Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

domingo, 30 de enero de 2011

Lo que está detrás de Bush(V): Ayn Rand: del satanismo a las multinacionales

Viene de aquí.

Ayn Rand: del satanismo a las multinacionales

Sandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, consideró a Ayn Rand como su principal fuente de inspiración. Vladimir Putin ha reconocido que en su mesilla de noche se encuentra «La Rebelión de Atlas», una de las más famosas novelas de Ayn Rand. Alan Greenspan, «señor del crecimiento económico», el hombre más poderoso de la economía norteamericana, fue amigo suyo y compartió todas sus ideas... como millones de lectores.

Cuando tres personas tan diferentes como LaVey, Greenspan o Vladimir Putin han leído a esta autora desconocida en España, eso implica que estamos ante un pensador influyente. De hecho se la ha considerado como la filósofa del capitalismo. A diferencia de Leo Strauss, a Ayn Rand no le interesa otra cosa más que el hecho económico. Es ahí en donde el «hombre superior» puede demostrar su valía en términos objetivamente mesurables. En su novela «La Rebelión de Atlas», escribe: «¿Qué constituye el monumento al TRIUNFO del espíritu humano sobre la materia?... Las chozas roídas de insectos a orillas del Ganges o la silueta de los rascacielos de Nueva York sobre el Atlántico?».

Pero, al igual que Strauss, para Ayn Rand existe un «hombre superior», el empresario, es decir, aquel que arriesga y vence con su esfuerzo; escribe: «El hombre racional no quiere «lo no ganado», el hombre racional dice NO al sacrificio y SI al esfuerzo personal de uno mismo». El empresario, gracias a su triunfo, obtiene la mayor de las recompensas: «No hay valor MAS ALTO que la propia estima», había escrito.

Le resulta imposible e injustificable negar la codicia del beneficio («Quienes niegan el incentivo capitalista quieren como recompensa la nada»). La ausencia de beneficio supone para ella el hundimiento de cualquier forma de civilización y de cualquier ética que valga la pena asumir: «El culto al cero –símbolo de la impotencia– busca eliminar de la raza humana al héroe, al pensador, al inventor, al productor, al persistente, al puro. Para los apóstoles DEL CERO es como si sentir fuera humano y PENSAR NO. Como si fracasar fuera humano y no triunfar, como si fuera humano la corrupción pero no la virtud».

Los hijos de Homer Simpson van a una escuela de Springield que lleva el nombre de «Ayn Rand»... Hoy nadie duda en EE.UU. que se trata de la pensadora más influyente de los últimos 30 años. Su influencia se ha trasladado a los países nórdicos y es relativamente conocida en Alemania e Inglaterra. En España, los libros traducidos de Ayn Rand han pasado desapercibidos.



Una judía de San Pertersburgo

El 2 de febrero de 1905, cuando se cocía la primera revolución rusa, nació Alissa Rosembaun, hija de un matrimonio de burgueses judíos de San Petersburgo. Al cumplir 21 años, tras concluir sus estudios de Filosofía, obtuvo permiso para viajar a los Estados Unidos con la excusa de visitar a unos familiares. Jamás volvió. Pocos meses después apareció en Hollywood. Cecil B. DeMille le ofreció trabajo como extra en una de sus primeras películas. Mas tarde accedió a contratarla como guionista. Fue entonces cuando adoptó el seudónimo «Ayn Rand».

En 1929 contrajo matrimonio con el actor Frank O’Connor. Su matrimonio duró los siguientes 50 años. En 1934 –fecha en que apareció «Los que vivimos»– empezaba ya a ser conocida como escritora. La novela resultó un fracaso, pero el carácter anticomunista del libro le dio cierto relieve. La consagración vino con «El Manantial» (1943). El director King Vidor lo convirtió en una película protagonizada por Patricia Neal y Gary Cooper que encarnaba al típico héroe americano redefinido por Ayn Rand, individualista y tozudo, que se resiste a variar sus principios.

En 1957 publicaría su novela más ambiciosa, «La Rebelión de Atlas». A partir de ese momento juzgó que ya había dicho todo lo que tenía que decir como novelista; de ahora en adelante no escribiría más que ensayos filosóficos que contribuirían a definir el objetivismo.

En el último tercio del siglo XX su fama fue creciendo en los medios intelectuales norteamericanos. Falleció en Nueva York el 6 de marzo de 1982.

La Rebelión de Atlas


«La Rebelión de Atlas» supuso un punto de inflexión en su carrera. Ciertamente, el éxito ya le era conocido cuando publicó esta extraña obra, pero su argumento logró seducir a la intelligentsia liberal americana.

El libro profetiza la decadencia de los EEUU debida al intervencionismo estatal. El país queda dividido en dos clases: la de los saqueadores y la de los no–saqueadores. La clase política y dirigente está formada por los primeros que piensan que cualquier actividad debe estar regulada y sometida a una fuerte imposición fiscal. Los segundos son los hombres emprendedores, los dirigentes políticos, religiosos y sindicales, los capitales de empresa y los intelectuales que piensan que la solución está justamente en lo contrario. De estos últimos, y más en concreto, de los patronos, surge un movimiento de protesta que se concreta en una huelga de empresarios acompañada de sabotajes y desapariciones. El líder del movimiento es «John Galt», a la vez filósofo y científico.

Galt, escondido en las Montañas Rocosas, dicta órdenes, sugiere iniciativas y mueve los hilos. Con él se refugian los principales empresarios. Durante el tiempo que dura la huelga y con la desaparición de los empresarios, el sistema americano se hunde bajo el peso del intervensionismo estatal. La novela termina cuando la patronal decide abandonar su escondite de las Montañas Rocosas de Colorado y regresar a Wall Street y a los centros de decisión; marchan encabezados por el dólar, símbolo que Galt ha elegido como símbolo de su particular rebelión.

Rand quería llamar a su novela simplemente «La Huelga»; el título de «La Rebelión de Atlas» fue sugerido por su marido. Se equipara al empresario al titán mítico que carga a sus espaldas los destinos del mundo. Cuando apareció la obra en 1956, llamó la atención lo osado del planteamiento. Hasta ese momento, ni siquiera en EEUU, nadie se había atrevido a realizar un planteamiento en el que los empresarios eran los buenos, el Estado el malvado y las masas ni siquiera contaban.

Para Ayn Rand, el hecho de que una huelga hunda en el caos a EEUU es el signo de que éste país no puede vivir sin su clase empresarial, que la política debe subordinarse a las necesidades de la economía empresarial y, finalmente, que es preciso volver al espíritu de los primeros colonos que se sublevaron contra Inglaterra en el siglo XVIII: lucharon contra el intervencionismo estatal y en defensa de sus derechos individuales. Lo que propone Rand es volver al origen de la tradición americana, solo que el «héroe» no es el granjero que se subleva contra los ingleses, sino el patrono que lucha contra el intervencionismo estatal y cuyo esfuerzo crea riqueza.

En poco tiempo se agotaron cuatro millones de ejemplares de la obra. A partir de ese momento sólo escribiría ensayos que profundizarían en las líneas apuntadas en esta novela, como «La virtud del egoísmo» que puede ser considerado uno de los manifiestos de la corriente filosófica inaugurada por Rand, el objetivismo.

Los fundamentos filosóficos del capitalismo

De la misma forma que Zbigniew Bzezinsky y su libro La Era Tecnotrónica constituyeron el manifiesto fundacional de la Comisión Trilateral que abrió la era de la globalización, la obra de Ayn Rand ha constituido el soporte moral de la intelligentsia neocapitalista mundial.

Desde principios de siglo hasta 1973, la élite de la alta finanza mundial había tenido al pensamiento de la Sociedad Fabiana como el núcleo ideológico de su interpretación de la realidad. En realidad, la Sociedad Fabiana, fundada en Inglaterra poco antes de la Primera Guerra Mundial, constituía un apéndice del Partido Laborista en Inglaterra y del Partido Demócrata en Estados Unidos. Había logrado impregnar a las élites capitalistas a través de sus centros de enseñanza, en particular de la London Economic School y de las Universidades Fabianas de EE.UU.

La doctrina fabiana era gradualista y altruista. Tal como el matrimonio Web, el novelista H.G.Wells, el escritor Bernard Shaw y otros destacados miembros de este grupo de poder teorizaron, era preciso mejorar las condiciones de las clases proletarias en las que adivinaban el núcleo central de consumidores del futuro. No en vano «proletario» deriva de «prole»; los proletarios serían pues, los que tienen mayor descendencia y hacia ellos tenía necesariamente que tender el capitalismo en un momento en que los problemas de mecanización y producción en cadena se habían resuelto.

Los dos ejes del «socialismo» fabiano consistían en llevar un régimen de bienestar para las masas trabajadoras a través de un proceso gradual de conquistas sociales que tendería a transformar al proletario en burgués. Para ello era preciso que el proceso fuera liderado por los detentadores del capital –los únicos que podían dar coherencia y viabilidad a un proceso de este tipo– y que éstos tuvieran la capacidad de imponer sus decisiones a los detentadores del poder político.

Este proceso se realizó por etapas. Inicialmente los dirigentes fabianos de ambos lados del océano crearon asociaciones en las que magnates de los grandes consorcios industriales y bancarios, los intelectuales orgánicos a su servicio y los políticos comprometidos con ellos, formaron grupos de presión: así surgieron el Instituto de Estudios Internacionales, el Consejo de Relaciones Exteriores, el Club de Bilderberg y, finalmente, la Comisión Trilateral.

Pero cuando Berzezinsky crea la Trilateral resulta evidente que el socialismo fabiano ya no responde a las necesidades del capitalismo de su época. Si los fabianos habían sostenido una especie de cínico despotismo ilustrado –«todo para el pueblo, pero sin el pueblo»– lo que se echaba en falta era, no tanto un proyecto global, como una norma moral para uso y disfrute de la intelligentsia neocapitalista; algo así como un basamento ético que tranquilizara las conciencias y diera sentido a la vida de los magnates del capital. Y allí estaba Ayn Rand para ofrecerlo.

Había algo que jugaba a favor de Rand. A diferencia del socialismo fabiano que compartieron las élites financieras liberales inglesas y norteamericanas, Rand, lejos de cuestionar finalmente el sistema capitalista –como hacían los fabianos, los cuales creían que a través de la mejora del sistema capitalista se llegaría a un régimen más justo y a algo que, apenas sin darse cuenta, sería diferente del capitalismo– consideraba que el capitalismo era la mejor, sino la única forma racional y «objetiva» de guiar los destinos de la economía y de las comunidades humanas. «Lo merecido pertenece al universo egoísta y comercial del provecho mutuo», había escrito, no precisamente para censurarlo sino para identificar el valor central de su sistema: la necesidad del egoísmo.

«La recompensa para el individuo, según el objetivismo, es en esta vida y en la tierra y es mi propia felicidad. La recompensa de los místicos del espíritu será otorgada más allá de la tumba». Al igual que Strauss, a Ayn Rand le resulta imposible concebir la figura de Dios, pero a diferencia de él, no admite siquiera que la religión pueda ser beneficiosa para el «ser superior» en su necesidad de controlar a las masas; es despiadada en su crítica a la religión; había dicho: «Para la religión: lo que el hombre conoce no existe y lo que existe el hombre no lo puede conocer». Los ideales del místico son los contrarios a los del «egoísta»: «Los místicos se complacen del sufrimiento, de la pobreza, de la sumisión y del terror porque ellos necesitan la derrota de la realidad racional. Su ideal es la muerte». «La idea de Dios es la idea de un gran burócrata del Universo».

Incluso las relaciones entre personas son para Ayn Rand una cuestión de calculadora: «No puede existir amor sin causa, amar es evaluar».

Pero donde Ayn Rand se muestra más alejada de las religiones es en el desprecio habitual con que éstas consideran al individuo: «Dios y las religiones en general, perdonan, sienten piedad y misericordia, pero jamás admiran al individuo. ¿La causa?Consideran al individuo como un ente carente de valores».

El egoísmo condujo directamente a la necesidad de que el capitalismo no perdiera de vista los valores que le dieron origen: el individualismo, la libre empresa, la voluntad de unos pocos de imponerse a la mayoría y guiarla, la abstinencia por parte del Estado de cualquier intervencionismo y una mezcla de egoísmo y altruismo que constituyen el polo ético de la norma moral propuesta por Aynd Rand. De hecho todo deriva del individualismo, primera ramificación del egoísmo: «Cada hombre constituye un fin en sí mismo, existe por sí mismo y la consecución de su propia felicidad constituye su más alto propósito moral».

Al igual que los fabianos del primer tercio de siglo, los partidarios de Ayn Rand se han organizado en círculos, escuelas e institutos con un propósito misional, educativo y militante. Extendidos, sobre todo por el mundo anglosajón, en apenas dos décadas han sustituido al pensamiento fabiano en la educación de las élites neocapitalistas.

El hecho de que Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal y el presidente ruso Vladimir Putin, reconozcan públicamente su tributo con Ayn Rand es suficientemente significativo del impacto que tiene su pensamiento.

Objetivismo – egoísmo – satanismo


Aynd Rand llamó a su filosofía «objetivismo»; dijo de ella que era una norma de conducta para «vivir en la tierra». El nombre deriva de la intención de la autora de ver la realidad tal cual es sin prismas deformantes o apriorismos. Para Massimo Introvigne, director del CESNUR, entidad italiana que estudia las nuevas religiones «el objetivismo es una filosofía política radicalmente individualista que hace apología del capitalismo y del hombre egoísta que, en lugar de sacrificarse para los otros, afirma –contra todos los obstáculos que constituyen el estatismo, el moralismo y las religiones– su absoluta libertad y que, obrando así, termina por construir una sociedad mejor y más libre para todos».

Rand –igual que Strauss– se define como atea, considera a la religión como una «forma primitiva de filosofía» y propone sustituirla por un «culto del hombre» como medio para «elevar al más alto nivel de las emociones humanas rescatándolas del barro del misticismo y dirigirlas de nuevo hacia su objeto propio: el hombre mismo». Rand proponía, al igual que los positivistas de principios de siglo, constituir un «culto al hombre».

Rand es perfectamente consciente de que el egoísmo en sí mismo puede desequilibrar completamente a la sociedad y precisa de una contrapartida capaz de equilibrarlo. Encuentra este contrapeso en el altruismo: «El altruismo considera al individuo como alimento para un caníbal...».

Todo esto enlaza perfectamente con los principios de la Iglesia de Satán y de Sandor LaVey en particular. Las Nueve afirmaciones Satánicas que forman la declaración de principios de la Iglesia de Satán están directamente extraídos de La Rebelión de Atlas, tal como ha demostrado George C. Smith, hoy miembro del Templo de Seth (una escisión de la Iglesia de Satán). La diferencia entre Rand y LaVey estriba en que mientras éste cree que es posible llegar a establecer el «culto al hombre» mediante el ocultismo y la magia, Rand propone hacerlo mediante la economía y la ciencia.

En una de sus obras «canónicas», La Biblia Satánica, LaVey propone una visión del mundo que debe todo a Rand y en menor medida a Nietzsche: LaVey exalta el egoísmo y el capitalismo, el orgullo del fuerte sobre las necesidades del débil, la abolición de las religiones, las morales y la hipocresía. ¿Y Satán? Para LaVey, Satán no es sino el símbolo del «culto al hombre», en absoluto un personaje real (a diferencia de Michel Aquino y del Templo de Seth que si lo considera un ser personal).

Ni LaVey ni Rand se quedaron sólo en las teorías. Descendieron al terreno de la práctica. La vida y las andanzas de la Iglesia de Satán son suficientemente conocidas. Barbara Braden, biógrafa de Rand, ha facilitado datos para entender que ésta siguió por vías parecidas. Su objetivismo se tradujo en una «experimentación radical, comprendidos los planes sexual y familiar, a través de formas de poligamia y poliandria, en el seno del pequeño grupo que dirigía el movimiento político y literario que había creado».

Los discípulos de Ayn Rand forman hoy un pequeño grupo de poder, extremadamente influyente, del que Alan Greenspan es el principal exponente y que constituyen el alma ideológica de los movimientos que hoy tienden hacia el poder mundial, Club Bilderberg, Comisión Trilateral, CRF... en otras palabras: Rand ha renovado y actualizado el fundamento doctrinal del «iluminismo».

Conclusión: Ayn Rand,la otra parte del sistema


Lo que Leo Strauss es entre las élites neoconservadores, Ayn Rand lo es entre las élites neoliberales. Generalmente, se tiene tendencia a pensar que unos y otros responden a los mismos estímulos. No es así. Los neoconservadores de hoy, eran llamados a finales de los años 70, «dinero nuevo», mientras que los liberales se suelen identificar con los grupos neocapitalistas más salvajes, con las dinastías económicas norteamericanas, los Rockefeller, los Vandervil, los Morgan, etc, que, históricamente, han estado ligadas a los medios «fabianos».

Habitualmente, los seguidores de Ayn Rand se identifican con el pensamiento liberal norteamericano y se encuadran en el Partido Demócrata, como los de Strauss lo hacen con las alas extremas del Partido Republicano, unos con el neocapitalismo y otros con el neoconservadurismo.

En cualquiera de los dos casos, ambas escuelas de pensamiento han cuajado en núcleos organizativos discretos, informales, y restringidos a los que pertenecen lo esencial de las esferas de poder de EEUU. Ciertamente, hoy la masonería norteamericana sigue siendo la más numerosa de todo el mundo. Mientras en Francia e Inglaterra, en donde la masonería había tenido una situación privilegiada hasta hace poco, las logias se encuentran en franca regresión; solamente en EEUU gozan de buena salud... a costa de haberse convertido en meros clubs sin gran importancia política, ni excesiva relevancia social. La masonería norteamericana jamás volverá a tener la influencia social que tuvo hasta el último tercio del siglo XX...pero otras organizaciones «discretas» la han sustituido: straussianos, objetivistas...

Quienes rechacen cualquier forma de visión conspirativa de la historia, rechazarán de plano el papel jugado por estos grupos de influencia; para ellos, solamente cuentan los datos objetivos y las cifras macroeconómicas, es decir, lo evaluable y cuantificable. Pero los datos objetivos, en este caso, nos dicen también que los grandes personajes que ocupan los cargos más relevantes de la administración Bush pertenecen al círculo straussiano. Hemos visto también, como el culto a la «noble mentira», explica y justifica los engaños evidentes con los que la administración Bush ha desencadenado las guerras de Afganistán e Irak. Y, finalmente, a través de Ayn Rand, hemos podido acceder a las justificaciones que los «empresarios» dan a su poder.

Pero, por encima de todo esto, están los datos objetivos: la democracia americana, cada vez es menos democracia y más plutocracia. No son las masas, sino el poder del dinero el que determina las políticas en EEUU. Y las formas para llegar a la plutocracia son dos: a través de Leo Strauss para los conservadores o a través de Ayn Rand para los liberales. En realidad, ambos responden a la necesidad que tienen ambos grupos de disponer de bases teóricas sólidas que justifiquen su accionar.

La historia tiene también una dimensión subterránea. Desconocerla implica correr el riesgo de no comprender los procesos históricos. Esta dimensión subterránea opera a modo de infraestructura que determina decisivamente el papel y la orientación de las superestructuras. Si nos limitamos únicamente a analizar el desarrollo de las superestructuras, jamás entenderemos las razones últimas que las mueven. De ahí los jalones que hemos seguido en nuestro estudio: la ideología de los Padres Fundadores de los EEUU y el papel jugado por la mesiánica masonería norteamericana entre la fundación de la nación y el último tercio del siglo XX. Hemos visto luego, como se formaron los grupos fundamentalistas religiosos y como, a partir de los últimos años 70, alcanzaron una relevancia notable. Y como, finalmente, en los años 90, fueron reconducidos por el núcleo de «filósofos» straussianos que asumieron el papel de motores del neoconservadurismo.

Por último, hemos pasado una somera revista a la gran ideóloga del neocapitalismo, Ayn Rand que ha influido en el otro sector de poder.

Es posible que a partir de ahora tengamos mucho más claro cuáles son los motores ideológicos que operan en el tablero norteamericano. La rapidez con la que se desarrolla la historia de nuestros días induce a pensar que estas fuerzas no serán estables ad infinitum, y que serán sustituidos por otros núcleos de poder. Pero no sabemos cuando ocurrirá y ni siquiera si ocurrirá. Por otra parte, no puede desvincularse estos centros de poder de la crisis global que están viviendo los EEUU.

Estamos asistiendo al desmoronamiento de un país. El déficit de la balanza de pagos, la desertización industrial, la pulverización del ahorro, la dependencia absoluta de la economía norteamericana de la las inversiones procedentes del exterior, no dejan mucho lugar para el optimismo.

Socialmente, la integración racial de los afroamericanos ha fracasado: las dos comunidades siguen siendo hostiles y estando separadas... a cuarenta años de la promulgación de las leyes de integración racial, nunca en la historia de los EEUU se ha estado tan distante del objetivo. De hecho, la situación del siglo XIX se ha reconstruido: los aborígenes de Norteamérica, vencidos y diezmados, han reaparecido con la inmigración mejicana. Éste núcleo mexicano, por lo demás, ha conseguido romper la unidad lingüística de los EEUU: hoy un mexicano ya no precisa hablar inglés para defenderse y encontrar trabajo en determinadas ciudades.

La tasa de criminalidad y la delincuencia es absolutamente insoportable (más de dos millones de presos conforman la población carcelaria más grande del mundo). En cuanto a sus fuerzas armadas, han demostrado su incapacidad para conquistar y controlar el terreno de los conflictos: ciertamente, el poder tecnológico de las FFAA norteamericanas no tiene igual,pero todo se basa en bombardeos estratégicos, y en el absurdo concepto de «guerra sin muertes»... En el momento en que cesan los bombardeos y es la infantería quien tiene que tomar el control de los territorios, se muestran todos los problemas que afectan al ejército norteamericano: pesadez burocrática, rigidez, excesivo peso de la logística sobre los núcleos operativos.

Todo esto sin olvidar las tasas de analfabetismo estructural que en EEUU superan las de cualquier otro país del hemisferio occidental. EEUU viven al día. Crecidos desde los orígenes en la idea de que en su territorio existen unas fuentes inagotables de riqueza, es incapaz de entender lo que representa el deterioro del medio ambiente o la escasez energética.

La sociedad norteamericana es frágil. Cada día más frágil. Su absentismo creciente de la política, su tosquedad cultural, el economicismo inherente a su escala de valores, determinan su debilidad y su fragilidad.

El pensamiento neoconservador de Leo Strauss y el pensamiento neoliberal de Ayn Rand, intentan afrontar una nueva situación histórica en la que hacen falta seres de hierro capaces de guiar a la «nación elegida por Dios» (a ambos, estructuralmente ateos...) para mantener su hegemonía mediante el recurso al titanismo.

Pero, al igual que la URSS se desplomó interiormente, los indicativos empiezan a alertar sobre la posibilidad de que nuestra generación vea también el hundimiento del poder americano. Éste ha comenzado. Enfrentarse a Estados profundamente subdesarrollados (Afganistán) o a micropotencias de tercera fila (Irak), asumir el papel de portaestandarte de una extraña «lucha contra el terrorismo internacional», evidencian que EEUU, lejos de estar en la cúspide de su poder, ha iniciado ya la pendiente de la decadencia: por que, con o sin elecciones, Afganistán dista mucho de estar pacificado y en cuando a Irak, el país entero bulle en la insurrección contra el ocupante. Y, a todo esto, Bin Laden, goza de buena salud. Si de algo puede hablarse, no es de éxito precisamente.
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