Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

martes, 28 de octubre de 2014

Conspiración Octopus XIII

Viene de aquí.

46

Curtis torció a la izquierda y tomó un ancho pasillo con mamparas de vidrio. Luego giró bruscamente a la derecha y enfiló un pasillo estrecho, éste con mucha menos gente y muchos más abogados. Después otra vez a la derecha para llegar, tras cruzar unas puertas acristaladas, a un corredor aún más estrecho y atestado de agentes de policía. El juicio de Scaroni se celebraba en la sala C. Las medidas de seguridad eran de lo más estrictas. No sólo se registraba a todo el mundo con un detector de metales manual, sino que se inspeccionaban individualmente todos los bolsillos y maletines. Los alguaciles estaban en máxima alerta. Entró en una sala casi vacía y vio a Paulo Scaroni con grilletes, sentado a la mesa de los abogados y vestido con el mono carcelario. Su abogado era un hombre de sesenta y tantos años con mejillas sonrosadas y vestido de negro: pantalones negros, corbata negra, zapatos negros, una elegante perilla y un largo mechón de pelo negro teñido que llevaba peinado de izquierda a derecha. Estaba sentado a una mesa rectangular con un vaso de agua en una mano y en la otra un fajo de documentos convenientemente doblados.

Scaroni presentaba un aspecto gris, fatigado. Su cara ovalada parecía cubierta de rasgos superpuestos, y sus ojos azules, de sabueso triste, miraban por encima de unas grandes bolsas y una nariz ganchuda. Se volvió para ver quién entraba. Su mirada se detuvo en Curtis con una codicia extraña, nada sutil. Scaroni se inclinó hacia su abogado, que se volvió, miró, entornó los ojos y susurró algo al oído de su cliente.

Aunque estaba previsto que la sesión empezara poco antes del mediodía, por razones de seguridad se trasladó a otra sala y se cambió la hora: sería a las once. La vista había comenzado hacía un rato, cuando entró Curtis, quien lo primero que oyó fue al juez haciendo referencia a la supresión de ciertos documentos.
—Estos fragmentos serán eliminados con tijeras, y una vez eliminados han de ser destruidos. —Entonces el juez miró alrededor y se dirigió al fiscal, que estaba en pleno interrogatorio de uno de los testigos.
—¿Podría extenderse sobre el contenido de la carta? —preguntó el acusador público.
—En esencia, la carta expresaba el entusiasmo por la potencial aplicación de tecnologías y pedía una lista de todos los participantes activos en la empresa conjunta —respondió el testigo.
—¿Conocía los nombres de algunos de los participantes?
—Conocía a todos los participantes, porque yo era jefe de proyectos en las instalaciones del gobierno en la cuenca del Pinto.
—¿Puede decirle al tribunal si alguien de la sala participó con usted en la empresa conjunta?
Scaroni se incorporó en la silla con la cara crispada y un tic nervioso en el ojo izquierdo. Parecía una enorme lata de gusanos retorciéndose. Tras negar el testigo con la cabeza, Scaroni hizo una mueca y susurró algo al oído de su abogado.
—¿Cuál era el esquema básico de la propuesta?
—Vehículos blindados Bradley para transporte de tropas. Llevamos a cabo una demostración de prueba de un dispositivo mejorado para aeródromos que la empresa desarrolló.
—¡Que yo desarrollé! —gritó Scaroni, saltando de su asiento.
—¡Silencio! —El mazo del juez bajó de golpe.
—Continúe, por favor —dijo el fiscal tras una pausa, mirando con desdén a Scaroni.
—También realizamos una prueba con un artefacto explosivo de implosión hidrodinámica. Nuestro laboratorio construyó un prototipo, pero lo hicimos más grande porque los jefes de la empresa querían una demostración por todo lo alto. Provocó un incidente diplomático, ya que la prueba fue detectada por satélites de observación rusos y chinos.
Ahora le tocaba interrogar al equipo de Scaroni. Su abogado se puso en pie, sacudió la cabeza, sacó un pañuelo, se sonó la nariz, tragó saliva y dijo:
—¿Conoce a este hombre, Paulo Scaroni? —Señaló a su cliente con el pequeño y grueso dedo índice.
—Personalmente, no —fue la respuesta.
—¿Sabía que él era vicepresidente de las instalaciones que acaba usted de mencionar?
—Lo desconocía. Por encima de mi escalafón hay varios niveles. Podría hacer conjeturas, pero no.
—Dice que el vehículo blindado Bradley se desarrolló en la cuenca del Pinto.
—Sí, señor.
—De hecho, en los folletos promocionales se dice que Bradley fue desarrollado por un equipo dirigido por el propio vicepresidente de la corporación.
—No tengo buena memoria. Pero me gustaría ver esos folletos.
—¿Cuál era su cargo antes de llegar a supuesto jefe de proyectos?
—¡Protesto! —fue la réplica del fiscal.
—Se admite la protesta —dijo el juez sin inmutarse.
—¿Cuál era su cargo antes de llegar a jefe de proyectos? —El abogado de Scaroni corrigió su frase.
—Me ocupaba de supervisar personalmente todos los contratos y patentes de la empresa.
El abogado de Scaroni desenrolló los documentos que tenía en la mano.
—¿Sabía usted que tres de las patentes más lucrativas y vanguardistas, como las Aplicaciones de la Teoría de la Perturbación para aumentar la transferencia de energía, la Aplicación de Métodos Estacionarios a polvos y aerosoles para aumentar la transferencia de energía, y la Aplicación de la Teoría de la Perturbación a sistemas de flujo hidrodinámico, eran en realidad inventos de Paulo Scaroni?
—Defina «invento», por favor.
—¿No es cierto que fue Scaroni, y no usted ni Santa Claus, quien tuvo la inteligencia para inventar las patentes antedichas? —gritó el abogado de Scaroni, actuando con la pericia de un letrado consumado que atrapa al testigo estrella de la acusación con un interrogatorio censurable.
—¡Protesto! ¡Protesto! —El fiscal estaba fuera de sí.
—Que yo sepa, no. Por desgracia, algunos de los documentos a los que usted se refiere fueron destruidos durante el reciente incendio que arrasó el ala oeste del complejo. Aún estamos intentando reponer el material perdido. —El testigo observó al fiscal.
Curtis advirtió que el testigo mentía porque, por instinto, los mentirosos suelen mirarte atentamente después de hablar para ver si te lo has tragado o deben hacer algo más para convencerte. El abogado de Scaroni no hizo más preguntas, y el testigo fue invitado a retirarse. Pasó con gesto huraño frente a la mesa del acusado. El juicio de Scaroni no iba bien. Su equipo esperaba que la influencia y la credibilidad del siguiente testigo cambiarían la situación.
—¿Puede usted decir su nombre para que conste en acta, por favor? —pidió el abogado de Scaroni.
Curtis advirtió que, aunque el hombre de las mejillas sonrosadas tenía un aspecto cómico, no era tonto. Le daba igual revelar sus emociones ante el tribunal.
—Me llamo Brian Leyton. Soy ayudante del fiscal general de Estados Unidos en Washington, D.C.
—¿Conoce al acusado, Paulo Scaroni?
—No.
El abogado de Scaroni tardó varios segundos en asimilar la respuesta. Como si estuviera en trance, contempló la superficie de la mesa y sujetó distraídamente los documentos enrollados. Luego alzó los ojos y observó primero a su cliente, que se encontraba en estado de shock, y después a Leyton. Curtis también se dio cuenta de lo sucedido. También él volvió a representar la fracción de segundo en la que un ayudante del fiscal de Estados Unidos decía al tribunal, mintiendo, que no conocía al acusado. En esa fracción de segundo, la expresión de Leyton fue de inequívoca resignación y cristalino desdén. ¿Hacia el sistema? ¿Hacia sí mismo? ¿Hacia Scaroni? Una locura.
—¿Conoce usted personalmente al señor Scaroni? —preguntó, muy despacio, el hombre de las mejillas sonrosadas.
—No recuerdo haber conocido personalmente al señor Scaroni —contestó con calma el ayudante del fiscal.
—¿Ha estado alguna vez en su despacho con el señor Scaroni y en presencia de tres agentes federales?
—He hablado con miles de personas encargadas del cumplimiento de la ley, y no puedo estar seguro de haber hablado o no con el señor Scaroni en presencia de agentes federales, por teléfono o en persona. —El abogado de Scaroni frunció el ceño con inquietud.
—¿Encabezó usted la acusación del gobierno contra la mafia rusa por intentar robar sondas de inspección profunda de paquetes, un elemento clave del sistema estadounidense de defensa nacional?
—Así es.
—¿Cuándo?
—El año pasado.
—¿No fue Paulo Scaroni quien filtró el dato al gobierno de Estados Unidos? —preguntó al instante, pues quería que el jurado oyera la versión de su cliente.
—¡Protesto! —gritó el fiscal.
—¿Quién pasó la información al gobierno de Estados Unidos? —insistió, reformulando la pregunta.
—Mi oficina fue informada por un agente especial de alto rango que está al frente del FBI, en Washington. No estoy en condiciones de especular sobre quién le informó a él.
El juez miró la hora. Habría un breve receso de quince minutos. El mazo bajó en el preciso instante en que el juez sacaba un pañuelo limpio de una ordenada pila del cajón superior.

47

Simone miró a Cristian y luego el monitor. Se mantenían las constantes vitales, y la respiración era regular. Luego se volvió hacia Michael.
—Jamás dejaré de buscarlos, Michael. Comprendo lo insignificante que soy para ellos. Lo sé, no se han parado a pensar en Danny desde aquel día fatídico. Sin embargo, yo no he dejado de pensar en él desde entonces. Al margen de las mil maneras en que intento distraerme, cada noche me acuesto repasando todos los detalles del último día que pasamos juntos, y preguntándome qué hice mal o por qué no lo entendí o no lo preví... Y cómo en ese breve instante alguien puede arrebatarte totalmente la felicidad. —Hablaba con voz temblorosa—. A veces llego incluso a convencerme a mí misma de que todo es un error, de que de un momento a otro Danny cruzará este umbral, de que llamará porque verá luz debajo de la puerta. Pero no lo hace ni lo hará nunca, y eso me está matando...
»Y después de todo, por largo que pueda ser, aparece alguien que te quiere; que te quiere de veras y a quien tú quieres, que te hace sentir útil y feliz, y piensas en lo que sucedería si esto no saliera bien y cómo los trocitos de tu alma se perderían para siempre. Y me estremezco ante la idea de perderte. —Aspiró lo que parecía todo el aire de la habitación—. Oh, Dios mío, estoy tan cansada... ¿Cuándo terminará todo esto? ¿Cuándo? Ojalá hubiera escuchado a mi corazón y no lo hubiera dejado marchar.
—Simone... —Michael se acercó a ella—. Danny sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando se matriculó en la escuela de periodismo, cuando estableció su primer contacto y cuando siguió a la bestia hasta su guarida. Sabía quién era. Amaba lo que hacía.
—Michael...
—No tienes por qué llevar esta carga.
Ella examinó su rostro como si fuera el de un desconocido. Advirtió que escondía sentimientos nocivos. Clavó la mirada en sus ojos. Eran cautelosos, en busca de pequeñas injusticias a las que responder.
—Michael... —El nombre flotaba en el aire como una bocanada de humo—. No sonríes mucho, pero cuando lo haces es como cuando se disipan las nubes. Me haces sentir superflua, como si hubiera usurpado el sitio de alguien —bromeó, mientras brillaba en sus labios una sonrisa extraña, aparentemente gratuita.
Michael se inclinó y la besó con ternura.
—Creo que, dadas las circunstancias, lo más adecuado sería salir de puntillas por la puerta, pero, por desgracia, de alguna manera estoy inmovilizado —dijo Cristian; se relamió los labios y sacudió la cabeza.
—Cristian, sólo estábamos...
El banquero alzó la palma de la mano derecha.
—Sobran las explicaciones. ¿Dónde está Curtis?
—En el juicio de Scaroni.
—¿Dónde? —preguntó con tono de perplejidad.
—Eso no importa. Cree que puede matar dos pájaros de un tiro.
Un destello atravesó las persianas seguido, seis segundos después, de un fuerte trueno. En Nueva York, el tiempo era frío y desapacible; un cielo nacarado pasaba en vuelo rasante, mientras Manassas disfrutaba de los últimos rayos de sol.

La sesión del día iniciaba su tramo final. Agotada por las prolongadas tensiones, e indignada por haberse visto obligada a revolcarse en porquería inventada, la defensa llamó a Paulo Scaroni al estrado. Se acababa el tiempo, y no estaba más cerca de demostrar que, en otra época, el acusado había trabajado para el gobierno de Estados Unidos. Era fatal que todos los testigos del gobierno estuvieran claramente coaccionados e intimidados para dar a su testimonio un giro perjudicial y ensayado. Era inconcebible que un testigo clave de la defensa cometiera perjurio en el estrado. La pregunta era por qué. En cierta época, Scaroni trabajó en un proyecto secreto de empresa conjunta en Nicosia, Chipre, junto a otros empleados gubernamentales que habían efectuado declaraciones selladas sobre el caso. Ése era su único rayo de esperanza, una posibilidad de demostrar a qué se había dedicado. Después de que las objeciones de los abogados del gobierno fueran consideradas totalmente irrelevantes, se pidió al acusado que describiera con el mayor detalle posible las instalaciones de Nicosia. Luego se comparó su testimonio con las declaraciones selladas de los otros miembros del equipo. Encajaban. La defensa preguntó cómo podía ser que un supuesto civil, sin vínculos con una corporación militar como el complejo de la cuenca del Pinto, tuviera acceso a información confidencial sobre sus instalaciones en el extranjero. Era una pregunta retórica, dada la insistencia del gobierno en que Scaroni nunca había trabajado para él en ninguno de sus proyectos, ni dentro del país ni en el extranjero.

Curtis no sabía cómo rebatiría el gobierno ese testimonio potencialmente perjudicial para sus intereses. Diez minutos después, vio al fiscal cruzar y pasar al universo paralelo de humo y espejos. Para refutar la afirmación de Scaroni, el abogado de la acusación sugirió que el acusado, que había sido encarcelado sin fianza, desde su celda había conseguido piratear el sistema informático de la CIA y había averiguado lo de Nicosia y los detalles del caso. La vista acabó sin conclusiones y se fijó fecha y hora para la semana siguiente.

Michael pulsó la tecla del altavoz de su anticuado teléfono.
—¿Qué ha ocurrido?
Pidió a Curtis que contara el desarrollo del juicio.
—Creía que el abogado debía testificar a favor de Scaroni. ¿No es eso lo que dijo?
—Me parece que sus posibilidades de salir de la cárcel son entre escasas y nulas —comentó Simone.
—Sólo que esas escasas posibilidades aún están en el edificio —replicó Curtis.
—¿Qué quieres decir?
—Scaroni esperaba que el tribunal lo exculparía. Hoy el gobierno ha aprovechado para demostrarle que no va a ser así.
—Increíble, toda esa gente testificando contra él... —Michael se debatía entre las dobleces del gobierno y su propia ingenuidad.
—El gobierno está poniendo sus patos en fila y preparándose para disparar. Pero aún le está dejando cierto margen de acción.
—¿Por qué, Curtis? —preguntó Michael.
—Todavía tienen esperanzas de que Scaroni regrese del frío y les dé lo que quieren.
—Entonces, ¿le crees?
—Sólo que está en prisión y que robó el dinero. Lo que no sabemos es para quién trabaja. —Hizo una pausa, sentía como si su mente diera bandazos—: Y no olvides nunca que siempre es más eficaz ser sincero en privado. De lo contrario, tu móvil puede ser un tanto sospechoso.
—Scaroni trabajó al servicio del gobierno de Estados Unidos en el desarrollo y la modificación de software para PROMIS —añadió Simone—. ¿Por qué su abogado no lo ha mencionado?
—Lo ha hecho, pero el juez se ha asegurado de que esos puntos se suprimieran con tijeras y, una vez suprimidos, que fueran destruidos.
Indignada, Simone no llegó a iniciar la frase.
—Pero...
—Tiene que ver con PROMIS, Simone. Nunca dejarán que esto aflore. Por eso deben destruirlo a él y a todo aquel que lo haga parecer creíble. La reserva amalgamada de varios billones de dólares, creada y mantenida en cuentas aletargadas y huérfanas, fue robada mediante PROMIS con ayuda de Scaroni. Sandorf me contó hasta aquí. Cristian también debió de darse cuenta. Quizá por eso atentaron contra él. Esto es plutonio. El que se acerca acaba muerto.
—A ver si te pillo —dijo Michael sacudiendo la cabeza.
—El CTP era una operación gubernamental para evitar que el sistema financiero mundial implosionara. Lo que pasa es que una gente poderosa llamada Octopus estaba utilizando este dinero para generar beneficios espectaculares corriendo muy poco riesgo. ¿Lo recuerdas? «Los bancos y los bancos centrales que participan en el CTP llevan dos libros, uno para el examen público y otro para verlo en privado.»
—¿Cómo encaja en esto Scaroni? —inquirió Michael.
—El gobierno le encargó que ayudara a crear un sistema mejorado de inteligencia artificial a partir de PROMIS. Él ya tenía su propio sistema, por lo que la unión entre el de Sandorf y el suyo originó un híbrido. En cuanto Octopus tuvo el híbrido, se libró de Sandorf.
—¿Por qué?
—Porque Scaroni era uno de los suyos, al menos al principio, y Alan Sandorf no. Sandorf me dijo que la penetración y el robo del dinero fue el banco de pruebas de la bomba atómica económica llamada PROMIS.
—¿Recuerdas lo que decía Cristian? —dijo Michael.
—Que en el ciberespacio pueden existir esas cantidades de dinero porque nunca se pueden transferir a ninguna parte —respondió Simone.
—También decía que no era necesario, pues es posible mover cualquier cantidad de dinero en una millonésima de segundo con sólo pulsar una tecla.
—Y aquí es donde aparece PROMIS —terció Curtis.
—Sobre todo sabiendo que una buena parte estaba depositada en treinta cuentas en un grupo sin fisuras de CitiGroup.
—Cuyo presidente, John Reed, está ahora criando malvas.
Curtis repasó su visita al extraño mundo de Alan Sandorf: su teoría de por qué los conspiradores obligarían a todos los países de la Tierra a cooperar con quien poseyera el sistema, y lo fácil que sería eso con PROMIS, pues la combinación PROMIS-inteligencia artificial controlaría bancos nacionales, ejércitos y agencias de inteligencia.
—La pregunta es por qué lo están haciendo.
—Por fanatismo —repuso fríamente Curtis—. Sin el dinero del CTP inyectado en el sistema, la economía mundial se iría a pique, dejando centenares de millones de muertos y miles de millones de hambrientos e indigentes. Pero eso tiene un precio. Quizás el propio titiritero, quienquiera que sea, sabe cuál es el precio, pero no los otros, que obedecen órdenes a ciegas. Este fanatismo ha impedido que los conspiradores vieran las verdaderas consecuencias de sus chanchullos. En cuanto aumente el clamor, empiece a morirse la gente y se extienda la indignación, el mundo se verá abocado a la guerra. Están jugando con fuego, que al final los devorará cuando los disturbios se propaguen por todos los países, poniendo fin al viejo orden y estableciendo uno nuevo, un Nuevo Orden Mundial
con la ayuda de la inteligencia artificial más poderosa del mundo, PROMIS.
Simone estaba estupefacta. Michael tenía la mirada perdida. Sus rostros se ensombrecieron. Curtis miró el reloj.
—Cambio de planes. Debo ver a alguien. Es importante. Quedamos luego en el hospital.
—¿Necesitas ayuda?
—No, qué va.
Curtis se acomodó en el asiento delantero del Lincoln Continental naranja. El estruendo del motor no pretendía saludarle. El taxi aceleró calle abajo.

48

Superstición infantil. No tenía ni pies ni cabeza que por la mañana, camino del trabajo, pasara por una acera y por la tarde, de regreso a casa, pasara por la otra. Brandon Barry Kumnick frunció el ceño. Elvis era supersticioso, igual que Sharon Tate, Roman Polanski y Howard Hughes. «No, Hughes era lisa y llanamente raro.» Volvió sobre Elvis. Si era bueno para el Rey, era bueno para Barry. Concluyó que la manipulación de la superstición era un asunto delicado. Meterse con creencias muy profundas suponía jugar a ser Dios, y sólo debía intentarse si uno podía salirse con la suya y el juego merecía la pena. «¿Merece la pena una acera?» También resolvió que el fracaso puede desembocar en el ridículo, algo que ni él ni el Rey digerían demasiado bien, y en acusaciones de torpeza (¡jamás!) e insensibilidad capaces de manchar la reputación de un individuo. Kumnick lo analizó desde ángulos distintos. Llegó felizmente a la conclusión de que había supersticiones buenas y supersticiones malas. Las suyas (y como es lógico las de Elvis) eran indudablemente buenas. El resto... No, no había excusa para el fracaso.

Caía la tarde sobre la concentración de gruñidos apagados de la Gran Manzana. Los sonidos y olores de Nueva York, agitándose, vibrando a esa hora temprana de la tarde, bañaban la ciudad con una luz color mandarina. Kumnick respiró hondo. En la acera se veían restos blancos de nieve húmeda. Lentamente, una tras otra, caían gotas de agua haciendo plaf. De un balcón, aún colgaban las cintas de alguna festividad religiosa. (Si hubiera caminado por el otro lado no las habría visto.) Una pareja paseaba un perro. El chucho rodó sobre la gravilla, corrió unos metros y cayó de lado. «¿Por qué tiene la gente como mascotas a criaturas de aspecto sarnoso?» Pisó un excremento de perro por segunda vez. Superstición... Por lo visto, también a Elvis le había pasado.

Un sedán negro se acercó en silencio junto a Kumnick y, sin que mediara cambio de ritmo, se abrió la puerta del pasajero, y una mano poderosa agarró a Kumnick por el pescuezo y tiró de él hacia dentro. La puerta se cerró y el sedán aceleró.
—Menos mal que me he puesto una muda limpia —dijo Kumnick en voz alta—. ¿Quiénes sois, tíos? Oh, a propósito..., voy colocado.
El hombre del tatuaje se volvió hacia Kumnick.
—Eres una pieza valiosa.
—No alimentes la vanidad de un hombre —replicó el analista, intentando incorporarse.
No iba a poder. Un par de fuertes manos lo agarraron del cuello mientras alguien le ponía en la cara un trapo suave y húmedo y el conductor encendía la radio.

—Primero fue la clasificación crediticia en Europa oriental, que hace menos de dos semanas se redujo a «basura», y ahora son las tribulaciones financieras de Europa occidental las que ocupan el centro del escenario.
—Así es, Larry.
—En Italia, el aumento de permutas financieras ligadas a créditos impagados ha alcanzado niveles de récord después de que los Servicios de Clasificación de Standard & Poor situaran la clasificación crediticia de este país en el estatus de «basura». Hoy, a primera hora, en un informe aparte, S&P había advertido de que en Europa occidental «están presentes todos los ingredientes de una crisis importante». Por si fuera poco, el Servicio de Inversores de Moody colocó a Francia y Austria en situación de revisión para un posible descenso que se produciría a principios de la semana próxima, mencionando la incertidumbre política y las preocupaciones relativas al sector bancario. Ayer, el hundimiento del gobierno de coalición italiano propagó por todo el mundo la inquietud sobre el posible efecto dominó en el resto de las economías de Europa occidental.
—Gracias, Marian.
—Dentro del país, los bancos más grandes están tan cerca de venirse abajo, y la economía mundial está desintegrándose con tal rapidez, que es inminente una debacle en Wall Street. En concreto, es cada vez más probable que las previsiones de los últimos meses se cumplan en un breve período de tiempo, incluyendo la quiebra de los mercados bursátiles. Una rápida disminución en las acciones de aproximadamente tres mil en el índice Dow y de trescientos en el S&P..., o incluso más.
—David, esto está empezando a parecerse cada vez más al Armagedón y al día del Juicio Final. Dinos tus predicciones a corto plazo.
—Gracias, Larry. Son de veras a corto plazo. A semanas vista, me refiero, no meses. Antes de nada, quiebras de empresas: una reacción en cadena de expedientes acogidos al Capítulo 11 o adquisiciones federales, incluyendo no sólo General Motors y Chrysler sino también Jet Blue, Macy’s, Saks Fifth Avenue, Sears, Toys «R» Us, U.S. Airways e incluso gigantes como Ford o General Electric. A continuación, quiebras de los superbancos: bancarrotas o nacionalizaciones no sólo de CitiGroup y Bank of America, sino también de JP Morgan Chase y HSBC. Tercero, una epidemia a escala nacional de quiebras de bancos medianos y pequeños. Cuarto, hundimiento de los seguros: esta mañana, Washington ha anunciado que AIG, la compañía aseguradora más importante del país, perdió en los tres últimos meses del año pasado la pasmosa cifra de 61.700 millones de dólares. Se trata de la mayor pérdida sufrida por una empresa de Estados Unidos. ¡Más grande que las pérdidas récord de Bank of America y CitiGroup sumadas! Peor aún: para evitar que AIG desaparezca, Washington ha prometido otros trescientos mil millones de dólares, de modo que el rescate total para esta empresa asciende a la mareante cifra de cuatrocientos cincuenta mil millones de dólares.
»¡Esto equivale al ciento treinta por ciento de todo el déficit presupuestario del gobierno de Estados Unidos de todo el año pasado! Es más, las acciones de la empresa, que en mayo pasado se vendían a casi cincuenta dólares cada una, ahora están a sólo cuarenta y nueve centavos. A un inversor que ocho meses atrás comprara diez mil dólares de acciones de AIG le quedan ahora noventa y ocho dólares. El resto, la friolera de 9.902 dólares, se lo ha llevado el viento. De todos modos, lo que queda por ver es cómo piensa el nuevo presidente cumplir las promesas que ha hecho su gobierno en los dos últimos meses.
—¿Cuánto dinero ha prometido? ¿Alguien lleva la cuenta?
—Marian, si contamos los trescientos mil millones de dólares a AIG, ¡estamos ante un total de ocho billones de dólares! Como lo oyes. Y la pregunta es: ¿disponen de ese dinero? Supongo que lo sabremos dentro de poco.

49

La fría lluvia persistía sobre la capital, aunque cada vez con menos fuerza. Los ojos del presidente se perdían más allá de la biblioteca a prueba de balas, junto a la ventana que daba sobre el bien cuidado césped de la Casa Blanca. Parecía más gris a esa hora, bajo la evanescente luz de una tormenta vespertina, en esa tarde invernal anormalmente cálida para la época. Iba vestido con una camisa de tres botones y cuello abierto, gemelos de oro y elegantes pantalones negros, y tenía las largas piernas separadas y la mano izquierda flácida en la hebilla del cinturón. El hombre tenía muchas cosas en la cabeza. Una nación en guerra consigo misma, gente en guerra con el gobierno, países en guerra entre sí. Una guerra por la supervivencia. Le recorrió un escalofrío. Cómo añoraba los inviernos nevados de su infancia... Cerró los ojos y se trasladó a la Navidad de su infancia, y de repente recordó el salón de su casa familiar envuelto en un paraíso multicolor de hojas muertas, una gran cantidad de libros con páginas de bordes dorados, el árbol de Navidad... La imagen se demoró en su mente, llenándolo de calidez. Sonó un zumbido procedente de su consola telefónica, una especie de grito ronco. El recuerdo se retiró en silencio, esfumándose en las profundidades de la tierra. «¿Qué estoy haciendo?» Miró la hora. Eran las cinco y cuarto.
—¿Sí?
—Señor presidente, el secretario de Estado, Brad Sorenson, quiere verlo.
—Hazlo pasar —fue la escueta respuesta. Se aclaró la garganta.
La puerta se abrió un par de centímetros. Con delicadeza, sin asomar la cabeza, Brad Sorenson dijo:
—¿Tiene un momento? Podría ser importante. Quizá tengamos una pista sobre el asunto PROMIS. Un hombre fue a ver a alguien que al parecer trabajó en el desarrollo del software.
—¿Cuándo y quiénes? —El presidente miró fijamente a su secretario de Estado, se volvió y se sentó en su suntuosa silla de cuero.
—Ayer. Según la descripción física, los datos circunstanciales y los informes de Inteligencia, este hombre se llama Curtis Fitzgerald. Es ranger del ejército, miembro del Décimo Grupo de las Fuerzas Especiales. —Dejó un sobre de papel manila sobre la mesa del presidente.
—Un trabajo rápido. ¿La descripción física?
—Es un informe de uno de nuestros agentes secretos que resultó herido de gravedad en un altercado con ese individuo.
—¿Señor secretario?
—Verá, señor presidente. El hombre que desarrolló el software vive en Harlem. Se llama Alan Sandorf. Tenemos entendido que Fitzgerald fue a verlo.
—Ese Fitzgerald —el presidente abrió la carpeta y examinó el envidiable historial de Fitzgerald—, ¿es uno de los nuestros?
—Quizás. En este momento sólo podemos hacer conjeturas. En todo caso, ¿qué motivos tendría para ir a ver a Sandorf? ¿Cómo averiguó su paradero? ¿Qué papel está jugando?
El presidente no dijo nada. Tras él había una mesa de pino maciza, en la que se veía una bandeja de plata con vasos, hielo y botellas de agua.
—¿Quiere beber algo? —Hizo un gesto distraído en dirección a la mesa, levantándose despacio.
—Señor, ahora mismo no hay modo de saber cuánto sabe Fitzgerald —dijo Sorenson.
El presidente clavó la mirada en el secretario de Estado. Por fin el enojo y la frustración afloraban lentamente.
—Brad, ya tenemos bastantes problemas. Prescindamos de esta complicación. —Abrió una botella de agua y dio un trago más largo de lo que pretendía—. ¿Cree que él o ellos están relacionados de algún modo con el robo del dinero?
—Alan Sandorf está siendo interrogado por nuestra gente en este preciso instante.
—¿Y Fitzgerald?
—No, señor. Nuestros hombres están esperando instrucciones. Según su historial, quien le toma a la ligera lo hace por su cuenta y riesgo.
El presidente guardó silencio un momento. Luego habló con firmeza y mirada penetrante.
—¡Empowerment, señor secretario! Por el amor de Dios, tráiganlo para interrogarlo. Estamos a escasas semanas de una debacle total... ¡y usted jugueteando con los pulgares mientras espera instrucciones! ¡Traiga a ese hombre para interrogarlo lo más pronto posible!
—Sí, señor. Enseguida.

Sonó el teléfono. O tal vez no. Ella sólo sabía que él estaba en el otro extremo de la línea.
—¿Qué pasó en el juicio? —El silencio de Scaroni acentuaba la tensión.
—¡Me trataron como si estuviera loco y me llamaron mentiroso!
—Paulo, ¿no dijo que Leyton estaba de su parte?
Ahora el silencio fue más intenso que antes.
—Tuve con él un encuentro de tres horas cara a cara, en su oficina y en presencia de tres agentes del FBI, donde les di valiosos datos de Inteligencia.
—¿Por qué no cita a esos agentes para que comparezcan ante el tribunal y testifiquen en su favor?
—Ya lo hicimos hace dos semanas.
—¡Fantástico! O sea que aún tiene una posibilidad. —Simone se sintió aliviada.
—No lo creo.
—¿Va usted a desistir, Paulo?
—Murieron la semana pasada, cuando su todoterreno saltó la valla de protección y cayeron por un barranco a treinta kilómetros por hora. Al parecer, el conductor se quedó dormido al volante.
Otro silencio. Las palabras de Scaroni resonaban con fuerza en la cabeza de Simone, que hizo una mueca de dolor y cerró brevemente los ojos antes de responder.
—Las cosas malas les pasan a las buenas personas.
—No tan deprisa. Esto huele a operación sucia y sin cuartel, tan nauseabunda que puedo olerlo. Leyton estaba al tanto de la situación. Era ayudante del fiscal de distrito de Estados Unidos. Está metido en esto hasta el cuello.
—Y entonces, ¿por qué mintió en el juicio?
—Me dijeron que yo era mi peor enemigo. Supongo que lo decían en serio.
—¿Y ahora qué?
—Se me acaban las opciones. Debo hablar con alguien de FinCen.
—¿De dónde?
—Es la Red de Agentes contra Delitos Financieros. Algunos de los polis clave están trabajando en mi defensa. —Simone oyó a Scaroni aporrear con el puño algo metálico—. No se imagina lo furioso que estoy. Me siento traicionado. —El hombre torció el gesto—. Esto es lo que pasa. Más allá del atrezo me espera un partido despiadado.
—¡Paulo! —Simone tenía la cara colorada, la mirada intensa y alerta—. ¡No tengo ni idea de lo que está diciendo!
—Escuche, confío en usted. —Él prosiguió como si Simone no hubiera hablado—. Dios mío, aparte de mi abogado quizá sea la única persona de quien me fío. Estoy en un aprieto. Me la han jugado. —Hizo una pausa. Fue un momento tenso—. Hay un hombre. Debe decirle que necesito ayuda de un experto.
—¿Por qué no lo llama usted? No es del todo inútil, ¿recuerda?
—Con esta gente, no —dijo con calma—. No tengo el equipo para anular su seguridad. En la liga que estamos jugando, los únicos tíos que disponen de los medios y a los que yo puedo llegar están en FinCen. Este tipo es un técnico de máximo nivel que habla mi mismo lenguaje.
—Paulo, ¿por qué confía en mí? —El corazón le latía con fuerza.
—Porque ellos mataron a su hermano —contestó Scaroni con impaciencia—. Su causa es justa. No está aquí por el dinero.
—Muy bien —replicó ella al instante, aunque sólo fuera para eliminar el dolor.
—El gobierno tiene todos mis documentos y archivos. Tiene todos mis discos ópticos de almacenamiento, cada uno de los cuales, y son ciento treinta, alberga más de veinte mil páginas. Me han fastidiado de mala manera...
—Paulo, si no dispone del equipo para anular su seguridad...
—Hay que conseguir un experto que hable mi lenguaje. Le contaré todo lo que sé, y él podrá hacer tanto daño que ya no les va a hacer falta el testimonio de nadie más.
—Paulo, ¿todo lo que sabe sobre qué? ¿Cómo se hizo con ese material?
—Yo manejaba el dinero para ellos, ¿vale?
—¿Para quiénes?
—Para la gente del gobierno. Yo creé sus buzones muertos virtuales.
—¿Qué es esto?
—Es un modo de evitar reconciliaciones A.C.H. a diario. Lo haré con un experto, ya me entiende, no puedo hablar de esto con un ser humano normal.
—Paulo, ¿tiene pruebas?
—Esto pasó cuando yo estaba verificando el sistema. Pero temía por mi vida... Ya se lo dije. Así que el gobierno decidió ponerme la zancadilla. Y desde entonces estoy en la cárcel.
—Escuche, Paulo, ¿qué necesita del técnico de FinCen?
—Si obtengo ayuda de la gente de FinCen, puedo reconstruir mis archivos. Necesito dos tipos de ordenadores. Un VAX 11730 con dos discos RLO II, un RA80 y un accionador de cinta TU80. Esto es un paquete. Luego necesito un ordenador VAX 3900. La explicación de que me haga falta el VAX más viejo y más lento es que sé de dónde sacar todo el material, sin problemas. Tengo el VAX en un lugar seguro, pero necesito un sitio para montarlos y a alguien para manejarlos y seguir sin más mis instrucciones.
—¿Qué quiere decir con que lo tiene en un lugar seguro?
—Digamos que preví la futura necesidad de un escondite para mis archivos, por si las cosas se descontrolaban. Los archivos y el equipo informático guardados allí son mi última baza. Bien, la máquina VAX Series 3900..., es demasiado complicado hablar ahora de los dispositivos de almacenamiento masivo, pero el caso es que éstos son los dos niveles de aparatos que necesito.
—¿Quiere que lleve estos ordenadores a su abogado?
—¡No, no! Déjelos en el sitio donde están.
—¡Ni siquiera sé dónde!
—Encuentre al hombre de FinCen. Si los obligamos a moverse, los destrozaremos. No quiero desmerecerla, pero esto no está a su alcance. Lo que yo hago es modificar algunas rutinas del VAX BMS para activar una clave de cifrado de libreta de un solo uso. Por eso me hacen falta dos accionadores RLO II en el VAX 11730, porque un RLO II Platter es un planificador de sistemas y el otro es la libreta de un solo uso. Los datos están en una cinta de pistas múltiples 1625 BPI 9, en el accionador de cinta TU80. Ésta es la configuración del sistema.
—¡No entiendo una palabra de lo que está diciendo! ¿Cómo se llama él?
—¡Por el amor de Dios! ¡Ya se lo decía! No puedo hablar con una persona normal. Encuéntreme a alguien que conozca mi lenguaje. Tiene que ponerme en contacto con el hombre de FinCen.
—¿Qué es la clave de cifrado?
—Bueno, son diez dígitos..., una libreta de un solo uso, pero tiene un sistema de expansión de números primos pseudoaleatorios.
—Paulo, ¿puede usted acceder a material del gobierno?
—Sí, por medio de PROMIS. Tanto el FBI como el Departamento de Justicia tienen ordenadores centrales Amdahl. Éste es mi prototipo. Mire, quiero este RLO II Platter en manos de alguien que haga con él lo que yo le diga. Que nadie lo toque sin oír primero mis instrucciones.
—¿Ha de ser éste en concreto?
—Sí, de lo contrario tardaré seis meses en reescribir el subconjunto. Ellos quieren que les dé los códigos para desentrañarlo todo. Si lo hiciera, tampoco sabrían qué hacer con ellos de todos modos. Se armarían un lío.
—Paulo, ¿qué va a proporcionar a FinCen?
—Voy a mostrarles cómo estos chicos manejaban a diario la parte vital del flujo de caja. Desenmascararé toda la operación.
—¿Se refiere al CTP?
—Abuso de información privilegiada, bancos, el gobierno... Si encuentra a mi hombre en FinCen, él aceptará encantado, ¿de acuerdo? Pero tenemos que empezar ya. Necesitamos tiempo para que las cosas estén en marcha y nosotros nos sintamos seguros, flexibles y funcionales en su sistema en el ámbito internacional. Serán capaces de observar las transacciones diarias.
—Paulo... —Simone habló con toda la calma de la que pudo hacer acopio, pero respiraba con dificultad —. Me dijo que si yo lo ayudaba... —Se le quebró la voz. La envolvió el miedo mezclado con el anhelo doloroso y el amor por su hermano.
—Lo sé —interrumpió Scaroni, ahora más tranquilo. En la quietud, Simone alcanzaba a oír la respiración lenta y pausada de su interlocutor—. Dos días antes de que fuera descubierto su cadáver, Danny me telefoneó por la tarde por una línea terrestre, pero le dio señal de ocupado. Antes de que yo pudiera devolverle la llamada, él ya había salido para Shawnsee.
—¿Por qué no lo llamó al móvil? —inquirió Simone.
—Lo hice. Pero lo tenía desconectado.
—¿Sabe con quién iba a verse?
—Creo que con agentes del FBI. Me dijo que el Bureau estaba interesado en los bancos y las operaciones financieras en el extranjero que él estaba investigando. El hecho de que Danny estuviera metido hasta las cejas en blanqueo de dinero y programas comerciales derivados, y que se hubiera tropezado con PROMIS, me indicaba que, sin saberlo, había puesto el pie en la mayor operación de Inteligencia encubierta del mundo.
—Y dirigida por el gobierno —matizó ella.
—En realidad, gente de dentro y fuera del gobierno.
—Lo sé. De todos modos, ¿por qué el FBI quería encontrarse con Danny? ¿Para matarlo?
—Esto habría sido contraproducente. El Bureau se juega mucho en este asunto, ¿se da cuenta? Creían que la operación y la gente que había detrás suponían una pesadilla de seguridad nacional para el país y para el planeta. —Hizo una pausa. Ella suspiró con impaciencia—. Fueron a buscar sus papeles.
—¿Por qué?
—Porque cada vez estaba más claro que el FBI había dado, sin querer, con una operación CIA-gobierno de Estados Unidos que incluía a miembros de alto nivel del gobierno. Usted debería saberlo. La mayoría está en las notas de Danny.
—Un momento. —Simone sacudió la cabeza con brusquedad—. Usted dijo que la CIA y el FBI estaban en el ajo. Ahora dice que el Bureau estaba investigando el vínculo CIA-gobierno. No lo entiendo.
—Entre la gente de dentro y fuera del gobierno hay algunas manzanas podridas. La agencia propiamente dicha no está implicada —explicó Scaroni—. Creo que me he alargado más de la cuenta. Volveré a llamarla.
—¡Espere! ¿Y el nombre del tío de...?
«Sí —pensó ella—. ¿De dónde demonios...?»

Una motocicleta pasó con la celeridad de un rayo. A través de su pelo sopló una ráfaga de aire limpio y fuerte. «Maldita sea!» Simone bajó del bordillo y al instante chocó con una anciana de pelo anaranjado que arrastraba los pies como un prisionero con grilletes, mientras comía un bocadillo de pan sin corteza. Simone había dado tres pasos fuera del ascensor junto a la habitación de hospital de Cristian, que seguía acompañado de Michael, cuando sonó su móvil.
—Simone, soy yo, Michael.
—¿Qué ha pasado?
—Han encontrado el cadáver de O’Donnell.
—¿Qué? —Cortó cuando el guardia armado abrió la puerta—. ¿Dónde? Hola —los saludó ahora en persona.
—En las afueras de Washington, cerca del río Potomac. Antes de matarlo lo torturaron.
—¡Dios mío! —exclamó Simone.
—La policía está intentando atar cabos. Todo apunta a que la muerte de O’Donnell y el atentado contra Cristian están relacionados.
—Pero ¿por qué?
—¿Recuerdas una historia de hace unos días sobre una entidad financiera no identificada que estaba negociando un paquete de medidas de urgencia con CitiGroup? Bueno, pues éramos nosotros —explicó Cristian, a todas luces agitado—. El gobierno ya no daba más de sí y quería que prestáramos dinero a Citi con su aval.
—¿Y?
—Bueno, alguien filtró un documento preliminar al Times. Parece que este alguien fue Mike O’Donnell, aunque no podían demostrarlo y él desapareció esa misma tarde. La filtración provocó un gran bochorno en el gobierno.
—¿Insinúa que el gobierno de Estados Unidos está detrás del asesinato de O’Donnell y su atentado? ¡Vaya disparate!
—El gobierno, no. Mi nivel es demasiado alto. De todas formas, la muerte de Mike me ha turbado, por no decir otra cosa. —Su voz sonaba apagada.
—Pues claro, Cristian. De lo contrario, no sería humano. —Simone hizo lo que pudo para distraer su preocupación transformándola en exclamación emocional. Luego le ofreció una bebida—. Tome, parece que tiene sed.
Él sonrió.
—Gracias por colmarme de mil pequeñas atenciones.
El teléfono de Michael soltó un pitido. Un mensaje.
—Curtis quiere que usted contacte con él —le dijo a Cristian.
—¿Qué?
—Que Curtis quiere que le llame. Ha pasado algo.
—¿Dónde está mi teléfono?
—Tome, use el mío.
Cristian miró a Michael.
—Estás de broma, ¿no? No sabría qué hacer con esto —soltó hinchando las mejillas y buscando a tientas bajo la almohada—. Aquí está. —Se tumbó jadeando, triunfante como un gladiador herido, con ambos omóplatos apretados contra la cama y un diminuto artefacto plateado en la mano derecha—. Muy amable de tu parte, de todas formas. Incorpórame.
Cristian sonrió, entornó los ojos, se inclinó hacia delante con las manos extendidas y volvió a sonreír. Marcó un número. Contestaron al primer tono.
—¿Estás bien?
—No —contestó Cristian con aspereza—. Mike O’Donnell está muerto. En realidad, primero lo torturaron y luego lo mataron. Estoy muy preocupado...
—Yo también —lo interrumpió Curtis, sin molestarse en quitar importancia a las palabras de Cristian—. Barry Kumnick ha desaparecido.
—¿Qué?
—Me has oído perfectamente. Kumnick se ha esfumado sin dejar rastro.
—¿Estás seguro? ¡Es de la CIA!
—Hablas como si la CIA fuera sinónimo de teoría cósmica irrefutable. Es un hombre previsible y meticuloso con sus rutinas, eso sí. Ha estado llegando a casa cada día a las tres y cuarto durante los últimos diecisiete años.
—Menos hoy.
—Exacto.
—Quizá se entretuvo en el trabajo.
—Descartado. Se fue a las dos y cuarenta y tres. A las tres y cinco suele pasar por una grasienta pizzería a comerse un trozo de BigEasy.
—Menos hoy. ¿BigEasy?
—Una cosa asquerosa que lleva de todo. El caso es que no apareció por primera vez desde que abrieron el local hace cinco años.
—¿De lunes a viernes una pizza BigEasy que lleva de todo? ¿Con qué clase de personas andas, Curtis?
—Con las que corren con los toros en Pamplona.
—Ya está bien, gracias. Capto la idea.
—La dependienta de una tienda de ropa fue la última persona en verlo, mientras él observaba embobado un caniche.
—¿Cómo está tan segura de que era Barry Kumnick?
—No se me ocurre nadie más capaz de tener una discusión acalorada consigo mismo en medio de la calle.
—Esto es de locos. ¿Podría ser la Agencia? Por lo que dijiste, penetró en los archivos Delta sin la pertinente autorización.
—La Agencia no tenía por qué secuestrarlo en plena calle cuando podía detenerle in situ.
—Octopus —dijo el banquero, conmocionado—. ¡Dios mío, son ellos! —exclamó con voz débil y tono abatido.
—O los que están siguiendo de cerca a Octopus. Acuérdate de Roma.
—Y nosotros en medio. ¿Quién prefieres que te coma, Godzilla o King Kong?
—En realidad, es aún peor.
—¿Peor? ¿Me estás diciendo que nos persigue otra espantosa criatura manga con la que no estoy familiarizado?
—Cuando atiborren a Barry de drogas, le obligarán a cantar. PROMIS, Sandorf, Armitage, Lila Dorada, por no hablar de los códigos que él utilizó para obtener esa información secreta. Lo contará todo.
—Las buenas personas caen derrotadas.
—Esto es lo que menos me preocupa —replicó Curtis con aire sombrío—. En cuanto hayan acabado con Barry, me temo que ya no lo necesitarán.
—No estarás insinuando que lo van a matar, ¿verdad?
—Me limito a constatar el hecho. Lo matarán, a menos que yo lo encuentre primero.

50

Una hora y media después de haber hablado con Cristian, Curtis no estaba más cerca de descubrir qué le había pasado a Barry Kumnick. Apoyado en la baranda, mientras miraba a unos hombres que descargaban cajas de verduras, seguía dándole vueltas en la cabeza la misma pregunta: ¿Por qué? ¿Qué sabía Barry que lo convertía en un objetivo? Mientras se dirigía a pie a un edificio de apartamentos al otro lado de la calle, desde donde Kumnick fue visto por última vez, Curtis notó que lo seguían. Dobló bruscamente la esquina, pasó frente a un toldo rojo y subió por una calle contigua, plenamente consciente de su entorno mientras adoptaba el gesto de un paseante sin rumbo. En los siguientes quince minutos subió y bajó por varias calles al azar, sólo para comprobar que lo seguía el mismo hombre bajo y fornido con cara mustia y una bolsa de plástico.

A Curtis le molestaba algo de su perseguidor. Eran los pasos. En Delta Con tenían un nombre para eso: vigilancia ambiental. Era algo más que ver a alguien, sentirlo, olerlo, ser consciente de su presencia en todo momento. Si el hombre estaba siguiéndolo, resultaba muy fácil descubrirlo. ¿Qué haría? Aunque el tipo de cara mustia se pusiera a la altura de Curtis, las posibilidades de detener al ranger, más alto y más fuerte, eran, en el mejor de los casos, escasas. El perseguidor tenía que saberlo, lo cual significaba que era un cebo. Y si el hombre bajo y fornido era un cebo... ¿dónde estaba el verdadero perseguidor? Al final de la manzana, Curtis dobló a la izquierda y tomó un pasaje peatonal mucho más estrecho. La civilización se detuvo de repente. La calle y el pasaje terminaban, y al frente sólo había un callejón oscuro. Curtis se metió por ahí, escuchando los pasos que se acercaban. En cuanto el hombre de la cara mustia llegó a su altura, Curtis lo hizo girar y lo inmovilizó contra la pared.
—¡Levante las manos! —dijo el hombre bajito, respirando con dificultad.
—Está de broma, ¿eh? —replicó Curtis, incrédulo.
—Me temo que no —dijo una voz desde el extremo oscuro del callejón. Curtis giró bruscamente la cabeza a la derecha al tiempo que apartaba al hombre y cogía su arma.
—¡Baje el arma! ¡Si se mueve, es hombre muerto! —Aquella voz acostumbrada a gritar órdenes claras y escuetas. Oyó unos pasos lentos y pausados—. He dicho que baje el arma. —Estaba en estado de shock. «¡Octopus! ¡No puede ser!» Alguien lo empujó hacia la pared—. ¡Vuélvase, la cara contra la pared y las piernas abiertas!
—¡Muévase!... ¡Ya!
El hombre de cara mustia se arregló la corbata.
—En la jerga de Inteligencia me llaman señuelo. —Sonrió—. La ha pifiado, señor.

Kumnick estaba lánguidamente sentado en una silla. Por la ventana medio abierta alcanzaba a ver pastos, una granja. En su nariz persistía el olor acre. Tenía las manos y los pies atados con correas de cuero. Tras recobrar el conocimiento, fue plenamente consciente de la imagen de un sedán y una mano que lo arrastraba hacia dentro. La imagen permaneció en su interior como una ola luminosa y glacial, lista para tragárselo, una y otra vez. Se abrió la puerta y alguien entró sin prisas. Kumnick entornó los ojos. Quedó enfocada la forma del hombre. Era alto, corpulento, iba vestido con elegancia, y lucía un saludable bronceado y unas botas de piel de caimán.
—Me perdonará por utilizar un método tan indecoroso para evitar que se marche. —El hombre comprobó las cintas y luego sacó de su maletín un botiquín metálico, que colocó en una mesa contigua.
—¿Va a pincharme?
—Naturalmente, señor.
—No hace falta, se lo aseguro. Prometo contarlo todo. Sólo tiene que preguntar —dijo Kumnick con calma.
—Gracias por su amable ofrecimiento, señor. No obstante, en nuestra profesión, una palabra equivocada o fuera de lugar puede ser fatal. —El tipo sonrió—. Le suplico un poco de comprensión. Al fin y al cabo, estoy haciendo esto por su bien.
—Está planeando mandarme al otro barrio. —Kumnick se encogió—. Peor aún, está poniendo mi honor en entredicho. Lo tomo como una afrenta.
El hombre se dio la vuelta. Su rostro siguió inexpresivo durante unos instantes, pero sus ojos ambarinos, elocuentes, examinaron el semblante de Kumnick en busca de pistas.
—No me olvides en el otro mundo —añadió el analista de la CIA.
—En efecto. El olvido es una actuación de una noche. —Reflexionó sobre ello un poco más—.Muy bien. Por qué no. Después de todo, los dos somos personas civilizadas.
—¡Exacto!
El hombre acercó una silla y se colocó frente al analista.
—Empecemos por las preguntas fáciles.
—¡Genial!
—¿Cómo se llama?
—Me llamo Brandon Barry Kumnick, aunque normalmente quito el Brandon, pues era el nombre del padre de mi padrastro. No quiero aburrirle con la historia de mi familia, ya que estoy seguro de que tiene cosas más importantes que hacer y gente a quien matar.
—Muy bien. Gracias. ¿A qué se dedica, señor Kumnick?
—Soy analista de la CIA en la subestación de Nueva York.
—¡Es verdad! —El asesino batió palmas—. ¡Le pido perdón por haber dudado de su sinceridad!
—No es preciso, señor. Imagino que en su profesión se encuentra con individuos de lo más desagradables. —Torció el gesto.
—Así es, sin duda. No puede ni imaginárselo. —Chasqueó la lengua con cierto disgusto—. Una última pregunta fácil, señor Kumnick. ¿De dónde es?
—Soy de un lugar llamado Estados Unidos de América, aunque nací en una base norteamericana de Tuchil. Si está usted en Norteamérica, desplace un dedo de la mano derecha hasta el otro lado del océano Atlántico. Lo primero que alcanza el dedo, suponiendo que no resulte devorado por un pez a medio camino, es un trozo de tierra llamado Europa. De ahí viene el queso y el buen vino, el críquet, los dardos, la costumbre de beber cerveza, las familias reales y un amplio surtido de asesinos profesionales. No debería perdérselo. Pero si va directamente al sur desde Europa, hacia el ombligo, al final advertirá una gran masa de tierra que algunos llaman África porque aquí tuvo su origen el peinado afro. En la tierra afro...
—¡Basta! —El asesino alzó la mano con un gesto que no resultaba desconocido. Luego esbozó una leve sonrisa, sacudió la cabeza y se volvió—. Es usted un hombre gracioso, señor analista.
—Lo sé. Y usted, señor Darkman, es un idiota si cree que voy a contarle algo —replicó Kumnick con descaro.
—Lo que más mueve a compasión en el mundo, señor Kumnick, es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todo su contenido —dijo el asesino cruzando la estancia hacia el botiquín metálico.
—Quizá tenga que ver con Internet: la digitalización de datos ha incrementado nuestra memoria RAM. Esto no significa forzosamente que establezcamos correlaciones de manera correcta; aunque todo esté conectado, vemos puntos más que nada.
—Sólo que lo que hacemos con ellos, señor Kumnick, cómo somos capaces de conectarlos, está convirtiéndose en el problema de nuestra época. Y en el metanivel del mito sabemos que es posible efectuar algunas de las conexiones más significativas. —Calló un momento—. Nuestro exquisito objetivo, señor, está al doblar la esquina.
—Las esquinas nunca se doblan —rio Kumnick. El francés no. Kumnick hizo una pausa—. ¿Y qué hace usted?
—Hago muchas cosas, pero una de ellas, antes de salir a hacer esas cosas que hago, es fabricarme una leyenda, una tapadera. Una mentira, si lo prefiere, que se sostiene el tiempo suficiente para que yo pueda hacer mi trabajo. Éste es el plan, en todo caso.
—Así que es usted espía. Decir que los espías se fabrican leyendas es sólo una manera educada de decir que mienten.
—De forma habitual, regular, reflexiva y para vivir —matizó el francés con regocijo.
—¿Es un arte? —preguntó Kumnick.
—Es un mito —respondió el hombre.
—Esto es lo que pasa con los mitos, señor Darkman. Incluso el creado por un escritorzuelo de novelas baratas como usted: no necesita siquiera saber que existe para llegar a formar parte de él. ¡Es usted un agente de Inteligencia, señor Darkman!
—Y usted un fanático religioso, señor Kumnick.
—Los agentes de Inteligencia y los fanáticos religiosos tienen mucho en común, señor Darkman.
—Unos y otros afirman ser capaces de influir en los hechos gracias a sus capacidades y poderes especiales, señor Kumnick.
—Por no hablar de la manipulación de la realidad.
—Y cuando persiguen sus objetivos, unos y otros son despiadados y a menudo inmorales, valiéndose del sexo ilícito, el consumo de drogas ilegales e incluso el asesinato para alcanzar sus enigmáticos fines.
—Aparte del consumo de drogas, incluso de las variedades más suaves, lo dirá por usted.
—Y cuando uno puede manipular tan fácilmente la percepción de la realidad, a la larga llega a darse cuenta de que la Verdad es en sí misma una cosa maleable. Por tanto, señor Kumnick, es perfectamente lógico que el fanático y el espía se sientan mutuamente atraídos e intenten aprender uno del otro. El arte de la asimetría. —Jean-Pierre se volvió hacia Kumnick—. Me temo que debemos empezar. —Abrió la caja metálica, levantó la tapa y sacó dos viales incoloros y un estuche con dos jeringuillas.
—No creo que funcione. Aún estoy grogui por los efectos secundarios del éter etílico puro. Es lo que utilizó para anestesiarme, ¿no?
—Gracias por preocuparse. Es de lo más atento, señor Kumnick. Por suerte para usted, esto no es incompatible con las otras sustancias químicas.
Con la rapidez de un practicante avezado, el francés rompió la minúscula ampolla de vidrio, introdujo en ella la jeringuilla, la sacó y la hundió en el muslo del analista. Kumnick tiró violentamente de las correas de cuero, balanceándose de un lado a otro, con la esperanza de que una caída rompería la silla, aflojaría los lazos y le ayudaría a salir del lío en que estaba metido.
—Cuanto más se mueva, más rápido hará efecto —dijo con calma el francés, que acto seguido miró el reloj—. En cualquier momento a partir de ahora. —Examinó las dilatadas pupilas del prisionero y el pulso cardíaco—. ¡Ahora! —El francés se colocó frente al analista—. Va usted a volver atrás, pero no mucho, sólo unas semanas. Se vio con un hombre curioso. Un hombre que hacía preguntas. Que necesitaba saber cosas secretas. Secretos. Un hombre. ¡Secretos!
—¡No! —exclamó Kumnick con la mirada nublada.
—Secretos de Estado. Un hombre malo. Peligroso para su país. Proteger el país contra los hombres malos con secretos. ¿Cuál es su nombre? El nombre del hombre malo con secretos.
Kumnick se desplomó en la silla. El francés lo agarró del pelo y lo levantó con violencia.
—Proteger el país. Es una emergencia —prosiguió Jean-Pierre—. Todo el mundo lo sabe. Hombre malo. Secretos. Emergencia...
»Nombre..., hombre..., hombre malo..., emergencia. —El susurro era de tanteo, la mirada, vacía y cadavérica—. Tenemos que saber el nombre... del hombre malo... con secretos —continuaba el francés—. Hay que detenerlo..., hombre malo.
—Arm... atg... ge...
—¿El nombre del hombre malo es Armagge? Armagge nombre del hombre malo..., emergencia..., secretos..., proteger el país del hombre malo Armagge.
—¡No! —Los ojos de Kumnick se abrieron como platos—. ¡No! —chilló, retorciéndose desesperado en la silla.
—Nombre..., hombre malo..., Armagge.
—Armit... age. Nombre de hombre malo es Armitage.
—¿Hermitage? Nombre de hombre malo..., ¿Hermitage?¿Hermitage, el museo Hermitage? ¿Hermitage es el nombre clave del hombre malo?
—¡No! —Kumnick daba sacudidas con la cabeza, echando espuma por la boca—. ¡No! Armitage, nombre del hombre malo es Armitage. Stephen Armitage.
—Pues claro que sí. Pero ahora necesito otro nombre. Un hombre entrometido. Un hombre más joven. Un hombre que hacía preguntas. Que necesitaba saber. Saber cosas secretas. Secretos. Un hombre más joven. ¡Secretos, secretos, secretos! —El francés entornó los ojos.
—¡Aaaah! —Kumnick tiraba de las correas con los ojos totalmente abiertos, mortificado por el dolor.
—Nombre del hombre más joven..., hombre joven con secretos. Proteger el país.
—¡No! ¡No!
—Nombre del hombre malo con secretos —gritó ahora. El asesino francés pasó a utilizar un alfabeto militar alternativo de la época actual—. Alfa, Bravo, Charlie, Delta, Eco, Foxtrot, Golf, Hotel, India, Juliet, Kilo, Lima. Alfa corresponde a A, y A a Armitage.
—Aaah... —Kumnick sacaba espuma por la boca.
El francés se colocó detrás de él, lo cogió por el cuello y empezó a apretar despacio. El sadismo vengativo se canalizó hasta su cara, que se retorció en un ceño sombrío.
—Alfa, Bravo, Charlie, Delta, Eco, Foxtrot. Alfa corresponde a A, y A a Armitage. Hombre malo. Hombre más joven..., secretos..., emergencia..., proteger el país contra un hombre malo más joven.—Alfa corresponde a A, y A a Armitage. —Kumnick parpadeaba; los ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas.
—Hombre más joven..., secretos..., emergencia..., proteger el país contra un hombre malo más joven. Pero ¿cómo podemos estar seguros? Cuál es su nombre... el nombre del hombre más joven..., emergencia..., emergencia..., emergencia..., proteger su país..., secretos.
»Alfa, Bravo, Charlie, Delta, Eco, Foxtrot, Golf, Hotel, India, Juliet, Kilo, Lima, Mike, Noviembre, Oscar, Papa.
—¡No! —Fue un grito desgarrador.
Debajo de la silla se formó un charco amarillo. Pero el asesino francés adiestrado en el Instituto Tavistock no iba a aflojar.
—Hombre más joven..., secretos..., emergencia..., ¡proteger el país contra un hombre malo más joven!
—Hombre más joven..., hombre más joven..., hombre más joven..., Hombre más joven... — musitó Kumnick. Su cabeza recorría un laberinto terrorífico.
—¡Ahora, mátelo! Mate al hombre..., hombre malo..., hombre más joven. ¡Mátelo! ¡Mátelo!
»Quebec, Romeo, Sierra, Tango, Uniforme, Victor, Whisky, Xenón, Yanqui, Zulú. Alfa corresponde a A, y A a Armitage.
»Mate a Armitage. Mátelo. Alfa corresponde a A, y A a Armitage. Mate a Armitage. ¡Mátelo ahora! Mate al hombre joven o mate a Armitage. —El francés se inclinó hacia delante, frente contra frente, pupila contra pupila—. Alfa, Bravo, Charlie, Delta, Eco. Alfa corresponde a A, y A a Armitage; Bravo corresponde a B, y B a...
—Casalaro. Charlie corresponde a C, y C a Casalaro. Danny Casalaro. Hombre más joven..., hombre más joven malo..., emergencia..., secretos..., códigos..., mátelo —replicó Kumnick con una voz apenas audible.
—Códigos —comenzó el francés, que, de pie detrás de Kumnick, acercó la silla con violencia, los labios ahora pegados a la oreja del analista, la voz baja, firme y metálica—. ¡Códigos, códigos, códigos! ¡Sin los códigos no podemos hacer nada! Tenemos que saber. Tenemos que saber ahora. ¡Ahora! Tenemos que saber los códigos ahora. ¿Quién tiene los códigos, quién los tiene ahora?
El ensordecedor grito de desafío llenó la pequeña habitación:
—¡No, no! ¡No se lo diré!
Con su enorme fuerza, el francés empujó la silla hacia la pared. Kumnick dio un alarido y se desplomó al suelo. El asesino lo agarró por el cabello y estrelló su cara contra el piso, repitiendo:
—¡Códigos, códigos, códigos! ¡Sin los códigos no podemos hacer nada! Tenemos que saber. Tenemos que saber ahora. ¡Ahora! ¡Ahora! Ahora..., tenemos que saber los códigos ahora. ¿Quién tiene los códigos, quién tiene los códigos ahora? Necesito los códigos.
»Los códigos. Códigos..., ahora..., códigos. —El francés miró la hora. Kumnick estaba viniéndose abajo, pero la dosis aún surtiría efecto otros tres minutos. Comprobó el pulso del analista, y acto seguido se acercó a la mesa y sacó otros dos viales y dos jeringuillas—. Voy a lanzarle al espacio, señor Kumnick, y me dirá lo que yo necesito saber. —Le hundió la primera aguja hipodérmica en el brazo, y luego la otra.
—¡Aaah...! —El grito fue prolongado. La reacción, casi instantánea. El organismo, en guerra consigo mismo. Droga sobre droga, droga acelerando droga. Kumnick estaba listo para empezar.
—Bien. ¿El hombre tiene los códigos? ¿El hombre malo tiene los códigos? Alfa, Bravo, Charlie, Delta, Eco. Alfa corresponde a A, y A a Armitage. Charlie corresponde a C, y C a Casalaro. ¿El hombre más joven tiene los códigos? ¡Démelos! ¡O morirá! ¿Cuál es el código? El código que le dio el hombre malo... Su país..., proteger su país..., los códigos pueden proteger su país..., cuál es el código para proteger su país. ¡Deme los códigos! ¡Démelos a mí! ¡Démelos a mí ahora!
»¡Por favor! Códigos en el espacio. El espacio es nuestro sentido de la visión y el tacto. Vea los códigos. Toque los códigos.
—Códigos..., proteger el país..., los códigos protegen país..., país..., pas..., pa... —Kumnick sufrió un espasmo; empezaba a perder el conocimiento.
El francés corrió a tomarle el pulso. Era un martillo neumático. Le quedaba menos de un minuto.
—Vea-códigos-toque-códigos-espacio. Códigos en el espacio. El espacio. Este espacio. Mi espacio. Deme los códigos para proteger el espacio. Su espacio contra el hombre malo.
—Es una serie de números..., pseudoaleatorios..., de fuerza criptográfica..., una combinación de treinta cifras.
—¿Necesito duplicar este código? Duplicar el código para proteger su país.
—No se puede. No volverá..., a producirse jamás... ninguna serie similar.
—Necesito el código. Deme los códigos. ¿Tiene los códigos Casalaro?
—Sí..., Casalaro..., códigos.
—Casalaro está muerto. ¿Quién más tiene los códigos?
—¿Muerto? Casalaro muerto... ¿Muerto?
Treinta segundos.
—Cuando tiene los códigos para proteger su país, ¿cómo se pone en contacto con el hombre que tiene los códigos?
—Ella..., lo sabe...
Quince segundos.
—¿Lo sabe? ¡Códigos! ¿Quién más sabe los códigos?
Diez segundos.
—¿Quién más sabe los códigos?
—Su hermana. Contacto con..., hermana..., hermana conoce los códigos.
—¿La hermana de Casalaro?
—Hermana..., cuaderno.
Kumnick dio una última sacudida y se desplomó inconsciente.

lunes, 27 de octubre de 2014

Conspiración Octopus XII

Viene de aquí.

43

Como si siguiera una señal convenida, un descapotable negro, un Lincoln Continental y un descomunal todoterreno se detuvieron en una casa situada al final de la calle Veinticuatro norte de Arlington, Virginia. Los traseros metálicos se internaron en la oscura humedad del asfalto, iluminado por reflectores que brillaban sobre el camino circular de entrada, frente a unos anchos escalones de pizarra que conducían a una puerta maciza de roble. La blanca mansión estaba retirada de la carretera, rodeada por cedros rojos y gruesos robles. Anochecía; las farolas ya habían empezado a alumbrar, bañando la casa con un ocre cálido e intenso. Unas nubes lisas y transparentes cubrían el cielo. Todo estaba en calma, todo era inesperado y mágico. Todo estaba a punto.

Robert Lovett pulsó suavemente el timbre, que fue seguido de un brusco «bum» cuando los otros se amontonaron a su espalda. Se sonó la nariz en un pañuelo y no pudo reprimir un convulsivo bostezo. Los saludó discretamente una voz algo apagada, a la que siguieron unas pisadas firmes. Un chasquido. La llave giró y se abrió la puerta.
—Caballeros. —Era más una orden que una invitación.
Los cuatro hombres entraron en el estudio en silencio. David Alexander Harriman III encendió la luz, y las sombras negras desaparecieron, proyectando su tono pardo en el linóleo rosado, en los estantes de madera que cubrían las paredes y en las hileras de libros. Por las ventanas de cristal cilindrado entraba la suave luz de una luna nueva, reflejando la tenue incandescencia de la noche. Un páramo silencioso. Una noche para recordar.
—Supongo que se han enterado. —Harriman tiró sobre la mesita de caoba una edición de última hora del Washington Post. Miró a Lovett—. Creo que tendría mejor aspecto si durmiera un poco.
Lovett se sentó en un mullido sillón y volvió a sonarse la nariz.
—Han sido unos días muy largos —dijo.
—Esta mañana he leído lo de Belucci. Dicen que es un atraco —comentó Ed McCloy, representante del cártel bancario—. ¿Son los mismos que se cargaron a nuestro Reed? —preguntó tirándose enérgicamente de una oreja.
—No, Ed, a Reed nos lo cargamos nosotros, y a menos que tú sepas algo que nosotros no sepamos, lo de Belucci fue obra de otro —explicó Henry L. Stilton, director adjunto de la CIA, inclinándose hacia delante y quitándose un cojín de debajo.
—¿Qué sabes, Henry?
—Está en el Mount Sinai. Según los rumores, su estado oscila entre grave y crítico.
—De momento no irá a ninguna parte. A ver si el destino nos echa una mano. De lo contrario...
—Se aclaró la garganta—. Entretanto tenemos asuntos que atender. —Harriman cogió un vaso, echó en él un par de cubitos de hielo y lo llenó de bourbon. Su tono era reposado y despreocupado—.¿Robert?
Los cuatro hombres contuvieron la respiración cuando Robert Lovett, oficialmente analista de alto rango del Departamento de Estado, aunque más conocido como agente encubierto en la Unidad de Estabilización Política (una rama de los servicios de inteligencia conocida como Operaciones Consulares), explicó sus conclusiones sobre el diagrama de conexiones de Danny Casalaro, incluidas las ciento ocho fuentes con las que el fallecido periodista había contactado durante su investigación.
—Se han analizado y descartado ciento cuatro por diversas razones. Tres habían muerto por causas naturales, y lo que sabían o sospechaban las demás, todas legítimas, tenía relativamente poca importancia. Hemos examinado a conciencia diarios telefónicos, cargos de tarjetas de crédito, extractos bancarios, relaciones personales y profesionales, cualquier cosa que pudiera revelar algún conocimiento previo de la situación real. Nada.
—¿Y los cuatro restantes? —preguntó el antiguo secretario del Tesoro con ojos perspicaces.
—Uno es Scaroni. El otro, Mike O’Donnell.
—La mano derecha de Belucci —añadió James F. Taylor, que lucía un jersey blanco de cuello vuelto bajo una chaqueta de tweed.
—¿Alguna novedad al respecto? —inquirió Harriman vagando la mirada de un lado a otro.
—Mientras hablamos está siendo interrogado —dijo un hombre de la Unidad de Estabilización Política.
—Estupendo. Ténganos al corriente.
—El tercer hombre es un fiscal honrado. El pasado año encabezó la acusación del gobierno contra los narcotraficantes colombianos...
—Algunos de los cuales tuvieron la mala pata de ser grabados por el FBI mientras pasaban su mercancía a agentes camuflados —señaló Stilton—. Conozco a ese hombre. Unos tipos de la mafia intentaron comprar su silencio, y los metió en la cárcel.
—Hay algo que debes saber, Henry. Está previsto que este fiscal testifique a favor de Scaroni en el juicio.
Harriman se puso en pie y esbozó una sonrisita.
—Siempre hay un alma cándida que cree que un hombre puede cambiar el rumbo de las cosas. Y entonces hay que matarlo para sacarlo de su error. —Miró a Stilton—. Es el fastidio de la democracia.
—Creo que deberíamos hacer una visita a ese fiscal —dijo Taylor.
—Espero que el siguiente sea nuestro topo de la CIA. —Harriman no iba a aflojar.
—He dejado lo mejor para el final —dijo Lovett, lleno de sombría satisfacción.
—¿Quién? —insistió Harriman.
—Hagamos memoria. No lo encontrábamos porque había una ruta que sorteaba Operaciones Consulares, una autorización verificada por código y una llamada realizada sobre la base de la seguridad interna. —Lovett se desabrochó la americana marrón de lana y poliéster.
—No había diario, cinta ni referencias de la transmisión. Sí, me acuerdo —señaló McCloy.
—Pero encontramos el punto débil. —Miró alrededor con aire satisfecho—. Las líneas con autorizaciones por código tienen un nivel 28A-40J de acreditación. Ésta es su denominación técnica. Es el caso sólo de las personas con Tres Cero y Cuatro Cero.
—Salvo por razones de seguridad, no se identifican con nombres sino con números —dijo Stilton—. ¿Cómo lo conseguiste?
—Aislamos a todos los candidatos potenciales Tres Cero y Cuatro Cero y comprobamos su paradero en el momento de la llamada. Esto nos proporcionó una contraseña de conocimiento cero a efectos de verificación. Como es sabido, caballeros, para los casos de emergencia nacional existe en intranet un sistema de verificación de acceso limitado creado para operaciones conjuntas con otras agencias. Gracias a este sistema, obtuvimos un listado abreviado de personal que nos brindó una confirmación de máximo nivel. Tras una simple solicitud a los Servicios de Inteligencia Conjuntos, conseguimos una fotografía digital de las dos únicas personas que pudieron haber hecho la llamada. Una estaba siendo sometida a una operación de apendicectomía, hecho confirmado por el personal médico de Bethesda y cámaras de circuito cerrado, tanto en Langley, donde el hombre sufrió el ataque mientras andaba por el pasillo, como en Bethesda.
—¿Y el otro?
—El otro es una acreditación Cuatro Cero de nuestra subestación de Nueva York.
—¿Sabes, Robert? Casi he entendido todo lo que acabas de decir. —Harriman ladeó la cabeza —. El nombre, por favor.
—Brandon Barry Kumnick. —Lovett sacó una fotografía del sobre de papel manila. El ex secretario de Estado alcanzó el teléfono.
—¿Jean-Pierre?
—Oui?
—Soy David Harriman. Tengo una misión que requiere su atención inmediata.
—Estoy a su servicio, señor secretario.
—Será recompensado con generosidad.
—Como de costumbre, tratándose de usted.
—Recibirá la foto de un hombre. Averigüe qué sabe. Luego elimínelo. Lo antes posible.
Harriman se acercó a la unidad de entretenimiento que había de pared a pared y encendió el televisor.

—Stephanie, ¿qué cuentan las fuentes de la Casa Blanca?
—Lou, si alguien tenía dudas de que este voraz mercado bajista estará con nosotros mucho, mucho tiempo..., los acontecimientos de esta semana deberían disiparlas por completo. Primero, sólo ayer, el Dow Jones llegó a un nuevo mínimo en veintiséis años, superando los mínimos de los peores días de la crisis bancaria del año pasado. Segundo, esta semana Martin Ship, presidente de la Reserva Federal, ha revelado que las promesas iniciales de que este año la economía estadounidense iba a crecer quedarán en nada. Al revés, ahora avisan de que la economía de Estados Unidos seguirá hundiéndose hasta niveles que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial. Tercero, los inversores han rechazado el plan de estímulo del gobierno al votar con los pies: en los dos meses transcurridos desde que el presidente asumiera el cargo y empezara a exponer sus planes para estimular la economía, los precios de la Bolsa han bajado más de un cuarenta y uno por ciento.
—Stephanie, ¿hay alguna luz de esperanza en todo esto?
—Bueno, veamos. Las acciones de General Motors caen un veintidós por ciento, a 1,56 dólares, niveles que no se veían desde hace setenta y un años, lo que coloca su capitalización de mercado por debajo de cien mil millones de dólares. Esto va a doler.
—¿Y los bancos?
—¿Luces de esperanza en los bancos, Lou? Las acciones de Bank of America han alcanzado un nuevo mínimo, y las de CitiGroup se han desplomado llegando al nivel más bajo en veintiocho años, mientras los dos gigantes financieros se enfrentan a su desaparición ante la incapacidad del gobierno para mantener a flote el barco que se hunde. Perdón por el juego de palabras.
—Gracias, Stephanie.
—En el ámbito internacional, hoy se ha disuelto el gobierno de coalición de Letonia, lo que agrava las turbulencias políticas del país báltico, en un momento en que su economía se halla sumida en una grave crisis y los inversores están cada vez más preocupados por la situación en Europa oriental. En enero, Riga, la capital, se vio sacudida por protestas contra la política económica. El hundimiento del gobierno letón se produce sólo semanas después de que dimitiera el gobierno de Islandia ante la abrumadora crisis que ha desmantelado la economía de la isla, y menos de una semana después de que el presidente lituano y el primer ministro estonio presentaran su dimisión tras perder la votación de una moción de confianza.
—Están viendo la Crónica de Lou Dobbs en la CNN.

De repente, todo se difuminó en un orden silencioso, pero allí estaban los cinco, en la intensa negrura de una noche de invierno a altas horas, sentados en el estudio y paralizados por lo que acababan de oír en la tele.
—Si no encontramos el dinero, nada de eso tendrá la mínima importancia —soltó Harriman con las manos a la espalda y cara de asco.
—Estamos haciendo lo que podemos —dijo Edward McCloy, encogiéndose de hombros.
—Ed, llevamos una década comprando empresas de todo el mundo mediante fusiones y adquisiciones, utilizando testaferros, acaparando los mercados mundiales y manipulando precios con cuentas espejo al margen de los libros de contabilidad. Y todo mediante un programa de creación de dinero llamado CTP. Con la economía mundial viniéndose abajo, nuestra inversión inicial ha perdido su valor, y nuestra garantía subsidiaria ha sido requisada porque un antiguo empleado del gobierno que verificaba un programa informático se encontró con cuentas secretas que contenían billones de dólares en fondos de reptiles slush funds. Así que ya lo ves, Ed, tenéis que hacerlo mejor.

44

Pasadas las siete de la mañana siguiente, Curtis volvió a telefonear a Barry Kumnick.
—No puedo seguir con esto, Curtis. Tarde o temprano lo descubrirán. Y no soy un servicio de información telefónico. Sabiendo lo que sabes, me sorprende que todavía respires.
—En cuanto a si llego o no a la semana que viene, en Londres las apuestas están tres contra cinco.— Corta el rollo... Vaya día más asqueroso, y aún no ha empezado. Un perro callejero se me ha meado encima y una paloma se me ha cagado en la manga de la camisa.
—Dicen que trae buena suerte.
—¿Qué demonios es esto de llamarme a las siete de la mañana?
—Ya conoces el refrán, a quien madruga Dios le ayuda. Barry, tú siempre has estado al pie del cañón desde que te conozco...
—Hace diecisiete años, lo sé. Siempre me dices lo mismo cuando necesitas un favor. A este ritmo, aunque aparezcas ante mi puerta con el mono de pavo real de Elvis, seguirás estando en deuda conmigo.
—Calla un momento, mira el panorama y encuéntrame un hilo. Casalaro, Octopus; dieciséis testigos japoneses de la Segunda Guerra Mundial, el Vaticano, oro, Lila Dorada; CTP, Reed; y ahora Cristian Belucci con el regalito de un asesino psicópata francés que recita poesía. Sin embargo, no hay ninguna lógica que vincule alguno de estos elementos a una causa común. Reed es parte del cártel...
—Era.
—Reed formaba parte del cártel con algunos capullos poderosos, pero alguien creyó oportuno quitarlo de en medio. Nada tiene sentido. ¡Es un galimatías!
—Curtis, chico, tómate un calmante. Yo lo hago, y obran milagros. ¿Cómo crees que he conseguido estar enterrado aquí tanto tiempo?
—Tómate tú el calmante, Barry. Y luego Belucci, vicepresidente del Banco Mundial y uno de los hombres más ricos del mundo, es tiroteado en su garaje en mitad de la noche. Su Bentley está intacto, así que descartemos el atraco.
—No obstante, la prensa está dando la lata con el rollo del caco que quiere robar a un banquero y la pifia.
—Exacto. Lo que me preocupa es la secuencia de los hechos, Barry. Aunque Reed y Belucci están en polos opuestos, los dos atentados son demasiado seguidos.
—Dos banqueros. Ambos ricos, ambos en puestos destacados, aunque, como es obvio, si hablamos de Cristian Belucci la riqueza es un término relativo. Fue cuestión de horas, ¿no?
—Menos de un día. Están igualmente en las antípodas. Sin embargo, la matriz de probabilidad me dice que quien mató a Reed también disparó a Belucci. ¿Por qué?
—¿Un asesino en serie de banqueros? ¿Un propietario contrariado?
—¡Barry!
—Vale. Me pides un hilo. No creo que a las siete de la mañana pueda darte ninguno, pero sí algo parecido. —Kumnick se reclinó en la silla giratoria y luego se olió la manga de la camisa—. Asqueroso.
—¿El qué?
—La mierda de pájaro. Huele a vomitona de bebé de tres días, pero, claro, como no tienes hijos, tú de eso qué sabrás. —Puso los pies sobre la mesa—. La primera vez que me hablaste de Danny Casalaro dijiste que estaba a punto de vincular a algunas de las personas más ricas del mundo con una red de actividades criminales llevadas a cabo a lo largo de los últimos sesenta años. ¿Cuál es la premisa? Que unos cuantos de estos tíos ricos lo querían muerto, ¿no?
—Ésta es la premisa, de acuerdo —admitió Curtis—. Al principio no me lo creí. Pero tras analizar las notas de Danny, descubrimos una red de engaños que no estábamos buscando.
—¿Por eso llamaste a Reed?
—Sí, para hacer salir a la luz a los demás, sin esperar encontrarme un cártel global de gente del gobierno, servicios de inteligencia, mafia y criminales que no se conocen entre sí pero que están coordinados por una serie de controladores, que, a su vez, están coordinados desde arriba en su escalafón. Y encima de todos, Octopus. Así los llamaba Danny.
—Ocho pies, ocho corazones. No puedes ser asesinado y morir de inanición. Me gusta el simbolismo.
—Y entonces le dije a Reed que la información interesaba a otro grupo capaz de volarle la cabeza a Octopus.
—Éste es el escenario de fondo, ¿no? La lógica está ahí. Danny lo tenía. Ahora lo tienes tú. Eres el intermediario, y lo que quieres es dinero. Descubres algo importante. No es nada personal —dijo Kumnick con total naturalidad.
—Reed estaba dispuesto a ceder. Y entonces van y lo matan.
—Como si alguien estuviera mirando y escuchando —añadió Kumnick.
—Si estaban vigilándolo, entonces sabrían que estaba dispuesto a ceder —dijo Curtis pensativo, con una voz que denotaba algo más que incertidumbre.
—Alguien en alguna parte estaría alerta. Reed era un peso pesado. No podían permitirlo, está claro, Curtis. Alguien del Consejo entendió enseguida quiénes eran sus miembros vulnerables.
—Y entonces disparan a Cristian. No había pasado un día.
—Tuvo que haber una polinización cruzada en algún sitio.
—¿Una qué? —soltó Curtis.
—Te robaron el escenario, muchacho. Estaban mirando y escuchando. Si Reed forma parte del Consejo, y el Consejo forma parte de Octopus, entonces otro grupo está utilizándote para que te hagas con el control de los asuntos de Octopus. Ojo por ojo, diente por diente. Reed, y luego Cristian. El ataque a Belucci lo demuestra, a menos que le disparases en el garaje para no dejar rastros mientras alguien como tú y con tu acento estaba en el despacho de Armitage hablando de Lila Dorada.
—Barry, en mi vida he conocido a nadie con un humor tan enfermizo.
—¿Cómo crees que aguanto el día?
—¿Con drogas?
—Y mi pervertido sentido del humor. Te tienen exactamente donde quieren, sólo que tú no sabes nada de ellos, y todos sus actores principales y secundarios están desplegados.
—Encaja. Algo simplón, pero encaja.
—Hay más, al menos desde mi posición estratégica. Es de veras interesante.
—Soy todo oídos —dijo Curtis.
—Octopus y los de arriba.
—¿Quién demonios es más poderoso que esa gente?
—Escúchame, Curtis. De momento, sólo es una teoría, llena de adjetivos viriles y bravatas. A ver si podemos separar lo que es importante de lo que es simplemente cierto. Tú eres de las Fuerzas Especiales, ¿no? Quiero decir, ésta es tu formación.
—Décimo Grupo de las Fuerzas Especiales.
—¿Cuál es el emblema de la unidad?
—Un Caballo de Troya rodeado por tres flechas que giran en círculo.
—¿A qué te dedicabas?
—A interrogar a los presos y simpatizantes más duros de Al Qaeda. HVS, es decir, sujetos de alto valor. —Hizo una pausa, como si le hubiera alcanzado un rayo—. Operación Caballo de Troya.
—Exacto. Tu anterior destino estaba en Fort Devens, Maryland...
—Sede del Centro de la FEMA, conocido como Centro Troyano —precisó Curtis, cuyos pensamientos iban tras las palabras de Kumnick.
—¿Ves el patrón? Simbolismo: mientras Troya dormía, los griegos entraron metidos en el caballo. Una vez dentro de la ciudad, salieron y masacraron a la gente. ¿Me has seguido hasta aquí?
Curtis asintió despacio con una sombría resolución en el rostro.
—Hasta aquí.
—Ahora rellenemos los espacios en blanco. Mientras andabas por ahí intentando desenmarañar todo esto, alguien muy poderoso se ha cruzado en tu camino.
»Tenías a un observador de primera y ni siquiera lo sabías, artillero... Era la póliza de seguros del japo... Sólo que alguien introduce de forma discreta y silenciosa a su propia gente en la operación y lo vuelve todo del revés. Alguien que sabía lo que se proponía el Consejo y por qué. Alguien con sus propias razones para mantener al anciano con vida.
—Mientras Norteamérica duerme, se está construyendo el Caballo de Troya conocido como FEMA.— Ley marcial y toda esa gilipollez del fin del mundo —añadió Kumnick.
—Cuidado con el reformador moralista —señaló Curtis haciendo crujir los nudillos de su mano derecha.
—Aún no he terminado. Recuerda el simbolismo —dijo Kumnick—. Un Caballo de Troya rodeado por tres flechas girando en un círculo. Ahora proyecta su imagen simbólica en un significado verbal.—Un Caballo de Troya que surge de las tres flechas girando en un círculo... ¡Dios santo! El logotipo de la Comisión Trilateral. El gobierno mundial.
—Exacto. Tres flechas girando que representan tres mercados dirigidos por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas —dijo Kumnick.
—Las Américas.
—Es decir, Estados Unidos.
—Asia.
—Esto sería China.
—Europa, representada en la ONU por Rusia, Reino Unido, Francia.
—Mientras la economía mundial se viene abajo y queda para el arrastre, controlas a la población en tres frentes: las Américas, Asia y Europa. Y mediante tres mercados: Hong Kong, Wall Street y el ámbito económico europeo. Éste sería el primer nivel de control.
—Los presidentes y primeros ministros dirigen países individuales bajo tres mercados de la Comisión Trilateral, controlados realmente por las quinientas empresas de Fortune —agregó Curtis pensando en voz alta.
—Ésta sería tu Sociedad Anónima Mundial. Segundo nivel de control.
—Cuanto más fuertes sean las quinientas empresas de Fortune, más fuerte será su mercado.
—El mercado es Octopus —terció Kumnick—. Tres flechas, tres mercados, tres áreas. Tres. El número sagrado de la trinidad.
—¿También tú? —protestó Curtis, pensativo—. Encaja. Una teoría simplona de la conspiración, pero encaja.
—Esto es diferente porque estamos enfrentándonos a personas reales y crímenes reales. Por no hablar del lamentable hecho de que los medios de comunicación utilizan la expresión «teórico de la conspiración» para estigmatizar a todo aquel que hable de ella. Bien, ¿qué tal si de la conspiración extraemos una teoría? Después de todo lo que dijiste de Octopus, hice algunas comprobaciones.
—Adelante, hijo de Elvis.
—¡Imagínate! —Suspiró—. Los tres mercados en uno bajo el control de la Comisión Trilateral. ¿Qué te sugiere esto?
—La teoría del gobierno sobre el Nuevo Orden Mundial.
—Correcto. Para poner en marcha cada mercado habría que controlar, poseer o influir en cuatro cosas: servicios de inteligencia, fuerzas armadas, bancos e inteligencia artificial. Adquirir legalmente los cuatro sería difícil...
—¡A menos que se formara un Octopus de hombres que trabajaran con vistas a ese objetivo!
—¡Santo Dios...! —interrumpió Curtis en estado de shock.
«Toda esta sopa de letras de agencias participa en la actividad de generar beneficios espectaculares corriendo muy poco riesgo... Es un método de creación de dinero que ningún sistema de supervisión o rendición de cuentas es capaz de poner en evidencia... De todos modos, quien lo pusiera en marcha tenía que estar en un nivel alto», pensó Curtis, y prosiguió:
—Pero no se puede hacer sólo por la fuerza.
—Tampoco haría falta —replicó el analista de la CIA con una acreditación de máxima seguridad—, si tienes en las yemas de los dedos la más sofisticada inteligencia artificial del mundo.
—PROMIS.
—Exacto.
—Al final es esto, ¿no? —dijo Curtis, cerrando los ojos y masajeándose la parte posterior del cuello con la palma de la mano derecha. Por su cabeza cruzaron imágenes reales e inventadas—.Barry, ¿puedes concederme alguna otra prebenda?
—Eres un caradura, Curtis —soltó el analista, con los ojos prácticamente girando en las órbitas —. Ésta es la última vez. Y no quiero volver a oír que me llevaste a cuestas dieciséis kilómetros con mi pierna rota por las montañas de Waziristan para ponerme a salvo. Punto final, ranger. Se te ha acabado el crédito.
—Gracias, amigo. Estoy en deuda contigo.
—Curtis, cada vez que dices esto me meto en un lío.
—PROMIS era un proyecto supersecreto salido de la NSA.
—En Vint Hill Farm, Manassas, Virginia. —Hizo una pausa, meditando sobre algo obviamente importante y delicado—. Con cierto solapamiento por parte de la Agencia. Pero ¿por qué preguntas? Yo ni siquiera quiero saberlo.
—Barry, será el último favor que te pida. Tienes la palabra del Décimo Grupo de las Fuerzas Especiales. Necesito...
—Oh, no —le interrumpió Kumnick—. Curtis, el sudor frío y la urticaria me tienen frito. Figúrate lo que sería este favor de despedida.
Curtis se quedó callado, tenía la cara y el cuello perlados de sudor. Podía tocar la verdad con la punta de los dedos, pero necesitaba desesperadamente...
—... el nombre del capitoste de Langley que lo hizo.
—¿Qué? ¡Ni hablar! Es una acreditación Delta. ¿Sabes cuál es el castigo por buscar sin autorización en los archivos Delta? Treinta años de cadena perpetua. Me resultaría más fácil sacar de este edificio al Yeti, a E.T. o al maldito monstruo del lago Ness que conseguirte esta información.
—¿Has acabado? —Curtis echaba chispas por los ojos.
—Me temo que el que ha acabado eres tú. Lo llaman el hombre invisible. ¿Sabes por qué?
—¿Porque bebe pociones mágicas y anda por ahí con una bolsa sobre la cabeza?
—Porque en el mundo apenas un puñado de personas le han visto la cara, y tú quieres que te lo sirva en bandeja y extienda una velluda alfombra roja de bienvenida para que puedas interrogarle sobre PROMIS. ¡Eres aún más temerario de lo que creía!
—¿Puedes hacerlo o no?
—¡Corres hacia un potencial desastre sin tener un plan! No piensas en el futuro; qué coño, no piensas y punto. Para abrir la cerradura de criptonita que guarda este nombre, yo debería vérmelas con datos codificados y no con personas de carne y hueso, Curtis. No hay ningún factor humano implicado en esta búsqueda, ni porosidad de la razón humana, ni mirillas para ver en el cerebro. Las personas se pueden equivocar y tienen sentimientos; las máquinas trabajan exclusivamente con datos codificados.
El ranger se sentía como si de repente la gravedad hubiera triplicado su fuerza.
—¿Qué me dices, pues?
—Que no puedes llegar a esta información a lo bruto, si esto es lo que pensabas que yo haría. Mis posibilidades de sacar su nombre a la luz oscilarían entre escasas y nulas. Bueno, las escasas acaban de abandonar el edificio.
Curtis oyó las palabras de su amigo como si hubieran sido pronunciadas desde muy lejos. Durante unos instantes no hablaron. A Curtis le quedaba una bala. Sería una partida de todo o nada.
—Barry, ¿te imaginas volver al pasado con el conocimiento del presente?
—¿Qué quieres decir?
—En Afganistán te salvé la vida arriesgando la mía. En teoría era algo insensato. Dieciséis kilómetros sobre el terreno más accidentado de la Tierra, sin comida ni agua, con un M-16 medio descargado en bandolera y tú a la espalda con una pierna rota, huyendo de caudillos locales, combatientes talibanes y terroristas de Al Qaeda, todos armados hasta los dientes. Si no puedes darme lo que necesito, lo entenderé —dijo con calma, en su tono de resignación ante lo inevitable—.Pero si tuviera que volver a hacer lo que hice por los dos, sabiendo lo que sé ahora, lo haría igualmente, porque los compañeros de armas se ayudan unos a otros.
En el otro extremo de la línea, la pausa fue atrozmente larga. Kumnick estaba ahí. Curtis alcanzaba a oír su respiración profunda. De pronto exhaló ruidosamente, y el ranger soltó un suspiro de alivio.
—¿Aún tienes tu BlackBerry?
—Sí.
—Dame un par de horas.
—Gracias. Lamento haber sacado...
—No —lo interrumpió el analista—. Yo sí lo lamento. Si no hubiera sido por ti, hoy no estaría aquí. Te lo agradezco. Es lo menos que puedo hacer por ti.

45

Curtis dobló la esquina a toda prisa y tomó Blight Avenue, una calle pequeña y sin salida, paralela a la calle Ciento Treinta y cinco, en el corazón de Harlem. De repente, supo que se había complicado la vida. Un Cadillac azul descapotable se paró frente a él de manera inquietante, con un chirrido de frenos, y tres negros de veintipocos años con abrigos hasta los tobillos se apearon en tropel y se dirigieron a él con aire pendenciero, cortándole el camino, mientras los altavoces del coche tuneado emitían un rap atronador.
—Qué pasa, colgado cara de vainilla, hijoputa tocapelotas —soltó el conductor, que lucía una evidente cicatriz en la mejilla derecha. Los efectos de la droga se reflejaban en sus pupilas dilatadas. Los tres matones tenían un modo especial de estar de pie, las rodillas algo dobladas, los miembros superiores sueltos y oscilando ligeramente. Sus cuerpos parecían armas contundentes.
—No te importará que yo y mis colegas aparquemos aquí la mesa de autopsias, ¿verdad? —Se echaron a reír—. Es que hoy es uno de esos días en que mi culo negro sólo quiere estar tranquilo.
—¿Lo pillas? —dijo el más bajo de los tres, enjuto y nervudo, claramente tenso, con una mirada impetuosa en su rostro desafiante.
—Y todos los hijoputas están dando la vara, mierda... ¿Entiendes lo que te digo? —El tercer negro, rechoncho, con dos incisivos de oro y macizas cadenas doradas al cuello, extendió las piernas, cruzó los brazos y miró a Curtis de arriba abajo.
—No quiero problemas con vosotros, tíos —dijo Curtis con actitud despreocupada y la mente en alerta máxima.
—Eh, no me vengas con tu jodida mierda. Estás en nuestro territorio. Para entrar aquí hay que pagar peaje, ya me entiendes.
—Yo yo yo yo. Bang, bang, derrapa, derrapa, negrata, danos el bling bling, porquería.
—Creo que no habla inglés. ¿Por qué no le enseñas un poco? —dijo el conductor de la cicatriz a su amigo musculoso.
Los tres se rieron escandalosamente, entrechocando las palmas y haciendo gestos con el cuello para decirle a Curtis sus intenciones de cortarle el suyo.
—No quiero problemas con vosotros, tíos —repitió. La voz de Curtis era acero en hormigón, su mente iba acelerada, captando todos los detalles de sus agresores.
—Es sólo un chulo sin putas. Golpea. —Los sonidos de fondo del rap se sumaban a la morbosidad del momento.

Esquizofrenia, ¿cuántos de vosotros la sufren?
¿Cuántos hijos de puta pueden decir que son psicóticos?
¿Cuántos hijos de puta pueden decir que su cerebro tiene la raíz podrida en el tiesto?
¿Lo veis como yo, o no?
Si es que sí, sabréis de qué estoy hablando.
Cuando se te está pudriendo la lengua en tu boca de algodón,
Cuando acabas siendo tan dependiente de la hierba,
Llegas a gastarte mil dólares en la máquina...
Haz lo que quieras... Yo me quedaré aquí sentado y sólo liaré, Dios mío, canutos.
Fuma mi hierba... Y si me mandas a la mierda, que te jodan.
Te daré una patada en el culo... No digas gilipolleces y estaremos de puta madre...

El más bajito de los tres negros avanzó hacia Curtis, con las manos en los bolsillos del abrigo. De pronto sacó una navaja automática y arremetió contra él. Con la mano izquierda, el ranger agarró el brazo del chico cuando se acercaba con un movimiento circular, lo retorció en el sentido de las agujas del reloj y luego le asestó un golpe duro y seco en la parte interna de la muñeca. El matón soltó la navaja en el preciso instante en que Curtis daba un paso adelante y estrellaba su cabeza contra la nariz del agresor, que dio un gañido mientras se caía y empezaba a manarle sangre de las fosas nasales. El segundo negro se le acercó en silencio y sin avisar. Curtis lo cogió de la solapa aprovechando su impulso y tiró de él hacia delante. Levantó su mano libre y agarró la garganta del hombre, acero en la carne, clavando los dedos, cortándole el aire con una llave al cuello. Al matón se le doblaron las rodillas al tiempo que Curtis estrellaba el codo derecho en su cara. Estuvo por un momento de espaldas al jefe, un negro fornido. «Una sombra.» Curtis se dio la vuelta, y siguió girando por instinto. El negro lo embistió, las enormes manos pasaron a un milímetro de la cabeza de Curtis, rozándole la oreja. Y entonces el ranger, con rapidez felina, lanzó el pie izquierdo e impactó en el riñón del adversario, incrustando en la carne su bota con puntera de acero y estampándole el puño en la garganta. El negro se desplomó al suelo.

Curtis miró alrededor. Aparte del Cadillac con sus altavoces incorporados, la calle estaba desierta. «Me muero por salir de aquí», farfulló. Comprobó el número que le había dado Kumnick. Era una manzana más arriba. El edificio era viejo, aunque, bien mirado, mostraba un aspecto sorprendentemente decoroso. Curtis puso la mano en la baranda y subió a toda prisa los siete escalones hasta el descansillo.

El nombre, Sandorf, A., estaba bajo una ranura de correo de la quinta, una campana debajo de las letras. Se requería discreción. Nada de polis. Entonces se acordó. Estaba en Harlem. Nadie en su sano juicio se atrevería a patrullar ese olvidado lugar. Buscó en el bolsillo y sacó una llave fina, plana salvo las cinco diminutas elevaciones entre los resaltes. Era una llave maestra, diseñada para usarla en cerraduras de resorte, con la suficiente fuerza para que la clavija superior saltara un instante y ello permitiera pasar la línea de corte. En ese mismo instante, antes de que el muelle empujara la clavija otra vez hacia abajo, la llave giraría. Curtis situó la llave maestra frente al ojo de la cerradura, la introdujo hasta mitad de recorrido, la golpeó con la palma de la mano derecha obligándola a penetrar y la giró al mismo tiempo. La cerradura hizo un ruidito seco, y la puerta se abrió. Entró sin hacer ruido y cerró a su espalda. No podía coger el ascensor, pues el ruido podía alertar a Alan Sandorf. «Lo llaman el hombre invisible.»

Curtis no quería arriesgarse a que el hombre invisible se le escapara. PROMIS. El hombre tenía que saber algo. Dio el primer paso, con cautela. La vieja escalera crujió. Subió los escalones rápido y en silencio, de dos en dos o de tres en tres; la idea de un hombre invisible lo impulsaba hacia delante y hacia arriba. No habían pasado treinta segundos y ya estaba en la última planta. El apartamento de Sandorf se hallaba al final del pasillo. «Otro callejón sin salida.» Curtis frunció el ceño. Se quedó quieto unos segundos, recobrando el aliento. Estaba a punto de llamar al timbre que había a la derecha de la puerta, pero se lo pensó dos veces. Si por algún motivo Sandorf no quería dejarle entrar, el tono atraería una atención no deseada. Volvía a ser un hombre blanco en pleno Harlem. Él era la atención no deseada. Curtis se acercó a la puerta y llamó con delicadeza. Al principio oyó un sonido extraño, que luego fue adquiriendo intensidad. Alguien se aproximaba. De pronto, el sonido se desvaneció. Dentro del apartamento había alguien escuchando. Curtis oyó un chasquido, y se abrió la puerta. El silencio fue breve.
—¿Sí? —dijo un negro más bien bajito haciendo un mohín. Tenía una voz grave que podía muy bien ser la de un barítono. Rondaba la cincuentena y era delgado y con barriga cervecera; parecía ligeramente arrugado por el sueño, y llevaba zapatillas de felpa y una bata de seda con ovejas verdes.
—¿Alan Sandorf?
—Eso depende de lo que esté buscando.
—Sabiduría.
—¿Perdone? —Empujó la puerta para abrirla del todo—. Mire. Como ve, se ha equivocado de sitio. —Curtis se paró en el umbral del salón. Era una buhardilla grande y llena de trastos. Parecía más un rastro que el habitáculo de alguien.
—Tiene personalidad. Parece el cuartel general del New York Times —dijo Curtis.
—¿Es eso lo que lee usted?
—A veces.
Sandorf soltó un bufido.
—Leer el Times es como asistir a las exequias de un gramático famoso —replicó el negro.
—¿Ésta es la valoración que hace de mí, Alan?
—Las valoraciones contienen a menudo hechos afines. —Se volvió sobre su talón derecho y miró de frente a Curtis—. Seguro que me entiende.
—Yo...
Sandorf levantó la mano.
—Tome asiento, hijo.
Curtis miró al hombre con curiosidad imperiosa.
—PROMIS. ¿Cuánto de ello es real y cuánto un mito?
Sandorf apoyó la espalda en la pared y examinó al visitante.
—¿Qué quiere? —preguntó en un susurro socarrón, levantando la ceja derecha.
—Lo llaman el hombre invisible, Alan. El genio que hay detrás de PROMIS. —Hizo una pausa —. Por favor, tengo que saber qué puede hacer PROMIS. Qué ha hecho.
—Sepa que se ha metido en una operación del gobierno delicadísima. Esto es lo esencial.
—Mis cicatrices dan fe de ello.
—Muy bien. —Se encogió de hombros—. Es su funeral —dijo el negro con aire despreocupado mientras se dirigía al centro de la estancia.
—Por definición, los mitos no pueden resolverse, pero es posible comprender e integrar los hechos. —Se sentó en el sofá con pausado deleite—. Imagínese que posee un software capaz de pensar y de comprender todas las lenguas del mundo, que proporciona mirillas para las cámaras más secretas y recónditas de los ordenadores de los demás, que puede introducir en ellos datos a escondidas, entrar por la puerta de atrás en cuentas bancarias ocultas y luego retirar el dinero sin dejar rastro. Esto podría rellenar espacios en blanco situados más allá del razonamiento humano, y también prever las acciones de la gente..., mucho antes de ser llevadas a cabo. Y todo con un margen de error del uno por ciento. ¿Qué haría usted? Seguramente lo utilizaría, ¿no?
—¿Y ellos?
—Mire, muy pocos entienden qué es PROMIS. Es muchas cosas para mucha gente. Piense en la pintura. Para el científico, un copo de nieve es un copo de nieve. Pero, para un artista, puede ser un dibujo complicado o un conjunto de superficies curvas. PROMIS es un producto. Por debajo es algo más importante y más personal, o sea, la actitud del artista ante el mundo invisible en general: una cuestión de actitud mental. La ceguera, la proverbial prerrogativa del amante, contribuye al resultado final igual que la visión. Sólo mediante una combinación de amor y ceguera cabe apreciar plenamente el efecto completo de PROMIS, estética pura.
—¿Para qué se usaba al principio?
—Lo concebí para seguir la pista de casos judiciales a través de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, integrando ordenadores de montones de fiscalías en todo el país. Cuantos más datos se cargaban, con más precisión podía el sistema analizar y predecir el resultado final.
Curtis advirtió que en la voz de Sandorf había un tono de queja, pero ningún rastro de ocultación o engaño. Estaba diciendo la verdad. Los que en una conversación normal dicen la verdad dan por sentado que se les va a creer. Sandorf lo daba por sentado.
—¿Cómo funciona? —inquirió Curtis.
—En realidad, es muy sencillo. Se introduce en el software toda la información sobre alguien, antecedentes educativos, militares, criminales, profesionales, historial crediticio, básicamente todo aquello a lo que se pueda llegar, y luego el software se encarga de hacer una evaluación y de procurar unas conclusiones basadas en la información disponible. Cuanta más información tengamos, mejores predicciones efectuará el software. —Sandorf rio bajito. Se levantó y fue cojeando hasta la cocina—. ¿Le apetece un café?
—Claro, por qué no. Solo, por favor.
—PROMIS puede predecir literalmente lo que hará un ser humano basándose en la información que tiene de la persona —gritó desde la cocina—. El gobierno y los espías enseguida identificaron las aplicaciones financieras y militares de PROMIS, en especial la NSA, que cada día recibía millones de bits de inteligencia en sus centros, con un anticuado Cray Supercomputer Network para
registrarlos, ordenarlos y analizarlos. —Llevó una taza de café a Curtis. Éste tomó un sorbo y casi sintió náuseas—. ¿Está bueno?
—Ajá —contestó Curtis sin saber cómo deshacerse del asqueroso terrón que tenía en la boca.
—No se corte, en la cocina hay más. —Sandorf se sonó la nariz con un pañuelo, que luego examinó con cuidado—. En resumidas cuentas, quien contara con PROMIS, una vez que éste estuviera acoplado con inteligencia artificial, podría predecir los futuros sobre activos físicos, la evolución de la propiedad inmobiliaria, incluso los futuros movimientos de ejércitos enteros en el campo de batalla, por no hablar de hábitos de compra de los países, costumbres ligadas a las drogas, estereotipos, tendencias psicológicas. Todo en tiempo real y basándose en la información introducida.
—Interesante, pero esto no es lo que tenía usted en mente cuando lo creó, verdad?
—Mi programa cruzaba un umbral en la evolución de la programación informática. Un salto cuántico, si lo prefiere. ¿Está familiarizado con la teoría de las investigaciones sociales de modelado de bloques?
—¿Debería estarlo?
—Describe la misma posición ventajosa desde una perspectiva hipotética y en la vida real —explicó Sandorf—. Por ejemplo, coja un punto físico real del espacio. Ahora aléjelo mentalmente todo lo que pueda. La progenie de PROMIS posibilitó la colocación de satélites en el espacio, tan lejos que son intocables.
—El gran cuadro primordial.
—¡Lo va entendiendo! —Sandorf se rio. Más que una risa, era un sonido gutural—. Hay otra ventaja, y es impresionante. —Empezó a beber. Curtis no había visto jamás a una persona beber con tanto deleite—. ¡Me encanta una buena taza de café!
»Pues eso, geomática. El término se aplica a un grupo afín de ciencias, todas ellas relacionadas con imágenes por satélite y utilizadas para desarrollar sistemas de información geográfica, de posicionamiento global y detección remota desde el espacio. Lo bueno es que pueden determinar las ubicaciones de recursos naturales tales como petróleo, metales preciosos y otras materias primas.
—Suena a timo perfecto.
—Lo es, sobre todo si has mejorado el software de PROMIS con tecnología secreta. —Se puso en pie y se dirigió a la ventana—. Al procurar al país cliente un software basado en PROMIS, sería posible reunir una base de datos global de todos los recursos naturales comercializables. Y no haría falta ni siquiera tocar los recursos, pues los mercados de futuros y materias primas existen para todos. Así, un programa basado en PROMIS, y mejorado con inteligencia artificial, sería el tinglado perfecto para conseguir beneficios de miles de millones de dólares mediante la vigilancia y la manipulación del clima político mundial.
—¿Está usted seguro? —preguntó Curtis, claramente perplejo.
—Ciertas investigaciones posteriores han demostrado que una remota posición hipotética similar eliminaría el azar de todas las actividades humanas. Todo sería visible en términos de patrones mensurables y predecibles. Como ha dicho usted, el gran cuadro primordial.
»La otra cosa a recordar es que si las matemáticas han demostrado que todos los seres humanos de la Tierra están conectados entre sí por seis grados de separación, en las operaciones encubiertas este número se reduce hasta aproximadamente tres. En la historia de PROMIS, a menudo baja a dos.
—Un mundo muy pequeño...
—Pero PROMIS no es un virus. Debe estar instalado como programa en los sistemas informáticos en los que se quiere penetrar. —Se acercó cojeando a la estantería—. Mire aquí, a su derecha. El estante de arriba, lomo de cuero rojo, un cuaderno escrito por un tipo llamado Massimo Grimaldi, la mente informática más preclara de la historia. Lo dejé aquí hace más de cinco años y creo que no lo he tocado desde entonces. —Curtis bajó un libro pesado y mohoso cubierto por una gruesa capa de polvo. Sandorf encontró la página y se la enseñó—. ¿Ve esto?
—¿Qué es?
—Un chip de memoria Elbit Flash.
—¿Y qué tiene de particular?
—PROMIS está provisto de un chip de memoria Elbit Flash que activa el ordenador cuando está apagado.
—¿Cómo lo hace?
—Los chips Elbit funcionan con la electricidad ambiental. Si se combinan con otro chip recién creado, el Petrie, capaz de almacenar hasta seis meses de pulsaciones, ahora, con la creación de Grimaldi, es posible transmitir de golpe toda la actividad de un ordenador en mitad de la noche a un receptor cercano, pongamos, en un camión en marcha o incluso en un satélite de inteligencia de señales que vuele bajo.
—Interesante.
—¿Sólo? En PROMIS hay algo más que debe usted conocer: la trampilla. Ésta da acceso a la información almacenada en la base de datos que tendrá todo aquel que conozca el código de acceso correcto. Los archivos de Inteligencia y de los bancos a los que se llega por la trampilla de Troya permiten el libre acceso a los gobiernos...
—Lo que garantiza la supervivencia del dólar estadounidense dentro del país y en el extranjero —añadió Curtis.
—¡Sí! Después de todo, no es usted ningún tarugo. Tómelo como un cumplido, en serio. —Curtis hizo un notable esfuerzo por permanecer callado. Sandorf dejó el libro de Grimaldi sobre una destartalada mesa que tenía delante—. Una vez vendido a países extranjeros, nuestro gobierno podría acceder al software inteligencia artificial-PROMIS sin que lo supiera el otro gobierno. Recuerde, no es gente buena, se trata de matones financieros de la peor especie.
—Lo que está usted describiendo va más allá de los tejemanejes económicos ¿Cuál es el objetivo?
—Mire a su alrededor. El mundo está yéndose al infierno en un plisplás, antes de tener tiempo de decir «Dios, ten piedad». El objetivo es penetrar en todos los sistemas bancarios del mundo. Entonces esa gente podría valerse de PROMIS tanto para predecir como para influir en el movimiento de los mercados financieros mundiales.
Curtis recordó lo siguiente: «Mientras la economía mundial se viene abajo... controlas a la población en tres frentes: las Américas, Asia y Europa. Y mediante tres mercados: Hong Kong, Wall Street y el ámbito económico europeo... Los presidentes y primeros ministros dirigen países individuales bajo tres mercados de la Comisión Trilateral, controlados realmente por las quinientas empresas de Fortune... Ésta sería tu Sociedad Anónima Mundial... Cuanto más fuertes sean las quinientas empresas de Fortune, más fuerte será su mercado... El mercado es Octopus.» Luego dijo:
—Tengo entendido que para poner en marcha cada mercado hay que controlar, poseer o influir en los servicios de inteligencia, las fuerzas armadas y los bancos, así como la inteligencia artificial.
—Esto es lo que dicen. Pero... ¿por qué haría falta ahora meterse a controlar todas las operaciones militares y de inteligencia de un país extranjero? Hay un modo más fácil de conseguir lo que quieres. Adapta a PROMIS una versión de la trampilla de Troya en todos los ordenadores que vendas a Canadá, Europa y Asia, tanto privados como gubernamentales, para controlar sus acciones militares, bancarias y de inteligencia. Accedes a sus bancos y sabes qué hace quién y quién se está preparando para hacer qué.
—Esto coloca todos los datos en un riesgo permanente de exposición.
—Exacto —soltó Sandorf.
—¿Son conscientes de ello los gobiernos?
—Lo dudo, pero, aunque lo fueran, poco es lo que pueden hacer a estas alturas de la partida. Son sistemas de misión crítica que requieren años de perfeccionamiento, no algo que se hace en un santiamén en un chiringuito de perritos calientes. Una vez que el software de PROMIS estuviera en funcionamiento, quien poseyera el sistema podría fácilmente obligar a todos los países a cooperar.
—Porque el software controlaría los bancos nacionales, los servicios de inteligencia y los ejércitos —dijo Curtis.
—Exacto. Al arrinconar, mediante el libre acceso, a los bancos, los militares y las agencias de inteligencia, sólo se precisa la amenaza del uso de la fuerza. Un arma es eficaz sólo si alguien conoce su capacidad. Antes de utilizar la bomba atómica, ésta era irrelevante.
—El síndrome Nagasaki. Pero ¿cómo es que el mundo entero ha permitido que esto pasara?
—No lo ha permitido. ¿Ha visto el cuaderno? Se lo robaron a Grimaldi. Lo asesinaron e hicieron que pareciera un accidente.
—¿Cómo ha llegado a sus manos? —inquirió Curtis, incrédulo.
—Fue un regalo de la gente que lo mató —contestó Sandorf con toda naturalidad.
—¿Qué pasó?
—Según la versión oficial, se golpeó la cabeza en la bañera y se ahogó en seis centímetros de agua. Dios Santo..., Grimaldi era un judío italiano. Tenía una napia más larga que la de Pinocho. ¿Cómo diablos te vas a ahogar, boca abajo, en seis centímetros de agua?
—O sea que nadie lo sabía.
—Es un secreto envuelto en un halo de misterio. A los gobiernos se les suministró software PROMIS modificado que ellos modificaron a su vez, o creyeron haber modificado, para eliminar la trampilla. Sin embargo, algo que ninguno sabía es que los chips Elbit de los sistemas evitaban las trampillas y permitían la transmisión de datos cuando todos pensaban que los ordenadores estaban apagados y a salvo. Así es como puedes inutilizar lo que hacen Canadá, Europa y Asia, sobre todo China y Japón, si no te gusta.
—¿Puede usted pararlos?
—¿Yo? Me toma el pelo, ¿verdad, hijo? Míreme... —Sandorf se subió la manga de su bata de seda para dejar a la vista las profundas cicatrices de la mano izquierda—. Soy yonqui. Si quiero mear, ni siquiera me puedo bajar los pantalones a tiempo. Me lo hago encima. —Hizo una pausa—. Y aunque no fuera así, sería demasiado tarde.
—¿Qué quiere decir?
—¿De veras no lo entiende? Tiene una pista, agente. Es cuarto y gol en la yarda dos, y quedan diez segundos para acabar el partido.
—Tengo otra pregunta. —Las palabras de Curtis sonaban apocopadas.
—Ya me lo imaginaba. No podía ser que se hubiera tomado usted tantas molestias para conseguir sólo un poco de ruido de fondo.
—Supongamos que alguien quiere utilizar PROMIS para entrar en un sistema blindado. ¿Se puede hacer?
Sandorf se reclinó, absorto en sus pensamientos. Cruzó los brazos en su prominente estómago.
—Debería ser alguien muy bueno. ¿Está pensando en alguien en concreto?
—Pues sí. ¿Le dice algo el nombre de Paulo Scaroni?
—Sí, un asqueroso hijo de puta. Un demonio residente en el laberinto. —Descruzó los brazos, se incorporó con torpeza y se acercó a unos centímetros del poderoso cuerpo de Curtis, agarrándole el antebrazo con las largas y huesudas manos. Curtis alcanzó a oler el aliento fétido—. Le daré un consejo, hijo. Mejor que se cuente los dedos cada vez que estreche la mano de ese tipo. —Sandorf lo soltó, pero permaneció flotando el olor nauseabundo.
»De todos modos, es realmente bueno. Hay muy pocos que puedan compararse con él, quizás un centenar en todo el mundo. —Miró a Curtis—. Supongo que está al corriente de los miles de millones perdidos.
—Querrá decir billones.
El hombre sonrió. Le faltaban dos incisivos. Los otros dientes eran marrones con un matiz amarillento o estaban picados.
—Lo que quiero decir es lo siguiente. La penetración y el robo del dinero era el banco de pruebas, las Arenas Blancas de la bomba atómica económica PROMIS.
—¿Cómo acabó él implicado en el asunto?
—El gobierno lo mandó ahí para que ayudara a crear un mejor sistema de inteligencia artificial a partir de PROMIS. Scaroni tenía su propio sistema, así que el matrimonio entre mi niño y el suyo dio como resultado un híbrido. Este híbrido fue utilizado por el gobierno de Estados Unidos para obtener datos de inteligencia financiera y controlar transacciones bancarias.
—¿Para quién? —inquirió Curtis.
—En un principio para la CIA, entre otras organizaciones. Se trataba de una conspiración del complejo industrial-militar con todas las de la ley. Llegaba hasta arriba. Su territorio favorito.
«¿Y los demás?», se dijo Curtis.
«Todos hombres de carrera; militares, inteligencia, negocios.»
«FBI, CIA, NSA, ONI, DIA, Pentágono, complejo industrial-militar.»
El pensamiento del ranger regresó a las palabras de Sandorf.
—¿Quién estaba en lo más alto?
—¿Le suena el nombre de Henry Stilton?
Los ojos de Curtis se abrieron como platos.
—El segundo al mando en la Agencia.
—Éste. Montaron una conspiración para robarme el software, modificarlo e incluir una trampilla que permitiría a quienes lo supieran acceder al programa en otros ordenadores y luego venderlo a agencias de inteligencia extranjeras. Empecé a olerme algo cuando las agencias de otros países, como Canadá, comenzaron a pedirme servicios de apoyo en francés, cuando yo nunca les había vendido nada.
—¿Qué puede decirme de Scaroni?
—Cuando sólo contaba diez años, cableó el barrio de sus padres con un sistema de teléfonos privados que funcionaba perfectamente y salía más barato que el de Ma Bell. En octavo ganó un concurso científico por un sistema de sónar tridimensional. Digámoslo así, hijo: uno nunca olvida a un joven de dieciséis años que se presenta en clase con su propio láser de argón.
Sandorf se dirigió al balcón cojeando, abrió la puerta y salió a la terraza. Para gran sorpresa de Curtis, era..., bueno, un jardín Zen. Un trozo de tierra de cuatro metros de largo por cinco de ancho, con una sencilla disposición de catorce rocas y piedras, arena, grava y guijarros.
—En japonés se llaman karesansui. Significa agua seca y montaña. La impresión del agua la da el modo de rastrillar la arena sobre la tierra, lo que crea un dibujo de ondas mientras las piedras y las rocas desperdigadas representan montañas e islas.
—Digno de verse —dijo Curtis—. Esto no ha sucedido por casualidad.
Sandorf sonrió. Por un instante, su desfigurado rostro pareció humano.
—Aquí hay catorce rocas y piedras. Según la leyenda, cuando una persona alcanza la forma más elevada de iluminación Zen, la decimoquinta roca se le hace visible.
—Fascinante. ¿Por qué alguien como usted vive aquí?
—Por seguridad —contestó el hombre negro.
—¿Aquí, en pleno Harlem? ¿Cuando al lado de este lugar la Dresde bombardeada parecería Versalles? —soltó Curtis creyendo que se le escapaba algo. En todo caso, pensó que, en vista del intelecto de Sandorf, era un comentario sugestivo.
—¿Se imagina a un esbirro blanco intentando robarme en este agujero?
—Podría usted desaparecer. Ir a vivir a algún otro sitio.
Sandorf negó con la cabeza.
—No, no puedo. Lo sabrían en menos que canta un gallo. —Prosiguió sin esperar a la réplica de Curtis—. En el tríceps derecho llevo un microchip. Me tienen atado corto. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Y porque soy yonqui. —Sandorf se apoyó en la pared, con los ojos entornados y los labios temblando. Se aclaró la garganta—. Poco después de producirse el híbrido entre PROMIS y el modelo de Scaroni, me secuestraron. Cada pocas horas me inyectaban drogas. Eso era su póliza de seguros. Cuando por fin me dejaron ir, habían pasado más de tres meses. A juzgar por el clima y la vegetación, diría que era una clínica estatal situada en algún lugar del oeste, pero no puedo probar nada. —Perdió la mirada en el vacío—. Tiempo atrás, en Washington causaba sensación. Míreme ahora —dijo Sandorf con su voz de barítono, frotándose la coronilla.
—Pero sigue vivo, ¿no? —dijo Curtis.
—Por si el sistema se estropea y no queda nadie para arreglarlo —dijo Sandorf con amargura.
—Puedo ayudarlo a luchar contra esto.
—Usted ya sabe que, para las fuerzas oscuras, la solución ideal es la posibilidad gratuita de que si el objetivo del descrédito, es decir yo, es sometido a las acusaciones socialmente más censurables, se autodestruya, con lo cual se reforzaría la fraguada aura de sospecha y se anularía la necesidad de llevar a cabo más difamaciones.
—Cabrones... Ésta es la munición habitual de las operaciones de contraespionaje de la Agencia para neutralizar las amenazas más preocupantes —soltó Curtis, indignado.
—¡Así es si tienes alguna clase de vulnerabilidad o esqueletos en el armario! —añadió Sandorf —. Muchos se han suicidado o han intentado evadirse con el alcohol y las drogas. Vidas destruidas en la búsqueda de la verdad..., y mediante acusaciones falsas. —Se tumbó en el sofá.
—Estoy en deuda con usted, señor Sandorf. Si un día quiere abandonar esta cloaca...
Sandorf levantó la mano derecha.
—Por Dios..., vaya a sentirse culpable a otro sitio. —Enderezó los hombros y la espalda—. No me malinterprete. Esto es sólo un hombre muerto que habla con otro.
Curtis bajó la mirada y suspiró.
Sandorf lo miró por última vez y volvió la cabeza.
—Cuídese, agente.

Michael observó las teclas verde y roja intermitentes de su teléfono.
—¿Sí?
—¿Michael? Hola.
—Curtis, ¿dónde estás?
—Siempre que llamo me preguntas lo mismo. A ver si cambiamos el disco, amigo.
—Muy bien. ¿Estás vivo y a salvo, herido de gravedad con las tripas desparramadas en algún sitio dejado de la mano de Dios, tendido en una zanja desangrándote, o muerto y hablándome desde la tumba?
—Un placer. A mí también me gusta oír tu voz.
—En serio... ¿dónde estás?
—Cavando un túnel para salir de una cloaca.
—¡Sabía que estabas herido! ¿Es grave? Dios mío, estamos en el hospital... Quizá Simone puede quedarse...
—Encontré al hombre invisible.
—Muy bien. Estás estresado. Desvarías. Pero no te preocupes; iremos a buscarte. Aquí hay gente maja que puede ayudarte. Cristian puede pagar. Pero dime...
—¿Por qué no te callas un momento? Encontré al hombre que creó PROMIS.
—¿Ah, sí? ¿Dónde vive?
—En Harlem.
—¿Harlem, Nueva Inglaterra? Una ciudad preciosa. Unas casas magníficas. Yo tenía allí una tía, bueno, en realidad era la tía de mi madre por su segundo matrimonio. Katherine Jane Kanter.
—¿La agente de Grace Kelly?
—Era bastante mayor cuando...
—¡Michael!
—Sí, perdona... Ha sido un día largo. Cristian está mejor. Lo peor ya ha pasado. Me callo, de acuerdo.
—Ahora tenemos la mayor parte de las piezas.
—El tipo del trullo ha vuelto a llamar.
—¿Scaroni?
—Ése. La verdad es que yo no me fío. ¿Has conseguido alguna información sobre él?
—Me han dicho que estrecharle la mano puede ser peligroso para la salud.
—¿Tiene alguna enfermedad?
—Más de las que te imaginas, Michael.
—Mañana comparecerá ante el tribunal.
—¿Dónde?
—Manassas, Virginia.
—Territorio CIA. No me lo perdería por nada del mundo.
—¿Tú? ¿Y nosotros?
—Es preciso que os quedéis con Cristian, al menos hasta el final de la sesión. Luego os llamo.

En las afueras de Washington, un cadáver ensangrentado, con el brazo derecho roto, los ojos salidos de las órbitas y la cara deformada por la muerte, fue arrojado desde una furgoneta blanca al río Potomac. Un hombre con el imponente tatuaje de un puñal en el antebrazo derecho cogió el teléfono del coche y marcó un número.
—Trabajo hecho.
—¿Qué ha averiguado? —fue la respuesta.
—Nada. Para ser un hombre que no sabía demasiado, tardó un rato en decirlo.
—Coja el coche y permanezca frente al hospital. Otro equipo lo relevará a medianoche. Informe inmediatamente de cualquier movimiento. No se mueva de ahí hasta que le avisemos. No me falle.
—Comprendido, señor secretario.

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