”, le describe como un tirano brutal y sanguinario. Lo que cuenta del sádico trato que daba a las desventuradas mujeres encerradas en su harén estremece. Su sanguinario cinismo, mandando crucificar a los oficiales de su ejército que le habían salvado en la batalla de Simancas, simplemente para construir un chivo expiatorio, es atroz. No lo es menos su racismo hacia los hombres negros de su guardia y servidumbre. En suma, de un déspota despiadado los apologetas actuales de al Ándalus han hecho un estadista modélico... Ello valida el libro de Rosa María Rodríguez Magda, “Inexistente Al Ándalus. De cómo los intelectuales reinventan el Islam”, 2008.


Una reflexión sobre el periodo nazarí. Se presenta a la Alhambra de Granada (edificada en los siglos XIII-XIV) como un sistema palacial fabuloso, olvidando su verdadera naturaleza, a saber, la de ser una temible y lúgubre fortaleza que desde las alturas vigila y amenaza a un pueblo sobre-oprimido e inmisericordemente expoliado (el trabajador medio solía pagar tres veces más tributos que en Castilla). Por eso cuando los Reyes Católicos efectúan su conquista encuentran una oposición principalmente oligárquica, no de las clases populares. Éstas viven con indiferencia tales acontecimientos, lo que explica que el último rey musulmán de Granada tuviera que rendir la ciudad tras una resistencia mediocre. No, Granada no fue Numancia, pero nadie se pregunta por qué... Tampoco nadie inquiere por qué en los pueblos del norte no hay, para la fecha citada, nada similar a la Alhambra. La causa es política, que en ellos no existían poderes tiránicos (éstos se van constituyendo desde 1350 en adelante y no son de entidad hasta el XVI) que necesitasen enfrentarse arquitectónicamente a las clases populares de ese modo, ni que tuvieran un sistema fiscal tan expoliador como para construirlos.


Los embusteros mitos creados en torno a al Ándalus son muchos. Uno el de su supuesta gran creatividad cultural. Lo cierto es que quien estaba en un buen momento de elaboración de saber erudito era el reino visigodo de Toledo en el siglo VII, con autores tan universales como San Isidoro de Sevilla, que en su obra enciclopédica, “Etimologías”, recopila el conocimiento de su tiempo. Hubo prebostes andalusíes que tuvieron notables bibliotecas, en efecto, pero lo esencial del saber en ese tiempo se situó en los monasterios cristianos del norte peninsular y europeos, donde se salvó y transmitió el legado de Grecia y Roma. Culturalmente, al Ándalus vivió de la herencia goda y cuando fue islamizado del todo se hizo un yermo, por causa del fanatismo religioso y la ausencia de libertad.


Se afirma que los conquistadores musulmanes fueron grandes agricultores, lo que es una afirmación bizarra por su loca inexactitud, pues eran guerreros y clérigos aristocráticos que despreciaban el trabajo manual, que habían venido a gozar de lo adquirido a punta de espada pero no a trabajar. La agricultura quedó en manos de la población autóctona sometida, primero cristiana mozárabe y luego obligada a convertirse al islam, de la que antes se explicó en qué penosa situación subsistía. Suele sostenerse que realizaron enormes obras de regadío y conducción de aguas, lo que es quizá el embeleco más tosco de todos, puesto que tales ya existían, construidas en Andalucía por Tartessos, en Levante por los pueblos pre-romanos (íberos, etc.), en todas partes por los romanos o incluso algo por los godos. Al Ándalus se redujo a usar lo ya existente en el 711, sin que pueda probarse que ejecutasen añadidos de importancia. Al mismo tiempo, la historiografía parcial y sectaria promovida desde el Ministerio de Educación español vela las muy reales infraestructura hidráulicas realizadas en Cataluña, Castilla, etc., en el periodo medieval.

Sobre la fábula acerca de la “tolerancia” y “convivencia” andalusíes las persecuciones de católicos mozárabes realizadas en el siglo IX lo dicen casi todo, sin olvidar la brutal represión de las corrientes heterodoxas del islam por el todopoderoso clero musulmán institucionalizado, ni tampoco el acoso a los judíos, siempre presente pero terrible en el periodo almohade. La ejecución por el Estado islámico hispano de Eulogio de Córdoba y sus compañeros en el año 859, meramente por ser católicos, con toda su significación cognoscitiva, es sólo una muy pequeña parte de la persecución que padecieron los cristianos. Tolerancia la hubo, en efecto, pero en las sociedades libres del norte, que fue donde realmente pudieron convivir las tres religiones. En ellas los musulmanes nunca antes de 1502 fueron perseguidos. Es, verbigracia, imposible citar un solo caso similar al referido del grupo de Álvaro de Córdoba, esto es, de jefes religiosos musulmanes ejecutados por serlo en el área de los pueblos libres.

¿Quién crea el patrañero mito de al Ándalus?


La respuesta es que las clases altas españolas, admiradoras del sistema político musulmán, organizado para maximizar la dominación ilimitada y múltiple de las clases populares por una elite mega-poderosa. Se manifiesta como “maurofilia” ya desde el siglo XIV, con la creación y difusión de diversas fábulas, historietas y narraciones enaltecedoras del islam. Pero es en el siglo XX cuando esa corriente alcanza su madurez, sobre todo gracias a la pluma de falangistas, franquistas y nazis, entusiastas de la religión musulmana. El más importante es Ignacio Olagüe, autor de “Les arabes n’ont jamais envahi l’Espagne” y “La revolución islámica de Occidente”.

Contra sus adulteraciones, inmensas y asombrosas sin duda, Alejandro García Sanjuán, doctor en historia por la universidad de Huelva, ha escrito “La conquista islámica de la península Ibérica y la tergiversación del pasado”, 2013. Esta obra, densa, bien construida y bien escrita, refuta a Olagüe y a sus seguidores.


Pero, ¿quién es Ignacio Olagüe, el tan fogoso como arbitrario defensor de la Hispania musulmana? García Sanjuán lo desvela: un nazi próximo a las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, fundado por Ramiro Ledesma Ramos en 1931), el partido nazi español. Sin retener este dato no puede comprenderse el presente asunto. Olagüe se reduce a concretar a nuestro caso la admiración del creador y jefe del nacional-socialismo, Adolfo Hitler, por el islam, que le lleva a planear la conversión a la religión musulmana de Alemania. Para Olagüe la “revolución islámica” de que habla es un antecedente histórico de la revolución nacional-socialista hitleriana y de la revolución nacional-sindicalista de Falange. En eso acierta.


Otro hecho notorio es que los argumentos a favor de al Ándalus que suelen utilizar en el presente los autores, políticos y activistas de la izquierda islamófila están tomados de los libros del nazi Olagüe, por ejemplo, la enormidad de que los musulmanes, en tanto que poder imperial en ascenso, no invadieron la península Ibérica... Pero hay muchos más ensayistas falangistas y franquistas entusiastas del islam, sin olvidar que Franco ganó la guerra civil en gran medida gracias a la asistencia que le proporcionó el clero musulmán norteafricano, a cambio de respaldo económico y apertura de mezquitas, sustanciada en 100.000 combatientes de infantería.


Los publicistas franquistas y fascistas españoles que han escrito a favor del islam son muchos, además del citado. Entre ellos están Ernesto Jiménez Caballero, uno de los fundadores de la Falange; el poeta franquista José María Pemán; el historiador y premio Francisco Franco Jaime Oliver Asín y el clérigo católico, fascista contumaz e islamólogo inicuo Miguel Asín Palacios, entre otros muchos. El mismo Francisco Franco es tenido por “gran amigo del Islam”.


Es esa alianza entre nazis, franquistas y cierta izquierda, la que ha ido creando la descomunal adulteración de nuestra historia que es el mito de al Ándalus. Por ejemplo, la segunda edición, en 2004, del libro de Ignacio Olagüe, “La revolución islámica en Occidente” es de la Junta de Andalucía, en ese tiempo gobernada por la izquierda. En este asunto a la izquierda no le importa publicar textos de autores nazis... Se comprende que tales credos políticos totalitarios sientan veneración por una religión que niega el principio de la soberanía popular, repudia el concepto de libertad de conciencia y libertad de expresión, militariza las sociedades que controla, hace de la violencia el elemento axial de su orden político y social, da curso a las expresiones más extremas de intolerancia, convierte a un ente estatal hipertrofiado (el Estado islámico) en el centro de la vida social, carece incluso de la noción de persona en tanto que realidad autónoma construida desde sí, niega la libertad civil, sacrifica al individuo en pro del Estado y el clero, repudia lo comunal en beneficio de la propiedad privada concentrada, divide a las sociedades en una minoría riquísima y en una gran masa empobrecida, ocasiona estados sociales estacionarios de estancamiento y atraso, sitúa al estamento clerical en la cúspide de la pirámide social y mantiene el patriarcado más intransigente de la historia. Además, es el único imperialismo planetario que, hoy, lejos de mostrarse autocrítico se jacta de lo que hizo en el pasado, concebido como modelo de lo que desea hacer en el futuro.


A lo dicho hay que añadir los intereses expansionistas y neo-colonialistas del gran capitalismo árabe saudí hoy, sustentado en el formidable negocio del petróleo, muy generoso con quienes magnifican fraudulentamente al Ándalus. Empero, la caída de los precios del crudo ha disminuido bastante el monto de las prebendas, lo que contribuye a explicar que, muy recientemente, estén apareciendo bastantes textos veraces sobre la materia.


Sea como fuere, no es admisible que la historia sea falsificada siguiendo intereses y corrientes políticas, o religiosas. Hay que sostener con firmeza el criterio de que historia y política deben estar separadas, que la finalidad de la primera ha de ser la verdad y que sólo a través de ella, de su condición de verdadera, puede servir a la política. En esta alta tarea todas las personas, no creyentes y creyentes de todas las religiones (los musulmanes de buena fe también, cómo no) deben estar unidos.


Félix Rodrigo Mora

esfyserv@gmail.com

lunes, 13 de febrero de 2017

Racismo e inmigración

Por Israel Adán Shamir

Una pareja de ucranianos se fija en un graffiti que dice : “¡Mándalos al diablo y salva a Rusia!” . Y uno le dice al otro: “¡No es mala idea!, pero ¿quién tiene ganas de salvar a Rusia?

Este chiste me volvió a la mente, cuando estaba leyendo un manifiesto de los nacionalistas blancos: “No a la inmigración, salvemos a la raza blanca”. La primera opción es válida, pero el objetivo final es irrelevante, en el mejor de los casos.

No hace falta pertenecer a la raza blanca para entender los problemas que causan los traslados de población. No hace falta siquiera creer en la existencia de clasificaciones raciales para darse cuenta que las migraciones masivas causan problemas reales. El razonamiento racialista que sostiene la oposición al fenómeno de las migraciones masivas es superfluo e improductivo, pues si bien la masividad de las migraciones es un fenómeno moderno, el racialismo de hace unos 140 años es algo tan trasnochado como hiriente.

No hace falta el menor sentimiento de superioridad racial ni siquiera de identidad racial, para rechazar la inmigración. Los lectores de Milne tal vez recuerden la reacción nada amistosa del Osito Winnie con sus amigos Piglet y Rabbit ante el animal recién llegado, Kanga, a su selva: secuestraron al inmigrante en ciernes. El cuento termina con que todos se hacen amigos al final, pero ni siquiera Milne habría logrado mantener un final feliz si miles de Kangas hubiesen inundado la selva.

Los seres humanos así como los demás animales tienen mecanismos defensivos para proteger su territorio y su acceso a los recursos. Son estos mecanismos los que hoy en día se caricaturizan con la apelación de “racismo”, como el destape de tendencias naturales brutales, pero la protección del territorio propio es algo relevante también en el plano moral.

En la Rusia soviética de mis años mozos, el chaval que cortejase a una chica de otro vecindario corría un riesgo muy serio de verse castigado por los otros chicos del lugar. No había diferencia étnica, racial, religiosa ni tampoco social entre las dos comunidades; los jóvenes del bloque A no se consideraban mejores que los del bloque B, pero defendían sencillamente su acceso a “sus” propias féminas.

Y sigue siendo una actitud razonable en los jóvenes, la de proteger a “sus” chicas, como proteger su fuente de trabajo. Ellos también tienen que vivir, y los grupos idealistas que dejan el paso libre a los advenedizos desaparecen rápidamente.

La inmigración masiva tiene que ver a la vez con la invasión y con el tráfico de esclavos. Si los inmigrantes prosperan, se trata de invasión; si les va mal, entonces es esclavitud. En ambos casos, sólo una fracción pequeña de la población saca provecho del fenómeno; se les llamará burguesía “compradora” o “traficantes de esclavos”, a medida que se clarifique la situación. En general, la gente de dinero valora los frutos de la inmigración mientras que los pobres pagan el costo abrumador de ella. Pero no todos los ricos sacan ventaja de la situación en grado igual. Los ricos, lo mismo que el resto de todos nosotros, pueden elegir entre dos actitudes, ante la sociedad que los crió: deberíamos dividirlos entre pastores y predadores. Los pastores se limitan a trasquilar a sus rebaños, mientras que los predadores llevan al matadero hasta el último cordero si el precio les conviene.

Un ejemplo de pastores nos lo ofrece la gran familia de industriales suecos, los Wallenberg, dueños no exclusivistas de las 30 firmas mayores de Suecia, incluyendo nueve de las 15 mayores. En conjunto, la familia Wallenberg posee o controla más de la mitad de la economía sueca. Los grandes y excepcionales logros de la sociedad sueca se deben a este bloque poderoso trabajando en armonía con los sindicatos y el gobierno. La lista de los predadores empezaría con Carl Icahn, el temido financiero y devorador de corporaciones que arruinó a más compañías y gente que todas los que Wallenberg jamás tuvo en su poder. La presencia de predadores sin trabas hace que los pastores ya no puedan hacer lo que mejor saben hacer. Peor aún, los predadores no tienen escrúpulos a la hora de llevar sus víctimas al matadero.

Los predadores utilizan la inmigración masiva como un arma poderosa. Los inmigrantes tienen que vivir en alguna parte, de modo que el precio de la vivienda y los alquileres suben, lo cual beneficia a los ricos. En Israel, los dueños de edificios dividen sus viejos apartamentos en unidades pequeñas, y se las alquilan a los inmigrantes. Así, multiplican por dos o tres sus ingresos, mientras que la gente común del lugar no encuentra un apartamento de tamaño decente a un precio razonable. Los inmigrantes necesitan crédito, y los prestamistas se lo ofrecen al 20% mensual. La inmigración socava la seguridad de los trabajadores, creando excesos de mano de obra.

El trabajo precario cuesta menos: los trabajadores están a su disposición cuando se necesitan, y cuando no, se van. Esta es una de las razones por las que Israel recluyó a los trabajadores palestinos en territorios cerrados, importando chinos en su lugar. La inmigración masiva es un arma poderosa en la lucha de clases. Al importar trabajadores potenciales, los amos y predadores socavan las clases obreras. Se trata de importar fuerza de trabajo, y como cualquier importación, esto baja el valor del producto local, es decir del trabajador nativo.

Los predadores hablan de “destrucción creativa”. No les importan las empresas que quiebran bajo el nuevo régimen. Las compañías que logran sobrevivir pueden ser desterradas a la India simplemente con apretar un botón. La inmigración quiebra los sindicatos. Mejor aún para los dueños, la inmigración masiva abre un secundo frente en la lucha de clases, el del enfrentamiento entre clase obreras e inmigrantes.

La inmigración se convierte sin remedio en una guerra por los recursos: para el empleo, las mujeres, la comida y la vivienda. Las clases medias sacan algunos beneficios : sirvientas más baratas, choferes más baratos, niñeras, jardineros y sexo, todo se abarata. La internacional gay (apelación de Joseph Massad) de clase media está a la vanguardia para apoyar la inmigración; esto se puede explicar por un alto nivel de compasión, pero también por su propio interés en tener un vivero de parejas de fácil acceso y barato. Los inmigrantes no compiten con las clases medias, no viven en las mismas zonas; tampoco les quitan a las clases medias sus trabajos. Son los trabajadores los que cargan con el choque de esta guerra, y no les queda tiempo o energía para la lucha de clases contra las clases poseedoras.

La inmigración conlleva otros efectos especiales, como descubrió Robert Putnam (http://www.utoronto.ca/ethnicstudies/Putnam.pdf ). Este investigador, bien conocido por su postura a favor de la inmigración, se vio obligado a concluir: a medida que la diversidad étnica aumenta, la inmigración y la diversidad étnica tienden a reducir la solidaridad social y el capital social[1]. En un entorno étnicamente diversificado, los residentes de todas las razas tienden al “perfil bajo”. La confianza se debilita, incluyendo la confianza entre gente del mismo grupo; el altruismo y la cooperación comunitaria desaparecen, y los amigos más aún.

Es los Estados Unidos, lo mismo que en Europa, junto con la heterogeneidad generalmente se observa que disminuyen la cohesión de la comunidad nativa y la satisfacción, mientras aumenta la inestabilidad laboral. O sea, que en todos los países se observa que una heterogeneidad étnica mayor conlleva la desconfianza de las medidas sociales, y una menor inversión en objetivos públicos, de interés común.

Putnam toma en cuenta dos mecanismos detrás del impacto de la inmigración. La teoría del conflicto supone que “la diversidad alimenta la desconfianza fuera del grupo y la solidaridad dentro del grupo mismo. Cuanto más nos encontramos obligados a una proximidad física con gente de otra raza u otro trasfondo étnico, más nos aferramos a “lo nuestro”, y más desconfianza sentimos de “lo ajeno”. Por el contrario, la teoría del contacto dice que “ la diversidad genera la tolerancia interétnica y la solidaridad social. A medida que tenemos más contactos con gente distinta, superamos nuestra duda inicial y nuestra ignorancia, y empezamos a confiar más en ellos”.

En realidad, los resultados de la investigación masiva de Putnam fueron más pesimistas que cualquier teoría. En el contexto inmigratorio, la gente empieza a temer a sus vecinos de toda la vida tanto como a los recién llegados; “la diversidad no produce ‘malas relaciones raciales’ ni hostilidad grupal hacia otros grupos definidos étnicamente, sugieren nuestros descubrimientos. Lo que ocurre más bien es que los habitantes de comunidades diversas tienden a retraerse de la vida colectiva, a desconfiar de sus vecinos independientemente del color que tengan, a alejarse hasta de sus amigos más próximos, y a esperar lo peor de su propia comunidad y sus dirigentes; así, ejercen menos su capacidad de trabajo voluntario, se dedican menos a practicar la caridad, y trabajan menos en proyectos colectivos, dejan de inscribirse para votar, se agitan más en la lucha por reformas sociales, pero al mismo tiempo dejan de creer que puedan cambiar las cosas, de modo que se limitan a rumiar su desgracia ante el televisor.”

Esto es exactamente lo que desean los predadores; una población atomizada, insegura, con el alma quebrada, en perpetuo estado de guerra civil fría consigo misma. Dejan de organizarse y de proyectarse en el futuro; se quedan quietos frente al televisor, y sufren. Y ¿quiénes son los Maestros del Disurso que deciden el contenido de la programación televisiva? Pues los servidores de los predadores, por supuesto.

Para defender su política de destrucción de la sociedad por la inyección de extranjeros, inventaron y propagaron una nueva acusación mortal, la del racismo. La gente que se resiste a aceptar la inmigración masiva que se les impone es tachada de racista, y se le excluye de cualquier participación en el guión televisivo impuesto de antemano. El racismo es un pecado mortal inventado en fecha reciente por los Maestros del Discurso para disimular sus intenciones predatorias. El racismo, tal como lo describe el diccionario (como un odio misterioso, irracional, hacia razas supuestamente inferiores) no existe. Yo, que soy de tez oscura, y tengo el bigote típico de la gente del Mediterráneo, nunca me he topado con el llamado racismo en mis sesenta años de andanzas por el mundo. Por cierto, tampoco he tratado de fastidiar a los nativos de ningún lugar poniendo música extranjera a todo volumen, observando costumbres extrañas en público, o con una conducta ofensiva a propósito.

Por supuesto, la gente trata de adivinar el origen del extraño. Si me pagaran un dólar por cada vez que me preguntaron de dónde yo era, ya sería rico. Los judíos, los tímidos mandamases de oleadas etéreas, consideran que esta pregunta es en sí “un ataque racista, a pesar de que son ellos los que hacen la pregunta más que nadie. La pregunta se origina en la inocente curiosidad humana, no en el supuesto racismo: uno quiere aprovechar la oportunidad del encuentro para confirmar la visión que uno tiene del mundo: ¿por qué será que los italianos comen pastas? ¿Será verdad que los musulmanes quieren matar a los infieles después de tirar bombas sobre Nueva York el 11 de septiembre? ¿Por qué será que los negros son los mejores en deporte? ¿Y cómo hacen los judíos para ser tan ricos? Los únicos que se ofenden por la pregunta son los judíos, porque son demasiado arrogantes e inseguros para reconocer que cada extranjero, no necesariamente judío, tiene que aguantar las preguntas sobre quién es y qué es lo que lo hace así o asá. Al contrario de la creencia popular judía, la gran mayoría de los seres humanos (“los goy”) no piensan tanto, ni tan a menudo, en los judíos, y seguramente no invierten ningún capital emocional en odiar a los judíos “por ser judíos”.

A la gente le conviene aferrarse a los estereotipos, pero no se trata del viejo racismo malo de antes (algo así como un “odio irracional”) tampoco. Los estereotipos y prejuicios forman parte de nuestra vida como algo legítimo, pues sirven para facilitar muchas decisiones. Por ejemplo, si uno camina por las calles oscuras de un ghetto urbano y uno nota una barra de muchachos sin una sola chica entre ellos, el prejuicio nos aconseja cambiar de rumbo. Si un vago zarrapastroso le ofrece a uno venderle un reloj de oro, el prejuicio recomienda no aceptar el negocio. Si una extranjera encantadora se empeña en llevarle a usted a la cama, el prejuicio sugiere con insistencia el condón, o la fuga. La Liga Judía contra la Difamación (ADL) plantea muy correctamente que existe un estereotipo acerca de la “cábala maligna de los judíos” que suelen “empujar a la guerra”, así como que “son los dueños de los medios judíos los que definen la’línea del partido’”.

Un estereotipo o prejuicio es por lo general el resultado de muchas experiencias desagradables por parte de personas desprevenidas. Los jóvenes de los ghettos pueden darte una paliza, el vago suele vender mercancías poco seguras, la chica pulposa puede dejarte un recuerdo harto molesto. Y la judería organizada sí empujó para la guerra en Irak, y ahora están pidiendo a gritos que se bombardee a los iraníes: Daniel Pipes, Norman Podhoretz y los de la misma calaña. Es más probable que nunca que nuestro mandarín judío medio sea violentamente antiárabe, favorable a la guerra, en contra de Irán, y completamente identificado con la línea oficial. Se justifica perfectamente el estereotipo en este caso, y solamente cambiando de actitud es cómo se libra tal o cual grupo de su estigma.

...

En Israel, las relaciones entre judíos y palestinos también están deformadas por este seudo racismo. Los judíos invadieron Palestina pretextando la condición de inmigrantes, y acorralaron a los autóctonos en ghettos. De ambos lados uno se encuentra con un enorme discurso racista, porque están en guerra unos contra otros, no por que exista el menor “odio irracional” entre ellos. En el fondo de su corazón, judíos y palestinos se respetan muchísimo. Así los judíos admiran y aceptan pagar muy caro por las casas árabes, comen en los restaurantes árabes, prefieren el aceite de oliva árabe, mientras que los árabes admiran el talento y la eficiencia militar de los israelíes. Algún día los israelíes volverán en sí, y le otorgarán la plena igualdad a todos, inmigrantes tanto como nativos. El discurso racialista acerca de los “monstruosos judíos” y “árabes infrahumanos” se deriva de la guerra, y desaparecerá con ella.

La inmigración puede generar este tipo de pensamiento enfangado. Cuando la juventud obrera defiende su derecho a armar su propio futuro, puede convertirse en víctima de un discurso infantil en términos de raza. Su verdadero enemigo es el predador que les echa encima el torrente de los inmigrantes, pero el predador no está a su alcance para nada. La frustración dará paso a todo tipo de vitriolo, pero no se trata de aquel racismo seudo científico y helado de la Alemania nazi, de Israel, y de los yankis que internaban a los japoneses. No hay necesidad de examinar este asunto del discurso racializado como objeto de discusión seria, porque es algo transitorio. Cuando se termina la guerra fría que nace de la inmigración masiva, los sentimientos feos desaparecen sin dejar huella.

El racismo no existe; un extranjero aislado, de cualquier origen, es bien recibido en cualquier país del planeta. Unos pocos extranjeros aportan colorido y serán bien tolerados, y bien mantenidos, por los nativos. En la Rusia apartada de todo en el siglo 18, un etíope negro fue ennoblecido, y fue el padre de un gran poeta ruso, Pushkin. Otro importante poeta ruso, y mentor de un príncipe heredero, era hijo de un turco cautivo. Un marinero inglés se hizo príncipe en el Japón de los shogunes, mientras que un judío bautizado, Disraeli, fue primer ministro en Gran Bretaña. William Dalrymple en su embrujador White Mughals cuenta cuántos ingleses y franceses integraron la sociedad musulmana de la India mughal, y sigue su descendencia mixta en su regreso a Inglaterra, donde tuvieron mucho éxito. Los grupos pequeños de inmigrantes no causaban el desplazamiento masivo de los nativos, por lo tanto nadie necesitaba ninguna argumentación “racista” para defenderse.

En mi movida existencia, disfruté mis estancias entre los japoneses (que tienen fama de ser terribles racistas), entre los palestinos (que tienen muy buenas razones para temer a los extranjeros) y entre otros pueblos, desde los ingleses hasta los tailandeses, desde los suecos hasta los malayos. Y todos fueron hospitalarios y acogedores.

Cuando salí de Rusia y me mudé a Israel a finales de los años 1960, fui bien recibido. Sin embargo, al cabo de algunos años en que llegaban mayores y mayores oleadas de inmigrantes rusos, dejé de ser el tipo raro, algo exótico, para convertirme en una gota más en una inundación de extranjeros. Los rusos judíos de pronto fueron odiados por los inmigrantes de la oleada anterior, porque empezaron a competir por los trabajos peor pagados y por las viviendas subvencionadas. Antes yo era una persona; al día siguiente, me miraban como un aprovechado en busca de privilegios inmerecidos.

Los Maestros del Discurso dieron el tono del debate, presionando aquí, aflojando tensiones en otros momentos. Lo que hacen es controlar el debate, en provecho propio, exclusivamente. Yo siento mucha empatía por los inmigrantes. Estuve un tiempo errante en el oleaje de la inmigración masiva, y fue una época miserable. La inmigración masiva es un error, que se debe evitar en la medida de lo posible. Es mejor quedarse en su propia tierra con sus amigos de toda la vida y su idioma propio. Si uno tiene que mudarse, entonces mejor buscarse un lugar donde los extranjeros sean escasos.

Las sociedades basadas en la solidaridad como la Unión Soviética y Cuba no autorizaron la inmigración, ni hacia dentro ni hacia fuera, y tuvieron razón. La inmigración destruye la solidaridad, mientras que la emigración se lleva a los cerebros del país. Estas sociedades socialistas no tenían racismo de ningún tipo, porque sus ciudadanos no se veían amenazados por las arremetidas migratorias.

Yo nunca le eché la culpa de mis desgracias como inmigrante en una corriente masiva al racismo local. Fui parte de una ola invasora, y la gente del lugar tenía quejas muy reales por ello, porque nuestra llegada les hizo perder algunas de sus posiciones. Después fueron llegando más y más de estas oleadas, y ahora tenemos que pagar más aún por nuestros apartamentos, y tenemos menos espacio para movernos.

Además, la inmigración masiva degrada el estatuto de los extranjeros en general. Antes, los extranjeros eran gente que buscaba nuevas aberturas mentales, o prefería vivir lejos de casa, como Joyce en Trieste, Ezra Pound en Italia, Fennolosa en Japón, Byron en Grecia, y Nabokov en Suiza. Y sin pretender a tanto, uno podía encontrarse todavía con “nuestro hombre en La Habana”, y con un gran duque ruso en otras tierras. Pero ahora, por culpa de los inmigrantes en masa, ya no tiene gracia ser un extranjero. El problema no es la inmigración, sino la masividad de la inmigración.

La etnicidad no es un factor decisivo, a pesar del mantra racialista. La inmigración, aun tarándose de la misma categoría étnica, significa problemas. Los japoneses autorizan la inmigración de los descendientes de los japoneses que se habían marchado a América latina en el siglo anterior, y se desilusionaron mucho. Ahora les pagan una suma decente a aquellos inmigrantes que aceptan marcharse de Japón. Y eso que son de la “misma raza”, pero es que culturalmente se han vuelto demasiado diferentes para la sociedad japonesa y sus costumbres basadas en la solidaridad. En Palestina, los que regresan, los hijos de los refugiados de 1948, se quejan de que la gente, sus primos lejanos, prácticamente, no los reciben bien. En Alemania, los que vuelven, siendo de origen germánico, los “volksdeutsch” de Rusia y Jazastán, permanecen extraños a la gente del lugar.

El racismo en USA es un viejo mito, pero mientras los hijos de los ex esclavos huían masivamente al norte del sur despojado, el código del color era imposible de evadir. Después, los americanos bombardearon Somalia, y los somalíes huyeron a Suecia y África del sur. En Suecia, las diferencias de color eran innegables, mientras que entre somalíes y zulúes, si no hablaban no se distinguían unos de otros; pero como África del sur es un país más pobre que Suecia, los africanos se opusieron a sus negros hermanos de Somalía en una medida que ni los más xenófobos suecos podrían soñar jamás.
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Ahora se entiende mejor la naturaleza de los grupos que se llaman a sí mismos antirracistas: Antifa, Searchlight, Expo y otros parecidos. Son las tropas de choque del predador. Acaban con los grupos de solidaridad local. Actúan como un solvente, desintegrando la sociedad tradicional. Son sionistas fervorosos, atienden devotamente lo que diga la ADL de Foxman; y reciben apoyo de financieros judíos.

Habitualmente, los judíos apoyan la inmigración (salvo en Israel, tratándose de los no-judíos) pero la preeminencia judía en el movimiento antirracista tiene raíces más profundas; “Elevad una barrera alrededor de la Torah”, reza el Talmud. Esto significa: estableced prohibiciones adicionales para resguardar el mandamiento importante. Por ejemplo, un mandamiento prohíbe cosechar frutas el sábado; la “primera barrera” prohíbe trepar a un manzano el sábado, porque de lo contrario, el trepador podría llevarse una manzana. La “secunda barrera” prohíbe treparse a ningún árbol, de modo que nadie se acostumbre a hacerlo nunca. A los judíos nos les gusta que se refieran a ellos en un contexto desfavorable, y por eso hacen la promoción de la “barrera”: no te refieras a ningún grupo étnico en un contexto desfavorable. Se atormentan pensando que aquellos que hallan defectos en los negros hoy puedan mañana encontrarles defectos a ellos, los judíos. El discurso entero sobre “racismo” y sobre el “otro” no es más que una baranda pensada para defender a los judíos de la cualquier señalamiento crítico.

Los judíos lo tienen en mente, y no toman en serio la prohibición a la hora de atacar a sus enemigos, pues no se trata de algo real, sino de una simple barrera edificada para que no se digan cosas desagradables sobre ellos, nada más. Por eso un dirigente judío como el ministro de defensa israelí Ehud Barak no tiene reparos en llamar a los palestinos “el virus”, y no sale un solo antirracista importante a protestar. Para los judíos, el antirracismo es una figura retórica, un recurso para sofocar las críticas de los no judíos, en ningún caso una ley que deban observar ellos mismos.

Los activistas antirracistas también lo saben perfectamente, y su preocupación principal es defender a los judíos, que son los que pagan, al final de la jornada. Si atacan a una persona por ofender a un grupo no judío, uno puede estar segura que esta persona también ha hablado mal de los judíos. Si David Duke se limitara a los negros en vez de soltarse de lengua sobre los judíos también, lo más probable es que no le pasaría nada. Si Horst Mahler sólo arremetiera contra los turcos, no estaría preso. Hasta el enemigo declarado de los inmigrantes de piel aceitunada, el primer ministro holandés Geert Wilders, hace una gira por USA y el Reino Unido con apoyo de los judíos, y los antirracistas no reaccionan mucho.

En Alemania, los antirracistas se arropan abiertamente en la bandera israelí: “lo que todos compartimos es el apoyo a Israel y la lucha contra el antisemitismo, el fascismo y el sexismo”, dice el director del **Conne** Island** Christian Schneider, de 26 años. Un buen ejemplo de la actividad proisraelí de los antirracistas en Leipzig es la campaña pública contra el porte del pañuelo palestino, el keffiyeh, que fue un tiempo prenda esencial del vestuario de cualquier activista europeo de izquierda. “¿Qué te pasa, tienes un problema con los judíos o es que sientes frío en el cuello?”, era el lema de la campaña organizada por el centro en años recientes. La campaña apuntaba a impedir que los jóvenes llevaran lo que el centro percibía como un símbolo de identificación con los palestinos y con el antisemitismo, según Haaretz.

Los grupos antirracistas franceses se apoderaron del discurso en su país, y tienen la culpa de que el fanático de Usrael Sarkozy haya tomado el poder. Al diputado francés Georges Freche lo echaron de su partido porque dijo que el equipo nacional de fútbol de Francia no debería ser tan negro. Pero esta frase que se aparta de lo políticamente correcto, no deja de reflejar el sentido común. Claro que el equipo nacional de fútbol de Francia no debería ser todo o mayormente de origen extranjero, de la misma forma que los periodistas y locutores faro de la televisión francesa no deberían ser todos o mayormente judíos.[2]

Poco antes de las últimas elecciones francesas, yo escribía: “si los socialistas franceses siguen siendo tan estrictos con sus miembros, van a borrarse del mapa como los dinosaurios; y de Segolene Royal no quedará nada salvo el nombre de quien frenó el avance de Le Pen para abrirle el camino a Sarkozy”. La funesta profecía se ha vuelto realidad: Sarkozy ganó las elecciones e hizo de Francia un instrumento de la OTAN, deshaciendo el gran espacio de libertades que De Gaulle había conquistado. Este fue el gran éxito conseguido por los vocingleros antirracistas, la quinta columna del Predador.

Los antirracistas franceses pretenden ser antisionistas; pero su tarea principal es defender a los judíos de cualquier crítica. Terminaron apoyando a Sarkozy a pesar de sus tendencias “socialistas”. En el caso de Gran Bretaña, Gilad Atzmon escribió abundantemente acerca de los antirracistas judíos ingleses y los cripto sionistas. Su defensa de los inmigrantes está supeditada a la defensa de los judíos, pero no cabe duda de que apoyan la inmigración masiva.

La inmigración masiva es ruinosa porque acorrala a la población local, y la vida empeora para todos salvo para la capa más adinerada. Es una simple cuestión de proporción de territorio por persona, y eso es malo. Esta observación requiere explicaciones no raciales. ¿Por qué, entonces, algunos grupos opuestos a la inmigración vuelven a sacar tontos eslóganes racialistas?

Es una victoria de los Maestros del Discurso. Han logrado convencer a casi todo el mundo que oponerse a la inmigración es racista. Y los políticos que están contra la inmigración han aceptado esta noción estúpida. Tal vez sea más fácil tolerar este argumento subjetivo que combatirlo. Los grupos más decididos integraron a los racialistas, porque no querían abandonar su misión primaria por divisiones artificiales. El resto se apocó, en espera de un salvador que actuaría contra la inmigración con el beneplácito de los amos, los Maestros del Discurso.

El pueblo acepta la noción de racismo por dos motivos. Uno, porque les repiten constantemente que deben creer en eso. De la misma forma, han aceptado que fumar es un hábito mortal y repugnante, que sólo los comunistas infames pueden querer un sistema de salud pública, y que a los ricos no se les debe cobrar impuestos. El pueblo es impresionable, y no puede resistir un ataque masivo de los medios masivos.
...

Los que se ven acusados de racistas deberían aprender de los judíos, que expulsan a los inmigrantes, combaten el mestizaje y la asimilación, prohíben a los palestinos traer a una esposa de afuera, pero añadiendo siempre: “esto no es racismo”. Ya que son los expertos, aceptemos su veredicto. Apliquemos la lección del chiste judío: un rabino se retrasó en un viaje, y se acercaba la hora del shabbat; entonces rezó y se produjo un milagro: fue shabbat donde quiera, pero dentro del Cadillac del rabino, seguía siendo viernes. De la misma forma, oponerse a la mezcla de sangres, la miscegenación, es racista, pero milagrosamente, deja de serlo cuando de judíos se trata.
...

En resumen, el “racismo” es un invento, una acusación infamante pero absurda, creada por los Maestros del Discurso, los dueños de la palabra. Los ecos racialistas que escuchamos todos los días mientras seguimos amontonados frente al televisor son derivativos, nacidos del propio discurso hegemónico. Los amos han declarado que la oposición a la inmigración es racismo. Hasta la oposición más frontal ha integrado este axioma falso en sus planes y estrategias. Mientras no percibamos este subterfugio, permanecemos atrapados en una agobiante filosofía subjetiva que es ofensiva para el sentido común. Mientras no empecemos a inyectar dentro del discurso el tema los verdaderos peligros inherentes a la inmigración masiva, mientras no logremos ignorar o desinflar las consignas vacías de los desarraigadores, seguiremos perdiendo cada batalla, y los Sarkozy de este mundo seguirán de fiesta.

Traducción y notas : María Poumier.

Texto original.

Fuente en español.


NOTAS

[1] “Desde que Robert D. Putnam hizo sonar la alarma con su libro “Solo en la Bolera” son muchos los que se han preocupado por el capital social y por los beneficios que genera. El capital social podría definirse como los lazos o relaciones entre personas u organizaciones, ¡pero eso si! sólo cuando estos lazos o relaciones tienen un efecto real y no son un mero sentimiento compartido.” (http://josegonzalezcorrales.wordpress.com/tag/robert-putnam/ )
Robert Putnam presidió la Asociación Estadounidense de Ciencia Política y ha dirigido la Escuela de Gobierno Kennedy en Harvard, donde imparte clases sobre políticas públicas. Ha escrito una decena de libros y ha asesorado a mandatarios como Bill Clinton; el actual, George Bush; los británicos Tony Blair y Gordon Brown, y el libio Moammar Jaddafi. Ver también www.docstoc.com/.../Capital-social-y-democracia-una-revisión-crítica-de- Robert-Putnam -

[2] El caso Frêche es divertido, porque hace poco, se disparó contra Laurent Fabius diciendo que “no tiene cara católica”; allí mismo sus ex amigos socialistas lo repudiaron otra vez, por antisemita. En realidad, es sionista convencido, pertenece al grupo de amistad con Israel en el parlamento francés; nada de esto quita que es popular en su feudo, la provincia de Montpellier,“bastión avanzado de Tsahal”, según él. Ver http://fr.wikipedia.org/wiki/Georges_Frêche. La Liga de Defensa Judía lo defiende.

jueves, 9 de febrero de 2017

El gran lavado de cerebro


El gran lavado de cerebro

Por Robert Eastern – Al considerar el concepto de “lavado de cerebro” la mayoría de la gente todavía piensa en términos de los métodos utilizados por las sociedades comunistas totalitarias del siglo pasado. Uno de los mejores ejemplos de estos métodos fue la prisión de Piteşti en Rumania, que buscaba reeducar (o asesinar) a los anteriormente miembros de la Legión de San Miguel Arcángel (Guardia de Hierro) junto con creyentes religiosos de todo tipo, incluyendo judíos. El régimen era brutal en extremo y confió en la utilización de los reclusos para que se torturaran los unos a los otros. Pero sólo tuvo un éxito parcial; muchos presos que sobrevivieron salieron con exactamente las mismas creencias con las que habían entrado. Esto se debía a que las sociedades totalitarias comunistas eran demasiado crudas en su comprensión de los métodos para crear el «hombre unidimensional» que tanto deseaban; simplemente no se puede ‘golpear a la gente para que piense de la manera en que tú lo haces’. Los seres humanos son por naturaleza sospechosos y si usted le dice a la gente que crea en algo, al menos algunos de ellos se olerán algo raro.

Entonces, ¿cómo es que hemos llegado a una sociedad en Occidente (y cada vez más en todo el mundo), donde todos (aparte de las masas lumpen y de algunos grupos aislados “regresivos”), tienen prácticamente los mismos “valores”, suscriben la misma visión del mundo y late al mismo ritmo de tambor? – “¡Ah, pero …!”, le oigo decir, “nuestra edad es la edad de la diversidad, de hecho hay múltiples visiones del mundo que se expresan todo el tiempo en nuestra sociedad!”. En respuesta, yo diría que esas diferencias son sólo superficiales y que la mayoría de la gente en general, y el 100% de la gente en la academia y en los medios de comunicación se adscriben a los llamados “valores” del secularismo liberal moderno.

Estos “valores” absolutamente incuestionables se expresan en cosas tales como: la elevación de los llamados “derechos humanos” a un sucedáneo de religión, la obsesión por la “libertad” sexual, la demonización de los pueblos tradicionales y sus costumbres y, más tópicamente, la demonización de Rusia y de Donald Trump.

Es casi imposible discutir con esas pobres almas que son víctimas de la más insidiosa forma de lavado de cerebro, porque ni siquiera aceptarán que lo que dan por sentado es una visión del mundo (y una muy inestable). Ellos creen que es simplemente “neutral” de la misma manera que la BBC cree irrisoriamente serlo. He escrito antes que ‘el pez no sabe lo que es el agua’ y ésta sigue siendo la mejor descripción de los resultados del lavado cerebral actual. La mejor manera de explicar al pez que la materia en la que está nadando se llama agua y que hay otro mundo que no consiste en agua es (temporalmente) sacarlo del agua en la que vive y respira. Pero con una cura de este tipo se corre el riesgo de matar a los peces por conmoción cuando se dan cuenta de que existe otro mundo más allá del suyo. Pero no es simplemente que sus opiniones o “valores” nunca sean cuestionados por los medios de comunicación y el mundo que los rodea, creo que también es justo decir que la gran mayoría de esas personas se caracteriza por una vertiginosa ignorancia de la historia del mundo y de la cultura.

Voy a ilustrar a modo de ejemplo. ¿Cómo se discute con alguien sobre la situación en Oriente Medio, y particularmente en Siria, cuando todas sus opiniones sobre el asunto han sido recibidas de una y sólo una fuente (los medios occidentales)? Tales personas rara vez saben mucho sobre la historia del período otomano tardío o del vacío de poder creado por el colapso de la Unión Soviética. Trágicamente, tales imbéciles fueron enviados desde Occidente para atormentar la región, como lo ilustra la legendaria historia del general estadounidense que, al encontrarse con un cristiano iraquí, preguntó con asombro: -“¿Cuándo se convirtió su familia?” – “¡Oh!, hace aproximadamente 2000 años”, fue la respuesta. Es mucho más fácil lavar el cerebro a personas que no tienen conexión con ninguna cultura y ningún conocimiento de la historia. Para cualquier persona que realmente conoce la historia y los hechos, la representación de la confusión en Oriente Medio y particularmente en Siria por parte de los medios occidentales aparece como el cuento de hadas más increíble.

En una iglesia siria me encontré recientemente con gente que estaba completamente desconcertada por la cobertura de la BBC de este conflicto. A sus ojos, Putin debería recibir un Premio Nobel de la Paz y quizás debería ser elevado al equivalente de los “Justos entre las Naciones”, por detener el genocidio de los cristianos en ese país por parte de los milicianos auspiciados por Occidente. Pero ni siquiera puedes empezar a contar esto a una víctima del lavado de cerebro porque ellos “saben” que Putin persigue a los homosexuales y ha invadido un país llamado Ucrania.

Así que la mejor manera de lavar el cerebro es crear una sociedad entera donde sólo se permita una visión del mundo y sólo un sistema de “valores” domine en todas partes, pero (y esto es crucial) debe hacerse sin fuerza. De hecho, debe hacerse con la máxima “dulzura” o “matándote bondadosamente” por medio del nuevo-habla eufemístico, y toda contradicción debe ser castigada como “discurso del odio”.

Los resultados de todo esto son muy tristes y muy malos, no solo porque la cosmovisión descrita sea en el mejor de los casos un montón de tonterías, sino porque también está matando la historia y la cultura. En las facultades de historia los estudiantes a menudo leen más libros sobre la llamada “teoría” de lo que hacen que sobre la historia real. Junto a esto está la tendencia a escribir historia con el tácito pero omnipresente marco moral del secularismo liberal acechando en cada frase. Esto ha llevado a lo que yo llamo la “infantilización de la historia”, donde toda la historia pre-moderna consiste en la historia de las “voces previamente excluidas” o de las “personas marginadas”, y toda la historia moderna (incluso la historia napoleónica) trata sobre lo malo que era Hitler” y la necesidad de “no repetir nunca el fascismo“ (es decir, ninguna otra cosa que no sea el secularismo liberal moderno). En la literatura los resultados han sido aún más devastadores e incluso diría que es muy improbable y probablemente imposible que vuelva a surgir un verdadero gran escritor.

En lugar de un Mishima tenemos a Murakami, y en lugar de un T.S. Eliot tenemos a Seamus Heaney. Huelga decir que un genio como Louis-Ferdinand Céline o como Dostoievsky nunca podría salir de nuestra actual cultura unidimensional (y ciertamente si lo hiciera, sería inmediatamente puesto en la picota por el odio o simplemente ignorado). Pero también es verdad, y aunque los liberales se sientan agraviados por ello, que ni siquiera los grandes escritores más izquierdistas (aunque hay que tener cuidado aquí) del siglo pasado como Rilke, Broch, Musil y Thomas Bernhard, podrían nunca aparecer hoy de la cultura diluida en la que vivimos. Esto se debe a que el “embrutecimiento” va de la mano del evangelismo “inclusivo” de la élite liberal. En nuestros igualitarios días, donde todo el mundo es un artista y todo el mundo es un escritor, en realidad no hay artistas ni escritores. El problema es que, aunque el dogma omnipresente de los liberales pretende ser un “sistema de valores”, en realidad es un sistema vaciado de toda creencia, o incluso de la noción de creencia. T.S. Eliot lo reconoció fácilmente en su controvertido ensayo “fascista”, After Strange Gods, cuando escribiendo sobre la blasfemia, concluyó; “Repito que no estoy defendiendo la blasfemia; estoy reprochando un mundo en el que la blasfemia es imposible”.





Fuente.
Fuente: Katehon.

domingo, 5 de febrero de 2017

Las élites occidentales y el Islam

Una de las características de la modernidad es el FALSO DEBATE y la CONFUSIÓN. Lo que se traslada a la opinión pública (mejor dicho, lo que se construye como tal) es un falsa dicotomía entre dos posturas enfrentadas, con las que ocultar lo esencial de la cuestión a tratar. Además, sumado a esto (y formando parte del engaño) en todos los debates se mezclan los intereses del pueblo llano (o mejor dicho, los que deberían ser sus intereses) con los de las élites que los dominan y someten.

Pues bien, hecha esta salvedad, lo que está claro es que el ISLAM (tanto el “moderado” o “asimilado”, como el “radical” en segunda instancia), es de mucho interés para las élites occidentales, concretamente europeas, y lo es por la sencilla razón de que es un sistema de dominación que se muestra firme y vigoroso a lo largo de los siglos, a diferencia del sistema de dominación occidental, que da síntomas claros de agotamiento.

Hasta ahora los poderes fácticos en occidente han optado por degradar-someter al pueblo llano por medio del hedonismo-consumismo y han apretado tanto en esa dirección que las sociedades europeas ya no son viables económicamente, la gente ya no es funcional ni siquiera para producir-consumir, a diferencia de lo que ocurre con las potencias emergentes o emergidas. Además, han impulsado la división-enfrentamiento (feminismo, homosexualismo, inmigracionsmo, antirracismo, etc.) y esto va creando al caldo de cultivo necesarario para la siguiente etapa.

Europa es un geriátrico, Europa está endeudada y Europa no tiene fuentes de energía, ¿quién tiene esos tres recursos (demografía, dinero y petróleo)? casualmente el ISLAM. La otra opción geográfica (geopolítica) es Rusia, pero ésta es un rival imperialista de primer orden, y EEUU nunca ha permitido ni permitirá una alianza entre aquélla y Europa, ya que supondría el fin de EEUU como primera potencia mundial. El papel de China está por ver, pero algo tenemos seguro: también quiere ser la primera potencia mundial (con Rusia como aliada) y las élites de Occidente tratan de evitarlo.

La opción ISLAM no sólo es ahora la mejor opción para las élites europeas, también lo ha sido en otras épocas; los nazis y otros poderes europeos ya coquetearon con él y, finalmente, después de la segunda guerra mundial los vencedores usaron al Islam como arma contra el comunismo. Otra colaboración importante fue cuando el imperio visigodo ibérico estaba en decadencia, con enfrentamientos internos y con sublevaciones por doquier en todo su territorio; en esa situación una de las facciones enfrentadas invitó a los musulmanes a entrar, esa fue la famosa y sangrienta invasión musulmana que duró tantos siglos. Y esa invitación tuvo lugar porque las élites visigodas vieron en ella la única opción de mantener su status.

Ahora estamos en un momento histórico en el que las élites de Occidente vuelven a necesitar al Islam. Una pregunta que surge es, ¿por qué entonces los atentados terroristas islámicos en Europa?, ¿no son acaso contraproducentes a la hora de introducir, poco a poco, el Islam? Si nos quedamos en los titulares, en lo superficial, en lo mediático y en lo frívolo, la respuesta es sí, pero si analizamos lo que está sucediendo en realidad, dejando a un lado prejuicios, ideologías y dogmatismos, lo que vemos es que, so pretexto de luchar contra el Islam radical, lo que se hace es proteger al Islam moderado-integrado, favoreciendo así su expansión. ¿Cómo y cuándo lo hacen? Vemos claramente como a cada atentado terrorista islámico se suceden reacciones de la ultraderecha y, contra ésta, reacciones de las izquierdas y el progresismo; y como síntesis de todo ello los gobiernos promulgan medidas que “satisfacen” a los dos bandos (falsos bandos creados para consumo de masas); ¿y cuales son esas medidas?

1- Aumentan los recursos contra el terrorismo.
2- Aumentan las medidas de integración y protección de los inmigrantes pacíficos y moderados. No en vano nos repiten constatemente que los más perjudicados del avance del ISIS son los millones de musulmanes que huyen de aquellas tierras y que llegan a Europa con el atributo de REFUGIADO (status superior al del inmigrante por razones económicas). En cambio, apenas llegan a Europa algunos de los cientos de miles de cristianos sirios que, en buena lógica deberían ser (y son) los más perseguidos por el ISIS y los primeros en querer llegar a Europa, siendo como son, por razones obvias, mucho más asimilables que los musulmanes.

¿Por qué los estados europeos permiten y/o impulsan todo esto? ¿Por qué no favorecen la integración a secas del Islam moderado sin necesidad del Islam radical, es decir, sin necesidad de terrorismo? pues por razones obvias: los pueblos europeos no lo aceptarían. En cambio, presentando al MAL ABSOLUTO antes nuestras narices (como es el ISIS ahora, y antes el nazismo, o el comunismo...), todo lo demás nos parece aceptable, cuando no fantástico, incluido el Islam “moderado”... e incluida nuestra propia degradación, ya que ante tanto “terror externo” nuestra degradación (inmensa realmente) parece poca cosa.

Es el método más antiguo de dominación: infundir MIEDO a lo externo mediante la creación a tal efecto de un monstruo; al mismo tiempo que se promueve la arrogancia y el engreimiento como miedo a lo interno, esto es, miedo a descubrir y aceptar nuestra propia degradación; conclusión (síntesis): el problema es el monstruo y no yo (no nosotros).

Obviamente todo esto es muy resumido, y se puede matizar mucho más pero, en esencia, ese es el momento histórico en el que nos encontramos: antes de que las minorías poder-habientes atisben una mínima posibilidad de que la gigantesca degradación occidental (a la que ellas han llevado a sus pueblos) sea revertida por los propios pueblos europeos (previa toma de conciencia) será "corregida" por un nuevo sistema de dominación (con el islam como herramienta), no sin que corra, por supuesto, bastante sangre en el ínterin. Y esto no significa que el "bien" gane al "mal" (ni viceversa), sino que el MAL se actualiza a las nuevas condiciones.

En nuestras manos está evitar pasar de la más absoluta degradación en un sentido (hedonismo, epicureísmo y pusilanimidad hasta el infinito), a la más absoluta degradación en el sentido contrario. Para ello lo primero es tomar conciencia de lo que somos, o en lo que nos hemos convertido, poco más que piltrafas; y una vez asumida nuestra condición actual, debemos tomar las riendas de nuestro destino, sacar fuerza de donde no la hay, llenarnos de razones, y todo ello junto a nuestros iguales; por tanto, hay que prescindir de las castas de expertos que dirigen nuestras vidas, y que conforman los ESTADOS y el GRAN CAPITAL; pero éstos sólo podrán ser despojados de su poder y sus poltronas cuando tengamos un proyecto y una estrategia, porque la violencia a secas lo único que construiría (en el mejor de los casos, es decir, en caso de "victoria") una sociedad revanchista que en nada mejoraría cualitativamente la anterior. Un ejemplo de ello lo tenemos en Espartaco; él era ciudadano tracio libre y cuando fue hecho prisionero lo alistaron en las legiones romanas; se escapó y, una vez capturado de nuevo, fue convertido en esclavo gladiador. Cuando se volvió a escapar reunió a un ejército de 50.000 esclavos, con la particularidad de que el 99% de ellos eran esclavos de nacimiento (por tanto, no conocían la libertad, y mucho menos la responsabilidad y esfuerzo sin fin que ésta conlleva)... Después de que los esclavos aprovecharan las primeras victorias ante las legiones romanas, para destruir, matar y violar sin miramientos a soldados y civiles, Espartaco se dio cuenta de que no iban a construir una sociedad mejor y que, además, por ello mismo, la victoria era imposible, dado que no había un componente moral superior en su ejército comparado con la tiranía de Roma.

Lo dicho, el Islam no está aquí por casualidad, y tampoco sólo por el mérito de las élites islámicas, sino porque lo necesitan las élites locales y por nuestra absoluta degradación: la absoluta degradación del pueblo llano; un pueblo llano que está tanto o más degenerado que las élites del poder de las que emana tal degradación.

Durante los 16 siglos posteriores las élites de poder han ido tomando nota de sus errores, de tal forma que ahora SÍ tienen preparado el nuevo sistema de dominación que sustituirá al disfuncional y envejecido sistema de dominación occidental. En nuestras manos está impedírselo; es nuestra decisión seguir siendo, como hasta ahora, OBJETOS de la historia, o bien optar por ser SUJETOS activos de la misma.


Fuente.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Tropas rusas concentradas en la frontera de EE.UU. y golpe de estado neonazi en Canadá apoyado por Moscú. Imaginemos...

El periodista británico Neil Clark nos propone un sencillo ejercicio para tomar conciencia del cinismo y doble rasero que caracterizan al bloque otanista occidental. Son apenas cuatro ejemplos sencillos, como botón de muestra de los muchos otros ejemplos que podríamos mencionar. El periodista se refiere con sarcasmo a la progresía occidental que se apresura siempre a movilizarse siguiendo la agenda de intereses de EE.UU., con la expresión "la brigada occidental 'se debe hacer algo'"

Referencia documental:
Tomado de RT, "Imaginen que las tropas rusas se concentraran en las fronteras de EE.UU.", publicado el 21-1-2017 como resumen de un artículo de Neil Clark. Versión completa del artículo original en inglés: "Just imagine... if Russian troops were amassed on America's borders", por Neil Clark, publicado también en RT el mismo día. Las fotos y pies de foto son añadidos nuestros.

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"Imaginen que las tropas rusas se concentraran en las fronteras de EE.UU."

El periodista británico Neil Clark pone de relieve "el doble rasero" de Occidente con un simple cambio de nombres en determinadas situaciones.

© Foto: Michael Dalder / Reuters. EE.UU. ha desplegado tropas en Estonia y Lituania. En otros países fronterizos con Rusia, la OTAN también ha desplegado importantes efectivos militares, además de expandir la organización cercando militarmente a Rusia.
El periodista británico Neil Clark escribe que, para poner de relieve "la enorme hipocresía y el doble rasero típicos" de la política occidental, simplemente "hay que cambiar" algunos nombres en determinadas situaciones.

Este columnista estima que las medidas tomadas por los países y personas que cuentan con el beneplácito de Occidente se convertirán en "absolutamente escandalosas" si se las aplicaran a sí mismos y pone varios ejemplos para confirmar su tesis.

Intervención en Yemen

Clark solicita al lector que imagine que "un gran aliado de Rusia", cuyo Ejército hubiera entrenado los rusos, "bombardeara el país más pobre de Oriente Medio con bombas de racimo suministradas por Moscú" y que "la hambruna amenazara la vida de millones de personas" de ese territorio.

Posteriormente, el autor del texto desvela que es Arabia Saudita, "un gran socio de Reino Unido", el que devasta Yemen con "bombas de racimo de fabricación británica" mientras "la brigada occidental 'se debe hacer algo', que expresó una gran preocupación 'humanitaria' sobre los combates para liberar Alepo de los terroristas de Al Qaeda y el Frente Al Nusra, permanece callada".
Destrucción de Yemen, el país más pobre de Oriente Medio. La barbarie sembrada por Arabia Saudí sobre Yemen con el beneplácito del otanismo, no parece merecer la atención de la progre brigada occidental "se debe hacer algo", tan preocupada por el retroceso del yihadismo de los cortacabezas en Siria. Yemen no contará con una "Marcha de Berlín a Alepo" de los "se debe hacer algo".  Foto: escuela yemení destruida por los bombardeos saudíes.
Burlas hacia los fallecidos

El periodista británico también subraya que si el avión accidentado el 25 de diciembre cerca de Sochi hubiera transportado a un coro militar de Francia y no de Rusia y una de las principales revistas satíricas rusas se hubiera burlado de la tragedia, los medios occidentales habrían censurado la 'depravación moral' y el 'alma oscura' del carácter ruso.

Sin embargo, la aeronave siniestrada "transportaba a cantantes rusos" y, como fue la revista Charlie Hebdo"que cuenta con el apoyo de la élite"— la que "se burló de los muertos", "nadie en Occidente puso el grito en el cielo".

Expansión de la OTAN 

¿Y si hubiera sido la OTAN y no el Pacto de Varsovia la que hubiera dejado de existir al final de la guerra fría y Rusia, rompiendo todas sus promesas al presidente norteamericano, hubiera expandido ese bloque hasta las fronteras de EE.UU. y desplegado miles de tropas y decenas de tanques y material bélico en México y Canadá?

"¿Los comentaristas de los periódicos occidentales 'respetables' describirían esa operación como una 'agresión estadounidense'? Creo que no", responde Clark.

Golpe de Estado en Ucrania 

Finalmente, ¿y si Rusia hubiera gastado 5.000 millones de dólares para cambiar el régimen político de Canadá utilizando a neonazis como punta de lanza de las protestas antigubernamentales y ese nuevo y 'democrático' país acogiera marchas con antorchas de ultranacionalistas que conmemoraran a las divisiones de las SS?

Neil Clark esperaría "graves condenas y denuncias de los 'lazos' de Rusia con la 'ultraderecha' pero, como esos acontecimientos "tienen lugar en Ucrania", la brigada occidental 'que viene el fascismo' no muestra el más mínimo interés".

"Marcha de las antorchas" de los neonazis ucranianos, los fieles aliados del otanismo occidental.