Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

jueves, 22 de enero de 2015

La ilustre degeneración: los rituales de la élite

Existe una novela, aparentemente basada en hechos reales, pero que para evitar querellas o incluso la muerte, la autora tuvo que novelar. Se trata de La Ilustre degeneración de Luisa Isabel Álvarez de Toledo, aristócrata española apodada La Duquesa roja por su oposición al franquismo. Esta señora, ya fallecida, me merece cierta credibilidad por el hecho de haber pertenecido a la clase social que en cierta manera describe en su libro.

Los nombres que aparecen en la novela se basan en personajes reales pero ella nunca quiso publicar los verdaderos nombres, en la medida de lo que conozco pondré los nombres reales a algunos de los nombres que aparecen en el relato.

He hecho un extracto del libro solo de la parte que me interesa ilustrar, asimismo el orden que sigo no es exactamente el del libro. Puede parecer algo inconexo pero creo que se puede seguir la trama, en todo caso siempre está el original que he enlazado en caso de que se necesitaran más detalles.

Por otro lado he realizado algunas correcciones ortográficas y añadido títulos a cada bloque temático.

La ideología de las élites

Extraigo algunos párrafos del libro que ilustran cuáles son las ideas de quienes realmente mandan, que no suelen ser los políticos, quienes aunque pueda parecer extraño trabajan para ellos.
- Es primordial darle [al pueblo] algo en qué entretenerse. Leyes que les complican la vida, impuestos que los crujen, inseguridad y problemas. Hay que darles en qué pensar. Para que no piensen en lo que no deben.
...
Disuelta la reunión, Marco Tulio (¿Santiago Carrillo?) se preguntó si tragaba por cobardía o por interés. De no haber condenado la ética, la verdad y otros valores, como taras burguesas, no hubiese pasado tan fácilmente del primario "too pá toos", al pragmático "too pá los que mandamos". Haciendo números, entre parientes, amigos, correveidiles, políticos, periodistas y otros dilectos servidores, del dinero del público quedaba la calderilla, para servicio del público. Creció la clase, empezaron a escasear los fondos y hubo que cerrar filas. Los de fuera se impacientaron, viendo que de no acelerarse el ritmo de defunciones y expulsiones, la fortuna llegaría en la vejez. Temiendo que asaltasen el reducto, hubo ampliación geométrica del espacio, destinado a enchufados. Y la sociedad quedó privada de recursos, pudiendo elegir entre la revuelta y el suicidio colectivo, que en eso queda la revolución cuando faltan ideas, planificación y cabezas.

...
- Lo malo es la falta de perras. Donde partidos y sindicatos nacen por su pie, se financian solos. Pero en monarquía, la lealtad a la corona ha de ser denominador común. Y eso se paga. El carisma de un rey de nacimiento, cuenta. ¡Pero no es definitivo! Excluir a los candidatos que no convienen, domesticar a periodistas, intelectuales e industriales de la idea, para que no digan lo que no deben, ni dejen de decir lo que deben, cuesta un pastón.
...
- Tenían tantas ganas de democracia, que se lo creyeron. Al que se metía con el sistema, le callaban. Y al que atacaba a la Corona, ¡hasta le pegaban! Pero un día empezaron a sospechar que les daban gato por liebre. ¡Y se volvieron como un calcetín! Empezó a correr que de libertad nada de nada. Y como es la verdad, hubo que reforzar la censura, para que la gente no empezase a denunciarla. Por ahora creen que en todas partes cuecen habas. Pero el día que les dé por enterarse, comparando lo que un francés o un inglés llama censura, con lo que hacemos aquí, ¡veremos qué pasa!

Javier palideció ligeramente.
- Lo que desde luego no podemos permitir, es que les informen de lo que pasa de verdad. Sin miedo al palo, habría quien lo contase, ¡que muchos lo saben! Si corre a cara perro, lo que pasará aquí no tendrá importancia, comparado con lo que nos caerá en el extranjero.

César manifestó su desprecio con un gesto.
- ¡Nada de nada! Saben que la única alternativa a nuestra democracia, es la dictadura militar. O la monarquía absoluta. ¡A eso no se exponen!
...
- Lo peor es que cada vez votan menos. Por muchos malabarismos que hagamos, el régimen pierde representatividad por un tubo. Los que votan en blanco, rechazan lo que les ofrecemos. Pero los que no votan, ¡nos rechazan a nosotros! ¡Monarquía incluida!

Ignacio respiró hondo. Decir lo que no iba a gustar, implicaba un riesgo. Incluso para él.
- ¡Lo advertí! Nos creemos nuestras propias mentiras, ¡y luego pasa lo que pasa! Hace un montón de años que rellenamos las urnas. ¡Y nos comportamos como si las llenasen ellos!

- ¡Nadie engaña a nadie! Lo hemos consensuado - graznó Javier.

- ¡De acuerdo! Pero que hayan tragado que votó más del 60%, cuando no llegaron ni al 50%, no significa que podamos seguir haciendo los que nos da la gana, como si nos aplaudiese la mayoría. Si no cambiamos, un día pasará lo que tiene que pasar. ¡Y no tendrá remedio!

Marco Tulio asintió con un gesto.
- Aunque me pese, tengo que decirlo. Los del "si buana", que hacen la vida imposible a quien nos parece y dejan que quien nos da la gana se la haga a los demás, en cuanto nos vean debilitados, pedirán mayor participación, cuando menos en perras. Tendremos que dársela, porque los necesitamos y porque pueden largar. Y los subalternos del subalterno seguirán su ejemplo. Es decir, que nos crecerán los enanos. Eso si no se levanta alguno. O todos nos hacen un corte de mangas.

Pero si votasen de verdad, no podría pasar nada de esto, porque el respaldo de la gente, aunque no se diga, ¡impone mucho!

Sobre la Monarquía y el 23-F
-¡Eso está salvado! Hemos hecho del rey encarnación de la democracia y del orgullo patrio. ¡Y en qué circunstancias! La gente estaba al cabo de la calle. Sabía que decíamos una cosa y hacíamos otra. Se robaba a escala y quitábamos del medio a quien nos daba la gana, suprimiendo la pena de muerte. Lo de aplicar el terrorismo de estado, para provocar el otro, es una buena idea. En el río revuelto está nuestra ganancia. Pocos se han dado cuenta de que no se publica lo que oyen, porque nos llenamos la boca con la palabra libertad, para poder seguir con la censura. Confieso que cuando llegaron aquellas elecciones, tuve miedo. Me dije que los hombres son como los melones. Por muy domesticada que estuviese la izquierda, para estar seguros del éxito no se le subiría a la cabeza, habría que probarlo. Por eso estuvo bien hacerles comprender que una pistola, bien manejada, vale más que todos los votos. El rey quedó como salvador de la libertad, pero sobre todo de sus pellejos.

Bastó con que metiese en los cuarteles, a los que mandó salir. Después ya sería otra cosa. Hicimos ricos a tantos, que nunca nos faltará el apoyo de una clase poderosa. Fuimos punteros en modernidad, que eso mola mucho. Y tuvimos por rey al rey de reyes, porque todos vinieron a rendirle pleitesía.

La promoción de los instintos primarios
La obsesión por el sexo eclosionó en los años de las vacas gordas. Considerando que liberar intelectos, ponía en riesgo la seguridad del estado, César y compañeros mártires acordaron aplicar los medios, para que la "plebe" despreciase la razón, sometiéndola al instinto. O cuando más a los sentimientos. Omitiendo que bajo la dictadura, quien quiso se acostó con quien le dio la gana, situaron libertad y opresión en la entrepierna, como en tiempos lo estuvo la honestidad. Sin intención de contar que la democracia consistía en permitir lo que prohibió, realmente, la dictadura, pues se proponían continuar prohibiéndolo, el sexo fue declarado, porque quien piensa de cintura para abajo utiliza la cabeza con moderación. Sabido que a todos los tontos les da por lo mismo, concluyeron que a fuerza de meditar sobre lo mismo, el país se haría de la misma cofradía.

De ser tabú para la infancia, el tema se mutó en asignatura obligada, desde la guardería, surgiendo la sexología como ciencia.

Sobre los medios de comunicación 
- ¡Y yo que lo diga! ¡Pero la culpa es de la historia! Los pueblos se espabilaron y hubo que inventar la democracia. Entre otras cosas, les daba derecho a informar y ser informados. Y lo hicieron. Desde entonces los que controlan el poder, no han hecho más que buscar el medio de callarlos y cerrarles las meninges, porque se iban de madre y los dejaban en mal lugar. Lo más seguro es que los destinatarios del mensaje, tengan la cabeza tan cerrada, que no puedan entenderlo.

De lo de aquí se ocupó el Partido, al que yo pertenecía, como casi todos los que andamos en esto, éramos intelectuales bien preparados, limpios de ética, capacitados para argumentar en el absurdo absoluto, haciendo creíble el más burdo de los engaños, y sobre todo, dispuestos a obedecer, en proporción a los haberes percibidos.
Cumplido el trámite de dejar de ser republicanos, para convertirnos en monárquicos de toda la vida, nos hemos convertido en los periodistas mejor pagados y enchufados del mundo. ¡Y con menos voz! El último mindundi con mandillo está en el derecho de hacernos decir lo que le da la gana.

Las palabras de Tomás molestaron a Mikel.
- En contrapartida, somos los mejor informados.

- ¡Anda éste! ¡Tú y los que pertenecéis a la cofradía! ¡Para lo que os sirve! Coméis con los ministros, os recibe el rey, pero de lo que os cuentan, no podéis decir una palabra. ¡Off the record!

Creéis que os informan, pero lo que hacen es instruiros, para que informéis como les conviene.

Por una vez, Maikel no argumentó contra la verdad.
...

Ignacio no añoraba la censura del lápiz rojo. Prefería la mucho más discreta y eficaz de la democracia. Dinero, ventajas fiscales, acceso a los medios y a los canales de distribución, cerraban el paso a la inconveniencia, con mayor eficacia que prohibiciones, multas y amenazas. De no estar en manos de la mediocridad el poder económico, que controlaba la obra del intelecto y su difusión, el imperio de aquel infantilismo procaz, no hubiese podido imponerse. Gracias a la estupidez de editores y otros promotores, agentes de los servicios de inteligencia, debidamente camuflados o amigos personales del poder, proporcionaron materia prima suficiente para inundar el mercado de memeces, más o menos obscenas, alejando de los cauces y los micros al individuo y la obra susceptible de dar al traste con la cuidada lobotomía colectiva, destinada a erradicar el pensamiento.

Sobre porqué la Policía protege a los criminales de las clases altas

Conversación entre una comisario y su Jefe Superior. Éste dice:
- ¿Imagina hasta qué punto puede ser nocivo acusar de actos horribles, a determinadas personas? ¿Mide las consecuencias que tendría contemplar a un alto personaje, convicto si no confeso, de haber perpetrado lo que hasta un delincuente reprueba? El vulgo cambiaría su idea del asesino. ¡Los vería en los pilares de nuestra sociedad!
La comisario replicó:
-Heras, el financiero amigo del rey, doctor honoris causa, ex ministro y no sé cuantas cosas más, está en la cárcel. No por eso la gente considera ladrones a todos los financieros. Ni a todos los doctores honoris causa.
El Jefe Superior agitó el aire con la diestra.
- ¡Cierto! Por la cárcel han pasado personas tan conocidas como Brioso, socio de Javier Albariza, jueces, políticos, militares... Pero convendrá conmigo en que estos hechos tuvieron consecuencias. La gente ha perdido el entusiasmo. Yo diría que hasta la confianza. A nadie se le oculta que de haber podido presentarse un partido, contrario al sistema, en igualdad publicitaria con los institucionales, ¡habría barrido! La policía es un cuerpo del estado. ¡No debe contribuir a semejante cosa! ¿Entiende?

- Perfectamente. Un policía no está para reprimir el delito. Existe para evitar la alarma social.

-Al ser nuestro primer deber proteger a la sociedad, hemos de saber discernir lo que debe saber, de lo que conviene ocultarle. Es fácil colegir el caos que se produciría, si algunas cosas se supiesen. Y si algo no se puede remediar, porque el instinto, cuando se desboca, es imparable, nuestra obligación es ocultarlo. En cuanto a la prensa, le aconsejo prudencia. Los que cometen ciertas atrocidades, son enfermos ocasionales, ¡pero enfermos! Si les hacemos sentirse despreciados, podría suceder cualquier cosa. Unos se derrumbarían. Otros arremeterían contra los deslenguados. Y le aseguro que tienen medios. Sería aconsejable no hacer referencia a ciertos pecados. O vicios, si prefiere. ¿Para qué provocar dolor o rabia en unos individuos, de los que no podemos prescindir? Personalmente, procuro que los medios eludan ciertos temas. ¿Que esto marcha mal? ¡No cabe duda! Pero podría ir peor. 
La inspectora Ramos discrepó.
- Tapar lo menor, por preservar una democracia naciente, me pareció un desatino. Hoy afirmo que si tapamos lo mayor, ¡no habrá democracia que preservar! Nos habremos cargado el derecho a la información. Y convertido el país, en cantera de delincuentes. No es cierto que la función hace al hombre. Pero le aseguro que la impunidad, genera ejemplo. Hasta el carterista nos pone la cara colorada. Yo no sé dónde mirar, cuando nos largan que servimos de guardaespaldas al político, porque roba a lo grande. Y que si le detenemos a él, es porque no saca para pagarnos. ¿Qué les costaría buscar gente honrada? No serían más inútiles que los de ahora.

De haber estado en su mano, el jefe superior hubiese mandado a Ramos a provincias. Pero la necesitaba, cuando menos hasta las próximas elecciones. En consecuencia, trató de convencerla.

- La gente honrada tiene principios. Los principios, en política, traen problemas.

La comisario sonrió.
- Yo diría que más trae la coca. Se creen que estar por encima de la ley, les hace invulnerables a la química. Pero su cuerpo reacciona como el de cualquiera. Un esquizofrénico, en la calle, es un peligro. En el poder, ¡una catástrofe!

Garcés habló cómo si se dirigiese a un niño.
- ¡Vamos señorita! De no conocerla, creería que es o ha sido consumidora. Debe cuidar sus palabras.

El desprecio se dibujó en los labios de Ramos. Su carrera y el futuro dejaron de importarle.
- Basta escucharles, para saber que han despegado. De no ser así, no se empeñarían en conseguir votos, prometiendo lo que nadie les ha pedido. O repitiendo lo que a nadie interesa. Más ganarían administrando decentemente. El dinero o la justicia. Usted sabe cómo va. ¡Porque si lo sé yo!

Ramos sintió que había ido demasiado lejos. Replegó velas - Claro que esto lo digo en este despacho. En otra parte, ¡no se me ocurriría!

El jefe mordió el puro, echándose el humo al pecho. La joven buscó sus ojos, sin poder encontrarlos.

- Señorita, le recuerdo que no llegó a comisario por méritos. Fue designada por razones políticas. Y en política, todos somos reemplazables. Admitamos que tiene usted razón. Que una élite estúpida, cruel y delincuente ha monopolizado los medios, para amordazar a los irreductibles, porque no quiere ser criticada. ¡O acusada! ¡Y vayamos más lejos! Supongamos que se ha propuesto destruir todos los valores, predicando la satisfacción del instinto, hasta el absurdo de la crueldad gratuita, aplicando una propaganda subliminal y machacona. Y que lo haga porque lo practicado por muchos deja de ser delito, ¡y hasta pecado! ¡Pues bien! Aunque fuese verdad este absurdo, usted se limitará a seguir las indicaciones de sus superiores. ¡Por cierto! He recibido quejas de su distrito. Les entran en las casas y les roban los coches con excesiva frecuencia. Así que a detenerlos. ¡Sin meterse en camisa de once varas!

- ¿Para que los suelte el juez?

- No. Para que lo diga la prensa.

El crimen de Alcasser y otros asesinatos
Para los de arriba y los de abajo, llovía sobre mojado. Habían pasado los años, pero la calle no se olvidaba de las tres chicas. Limpias las calaveras, los cuerpos revelaban que habían sido bárbaramente torturadas, por maníacos sexuales. Autopsia minuciosa, seguida de análisis, hubiese desvelado el misterio, que ocultaba la contradicción entre el tiempo necesario para hacer todo aquello y la muerte, que se pretendía casi inmediata. Pero al no estar interesado el poder en saber lo que realmente sucedió, la investigación quedó en chapuza, que no convenció a nadie, oponiéndose a la leyenda oficial, la que dictaba la imaginación popular, oponiéndose la razón al cúmulo de contradicciones que llegaron al público. No siendo costumbre que el asesino firme su crimen, lo hizo en este caso, pues fue designado matador el propietario del volante de la Seguridad Social, encontrado en casamata, próxima a la fosa, donde aparecieron los cuerpos. El ser su propietario delincuente común y drogata, facilitó las cosas. Fue declarado culpable, sin que nadie explicase cómo era posible que un condenado, oficialmente en la cárcel, cumpliendo condena y sin derecho a salidas, residía en su domicilio habitual, sin haber sido buscado ni molestado. No lo contó la autoridad, ni pudo hacerlo el interfecto. Dotado de facultades paranormales, por no dejarse detener, voló desde un quinto piso a la calle, perdiéndose para la eternidad, sin haber sido presentado.

Ausente el culpable oficial, pero irrenunciable el juicio, por estar los ánimos alterados, se echó mano del alfeñique, amigo del presunto Superman, que tratado según convenía, confesó repetidamente, con tan buena voluntad y detalle, que las contradicciones saltaban a la vista. No afectó la irregularidad al proceso, ni el hecho de que se hiciese notar repetidamente en el curso del juicio modificó la sentencia.
Urgente dar carpetazo legal a un asunto, que puso a la población de uñas, el alfeñique ingresó en prisión, con tres cadáveres a la espalda. No se esperaba, en las alturas, que una opinión pública, supuestamente inhabilitada para fijar la atención, absorber información y procesarla, tuviese la santa paciencia de seguir al presentador que desgranó el sumario día a día y al detalle. Pero lo hizo y concluyó, quedando psicólogos, sociólogos, forenses y en última instancia jueces, a los pies de los caballos. De resultas la mayoría concluyó que degenerados anónimos, afectados de sadismo patológico, controlaban importantes parcelas de poder, que les permitía cargar con sus culpas al botones. Incómoda la sensación, se instaló peligroso malestar, que en adelante mantendría en alerta perpetua a los servicios de inteligencia.
...
Aun no se había repuesto del desagradable periodo, cuando fue informado de que un puñado de padres, unidos y a la desesperada, querían hacerse escuchar. Considerando que Gerardo (¿Felipe González?) habría de sentirse afectado, por ser producto de las urnas, Ignacio ordenó convocarlo, pateando el protocolo en salva sea la parte.

- Esto de los niños hay que vestirlo decentemente. La gente cree cualquier cosa, a condición de que no la digamos nosotros. ¡Así que tú verás!

Gerardo aparentó una indiferencia, que no sentía.
- ¡Tú mismo! Puedes formar una brigada especial, poner al frente a la comisario Ramos y dar el asunto al juez Márquez. ¿Te parece?

Ignacio dio un puñetazo en la mesa:
- ¡Eres un cabrón! Sabes lo que pasaría.

- ¡Por eso lo digo! Para que pongas los pies en el suelo.

La secretaria trajo un sobre de César. Contenía un pliego, con una sola palabra: "desactivar". El cabreo de Ignacio redobló.
- ¡Ya me dirá cómo! ¡Con estos no valen amenazas!

Gerardo apostó por la solución habitual.
- ¿Un accidente?

- ¡Lo que faltaba! ¡Tú estás loco! ¡¿Y además cuantos?! ¡Porque no son uno ni dos!

Recibida la orden de callar a los Gómez, el comisario convocó al matrimonio, dispuesto a leerles la cartilla. Se presentaron seguidos de una docena de padres, embrión de colectivo, que nunca podría ser legalizado. Previsto enredarles en trabas burocráticas, lo estaba declararlo asociación de malhechores, apenas sacasen los pies del plato.

- Con sinceridad, ¡yo que ustedes me ahorraría el escándalo! La publicidad trae malas consecuencias. Lo prueba el caso que tanto mencionan. Los padres movieron Roma con Santiago, la gente veía a las chicas por todas partes, nos lió. ¡Y aparecieron hechas fosfatina! Si hubiesen sido discretos, las tendrían violadas, ¡pero en su casa!
...
Gerardo se agarró a un clavo ardiendo.
- ¿No habéis pensado que de tanto ir el cántaro a la fuente, los siervos pueden enterarse? Y son muchos.

Javier elevó los brazos al cielo.
- ¡Pero qué ingenuo eres! ¿Crees que no lo saben? ¡Están al cabo de la calle! Pero tienen que callar, porque nunca tendrán pruebas. Y no podrán buscarlas, porque los intermediarios, que podrían conseguirlas, están muertos de miedo. Por eso solo le queda esperar a un salvador ideal, que no llegará nunca, porque al que apunte, le mataremos en su gestación. Terminaran por acostumbrarse. Un día será un orgullo darnos los hijos para el sacrificio.

- Pasaba en la antigüedad - apuntó Luis, que algo oyó sobre Cartago.

Gerardo se revolvió incómodo.
- Pero podría pasar que los intermediarios se pusiesen de uñas. Si tiran de la manta, ¡los otros nos arrollan!

- El que está debajo no dura en política. Los primeros que se metieron, fueron los deslumbrados por el mundo que querían destruir. Lo detestaron mientras se sintieron excluidos. Pero les abrió las puertas y lo adoraron. Empezando por los de la pluma y la idea. Cuando supieron que no se mueve una hoja, sin que el omnipotente lo sepa y lo consienta, se inclinaron.

- A veces preferiría... - musitó Gerardo.
Javier no le permitió continuar.
- ¿Arruinarte? ¿Encadenar fracasos? ¡Claro que no! Como no quiere fracasar Blanes. Si has conseguido leerlo, ¡que no es fácil!, habrás detectado su mediocridad. La supera Arcos en sus películas. Sin embargo serán los mejores mientras nuestro señor les proteja.

Gerardo tomó la pértiga.
- Pues en lo de las chicas, ¡si no me meto a protector! ¡Menudo papelón hice! Me planté en el sitio. Me comí las pruebas y hasta los guardias se dieron cuenta. Que lo pagué en las urnas, ¡lo sabéis!

- ¡Pero saliste! Y saldrás mientras quieras.

Basto un instante de silencio, para que Gerardo comprendiese que debía rescatarse. Jugó al niño estúpido.
- ¡Lo diré! Me pasa que no consigo ver al Demonio.

La carcajada de Luis llenó el salón.
- ¿Crees que estamos piráos? ¡Nadie lo ve! Pero el sadismo, a palo seco, es fuerte hasta para nosotros. Mi consejo es que pienses. ¿Qué pasa si un implicado en crimen de estado, se niega a cometer el segundo?
...
- Hará dos años unos tipos se llevaron una chiquilla. Del mismo kiosco del pobre Lucas. ¡Como me hubiese podido tocar a mí! Traían un Mercedes de los que te caes. Se quedó con las caras, cogió la matricula y corrió hasta la comisaría, que la tenía junto. Entró gritando que se estaban llevando a una cría. Que podían cogerlos paráos en el semáforo. ¿Te crees que se movieron? ¡Pues no! Le mandaron esperar su turno, pá coger la denuncia y como seguía gritando, le amenazaron con encerrarle por desacato. Cuando le llegó el turno, la cría debía estar en las chimbambas. Y encima no pudo denunciar, porque no era familiar ni sabía cómo se llamaba. Perdió el resto de la tarde en averiguarlo y buscar la casa de los padres. Denunciaron de noche y no empezaron a buscar hasta el día siguiente. A la chica no la encontraron, pero al Lucas sí. Le metieron seis navajazos en el mismo kiosco, cortándole los huevos y la picha. Los pusieron encima de una pila de revistas porno. Y escribieron "por chivato". ¡Más buen amigo que era! Un tipo que no tenía ná suyo. Si a mí me pasa, no sé lo que haría. Pero ir a los guardias, desde luego que no. En esto hay gente muy gorda metía. Y como toó el mundo obedecen al que paga. ¡Aunque los que pagamos de verdad somos nosotros!

Las trabas que impiden a una Policía honesta investigar a los criminales de la élite

La Comisario Ramos hablando con su equipo:
- Esa gente está medio loca. Claro que si no lo estuviesen, no harían lo que hacen. Les da por el Demonio y hasta lo ven. Y por la astrología, entendida a su manera. Celebran las conjunciones y se está acercando una de las que prefieren. Lo que no sé es si lo harán en la finca de los Sierra Fría, el chalet de Pablito Blanes o el palacete ahí al lado. En mi opinión, será en el palacete. Me da el pálpito que lo tenemos ahí al lado.

- Si estás tan segura, ¿qué esperas para pedir el mandamiento? Si te equivocas, te caerá una bronca. Pero vale la pena intentarlo.

La comisario se echó hacia atrás.
- Esa casa no es de un cualquiera. Para intentar registrarla, harían falta unas pruebas que no tengo. Aunque D. Cesar no sea respetable, los jueces le respetan. Entre otras razones, porque manda. A uno que nos huela a terrorista, podemos tirarle la puerta abajo y entrar a tiros. Con otros, bastaría decir que olimos droga, para ponerles la casa patas arriba. O que alguien dijo que eran terroristas. La verdad es que si el juez de guardia se volviese loco y nos diese la orden, no encontraríamos nada, aunque entrásemos a saco. Es decir, que haríamos el ridículo. Sé que hay sótanos, porque los planos se perdieron en Cultura y Urbanismo, pero se dejaron uno aquí. Lo malo es que no están completos y falta la entrada.

- Hay quien se pasa la vida en la cárcel, sin más prueba que un atestado. Pero para empapelar a otros, hace falta que un notario levante acta del delito.

Núñez se dejó arrastrar por el fuego de la juventud.
- ¡Dejarse de mamonadas! Si damos con el chiquillo, no hacen falta más pruebas.

María Ramos le contempló conmiserativa.
- ¿Llamamos a la puerta y decimos que nos lo den? Si nos dejan entrar, que no es seguro, el bicho de guarda que tienen, llamará al jefe. Cuando llegue el coche patrulla, estaremos dentro, nos detendrán por allanamiento, nos entregarán a los de Inteligencia. ¡Y adiós!

- ¡Me gustaría que me dijesen para qué me metí a policía! - exclamó Requesens.
Se lo explicó Ramos.
- ¡Para hacerles el trabajo sucio! Quitamos del medio al que les molesta y si lo mandan, limpiamos la calle. Empapelamos a un camello, por media docena de papelinas, pero que no se nos ocurra abrir el bolso de la tipa empingorotada, que acarrea harina por kilos. Si nos los dicen, cerramos un local, porque alguien fumó un porro. Pero no ponemos un pie donde sirven la coca en bandeja. Y por la cara.

- Yo diría que los extremos se tocan en la impunidad. A los de arriba no los trincamos, porque no se dejan. Y a los de más abajo, porque han hecho del barrio un avispero, y no nos atrevemos a entrar.
...

Los ladrones abren la puerta a la policía
Desde que la democracia puso trabas a los registros, era frecuente que les mandasen organizar pequeños robos. Unas veces los ladrones eran agentes, que registraban directamente, otras se esperaba a que el robado denunciase, aprovechando el reconocimiento para encontrar lo que buscaban. No había comisaría que no tuviese sus cacos de confianza, que a cambio de poder ganarse el pan con su arte, hacía los trabajos. El de Ramos se llamaba Albito, ejercía de carterista en la Puerta de Toledo y lo heredó del anterior comisario. Pérez fue a buscarlo.
...
La comisario les dio un último abrazo.
- ¡Ya está bien de despedidas!

Salió con paso tan ligero, que casi corría. No dijo que sabía dónde estaban los niños, porque no la hubiesen creído, tomándola por loca si añadía que no la dejaban rescatarlos, por no descubrir la vileza de una decena de individuos, alegando que señalar a unos cuantos monstruos mancharía a la clase en su conjunto y a todos los estamentos del sistema. La manía española de proteger el buen nombre de los gremios, tapando las sinvergonzonadas y barbaridades de miembros indeseables solo servía para envilecer al conjunto, pues la calle, que se lo barruntaba, al no encontrar culpables concretos, puso bajo sospecha a todas las élites, oficialmente reconocidas, evidencia que ignoraban, con ostentación, los que creían poder conformar el mundo porque modelaban la información. Se creían seguros aislados en su burbuja. María se preguntó cuánto daño tendría que soportar la sociedad para decidirse a sacarlos de su reducto a patadas.

Impotente, pues no querían darle los medios que le hubiese permitido impedir el aquelarre, Ramos se propuso frenar la macabra escalada con operación suicida. Imposible impedir el crimen no lo era ampararse de los cadáveres que cruzasen la verja del jardín. Ante la evidencia de la prueba, la prensa y los jueces tendrían que darse por enterados, parando donde debían estar el puñado de anormales que estaban emporcando al mundo. Consciente de trabajar para un poder que abusando de una ignorancia general debidamente cuidada y fomentada, pudo llamar democracia a la dictadura de su capricho. Le afloró la idea de que quizá negasen la existencia de unos muertos evidentes. Se preguntó "¿para qué?" y sintió la tentación de renunciar. Pero siguió el "¿por qué?". Y se respondió en voz alta:
- ¡Para no seguir viviendo como un cerdo!



Fue personalmente al juzgado de guardia. El juez la escuchó atento, respondiendo en tono sugestivo pero firme.
- No sé si lo ha realizado, pero está involucrando en crimen horrendo a un personaje con rango superior al de ministro porque depende del Estado. ¿Se da cuenta de la gravedad del caso? ¿Y de lo estúpido de su pretensión? Porque D. Cesar, para tener la fiesta en paz, ¡y es el caso de decirlo!, ha contratado una docena de guardas de seguridad. Estarán de plantón en el jardín todo el fin de semana. Nadie mete en casa a extraños para que sean testigo de un delito.

- La empresa pertenece al jefe de seguridad de Presidencia.
- ¡Lo que faltaba! ¿También pretende enfangarle? Le señalo que no se ocupa de seleccionar a sus hombres. Los contratan terceros y por concurso. Si a D. Cesar se le ocurriese semejante barbaridad, ¡que no es el caso!, no elegiría por escenario el centro de Madrid. Tiene fincas sobradas, bastante más discretas. Podría hacer cualquier cosa, sin que ni los guardas se enterasen. Le confieso que los actos de D. Cesar y de sus invitados, no me preocupan. Pero su conducta me inquieta seriamente. ¿Cómo ha podido creer semejantes estupideces solo porque se las cuenta un subalterno? Debía saber que el cáncer trastorna.

- El que tiene cáncer es el cabo. Me informó el sargento - apuntó María.

- ¡Es lo mismo! ¡Será un fantasioso! A su nivel, no hay que dejarse llevar por chismes. ¡Ni por obsesiones! Comprendo que este nerviosa. Lo estamos todos con lo que está pasando y lo que ocurre. Porque la gente acusa sin miramientos. ¡Si usted supiese a qué nivel! Es evidente que nos encontramos ante una conjunción de hechos, sin relación entre sí. Pero la gente, que escucha a unos padres trastornados, ¡erre que erre! No quieren ver la evidencia. Puede que la de Don Benito haya terminado en manos de cualquier garrulo. Pero lo que dice ese viejo del coche, si no se lo han soplado, que siempre hay mal intencionados deseando enredar, es cosa del vino. ¿Va a ser el único que lo ha visto? Y lo del chico, puede terminar con un pederasta en la cárcel. De ser así, tendría tan mala cara como lo de Valencia. Allí hay gente demasiado refinada - tosió, rectificando sobre la marcha - Bueno, ¡decadente! Y las dos de aquí, pantalones de por medio. Es duro decírselo a los padres. Como todos, creen que han engendrado perfecciones. Así que no me vaya a irrumpir en el palacete. Podría encontrarse con quien no espera. Y sería muy desagradable. No se reúnen para hacer nada punible. ¡Pero tampoco calceta! Así que tranquilícese. ¡Y tranquilice a ese sargento!
La comisario Ramos regresó derrotada.

Los rituales de la élite

Ester miró a la madrileña a los ojos.

- ¿Es que no lees la prensa? Nos han traído para divertir a unos tarados que se creen dioses porque el cielo o el dedo les ha dado un poder que son incapaces de captar. Son pigmeos en lo sexual, y lo que es peor, en lo intelectual. Nos maltratarán hasta matarnos, porque su forma de sentirse superiores es destruir a los débiles. Pueden hacerlo porque tus padres, los míos y los de todos, les pagan los impuestos, que les permiten hacerse ricos y mantener a los esbirros que nos esclavizan.

Si la mayoría no estuviese en la inopia, como estás tú, hace mucho que se habrían dado cuenta de que son cuatro gatos. Y los hubiésemos mandado al diablo.



Sin darse cuenta, Gerardo llevó la cuestión a sus últimas consecuencias.
- No correríamos peligro, pero no se vería un niño en la calle.

El rector le contempló, irónico que no alarmado.
- ¿Pero de qué riesgo hablas? La ley somos nosotros. La reformamos a nuestra conveniencia y se aplica en cada caso, como nos da la gana. Dejar en menudencia los delitos o decretar que el mismo acto o comportamiento, sea castigado en unos y premiado en otros, ¡se hace a diario! Es cierto que si no tuviésemos los medios de información en la mano, podríamos tener complicaciones. Pero son tan nuestros, como nuestra cartera. Dicho esto, garantizo que el chico merece estar con nosotros. Por sus bucles de oro, sus labios de rubí, su nariz de Apolo y su cuerpo de Narciso, ¡cómo diría un cursi! En cuanto a la discreción... ¿quién podría ser indiscreto, en la madrugada del domingo? Añado que la orden de recibirlo, ¡procede de Braulio!



Plantado en el centro de la estancia, el chico se dejaba admirar con desenvoltura. El criado interrumpió el placer. Enmarcado por el dintel, anunció solemne.
- ¡El Gran Maestre!

El grupo corrió hacia la puerta, entre empujones. Pétula sintió que el Cardenal la detenía, pisando el borde de su túnica. Y el cardenal que el rector le aprisionaba firmemente la capa, impidiéndole avanzar. Según costumbre, los fuertes aplicaban la fuerza, para trepar sobre el débil.

Braulio, señor del mundo, por delegación del dios de las tinieblas, surgió en compañía de su esposa. La Gran Sacerdotisa de Honor portaba gola despampanante, a la moda de los Austria. Se lo dijeron y sonrió con timidez. El fasto que la rodeaba, no mitigaba sus complejos. Tieso e inexpresivo, el heredero se mantenía en un segundo plano, nada discreto. Los fieles se tiraron al suelo, disputándose los pies del trío, resignándose los desafortunados, a depositar su ósculo en la orla del manto. Rosita presentó la bandeja, rodilla en tierra. Se soñaba transportada a la corte de Felipe V.

Los señores esnifaron con solemnidad, por ser solemne cuanto hacían.

- ¡Tengo el placer presentaros a mi hijo! - tronó la voz de Braulio, que lo presentaba cada vez, como si fuese la primera.



El primer grito escapó de Ester. Braulio la había sodomizado con ayuda de instrumento contundente. En la tercera fase de la ceremonia se produjo el cambio cualitativo que hizo del dolor placer. Aurelio Cajamalca, eminencia de la medicina importada del Ecuador, que cayó con buen pie en la corte, asumió la responsabilidad de impedir que los miembros de la orden padeciesen las consecuencias de una sobredosis, ingerida por inadvertencia. O asestasen el golpe que pudiese acabar prematuramente con los que habían de morir, ordenadamente y a su tiempo. Concienzudo, observaba a los presentes, que liberados del control de una mente, de suyo infradotada, daban rienda suelta al instinto, ignorando que cámaras debidamente camufladas, recogían cuanto estaba sucediendo, por si un cambio de circunstancias aconsejaba utilizarlas. Disfrutaban los presentes a través de cinco sentidos, que al ser de capacidad más que limitada, disfrutaba con el olor de la sangre, las heces y el grito, cuando Carmen abandonó el mundo, sacando a Braulio de sus casillas.

Indignado porque se marchó sin su licencia, ordenó al sudamericano practicar autopsia de urgencia, pues quiso saber la causa.

- Tenía un soplo al corazón.

El Gran Maestre arrugó los labios, con gesto de asco.
- ¡Mal género¡ Habrá que escarmentar al imbécil que la seleccionó.



Dando por terminado el fin de semana de pésimo augurio, los miembros de la orden se reunieron en salón impoluto, sin vestir más ropa que la otorgada por la madre naturaleza. Rosita, con aspiraciones a sacerdotisa, criticó.
- ¡Ha faltado dirección! Se hubiese evitado repartiéndolos en dos tandas. Nadie morirá a medianoche, cuando Pétula recite el salmo del solsticio. Y eso trae consecuencias.

- Satanás exigirá que saldemos la deuda. La desgracia caerá sobre nosotros, la patria ¡y la humanidad! Cartago murió por no sacrificar a los primogénitos.

- Podríamos liquidar a Landrú o Filomena - insinuó Gerardo, que no los podía soportar.
César replicó airado.
- ¡Que te lo has creído! ¡A ver donde encontramos otros como ellos!

El rector creyó que pensar le ponía a resguardo.
- ¿Por qué no uno de nosotros?

- ¡Tú por ejemplo! O ese muchacho que has traído - replicó Javier.

Braulio se mostraba extrañamente tranquilo.
- En mi opinión, ¡no hay que preocuparse! El amo del mundo nos necesita. Somos su brazo ejecutor. Nos salvara, escogiendo el alma que prefiera.



- Os lo repito. ¡Cuidado con los números! Ya sabéis que si os equivocáis podría sucederos una desgracia. El primero va para Valencia. Descargad dentro del garaje del Canoso. Ya lo conocéis. Seguís a Cazalla. A dos kilómetros del cruce de Guadalcanal, veréis un camino a la izquierda. Os metéis y dejáis el paquete en la primera cabaña. El último es para Mérida. Antes de entrar, viniendo de Sevilla, veréis un chalet medio abandonado. Se llama La Charca. Os estarán esperando.

Petula vigiló la salida de la furgoneta. Cerrada la verja bajó al sótano, para dar un último repaso.

Filomena y Landrú habían realizado impecablemente. Por si acaso quedó una huella, frotó concienzudamente la parte interior de las puertas.
La Policía honesta que quiere detener a los criminales de la élite

El cabo y el número Núñez saltaron a la calzada. La furgoneta se detuvo.

- ¡Documentación!

La comisario y el sargento se acercaron.

Landrú vociferaba. Pétula comprendió que se estaba produciendo lo que no estaba programado:
- ¡Señora! ¡Policía! Los han parado.

Pegando el ojo a la cerradura de la verja, Pétula constató que no mentía. Se precipitó al teléfono.
- ¡Braulio! ¡Los están deteniendo!

- ¿Donde?

- Aquí delante. Con la carga.

Braulio colgó. El tiempo adquirió todo su valor.

El sargento repasó la documentación. Autentica y en regla, aunque la matrícula era falsa. Junto a la carta de circulación, había una tarjeta de Cesar Miranda.

- ¿Y esto?

- Un cliente - el chófer habló con displicencia. Como si el personaje no tuviese importancia. O lo conociese de toda la vida. Por primera vez el nombre no tuvo efecto mágico. En lugar de mandarles seguir, María Ramos ordenó.
- ¡Abre detrás!

- Pero...

- ¡Te ha dicho que abras! - repitió el sargento.

El chófer le miró a los ojos, intentando hacerle comprender que insistir era peligroso. Pétula seguía la escena agazapada tras la verja. Le temblaron las piernas.

El chófer tiró del cierre. Fingió que no cedía.
- Esto se ha enganchaó.

- ¡Abre o abrimos!

Dos motos desembocaron por la izquierda. Trepidaron las ametralladoras. La comisario Ramos, el sargento Pérez, Núñez, el chófer y un curioso, murieron en el acto. El ayudante y el cabo al llegar al hospital. El coche patrulla llegó inmediatamente. La zona quedó acordonada.

- ¡Otra burrada de los terroristas!

Los de la inteligencia no se hicieron esperar. Provistos de la debida autorización se hicieron cargo de la furgoneta. El agente que se puso al volante era Luis, el hijo de Ignacio.



El atentado en el centro de Madrid, conmocionó al país. Y la gente se preguntó cómo pudieron escapar los siniestros motoristas estando tan cerca la policía. Y no obtuvo respuesta. Siguió oleada de detenciones en el norte. Relacionadas con el terrorismo. Agitadores confesos el conductor y su ayudante, se dijo que la camioneta iba llena de explosivos. Los muertos recibieron la cruz al mérito policial, a título póstumo. El ministro que prendió la condecoración en las banderas, no ignoraba con cuánta razón la merecían. El esposo y el hijo de María Ramos, disfrutaron reputación de huraños, antipáticos y poco colaboradores.



El padre de Raquel obsequió al gerifalte con todo su desprecio.
- A mi no me saca usted de la idea. A mi hija alguien se la llevó. ¡Y a saber qué le han hecho! ¡Que hay mucho degenerado entre los de arriba! Me lo decía la comisario Ramos, que en gloria esté. ¡A esa no la mató el terrorismo! Lo mandó gente con mucho poder. ¡Que ahora sí que tienen derecho de pernada! Y con la extremeña no se equivoque. Un garrulo puede violar. Matar con la garrota. Pero lo que le hicieron a la chiquilla, es cosa de otra gente.

- De la que tiene pistolas de salón - apuntó Magdalena

El ministro se preguntó cómo pudo saber el detalle. Se habló de la bala. Pero no del arma.
- ¡Pues usted dirá qué han hecho con los cuerpos!

- Que en el puesto que está, no sepa lo que se puede hacer, ¡es un contradiós!

El ministro cerró la entrevista.
- Señores, cuando sus hijos aparezcan, se les avisará. Entretanto den gracias a Dios, porque todo indica que están vivos ¡y porque no les han puesto una querella! ¿Saben que provocar alarma social es un delito? El ministerio fiscal podría hacerlo. Sin necesidad de denuncia.

Salieron. El ministro llamó al secretario.
- Avisa a los de inteligencia. Que no pierdan de vista al viudo y al hijo de la Ramos. Y que entren en la casa. Un buen registro, no estaría de más. Si hace falta, ¡que arda!
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