Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

sábado, 18 de diciembre de 2010

Lo que está detrás de Bush (III)

Viene de aquí.

El extraño mundo de los «filósofos»
Leo Strauss: un pensamiento inquietante

La revista «Time» en su edición del 17 de junio de 1996, nombra a Leo Strauss (1899–1973), alguién aparentemente desconocido, como una de las figuras «más influyentes y poderosas en Washington». En noviembre de 2002, cuando estaba clara la voluntad agresiva de la administración Bush contra Irak, Christopher Hitchens, defensor de la intervención, publicaba «Machiavelli in Mesopotamia», un artículo en el que escribía: «El arte del encanto de la explicación al cambio del régimen en Bagdad es que depende de premisas y objetivos que no se pueden explicar públicamente, al menos por parte de la administración. Dado que Paul Wolfowitz es de la escuela intelectual de Leo Strauss –y como tal aparece en su disfraz de ficción de la novela «Ravelstein» de Saul Bellow– se podría incluso suponer que disfruta de este aspecto arcano y oculto del debate». El artículo nos puso en la pista de un extraño filósofo cuyas ideas son compartidas por la élite de la administración Bush. De hecho, un chiste publicado en un conocido semanario político aludía a los «Leo–cons», en lugar de los «neoconservadores», pues, en efecto, el núcleo ideológico del conservadurismo norteamericano actual está inspirado por Leo Strauss.

Existen escuelas de pensamiento enfermizas y otras inquietantes. Las enfermizas son meramente especulativas, verdaderas masturbaciones mentales, que muestran ideas excéntricas en relación al pensamiento racional y razonable. En cuanto a las inquietantes son aquellas escuelas enfermizas cuyos partidarios y mentores han decidido llevarlas a la práctica a cualquier precio. Leo Strauss se sitúa como el artífice de una escuela de pensamiento inquietante, no sólo por que su pensamiento es enfermizo, sino porque buena parte de sus discípulos iniciados constituyen lo esencial de la administración de George W. Bush.



Nacido el 20 de septiembre de 1899 en Kirchain, en la región de Hessen (Alemania) y fallecido el 18 de octubre de 1973, era hijo de Hugo Strauss y Jannie David, piadosos comerciantes judíos, habituales de la sinagoga de su ciudad; a los 17 años ya era sionista. Estudio bachillerato en Marburg y durante la Primera Guerra Mundial fue reclutado por el ejército en donde sirvió como intérprete. Acabado el conflicto, en 1921, se doctoró en filosofía en la Universidad de Hamburgo.

Dirigió sus primeros pasos por el existencialismo y orientó sus estudios hacia la fenomenología de Husselr y el existencialismo de Heidegger. Su primer libro, sobre el filósofo judío Spinoza, fue publicado en 1930. En un momento en el que el antisemitismo aumentaba en Alemania, Strauss se había especializado en la filosofía judía medieval y había sido contratado en Berlín por la Academia de Investigación Judía. Provisto de una beca de esta institución, abandonó Alemania en 1932; primero se estableció en París (donde se casó) y luego en Cambridge en 1938. Su segundo libro, publicado cuando el nacionalsocialismo ya se encontraba en el poder, en 1935, trataba sobre Maimónides. En Londres, publicó un estudio sobre la filosofía política de Hobbes. Acto seguido, pasó a EEUU de donde no volvería a salir en toda su vida.

A partir de 1937 fue profesor en la Universidad de Columbia y luego, de 1938 a 1948, enseñó Ciencias Políticas y Filosofía en la New School for Social Research de Nueva York, en donde permanecería hasta su jubilación en 1968. Sus libros, a partir de esos momentos, empiezan a ser extraños e incluyen enigmáticas especulaciones de aparente inocuidad. Esta tendencia se hará aún más palpable a partir de 1949 cuando fue contratado como profesor de filosofía política de la Universidad de Chicago. De este largo período destacan sus obras sobre Maquiavelo (1958), Sócrates y Aristófanes (1966), Derecho Natural e Historia (1953), La Ciudad y el Hombre (1964) y Liberalismo Antiguo y Moderno (1968), ninguno de los cuales ha sido traducido al castellano. Pasó sus últimos años de enseñanza, entre 1968 y 1973, como profesor honorario en las universidades de California y Maryland, período en el cual profundizó sus estudios sobre la Grecia clásica. Falleció en 1973 en Annapolis.

En febrero–marzo de 2000, la Universidad Complutense de Madrid organizó un seminario titulado «La filosofía Política de Leo Strauss, 1899–1973», dirigido por Javier Roiz. Roiz define la obra de Strauss como «una defensa de la teoría frente a la avalancha de la politología positivista de la post-guerra». Y luego, en la presentación del seminario, añade:
«También quedan tras él muchos seguidores que le conocieron de cerca y asimilaron sus enseñanzas, alumnos que hoy son ellos mismos figuras de la academia, la política o las artes. Son los conocidos como straussians o estrausianos, escuela que sigue siendo una voz influyente en la ciencia política norteamericana».
 Pues bien, efectivamente, estos strausianos son conocidos por otros como «la cábala» y, en cualquier caso, constituyen la médula del pensamiento neoconservador norteamericano, el motor ideológico de la administración Bush. Un editorialista de «The New York Times» escribió: «Si 25 personas cuyo nombre conozco hubieran sido exiliadas a una isla desierta, no hubiera habido guerra de Iraq». Pues bien, estos 25 «iniciados», son sin excepción strausianos.

Cuando la Verdad es peligrosa

Leo Strauss es considerado como inspirador del «Contrato con América» elaborado en 1994 como manifiesto del Partido Republicano. Otros han considerado que el discreto movimiento
strausiano es el «mayor movimiento académico de los EEUU
en el siglo XX». Pero es difícil llegar hasta el fondo de este
movimiento y muy complicado acceder a la médula de su pensamiento, en primer lugar por que ninguno de sus libros ha sido
publicado en España (y apenas sólo un comentario en la Revista de Estudios Políticos) y, en segundo lugar, por la discreción que muestran sus «iniciados». A decir verdad, si no se pertenece al círculo de «iniciados» no se puede estar seguro de si se ha llegado al núcleo central del pensamiento de Strauss. Enseguida entenderán el por qué.

Al–Farabi fue un hombre excepcional. Había nacido en el 870 cerca de Farab en el actual Uzbekistán, residió en Bagdad, Alepo y Damasco y es considerado por los historiadores árabes como «el segundo maestro», siendo Aristóteles el primero. De hecho, Leo Strauss, llegó a Al Farab examinando sus comentarios sobre Aristóteles. En Bagdad asistió a las lecciones del médico cristiano Yuhanna ibn Haylan, siendo condiscípulo del también cristiano Abu Bisr Matta, traductor de Aristóteles.

Vivió también en Alepo y Damasco. Escribió un catálogo de las ciencias, lógica, matemáticas, psicología, música y poética. Sus comentarios a las obras de Platón y a las de Aristóteles, son famosos. Muchas de sus obras se han perdido y, apenas nos han llegado treinta en árabe, seis en hebreo y tres en latín.

Al–Farabi considera a Platón y Aristóteles como los fundadores del pensamiento filosófico. Al igual que otros neoplatónicos, busca realizar una simbiosis entre ambos pensadores, afirma que sólo pueden ser examinados como complementarios. Se dice que tenía gran poder como músico sobre las audiencias, como la primera vez que llegó a la corte de Damasco, cuando consiguió con un instrumento hacer reír, provocar tristeza y dormir al público, sucesivamente. Divide los efectos de la música sobre el hombre en tres: el agradable, el imaginativo y el apasionado. La música sirve para olvidar las penas, para hacer sentimientos más intensos o para suavizarlos y para exaltar la imaginación del oyente cuando acompaña a la poesía.

¿Por qué hablamos de Al–Farabi? Por que de él extrae Strauss la perversa, pero racional idea, de que puede decirse la verdad con las palabras... para engañar. Strauss contaba una historia de Al Farabi en la que éste, para escapar de una ciudad en la que lo buscaban, se disfrazó de borracho y se proveyó de un timbal que sonó histéricamente al acercarse al centinela de la puerta. Este sabía que el Sultán buscaba a Al–Farabi, famoso por su austeridad, humildad, ascetismo y mortificación; cuando le preguntó al mendigo quién era, éste le contestó «Soy Al–Farabi». El centinela no lo creyó y le dejó pasar. A veces vale la pena decir la verdad... para engañar.

Pues bien, el sistema de Leo Strauss propone algo parecido. Para Strauss la verdad es peligrosa y destructiva para la sociedad. Desde el principio de los tiempos, los hombres han elaborado mentiras para poder vivir con más tranquilidad. La religión, por ejemplo. La esperanza en el más allá, en el castigo a los malos y en el premio a los buenos, la reencarnación, la resurrección, la vida eterna, la imagen misma de Dios... todo ello no son más que esperanzas para poder vivir. Son «mentiras necesarias», sin las cuales, lo más probable es que la mayoría de seres humanos se desesperarían e incluso se suicidarían al saber que este valle de lágrimas jamás tiene un final feliz.

Strauss, aprendió de Nietzsche que sólo unos pocos están en
condiciones de conocer la verdad sin derrumbarse. Por eso los
«filósofos» no pueden decir lo que piensan verdaderamente. En su análisis sobre Aristóteles y Platón, Strauss había descubierto algunos elementos incomprensibles, de una banalidad exasperante, indignos del pensamiento de aquellos sabios. Examinando otros textos sapienciales de la antigüedad, llegó a la conclusión de que los antiguos utilizaban frecuentemente distintos niveles de lenguaje (Al–Farabi le indujo también esta idea) el más profundo de los cuales está dedicado a aquellos escasos y especiales seres capaces de comprenderlo. Si no hubieran utilizado el secreto, los filósofos de la antigüedad, habrían sido frecuentemente perseguidos y linchados por los ciudadanos. Nadie puede soportar la verdad si ataca lo más íntimo de sus esperanzas, sin reaccionar airadamente.

La «Logia» o la «Cábala» straussiana

El propio Leo Strauss, al desarrollar ideas que, básicamente son elitistas y contrarias a lo políticamente correcto, opuestas a la esencia de los valores típicamente americanos, se cuidó mucho de expresarlas con claridad; creyó que solamente podían ser expuestas a círculos cerrados y transmitidas de maestro a discípulo. Este es el motivo por los que, en la actualidad, los seguidores de Strauss ha recibido distintos nombres por parte de observadores poco avezados que han visto en el apoyo mutuo de que hacen gala sus partidarios y el puesto que ocupan en la cúspide de la administración americana, el signo distintivo de una secta de poder: para unos se trata de una «logia», otros han bautizado al círculo con el nombre de «la cábala».

El procedimiento de transmisión de la «iniciación» seguido por Strauss consistía en trabajar y mentalizar a los alumnos destacados que realizaban con él los doctorados de fin de carrera. De ahí surgió un centenar de nombres, muchos de los cuales pasaron a ser profesores universitarios que, a su vez, realizaron otras «iniciaciones», mediante el mismo procedimiento, y así sucesivamente. De la misma forma que Al–Farabi utilizaba el tres como número mágico, Strauss divide a sus estudiantes en tres categorías: los «filósofos», los «caballeros» (o «gentiles») y el resto. Los primeros asumían la «verdad esotérica» inherente a su filosofía, los segundos asumían sólo los postulados «exotéricos» y, en cuando a los últimos, decididamente, no habían logrado comprender la profundidad de su pensamiento. Solo las dos primeras categorías eran consideradas como «iniciados» y sólo la primera, los «filósofos», conocían el secreto de los secretos: la verdad desnuda y sin maquillaje.

En la actualidad, han sido iniciados cuatro generaciones de «filósofos», lo que facilita unos cuantos cientos de partidarios que «están en el secreto» y se apoyan mutuamente. A un núcleo así le es fácil hacerse con un espacio académico, mediante las recomendaciones. Este apoyo mutuo se realiza aun cuando, aparentemente, existan discrepancias en las opiniones del recomendado y del recomendador.

Pero esta técnica de crecimiento tiene también una vertiente política: a través de los «bancos de cerebros» en los que están presentes straussianos que forman parte de la administración, se logra reclutar nuevos altos funcionarios y situar a los peones propios en los terrenos más influyentes: grupos como el Proyecto Nuevo Siglo Americano o el Instituto Americano de la Empresa, forman parte de este entramado: en otras palabras, los núcleos centrales del pensamiento neoconservador americano.

La «noble mentira»

Sabemos cuales eran las fuentes del pensamiento de Strauss en la antigüedad: Aristóteles, Platón, Maimónides, Al–Farabi... pero también es altamente tributario de tres pensadores modernos: Federico Nietzsche, Martin Heidegger y Carl Schmidt a los que da una interpretación particular.

De Heidegger, Strauss extrae el odio por la modernidad, el rechazo al cosmopolitismo universalista y a la sociedad corrupta que el filósofo no debe contribuir a reformar sino a destruir. De Schmidt, la necesidad de establecer claramente distinciones entre
amigo–enemigo y la «reteologización de lo político, la unión de política, religión y moral». No es que le interese ni la religión ni la moral, pero considera que tienen una capacidad de movilización muy superior a la política. Strauss cree que religión y moral son un fraude elaborado conscientemente por los sabios para tranquilizar a quienes no están dispuestos a conocer la verdad. De Nietzsche extrae la concepción del «hombre superior» que, para él, se identifica con el «filósofo», considerando como tal a aquel que conoce la verdad.

Shadia Drury, autora de «The Political Ideas of Leo Strauss» (1988) y «Leo Strauss and the American Right» (1997), afirma que «Leo Strauss fue un profundo creyente en la eficacia y la utilidad de las mentiras en la política». Naturalmente, Strauss matizaba este concepto hablando de «mentira noble», utilizando la terminología platónica. Para Strauss los filósofos antiguos suponen la cúspide del pensamiento universal, en particular Aristóteles y Platón, pero la interpretación que hace de ambos es muy particular. En primer lugar, sostiene que en los Diálogos de Platón, no es Aristóteles quien habla, sino Trasímaco. Y Trasímaco es un personaje que atrae profundamente a Strauss.

Había nacido en Calcedonia de Bitinia (Megara), en el Bósforo, el año 450 a. C; excelente retórico y orador, estaba interesado por la enseñanza de la ética y la política. Se conserva un fragmento de una intervención suya en la Asamblea Ateniense, en el que Trasímaco aconseja armonía entre los partidos, y evitar que sea el ansia de poder lo que legitime sus luchas partidistas. Su realismo le llevaba a afirmar que la justicia era el interés del más fuerte y que las leyes son dictadas por los que ejercen el poder para beneficiarse de ellas. Así pues, la justicia beneficia al gobierno establecido, esto es, al más fuerte y los Estados justifican sus abusos mediante las leyes.

El realismo político de Trasímaco le lleva a considerar como es la justicia, no como debería ser, porque para él el núcleo de la cuestión en la vida social es el dominio del fuerte sobre el débil.

Platón pone en sus labios en «La República» estas frases: «La injusticia beneficia a su autor y la justicia perjudica». (Platón, República, I, 343c ss.). Trasímaco era un sofista, pero también practicaba el realismo político que luego recuperará Strauss.

Strauss opinaba que puede pensarse en términos de realismo político... pero es mucho más peligroso actuar en política provisto de esos criterios. Si la población llegara a compartir las opiniones de Trasímaco, por ejemplo, sobre la justicia, el orden social sería inviable. Los «filósofos» deben ocultar sus posiciones para no herir los sentimientos y el ego de las personas y para protegerse a ellos mismos y a la élite de gobierno de las posibles represalias. Entonces es cuando aparece la sombra Nietzsche sobre el pensamiento de Strauss.

No existe, para el «filósofo», otro derecho natural que el de los superiores sobre los inferiores, los amos sobre los esclavos y los «filósofos» sobre la plebe. Son lo que Strauss llama «las enseñanzas tiránicas de los antiguos». Manejando citas de Platón y textos clásicos, entre otros sobre la escuela pitagórica, concluye que los «antiguos estaban decididos a mantener estas enseñanzas tiránicas en secreto porque no era probable que el pueblo tolerara el hecho de que estaban destinados a la subordinación». En efecto, podrían exteriorizar su resentimiento en forma de persecución y, para evitarlo, la mentira debía ser el chaleco antibalas de los «filósofos» y de la élite de los superiores, frente al vulgo.

A lo largo de su enseñanza, Strauss supo imbuir a sus discípulos dos nociones que se desprendían de todo esto: ellos eran la élite de la sociedad, pero, al mismo tiempo, constituía una minoría perseguida. No dudó en afirmar que «el disimulo y el engaño es la justicia peculiar de los sabios». Para hacer digerible este concepto alude a la idea de «noble mentira» sostenido por Platón, que el ateniense utiliza con frecuencia: una historia cuyos detalles son ficticios, pero en cuyo núcleo existe una verdad profunda. Platón era perfectamente consciente de que los seres originarios no tenían forma de esfera, sin embargo así lo sostuvo en su diálogo «El Banquete», a efectos de poder demostrar el origen de la atracción sexual. Los seres andróginos y esféricos era, pues, una «noble mentira».

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