Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

miércoles, 17 de junio de 2009

Daniel Estulin: Los secretos del Club Bilderberg (II)

Viene de aquí.

Conozco el secreto para hacer que el norteamericano medio crea lo que yo quiera. Me basta con controlar la televisión… Pones algo en televisión y se convierte en real. Si el mundo de afuera de la tele contradice las imágenes, la gente empieza a intentar cambiar el mundo para que se parezca a lo que ve por la televisión…

HAL BECKER,
Features Group, entrevista concedida en 1981
No debería sorprendernos que durante los últimos cuarenta años el principal medio de lavado de cerebro haya sido una tecnología de imágenes en movimiento y grabación de sonido (televisión, películas, música grabada) capaz de cambiar nuestro propio concepto de verdad. En 1956, un hombre llamado Theodor Adorno, que luego sería el autor de la mayoría de las canciones de los Beatles, en Television and the Patterns of Mass Culture (La televisión y las pautas de la cultura de masas), explicó que la «televisión es un medio de condicionamiento y control psicológico como nunca se ha soñado». Para Adorno y sus colaboradores, escribe Harley Schlanger, la «televisión suponía un medio ideal para crear una cultura homogénea, una cultura de masas, a través de la cual se pudiera controlar y conformar la opinión pública de modo que todo el mundo en el país acabara pensando lo mismo»

Probablemente, este sea uno de los «descubrimientos» más sorprendentes de este capítulo. Tuve la suerte de ver la correspondencia privada entre EMI y Adorno, que me fue facilitada por un alto directivo de la empresa con contactos con el Servicio Secreto. Más aún, Adorno, uno de los principales filósofos de la Escuela de Frankfurt y autor de Introducción a la sociología de la música, cuyo objetivo era, como explica el autor, «programar una cultura musical de masas como una forma de control social masivo», un proyecto en el que también participó de forma activa el Instituto Tavistock. Su primer proyecto conjunto era el «Proyecto de la Investigación de la radio», cuyo objetivo era el análisis del impacto de un medio de comunicación de masas (la radio) en la cultura. Más aún, como decíamos, se tiene constancia de que Adorno dijo: «En la música no se piensa que uno pueda componer hoy mejor que Mozart o Beethoven, pero se debe componer atonalmente, pues el atonalismo es enfermo y la enfermedad, dialécticamente, es al mismo tiempo la cura… La extraordinaria reacción de protesta con la que la música se encuentra en
nuestra sociedad actual […] parece sugerir que la disfunción dialéctica de esta música ya puede sentirse negativamente como “destrucción”.» «El avance más importante de la Escuela de Frankfurt –escribe M. Minnicino– consiste en comprender que sus monstruosas teorías podrían convertirse en las dominantes de la cultura, como resultado de los cambios en la sociedad producidos por lo que Benjamín llamó “la edad de la reproducción mecánica del arte”.» (Harley Schlanger, Who owns your culture?, Fidelio, vol XII, nº 1, verano de 2003)
«La manipulación inteligente y consciente de los hábitos y opiniones organizadas de las masas es un elemento importante en una sociedad democrática. Aquellos que saben manipular este mecanismo oculto [es decir, la televisión y la publicidad y, como consecuencia directa, la opinión pública] de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el que realmente manda en nuestro país.» Así empieza Propaganda, una descarada apología de un Gobierno Mundial Único que en 1928 publicó Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, y en la que también afirma lo siguiente: «Conforme la civilización se vuelve más compleja, y conforme la necesidad de un gobierno invisible se hace más patente, se han inventado y desarrollado medios capaces de reglamentar la opinión pública.»
Una vez que los controladores –científicos sociales en las principales instituciones de lavado de cerebro del mundo– comprendieron que el ciudadano no tiende tanto a comprar ideas como a adquirir psicológicamente un ideal inalcanzable, en seguida tuvieron a su disposición las herramientas necesarias para cambiar el perfil moral y la conciencia de la sociedad (lo que los freudianos denominan «superyó»). Para la gente del CFR (Council on Foreign Relations) y para los bilderbergers, controlar la mente de las personas era una cuestión clave.
Con la llegada de la televisión y la manera de utilizarla para seducir a los televidentes, los viejos valores de la sociedad se desvanecieron. Algo nuevo, turbio e indefinido empezó a emerger de las tinieblas porque los ejecutivos se dieron cuenta de que una conciencia «posmoderna» para propósitos de consumo de masas se expresa mejor sin tener «ningún punto de vista único, ninguna filosofía, sino sólo una negación de la razón como aspecto a favor de la expresión de deseos, fantasías y ansiedades». Debería de ser obvio para cualquiera que reflexione un poco que la «cultura popular» no es espontánea, sino que está controlada por las grandes corporaciones y fabricada por sus principales think tanks, por fundaciones y organizaciones relacionadas con los bilderbergers, el CFR y el Instituto Tavistock, que, como demostraré más allá de toda duda en este capítulo, son los responsables de la música, de la TV, de las películas, los libros, la moda, etc.
Para conseguir su objetivo, la élite de Bilderberg y sus científicos sociales del Tavistock se dieron cuenta de que necesitaban centrarse en las percepciones de la generación joven para «provocar un cambio general de paradigma que abarcase a varias generaciones o, lo que es lo mismo, para cambiar el conjunto de creencias y valores que gobiernan la sociedad». El espectador, pues, resultó ser una víctima inconsciente del lavado de cerebro.
En dos libros pioneros, escritos a mediados de la década de 1970, Eric Trist –uno de los fundadores del Tavistock y uno de sus agentes, que residió en Estados Unidos hasta su muerte en 1993– y Frederick Emery –un científico social clave en el desarrollo de organizaciones por el aporte teórico sobre el diseño de estructuras participativas de trabajo como equipos que se autogestionan– informaron sobre el sobrecogedor efecto que veinte años de televisión habían tenido en la sociedad norteamericana. «Trist y Emery expusieron que el proceso de ver televisión era en sí mismo un mecanismo de lavado de cerebro. Citaron estudios previos que demostraban que, fuera cual fuese el contenido, el visionado de televisión desactiva los poderes cognitivos de la mente y logra un “efecto similar al de un narcótico” en el sistema nervioso central, convirtiendo al espectador habitual en un sujeto sugestionable y manipulable; además, descubrieron que estos zombis con el cerebro lavado negarían histéricamente que les pasase nada o siquiera que tales manipulaciones de su “pensamiento” fueran posibles.»
Su propuesta era tajante. Afirmaban que todos los «nodos internacionales del aparato de lavado de cerebro del Instituto fueron desplegados con el propósito principal de consolidar el cambio de paradigma hacia un orden mundial post industrial»
Como he explicado detalladamente en mi primer libro sobre los bilderbergers, La verdadera historia del Club Bilderberg, uno de sus más preciados objetivos es la sociedad postindustrial de crecimiento cero. El objetivo de Bilderberg, afirmó Trist, era hacer que ese cambio fuera irreversible. Trist, al igual que sir Alexander King principal asesor político sobre ciencia y educación de la familia real británica y del príncipe Felipe de Inglaterra, propugna, de una manera acorde con el modelo de Tavistock, una «campaña de reeducación de masas para quebrar los últimos vestigios de resistencia nacional, especialmente dentro de Estados Unidos, a este nuevo único orden mundial».
En 1989, cuenta L. Wolfe, «sirviéndose de la Case Western Reserve University como tapadera, por iniciativa de Trist, el Tavistock celebró una reunión de brainstorming sobre cómo procurar un fascismo internacional sin Estados, un nuevo orden mundial de la información global». Una de las iniciativas que surgió de esta sesión fue la necesidad de que los medios de comunicación de masas apoyaran el proyecto. En un informe de 1991, publicado por el maltusiano Club de Roma y titulado «La primera revolución global», sir Alexander King afirmó que «los nuevos avances en la tecnología de la comunicación ampliarán en gran medida el poder de los medios… [que se convertirán así] en el agente del cambio» en la lucha por establecer un orden «único» que «trascenderá y erradicará el concepto de Estado nación». La idea de Estado nación surgió en el siglo XV gracias al Consejo de Florencia y estaba basado en el bienestar general del hombre, el concepto de una constitución y el concepto del derecho natural, que se basa, a su vez, en el hecho de que el hombre es distinto a cualquier otro animal. Estas ideas fueron plasmadas en expresiones y formas concretas primero en Francia bajo el reinado de Luís XI y luego en Inglaterra bajo el reinado de Enrique VII. Para el Nuevo Orden Mundial y sus cohortes, la idea fundamental es igualar al hombre con el animal, es decir, degradarlo. Ese ha sido uno de los principales objetivos políticos del Bilderberg, del CFR, el Tavistock y el Club de Roma.
Sin embargo, esta conspiración nunca podría haber sido ni de lejos tan efectiva si no se hubiera producido una estrecha cooperación entre lo que creaban las instituciones bajo el control de los bilderbergers y lo que luego se convertía en política gubernamental o pública. El «pegamento» que une toda esa operación, y que la hace parecer legítima a los ojos del público, son los encuestadores y el gigantesco engaño que han perpetrado durante los últimos cincuenta años. Las compañías de demoscopia son las responsables de hacer que la opinión pública tome la forma que le conviene a los bilderbergers. La mayoría de las encuestas que aparecen en grandes emporios de comunicación como CBS, NBC, ABC, CNN, Fox, los periódicos The New York Times, The Washington Post, The Financial Times, The Wall Street Journal, las revistas Time o Newsweek (todos ellos de propiedad Bilderberg) están, de hecho, coordinadas por el National Opinion Center donde, por mucho que sorprenda a la mayoría de las personas, se desarrolló un perfil psicológico para todas y cada una de las naciones de la Tierra.
Dos de los medios más importantes al servicio de Bilderberg son el Gallup una encuestadora de opinión bautizada en honor de su inventor, el estadístico norteamericano George Gallup, que suelen usar los grandes medios de masas para, supuestamente, representar la opinión pública y la encuestadora Yankelovich, Shelley y White. Daniel Yankelovich se inspiró en el Trend Report, de David Naisbett, un libro que fue encargado por el Club de Roma, uno de los brazos de la política exterior de Bilderberg y entre cuyos miembros se encuentran Mijail Gorbachov, los reyes de España, la reina Beatriz de Holanda, el príncipe de Bélgica y Juan Luis Cebrián, del grupo Prisa. «Fue ese enorme aparato el que convirtió a la mayoría de norteamericanos, que no habían oído hablar jamás de Saddam Hussein y sólo sabían vagamente que Irak era un país que existía en algún lugar de Oriente Medio, en un pueblo que clamaba por la sangre de Saddam y por la exterminación de Irak como nación.»
Lo que la mayoría no comprende es que «mucho de lo que leemos en los periódicos o vemos en la televisión ha sido aprobado por las compañías de demoscopia», afirma el ex agente del MI6 John Coleman en Conspirators’ Hierarchy: The Store of the Comitee of 300 (La jerarquía del conspirador: La historia del comité de los 300). «Lo que vemos es lo que los encuestadores creen que debemos ver. A esto se le llama “creación de opinión pública”.» La idea que subyace a ese fragmento de condicionamiento social es la de descubrir hasta qué punto el público responde a directivas políticas fijadas por los bilderbergers. Se los denomina «grupos de población objetivo», y lo que miden las encuestadoras es «cuánta resistencia se genera a lo que aparece en las “noticias de la noche”», concluye Coleman en el mismo libro. Todo forma parte del complejo proceso de creación de opinión pública diseñado en el Tavistock y descrito en uno de sus manuales como el «mensaje que llega a los órganos sensoriales de las personas que deben ser influenciadas».
«Hoy la gente cree que está bien informada, pero no se da cuenta de que las opiniones que cree suyas son, de hecho, creadas en instituciones y por los think tank de Estados Unidos; ninguno de nosotros es libre para formar sus propias opiniones porque la información de la que disponemos nos la ofrecen los medios de comunicación y las encuestadoras.» Uno de esos think tank, por ejemplo, se llama Research Analysis Corporation, una organización ubicada en McLean, Virginia, Estados Unidos. Creada en 1948, los bilderbergers se apoderaron de ella en 1961, cuando pasó a formar parte del John Hopkins Institute. Ha trabajado en más de seiscientos proyectos, entre ellos el de la integración de las personas de color negro en el ejército, programas para el uso táctico de las armas nucleares y para el control de la población, además de algunos estudios tan ingeniosamente titulados como Análisis de las batallas terrestres de los años 1618-1905 y su aplicación al combate actual. Esta corporación está entrelazada con la Corporación Rand y muchas otras más. Rand es un notable think tank de la CIA interrelacionado con el Tavistock.
(...)
De hecho, los investigadores descubrieron (tras un período de prueba de seis meses) que menos del 10% de los sujetos estudiados distinguían entre el proceso lógico racional al observar un problema y la mera opinión particular sobre el problema. Desde entonces, los que se dedican a lavar el cerebro han aplicado el mismo principio a la guerra y a todo problema concebible de la sociedad en general. Piensen, por ejemplo, en las actuales campañas antitabaco, en el movimiento nacionalista catalán, en la Constitución Europea, en los problemas de inmigración en toda Europa, en las guerras de Afganistán e Irak, en el impulso independentista de Quebec, en la escasez de petróleo en Asia y sus repercusiones directas en el Estado de Bienestar de Europa. De hecho, en 1991, al igual que lo que sucedió en las primeras fases de la actual guerra de Irak, más del 87% de los norteamericanos apoyó inicialmente una guerra ilegal, genocida e inconstitucional. Y no se trata de un fenómeno local. Un porcentaje similarmente elevado de ciudadanos españoles, por ejemplo, votó a favor de la Constitución Europea a pesar de que las encuestas mostraban repetidamente que sólo una minúscula fracción de esa gente había leído el texto objeto de la votación.
Curiosamente, en el Tavistock, Trist y Emery desarrollaron una teoría de la «turbulencia social», un llamado «efecto de ablandamiento de conmociones de futuro», en el que la población sería ablandada a través de acontecimientos que llegasen a todos: escasez de energía, colapso económico y financiero, y ataques terroristas. «Si las “conmociones” se suceden rápidamente y su intensidad es cada vez mayor, es posible llevar a la sociedad entera a un estado de psicosis de masas», afirmaron Trist y Emery. Además, según ellos, «los individuos se sentirán “disociados”, pues, al tratar de huir del terror de la realidad emergente, se retirarán a un estado de negación, volcándose en los entretenimientos y diversiones populares, y siendo propensos a los estallidos de ira.»
(Continua aquí)
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