Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Lo que está detrás de Bush (IV): Mentiras por guerras

Viene de aquí.

Los tres tipos humanos según Strauss

El tres es el número clave para Straus como lo fue también para AlFarabi. Cada individuo en la sociedad puede ocupar, desde su perspectiva, tres estratos: «sabios», «señores» o «gentiles» y «vulgo». Shadia Drury, comentarista de Strauss, nos los define:
«Los sabios son los amantes de la dura verdad desnuda y sin alteraciones. Son capaces de mirar al abismo sin temor y sin temblar. No reconocen ni Dios ni imperativos morales. Son devotos, por sobre todas las cosas, de la búsqueda por sí mismos de los «altos» placeres, que procura; simplemente el asociarse con sus jóvenes iniciados. El segundo grupo, los gentiles, son amantes del honor y la gloria. Son los más cumplidores de las convenciones de su sociedad –es decir, las ilusiones de la cueva. Son verdaderos creyentes en Dios, en el honor y en los imperativos morales. Están listos y deseosos de acometer actos de gran heroísmo y autosacrificio sin previo aviso. Los del tercer tipo, la mayoría del vulgo, son amantes de la riqueza y el placer. Son egoístas, holgazanes e indolentes. Pueden inspirarse para elevarse por encima de su embrutecida existencia sólo por el temor a la muerte inminente o a la catástrofe».
Strauss, siguiendo a Platón, creía que el ideal político supremo es el gobierno de los sabios, pero tal gobierno es imposible porque en las democracias formales es el «vulgo» y quien decide y la ley del número le otorga siempre la ventaja. Así pues será necesario recurrir a la mentira y a la simulación para controlar y manipular al vulgo.

Utilizando una cita ilocalizable de Jenofonte, alude a que
«el gobierno encubierto de los sabios», es facilitado por «la abrumadora estupidez» de los gentiles, los cuales «mientras más crédulos, simples y poco perceptivos sean, más fácil será para los sabios controlarlos y manipularlos».



Es fácil comprender el drama de Strauss, extremadamente alejado de la modernidad y de sus valores. Para él, la justicia, el orden, la estabilidad, el respeto a la autoridad, carecen de sentido porque son precisamente estos valores en los que se reconoce el vulgo. En nuestra época, el vulgo ha tenido todo aquello a lo que aspiraba en otras épocas, pero, ni siquiera con esto han remediado su situación, todo lo contrario, de hecho, las masas hoy están más reducidas que nunca a su papel miserable de productores alienados y consumidores integrados.

Los cuarenta años que pasó Strauss en EEUU no sirvieron para que aceptara los valores de la mentalidad de aquel país. En realidad, estaba convencido de que el proceso degenerativo de los tiempos modernos estaba más avanzado en EEUU que en cualquier otro lugar, y que la vida, tal como previera Carl Schmidt se había trivializado.

La combinación entre democracia formal, economía liberal y trivialización de la vida, terminarían, según Schmidt y Strauss, destruyendo la política y convirtiendo la vida en un entretenimiento.

En realidad, Schmidt y Strauss coinciden en percibir la política como un conflicto entre grupos enemigos dispuestos a competir y luchar hasta la muerte. El ser humano, para Strauss, lo es sólo en tanto está dispuesto a luchar, vencer, o morir.

Y es entonces cuando llegamos a la noción de guerra, a su necesidad y a su ineluctabilidad. La guerra sustrae de las comodidades y de la modernidad y, finalmente, termina restaurando la condición humana.

La Guerra, nuestra Madre

Desde la perspectiva straussiana, la paz es algo negativo y la guerra lo positivo, especialmente si se trata de una guerra perpetua de destrucción limitada. Es difícil adentrarse en este terreno porque pertenece al dominio de lo «esotérico» es decir, a aquello que solamente ha sido confiado a los «iniciados», así pues hay que utilizar los análisis globales de Strauss y la función desempeñada por sus discípulos en el seno de la administración Bush.

La tradición histórica norteamericana se basa en la percepción de los EEUU como «Nación elegida por Dios». Evidentemente, Strauss no puede asumir este planteamiento, en tanto que ateo impenitente. Sin embargo, es rigurosamente cierto que uno de los jefes de filas actuales de los straussianos, Harry Jaffa dijo que «EEUU es la Sión que alumbrará al mundo»…, lo cual dada la irreprimible tendencia de los straussianos a la mentira, no puede asegurarse si es una proclama sincera o simplemente otra «noble mentira», o incluso sino encubre otra verdad más profunda.

Ahora bien, si es cierto que Strauss considera que en EEUU existe la mayor acumulación de élites que puede entender sus valores, la victoria de este país en la lucha por la hegemonía mundial, sería considerada por él, más como un fracaso que como un progreso, porque tendería a relajar a la opinión pública norteamericana y, por tanto, a aumentar el hedonismo y cualquier otro rasgo distintivo de la «plebe».

La extensión del mercado y de la democracia a todo el globo acarrearía una época de paz tan absolutamente idílica que el hombre quedaría «emasculado». El «último hombre» nietzscheano terminaría incluso por extinguirse y la trivialización de la vida que auguraba Schmidt se generalizaría. Por eso es bueno imbuir en la plebe –según Strauss– las ideas de patriotismo, honor y gloria y unir todo esto a los sentimientos religiosos que destilan los norteamericanos desde los orígenes. Así pues, es mejor que los EEUU no construyan una «pax americana» que, finalmente, terminaría arrastrándolos, sino que es mucho más adecuado implicarlos en una «guerra permanente». Así, el objetivo final nunca sería totalmente alcanzado, la meta iría avanzando a medida que el único corredor norteamericano va caminando hacia ella, inaprensible, inalcanzable. Otros compartieron este pensamiento.

«El cierre de la mentalidad americana»


Allan David Bloom (1930–1992), hijo único de una familia modesta, tras sus estudios universitarios en Baltimore, se interesó por los problemas educativos. Se doctoró en sociología en la Universidad de Chicago (1955) y estudió y enseñó en París (1953–55) y luego en Alemania (1957). Al volver a EEUU impartió cursos para adultos en la Universidad de Chicago, más tarde en la de Toronto y luego en la de Tel Aviv. Era un straussiano riguroso.

En el prefacio de su libro «A los gigantes y a los enanos», colección de ensayos escritos entre 1960–90, indica que su educación «comenzó con Freud y terminó con Platón». Realizó este tránsito guiado por su interés en los temas de la educación.

El descubrimiento de uno mismo era el elemento central de toda educación correcta. A partir de los años 70 empezó a relacionarse con Leo Strauss y sus iniciados que lo auparon hasta que la publicación de «The closing for the American Mind» consiguió mantenerse en la lista de los libros más vendidos durante diez semanas, aún a pesar de la aparente banalidad y la escasa sistematización de la obra.

En 1968, publicó su traducción y comentario sobre la República de Platón que él mismo consideró como la traducción más literal de esta obra, opinión que muchos especialistas cuestionan. En 1987 traduciría de nuevo «El Emilio» de Rousseau.

Su obra «Historia de la Filosofía Política» fue corregida por Leo Strauss. Pero sería «The Closing of the American Mind» la que hizo de Bloom un millonario. El libro fue editado también en Japón.

Cuando supo que su muerte era inevitable a causa del SIDA, Bloom encargó a su amigo Saul Bellow, también de origen judío, colega suyo en la Universidad de Chicago y Premio Nóbel de Literatura, que le escribiera una novela, más o menos, biográfica (Bellow había alcanzado fama como autor de «Herzog».

En 1965 obtuvo el «Premio Internacional de Literatura» y el Premio Nóbel de Literatura en 1976). En esta novela, titulada «Ravelstein», entre otros personajes, aparece Bloom con el nombre de «Ravelstein», mientras que Strauss es «Davarr» («palabra» en hebreo) y el propio Bellow es «Chickie» («Pollito»). La novela se inicia en el Hotel Crillon de París, en donde Bloom organiza una cena para dos docenas de personas escogidas.

Al día siguiente, acompaña a Bellow a los lugares más caros de París. Entre otras lindezas compran una americana amarilla por 5000 dólares. Luego, en un café, Bloom derrama sobre la prenda una taza de café y ríe histéricamente, mientras Bellow intenta tranquilizarlo. Esta sarta de excentricidades sin orden ni concierto sirven para pasar revista a algunas ideas de anticipación: describe algo que se asemeja a Internet y un sucedáneo de teléfono móvil. Recordemos que estamos en 1992 cuando estos elementos tecnológicos eran absolutamente inusuales.

Entre otras anécdotas, explica que Bloom recibió una llamada de Wolfowitz durante la guerra del Golfo. Éste le dijo a Bloom que las tropas americanas no avanzarían sobre Bagdad, el cual les animó a hacerlo. Los méritos literarios de esta obra son modestos, sin embargo, valdría la pena recordar que su intención era glosar la obra de Bloom y desvelar su relación con las altas esferas norteamericanas.

Sin duda, algunos símbolos utilizados por Bellow seguramente requerirían un estudio profundizado de las obras de Bloom y examinarse mediante el recurso al simbolismo (es evidente que la chaqueta amarilla de Bloom alude al oro y que la mancha de café, implica el contraste con la muerte; en cuanto a la «risa ncontrolada» remite al descubrimiento de la dualidad como motor del mundo).

Como buen straussiano, Bloom era misógino. En efecto, los straussianos siempre aludían en sus escritos a los «filósofos», exhortaban a los estudiantes o «los muchachos», «hombres jóvenes e inteligentes», pero nunca a mujeres. De hecho, Bloom era homosexual y murió víctima del SIDA. Amante de la música clásica, odiaba el rock y la contracultura. Como todo el grupo –Kojève, Strauss, él mismo– eran intelectuales que habían buceado en el mundo clásico y en la filosofía griega para encontrar respuestas a las eternas preguntas planteadas por los pensadores de todos los tiempos. Todos ellos buscaban «relecturas», «nuevas interpretaciones», matices no advertidos antes en las traducciones previas, y buscaban un sentido oculto y velado en los textos de Platón.

Al igual que los textos de Strauss, la lectura de Bloom es difícil, da la sensación de que, hasta cierto punto trata temas intrascendentes y que lo hace recurriendo a argumentos de poco interés. Luego, uno se pregunta si entre el texto, aparentemente banal, que ha leído no se esconde alguna clave que lleve a algo más profundo.

A Bloom le preocupa la crisis de todos los valores desencadenada con la contracultura y la revolución de los años 60. En el terreno de la educación esta crisis se evidencia en la proliferación de los valores del relativismo moral y el liberalismo como estilo de comportamiento. Su tendencia a la crítica del modelo de enseñanza liberal puede ser compartido por cualquier conservador, sin embargo, en donde aparecen las ideas propias de Bloom que enlazan con las de Strauss, es en su apreciación de la filosofía clásica y es aquí en donde, al igual que Strauss, tiene una interpretación personal que rompe con los intentos de aproximación anteriores a la filosofía de Platón y Aristóteles y que enlaza en todo con la visión de Strauss.

Y esto lleva de nuevo a la clave interpretativa cuyos únicos poseedores son los straussianos, es el «secreto de la escuela» transmitido a los «iniciados», esto es, a los estudiantes discípulos. Bloom como profesor universitario «inició» a muchos de ellos, los cuales, tras pasar a ser profesores universitarios, han graduado a otros muchos más.

Faltaba integrar en todo este popurrí doctrinal el culto a la violencia. Este vino injertado por Alexandre Kojève.

ALEXANDRE KOJÈVE Y LAS RAÍCES DE LA POLITICA POSTMODERNA

Raymond Aron cuenta en sus memorias que el 29 de mayo de 1968, en plena «revolución», llamó por teléfono a Alexandre Kojève y le animó a que se interesase por lo que estaba sucediendo. Kojève le dijo que los disturbios le producían repugnancia, según cuenta Aron, por que «nadie mata a nadie». Probablemente si Aron hubiera conocido a fondo la filosofía de Kojève, hubiera tenido esta respuesta presente sin necesidad de formular la pregunta.

Shadia Drury, autora del mejor estudio divulgativo sobre Strauss, abordó también de forma natural el pensamiento de este nuevo eslabón en la cadena del pensamiento neoconservador norteamericano. En efecto, su libro «Alexandre Kojève: The Roots of Post–Modern Politics» evidencia la correlación entre ambos filósofos.

Strauss y sus discípulos apreciaban las obras de Kojève, a pesar de las discrepancias que ambos reconocían. El punto de partida de Kojève es la fenomenología de Hegel a partir de la cual realiza una digresión sobre el tema de la esclavización del «siervo» por su «amo».

Ese sería el primer acto «verdaderamente humano» en la medida en que «humanidad supone negar la naturaleza. Al arriesgar su propia vida sometiendo al esclavo, el amo repudia su propio temor a la muerte en aras del «reconocimiento» o «prestigio puro», que según Kojève es algo puramente humano, no natural. De esta manera, el maestro deviene un verdadero ser humano por primera vez. El esclavo, en cambio, al someterse a la servidumbre por miedo a la muerte, deviene subhumano.

Siguiendo un análisis nietzscheano, con el devenir del tiempo, la antigua sociedad de amos esclavistas nobles es sustituida por una sociedad en la que todos son esclavos: la sociedad cristiana.

Y, por último, viene el «fin de la historia», una «tiranía universal homogénea», en la que todo el mundo «reconoce» a todos los demás como esclavos y amos a la vez». Así resume Shadia Drury el inicio de la teorización de Kojève.

El hecho de que el inicio de la reflexión tenga que ver con la dominación y la sumisión encierra un trasfondo problemático innegable. Se diría que la reflexión inicial y que la que sigue son productos de una mente desviada y enferma, muy enferma, pero no por ello menos racional, casi de un psicópata paranoico obligado a justificar a la saciedad su deseo de hacer el mal. Porque, en el fondo, lo que sigue en la teoría de Kojève es la predicación de una «violencia purgativa».

Al hablar de los procesos revolucionarios francés (1789) y ruso (1917), lejos de lamentar los terrores inherentes a ambos, enfatiza el papel de la violencia y el terror como componentes centrales del proceso revolucionario. Sin terror no hay revolución, explica. En mayo del 68 lo que hubo fue el juego lúdico de los situacionistas que no fue más allá del cóctel molotov y el gesto agresivo, por ello puede entenderse el desprecio que manifestó a Aron. Para Kojève si una revolución sólo gesticula es que no es revolución, sino una pantomima: «Sólo gracias al Terror –escribe– se realiza la idea de la síntesis final que satisface definitivamente al hombre».

Y lo justifica. No basta con que el hombre renuncie a Dios en nombre del ateísmo para alcanzar un estado de libertad. No hay liberación sin lucha. La simple negación intelectual no basta. Si la síntesis final a realizar es la que surge del proceso histórico que culmina en amo–esclavo (la «tiranía universal homogénea»), de ahí que el producto de síntesis deba ser, necesariamente trabajador y guerrero. Esto implica que deba introducir «al elemento muerte arriesgando su vida consciente de su mortalidad», pero ¿cómo puede ser posible esto en un mundo sin amos en el que todos son esclavos? ¿Cómo? Mediante el terror a lo Robespierre, «vehículo perfecto para trascender la esclavitud» y, concluye Kojève: «Gracias al Terror [con mayúscula] se realiza la idea de la síntesis final, que satisface definitivamente al hombre». Y Drury añade:
«Stalin entendía la necesidad del terror y no tuvo miedo de cometer crímenes y atrocidades, de la magnitud que fuesen. A ojos de Kojève, esa era parte integral de su grandeza. Los crímenes de un Napoleón o Stalín, pensaba Kojève, eran absueltos por sus éxitos y logros».
Georges Bataille era discípulo de Kojève. Drury lo sitúa en relación a éste: «A juicio de Bataille, la condición semimuerta de la vida moderna tiene origen en el triunfo incuestionable de Dios y sus prohibiciones, la razón y sus cálculos, la ciencia y su utilitarismo…

La primera tarea a realizar es matar a Dios y sustituirlo con el Satanás vencido, puesto que Dios representa las prohibiciones de la civilización. Rechazar a Dios es rechazar la trascendencia y adoptar la «inmanencia», lograda mediante la intoxicación, el erotismo, el sacrificio humano y la efusión poética. Sustituir a Dios con Satanás también significa sustituir la prohibición con la transgresión, el orden con el desorden y la razón con la locura».

Kojève creía, como Strauss, que la reducción del ser humano a bestia esclava era paralelo a la trivialización de la vida. Ambos pensaban que en este proceso los EEUU estaban en vanguardia.

La economía terminaría destruyendo la política, para ambos la política era el campo de batalla adecuado en el que grupos humanos hostiles luchaban hasta la muerte (en esto estaban influido por Carl Schmidt). Para ambos, se es hombre y se tiene dignidad sólo cuando se acepta la muerte como regla del juego: por eso, solamente la guerra y el terror pueden detener la decadencia de la modernidad caracterizada por el hedonismo absoluto, es decir por la animalización. La guerra puede restaurar la condición humana.

Tanto Kojève como Strauss eran absolutamente ateos y consideran que no hay fundamento racional para la moral que, en consecuencia, no tiene razón de ser. De ahí que los acontecimientos políticos no pueden medirse en términos de moralidad.

No son, ni podrán ser jamás «buenos» o «malos», sino, al igual que los definió Nietzsche, son «grandes» o «pequeños».

En este sentido los straussianos de Washington practican «la gran política», ajena a la moral y la «guerra permanente», ajena al dolor de la «plebe». Y luego pueden dormir por la noche…

El «hombre natural» está dominado por el hedonismo y la búsqueda de la comodidad. Es, por esto rechazable. Así que hay que movilizarlo en beneficio de un proyecto que solamente los «filósofos» conocen (aquí ya es Strauss quien habla) y que utiliza algunos resortes profundos del hombre: el nacionalismo (esto es, el arraigo a la tierra natal explicada por Konred Lorenz y el pensamiento etológico) y la religión (especialmente el mesianismo inherente en la cultura americana que comparten sinceramente, tanto la «plebe» como los «gentiles»). De ahí que el núcleo del pensamiento neoconservador norteamericano esté dominado por estas dos líneas: nacionalismo y mesianismo. Eso posibilita a la civilización americana para restaurar el régimen del Terror que Kojève considera inevitable.

Straussianos en la administración Bush

Shadia Drury, autora del único estudio crítico sobre la obra de Strauss, entrevistada por Danny Postel, terminó diciendo:
«Nada es más amenazador para Strauss y sus acólitos que la verdad en general, y la verdad acerca de Strauss en particular. Sus admiradores están decididos a ocultar la verdad acerca de sus ideas».
Desde hace muchos años, seguir las noticias internacionales es tropezarse constantemente con la mentira. Cada vez la mentira difundida desde las esferas del poder es más intensa desvergonzada.

Madeleine Albright mintió sin pestañear cuando rompió las conversaciones con Yugoslavia y selló el destino de este país en los absurdos bombardeos de la OTAN de 1998.

Alguien en la administración americana mintió al presentar el asunto de la epidemia de ántrax como una operación orquestada por Bin Laden, cuando en realidad había partido de un laboratorio militar norteamericano; muchos mintieron sobre lo que ocurrió realmente el 11–S y de dónde partió el cerebro criminal que ideó el atentado (por que hoy, a más de nueve años del crimen, todavía no se ha podido establecer que fuera Bin Laden y, de hecho, los interrogantes abiertos hoy son muchos y, desde luego, más de los que se planteaban el 11–S de 2001), la administración entera mintió cuando acusó a Saddam Hussein de estar tras los atentados del 11–S y de proporcionar acogida a Bin Laden… una ristra de mentiras que ha ocasionado miles de muertos y una situación de violencia generalizada en Irak y Afganistán.

Existe un centro elaborador de mentiras que sirven a un fin: el mantenimiento de la tensión internacional y la extremización del sentimiento de miedo y de patriotismo de la población americana. Y en ese centro encontramos a la «cábala» o a la «Logia» straussiana.

En realidad, solamente conocemos una teoría político–filosófica que contemple con benevolencia el recurso a la mentira y lo recomiende: el straussismo. Sus partidarios están insertados en la administración republicana:

Donald Rumsfeld, secretario de Defensa desde 2001. Ha servido en casi todas las administraciones republicanas desde el período de Eisenhower. Miembro de la RAND Corporation. Enviado de Reagan para Oriente Medio. Co–fundador del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano.Miembro del CFR y de la Comisión Trilateral.

Richard Bruce «Dick» Cheney, vicepresidente de los EEUU, al igual que Bush, eludió ir a la guerra de Vietnam. Ha desempeñado diversos cargos en las administraciones republicanas desde Nixon. En 1995 fue nombrado presidente de Halliburton Company, corporación de energía con una historia larga del servicio al gobierno y contratista del Pentágono. Miembro co–fundador del Proyecto Nuevo Siglo Americano. Miembro del C.F.R. y de la Comisión Trilateral.

Paul Wolfowitz, uno de los más prominentes straussianos, funcionario bajo la administración George Bush y Vicesecretario de Defensa con George W. Bush. Miembro de la Comisión Trilateral y del CFR. De origen judío. Iniciado en la secta straussiana por Allan Bloom.

William Kristol, asesor del vicepresidente Dan Quayle, director de la revista «Weekly Standard», revista política conservadora con escasos pero distinguidos lectores, fundada por Rupert Murdoch. Redactor del manifiesto del Partido Republicano en 1994, presidente del «Proyecto Nuevo Siglo Americano», miembro de la Comisión Trilateral y del CFR. De origen judío. Hijo del neoconservador Irving Bristol.

Richard Perle fue asesor del Secretario de Defensa en la Administración Reagan y asesor de política exterior en la campaña presidencial de George W. Bush. Aceptó la oferta de Rumsfeld para dirigir el Consejo Político de Defensa. En marzo del 2003, Perle dimitió de su cargo tras un escándalo controvertido pero sigue en el Consejo como miembro.Miembro del CFR y de la Comisión Trilateral. Conocido como «el Príncipe de las Tinieblas»; de origen judío.

Michael Ledeen, experto en exteriores, miembro del Instituto Americano de la Empresa. Partidario de la «guerra total» al servicio de la democracia.

Samuel Huntington Phillips, politólogo conocido para su análisis de la relación entre los militares y el gobierno civil, su investigación sobre los golpes de Estado y su tesis de que los agentes políticos centrales del siglo XXI serán civilizaciones más que naciones–Estado. Profesor de Harvard. En su último libro Los desafíos a la identidad nacional de América (2004) plantea la amenaza que supone la inmigración latina que supone «dividir los Estados Unidos en dos personas, dos culturas y dos idiomas». Miembro de la Comisión Trilateral.

Dov Zakheim, consejero político y económico del gobierno; sirvió en varios puestos durante la administración Reagan. Subsecretario de la defensa a partir de 2001. Judío ortodoxo.

Newt Gringrich, ex presidente de la Cámara de Representantes y actual miembro de la Junta de Asesores Políticos del Departamento de la Defensa.

Douglas J. Feith, subsecretario de Defensa, uno de los más firmes partidarios de la defensa del Estado de Israel. De origen judío.

Irving Kristol, considerado como el padre de neoconservadurismo norteamericano y, sin duda, uno de los más prominentes y respetados conservadores de origen judío. Trotskysta en su juventud. Miembro del Instituto Americano de la Empresa. Hermano de William Kristol.

Norman Podhoretz, miembro del CFR, del PNAC y del Hudson Institute. Editor de Comentary, publicación mensual del American Jewish Commtee. Procede del Partido Demócrata y de la organización ligada a este medio, Comité para el Peligro Presente. Organizó con los republicanos de Reagan la Coalición para el Mundo Libre. De origen judío.

Stephen A. Cambone, subsecretario de defensa para la inteligencia cargo creado en 2003 con la función de coordinar a los distintos servicios de inteligencia. Adjunto de Rumsfeld. Implicado en los malos tratos y torturas en la prisión de Abu Ghraib.

Elliott Abrams, director para el Cercano Oriente y África del Norte del Consejo de la Seguridad Nacional. Implicado en el asunto «Irán–Contra». En años 70 trabajó para el senado de EEUU. Secretario de Estado auxiliar con Reagan. Miembro del CFR. De origen judío.

Abraham Schulsky, alumno directo de Leo Strauss, alto funcionario del Pentágono, encargado de la coordinación de los servicios de inteligencia. Miembro del Comité de Defensa del Senado. Artífice de la mentira sobre las «armas de destrucción masiva» de Saddam Hussein. De origen judío.

Gary Schmitt, director ejecutivo del Proyecto del Nuevo Siglo Americano, laboratorio de ideas neoconservadoras del grupo straussiano. Uno de los más tenaces intervencionistas en Oriente Medio.

I. Lewis "Scooter Libby", Jr., jefe de personal de Cheney y ayudante para asuntos de Seguridad Nacional. Empezó a trabajar en 1981 para la administración Reagan, miembro de la RAND Corporation, asesor jurídico de la Cámara de Representantes. De origen judío.

Douglas J. Feith, Subsecretario de Defensa, dirige la Oficina para los Asuntos del Golfo Pérsico, uno de los partidarios de la «guerra permanente». En agosto 2004 se supo que en su departamento se habían pasado secretos militares a dos funcionarios de la embajada israelí en Washington.

David Wurmser, adscrito a la oficina del vice–Presidente, encargado de asuntos de Oriente Medio. De origen judío.

Francis Fukuyama, economista político americano de ascendencia japonesa, profesor de economía política; autor del polémico libro El Fin de la Historia. Miembro del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano. No aprobó el ataque a Irak y pidió la dimisión de Rumsfeld. Miembro de la Comisión Trilateral y del C.F.R.

Lewis Paul Bremer III, gobernador norteamericano de Irak hasta junio de 2004, teóricamente encargado de la reconstrucción y la ayuda humanitaria al país. Ha desempeñado distintos cargos para las administraciones republicanas. Experto en seguridad interior y terrorismo.

Robert Kagan, columnista de The Washington Post

Zalmay Khalilzad,enviado especial del presidente Bush a Afganistán e Irak.

John N. Bolton, subsecretario de defensa para control de armas. Miembro del CFR.

A nadie se le escapa que estas biografías tienen unos denominadores comunes: existe entre ellas un porcentaje inusual de miembros del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), lo cual es hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que este organismo elige a sus miembros entre la élite político–empresarial norteamericana; algunos de ellos tuvieron una militancia trotskysta en su juventud.

Y, en cuanto a la reiteración de miembros de origen judío puede derivar de la afinidad que pudieran tener con el también judío Leo Strauss.

Es, desde luego, mucho más simple entender el apoyo desmesurado y fuera de toda lógica que la administración Bush ofrece al Estado de Israel y a su torpedeo continuo de los acuerdos de Camp David.

Un 25% de estos altos cargos de la administración Bush, tuvieron en su juventud una común militancia trotslysta. El trostkysmo fue la disidencia antiestalinista del comunismo creada en torno a Leiva Bronstein, «Trotsky». Tras exiliarse de la URSS, agrupó a los comunistas antiestalinistas de todo el mundo en la IV Internacional. Esta organización bien pronto se fraccionó en distintos grupos, algunos de los cuales quedaron bajo la tutela de la CIA. Buena parte de los dirigentes de la IV Internacional, precisamente, eran de origen judío, habitualmente de judíos agnósticos alejados de la sinagoga.

El hecho de que se tratara de militantes anti–estalinistas, hizo que, progresivamente, algunos de ellos fueran rectificando sus posiciones y pasaran, primero del antiestalinismo al anticomunismo, de ahí al liberalismo de izquierdas y, para muchos, el fin de la ruta fue convertirse en conservadores republicanos. Pues bien, una fracción notable de trotskystas pasaron a los círculos straussianos realizando esta mutación.

La enumeración de straussianos insertados en la administración Bush demuestra que este grupo compone la columna central del actual gobierno americano por encima de cualquier otra componente. Es evidente que, en el interior de la administración
existen distintas sensibilidades, e incluso dentro del propio núcleo straussiano, no todos son partidarios de hacer las cosas de la misma manera. Pero son, en cualquier caso, un núcleo homogéneo y que aporta coherencia a la política norteamericana.

El straussianismo puede ser definido en última instancia como un maquiavelismo extremo. Muchas orientaciones del gobierno norteamericano son absolutamente incomprensibles si no se conocen las ideas del núcleo straussiano: «nada es lo que parece», tal es el patrón interpretativo que debe ser asumido a la hora de valorar la acción de la administración Bush. Y, precisamente, a partir de esta consideración, es posible entender las mentiras –«nobles» o no– que precedieron al ataque a Irak y que carecen de precedentes en la historia política.

Así mismo,con idéntica óptica puede explicarse la inactividad (o peor, la complicidad) del gobierno americano en los ataques del 11–S que contribuyeron a hacer posible todo el plan belicista que siguió.

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