Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

jueves, 25 de septiembre de 2014

Instituto Tavistock XV: Mensajes ocultos de la televisión

Viene de aquí.

LOS MENSAJES OCULTOS DE LA TELEVISIÓN

En un informe de 1944, Theodore Adorno, uno de los principales pensadores de la Escuela de Fráncfort, sostuvo que los medios de comunicación, como la radio y, sobre todo, la televisión, podían utilizarse para «atontar a la fuerza» a la gente. Atención a lo que dice:
«La televisión pretende hacer una síntesis de la radio y el cine, y se mantiene en pie únicamente porque las partes interesadas aún no han llegado a un acuerdo, pero sus consecuencias serán enormes y prometen intensificar drásticamente el empobrecimiento de las cuestiones estéticas.»
Doce años después, Adorno escribió que «la televisión es un medio de control psicológico jamás soñado». En su innovador ensayo Televisión y cultura de masas, Adorno escribe lo siguiente:
«estímulos sociopsicológicos típicos del material televisado aplicados sistemáticamente tanto en las descripciones como a nivel psicodinámico para analizar los supuestos sobre los que se basan, además de sus normas generales, para evaluar el efecto que probablemente surtirán. Este procedimiento posiblemente termine por generar una serie de recomendaciones para manejar dichos estímulos a fin de producir el efecto más deseable». [55] 
Adorno afirma que
«la programación de la televisión contiene mensajes claros, definidos por el argumento, los personajes, etcétera, y un mensaje oculto», 
que resulta mucho menos obvio. A través de esos mensajes ocultos se pretende hacer el lavado de cerebro,
«el mensaje a las claras, como el argumento, es el portador a través del cual se pretende hacer el lavado de cerebro». [56]
Lonnie Wolfe dice del mensaje de Adorno:
«En Nuestra Miss Brooks, una popular comedia de situación, aparecía una profesional experta, una maestra de escuela, enfrentada con su jefe, el director. Los momentos graciosos, según Adorno, se daban en las situaciones en las que la mal pagada maestra intentaba conseguir de sus amigos una comida gratis. Adorno "decodifica" el mensaje oculto del modo siguiente: "Si uno es gracioso y tiene buen carácter, un ingenio rápido y un encanto personal como la señorita Brooks, no debe preocuparse de que le paguen un sueldo de miseria. Podrá afrontar con humor su frustración, y su inteligencia superior y su ingenio lo colocarán no sólo por encima de las privaciones materiales, sino también por encima del resto de la humanidad." Este mensaje será traído a colación años después, cuando se derrumbe la economía con un "cínico antimaterialismo". Y volvió a salir a colación, y con creces, en la "generación perdida" y la primera oleada de contracultura de los años sesenta.» [57] 
Si hemos de extrapolar esto, cuanto más confusa se vuelve la vida,
«más personas se aferran con desesperación a clichés para llevar un poco de orden a lo que, por lo demás, resulta incomprensible», escribe Adorno.
En otra reflexión, Adorno predijo que «el marica creativo hallará un lugar importante en la sociedad». Son varias las series de televisión en las que aparecían personajes masculinos artísticos, femeninos y sensibles. «Dichas imágenes resultan coherentes según las ideas freudianas de que la creatividad artística proviene de una pasión homosexual, ya sea reprimida o real. Estos personajes masculinos afeminados y sensibles suelen enfrentarse a otros personajes masculinos más agresivos, a los "machos", como los vaqueros, que no son creativos.» [58]

EL REINO ANIMAL Y NOSOTROS

Otra área clave del lavado de cerebro es la creación de una identidad entre el hombre y el animal. Desde los dibujos animados para niños hasta las series de televisión y las películas de la pantalla grande, todos retratan animales que actúan como si fueran seres humanos. Con el tiempo, según los estudios, los niños fueron perdiendo la capacidad de diferenciar a los animales y a los hombres. En los formatos como el de la perrita Lassie, el animal era un «héroe» que con frecuencia derrotaba sin ayuda de nadie a los «malos» que querían hacer daño a sus amiguitos.
«Toda esta identificación con el animal, así como la difuminación de la distinción entre lo que es humano y lo que es animal, volvió a aparecer una generación después, en la locura del movimiento ecologista.» [59]
Pero incluso antes de que existiera la televisión, hubo otro fenómeno de los medios de comunicación que preparó a la gente joven para la experiencia audiovisual no racional: las películas de dibujos animados de Walt Disney como Blancanieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, Pinocho, y más recientemente La Sirenita y La Bella y la Bestia. Sin saberlo, niños y adultos han estado sometidos a los más de sesenta años de la propaganda más vil y perniciosa que ha habido en la historia moderna.
«Estas películas de dibujos animados tenían como finalidad convertirse en experiencias universales para varias generaciones de niños y de padres, y contenían mensajes morales que permanecerían en el niño durante casi toda su vida de adulto. » [60]
Lo que poca gente sabe es que tanto el fundador de Walt Disney como su hermano participaron en la producción de películas propagandísticas durante la Segunda Guerra Mundial, supervisadas por el Committee for Morale [Comité de Moralidad], controlado por Tavistock.
«Los dibujos animados de Disney no pretendían hacer pensar a la gente, sino hacerla sentir algo que, según Disney, "pondría a su público de padres e hijos a un mismo nivel emocional infantil".» [61]
En esto, Disney y los degenerados de la Escuela de Fráncfort y de Tavistock están en la misma onda, con gente como Adorno, que hablaba de servirse de los medios de comunicación y del poder de éstos para transmitir imágenes de gran carga emocional que forzaran un retraso mental en los adultos.
«De este modo, las imágenes y los sonidos debían crear una imagen mental que pareciese real, a fin de dar una dimensión emocional a los personajes. » [62]
En ese estado de ensoñación, las personas estaban más dispuestas a aceptar como reales las vívidas imágenes de los dibujos animados. Escuche lo que dice Disney, y si es usted un ser humano en vez de un animal de dos patas, estas palabras tienen que provocarle dolor de estómago:
«Si todo el mundo pensara y actuara como los niños, nunca tendríamos problemas. Lo malo es que hasta los niños tienen que hacerse mayores. » [63]
Sin darse cuenta, está siendo usted bombardeado con una dosis extrafuerte del simbolismo jungiano más vil que existe, a través de los medios de entretenimiento de masas,
«que crean mundos mitológicos de "superbuenos" y "supermalos" al tiempo que introducen personajes que representan arquetipos, como la "Gran Madre", el "Sabio Anciano", la "doncella" o la "Eterna Juventud". Esto no es ninguna coincidencia, ya que la mayor concentración de jungianos que hay en Estados Unidos sigue estando en Hollywood, donde se ha sometido a la "terapia del sueño" a un gran número de productores, directores, guionistas, actores y actrices. Además, hay otros muchos músicos, letristas y demás componentes del mundo del rock que, influidos por la experiencia del LSD, se acercaron al pensamiento jungiano y añadieron su simbolismo en sus canciones.
»En los dibujos animados de Walt Disney, más que en ninguna otra parte, están representados claramente los arquetipos de Jung. Son coherentes con los conceptos jungianos, sobre todo en la consistente representación de las cuestiones morales, en ausencia de las enseñanzas del concepto judeocristiano del Bien. El Bien triunfa únicamente por la intervención de los poderes mágicos de las hadas, que son más fuertes que el Mal. Ésta es la esencia del tipo de espiritualidad del que habla Jung: la lucha simbólica entre las fuerzas de la "oscuridad" y las de la "luz", que queda fuera del control de la razón humana». [64]
Pero todo este circo de Disney tiene una faceta más tenebrosa: su siniestra incursión en lo macabro. A lo largo de estos últimos sesenta años, uno de los programas infantiles más populares ha sido el Mickey Mouse Club, con su mezcla artificial de personas reales, música en vivo, dibujos animados e interacción en directo entre seres humanos y personas disfrazadas de personajes de animales. ¿Cuántas personas son conscientes de que el Mickey Mouse Club era un siniestro experimento de lavado de cerebro colectivo dirigido a los niños a través de la televisión?
«Cada niño, en su casa, era "adoctrinado" con un ritual de iniciación de la televisión, e instado a tararear al mismo tiempo canciones cuya letra iba apareciendo en la pantalla y a entonar cosas que le iba indicando el jefe del grupo de la televisión. Todo lo hacía con las "orejas de ratón" puestas, que estaban diseñadas para que se identificara con la figura animal de Mickey Mouse. Al final del programa, el líder del grupo, un macho adulto joven, pronunciaba un sermón que era reforzado por los Mouseketeers presentes en el plató. Todo esto se hacía mientras los niños del estudio y los que estaban en casa llevaban puestas las orejas y hacían el "saludo al club". ¿Cuántas personas son conscientes de que cada vez que hacían dicho saludo estaban aceptando una nueva religión, semipagana, y un dios nuevo, el ratón ?» [65]
Si lo analizamos un poco más, veremos que los padres se hicieron a un lado y permitieron que un ratón, o más bien la televisión, por medio de un tal Mickey Mouse, administrase valores a una generación de niños que más adelante transmitirían esos mismos valores a otra; en la mayoría de los casos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Repito, está usted viendo tres generaciones consecutivas sometidas al lavado de cerebro a través de la televisión, que no recuerdan haber visto nada diferente. En otra época y en otro país europeo,
«otra generación de niños recibió una serie de valores de forma organizada de personas que no eran sus padres. La Juventud Hitlieriana de la Alemania nazi. Ellos también tenían rituales propios, uniformes, símbolos y canciones. Ellos también tenían líderes que pronunciaban sermones. A ellos también les decían que hicieran caso a sus padres y que fueran buenos patriotas, que fueran educados y que se portaran bien» [66]
El truco radicaba en hacer desaparecer a los nazis, pero no sus ideales. El Estado y los valores nazis, pero sin el bagaje nazi. Mickey Mouse y Hitler. ¿Advierte el paralelismo?

EL IMPERIO INVISIBLE

Con tanto hablar de Dante y de Disney, de Mickey Mouse y del cambio de modelo, de la cultura judeocristiana y de Aristóteles, Freud y Jung, Tavistock y la Escuela de Fráncfort, puede que se haya olvidado usted del tema principal de este capítulo. Vamos a dejar que nos lo cuente Edward Bernays, el sobrino de Freud:
«La manipulación consciente e inteligente de las costumbres organizadas y de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Quienes manipulan ese mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder de este país [ ... ] Nos gobiernan, moldean nuestra manera de pensar, forman nuestros gustos, sugieren las ideas, fundamentalmente, hombres que no conocemos de nada. [ ... ] Nuestros gobernantes invisibles ignoran, en muchos casos, la identidad de los demás miembros que componen el gabinete íntimo [ ... ] Sea cual sea la actitud que escojamos adoptar a este respecto, sigue siendo un hecho que en casi todo lo que hacemos en la vida cotidiana, ya sea en la esfera de la política o del trabajo, nuestra conducta social o nuestro pensamiento ético, estamos dominados por un número de personas relativamente pequeño [ ... ] que entienden los procesos mentales y las pautas sociales de las masas.
Son ellos quienes manejan los hilos que controlan la manera de pensar del público y quienes aprovechan las antiguas fuerzas sociales e inventan formas nuevas de controlar y dirigir al mundo.» [67] 
¿Puede seguir negándolo cualquiera que esté en su sano juicio? ¿Puede alguien negar que en estas dos últimas generaciones ha habido un alucinante cambio de valores morales? ¡Mire a su alrededor! Hay alguien que está haciendo todo esto a escondidas, ¡o es que aún no está claro!

Ahora que ya hemos puesto en cuestión a Mickey Mouse, vamos a echar un vistazo al otro programa preferido de los niños: Barrio Sésamo. El objetivo de este programa, creado en 1966, era
«llegar a dominar las cualidades adictivas de la televisión y hacer algo bueno con ellas, como ayudar a los niños pequeños a prepararse para el colegio». [68]
Lo primero que ve un niño es un programa con un animal como personaje central parecido a aquellas criaturas con rasgos humanos, los famosos Teleñecos. Antes de que entremos en el tema del lavado de cerebro, me gustaría que oyese usted hablar a uno de los tipos más representativos de Tavistock, Malcolm Gladwell. En sus propias palabras:
«Barrio Sésamo se creó en torno a una novedosa idea: la de que si logramos captar la atención de los niños, podemos educarlos.» [69] 
Barrio Sésamo, según Wikipedia,
«fue el primer programa para niños que estructuraba cada episodio y hacía, tal como decía Gladwell "ajustes pequeños pero cruciales", [70] en cada segmento, para captar la atención de los niños.
Tras la primera temporada de Barrio Sésamo, sus críticos obligaron a los productores y a los investigadores a tratar más a las claras los objetivos afectivos. Es decir, la competencia social, la tolerancia de la diversidad y las formas no agresivas de resolver conflictos, cuestiones de ecologismo, mediante discusiones entre los vecinos». [71]
He aquí uno de los mensajes ocultos. ¿Lo ve? Barrio Sésamo predica su versión particular de la perversión haciendo que unos muñecos caracterizados como animales moralicen sin tapujos acerca de cuestiones ecologistas, competencia social, tolerancia y demás. Otro mensaje oculto es el de que la «única» solución correcta, sea cual sea el problema, es la del compromiso, aprender a ser tolerante. Todo esto se hace mientras los muñecos enseñan a los niños a leer y a escribir. Y nunca puede haber compromiso alguno con el Mal de quienes tienen la Verdad universal como objetivo supremo en la vida. Eso forma parte de la rectitud moral y la personalidad que definieron a todas las grandes naciones y a las personas de ideales.
«Poco después de crear Barrio Sésamo, sus productores empezaron a desarrollar lo que llegó a llamarse el "modelo CTW", un sistema de planificación, producción y evaluación que no emergió del todo hasta el final de la primera temporada del programa. [72] El modelo CTW constaba de cuatro partes: "la interacción entre productores de televisión receptivos y expertos científicos infantiles, la creación de un programa de contenidos específico apropiado a la edad, la investigación para dar forma al programa y un análisis independiente de lo que aprenden los espectadores ".» [73]
Pero esto es una gran mentira. Hay estudios que demuestran que este programa no favorece el aprendizaje.
«En muchos casos da la impresión de que inhibe la capacidad de entender ideas más complicadas. Y lo que es más importante, los estudios indican que los niños parecen volverse "adictos" al programa, y dicha "adicción" los vuelve adictos a ver cualquier programa de televisión. » [74] 
Tal como escribió Neil Postman, profesor de la Universidad de Nueva York, en su libro Divertirse hasta morir,
«si algo hay que reprochar a Barrio Sésamo es fingir que es un aliado del aula del colegio [ ... ] Barrio Sésamo no estimula a los niños a que les guste la escuela ni nada que tenga que ver con ella. Los estimula a que les guste la televisión».
No hay absolutamente ninguna duda de que Barrio Sésamo tiene muchísimo que ver con las clases dirigentes. El dinero procedía de la Fundación Carnegie, controlada por los Rockefeller, y de la Fundación Ford, también controlada por los Rockefeller, que introdujeron el programa en una cadena de televisión mundial. El dinero de la Fundación Ford procede de la CIA, que difícilmente puede ser un ejemplo de educación infantil; de la Comisión Trilateral, controlada por David Rockefeller, del Council on Foreign Relations, del Grupo Carlyle, del que forman parte, entre otros, el ex presidente George Bush padre y el ex secretario de Defensa Donaid Rumsfeld, por no mencionar a algunos de los miembros menos conocidos de la familia de Bin Laden y de la sociedad secreta Skull & Bones de la Universidad de Yale. Esto no lo sabía usted, ¿a que no? La Fundación Carnegie, controlada por David Rockefeller, es uno de los miembros clave del poderoso grupo Bilderberg, que actúa diligentemente entre bastidores para degradar la educación de todo el mundo con el fin de degradarnos.

Se dirige como si fuera un negocio, y así se ha hecho siempre. Nunca ha perdido dinero y continúa arrojando beneficios sustanciales, todo ello en nombre de la educación dirigida a los niños. Los niños criados con esta basura han ayudado a que Barrio Sésamo se haya convertido en un negocio de mil quinientos millones de dólares que, a diferencia del resto de la economía, crece todos los años. ¿No está usted de acuerdo? Permítame que le haga una pregunta: ¿No le parece raro que su hija pequeña quiera ser de mayor igual que la cerdita Peggy o la gallina Caponata?

LA GOMA DE BORRAR DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

¿Y qué pasa con el lavado de cerebro de las personas adultas? ¿Cómo hacen para llegar hasta nosotros, los «mayores »? Una de las series favoritas de la televisión española de todas las épocas es Cuéntame cómo pasó,
«que se estrenó en el primer canal de la televisión pública española el 13 de septiembre de 2001. La historia empieza en abril de 1968 y traza un retrato de la España contemporánea a través de las peripecias de una familia de clase media, Los Alcántara, que vive día a día la transformación de la España franquista en una democracia moderna». [75]
Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, ¿se centra la serie en los verdaderos horrores de ese período histórico? ¿En las drogas, la destrucción, el desmoronamiento de los valores sociales, el cambio de valores de la sociedad? En absoluto. En lugar de eso, nos ofrece como menú diario la típica historia superficial de chico que se enamora de chica, y de unos padres que en ningún momento sucumben a las tensiones y las tópicas peleas familiares. La muerte de Franco y los cambios que siguieron se tratan con una especie de moralismo degradante.

Cuéntame cómo pasó es lo que se llama una
«visión retrospectiva controlada» para hijos del baby boom «de lo que ahora les gustaría creer que fueron los años sesenta. De esta forma, los productores nos han puesto en contacto con las emociones más infantiles y banales y nos han provocado nostalgia por aquellos años. El mensaje oculto consiste en que, en estos tiempos difíciles, lo mejor es que nos aferremos a los recuerdos y a los valores de nuestro pasado infantil. Hay que imaginar que la televisión es una enorme goma de borrar que hace desaparecer los auténticos recuerdos que guardamos del pasado, la realidad de cómo eran de verdad las cosas [ ... ] La tele puso encima una visión retorcida y distorsionada de dicha realidad que no apelaba a nuestro intelecto, sino a nuestras emociones infantiles. La idea de reescribir la historia utilizando los medios de comunicación no es nueva, en cambio es la primera vez que se hace mientras la mayoría de las personas que vivió la historia todavía están vivas». [76]

EL MUNDO DE LA PUBLICIDAD

La televisión es el medio más eficaz de aplicar lavado de cerebro, pero no el único. La avenida Madison de Nueva York, epicentro de la publicidad, también ha aportado su granito de arena, y por extensión el «culto a los famosos» contribuye a difundir ampliamente lo que Tavistock quería que creyéramos.

En los años veinte, Edward Bernays convirtió la propaganda de tiempo de paz en relaciones públicas. Las relaciones públicas crearon la sociedad de consumo, que, según se decía, iba a ser la guinda de la tarta del capitalismo de libre mercado, con la introducción de los patrocinios de famosos y la colocación de productos. Las relaciones públicas consolidaron las teorías de la psicología de masas y los planes que tenían las empresas y los políticos de influir en las creencias del ciudadano medio apelando, por encima del intelecto, directamente a las emociones y a los instintos.
«La gente ya lleva más de cincuenta y cinco años viendo anuncios publicitarios que, mediante un inteligente uso de imágenes y de música, intentan manipular los impulsos subconscientes y los instintos para vender productos. La mayoría dura menos de un minuto, pero contienen numerosas imágenes y a menudo una música repetitiva y pegadiza.» [77] 
Es una fórmula sencilla. Si usted es una persona joven de la cultura occidental, la publicidad satisface las necesidades informativas que tiene usted respecto de hacerse mayor y vivir la vida. Si lo analiza, verá que, en lo que se refiere al estímulo emocional y no racional, prácticamente no hay diferencia entre ver series de televisión y ver publicidad en la televisión. Las dos cosas venden un punto de vista. Sin charlas, sin clases. Sin decirnos esto es lo correcto y esto es lo incorrecto. Se limitan a expresar, a través de las experiencias ajenas, cómo es o cómo puede ser la vida para el grupo de población al que va dirigido. Es muy posmoderno y muy engañoso. La realidad funciona, porque, como tal, puede ser orquestada y manipulada.

Uno de esos puntos de vista puede ser, fácilmente, la nostalgia. La nostalgia, como en Cuéntame cómo pasó, es una cosa interesante, actúa como un pasado común que une a las personas que pertenecen a esa época o a esa generación en particular. Si se utiliza correctamente, también puede resultar muy práctica para manipular a la gente. Esto los publicistas lo descubrieron hace mucho, y puede que sea ésa una de las razones de que en estos diez años hayan vuelto a estar de actualidad determinadas modas y tendencias de las tres últimas décadas.

A juzgar por lo que aparece en la publicidad hoy en día, puedo deducir que hay personas creativas, que poseen recursos y carecen de escrúpulos, intentando constantemente descubrir qué cosas valora más la gente, para a continuación buscar la manera de vincular su producto a las estrellas.

Precisamente por su misma razón de ser, no existe ningún producto capaz de ayudarnos a alcanzar los ideales que se nos prometen visualmente, como por ejemplo la unión familiar, el poder personal, la autoestima, la sociabilidad, la seguridad, el atractivo sexual y una orientación clara dentro de un mundo cada vez más confuso.

La publicidad es el proceso de fabricar glamour. El glamour es el estado de ser envidiado. Por lo tanto, la publicidad habla de la felicidad solitaria que le llega a uno cuando es envidiado por los demás. Pero la envidia tiene un lado siniestro que casi siempre ha sido pasado por alto en el pensamiento del siglo xx. Desde la Edad Media, la envidia ha sido la palabra que mejor identifica las causas del sufrimiento humano. Al igual que la desesperación, la envidia se deriva de la separación de la persona respecto del objeto de deseo, más la sensación de impotencia al no poder alcanzarlo que se desea. En la envidia, la necesidad de conseguir se convierte en la necesidad de destruir.

Y aún así, en el centro de ese odio reside la notable profundidad y la simplicidad del anhelo humano, anhelo por la vida, por los ideales, los valores, la vitalidad y el amor. Anhelo por la conexión con alguien. Anhelo por la belleza. Es un anhelo que se proyecta de forma optimista mediante símbolos, imágenes y conceptos idealizados.

La publicidad es la versión de la mitología que se da en la cultura del consumo. Ninguna sociedad existe sin contar con alguna forma de mito. Así pues, no es de sorprender que una sociedad que está basada en una economía de producción y consumo en masa desarrolle un mito propio en forma de anuncio publicitario. Al igual que el mito, la publicidad toca todas las facetas de la vida, y al igual que el mito, se sirve de lo extraordinario para aplicarlo a lo trivial.

¿Para qué iban a querer los creadores de anuncios evocar la envidia y el odio? Howard Gardner, en un libro en el que comparaba a Piaget con Levi-Strauss, escribió lo siguiente:
«Los mitos tienen como finalidad tratar los problemas de la existencia humana que parecen insolubles; encarnan y expresan estos dilemas dándoles una estructura coherente, y de esa forma los hacen inteligibles. Gracias a que los mitos poseen una estructura similar a la de muchas situaciones del "mundo real", establecen un punto de equilibrio en el que los hombres pueden comprender los componentes cruciales del problema. Así pues, el mito satisface intelectualmente y fortalece socialmente.»
Los anuncios publicitarios cargados de imágenes repletas de valores que no guardan relación con el producto pueden alejarnos de los mismos valores que están explotando, confundirnos acerca de cómo hay que alcanzar dichos valores, y abrir la puerta a la desesperanza, el resentimiento y la apatía.

Como los productos no proporcionan la recompensa psíquica que prometían las imágenes del anuncio, nos quedamos con la duda de si habrá algo que la proporcione. Si continuamos con esa duda, terminaremos deprimiéndonos y viendo casi todos los productos rodeados de un agujero negro, el negativo fotográfico de su antiguo resplandor, el agujero negro de las promesas incumplidas. Y en ese agujero negro, que no es sino la explotación por parte de la publicidad de muchas imágenes ideales, se mete cualquier religión que prometa romper el círculo de la idolatría y conectarnos con el único ideal grandioso que trasciende a todos los demás: Dios, la inmortalidad, la conciencia cósmica, la iluminación, el mundo de los espíritus, el yo profundo o como demonios se lo quiera llamar. Haciendo uso de técnicas que son fundamentalmente religiosas, la publicidad, sin darse cuenta, está haciendo publicidad de la religión.

Vista como religión, la publicidad estimula a la gente a que crea que los ideales más vívidos y más atrayentes de nuestra cultura son fáciles de alcanzar, sólo con que demos con el producto adecuado y, por extensión, acertemos con el sabor, la filosofía, la iglesia, el gurú, la secta y hasta los fármacos que mejoran el rendimiento.

Ésa es una posibilidad inquietante; pero hay otra que lo es todavía más. ¿Es posible que estemos fabricando una generación que desconfía de todos los ideales, porque las presentaciones más potentes y más convincentes de dichos ideales tienen lugar en anuncios de televisión, un sitio donde los ideales se prostituyen al servicio de las ventas? ¿Somos responsables de que la generación actual sea la que tenga menos ilusiones de toda la historia de la humanidad, una generación de personas que van a tener dificultades para no odiar esa belleza que se utiliza en la publicidad para manipularlas y que acaba decepcionándolas? Peor todavía, ¿odiarán también verse delicadamente superadas por la belleza auténtica cuando se la encuentren en el mundo? ¿Seguirán siendo capaces estas personas de abrigar esperanzas, de tener fe, de fijarse metas y de creer en algo que no sean ellas mismas?

Resulta irónico que la mayoría de los anuncios no haga uso de la obviedad sexual pero en cambio se basen en contar una historia sexual en la que la seducción, el engaño y la pasión aparecen retratados como medios aceptables para tener personalidad.

Inseparables de la ropa que vestimos y de los productos que usamos son las ideas y las fantasías que nos hacemos respecto de nuestro cuerpo. Los productos de belleza muestran los rituales del momento en que los usamos como ocasiones trascendentales, y los productos dietéticos evocan la imaginería religiosa de culpabilidad y salvación. El cuerpo en sí debe ser manipulado con ansiedad y ejercitado de forma sistemática por la persona en Cuestión, hasta que se convierta en un anuncio publicitario de sí misma, un complicado cartel que hay que leer y admirar.

La cualidad de la belleza no siempre ha sido tan rebuscada. Desde los tiempos de los griegos hasta principios del siglo XX, los filósofos y los poetas relacionaban la belleza con ideas tan gloriosas como la verdad y la armonía. Para Dante, dichos ideales constituían las luces que iluminaban la existencia. No hay más que recordar el final de la Oda a una urna griega de Keats: La belleza es verdad, y la verdad, belleza, nada más se sabe en esta tierra, y nada más hace falta.

Las portadas de revistas o las tiras cómicas en las que la seducción femenina de las primeras y la claridad narrativa de la segundas han absorbido la totalidad de los impulsos creativos del artista, son despreciables, pero no porque insistan en el atractivo sexual o en concentrarse en lo anecdótico —Tiziano y Boucher podrían competir con la revista, Giotto y Goya con la tira cómica—, sino porque les falta riqueza interior. Son superficiales por la misma razón que los artistas abstractos son triviales y a menudo insignificantes.

El éxito de la publicidad moderna es reflejo de una cultura que por sí misma ha preferido el espejismo a la realidad. Merece la pena pararse a reflexionar un momento acerca de las imágenes supernormales sobre la perfección que aparecen en los medios, porque cualquier imagen que pretenda sugestionar tiene una naturaleza doble. Por un lado, las imágenes idealizadas pueden dar valor a la persona y orientarla. En la búsqueda de lo inalcanzable, la gente alcanza cosas maravillosas. Ese ideal edificante puede ser amar como amó Jesucristo, manifestar la compasión de Buda o tener la sabiduría de Confucio.

En el mundo occidental de la «igualdad de oportunidades», si uno intenta alcanzar esos ideales pero no lo consigue, tiene derecho a sentirse orgulloso de haber realizado el esfuerzo. La cultura de quienes vivimos en el siglo XXI está guiada por ideales inalcanzables: libertad, igualdad y felicidad. El hecho de fracasar en el intento, cuando perseguimos grandes ideales, constituye el centro de nuestra forma de ser, luchadora, romántica, quijotesca. Hoy, para la mayoría de los occidentales, con frecuencia lo hiperreal ha sido sólo una manera de mirar hacia un futuro que ha sobrepasado los sueños más descabellados de la ciencia ficción.
Pero las imágenes idealizadas enaltecen a la persona únicamente cuando existe alguna forma de desplazarse desde donde está hasta donde están los valores implícitos en esas imágenes. Si no hay nada que nos vincule a la imagen, el ideal parece inalcanzable, nos sentimos muy lejos de él y, por consiguiente, no existe un vínculo entre el ideal y el público, sino sólo esa distancia.

La publicidad fomenta la desesperación. En primer lugar, rodeándonos de imágenes de una perfección inalcanzable, y en segundo, diciendo de forma implícita que ese producto va a proporcionarnos el ideal, cuando en realidad no puede hacer tal cosa. La gente no necesita un automóvil nuevo cada tres años, la televisión de plasma aporta poca riqueza a la experiencia humana, un vestido largo no repercute en la expansión del conocimiento, ni incrementa la capacidad de amar. Así lo expresó un crítico de la publicidad: «La tristeza traiciona la idea idílica (de que la publicidad es un mundo más que perfecto).»

La desesperanza es un producto secundario de la experiencia, que depende del modo en que la publicidad promete proporcionar los valores implícitos en sus imágenes hipernormales.

Tal como señaló agudamente Vladimir Nabokov.
«En nuestro amor por lo útil, por los bienes materiales de la vida, nos hemos convertido en fáciles víctimas del negocio de la publicidad. El rico filisteísmo que emana de los anuncios publicitarios no se debe a que éstos exageren o inventen la gloria de tal o cual artículo, sino a que sugieren que el colmo de la felicidad humana se puede comprar y que el hecho de comprarlo ennoblece al comprador. La parte divertida, claro está, no es la de que este mundo sea un lugar en el que ya no queda nada espiritual excepto las sonrisas felices de las personas que sirven cereales celestiales, sino la de que es una especie de satélite en la sombra, en cuya existencia no creen de verdad ni los vendedores ni los compradores.»
La publicidad es meramente un mito moderno que cumple la misma función que la mitología de las culturas de la Antigüedad. Si la publicidad es de verdad un sistema mitológico, sin duda alguna es un mito que ha fracasado en su responsabilidad fundamental, la de aportar identidad personal y significado espiritual a aquellos a quienes va dirigido.
«Estar inmerso en la cultura clásica —escribe Harley Schlanger— desarrolla nuestra comprensión de la historia universal, de las ideas que hay detrás de las batallas, y nos prepara para actuar como líderes en nuestra época. Y en el corazón de la cultura clásica realmente grandiosa, como en las tragedias, el autor demuestra que el destino trágico no es inevitable, sino que existe una manera de actuar gracias a la cual se puede evitar la tragedia.» [78]
Como ilustran los hechos en el caso de la famosa Hermandad de la Vida Común, el estudiante que se beneficia de dar un enfoque clásico a los procesos cognitivos es el estudiante que encuentra, en el peor de los casos, una oportunidad decente de convertirse en un genio original calificado.

Esta cualidad del conocimiento por la inteligencia es lo que distingue al hombre de las bestias. Son esos descubrimientos realizados y corroborados gracias a la capacidad de la mente humana y transmitidos de unos a otros, los que han permitido al hombre incrementar la densidad potencial de la población, de unos pocos millones de individuos de mala calidad a más de trescientos millones en el siglo xv y casi siete mil millones en la actualidad.

La historia, explicada desde el punto de vista del desarrollo cognitivo de culturas universales y de cada uno de los individuos de una cultura determinada, también adquiere el valor de ciencia. Gracias a la coherencia de las ideas, la humanidad está por encima del mono y la mayoría por encima de la condición bárbara y feudal del concepto de «borrego». La historia, en ese sentido, es la historia de las ideas, de su producción, de su circulación y de su realización.

No obstante, el primer requisito previo para entender cuál es el lugar que nos corresponde por derecho en el universo es que usted, lector, apague el televisor y, lo que es más importante, lo mantenga apagado, a la luz de las pruebas aportadas sobre las diabólicas y perversas intenciones de Tavistock.





Continúa aquí.

NOTAS

55. Theodore Adorno, Television and the Patterns of Mass Culture, 1954.
56.Lonnie Wolfe, «Turn off your TV», New Federalist, 1997.
57.Ibid.
58.Ibid.
59.Ibid.
60.Ibid.
61.Ibid.
62.Ibid.
63.Ibid.
64.Ibid.
65.Ibid.
66.Ibid.
67.Edward Bernays, Propaganda (1928), Ig Publishing, Nueva York, 2004.
68. http://en.wikipedia.org/wiki/Sesame_Street.
69 .http :1/en. wik ipedia. org/wiki/Sesaine_Street#cite_note-gladwe11--100-24.
70.http://en. wikzedia. org/wiki/Sesame_Street#cite_note-gladwell-91-26.
71.Aletha C. Huston, Daniel R. Anderson,John C. Wright, Deborah Linebarger & Kelly L. Schmidt, «Sesame Street Viewers as Adolescents: The Recontact Study», en Shalom M. Fisch y Rosemarie T. Truglio, «G» is For Growing: Thirty Years of Research on Children and Sesanie Street, Lawrence Erlbaum Publishers, Nueva Jersey, 2001.
72.http://en.wzkipedia.org/wiki/Sesame —Street#cite—note-morrow-68-42.
73.Ibid.
74.Lonnie Wolfe, «Turn off your TV», New Federalist, 1997.
75. http://www.rtve. es/television/cuentame/la-serie/.
76.Lonnie Wolfe, «Turn off your TV», New Federalist, 1997.
77.Ibid.
78.Harley Schlanger, «Who Owns Your Culture», Fidelio, primavera de 2003.
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