Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

sábado, 17 de julio de 2010

Confesiones de un gangster económico (VIII): Acuerdo EEUU con Arabia Saudí

Viene de aquí.


Comienza un nuevo y siniestro período de la historia económica

En tanto que economista jefe yo estaba al frente de un departamento de MAIN y era el responsable de los estudios que se realizaban en todos los lugares del mundo. Pero también se  esperaba de mí que estuviese al corriente de las nuevas tendencias y teorías de la ciencia económica. El comienzo de la década de 1970 fue una época de grandes cambios en la economía internacional.

Durante la década de 1960, varios países se unieron para formar la OPEP, organización de países productores de petróleo, que fue en gran medida una reacción contra el poder de las grandes refinerías. También Irán fue un factor en eso. El sha debía su trono y tal vez su vida a la intervención clandestina de Estados Unidos que acabó con Mosaddeq. Sin embargo, o quizá debido precisamente a ello, el sha tenía aguda conciencia de que podían volverse las tornas contra él, otra vez y en cualquier momento. Los dirigentes de otros países ricos en petróleo compartían esa convicción y la paranoia consiguiente. También sabían que las principales compañías petroleras internacionales, conocidas como «las Siete Hermanas», colaboraban para mantener bajos los niveles de precios del crudo y, por tanto, lo que ellas pagaban a los países productores, para cosechar así beneficios extraordinarios. La OPEP se organizó con el fin de dar la réplica.Todos estos factores confluyeron a comienzos de la década de 1970, cuando la OPEP humilló a los gigantes industriales. Mediante una serie de acciones concertadas, simbolizadas por el embargo de 1973, cuyo emblema más visible fueron las largas colas de coches ante las gasolineras estadounidenses, amenazaron con una catástrofe económica peor que la Gran Depresión. El golpe apuntaba directamente al sistema económico del mundo desarrollado y era de una magnitud que pocas personas empezaban a comprender por aquel entonces.


La crisis del petróleo no podía llegar en peor momento para Estados Unidos. La nación estaba confusa, desmoralizada y llena de dudas, abatida por la derrota en la guerra de Vietnam y con un presidente que estaba a punto de dimitir. Los problemas de Nixon no se confinaban al Sudeste asiático y al escándalo del Watergate. Había accedido al poder en un momento que, contemplado retrospectivamente, parecería a muchos el umbral de una nueva época de la política y la economía mundiales. En aquellos días se hubiera dicho que los «pequeños» iban a prevalecer, si contábamos entre ellos a los países de la OPEP.

Estos acontecimientos mundiales a mí me fascinaban. Yo vivía de la corporatocracia, pero en mi fuero interno algún repliegue secreto se alegraba al ver cómo había alguien que ponía a raya a mis amos. Supongo que eso calmaba un poco mis remordimientos. Imaginaba el fantasma de Tom Paine aplaudiendo entre bastidores a los de la OPEP. Ahora bien, en el momento en que se produjo el embargo ninguno de nosotros podía tener una idea completa de sus repercusiones. Teníamos nuestras teorías, desde luego, pero no veíamos lo que ha quedado bien claro en el tiempo transcurrido desde entonces. Ahora, a posteriori, observamos que después de la crisis los índices de crecimiento económico quedaron reducidos a la mitad, en comparación con los promedios de las décadas de 1950 y 1960, y que se enfrentaban a presiones inflacionistas mucho más intensas. Además, el menguado crecimiento había cambiado estructuralmente, en el sentido de que apenas creaba puestos de trabajo, y el desempleo se había disparado. Para colmo, el sistema monetario internacional había recibido un duro golpe. En esencia, se hundió la red de los tipos de cambio fijos establecida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En esa época me reunía a menudo con los amigos para discutir estas cuestiones durante el almuerzo, o alrededor de unas cervezas al final de la jornada. Algunas de esas personas trabajaban a mis órdenes. Mi equipo comprendía a algunos hombres y mujeres muy hábiles, jóvenes por lo general y librepensadores en su mayor parte, al menos según los criterios convencionales. Otros eran ejecutivos de prestigiosos gabinetes bostonianos y profesores de la universidad. Uno de ellos era consejero de un congresista del Estado. Eran reuniones informales, algunas veces reducidas a dos interlocutores y otras, con una docena de tertulianos, pero siempre animadas y vociferantes. Al recordar aquellas discusiones me avergüenzo un poco del sentimiento de superioridad que me invadía. Yo sabía muchas cosas que no podía decir. Mis amigos presumían a veces de sus credenciales: sus relaciones dentro del mundo político local o el de Washington, sus cátedras y sus títulos. Yo replicaba poniéndome en mi papel de economista jefe de una consultaría importante, de alguien que viajaba en primera clase por todo el mundo. Pero no podía mencionar mis entrevistas cara a cara con hombres como Torrijos, o lo que sabía sobre nuestra manera de manipular a los países de todos los continentes. Esto era una fuente de arrogancia interior, pero también de frustración.

Cuando hablábamos del poder de «los pequeños», me veía obligado a ejercer gran dominio sobre mí mismo. Yo sabía lo que ellos no tenían modo de saber. Que la corporatocracia, su banda de gángsteres económicos y los chacales agazapados detrás nunca permitirían que los pequeños tomasen el mando de los asuntos.

Bastaba con fijarse en los ejemplos de Arbenz y Mosaddeq y en otro caso más reciente, éste de 1973: la caída de Salvador Allende, el presidente democráticamente elegido por los chilenos. A mi modo de ver, el dominio omnímodo del imperio global de hecho estaba reforzándose, pese a la OPEP... o con la ayuda de la OPEP, como ya sospechaba entonces, pero no pude confirmarlo sino más tarde.

Nuestras conversaciones giraban a menudo alrededor de las semejanzas que encontrábamos entre los comienzos de dos décadas, la de 1970 y la de 1930. Ésta significó una importante divisoria en la economía internacional y en las maneras de estudiarla, analizarla e interpretarla. La década de 1930 abrió las puertas a la teoría económica keynesiana y a la idea de que las administraciones deben desempeñar un papel principal como orientadoras de los mercados y suministradoras de servicios; por ejemplo la sanidad, el subsidio de desempleo y otras formas de providencia social. Nos alejábamos de los supuestos tradicionales sobre autorregulación de los mercados y mínima intervención de los organismos públicos.

La Depresión dio lugar al New Deal. Las disposiciones políticas promovieron la regulación económica, el intervencionismo de las autoridades financieras y el uso generalizado de los instrumentos fiscales. Tanto la Depresión como la Segunda Guerra Mundial condujeron además a la creación de organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, General Agreement on Tariffs and Trade). La de 1960 fue una década crucial de este período y para el paso de la economía neoclásica a la keynesiana. Eso ocurrió bajo las administraciones Kennedy y Johnson, y debido fundamentalmente a la influencia de un solo hombre, Robert McNamara.

McNamara era un visitante asiduo de nuestra tertulia... in absentia, por supuesto. Todos conocíamos su meteórico ascenso a la celebridad, 'de director de planificación y análisis financiero en Ford Motor Company en 1949 a presidente de la Ford en 1960, el primero no perteneciente a la familia Ford en esa compañía. Poco después de esto, Kennedy lo nombró secretario de Defensa. McNamara se mostró muy partidario de los planteamientos keynesianos en la administración e introdujo modelos matemáticos y enfoques estadísticos para determinar la dotación de tropas, la asignación de fondos y otras estrategias en Vietnam. Su postulado del «liderazgo agresivo» hizo numerosos partidarios tanto entre los gestores de la cosa pública como entre los ejecutivos empresariales. Fue el fundamento de un nuevo método filosófico de enseñanza de la gestión en las mayores escuelas de ciencias empresariales del país y, con el tiempo, engendró toda una nueva raza de gerentes y directores generales destinados a formar la avanzadilla del imperio global.1

Mientras discutíamos los acontecimientos mundiales alrededor de nuestra mesa, nos fascinaba en especial el papel de McNamara como presidente del Banco Mundial, cargo que aceptó poco después de dejar la secretaría de Defensa. Muchos de mis amigos destacaban que con esto se convertía en el símbolo de lo que muchos llamaron por aquel entonces «el complejo militar-industrial». Había ocupado el cargo máximo en una gran corporación, en un gabinete ministerial y ahora en el banco más poderoso del mundo. A muchos les horrorizaba tan obvia infracción al principio de separación de poderes; entre ellos, yo era quizás el único que no se sorprendía lo más mínimo.

En la actualidad, considero que la contribución más grande e históricamente más siniestra de McNamara fue desvirtuar el Banco Mundial hasta convertirlo en agente del imperio global a una escala nunca vista con anterioridad. Además sentó un precedente. Su capacidad para saltarse los compartimientos entre los sectores primordiales de la corporatocracia fue perfeccionada por sus sucesores. George Shultz, por ejemplo, fue secretario del Tesoro y presidente del Consejo de Política Económica bajo Nixon, luego presidente de la Bechtel y seguidamente secretario de Estado bajo Reagan. Después de vicepresidente y miembro del consejo de administración de Bechtel, Caspar Weinberger fue secretario de Defensa con Reagan. El director de la CÍA en tiempos de Johnson, que fue Richard Helms, recibió luego de Nixon el nombramiento de embajador en Irán. Richard Cheney ha sido secretario de Defensa bajo George H. W. Bush, presidente de la Halliburton y vicepresidente de Estados Unidos con George W. Bush. E incluso un presidente de Estados Unidos, el citado George H. W. Bush, empezó como fundador de Zapata Petroleum Corp., ejerció como embajador ante Naciones Unidas bajo los presidentes Nixon y Ford y fue nombrado director de la CÍA por Ford.

Al recordar esa época me sorprende todavía la ingenuidad que la caracterizaba. En muchos aspectos éramos todavía prisioneros de la idea tradicional de la construcción de imperios. Kermit Roosevelt nos había mostrado un camino mejor, cuando derribó a un demócrata iraní para reemplazarlo por un rey despótico. Nosotros los gángsteres económicos llegamos a cubrir muchos de nuestros objetivos en lugares como Indonesia y Ecuador. Y, sin embargo, Vietnam fue un ejemplo asombroso de lo fácil que podía ser volver a caer en las viejas rutinas. El país miembro principal de la OPEP, Arabia Saudí, vino a cambiar todo eso.


NOTAS

1. «Robert S. McNamara: 8th Secretary of Defense», http://www. defenselink.mil (acceso del 23 de diciembre de 2003).


Arabia Saudí y el caso del
blanqueo de dinero

En 1974, un diplomático de Arabia Saudí me mostró unas fotografías de Riad, la capital de su país. En una de las fotos se veía un rebaño de cabras que hurgaba entre montones de desperdicios al lado de unas oficinas públicas. Cuando pregunté al diplomático, su respuesta me escandalizó. Dijo que las cabras eran el principal sistema de recogida de residuos de la ciudad.
—Ningún saudí que se respete a sí mismo se dedica a recoger la basura —dijo—. Eso se lo dejamos a los animales.
¡Cabras! En la capital del reino petrolero más grande del mundo. Era increíble.

En esa época yo formaba parte de un grupo de asesores que trataban de hilvanar una solución para la crisis del petróleo. Las cabras me permitieron intuir de qué manera iría germinando dicha solución, sobre todo teniendo en cuenta los esquemas de desarrollo de aquel país durante los últimos tres siglos. Su historia está llena de episodios de violencia y fanatismo religioso. En el siglo XVIII un caudillo local, Muhammad ibn Saud, se alió con los fundamentalistas de la ultraconservadora secta wahabí. La unión se evidenció poderosa y durante los dos siglos siguientes la familia Saud y sus aliados conquistaron la mayor parte de la península arábiga, incluidas las dos ciudades más santas, La Meca y Medina.

La sociedad saudí era un reflejo de las ideas puritanas de sus fundadores y en ella se impuso una interpretación estricta de las creencias coránicas. Una policía religiosa se encargaba de hacer cumplir el mandato de las cinco oraciones diarias. Las mujeres debían taparse desde la cabeza hasta los pies. Los delitos se castigaban con severidad. Las decapitaciones y lapidaciones públicas eran moneda corriente. En mi primera visita a Riad quedé muy sorprendido cuando mi chófer me dijo que podía dejar la cámara, el portafolios e incluso la billetera a la vista dentro del coche, estacionado junto al zoco, sin necesidad de echar el cierre.
—A nadie se le ocurre robar aquí. A los ladrones les cortan las manos — dijo.
Poco después propuso llevarme a visitar la plaza de las ejecuciones públicas, ya que estaba prevista una decapitación para ese mismo día. La adhesión del wahabismo a lo que nosotros calificaríamos de puritanismo extremo consigue limpiar las calles de ladrones... pero exige los castigos corporales más severos para quienes transgreden las leyes. Decliné la invitación.

El criterio saudí de la religión como elemento importante de lo político y lo económico tuvo que ver con el embargo del petróleo que sacudió el mundo occidental. El 6 de octubre de 1973, día del Yom Kippur o del Gran Perdón, uno de los más santos del calendario judío, Egipto y Siria lanzaron sendos y simultáneos
ataques contra Israel. Éste fue el comienzo de la guerra de Octubre, la cuarta y la más destructiva de las guerras árabigo-israelíes y la que más impresionó al mundo entero. El presidente de Egipto, Sadat, presionó al rey Faisal de Arabia Saudí para que castigase la complicidad de Estados Unidos con los israelíes utilizando lo que Sadat llamó «el arma del petróleo». El 16 de octubre, Irán y los cinco estados árabes del Golfo, entre ellos Arabia Saudí, anunciaron un aumento del 70 por ciento sobre el precio oficial del crudo. Reunidos en la capital de Kuwait, los ministros árabes del petróleo consideraron otras opciones. El representante iraní era vehemente partidario de tomar medidas contra Estados Unidos. Pidió al resto de los delegados la nacionalización de los activos estadounidenses localizados en el mundo árabe, la imposición de un
embargo total del petróleo a Estados Unidos y a todas las demás naciones amigas de Israel y la retirada de los depósitos árabes de todos los bancos estadounidenses. Argumentó que las cuentas bancarias árabes eran sustanciales y que esa medida tal vez desencadenaría un pánico similar al de 1929. Varios ministros árabes titubeaban en adherirse a un plan tan radical. El 17 de octubre decidieron actuar sobre las líneas de un embargo algo más limitado, con un recorte de producción inicial del 5 por ciento seguido de nuevos recortes del 5 por ciento cada mes, hasta que se cumpliesen los objetivos políticos. Hubo acuerdo en el sentido de que Estados Unidos merecía más severidad por su apoyo a los israelíes, y por tanto el embargo contra este país debía ser más severo. Algunos de los países asistentes anunciaron recortes del 10 por ciento en vez del cinco.

El 19 de octubre, el presidente Nixon solicitó al Congreso 2.200 millones de dólares para ayudar a Israel. Al día siguiente, Arabia Saudí y otros productores árabes impusieron un embargo total sobre las expediciones de crudo con destino a Estados Unidos.1

El embargo concluyó el 18 de marzo de 1974. Su duración fue breve pero su impacto, inmenso. El precio de venta del crudo saudí pasó de los 1,39 dólares por barril del 1 de enero de 1970 a los 8,32 dólares del 1 de enero de 1974.2

Los políticos y las administraciones posteriores no olvidaron jamás las enseñanzas de la primera mitad de ese decenio. A largo plazo, esos breves pero traumáticos meses sirvieron para reforzar la corporatocracia. Sus tres pilares —las grandes empresas, la banca internacional y el gobierno — se unieron con más solidez que nunca, y esa unión se reveló duradera.

El embargo produjo también significativos cambios de actitud en lo político. Wall Street y Washington estuvieron de acuerdo en que tal embargo no debía volver a ser tolerado jamás. Proteger nuestro aprovisionamiento de crudo había sido siempre una prioridad, pero después de 1973 pasó a constituir una obsesión. Con el embargo, Arabia Saudí adquirió la categoría de protagonista digna de consideración en la política mundial, viéndose Washington obligada a reconocer la estratégica importancia de aquel reino para
nuestro sistema económico. Los líderes de la corporatocracia estadounidense buscaron con desesperación los métodos que les permitieran repatriar petrodólares a Estados Unidos, lo que dio lugar a reflexiones sobre el hecho de que las autoridades saudíes carecían de la infraestructura administrativa e institucional necesaria para gestionar adecuadamente el rápido crecimiento de su fortuna.

Para Arabia Saudí, el incremento de renta resultante de los sucesivos aumentos en el precio del crudo no traía sólo ventajas. Cierto que las arcas del país se llenaban de miles de millones de dólares. Pero, al mismo tiempo, esa repentina riqueza minaba algunas de las estrictas creencias religiosas de los wahabíes. Los saudíes ricos viajaban por todo el planeta. Cursaban estudios en los institutos y las universidades de Europa y Estados Unidos. Compraban coches de lujo, y llenaban sus casas de enseres occidentales. Las creencias religiosas conservadoras estaban siendo reemplazadas por una nueva forma de materialismo. Y fue este materialismo el que sugirió el remedio a los temores de una repetición futura de la crisis del petróleo.

Casi tan pronto como acabó el embargo, Washington empezó a negociar con los saudíes para ofrecerles asistencia técnica, armamento e instrucción militar. Y, además, la oportunidad de colocar el país en el siglo XX a cambio de petrodólares y de algo más importante todavía, el compromiso de no volver a decretar un embargo del petróleo. El resultado de estas negociaciones fue la creación del organismo más extraordinario que se haya visto jamás, la comisión económica conjunta Estados Unidos-Arabia Saudí. Conocida como JECOR, incorporaba un concepto innovador, a diferencia de los programas tradicionales de ayuda internacional: pagar con el dinero saudí a las empresas contratistas estadounidenses encargadas de la construcción de ese país.

Aunque la administración general y la responsabilidad fiscal se delegaron al departamento estadounidense del Tesoro, esta comisión gozaba de gran independencia. En fin de cuentas se gastaron miles de millones de dólares durante un período superior a los veinticinco años, prácticamente sin supervisión parlamentaria alguna. Como los fondos públicos de Estados Unidos no intervenían para nada, el Congreso carecía de jurisdicción sobre el tema, pese al papel del Tesoro. En un detenido estudio sobre la JECOR, David Holden y Richard Johns concluyen que «fue el acuerdo más amplio de este tipo jamás concluido por Estados Unidos con un país en vías de desarrollo. Auguraba la posibilidad de un arraigo permanente de Estados Unidos en ese Reino, reforzando el concepto de interdependencia mutua».3

Muy pronto, el departamento del Tesoro acudió al asesoramiento de MAIN. Fui convocado y se me anunció que iba a encargarme de una misión crítica. Y que todo lo que hiciese y llegase a saber tendría consideración de altamente confidencial. A mi modo de ver, aquello se parecía bastante a una operación clandestina. En la época se me hizo creer que MAIN sería la asesora principal del proceso; más adelante me di cuenta de que no éramos más que una entre varias consultorías solicitadas por su conocimiento experto. Como todo se hacía con el mayor secreto, no tuve comunicación de lo hablado por el Tesoro con otros asesores y, por tanto, tampoco estoy seguro de la poca o mucha importancia de mi contribución a ese acuerdo que iba a sentar precedentes. Sí me consta, en todo caso, que la negociación estableció nuevas normas para el
gangsterismo económico y que puso en marcha iniciativas innovadoras en comparación con los planteamientos tradicionales de los forjadores de imperios. También me consta que la mayoría de los supuestos desarrollados en mis estudios se llevaron finalmente a la práctica. La MAIN fue premiada con uno de los primeros grandes contratos de Arabia Saudí, que resultó sumamente rentable, y aquel año yo cobré una sustanciosa paga extra.

Mi tarea consistió en desarrollar predicciones de lo que podría suceder en Arabia Saudí suponiendo que se realizasen grandes inversiones de infraestructura, y en proponer diversas alternativas para la asignación de dichas inversiones. En una palabra, se me requería que aplicase la mayor imaginación posible para justificar la inyección de cientos de millones de dólares en el sistema económico saudí, condicionada a la contratación de compañías estadounidenses de ingeniería y construcción. Se me ordenó que me encargase personalmente y sin requerir la colaboración de mi equipo, a cuyo fin quedé secuestrado en una salita de reuniones varios pisos más arriba de donde estaban los despachos de mi departamento. Se me advirtió que mi trabajo era asunto de seguridad nacional y además prometía gran rentabilidad para MAIN.

Yo había comprendido, por supuesto, que en este caso la finalidad primaria no era la acostumbrada —echar sobre el país un fardo de deuda que nunca pudiese reembolsar—, sino encontrar procedimientos para conseguir que una gran parte de los petrodólares emprendiesen el camino de regreso a Estados Unidos, de tal manera que Arabia Saudí quedase comprometida, su economía cada vez más entrelazada con la nuestra y dependiente de ella. Al mismo tiempo era de suponer que el país iría occidentalizándose y, por tanto, simpatizaría más con el sistema en que se integraba.

Tan pronto como puse manos a la obra entendí que las cabras trashumantes por las calles de Riad eran la clave simbólica, el punto álgido de aquellos saudíes que volaban por todo el mundo en clase preferente. Las cabras estaban pidiendo ser reemplazadas por algo más apropiado para ese reino del desierto impaciente por ingresar en el mundo moderno. También sabía que los economistas de la OPEP recomendaban la adquisición de más productos de alto valor añadido por parte de los países productores, a cambio del petróleo de éstos. En vez de limitarse a exportar el crudo, decían los economistas, esos países debían desarrollar industrias propias. Es decir, utilizar el petróleo para producir derivados que se venderían al resto del mundo a precios superiores a los obtenidos con la venta del crudo.

Esta doble conclusión abría la puerta a una estrategia que, a mi parecer, prometía una situación en la que todos saldrían ganando. Por supuesto, las cabras no serían más que el comienzo. Las rentas del petróleo se emplearían en contratar compañías estadounidenses que sustituirían a aquéllas por sistemas modernos de recogida y tratamiento de residuos, los mejores que se encontrasen en el mundo, para que los saudíes pudiesen enorgullecerse de su progreso técnico. Para mí las cabras eran uno de los elementos de una ecuación que sería aplicable a casi todos los sectores de la economía del reino, y una fórmula para el éxito a ojos de la familia real, del departamento estadounidense del Tesoro y de mis jefes en MAIN. De acuerdo con esa fórmula, el dinero se asignaría a la creación de un sector industrial centrado en la transformación del crudo en productos derivados exportables. Así crecerían en el desierto grandes complejos petroquímicos y, alrededor de ellos, grandes parques industriales. Como es natural, semejante proyecto exigiría también la instalación de miles de megavatios de capacidad generadora, con sus correspondientes líneas de transporte y distribución, así como de carreteras, oleoductos, redes de comunicaciones. Los sistemas de transporte comprenderían nuevos aeropuertos, ampliación de los puertos de mar, una amplia gama de servicios y demás infraestructura esencial para que girasen todos esos engranajes.

Todos albergábamos las máximas esperanzas, en el sentido de que este plan suministrase un modelo para actuaciones futuras en el resto del mundo. Aquellos saudíes tan aficionados a viajar por el planeta llevarían a todas partes el elogio de nuestra actuación. Los dirigentes de muchos países serían invitados a visitar Arabia Saudí para contemplar los milagros realizados por nosotros, y luego nos llamarían para que desarrollásemos planes parecidos en sus países. Y cuando éstos no perteneciesen al círculo de la OPEP, recurriríamos al Banco Mundial u otros métodos de endeudamiento para financiarlos. El imperio mundial estaba servido.

Mientras estudiaba estas ideas pensaba en las cabras, y las palabras de mi chófer resonaban a menudo en mis oídos: «Ningún saudí que se respete a sí mismo se dedica a recoger la basura». Esa frase la había oído muchas veces en varios contextos diferentes. Era evidente que los saudíes no tenían la menor intención de poner a trabajar a sus ciudadanos en tareas serviles, ni como obreros en las instalaciones industriales ni en la construcción física de ninguno de los proyectos. Para empezar, no contaban con una población suficiente. Además, la Casa Real de Saud había indicado su intención de proporcionar a esos ciudadanos un nivel de educación y un estilo de vida incompatibles con la condición de obreros manuales. Los saudíes quizá dirigirían a otros, pero no tenían interés alguno ni deseo de convertirse en trabajadores de fábrica o de la construcción. Por tanto, sería preciso importar mano de obra de otros países. Países de salarios bajos y de mucho desempleo, de Oriente Próximo a ser posible, u otros del mundo islámico. Por ejemplo, Egipto, Palestina, Pakistán y Yemen.

Esta perspectiva creaba una estratagema todavía más grande con vistas a las oportunidades de desarrollo. Sería necesario construir enormes bloques de viviendas para esos trabajadores; y también centros comerciales, hospitales, parques de bomberos y comisarías de policía, plantas de tratamiento de agua potable y de residuos, centrales eléctricas, vías de comunicación y redes de transporte. De hecho, se trataba de construir ciudades modernas donde antes sólo existía el desierto. Era también una oportunidad para explorar nuevas tecnologías, por ejemplo plantas de desalinización, transmisiones por microondas, complejos hospitalarios y sistemas informáticos.

Arabia Saudí era el sueño del planificador convertido en realidad y también el premio gordo para cualquier persona relacionada con negocios de ingeniería y construcción. Ofrecía una oportunidad económica nunca vista en la historia: un país subdesarrollado, pero con recursos financieros virtualmente ilimitados y con el deseo de entrar en el mundo moderno a lo grande, y cuanto antes.

He de confesar que disfruté enormemente con este trabajo. No existían, ni en Arabia Saudí ni en la biblioteca pública de Boston ni en parte alguna, datos sólidos y susceptibles de justificar el empleo de modelos econométricos en aquel contexto. En realidad, la magnitud del designio —la transformación total e inmediata de todo un país a una escala nunca antes planteada— significaba que, aunque hubiesen existido datos históricos, éstos habrían sido del todo irrelevantes. Por otra parte, nadie me pedía este tipo de análisis cuantitativo, al menos en esa fase del juego. Se trataba de poner a trabajar la imaginación, sencillamente, y de escribir dictámenes que pintasen un futuro glorioso para el reino. Yo disponía de algunas estimaciones a ojo de buen cubero para valorar esas cosas, como el coste aproximado de producción de un megavatio de electricidad o de un kilómetro de carretera, o el coste del abastecimiento de agua, del tratamiento de residuos, de la vivienda, de la alimentación y demás servicios por cada trabajador enrolado. No se me exigía que ajustase dichas estimaciones, ni que presentase conclusiones finales. Mi trabajo consistía en describir una serie de planes (o tal vez sería más exacto decir «visiones») de lo que pudiese hacerse, junto con unas estimaciones aproximadas de lo que, en su caso, iban a costar.

En todo momento tuve presentes los verdaderos objetivos: maximizar la rentabilidad para las compañías estadounidenses y conseguir que Arabia Saudí dependiese cada vez más de Estados Unidos. No tardé mucho en comprender que lo uno iba estrechamente vinculado a lo otro. Casi todos los proyectos que se realizaran exigirían mantenimiento permanente y actualización continua, y eran de un carácter tan técnico que sería forzoso confiar a las contratistas originales esas tareas de conservación y modernización. Y, en efecto, conforme adelantaba en mi tarea, empecé a establecer dos listas para cada uno de los proyectos que planteaba: la primera, para los tipos de contratos de diseño y construcción a que podíamos aspirar y, la segunda, para los acuerdos a largo plazo en cuanto a servicios de asistencia técnica y administración. MAIN, Bechtel, Brown & Root, Halliburton, Stone & Webster y otras muchas compañías estadounidenses de proyectos y contratas cosecharían espléndidos beneficios durante varios decenios.

Más allá del terreno puramente económico, Arabia Saudí iba a quedar dependiente de nosotros por otro motivo muy distinto y bastante más recóndito. Era de prever que la modernización del acaudalado reino petrolero suscitaría reacciones adversas. Por ejemplo, enfurecería a los musulmanes conservadores. Israel y otros países vecinos se sentirían amenazados. El desarrollo económico de aquel país daría lugar al florecimiento de otra industria: la protección de la península árabe. Las compañías privadas especializadas en este género de actividades, así como los militares y la industria de defensa estadounidenses también podían aspirar a generosos contratos... acompañados, una vez más, de protocolos de servicio y administración a largo plazo. Su presencia exigiría otra fase de diseño y construcción de aeropuertos, emplazamientos de misiles, alojamientos para el personal y las demás infraestructuras asociadas a tal género de instalaciones.

Yo enviaba mis informes por medio del correo interior, en sobres cerrados y dirigidos al «Director de proyectos del departamento del Tesoro». En ocasiones me reuní con un par de miembros de nuestro equipo, vicepresidentes de MAIN y superiores míos. Como nuestro proyecto no tenía denominación oficial, puesto que todavía se hallaba en fase de investigación y desarrollo y aún no había sido comunicado a la JECOR, cuando hablábamos de él —siempre en voz baja— lo llamábamos SAMA, iniciales de «caso del blanqueo de dinero árabe saudí» (Saudi Arabian Money-Laundering Affair), pero que escondían otro juego de palabras malicioso, dado que el banco central de los saudíes tenía el nombre oficial de Saudi Arabian Monetary Agency.

A veces se nos unía algún representante del Tesoro. Durante estas reuniones hice pocas preguntas. Cuando hablaba era sobre todo para describir mi trabajo, contestar a los comentarios de los demás y aceptar lo que quisieran encargarme. Los vicepresidentes y el delegado del Tesoro quedaron especialmente impresionados por mis ideas sobre los servicios de asistencia técnica y administración. Sobre esto, uno de los vicepresidentes acuñó una frase que luego citábamos con frecuencia, cuando dijo que el reino saudí era «la vaca que ordeñaremos hasta que se ponga el sol sobre nuestra jubilación». Para mí, esa frase evocaba siempre imágenes de cabras, antes que de vacas. Fue durante estas reuniones cuando me enteré de que varias de nuestras competidoras se hallaban embarcadas en tareas paralelas; todos esperábamos que nuestros esfuerzos fuesen finalmente premiados mediante lucrativos contratos.

Supuse que tanto MAIN como las demás consultorías corrían con los gastos de estos trabajos preliminares, aceptando el riesgo inmediato a cambio de una futura tajada del pastel. Un indicio corroboraba esta suposición: que los boletines en donde se anotaban las horas de trabajo personal dedicadas a la actividad llevaban el código de la cuenta a cargar, y éste era un número de los correspondientes a gastos generales y administrativos. Esta disposición era típica de las fases preliminares de investigación y desarrollo de la mayoría de los proyectos. En aquel caso el volumen de la inversión inicial era desde luego muy superior a lo habitual, pero los vicepresidentes se mostraban muy confiados en cuanto a las posibilidades de recuperarla.

Aun sabiendo que nuestras competidoras intervenían también, todos suponíamos que habría pastel para todos. Yo llevaba en el sector tiempo suficiente para prever que las remuneraciones reflejarían el grado de satisfacción del Tesoro con el trabajo que habíamos realizado, y que las consultorías cuyas sugerencias se llevasen finalmente a efecto se adjudicarían los contratos más sabrosos. De modo que me planteé un reto personal: los distintos supuestos que elaboraba tendrían que profundizar hasta la etapa de diseño y construcción. Mi estrella en MAIN se hallaba en órbita ascendente y esa trayectoria se aceleraría mucho si yo lograba una posición destacada en el SAMA y el éxito consiguiente.

En estas reuniones se discutía también la probabilidad de que el SAMA y toda la operación JECOR sentasen nuevos precedentes. Representaba un enfoque innovador para operaciones lucrativas en países que no tuviesen necesidad de endeudarse a través de los bancos internacionales. Irán e Iraq acudían enseguida a la imaginación como posibles ejemplos de tales países. Además, y teniendo en cuenta la naturaleza humana, nos parecía probable que los dirigentes de estos países se sintieran motivados para tratar de emular a la Arabia Saudí. No cabían muchas dudas de que el embargo petrolero de 1973—que tan funesto había parecido al principio— acabaría por ofrecer muchos regalos inesperados al sector de la ingeniería y la construcción, y seguiría ayudando a allanar el camino para crear un imperio mundial.

En esta fase visionaria estuve ocupado unos ocho meses, aunque nunca más de un par de días seguidos (pero eso sí, muy intensos), recluido en mi salita privada o en mi apartamento con vistas al casco viejo de Boston. Mis colaboradores tenían otros cometidos y sabían desenvolverse solos, aunque de vez en cuando les hacía una visita de inspección. Con el tiempo, el secreto que envolvía nuestro trabajo empezó a relajarse un poco. Muchas personas sabían que se preparaba «algo gordo» en relación con Arabia Saudí. La excitación subía de grado y circulaban muchos rumores. Los vicepresidentes y los delegados del Tesoro empezaron a aflojar su hermetismo. En parte, me parece, porque ellos mismos recibían ya más información conforme iban perfilándose los detalles del ingenioso plan.

De acuerdo con lo que íbamos sabiendo, Washington deseaba que los saudíes garantizasen el aprovisionamiento de petróleo en volumen y precio. Estos valores podían fluctuar pero siempre debían mantenerse en los límites de lo aceptable para Estados Unidos y nuestros aliados. Si otros países como Irán, Iraq, Indonesia o Venezuela amenazaban con el embargo, Arabia Saudí con sus inmensos recursos petrolíferos intervendría para cubrir la diferencia, y la simple constancia de que podía hacerlo a la larga sería suficiente para disuadir a los demás países de considerar siquiera el embargo. A cambio de esta garantía, Washington ofrecería a la Casa de Saud un acuerdo irresistiblemente seductor: Estados Unidos se comprometía a darle pleno apoyo político y (en caso necesario) militar, con lo que aquélla perpetuaría su dominio sobre el país.

Era un trato al que la Casa de Saud prácticamente no podía negarse, teniendo en cuenta su ubicación geográfica, su debilidad militar y su vulnerabilidad, en todos los sentidos, frente a vecinos como Irán, Siria, Iraq e Israel. En lógica consecuencia, Washington utilizaba su ventaja para imponer otra condición crítica. Era una condición susceptible de redefinir el papel del gangsterismo económico en el mundo —y de proporcionar un modelo que luego trataríamos de aplicar en otros países, en especial Iraq. En retrospectiva, a veces me cuesta entender cómo pudo Arabia Saudí aceptar esa condición. Desde luego el resto del mundo árabe, la OPEP y otros países islámicos se escandalizaron cuando descubrieron los términos del acuerdo y la manera en que la casa real había capitulado ante las exigencias de Washington.

Esa condición fue que Arabia Saudí dedicase sus petrodólares a comprar bonos de la deuda pública estadounidense. A cambio, los intereses devengados por estos títulos serían invertidos por el departamento estadounidense del Tesoro de manera que garantizasen el despegue de aquella sociedad medieval y su entrada en el mundo industrializado y moderno. O dicho de otro modo, el interés calculado sobre los miles de millones de dólares de la renta petrolera del reino serviría para pagar a las compañías estadounidenses encargadas de realizar la visión que yo y (era de suponer) algunos de mis competidores habíamos concebido a fin de transformar a Arabia Saudí en una moderna potencia industrial. Nuestro propio departamento del Tesoro nos contrataba, pagando los saudíes, para construir proyectos de infraestructura y hasta ciudades enteras en toda la península árabe.

Aunque los saudíes se reservaban poder opinar en relación con la naturaleza general de esos proyectos, la realidad era que un cuerpo escogido de forasteros (la mayoría infieles, según la manera de ver de los musulmanes) iba a determinar tanto el aspecto como la sustancia económica de la península árabe, y esto en un reino fundado sobre los principios wahabíes más conservadores y regido con arreglo a ellos durante un par de siglos. Era pedirles un acto de fe muy grande, pero habida cuenta de las circunstancias y de
las probables presiones políticas y militares que sin duda debió poner en juego Washington, me pareció que no le quedaban muchas alternativas a la familia Saud.

Desde nuestro punto de vista, las perspectivas de inmensos beneficios parecían no tener límites. Era una prebenda extraordinaria, con posibilidades de constituirse en precedente. Y para hacerla todavía más apetitosa, nadie se vería en la necesidad de solicitar la aprobación del Congreso, trámite siempre odiado
por las corporaciones y más especialmente por las compañías privadas como Bechtel y MAIN, que prefieren no abrir sus libros a nadie ni tener que compartir sus secretos. Thomas W. Lippman, especialista adjunto al Middle East Institute y en su día periodista, resume con elocuencia los puntos destacados de aquel acuerdo:
Los saudíes, atiborrados de efectivo, entregarían cientos de millones de dólares al Tesoro y éste controlaría los fondos hasta que se necesitasen para pagar a los vendedores o al personal. Con este sistema se garantizaba el reciclado del dinero saudí devolviéndolo a la economía estadounidense[...] También se garantizaba que los gerentes de la comisión pudieran abordar cualesquiera proyectos acordados entre ellos y los saudíes sin necesidad de dar explicaciones al Congreso.4

El establecimiento de los parámetros para esta histórica empresa llevó menos tiempo del que cualquiera habría imaginado. Pero luego, como es natural, faltaba determinar la manera de implementarlos. A fin de poner en marcha el proceso tendría que desplazarse a Arabia Saudí alguna de nuestras autoridades, pero del máximo nivel. El cometido era sumamente confidencial y nunca he sabido con exactitud quién fue. Creo que enviaron a Henry Kissinger. Quienquiera que fuese, su primera misión consistiría en recordarle a la familia real lo ocurrido en la vecina Irán cuando Mosaddeq quiso deshacerse de los intereses petroleros británicos. A continuación, debió describir aquel plan tan atractivo —demasiado para no aceptarlo—, dando a entender de paso que los saudíes no tenían muchas alternativas más. No dudo de que se quedaron con la clara impresión de que, o bien aceptaban nuestra oferta, adquiriendo así la seguridad de continuar como soberanos contando con nuestra ayuda y protección, o bien podían negarse... y correr la misma suerte que Mosaddeq. Cuando el enviado regresó a Washington llevaba la noticia de que los saudíes estaban dispuestos a cumplir con su parte.

Restaba un pequeño obstáculo. Tendríamos que convencer a otras personalidades clave del régimen saudí. Según se nos informó, era un asunto de familia. Aunque Arabia Saudí no fuese una democracia, al parecer dentro de la Casa de Saud se decidía por consenso. En 1975 recibí el encargo de trabajar con uno de dichos personajes clave. Para mí siempre fue el príncipe W., aunque nunca he averiguado si era realmente de la línea sucesoria. Mi misión consistía en persuadirle de que el «caso del blanqueo de dinero» iba a ser tan beneficioso para su país como para él personalmente. No era tan fácil como pudiera parecer a primera vista. El príncipe W. se consideraba un buen wahabí y manifestó que no le gustaría ver cómo su país seguía los pasos del mercantilismo occidental. Además, dijo haber entendido la naturaleza insidiosa de nuestras propuestas. Sostenía que nosotros perseguíamos los mismos objetivos que los cruzados de hace mil años: la cristianización del mundo árabe. En realidad no iba del todo desencaminado. En mi opinión la diferencia entre los cruzados y nosotros era cuestión de grado. Los cristianos de la Europa medieval proclamaban la intención de salvar del purgatorio a los musulmanes. Nosotros afirmábamos el propósito de ayudar a la modernización de los saudíes. En realidad creo que los cruzados, lo mismo que la corporatocracia, iban principalmente a por la expansión de su imperio.

Creencias religiosas aparte, el príncipe W. tenía una debilidad, que eran las rubias guapas. Ahora resulta casi escandaloso aludir a lo que se ha convertido en un estereotipo incorrecto y, además, debo mencionar que, de los muchos saudíes que he tratado, el príncipe W. ha sido el único en manifestar esa proclividad, o por lo menos el único que la manifestaba en mi presencia. Pero no puede silenciarse porque tuvo su papel en la estructuración de aquel convenio histórico, y demuestra hasta qué extremos estaba yo dispuesto a llegar con tal de cumplir con mi misión.

NOTAS


1. Para más detalles sobre los acontecimientos que condujeron al embargo petrolero de 1973 y sobre sus consecuencias, véase Thomas W. Lippman, Inside the Mirage: America's Fragüe Partnership with Saudi Arabia, Westview Press, Bouder (Colorado), 2004, pp. 155-159; Daniel Yergin, The Prize: The Epic Queso for OH, Money & Power, Free Press, Nueva York, 1993; Stephen Schneider, The Oü Price Revolution, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1983; Ian Seymour, OPEC: Instrument o/Change, McMillan, Londres, 1980.

2. Thomas W. Lippman, Inside tíie Mirage: America's Fragüe Partnership with Saudi Arabia, Westview Press, Boulder (Colorado), 2004, p. 160.

3. David Holden y Richard Johns, The House of Saud: The Rise and Rule of the Most Powerful Dynasty in the Arab World, Holt Rinehart and Winston, Nueva York, 1981, p. 359.

4. Thomas W. Lippman, Inside the Mirage: America's Fragüe Partnership with Saudi Arabia, Westview Press, Boulder (Colorado) 2004, p. 167.


Ejerciendo de proxeneta y financiando a Osama bin Laden

Desde el primer momento, el príncipe W. me hizo saber que todas las veces que me visitase en Boston, deseaba ser atendido por una mujer de su agrado, de quien requeriría otros servicios además de los de simple acompañante. Pero también dejó sentado que no se conformaría con una prostituta profesional, con quien él mismo o alguien de su familia pudiese tropezarse en la calle o en cualquier recepción. Mis reuniones con el príncipe W. eran secretas, así que resultaba más fácil atender a sus deseos. «Sally» era una bella rubia de ojos azules que vivía en el extrarradio de Boston. El marido, un piloto de United Airlines muy viajado en lo profesional y en lo particular, no hacía ningún esfuerzo por ocultar sus infidelidades.

La actitud de Sally en cuanto a las actividades de su marido era de una soberana indiferencia. Apreciaba el sueldo, el cómodo piso de propiedad en Boston y las demás ventajas que la esposa de un piloto disfrutaba en aquellos tiempos. Diez años antes había sido una hippie acostumbrada a mantener relaciones promiscuas. Aceptó enseguida la idea de una fuente secreta de ingresos y se avino a dar una oportunidad al príncipe W., con una sola condición: que el futuro de su relación dependería por completo de la actitud y trato que él manifestase hacia ella. Por suerte para mí, cada uno estuvo a la altura de los criterios del otro. El asunto del príncipe W. con Sally, capítulo secundario del asunto del blanqueo de dinero saudí, creaba para mí una serie de problemas aparte. MAIN prohibía estrictamente a sus asociados que hiciesen nada ilícito y, desde el punto de vista legal, yo estaba ejerciendo de proxeneta (al facilitar servicios sexuales), actividad prohibida por las leyes de Massachusetts. De modo que el problema principal consistía en cómo pagar los servicios de Sally. Por fortuna, el departamento de contabilidad me concedía muchas libertades con mi cuenta de gastos. Yo tengo la costumbre de dar propinas, así que no me fue difícil conseguir que los camareros de algunos de los restaurantes más lujosos de Boston me pasaran recibos en blanco. Esto ocurría en la época en que no eran los ordenadores, sino las personas, quienes rellenaban los recibos.

Con el tiempo, el príncipe W. se volvió cada vez más atrevido, hasta que me pidió que persuadiera a Sally para que se fuese a vivir una temporada a su residencia privada en Arabia Saudí. Esa petición no era demasiado insólita en aquellos días. Existía un activo comercio de mujeres jóvenes entre ciertos países europeos y Oriente Próximo. Estas mujeres firmaban unos contratos por tiempo determinado, transcurrido el cual se volvían a casa con sus cuentas bancarias bien nutridas. Robert Baer, que ha sido analista de la dirección operativa de la CÍA durante veinte años, y especialista en Oriente Próximo, lo resume así: «A principios de la década de 1970, cuando empezaron a correr los petrodólares, algunos libaneses emprendedores empezaron a meter de contrabando en el reino prostitutas para los príncipes... Y como nadie de la familia real sabe cuadrar un talonario de cheques, esos libaneses se hicieron fabulosamente ricos».1

Yo conocía esa situación e incluso conocía algunas personas en condiciones de arreglar tales contratos. Pero esto tenía dos inconvenientes principales para mí: Sally y el pago. Estaba seguro de que Sally no se avendría a dejar Boston para ir a habitar una mansión del desierto en Oriente Próximo. Y era evidente que ninguna colección de recibos de restaurante en blanco alcanzaría a cubrir ese gasto. El príncipe W. despejó la segunda de estas preocupaciones diciéndome que él se encargaría en persona de pagar a su nueva amante. Únicamente me pedía que le solucionase la intermediación. También me tranquilizó mucho cuando dijo que la Sally de Arabia Saudí no tenía por qué ser necesariamente la misma persona que le había acompañado en Estados Unidos. Entonces llamé a varios amigos que tenían contactos con libaneses de Londres y Amsterdam. Al cabo de unas dos semanas, una Sally sucedánea firmaba su contrato.

El príncipe W. era una persona complicada. Con Sally había satisfecho un deseo físico y yo me había ganado su confianza con mi habilidad al ayudarle en esto. Pero no estaba nada convencido de que el SAMA fuese una estrategia que él quisiera recomendar para su país. Tuve que trabajar muy duro para conseguir mi
propósito. Dediqué muchas horas a enseñarle las estadísticas y a ayudarle a analizar los estudios que habíamos realizado para otros países, entre ellos, unos modelos econométricos que yo había desarrollado para Kuwait durante mi entrenamiento con Claudine, en los meses anteriores a mi desplazamiento a Indonesia. Al final transigió.

Desconozco los detalles de lo ocurrido entre otros colegas míos gángsteres económicos y los demás personajes saudíes clave. Lo único que sé es que finalmente la familia real dio su aprobación a todo el paquete de medidas. MAIN, por su parte, fue recompensada con uno de los primeros y más lucrativos contratos, administrado por el departamento del Tesoro estadounidense. El encargo consistía en realizar una evaluación completa del desorganizado y anticuado sistema eléctrico del país y diseñar otro nuevo conforme a las normas técnicas vigentes en Estados Unidos. Como de costumbre, me correspondió enviar el primer equipo de trabajo a fin de obtener las previsiones de desarrollo económico y carga eléctrica para cada región del país. Tres de los hombres que trabajaban para mí, todos ellos expertos en proyectos internacionales, se disponían a partir hacia Riad cuando nos llegó un comunicado del departamento jurídico recordando que según las condiciones del contrato estábamos obligados a haber montado un despacho en RIAD, y tenerlo en marcha, en el plazo de muy pocos meses, de los cuales ya había transcurrido uno, sin que nadie se hubiese fijado en esa cláusula. Además, nuestro acuerdo con el Tesoro estipulaba que todo el equipamiento debía ser de fabricación estadounidense o de Arabia Saudí. Como en este país no existía ninguna fábrica que produjese tal género de artículos, sería necesario enviarlo todo desde Estados Unidos. Grande fue nuestra consternación cuando nos enteramos de que los puertos de la península árabe estaban bloqueados por largas colas de petroleros esperando carga. Podían pasar meses antes de que entrasen en el reino los enseres enviados. Pero no iba a ser MAIN quien perdiese un contrato valioso por culpa de un par de despachos amueblados.

En una reunión de todos los interesados estuvimos reflexionando hasta encontrar la solución, que consistió en fletar un Boeing 747, cargado de enseres comprados en Boston y alrededores, y enviarlo rumbo a Arabia Saudí. Se me ocurrió entonces que sería bonito que ese avión perteneciese a la United Airlines y fuese pilotado por cierto comandante cuya esposa había desempeñado un papel tan esencial en persuadir a la Casa de Saud.

El acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí transformó el reino, prácticamente, de la noche a la mañana. Las cabras fueron sustituidas por doscientos camiones compactadores de residuos, ultramodernos, pintados de amarillo y suministrados por Waste Management, Inc. bajo un contrato de 200 millones de dólares.2

Todos los sectores de la economía saudí fueron modernizados de manera similar, desde la agricultura y la energía hasta la educación y las comunicaciones. Como observó Thomas Lippman en 2003:
Un vasto y desértico paisaje de tiendas de nómadas y chozas de adobe de los campesinos ha sido reestructurado por los norteamericanos a su propia imagen y semejanza, desde el Starbucks de la esquina hasta las rampas para sillas de ruedas en los edificios públicos más recientes. Hoy Arabia Saudí es un país de autovías, ordenadores, centros comerciales con aire acondicionado y tiendas donde se encuentran los mismos chismes que en cualquier próspera urbanización estadounidense, hoteles elegantes, restaurantes de comidas rápidas, televisión vía satélite, hospitales ultramodernos, rascacielos de oficinas y parques temáticos llenos de diversiones.3

Los planes que concebimos en 1974 sentaron la norma para futuras negociaciones con los países ricos en petróleo. En cierta manera, SAMA/JECOR fue el segundo peldaño, después del que Kermit Roosevelt estableció en Irán. Suponía la incorporación de un innovador grado de sofisticación al arsenal de armas político-económicas que usaban la nueva generación de soldados que peseguían crear un imperio global.

El «caso del blanqueo de dinero árabe saudí» y la Comisión conjunta sentaron también nuevos precedentes de jurisprudencia internacional, como quedó bien claro con el caso de Idi Amin. En 1979, cuando el célebre dictador ugandés pasó al exilio, solicitó y obtuvo asilo en Arabia Saudí. Aunque todos le considerasen un
déspota asesino causante de entre cien mil y trescientas mil víctimas, pudo jubilarse rodeado de lujos, sin exceptuar los coches y el servicio doméstico puestos a su disposición por la Casa de Saud. Desde Estados Unidos se oyeron discretas protestas, pero no se quiso insistir para no comprometer el entendimiento con los saudíes. Amin pasó los últimos años de su vida pescando y paseando por la playa, hasta que en 2003 murió de un fallo renal en Yiddah, a la edad de ochenta años.4

Más sutil, y en último término mucho más pernicioso, fue el papel que desempeñó Arabia Saudí al tolerársele la financiación del terrorismo internacional. Estados Unidos no hizo ningún secreto de su deseo de que la Casa de Saud apoyase económicamente la guerra afgana de Osama bin Laden contra la Unión Soviética durante la década de 1980. Riad y Washington contribuyeron juntos con unos 3.500 millones de dólares a la causa de los mujaidin.5

Pero no quedó sólo en eso la participación estadounidense y saudí. A finales de 2003 la U.S. News & World Report publicó un exhaustivo estudio titulado «La Conexión saudí». La revista había revisado miles de páginas de actas judiciales e informes de la inteligencia estadounidense y de otros países, entre otros documentos, y entrevistado a docenas de funcionarios públicos y expertos en terrorismo y en el Oriente Próximo. Entre sus resultados figura lo siguiente: Las pruebas eran innegables. Arabia Saudí, veterano aliado de Estados Unidos y primer país productor de petróleo del mundo, se había convertido de algún modo, como ha dicho un alto funcionario del departamento del Tesoro, en «el epicentro» de la financiación terrorista[...]

A partir de finales de la década de 1980 —después del doble trauma de la revolución iraní y de la guerra de los soviéticos en Afganistán— las organizaciones benéficas cuasi-oficiales de Arabia Saudí se convirtieron en fuente principal de fondos para el rápido crecimiento de la yihad. En una veintena de países, ese dinero se invirtió en montar campos de instrucción paramilitar, adquirir armamento y reclutar nuevos miembros [...] Seducidos por la generosidad saudí, los funcionarios estadounidenses miraron para otro lado, según declaran algunos oficiales de inteligencia.

Miles de millones de dólares en contratos, subvenciones y salarios han beneficiado a un amplio grupo de ex funcionarios estadounidenses en tratos con los saudíes: embajadores, jefes locales de la CÍA e incluso secretarios de Estado [...] Las conversaciones intervenidas por vía electrónica implican a miembros de la familia real en la financiación de otros grupos terroristas además de a Al-Qaeda.6

Después de los atentados de 2001 contra el World Trade Center y el Pentágono han ido apareciendo más pruebas de la relación oculta entre Washington y Riad. En octubre de 2003 la revista Vanity Fair publicó informaciones no reveladas con anterioridad en un trabajo de investigación titulado «Salvando a los saudíes». Lo que decían sobre las relaciones entre la familia Bush, la Casa de Saud y la familia Bin Laden no me sorprendió especialmente. Yo sabía que dichas relaciones databan por lo menos de la época del «caso del blanqueo de dinero árabe saudí», iniciado en 1974, y de la actividad de George H. W. Bush como embajador ante Naciones Unidas (1971-1973) y como director de la CÍA (1976-1977). Lo sorprendente era que la prensa se hubiese enterado por fin. Vanity Fair concluía: La familia Bush y la Casa de Saud, que son las dos dinastías más poderosas del mundo, mantienen estrechos vínculos personales, de negocios y políticos desde hace más de veinte años.

En el sector privado, los saudíes sacaron de dificultades a Harken Energy, la petrolera en que participaba George W. Bush. Más recientemente, el ex presidente H. W. Bush y su veterano aliado el ex secretario de estado James A. Baker III intervinieron cerca de los saudíes a fin de allegar fondos para el Carlyle Group, probablemente el fondo de inversiones privado más grande del mundo. En la actualidad, el presidente Bush sigue siendo consejero de esa compañía, entre cuyos inversores figura, según se asegura, un saudí acusado de estar relacionado con grupos de apoyo a actividades terroristas [...]

Días antes del 11-S, numerosos saudíes adinerados entre los que se encontraban varios miembros de la familia Bin Laden fueron sacados de Estados Unidos en aviones privados. Nadie dice haber autorizado esos vuelos y los pasajeros no fueron interrogados.  ¿Tuvo eso algo que ver con las viejas relaciones entre la familia Bush y los saudíes?7

Continúa aquí.

NOTAS

1. Robert Baer, Sleeping with the Devil: How Washington Sold Our Soul for Saudi Oil, Crown Publishers, Nueva York, 2002, p. 162.

2. Thomas W. Lippman, Inside the Mirage: America's Fragüe Partnership with Saudi Arabia, Westview Press, Boulder (Colorado), 2004, p. 26.

3. Thomas W. Lippman, Inside the Miraje: America's Fragüe Partnership with Saudi Arabia, Westview Press, Boulder (Colorado), 2004, p.

4. Henry Wasswa, «Idi Amin, Murderous Ugandan Dictator, Dies», Associated Press, 17 de agosto de 2003.

5. «The Saudi Connectíon», U.S. News & World Report, 15 de diciembre de 2003, p. 21.

6. «The Saudi Connectíon», U.S. News & World Report, 15 de diciembre de 2003, pp. 19,20,26.

7. Craig Unger, «Saving the Saudies», Vanity Fair, octubre de 2003. Más sobre la implicación de la familia Bush, de Bechtel, etc., en «Zapata Petroleum Corp.», Fortune, abril de 1958, p. 248; Darwin Payne, Initiative in Energy: Dresser Industries, Inc. 1880-1978, Simón and Schuster, Nueva York, 1979; Nathan Vardi, «Desert Storm: Bechtel Group is Leading the Charge» y «Contacte for Contracts», ambos en Forbes de 23 de junio de 2003, pp. 63-66; Graydon Cárter, «Editor's Letter: Fly the Friendly Skies...», Vanity Fair, octubre de 2003; Richard A. Oppel y Diana B. Henriques, «A Nation at War: The Contractor. Company has ties in Washington, and to Iraq», New York Times, 18 de abril de 2003.
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