Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

viernes, 15 de abril de 2011

Libelo de sangre a la luz del conocimiento actual: La Iglesia y el pueblo decían la verdad


Las pascuas sangrientas del doctor Toaf
Por Israel Shamir, febrero 2007

Sangre, traición, tortura y abjuración se entremezclan en la historia, que vamos a contarles, del profesor Ariel Toaf, un judío italiano, historia que parece un invento de su compatriota Humberto Eco. El profesor Toaf se topó con un descubrimiento espeluznante, que le heló la sangre, pero tuvo el valor de seguir adelante, con valentía, hasta que le cayó encima toda la presión de su comunidad, se quebró y, al fin, hizo acto de arrepentimiento y penitencia.

El profesor Toaf es hijo del gran rabino de Roma, y ejerce como docente en la universidad judía de Bar Ilan, no lejos de Tel Aviv. Se dio a conocer con sus estudios profundizados sobre la judería medieval. Los tres volúmenes de su obra Amor, Trabajo y Muerte (subtitulado : “La vida judía en la Umbría medieval”) son de referencia en este campo muy especializado. Mientras iba ahondando en el tema descubrió que las comunidades askenazíes medievales de la Italia del norte practicaban una forma especialmente horrible de sacrificios humanos.


Sus magos y adeptos raptaban y crucificaban a infantes cristianos, les sacaban la sangre y la usaban para rituales mágicos, invocando al espíritu de la venganza contra los odiados goyim. Toaf profundizó en el caso de San Simón de Trento. Se trataba de un niño de dos años, que fue raptado de su casa en la ciudad italiana de Trento, por unos pocos judíos asquenazíes, en vísperas de la Pascua judía de 1475. Durante la noche, los secuestradores asesinaron al niño, le sacaron la sangre, le clavaron agujas en la carne, lo crucificaron cabeza abajo con invocaciones tendentes a que “igualmente perezcan todos los cristianos por tierra y por mar”, y así fue como celebraron su llamada Pascua, un ritual arcaico con sangre vertida y asesinato de niños, en la forma más literal, prescindiendo del nivel metafórico habitual, que conocemos como transmutación del vino, representación de la sangre.

A los asesinos se les capturó, confesaron, y fueron hallados culpables, por el arzobispo de Trento. Ahí mismo los judíos apelaron al Papa, y éste mandó al obispo de Ventimiglia a investigar los hechos. Lo sobornaron, y prestó un oído atento a los judíos, quienes consiguieron que dictara conclusiones absurdas, por el estilo de las que presenciamos a diario (algo así como que el niño había sido víctima de una mina colocada por Hamás para echarle la culpa a Israel, y que no se había encontrado ninguna orden dictada por el Tsahal [1] en la playa de Trento).



Esta es la versión oficial judía que se sigue transmitiendo desde entonces: “A Simón lo mataron cristianos que procuraban achacarle toda la maldad del mundo a los judíos”, decía la enciclopedia judía de antes de la guerra, con harta presciencia, ya que el mismo argumento lo esgrimieron los israelíes al echarles la culpa a otros por la matanza masiva de niños en Kafr Qana, cuando la invasión del Líbano.

Pero hay una diferencia con los siglos XX y XXI: en el siglo XV los judíos eran influyentes, pero no todopoderosos. No podían tratar al mundo como lo hicieron en 2002, después de la masacre de Jenin, mandando callar a todos. No podían manejar el derecho de veto de los EEUU en el Consejo de seguridad de la ONU. No podían bombardear Roma, y la palabra “antisemitismo” sólo fue inventada 400 años más tarde. Recibieron un trato leal, lo cual es mucho peor que un trato preferencial: el Papa Sixto IV reunió una comisión de seis cardenales, encabezada por el mejor especialista en derecho de aquel tiempo, para volver a celebrar el juicio; y esta corte suprema volvió a encontrar culpables a los asesinos. Se puede leer más sobre el caso, en la óptica católica y en la óptica judía. Los documentos del juicio se han conservado y están todavía disponibles en el Vaticano. Quien quiera más detalles sobre la versión católica de los hechos los encontrará aquí. Para la versión judía ver aquí.


En 1965, la iglesia católica romana encaró un proceso de perestroika [2]. Eran los días del Vaticano II, cuando los modernistas pusieron patas para arriba el basamento de la tradición, con la esperanza de poner la fe al día, para que cuadrara en el nuevo discurso de la modernidad, amistoso con los judíos; hablando en claro, los obispos querían ser mimados por la prensa liberal.

Entonces, los siempre-atentos vigilantes judíos aprovecharon la oportunidad y presionaron a los obispos pidiendo que se les concediera algo, la “descanonización” de san Simón de Trento. Los obispos les complacieron con gusto, pues ya, en bizarro ritual, los dirigentes de la Iglesia habían descubierto que los judíos no tenían la culpa de la crucifixión de Cristo, a la vez que aceptaban la culpa de la Iglesia en la persecución de judíos; la crucifixión de un nene italiano era asunto de poca monta comparado con esta marcha atrás. Tomando una decisión apresurada, los obispos decretaron que las confesiones de los asesinos no valían porque se habían obtenido mediante la tortura, y, por lo tanto, los acusados eran inocentes, mientras que el joven mártir no era verdaderamente tal. Se puso fin a la devoción a San Simón, fue prohibido su culto, y los restos del niño martirizado fueron llevados y sepultados en un lugar secreto para que no volviera a resucitar ninguna tradición de peregrinaje.

Ahora volvamos al profesor Ariel Toaf. Mientras iba revisando los documentos del proceso judicial, hizo un descubrimiento asombroso; las confesiones de los asesinos contenían elementos totalmente desconocidos de los clérigos italianos o por la policía; es decir que no se trataba de confesiones dictadas por el celo de los investigadores bajo la tortura. Los asesinos pertenecían a la pequeña y apartada comunidad askenazi, practicaban unos rituales propios, bastante diferentes de los que practicaban los judíos italianos nativos; estos ritos los reprodujeron de manera fehaciente en sus confesiones, y la brigada criminal de aquel tiempo no tenía el menor conocimiento de aquello.
“Estas fórmulas litúrgicas en hebreo, con un fuerte acento anticristiano, no pueden ser proyecciones de los jueces porque no conocían estas oraciones, que ni siquiera pertenecían a los ritos italianos sino a la tradición askenazi”, escribe Toaf.

Una confesión tiene valor sólo si contiene, acerca del crimen, algunos detalles verídicos y comprobables, de los cuales la policía no supiese nada. Esta regla de hierro de la investigación criminal tiene su cumplimiento en los documentos de Trento.

Semejante descubrimiento tiene el potencial suficiente para producir una sacudida, un choque y un replanteo completo de las bases doctrinales en la Iglesia. El noble y culto [hijo del] rabino Toaf ha resucitado a San Simón, doblemente víctima, por un lado del espíritu de venganza del siglo XV y por el otro del espíritu de la perestroika en el siglo XX. Esto exigiría un acto de penitencia de parte de los doctores del Vaticano, que se olvidaron del niño asesinado, mientras anhelaban la amistad con los judíos americanos de peso. Pero todavía se niegan a admitir su gravísimo error. Monseñor Higinio Rogger, historiador de la Iglesia quien dirigiera en los años 1960 la investigación, dijo que las confesiones no tenían ningún valor pues “los jueces se valieron de torturas horrendas”. Este comentario, señores lectores, es evidentemente “antisionista”, y además “antisemita”, pues si no valen las confesiones obtenidas mediante la tortura, entonces habría que soltar a todos los presos palestinos que se encuentran en las cárceles judías; es también un “comentario antiamericano”, pues USA reconoce el valor de la tortura, y la practica en Guantánamo y en otras partes. Incluso es un comentario revisionista negacionista ¡pues invalida el juicio de Nuremberg! [3] El especialista en derecho y adepto de la tortura Alan Dershowitz podría haberle replicado a Rogger, pero por alguna razón no lo hizo…

“Yo no quisiera estar en el lugar de Toaf”, dijo Rogger a USA Today, contestando sobre este asunto a historiadores que han documentado seriamente el caso. Ahora bien, el lugar de Toaf es harto preferible al de aquellos que siguiendo a Rogger tendrán que contestar en el más allá por el desaire a un santo.

El crimen de Trento [crucifixión de un niño cristiano por unos brujos azquenazies en Italia] no fue nada excepcional: Toaf descubrió muchos casos más de sacrificios sangrientos, en los cuales hay constancia de niños mutilados, cuya sangre vertida se utilizaba en la confección del matzo ( pan sin levadura) repitiéndose a lo largo de quinientos años de historia europea [ver derramamiento de sangre y su horneado en Matzo.]

La sangre, brebaje mágico, se utilizaba como medicamento popular en aquel tiempo, como en todas las épocas: Herodes se bañaba en sangre infantil para mantenerse joven, los alquimistas usaban la sangre para convertir el plomo en oro. Los brujos judíos estaban muy metidos en la magia, y la usaban a la par de los demás. Había un mercado próspero para estas exquisiteces, donde se vendía sangre, polvo a base de sangre,matzos amasados con sangre. Los mercaderes judíos lo vendían con las debidas cartas de autorización rabínica; la sangre más preciada era la del goy katan, es decir del niño gentil, pero era mucho más corriente la sangre procedente de circuncisión.



Estos sacrificios sangrientos eran “acciones y reacciones instintivas, viscerales, virulentas, en las que inocentes críos ignorantes eran víctimas del amor a Dios y a la venganza”, escribe Toaf en su prólogo.
“Dicha sangre bañaba los altares de un Dios que, según la creencia, necesitaba que lo orientaran, y al cual a veces se le impulsaba con impaciencia, para que ejerciera su protección o su castigo”.
Esta anotación, que puede parecer algo misteriosa, se entiende si se lee lo que escribe el profesor israelí Israel Yuval en su libro Dos naciones en tu vientre (Two Nations in your Womb). Yuval explica allí que las libaciones con sangre eran necesarias (desde el punto de vista de los magos judíos) para atraer la venganza divina sobre los goyim. El mismo Yuval también menciona otro caso irrebatible -o sea, que los judíos no desmienten- de sacrificio sangriento llevado a cabo por un judío (véase mi artículo “Bloodcurling Libel” en www.israelshamir.net ).


Toaf agregó a la información dada por Yuval la insistencia en lo usual que era el uso de la sangre con fines mágicos entre los judíos en la Edad Media, y reconoció el sesgo manifiestamente anticristiano en la crucifixión de las víctimas y las maldiciones que se pronunciaban contra Cristo y la Virgen. En esto, a su libro lo avala otro autor, Elliot Horowitz, con su libro (algo más tímido)Ritos desalmados: Purim y el legado de la violencia judía(Reckless Rites: Purim and the Legacy of Jewish Violence, Princeton University Press, 2006).Horowitz nos relata extraños rituales, con flagelación de la Virgen, destrucción de crucifijos, palizas y asesinatos de cristianos.

Todo esto ha quedado atrás, y ahora podemos mirar hacia el pasado comentando: pues sí, algunos brujos judíos y místicos practicaron el sacrificio humano; mataban niños, mutilaron sus cuerpos y utilizaron su sangre para volcar la ira divina sobre sus vecinos no judíos. Se burlaban de los ritos cristianos mediante el uso de sangre de cristianos en lugar de la sangre de Cristo. La Iglesia y el pueblo de toda Europa tenían razón. Los europeos no estaban enloquecidos por la intolerancia, ni tampoco los árabes o los rusos, sino que entendían lo que veían. Castigaban a los culpables pero dejaban en paz a los inocentes.


Nosotros, humanos, podemos contemplar esta espantosa página de la historia con orgullo, y verter alguna lágrima por los pobres chiquillos destruidos por estos monstruos sedientos de cólera. Los judíos deberían ser más modestos y dejar de hacer bandera con sus heridas históricas: sus antepasados prosperaron en aquella sociedad europea medieval a pesar de estas actuaciones horrendas de algunos de sus correligionarios; esto contrasta con lo que sucede en el Estado judío, donde los pecados de algunos pocos palestinos recaen sobre todo el pueblo palestino.


También podemos sacudirnos de encima el lloriqueo de los amigos de Israel cuando quieren que permanezcamos ciegos ante la masacre de Jenine o de Qana, pues se trata, exactamente, de esto que los judíos llaman “difamación sangrienta”, que no es ninguna difamación al final.

Esperemos que el gran acto de osadía del profesor Toaf se convierta en un punto de giro en la vida de la Iglesia. El desbalance causado por la perestroika que fue el Concilio Vaticano II llegó demasiado lejos. Recordemos que la perestroika rusa terminó con el derrumbe de la estructura entera. Mientras los antipapistas [cristianos adversarios de Juan XXIII] temían que se acomodara un Anticristo en la sede de san Pedro, el peligro real es que surja un Gorbachev [un liquidador definitivo de la cristiandad].

En la ciudad italiana de Orvieto, a orillas del mar Adriático, los judíos pidieron la anulación de una exposición que tenía un verdadero valor artístico, y el fin de las procesiones que conmemoraban el milagro de Trani.Resulta que allí, unos mil años atrás, una judía se robó una hostia consagrada de una iglesia, y decidió freír el cuerpo de Cristo en aceite; pero sucedió que, milagrosamente, la hostia se convirtió en carne y empezó a sangrar con abundancia, de modo que la sangre santa inundó toda la casa.


Hay muchos casos consignados de profanación de hostias en toda Europa; los reseñaron Yuval, Horowitz y Toaf. No son infundios. Y el infame, proverbial caradurismo judío (chutzpah) los movilizó para procurar obtener del Papa la prohibición de un ritual que tenía mil años. De la gestión se encargó la gente de la Asociación Romana de Amigos de Israel ¡Y lo lograron! La Iglesia se doblegó, se desarmó la exposición, se canceló la procesión, y se formularon hondas disculpas a los judíos, lo cual complació sobremanera a los embajadores israelíes Gideon Meir (embajador en Roma) y Oded Ben Hur (ante el Vaticano), que celebraron dichosos la capitulación.

“Extraño mundo el nuestro”, escribió Domenico Savino en el excelente web-magazine Effedieffe,"se ofende a la fe cristiana, y se le pide perdón a los ofensores”. Savino se pregunta si habrá sido realmente imposible simplemente ignorar, sin dejar por ello de ser educado, la demanda de los Amigos de Israel, y cita ampliamente las palabras del cardenal Walter Kasper, representante del Vaticano en este acto de sometimiento. Kasper hace un Monty total [4]; niega que la Iglesia sea el Verdadero y Unico Israel elegido por Dios, y afirma la igualdad de los judíos en tanto “hermanos mayores”; niega la necesidad de Cristo, pide perdón a los judíos y promete “una nueva primavera para la Iglesia y el mundo”.

“¿Qué es esto de nueva primavera para la Iglesia? exclama Savino; “¡este cuento es viejo! Después del Vaticano II, el Papa dijo : “esperábamos la primavera y lo que vino fue la tormenta.¡Tenemos primavera de sobra después de la reconciliación de Orvieto, y no quiero oír nunca más la palabra primavera, y ver la ancha sonrisa satisfecha de los “hermanos mayores” Gideon Meir y Oded Ben Hur!

La “perestroika” no sólo llegó a Italia, ni se limitó a la Iglesia católica. En Alemania se está preparando un nuevo sacrilegio: una Biblia “políticamente correcta”, con un relato de la pasión enmendado de manera tal que no cause disgusto a los judíos. El título es engañoso, pues no podrán llamar su producto bastardo “nueva traducción al alemán de la Biblia libre de machismo y antisemitismo”, como tampoco se le puede llamar al agua baldía “vino libre de productos tóxicos”.


Cambiar una letra en la Biblia es arruinar el mundo, dice el Talmud, y aduce el ejemplo de un rollo de la Torah donde se ha cambiado una palabra, pasando de “meod” (muy) a “mavet” (muerte). Semejante Torah celebrando a la muerte seguramente provocaría el fin de nuestro mundo. La narración “libre de antisemitismo” probablemente se centrará en el sufrimiento judío, y tendremos a la Iglesia haciendo el papel del malo de la película. Exaltará a Judas, y rechazará a Cristo.

De la misma forma, quitar el “machismo” significará quitar el episodio de la Anunciación, que es el tajo decisivo que separa al monocausalismo estéril de los judíos, del reencuentro cristiano entre cielo y tierra.


En realidad, el modelo cristiano tuvo tanto éxito que incluso los judíos lo adoptaron en su Kábala, y por lo visto decidieron encajarles el viejo monocausalismo redundante a los alemanes.

En Inglaterra, el viejo periódico semanal The Observer, de tendencia liberal, cambió de actitud y se convirtió en el nido neoconservador de los que apoyan la guerra y la alianza entre Bush y Blair. A continuación y con lógica total, el periódico también renunció a Cristo y prefirió a los judíos. Allí, Adam Mars-Jones opta por Oscar Schindler en vez del general Adam von Trott quien fue ejecutado por participar en la conspiración de los generales para derrocar a Hitler, en 1944. Escribe el periódico : “ ¿Qué es lo que hace de La lista de Schindler un film tan asombroso? Es que se guía por la ética judía al mostrar el recorrido externo del héroe, en vez de mostrar una evolución interna. El tipo padeció debilidades, pero esto es su problema y no interesa, sólo vale el hecho de que salvó a los judíos. Sus mitzvahs (buenas acciones) le valieron un lugar entre los gentiles justos, y a falta de una vida en el más allá (creencia que no comparten los judíos, en el fondo) no hay nada más que decir. Ojalá aparezcan más ejemplos por el estilo, y se rinda menos culto al martirio. La veneración del sacrificio, para una victoria puramente simbólica, puede torcer la empresa mejor intencionada, y corre el riesgo de ser un insulto a los muertos, porque estos sí que no tenían alternativa.”


El comentarista de The Observer elige claramente a Judas o Caifas (“padecía debilidades de carácter pero quiso salvar a los judíos”) contra Jesucristo, que era el mismo sacrificio. Su llamado a “menos culto del martirio, menos veneración del sacrificio que logra una victoria puramente simbólica” haría del Gólgota la última palabra, eliminaría la perspectiva de la Resurrección. ¿A quién le hacen falta las virtudes cristianas? Las faltas y los vicios del ser humano son “su problema, y sólo vale el hecho de que haya salvado a los judíos”, y lo más que puede desear un goy es “un lugar entre los gentiles justos”. Desde este punto de vista, san Simón y otros niños no murieron en vano, pues prestaron ayuda a los judíos en su llamado a la venganza divina, y era lo más que podían desear. De la misma forma, a los soldados británicos no les correspondía ningún destino más envidiable que el de morir por Israel en las calles de Basora, Teherán o cualquier otro lugar.

Así en Roma, Berlín o Londres, los judíos ganaron un round o dos en su forcejeo con la Iglesia. Al no soltar presa, no arrepentirse jamás, nunca pedir perdón, obrar siempre contra la cristiandad, lograron sustituir en muchas mentes sencillas la imagen de la Mater Dolorosa, del Gólgota y la Resurrección con su grosera interpretación falseada de la historia humana como larga línea recta de sufrimiento judío, difamaciones sangrientas, holocaustos y la redención sionista en la Tierra santa.


Mientras la gente rechazaba, con sensatez, cualquier idea de que los judíos en general tuvieran culpa de la muerte de Cristo, ellos le metieron en la cabeza a la gente una idea aún más absurda, la de la culpa de la Iglesia en la muerte de los judíos.

Las consecuencias no son puramente teológicas. Inglaterra, Italia y Alemania consienten la estrangulación de la Palestina cristiana, el bloqueo de Gaza, el robo de las tierras de la Iglesia en Belén y en Jerusalén. Apoyan la Noche de Cristal USiana. Peor aún, han perdido su conexión con Dios, su empatía con sus hermanos humanos se seca, como si el espíritu ciego de la venganza invocado por los conjuros a base de sangre inocente los embrujara.

La publicación del libro del profesor Toaf podría convertirse en el punto de giro que surge en el momento justo en la historia occidental, el vuelco de la apología de Judas a la adoración de Cristo. Pues sí, su informe sobre los niños asesinados es apenas una grieta en el enorme monumento del excepcionalismo judío tal como se ha edificado en la mentalidad occidental. Pero los grandes edificios también pueden derrumbarse en un momento, como lo hemos aprendido cierto 11 de septiembre.

Por lo visto, los judíos se percataron de ello y se abalanzaron sobre Toaf como un enjambre enfurecido (ver mi artículo “Carter y el enjambre”).

Un historiador judío de renombre, rabino e hijo de rabino, escribió acerca de sucesos que tuvieron lugar hace 500 años, que involucran responsabilidades judías, ¿y qué? En la Edad Media, el uso de la sangre, la necromancia, la magia negra no eran una exclusividad judía. Brujas y magos de origen gentil hacían lo mismo.

¡Uniros de una vez a la raza humana, con sus verrugas y manchas, hermanos judíos! Pero esto sería un intolerable rebajarse demasiado para los arrogantes autoelegidos judíos sionistas.


“Es increíble que alguien, y menos un historiador israelí, conceda legitimidad a la acusación infundada de crimen ritual que causó tanto sufrimiento y ataques contra los judíos a lo largo de la historia”, dijo el director nacional de la ADL, Abe Foxman. La Liga Anti Difamación dijo del libro que “era infundado” y que “le hace el juego a los antisemitas”

Foxman, que no es ni historiador ni rabino, sabe de antemano, basándose solamente en su fe y su convicción, que es algo “infundado” el caso ese de los sacrificios humanos que refiere el profesor Toaf en su libro. Pero también dijo lo mismo antes acerca de la masacre de Jenin. En una conferencia de prensa, en la universidad de Bar-Ilan “expresa gran cólera y disgusto extremo por lo que hizo Toaf, por su falta de sensibilidad al publicar su libro acerca de los crímenes rituales en Italia. Al elegir una editorial privada en Italia, al darle al libro un título provocador y por las interpretaciones que le dieron los medios al contenido, ofendió la sensibilidad de los judíos del mundo entero y esto afecta el delicado equilibrio de las relaciones entre judíos y cristianos. La universidad de Bar-Ilan “condena con firmeza y repudia lo que, por lo visto, implica el libro de Toaf, según lo que informan los medios acerca del contenido del mismo, en el sentido de que habría fundamento para las acusaciones de crimen ritual, las mismas que acarrearon el asesinato de millones de judíos inocentes”.

Son palabras de excomunión. Toaf está aguantando una presión comunitaria aplastante; estuvo a punto de encontrarse desahuciado, a los sesenta y cinco años, de patitas en la calle y posiblemente sin derecho a jubilación alguna, abandonado de sus viejos amigos y sus estudiantes, víctima del ostracismo total. Es probable hasta que recibiera amenazas de muerte concretas, pues los judíos emplean asesinos profesionales y secretísimos para tratar este tipo de estorbos.


En los días antiguos, se les llamaba rodef, hoy en día se les llama kidon, y siguen siendo tan eficientes como antaño, es más difícil dar con ellos que con los serial killers, los maniáticos sedientos de sangre. De mantener sus planteamientos, se acabaría con su prestigio; pues cualquier Sue Blackwell [5] “consultaría a sus amigos judíos” y lo llamaría nazi, mientras Searchlight, magazine financiado por la ADL descubriría chismes, invadiría e inventaría su vida privada; al mismo tiempo, una infinidad de judíos de menor cuantía lo denigrarían en la web, en sus blogs y en la enciclopedia en la que se abanderan, Wikipedia. ¿Quién lo defendería? Ni un solo judío, probablemente, y no muchos cristianos.

Al principio del asalto, trató de enfrentarse; “No voy a renunciar a mi devoción por la verdad y la libertad académica, aún cuando el mundo entero me crucifique". Toaf dijo anteriormente a Haaretz que mantenía las afirmaciones de su libro según las cuales hay una base real para algunas de las acusaciones medievales sangrientas contra los judíos.

Pero Toaf no es un hombre de hierro. Como Winston Smith, el personaje principal de la novela 1984 de George Orwell, la inquisición judía lo quebró metiéndolo en un calabozo mental. Publicó una carta pidiendo perdón, ordenó que se dejase de distribuir su libro, prometió someterse a la censura judía y además “prometió entregar todos los beneficios de la venta de su libro a la Liga Anti Difamación del bueno de Abe Foxman.

Sus últimas palabras fueron tan conmovedoras como las de Galileo abjurando de su herejía; “yo nunca permitiré que un odiador de judíos me utilice o utilice mi investigación como instrumento para volver a encender las llamaradas del odio que llevaron al asesinato de millones de judíos. Ofrezco mis excusas más sinceras a todos los que se hayan sentido ofendidos por los artículos que se publicaron y las distorsiones que se me imputaron, a mí y a mi libro”, dijo. Así pues, parecería que Ariel Toaf se rindió ante la presión comunitaria, pero no tiene mucha importancia lo que diga ahora.


No sabemos qué torturas mentales le preparó la Gestapo judía de la Liga Anti Difamación, cómo lograron que abjurase. Lo que nos ha dado es suficiente. Pero ¿qué es lo que nos ha dado, al fin y al cabo? En un sentido, su aporte es comparable al de Benny Morris y otros nuevos historiadores israelíes: repitieron datos que conocíamos de fuentes palestinas, desde Abu Lughud hasta Edgard Said. Pero no se les daba fe a las fuentes palestinas, porque en nuestro universo judeocéntrico sólo se consideran fidedignas las fuentes judías.


De modo que Morris y los demás han ayudado a millones de personas a liberarse de la obligatoriedad del discurso sionista. Esto no sería necesario si fuéramos capaces de creer a un goy frente a un judío, a un árabe acerca de la expulsión de 1948, a un italiano acerca de san Simón, y tal vez incluso a un alemán acerca de las deportaciones de la guerra. Ya Ariel Toaf ha liberado a muchas mentes cautivas al repetir lo que sabíamos por múltiples fuentes italianas, inglesas, alemanas o rusas. Si la famosa “difamación sangrienta” (¿será posible que siempre que se critica el comportamiento, actual o pasado de los judíos, ello sea una “difamación”?) resultó no ser tal difamación sino un verdadero asunto criminal, como tantos otros no menos reales ¿tal vez alguna otra pretensión judía se venga abajo ahora? ¿Tal vez los rusos no cometieron pogromos? ¿Tal vez Ajmadineyad no sea ningún nuevo Hitler ensañado en destruirlo todo? ¿Tal vez los musulmanes no sean infames odiadores de judíos?

Ariel Toaf también nos ha abierto una ventana para vislumbrar lo que acontece dentro de la judería, para entender cómo se mantiene esta increíble disciplina del enjambre, cómo se castiga a los disidentes, cómo se consigue la uniformización mental. La judería no deja de ser excepcional, desde este punto de vista; un científico cristiano (o musulmán) que encontrase una mancha en la larga historia de la Iglesia no la ocultará, ni lo obligarán a someterse por el terror, ni será víctima del ostracismo si abraza el punto de vista vilipendiado; incluso si termina excomulgado, el científico o el escritor encontrará harto respaldo, como descubrieron Salman Rushdee, Voltaire y Tolstoi. Ni la Iglesia ni la Umma ordenan este tipo de disciplina ciega, ningún papa ni imán tiene el poder que tiene el señor Abe Foxman sobre sus correligionarios.


A Foxman no le importa un bledo la verdad, sino solamente lo que –según su punto de vista- es bueno para los judíos. Ninguna acumulación de testimonios, ni siquiera una transmisión en directo de un sacrificio humano cometido por judíos podría obligarlo a aceptar una verdad desagradable: ya encontraría un argumento para negar la evidencia. Esto lo hemos visto en el caso del bombardeo de Qana, cuando los aviones israelíes destruyeron un edificio y mataron a unos cincuenta niños de una sola vez, seguramente más de los que pudieron asesinar los brujos de Umbría. Por esto no cabe esperar que el libro de Toaf convenza a los judíos. Nada los convence.

Pero no hay porqué envidiar esta unidad de corazones y mentes judías; la otra cara de esta unidad es que ningún judío es libre. Sus padres son los que obligan a un individuo a convertirse en judío; no tiene libertad mental a ningún nivel, tiene que seguir las órdenes.


Lector mío judío, si entendieras que eres un esclavo, no habrías llegado en vano hasta aquí en tu lectura. Mientras no seas capaz de contestar la pregunta retórica “¿acaso no eres un judío?, con una simple negativa, seguirás siendo un preso bajo palabra, un cautivo con la soga al cuello. Tarde o temprano, ajustarán la soga, tarde o temprano tendrás que mentir, buscar palabras oblicuas, renegar de lo que sabes que es justo y verdadero.

La libertad está a tu alcance, extiende el brazo y apodérate de ella. Como el reino de los cielos, la libertad te corresponde, basta con preguntar por ella. La libertad es Cristo, pues una persona elige a Cristo con el corazón, no con el prepucio. Eres libre tan pronto como aceptas a Cristo y eres capaz de contestar como dice el Evangelio (Mateo 5:37): “Deja que tu ‘sí’ signifique ‘sí, soy un cristiano’ y tu ‘no’ signifique ‘no, no soy un judío’. Felizmente, esto es posible. Toaf pudo haberlo hecho; ¡qué lástima que su valor no llegara a tanto!

Su destino me recuerda el de Uriel (¡casi el mismo nombre!) Acosta. Se trata de un noble, precursor de Spinoza (nacido en 1586 en Porto, Portugal, y muerto en abril de 1640 en Ámsterdam), que atacó el judaísmo rabínico y fue excomulgado por las autoridades judías. “Acosta era un alma sensible, y le pareció imposible soportar el aislamiento de la excomunicación, de modo que se retractó, según la Enciclopedia Británica. Excomulgado nuevamente después de ser acusado de disuadir a los cristianos de convertirse al judaísmo, hizo una retractación pública después de aguantar años de ostracismo. Esta humillación acabó con su autoestima, y terminó por suicidarse.”

El error de Acosta fue llegar lejos, pero no lo suficiente.

Notas:

[1] Curiosamente, esta evolución de la iglesia coincidió prácticamente con la primera perestroika [el derrocamiento de la figura de Stalin] que inició Jrushev en 1961, en ocasión del vigésimo segundo congreso del partido, cuando el partido comunista se arrepintió de los pecados y crímenes de sus viejos dirigentes magnos. Al cabo de una generación, treinta años más tarde, el partido se derrumbó, su membresía fue diezmada por la segunda perestroika. La penitencia es buena para el alma, pero la diferencia estriba en que el alma es inmortal.

[2] Tsahal : significa en hebreo “escuchar”; como acrónimo, es el nombre que se da a sí mismo el ejército israelí, y que incluye fuerzas terrestres, aéreas, marítimas y servicios secretos. [ndt]

[3] Sobre la práctica de la tortura en el juicio de Nuremberg, ver por ejemplo el libro de Rupert Butler,Legions of death, 1983; el autor entrevista allí a Bernard Clarke, quien capturó e interrogó con métodos de tortura professional a Rudolf Höss, comandante de Auschwitz procesado en Nuremberg y ejecutado, tras ofrecer unas confesiones espeluznantes (de las cuales se publicó una versión -amputada de sus fragmentos más descalabrados- en 1958). Sobre las declaraciones de Rudolf Höss descansan en gran medida los fallos del tribunal de Nuremberg; en el juicio éste afirmó que había recibido personalmente de Himmler la orden de exterminar a los judíos, y evaluaba la cantidad de judíos exterminados a tres millones, de los cuales dos millones y medio por medio de las cámaras de gaz. [ndt]

[4] Alusión a la película inglesa de los años 1980 Monty Python, donde unos desempleados hacen un strip-tease integral con vistas a conseguir trabajo. [ndt]

[5][http://www.sue.be/pal]Profesora de la universidad británica de Birmingham, obsesionada con los supuestos antisemistas y la defensa de la memoria del Holocausto [ndt]
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