Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

viernes, 1 de abril de 2011

Descubro y acuso (III): Los verdaderos amos secretos del mundo

Viene de aquí.

LOS VERDADEROS AMOS SECRETOS DEL MUNDO

Desde la última mitad del siglo XIX hasta nuestros días, la estrategia a largo plazo de Gran Bretaña ha sido manejada por un grupo político identificado como el Grupo Cecil, el Milner Kindergarten, el Cliveden Set, la Organización de la Mesa Redonda, o, simplemente, «Nosotros». Se ha dedicado a imponer —y a recomponer— un orden imperial bajo el esquema general de la «Commonwealth», cuyo elemento unificador
sería el punto de vista británico sobre el mundo.

Los orígenes de este grupo se remontan a una serie de clases impartidas en la Universidad de Oxford, en el colegio «All Souls», por John Ruskin y Arnold Toynbee durante la última mitad del siglo XIX.

Hasta nuestros días el colegio «All Souls» ha sido y es el centro de la gran estrategia inglesa, con sus hermanos de equipo el «Royal Institute of International Affairs» (Chatham House) y el «Institute for Advanced Studies», de Princeton, también conocido por «All Souls West». Quien haga una lectura atenta — no «distinta», simplemente atenta— de la historia europea y en particular de la inglesa podrá encontrar continuas referencias a la decisiva participación de estas instituciones y de los individuos que las formaron en el desarrollo y conducción de los principales acontecimientos históricos.

Las peculiaridades históricas de la formación del trono de Inglaterra y las condiciones geopolíticas impuestas por la insularidad del territorio exigieron una notable aportación de grandes dosis conspirativas para el mantenimiento del trono y del territorio. Sin ellas, ni el uno ni el otro podrían haberse consolidado en su lucha secular con un continente más vasto, de tierras más productivas y variadas, más poblado y más relacionado con otros territorios vecinos y alejados, y con unos condados y posteriormente reinos mejor estructurados políticamente.

Las sangrientas y prolongadas luchas europeas que marcan varios siglos de la época moderna por la conquista de la hegemonía europea —equivalente a la hegemonía mundial—, muestran las sucesivas rivalidades y las cambiantes alianzas de España y Francia, de ambas por separado y conjuntamente con Gran Bretaña, de ésta y de Francia con Rusia, conspirando las tres por separado y con relaciones cambiantes, de Rusia con Alemania y de Alemania, Rusia e Inglaterra con el Imperio otomano. Gran Bretaña carecía de territorio y de tecnología, mientras que el continente europeo gozaba de vastas extensiones y contaba con una sucesión de científicos en constante aportación de nuevas técnicas. A Gran Bretaña sólo le quedaba su «capacidad de maniobra», su poder creador de una estrategia a medio y a largo plazo, su habilidad para asumir la tecnología «extranjera», un discurso ideológico práctico y carente de ética, un ejército muy especializado y técnico de gran movilidad, una armada realmente invencible —construida con fines guerreros pero mantenida gracias a la lucrativa actividad de especular con el transporte de cereales, de vino y de materias primas— y un «Foreign Office» absolutamente desprovisto de cualquier consideración que no contemplara la expansión del Imperio.

Todo ello debía ser administrado por individuos educados para tal fin, a través de una disciplina férrea y de un espíritu de cuerpo inquebrantable en el que habría una simbiosis perfecta entre el intelectual y el militar. Ni uno sólo de los grandes pensadores ingleses —a excepción de algunos grandes maestros de la narración— era un intelectual químicamente puro, sino que los Adam Smith, los H. G. Wells, los Toynbee, los Huxley y los Bertrand Russell eran fundamentalmente intelectuales «orgánicos» trabajando para el Departamento de guerra psicológica del Foreign Office, a la mayor gloria y provecho del Imperio.



Cuando los ingleses consiguieron alzarse con la hegemonía europea —y mundial— habían logrado ya establecer los fundamentos sólidos de la industrialización en su propio territorio y su participación en las guerras del continente europeo —desde las napoleónicas a las del fin del siglo pasando por la guerra civil norteamericana— tenía la finalidad de no perder su hegemonía industrial y comercial, lo que presuponía el desmantelamiento industrial
de sus enemigos —Francia— y de sus aliados —España—. Recuérdese cómo los ejércitos
ingleses que desembarcaron en la Península Ibérica para luchar contra los franceses tenían una misión paralela muy especial: arrasar las fábricas textiles españolas que empezaban a competir con las inglesas.

Criton Zoakos sintetiza la gran estrategia inglesa en los siguientes términos: a través del siglo XX, cada uno de los gabinetes ministeriales ingleses ha sido dominado por el llamado Grupo Milner, estuviera en manos de conservadores o de los laboristas. Este grupo planeó y lanzó la Primera Guerra Mundial; dominó y determinó los resultados de la Conferencia de Paz de Versalles; dirigió el racket de las reparaciones de guerra de Alemania; puso a Hitler en el poder; lanzó la Segunda Guerra Mundial; impuso la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética; lanzó el movimiento antinuclear con la operación Dropshot de Bertrand Russell; fue el cerebro de la operación Philby; lanzó la contracultura, el ecologismo y los movimientos de la nueva izquierda en la década de los sesenta; manejó la«detente» en la de los setenta y en la de los ochenta está llevando a cabo la política genocida contenida en el informe «Global 2000» del presidente Carter.

El problema real de los Estados Unidos, como República que encabezó en su día el proceso revolucionario, es que todas las «viejas familias» del país que se colocaron al lado de los tory durante la Revolución americana, se sitúan ahora en los puestos más importantes del Estado: en las finanzas, en la industria, en la educación y en la cultura.

Los Cabot, los Lowell y los Lodges controlan todavía todo lo que pasa en Nueva Inglaterra, incluyendo Harvard. Los Mellon dirigen lo más importante de Pennsylvania. El Estado de Texas es todavía manejado por el «viejo dinero» detrás de la Texas Railroad Commission que se remonta al príncipe Talleyrand de Perigord. Un repaso de la situación dominada por los Weyerhauser, los Field, los Biddle-Duke, los Du-Pont, los Harriman, los Moore, los Peabody, los Hanna y los Vaderbilt, entre otros, demostrará que todas estas «viejas familias» afincadas en el Nuevo Mundo están en contra del concepto republicano que supone el desarrollo de la población a través del uso de la ciencia y de la técnica en el proceso de industrialización, que estimula la libertad y el intercambio entre las naciones y que fomenta la cultura creadora que no tiene nada que ver con la contracultura y la intoxicación intelectual de los ciudadanos.

Este y no otro sería el rostro real del «imperialismo norteamericano», producto de las peores raíces europeas que no abandona su viejo sueños de aniquilar las bases progresistas de la antigua colonia americana y que, por intermediación, dirige su estrategia de recomponer Europa y el Imperio a la medida de sus intereses. Ha podido dar pasos muy adelantados en su logro precisamente porque opera en la sombra, se halla «detrás de la pared» y deja que los otros hagan el trabajo sucio. Ha sido particularmente eficaz en su tarea de pulverizar los conceptos básicos de la izquierda y alejarla de los programas de
transformación, habilidad en la que se especializaron los renombrados filósofos
ingleses. La izquierda hoy es una definición sin contenido. Es lo que no es y se nutre de alimentos que mantienen su propia negación.

OBJETIVO: DESINTEGRAR OCCIDENTE

El «Morgan Guaranty Trust», cuyo jefe ejecutivo Dennis Watherstone no se recata en dar órdenes diarias al secretario de Estado, George Schultz, es el caso más ilustrativo. Es el único Banco de Wall Street que hace ondear la bandera inglesa en su sede central.

Según el controvertido informe Patman, el «Morgan Guaranty Trust» dirige la política de
otros Bancos de Nueva York a través de su control sobre todos los fondos del «dinero viejo» que se invierte en acciones en aquellos Bancos. Patman dijo que no se puede hablar de doce entidades bancarias separadas e independientes en Nueva York, sino de doce subdivisiones de una sola entidad presidida por Morgan.

La política de Morgan es dictada por el Banco de Inglaterra y llevada a Nueva York vía «Morgan Grenfell Ltd.». En el Consejo de Dirección del Banco de Inglaterra se siguen,
a su vez, los dictados de la casa real inglesa, como una pieza de la Gran Madre Logia de Londres, del rito escocés, presidida por el duque de Kent.

«Nuestra vida pública —dice Criton Zoakos— está bajo al influencia permanente de agentes de la oligarquía inglesa. Por ejemplo, ¿cuántos norteamericanos saben que el fundador de la CIA, Allen Dulles, fue miembro dirigente del London Royal Institute desde 1935, como mínimo, y que durante este año presidió conferencias y congresos del Instituto? ¿O cuántos americanos saben que el general de los ejércitos Douglas McArthur recibía órdenes de Londres, a través de Averell Harriman (casado con Pamela Churchill) y de Thomas Cabot, perteneciente a la honorable familia tory dedicada al comercio del opio? ¿O cuántos americanos saben que cada uno de los embajadores ingleses en Washington, desde Lord Halifax, durante la Segunda Guerra Mundial, a Sir Nicholas Henderson, durante la guerra de las Malvinas, eran miembros del llamado Grupo Milner?»

Las «viejas familias» norteamericanas tienen antiguos y renovados lazos con las «viejas familias» europeas a través de la poderosa rama inglesa y todas ellas forman un ente político-financiero cefalópodo de múltiples y conectadas especialidades. A la rama
norteamericana le corresponde actuar sobre la Administración de los Estados Unidos para que ésta realice una política exterior en continua acelerada contradicción con los acuerdos de Yalta, que permita entretener a los rusos con acuerdos parciales, y con sucesivos traspiés para la credibilidad norteamericana en el mundo. Combinando fuertes dosis de depresión económica mundial con el constante deterioro de la estabilidad política internacional, las «viejas familias» esperan que se creen situaciones propicias para lograr sus antiguas aspiraciones.

En este contexto empiezan a encontrar respuesta las preguntas referidas a las causas últimas de las modernas conspiraciones económicas. Y se revela también la razón de ser de algunas organizaciones internacionales —como la logia «Propaganda-2», el «Club de Roma», el «Comité de Montecarlo», la «Sociedad Montepelerin» y sus instrumentos financieros, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Bank for International Settlements y el GATT.

Las «viejas familias» no permanecen inactivas,
sino que fomentan la desintegración del sistema democrático occidental —y sus bases morales— y azuzan la inestabilidad soviética. Su objetivo estratégico es quebrantar el concepto republicano de la Nación-Estado y en el caso de Europa sustituirlo por el concepto federalista de Estados fragmentados. Los príncipes que encabezan las «viejas familias»: los Auesperg, los Esterhazy, los Fürstenberg, los Fugger, los Hohenlohe, los Lobkwicz, los Orsini, los Sayn-Wittgenstein, los Schwarzenberg y los Thurn und Taxis, a través de sus emisarios en las organizaciones mundiales citadas, saben que la inestabilidad política y la profunda depresión económica crean las condiciones, como ocurrió en la Europa de la preguerra, para un vuelco del sistema. En su vejez, el archiduque Otto de Habsburgo sigue con interés creciente la evolución de aquellas condiciones y no oculta sus ambiciones políticas en el Parlamento Europeo, como representante del Estado de
Baviera, abogando por un «mundo federalista» del que formarían parte los Estados Unidos de Europa.

3. LA GRAN CONSPIRACIÓN. CAUSAS Y EFECTOS. NEOMALTHUSIANISMO Y DEPRESIÓN ECONÓMICA

Existe un notable paralelismo entre el lanzamiento publicitario de las corrientes
neomalthusianas en la segunda mitad del siglo XX y la aparición de la primera «Biblia» malthusiana publicada por Thomas Robert Malthus, ensayo sobre el principio de la
población, en 1798. En esta fecha las fuerzas reaccionarias europeas —las viejas familias
oligárquicas— habían recibido un duro golpe con la expansión de las ideas y de la práctica revolucionaria en la colonia norteamericana y en Francia. Se había dado una situación nueva, caracterizada por el llamativo aumento de la población y por la creciente aplicación de los avances científico-técnicos a la producción industrial y a la agricultura.

La «proletarización» de la sociedad y el enorme trasvase de poblaciones agrarias a los nuevos núcleos industriales estaban rompiendo las relaciones de producción dominante a lo largo de los últimos siglos.

El aumento de la población había emprendido una dinámica imparable. De acuerdo con las estadísticas reconstruidas por los historiadores, se tardó millones de años en llevar la población del mundo a 250 millones de habitantes en el año uno de nuestra Era. Para 1850 eran ya mil millones de habitantes y ochenta años después, en 1930, se llegaba a los dos mil millones. Treinta años después, en 1960, se alcanzaban los tres mil millones. Ya sólo se tardó quince años en añadir mil millones a esta cifra. En 1975 los habitantes del mundo eran cuatro mil millones.

Lo que asustaba a aquellas fuerzas reaccionarias era que la antigua sociedad agraria y feudal —con pocos habitantes, mal alimentados, dispersos sin apenas comunicación y con escasos conocimientos— se escapaba de su dominio. Por si fuera poco, el «siglo de las luces» había producido una corriente de pensamiento liberador.

Por primera vez resultaban inútiles los esfuerzos para impedir el pensamiento y, sobre todo, para que éste circulara «libremente». El pastor anglicano Thomas R. Malthus, el primer profesor de Economía Política en Gran Bretaña, puso su talento y su especialización en la estadística en la tarea de elaborar una teoría alarmista y profundamente reaccionaria. Su famoso Ensayo sobre el principio de la población venía a decir que mientras la población aumenta en progresión geométrica, el incremento de la producción de alimentos lo hace en progresión aritmética. No desdeñaba que el desarrollo de la técnica agrícola podría mejorar la producción y la productividad de alimentos, pero por la ley de los rendimientos decrecientes del suelo se llegaría a una situación en que no sería posible alimentar a la población. Thomas R. Malthus daba por supuesto que seguirían funcionando los factores reguladores de la población —las epidemias, la elevada mortalidad y las guerras— y llegaba a justificarlos como una especie de autodefensa de la «sabia Naturaleza». Pero había, además, que tomar otras medidas como el control de la natalidad a través de la continencia y el retraso del matrimonio. La moral puritana habría de ser en este sentido muy eficaz para frenar la sexualidad, proscribiendo su ejercicio fuera del matrimonio y haciéndola dentro de éste tan oscura como casi rechazable.

El libro de Malthus tuvo un éxito masivo de
divulgación, se hicieron varias ediciones y logró imponerse como la «Biblia» de lo que en adelante sería el pensamiento y la práctica malthusianos, en contra de las ideas reformadoras, utópicas y revolucionarias.

Malthus intentaba lavar la «mala conciencia» que el sistema colonial estaba despertando en algunos círculos ingleses hipócritamente alarmados por la gestión político-comercial de la East-India Company. Mediante tarifas, exportación competidora de mercancías industriales baratas, implantación obligatoria de cultivos y desintegración del sistema tradicional, Gran Bretaña arruinó la economía agrícola y manufacturera de la India, transformándola en su apéndice agraria y de materias primas.

Millones de obreros hindúes de la industria textil, metalúrgica y alfarera quedaron sin trabajo. «Un hambre —dice L. Kniazhinskaia— que de ningún modo estaba ligada a cataclismos, envolvió al país; el siglo XIX fue para la India el siglo de las hambres más feroces y de las crisis demográficas más duraderas, durante las cuales el efecto de la elevada natalidad quedaba reducido a la nada debido a los incrementos bruscos de la mortandad. Las hambres menudearon sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la India, después de la apertura del canal de Suez, se transformó en el exportador principal de trigo a Inglaterra y a otros países occidentales».

Menos de treinta años antes de la publicación de la obra de Malthus, las hambres más crueles habían caído sobre la provincia mártir de la India, Bengala. Ya en 1770, a principios de la pésima administración de la East-India Company, se desencadenó una hambruna durante la cual perecieron diez millones de personas. En el transcurso del siglo XIX Bengala soportaría en total cerca de treinta años de hambre que se llevaron a más de treinta y dos millones de vidas humanas. Pero bajo ninguna circunstancia el gobierno colonial interrumpió la exportación desde Bengala. Los graneros de los señores feudales y las casas de comercio rebosaban de productos alimenticios, pero el poder colonial se rebajó hasta proceder a una distribución de alimentos a los hambrientos, tan sólo para agrupar a la masa de seres humanos moribundos en un único lugar y facilitar con ello el retiro de los cadáveres.

Las teorías de Malthus, sobre el rendimiento decreciente de la tierra de cultivo, era tan sólo una manifestación cínica tendente a «teorizar» sobre algo que era simplemente un genocidio.

Las escasas inversiones de capital que hicieron los ingleses en la economía rural de su «perla» fueron utilizadas principalmente para fomentar los cultivos de exportación, cuya producción aumentó desde los años 1890 hasta el principio de 1940 en un 85%, mientras disminuía la producción para el consumo interior.

Thomas R. Malthus publicó su obra como un resultado de sus investigaciones estadísticas y economistas, pero también con el claro propósito de combatir las ideas utópico-revolucionarias. Parecía en parte orientada a desacreditar la obra Investigación sobre la justicia política que cinco años antes había publicado el novelista, pastor protestante y precursor del anarquismo, William Godwin. Al contrario que Malthus, Godwin tenía una confianza extrema en la capacidad de perfección del ser humano, en el desarrollo de la razón y de la ciencia para lograr un sistema social justo. Según Godwin, el origen de los males estaba en la propiedad privada y en el Estado y sostenía la necesidad de que desaparecieran ambos para que la sociedad, basada en la justicia, pudiera alcanzar su propio desarrollo.

Ambas posiciones marcan los lados opuestos de la polémica que se ha reproducido hasta nuestros días, con la diferencia cualitativa de que el «sueño» de Godwin se ha hecho realidad en una medida que no podía sospechar. Naturalmente —como ha ocurrido con el resto de los utópicos— su pensamiento ha sido superado por un desarrollo más complejo de la sociedad, mientras que la continuidad del malthusianismo y su expresión moderna permanecen estancadas en el mismo nivel.

La polémica es la expresión de antagonismos sociales. Una parte lucha por hacer avanzar el
desarrollo de la sociedad y la otra para detenerlo. Desde entonces hasta nuestros días, no cabe duda de que con independencia de que hayan seguido funcionando los factores reguladores de la población —en forma de guerras devastadoras y de hambrunas que han provocado la muerte de centenares de millones de personas—, la población ha seguido avanzando y han aumentado los recursos para alimentarla. El desarrollo de la ciencia y de la técnica y los cambios sociales han seguido el camino intuido por los utópicos al estilo de Godwin y desmienten las catastróficas predicciones de los maltusianos.

UN MILLÓN DE PRODUCTOS AJENOS AL MEDIO NATURAL

Se puede decir —con el académico de Ciencias de la URSS, Víctor Kovda— que en las condiciones de la revolución científica y técnica, la producción se desarrolla en una tasa creciente. Al ritmo anual de crecimiento de 3-5-7%, la suma total de lo producido se dobla en 30-35, 14-15 y 7-10 años respectivamente. Una industria tan importante como la de la energía basada en el carbón y en el gas dobla su producción cada 7-10 años. La industria química, la pesada, la metalúrgica y el transporte duplican su producción cada 7-10-12 años.

Los siguientes datos ilustran los logros y las tasas del progreso científico y técnico. En el siglo XVIII se hicieron 150 descubrimientos
científicos, en el XIX su número creció a 450, a principios del siglo XX eran 1.500 y hacia la mitad del siglo habían llegado ya los 10.000. Desde luego estos datos son relativos porque la definición de «descubrimientos científicos» es mucho más fluida. Sin embargo, sirven para demostrar que el desarrollo tecnológico de la sociedad moderna crece muy deprisa. Es bien conocido que en los siglos XVI-XVII se utilizaban sólo 10 u 11 elementos químicos, en su mayoría hierro, cobre, plomo, etc. En el siglo XVIII el número de tales elementos creció a 12, en el XIX a 32 y a principios del siglo XX a 90. En la actualidad el número de elementos químicos con sus isótopos pasa de 100.

De acuerdo con estadísticas de las Naciones Unidas, en el mundo se manufactura hoy cerca de un millón de tipos ajenos al medio ambiente natural. Están hechos de materiales sintéticos que no existían antes pero que son necesarios para el normal funcionamiento de la industria y la agricultura. Y también para satisfacer nuestras necesidades intelectuales y culturales.

Otros datos ilustran el uso de productos químicos que aceleran el rendimiento de la agricultura. La producción anual de fertilizantes está en 100 millones de toneladas que con sus compuestos llega a 300-400 millones de toneladas. Esta cantidad de fertilizantes se acerca al total de la masa de sales minerales existentes en todas las riberas y corrientes del Globo. El desarrollo tecnológico aplicado a la agricultura y en particular las amplias perspectivas que se abren con la ingeniería genética —capaz de desarrollar variedades resistentes al frío y de ahorrar el uso de fertilizantes— desmienten, como veremos más adelante, las previsiones catastrofistas.

Otro tema, que requiere tratamiento distinto, es el de la «agresión ecológica» que se produce por la utilización de buena parte de aquellos elementos sintéticos.

PREDICCIONES CATASTROFISTAS

Las nuevas corrientes neomalthusianas se producen, como en la época de Thomas R. Malthus, en un movimiento en que las fuerzas reaccionarias se enfrentan al desafío impuesto por la conjunción de estos factores a la vez: aumento creciente de la población, revolución científico-técnica, «contagio» de la experiencia de los países socialistas, descolonización del Tercer Mundo, triunfo de las corrientes liberadoras y necesidad de establecer un nuevo orden económico mundial que supondría la desintegración definitiva de las fuerzas reaccionarias.

Uno de los problemas más cruciales a que se enfrenta la Humanidad hoy es cómo satisfacer
las necesidades crecientes de alimentos. La
moderna literatura neomalthusiana interpreta frecuentemente el problema población- alimentación con predicciones pesimistas sobre una inevitable hambruna universal y una inminente catástrofe mundial causada por la reducción de los recursos naturales de la Tierra resultante de la llamada «explosión demográfica». Algunos periodistas científicos han llegado a predecir, incluso, la fecha exacta del inicio de la hecatombe. Tal «revelación» fue hecha por primera vez en 1960 por H. Foerester, P. Mora y L. Amiot. Los investigadores norteamericanos H. Hardin, P. Ehrlich, G. Bordstrom, los hermanos W. y P.
Paddock, D. Meadows y otros expresaron predicciones pesimistas de inminentes horrores causados por la «superproducción de gentes y la infraproducción de alimentos». En su libro The Population Bomb, el biólogo norteamericano P. Ehrlich predijo que la
humanidad había perdido su batalla por la alimentación y que no habría gente sobre la
Tierra en 1990. El pesimismo neomalthusiano añadió además un ingrediente: no sólo era inevitable la muerte por hambre, sino que la utilización de la ciencia y de la tecnología conduciría a un desastre ecológico por la contaminación de la biosfera y la completa reducción de sus recursos.

De acuerdo con las tesis de P. Ehrlich, la única
manera de impedir la catástrofe consiste en parar el progreso científico-técnico y en reducir el crecimiento de la población.

La moderna «Biblia» de esta teoría, que circula ampliamente por el mundo occidental, es el famoso informe «Los límites al crecimiento», publicado por el «Club de Roma».

EMPIEZA EL GRAN ENGAÑO DEL «CLUB DE ROMA»

El «Club de Roma» fue fundado en 1968 por la iniciativa de Aurelio Peccei, poderoso industrial y economista. Al principio contaba con setenta miembros pertenecientes a diversas profesiones, algunos de los cuales formaron parte del Club movidos por plausibles intenciones de frenar las constantes agresiones ecológicas, pero pronto se vería que el «Club de Roma» era un importante instrumento para propagar la desmoralización, impedir el desarrollo del Tercer Mundo, fomentar la desindustrialización de Occidente, justificar el genocidio y extender las ideas integristas bajo un barniz progresista.

El «Club de Roma» encargó al Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) un estudio basado en los métodos matemáticos más actualizados. Éste fue el primer informe del Club, publicado en 1972 bajo el título «The limits to growth». Los autores hicieron un análisis y una predicción del desarrollo de cinco factores básicos que afectaban a la biosfera. La conclusión fue que las tendencias actuales de la economía mundial llevarían a la Humanidad a la catástrofe en el siglo próximo.

De acuerdo con el informe, la única alternativa para evitar la «catástrofe ecológica» no podía ser otra que el estancamiento de la económía mundial: el crecimiento cero. Semejante propuesta significaría automáticamente la paralización de los proyectos más importantes de las sociedades industriales, sin que se dijera nada sobre la verdadera catástrofe que significaría tal paralización: desempleo creciente, pauperización progresiva, desaparición de la mayoría de las conquistas sociales tan laboriosamente ganadas a lo largo de más de un siglo de luchas, vuelta a épocas de escasez y de miseria ya superadas, desurbanización y rerruralización del territorio, descualificación profesional de las nuevas generaciones y eliminación de los ancianos. Y por supuesto, el crecimiento cero dejaba a los países del Tercer Mundo condenados a no salir de la miseria.

El primer informe del «Club de Roma» fue ampliamente difundido y levantó tantas
protestas que el Club encargó otro informe a Mihajlo Messarovic y a Eduardo Pestel que se hizo público en 1974. Ambos autores, aun admitiendo la tesis general del primer informe, se vieron obligados a admitir que la Humanidad no es uniforme. Señalaron diez regiones básicas del mundo que tendrían diferentes destinos, dependiendo del estado de su medio ambiente. Messarovic y Pestel basaron su razonamiento en los mismos elementos de la «crisis ecológica», con especial atención a la producción de petróleo y al consumo.

Sospechosamente, el segundo informe del «Club de Roma» coincidía con la crisis del petróleo, cuyos aumentos de precio iban a crear grandes dificultades energéticas en el mundo industrializado. Era como una especie de justificación de la medicina.

El tercer informe del «Club de Roma» se publicó como resultado de la reunión sostenida en el otoño de 1976 en Argel, provocada por Huari Boumedienne, uno de los principales promotores de la sesión de urgencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas para estudiar un nuevo orden económico mundial. Por entonces, Argelia, que se había dejado intoxicar por las frecuentes visitas de los miembros del «Club de Roma», había empezado a abandonar sus grandes proyectos industriales, financiados con el producto de la venta de sus recursos energéticos, y se acomodaba a una situación que rechazaba sus inmensas posibilidades de desarrollo al mismo tiempo que impulsaba la «reislamización» del país. Un grupo de especialistas encabezados por el Premio Nobel de Economía, Jan Tinbergen, había trabajado durante dos años en la preparación del tercer informe que se centró sobre la necesidad de encontrar un cierto equilibrio en la protección del medio ambiente, como un todo del nuevo orden económico mundial que debería estar basado en la colaboración internacional para resolver los problemas planteados.

Los informes del «Club de Roma» y de otras organizaciones, como el «Global 2000», contienen las grandes mistificaciones de moda a que me refiero más adelante.

CORROMPER, DESINDUSTRIALIZAR, PARALIZAR

El «neomalthusianismo lanzado en la década de los sesenta se revela como una estrategia conjunta de una serie de familias oligárquicas para detener el desarrollo que se había iniciado arrolladoramente poco antes.

El reciente escándalo de la logia masónica «Propaganda-2» ha tenido, al menos, la virtud de descubrir las redes de la conspiración de la que el «neomalthusianismo» forma parte principal. Se ha llegado a demostrar que la «Propaganda-2» se halla bajo el control de importantes bancos internacionales —Banco Ambrosiano, Kredietbank, BHF, Credit Commercial de France, Glyn Williams, de Escocia— conocidos como grupo Inter-Alpha. A través de múltiples interconexiones en su Consejos de Administración se llega a las familias Pallavicini, Grimaldi, Colonna y Luzzato, en Italia; a las familias relacionadas con la casa real inglesa y a la propia familia real; a los Habsburgo y los Thurn und Taxis, mencionados más arriba. A pesar de las diferencias particulares que pueden separar los intereses de estas familias, se hallan unidas en su determinación de eliminar el concepto moderno de Nación-Estado industrial, el avance tecnológico y el progreso científico, con los valores asociados a ellos. Estas familias empezaron al principio de la década de los sesenta a crear estructuras organizadas para lograr su objetivo, alarmadas precisamente por los espectaculares avances científicos que habían supuesto los programas espaciales soviético y norteamericano y la repercusión que debían tener en el desarrollo de ambas sociedades.

A partir de aquella fecha actuaron en varios frentes a la vez, con el objetivo múltiple de provocar la desindustrialización de Europa y de Norteamérica, la paralización del proceso de desarrollo iniciado por los países del Tercer Mundo y el descrédito de la ciencia y de la técnica.

Crearon el «chantaje del petróleo», alentaron el desmantelamiento energético nuclear y provocaron constantes atentados económicos y financieros, a través de una serie en cadena de suspensiones de pagos de las principales industrias.

Extendieron el consumo de la droga y la contracultura para destruir a la juventud de los países desarrollados que al final de la década de los sesenta se hallaba en un proceso de radicalización creciente.

EL «CLUB DE ROMA» Y EL CHANTAJE DEL PETRÓLEO

La institución que coordinó estas actividades fue el «Club de Roma», encabezado por Aurelio Peccei, un alto ejecutivo de los intereses de la familia Agnelli y del grupo bancario Inter-Alpha. Por aquel entonces los Agnelli estaban sobresaliendo no por sus intereses directos en la FIAT, sino por la creación de actividades «paraindustriales» relacionadas con el contrabando de acero en Europa, el tráfico de armas y las suspensiones de pagos en cadena.

En 1967, poco antes de la creación del «Club de Roma», Peccei fue nombrado consejero económico del Instituto Atlántico de París,
organismo relacionado oficiosamente con la OTAN. A partir de ese momento los cerebros de la OTAN y del «Club de Roma» empezaron a señalar la necesidad de una política radical de desindustrialización, bajo el pretexto de la elevación del precio del petróleo y la escasez de recursos naturales.

El primer informe del Club, como hemos visto, se publica al mismo tiempo que se lanza el primer gran «chantaje» del petróleo.

No es un accidente que el nombramiento de Peccei para el puesto de consejero del Instituto Atlántico coincida con el período de la guerra árabe-israelí de 1967. Sobre todo si se tiene en cuenta que el único miembro israelí del «Club de Roma», Dan Tolkovsky, representa los intereses bancarios del Barclays Bank y los de la familia genovesa sionista Recanati y que en aquella época era jefe de la Fuerza Aérea israelí.

LOS SERVICIOS SECRETOS CREAN LA FIGURA DE GADDAFI


En este contexto ocurrió también el fenómeno Gaddafi. El dirigente libio que bajo capa del más agresivo antiimperialismo trabaja para los intereses de las grandes familias oligárquicas.

De Gaddafi se han publicado sus excentricidades, sus aventuras guerreras, el apoyo que da al terrorismo internacional, pero poco o nada se ha dicho de sus conexiones con la Mafia italiana y con el Vaticano y de la conspiración que le llevó al poder.

En 1969, con la ayuda de los servicios secretos ingleses y venecianos, en conexión con un sector de la KGB, y con la de importantes compañías petroleras, Gaddafi fue llevado al poder. Lo que ha pasado a la Historia, como ejemplo de golpe de Estado revolucionario y nacionalista, no fue otra cosa que un magistral contragolpe para impedir que un grupo de libios nacionalistas se rebelase contra el régimen feudal del rey Idris.

Como miembro de la hermandad secreta de los Senussi, una antigua marioneta en manos del servicio de inteligencia británico, Gaddafi fue apoyado en su contragolpe por las viejas familias tripolitanas y cirenaicas, los Azzam, Kikhia y Sallouf, impulsoras del fundamentalismo islámico.

Poco después de tomar el poder, Gaddafi, con el pretexto de su radicalismo antiisraelí, se convirtió en el primer dirigente de un país productor de petróleo que cortó la producción y aumentó el precio del mismo, iniciando la política que habría de culminar en la guerra de 1973. Su connivencia con las compañías petroleras internacionales de Armand Hammer —propietario de la «Occidental Oil Company»— tuvo su meteórico ascenso en el mercado global de petróleo.

La estrategia de altos precios-baja producción lanzada por Gaddafi coincidió con la de las multinacionales del petróleo. Fue así no solamente porque el elevado incremento de los precios del petróleo beneficiara a las compañías, sino porque causaba un golpe devastador a las economías de los países avanzados y en vías de desarrollo, propiciando así la meta de austeridad y despoblación perseguida por las familias profeudales que controlan las principales compañías de petróleo. A continuación, el apoyo dado por Gaddafi a los movimientos terroristas europeos, africanos y americanos alentaba la proliferación de grupos separatistas e independentistas —no necesariamente revolucionarios— que iban a actuar contra el concepto de Nación-Estado.

Es significativo que Gaddafi, que se proclama tan antiimperialista, no ha apoyado a ningún movimiento de liberación propiamente dicho,
sino sólo a grupos aventureros y desestabilizadores.

EL DOBLE JUEGO RUSO DEL AGENTE MÁS RICO DEL MUNDO

A través de la figura de Armand Hammer y de su privilegiada presencia en Libia, se puede encontrar un cabo significativo para acercarse a parte de la «triple conexión» de los servicios de inteligencia británicos, soviéticos y americanos que operan en una nueva redistribución de las zonas de influencia.

Armand Hammer, en la actualidad uno de los
hombres más ricos e influyentes del mundo, procede de una familia judía de la Europa Oriental transplantada a Canadá. En su juventud fue reclutado para seguir los pasos del agente de inteligencia anglo-holandés Alexander Helphand, más conocido por su nombre en clave Parvus, que tuvo una participación destacada en la revolución rusa de 1905 y se enriqueció con la venta de armas y de municiones a Alemania y Turquía.

Hammer se inició en la producción de bebidas alcohólicas —siguiendo el mismo esquema de otras familias judías colaboradoras en Canadá con las redes bancarias que se beneficiarían del tráfico ilegal durante la prohibición— y en la exportación de bebidas alcohólicas a la India, las islas Fidji y Nigeria, colonias británicas bajo el control de los bancos de Londres, lo que le daría una fortuna para el resto de sus días.

La situación creada con el triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia y con el fracaso militar de los ejércitos «blancos» invasores, obligó a los ingleses a pensar en otra estrategia a largo plazo, bajo la consideración general de que es mejor acercarse al enemigo y engatusarlo cuando no puede ser destruido. Hammer se trasladó a la Unión Soviética donde vivió desde 1922 a 1932. Su amistad con Lenin, afianzada tras su éxito de haber abastecido a la URSS con un millón de toneladas de trigo, le permitió tener carta blanca en los negocios con los soviéticos.

Industriales y financieros norteamericanos vieron la oportunidad de establecer una base seria de colaboración económica y tecnológica con la joven Revolución soviética, aprovechándose del recelo que inspiraban a ésta las naciones europeas, particularmente Gran Bretaña y Francia, que habían colaborado activamente en la agresión militar.

Hammer fue representante exclusivo ante los soviéticos de grandes corporaciones norteamericanas, como la Ford, la U. S. Rubber, la Allis-Chalmers y la Ingersoll-Rand, y logró firmar importantes acuerdos industriales por millones de dólares. Pero hay algunos puntos significativos en aquellos años de su carrera en la URSS. De pronto, en lugar de afianzar las relaciones soviético-norteamericanas, se dedicó de hecho a entorpecerlas. Cuando Harry Sinclair firmó un
importante contrato para el desarrollo de los campos petrolíferos de Bakú, que debía ser
apoyado por firmas norteamericanas, Hammer
no trabajaba ya para los norteamericanos. Había empezado a firmar contratos de petróleo para una empresa alemana de Hamburgo filial de la «Royal-Dutch Shell» que iniciaba así su penetración en la Unión Soviética. En 1925, con la seguridad que le daba su antigua amistad con Lenin, muerto poco antes, Hammer se instaló en una lujosa mansión en las afueras de Moscú donde era frecuentemente visitado por el banquero Averell Harriman, uno de los artífices de la «captura» de la Administración norteamericana por la influencia inglesa.

La «casa parda» de Hammer en Moscú, como era conocida, se convirtió no tan asombrosamente en un nido de la conspiración trotskista-bujarinista y en un centro de planificación de negocios. Hammer se casó con una rusa blanca, la baronesa Olga von Root, y en 1932 fue invitado a dejar la URSS. Se trasladó a París donde, siguiendo con la red de Harriman, realizó importantes operaciones financieras beneficiosas para los soviéticos.

Operó con los depósitos de las joyas de los Romanov, lo que le permitió acumular una gran fortuna de diez millones de dólares, apoyado por Grigori Zinoviev cuyas conexiones con el Servicio de Inteligencia británico empezaban a ser más que sospechosas. Además de su papel importante en la Internacional Comunista, Zinoviev era en 1932 jefe del Comité de Concesiones soviéticas que controlaba los negocios en la URSS. Al margen del triste final de Zinoviev, Hammer consiguió mantener los buenos contactos con la URSS hasta la actualidad en que, a pesar de su vejez, sigue siendo uno de los negociadores occidentales más reconocidos por los soviéticos.

Las conexiones de Hammer en el Oriente Medio se remontan a la Segunda Guerra Mundial e incluye sus lazos con la Hermandad Musulmana y las redes del servicio de inteligencia británico. Fue amigo del rey Faruk, que gobernó Egipto desde 1932 hasta 1956, al que empezó vendiéndole joyas rusas y continuó prestándole servicios financieros. Al principio de 1939 Faruk empezó a emplear fondos oficiales para alimentar la Hermandad Musulmana, la organización secreta que puso a Jomeini en el poder en Irán y sostiene a Gaddafi.

En aquellos tiempos era abiertamente pro-nazi
siguiendo las indicaciones de las familias oligárquicas inglesas que no se recataban en
apoyar públicamente a Hitler. Estos mismos círculos y las propias redes de Hammer
establecieron el contacto del rey Faruk con la Casa de Saboya y la nobleza negra italiana,
profundamente implicadas en el tráfico de drogas y en el crimen organizado.

El rey Faruk acabó sus días exiliado en la isla de Capri cultivando la amistad de cierto vecino
llamado Lucky Luciano. La nobleza negra italiana, largamente comprometida con el
servicio secreto de Mussolini —que sobreviviría para infiltrarse en la logia «Propaganda-2» — y en los círculos de Gaddafi—, fue la conexión que utilizó Billy Carter, hermano del presidente norteamericano, para realizar sus turbios negocios en Libia.

«DESINTEGRACIÓN CONTROLADA»

En 1974-76, capitalizando la iniciativa de Gaddafi sobre los precios elevados del petróleo, algunas instituciones relacionadas con el «Club de Roma», como la Trilateral, el New York Council of Foreign Relations y el London Royal Institute of International Affairs, lanzaron estudios para encontrar la forma de reestructurar radicalmente la situación económica, de acuerdo con el esquema de «desintegración controlada».

Esta política tomó forma oficial en los Estados Unidos con la elección del miembro de la Trilateral Jimmy Carter, en 1976, como presidente de la nación, quien dio cargos de
responsabilidad a los diseñadores del plan de «desintegración controlada», Zbigniew Brzezinsky y Cyrus Vance. Bajo la dirección de Vance, el Departamento de Estado alentó la expansión de los fundamentalismos islámicos al estilo de Jomeini y de Gaddafi.

En colaboración con el «Club de Roma», Vance, un eslabón de las redes de inteligencia de la Iglesia de Inglaterra, supervisó el estudio más ambicioso que jamás haya sido emprendido por el Departamento de Estado y el Consejo de la Casa Blanca para la calidad del medio ambiente. Titulado «Global 2000. Informe al Presidente», el estudio fue relanzado por el sucesor de Vance, Edmund Muskie, durante el verano de 1980, con la pretensión de que constituyera la línea maestra de la actuación de los Estados Unidos y de sus aliados occidentales durante las próximas décadas.

En este sentido, «Global 2000» es el documento más importante para definir la estrategia y la táctica de la actual administración norteamericana encabezada por la fracción que representan George Schultz y Henry Kissinger.

El concepto básico del informe «Global 2000» es idéntico al del «Club de Roma»: el mundo está demasiado superpoblado en relación con la capacidad de sus recursos. En consecuencia deben tomarse medidas extremas para prevenir el nacimiento o la supervivencia de unos 2.000 millones de personas de aquí al año 2000. En
conversaciones privadas, los defensores de este plan sostienen que será relativamente fácil lograrlo fomentando guerras y extendiendo plagas y hambrunas en las dos próximas décadas. Muchos de ellos han admitido estar de acuerdo con el «libro verde» de Gaddafi. Por ejemplo, el miembro italiano de la Trilateral y del Partido Socialista, Francesco Forte, ha declarado públicamente que la población de Italia debería bajar de 58 a 20 millones de habitantes para el año 2000. De manera similar, Roger Garaudy, convertido al islamismo con otros intelectuales franceses y españoles, miembro de la Sociedad de Amistad Franco-Libia, sostiene que Francia debe convertirse en un Estado de crecimiento cero, abandonando el modelo de sociedad moderna.

MILLONES DE PERSONAS HAN DE MORIR

Gaddafi es el ejecutor eficaz de la política del Informe «Global 2000» en África. Se estima que 150 millones de los 400 millones que forman la población de África están condenados a morir o a soportar una existencia infrahumana por el hambre y otra sucesión de desastres. No hace falta disponer de información especial para observar cómo el continente africano, dotado de grandes recursos naturales, ha sido apartado del desarrollo por la decisión de las instituciones financieras y políticas mencionadas.

En el cono sur el régimen racista de África del Sur se encarga de impedir el desarrollo de sus
vecinos hasta el corazón del continente. En el Norte, misión semejante le corresponde a Gaddafi. Sus acciones en el Chad son un ejemplo claro. El país se ha convertido en una
especie de Líbano con diversas facciones guerreras que se destrozan entre sí.

En el Estado más densamente poblado de África, Nigeria, el efecto de la guerra del Chad ha sido notable al propagarse los movimientos separatistas. Lo mismo ha ocurrido en Sudán y en los territorios subsaharianos, en Uganda y en Ghana.

El brazo largo de Gaddafi llega hasta las regiones del golfo Pérsico, donde es conocido su apoyo a Jomeini y a la Hermandad Musulmana del ayatolá Kalkhaly y al clan Montazery. El fundamentalismo islámico le costará a Irán un precio muy elevado en vidas humanas y supondrá la completa destrucción del país.

NUEVA FORMA DE FASCISMO

Si los efectos devastadores de la ejecución del plan «Global 2000» son trágicamente visibles en África, en el Oriente Medio y en la Camboya de Pol Pot, son política y financieramente observables en Europa.

El «Club de Roma» y otras sociedades como
la Mont Pelerin no cesan de agudizar sus campañas a favor de la desindustrialización de Europa. En España se camina en este sentido, por las medidas que toma el Gobierno socialista y, sobre todo, por las que no toma.

Curiosamente, la patronal española está reclamando medidas industrializadoras mientras que el Gobierno socialista, que debería representar a las fuerzas del trabajo, pone toda serie de trabas, como veremos, al crecimiento industrial y a los obreros mientras estimula la burocratización del Estado y el parasitismo social.

Políticamente, el neomalthusianismo es una forma nueva de fascismo, como lo definió de manera aguda Lyndon H. Larouche, un político que levanta tantas polémicas en Norteamérica como inquietudes despierta en los centros del poder. «El fascismo no es una patología sociológica de la sociedad industrial capitalista. El fascismo es más viejo que César Augusto. Es el oligarquismo, adaptado en las formas a las circunstancias creadas por el ascenso de los modernos Nación-Estado soberanos y el capitalismo industrial. Las familias oligárquicas detrás del fascismo, en los tiempos de Hitler y ahora, siguen teniendo aspiraciones feudales.

Son familias financiero-rentistas, cuya fuente preferida de ingresos y de poder material es la especulación en propiedades y en usura. La doctrina de “economía de libre mercado” está en relación directa con las doctrinas fascistas en estas familias. El centro de su doctrina es su insistencia en que la emisión de moneda y las políticas de créditos y de deuda pública de las naciones debe ser controlada por una red central de Bancos privados. A su vez, estos Bancos son controlados por las familias oligárquicas financiero-rentistas. Estas familias utilizan su dominio sobre los Bancos para alimentar la renta patrimonial y de usura y para debilitar las instituciones industrial-capitalistas,
forzando los precios de los productos industriales y agrarios hasta niveles bajos en que las inversiones de capital intensivo son estranguladas por los métodos del ”libre comercio” de precios y beneficios cada vez más bajos de los empresarios».

El problema central del mundo de hoy es el gran poder ejercido por la aglomeración de la riqueza de las familias financiero-rentistas, cuya base institucional es la práctica de la renta patrimonial y la usura. Sus instrumentos de poder sobre los Gobiernos y las economías nacionales son las instituciones centrales bancarias que controlan privadamente y las instituciones supranacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el BIS y el GATT. A través del predominio de tales familias en el control de las principales instituciones financieras y monetarias, la mayor parte de las disponibilidades crediticias del mundo se ha concentrado en la renta patrimonial y en la usura, apartándolas de otros usos más productivos en el desarrollo de la infraestructura, la agricultura y la industria.

Es significativo el caso ya mencionado de los Estados Unidos sobre la enorme disminución del porcentaje de la población activa ocupada en la producción de bienes. Tendencias similares se producen en Japón y en Europa Occidental. La mayor parte del endeudamiento interno y externo de las naciones, de la deuda pública y privada, forma una pirámide en la política de préstamos que incrementa geométricamente la deuda per cápita de las naciones, mientras que contrae geométricamente también la producción de riqueza per cápita. Desde las medidas de
política monetaria tomadas en la conferencia de Rambouillet, en 1975, se ha acelerado este proceso. Desde que Paul Volcker, presidente del Federal Reserve Bank, introdujo en 1979 su política usurera de elevados tipos de interés del dólar, se ha acelerado la pirámide de la deuda mientras que se ha colapsado la producción de riqueza. Al mismo tiempo, las condiciones impuestas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el BIS y el GATT impiden que los países en vías de desarrollo consigan los medios para cumplir sus obligaciones de pago. Estas instituciones internacionales no permiten la realización de grandes proyectos de industrialización, imponen parones energéticos, desmantelan la enseñanza técnica y sólo aceptan que aquellos países paguen la deuda mediante el saqueo de sus materias primas y la explotación pavorosa de sus trabajadores.

En Europa, el «Club de Roma» y la Sociedad Mont Pelerin han conseguido grandes éxitos en sus planes de desindustrialización.

La Sociedad Mont Pelerin fue fundada en 1947 por el príncipe Thurn und Taxis, el pretendiente Otto de Habsburgo y su economista celebrado Friedrich von Hayek, como vehículo para continuar la obra de Hitler bajo una apariencia más «moderna». Los cerebros influyentes de esta sociedad, entre los que figuran Milton Friedman, programaron en su día la desindustrialización de Alemania, mediante las quiebras del Commerzbank, el Dresdner Bank y el BFG Bank y planearon el mismo desmantelamiento en otros países europeos.

Chiaki Nishiyama, economista de la Mont Pelerin, abogó por la caída de la industria pesada, como ocurrió en Alemania y en Francia. «Europa —dijo— debe apartarse de la industria del acero, de la automovilística y de cualquier otra industria pesada que han sido hasta ahora sostenidas por el Estado». Y añadió: «No son sólo los ecologistas los que desean volver al pasado, sino los más altos niveles de la oligarquía. Todas aquellas industrias han muerto y deben ser derribadas. En adelante nada debe ser soportado por el Estado y deben ser eliminados los programas sociales».

Continúa aquí.
Publicar un comentario