Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

jueves, 9 de octubre de 2014

Conspiración Octopus II: Un millón trescientas mil toneladas métricas de oro escondidas en Filipinas

Viene de aquí.


2

No cabía duda al respecto. El hombre sentado en una roca, acurrucado en un estrecho agujero, observaba un convoy de tres vehículos avanzar lentamente por un terreno árido. Tenía ganas de pelea. Control. Lo percibía, lo sentía, lo saboreaba. Lo tenía en las puntas de los dedos. Poder absoluto. Resultaba extraño que algo que él buscaba desde hacía tanto tiempo estuviera tan a menudo conectado con la rutina. Sí, había trabajado por ello, con diligencia. Soberanía. Soltó un gruñido. Vaya estupidez...

Prefería ir despacio, desmenuzar los trozos poco a poco, evitando cambios repentinos del poder nacional al federal. Y ¿por qué no regresar al período anterior a Hobbes? La Edad Media tenía mucha más humanidad, y una diversidad de identidades que en la actualidad podría constituir un modelo. La Edad Media es hermosa. Poderes sin territorios, sin soberanía. El totalitarismo no existirá. La democracia no necesita ninguna clase de soberanía. Necesita un mundo de regiones y ciudades, sin estados-nación soberanos que defiendan el bienestar general. Más bien una estructura imperial, una nueva Edad Media con una esperanza de vida, una pobreza y una población acordes.

Los vehículos eran tres camiones con matrícula de California, indistinguibles de cualquier otro que pasara un día cualquiera por la zona. Poco a poco, el Hombre Poderoso se concentró en el camión que iba delante. Intrincadas interdependencias humanas. Poder y riqueza. Un antídoto perfecto para seleccionar los montones de mentes inexpertas influenciadas por necesidades elementales. El colapso financiero mundial destruirá la riqueza, acabará con el nivel de vida de todos y deshumanizará a la población, convirtiéndola en un rebaño de ovejas todavía más asustadas que ahora.

El hombre se puso de pie en la roca. Permaneció un instante inmóvil bajo los silenciosos tilos. La integración del mundo debe ser el objetivo primordial de cualquier cultura progresista, y donde los gobiernos han fallado, los industriales triunfarán. Debemos tener una aristocracia selectiva, no de privilegios, sino de
entendimiento y propósito. De lo contrario, la humanidad fracasará. «La codicia es buena», dijo en voz alta mientras entraba en el campo visual de los faros y se dirigía al convoy.
—Esta noche va a reunirse con uno de nuestros hombres en Shawnsee.
—Estará contento, Jefe.
—Un día este joven morirá. Cáncer, un ataque cardíaco, leucemia, Parkinson, vete a saber. —El hombre al que llamaban Jefe hizo una pausa—. Sólo queremos realizar un pedido urgente ante esa deseable eventualidad.

El timbrazo de un teléfono interrumpió la conversación. El Jefe buscó en el bolsillo y sacó un móvil.
—¿Sí? —Su voz sonaba brusca y áspera.
—Ya está —contestó, todavía oculto, el hombre de la CIA. Se llamaba Henry Stilton, director adjunto de la Agencia Central de Inteligencia. Era alto, desgarbado, e iba impecablemente vestido. En su rostro anodino destacaban una barbilla hendida y unas cejas pobladas.
—Bien —dijo el Jefe, mirando de soslayo a su izquierda. Entornó los ojos mientras rememoraba recuerdos invisibles.
—Esto significa, literalmente, que se ha llevado los códigos a la tumba. —Echó whisky en un vaso.
El hombre al que llamaban Jefe se volvió.
—Sin ese dinero el gobierno no tendrá más remedio que devaluar el dólar para evitar el desastre inmediato. —Entornó los ojos, irritados por el humo del tubo de escape—. Un colapso del valor del dólar causaría, en el planeta entero, una implosión simultánea de las economías nacionales.
—Estamos un paso más cerca. Un nuevo sistema monetario mundial. —El hombre de la CIA eructó ligeramente mientras sacudía la cabeza—. Los que dirigen los mercados monetarios controlan el mundo.
—Un nuevo orden mundial. Nos hallamos al borde de una nueva edad de las tinieblas global, que durará generaciones. Al final, sólo sobrevivirá una minoría relativamente pequeña de la población del planeta.
—Quizá lo estemos celebrando demasiado pronto. ¿No es posible que el gobierno tenga otras opciones? —preguntó el director adjunto de la CIA, que hacía girar el vaso en la mano como si fuese algo que él mismo había fabricado y de lo que se estuviera despidiendo.
—Lo que se ha propuesto casi equivale a tomar cianuro como remedio para el mal aliento —contestó el Jefe—. El género humano es la influencia más poderosa para las formas deliberadas de cambio progresista a estados superiores. Por eso se debe asfixiar a los primates superiores.
—Hundiendo los mercados mundiales —señaló el hombre de la CIA, que sonrió tranquilamente aunque estaba inquieto.
—El dinero no tiene valor económico intrínseco. Es un medio para alcanzar un fin deseado.
—Ya sabe lo que dicen, ignorancia no es lo mismo que inocencia —comentó Stilton, y soltó un suspiro.
—Hummm, llame a Lovett y manténgame informado. —El Jefe colgó el teléfono—. Vamos.
—Sí, Jefe.

Se abrió la portezuela del conductor; el hombre subió y encendió las luces. Menos de diez segundos después, los vehículos habían desaparecido.

Reed introdujo en su boca el último y suculento bocado de pan negro con una montaña de salsa de arándanos, tomó una última copita de champán y ocupó su sitio tras una mesa ovalada de caoba hecha a mano. Era el guardián de la cripta. Un número de cuenta. No, el número de cuenta. Era responsabilidad suya. Más que el dinero en sí, lo que lo excitaba era el impropio número de ceros que había detrás de la primera cifra. Concentraba la atención en ellos. Ah, la emoción del descubrimiento, la exaltación de la riqueza, el conocimiento del poder...

Reed sentía que el dolor le abrasaba los ojos y las sienes y se desbocaba hacia abajo, hasta clavársele en el pecho. Tenía la mirada fija en la pantalla. El estruendo procedía de su interior, pero al principio había sonado más bien apagado. Cerró los párpados con fuerza, contó hasta cinco, hasta diez, y luego los abrió, plenamente consciente del súbito temblor que lo inmovilizaba por momentos. 0.000000000. Cero. Cero dividido por cero, más cero, multiplicado por cero. De repente, Reed fue presa de convulsiones borborígmicas. Un segundo destello confirmó que algo desafinaba.

Y ahora, mientras miraba boquiabierto la enorme pantalla de su ordenador y trataba de comprender, intentó procesar el hecho de que una suma de dinero muy elevada... no, muy, muy elevada... no, fantasmagórica, había desaparecido de su ordenador. Clavó de nuevo la mirada en la pantalla, empotró la silla contra la mesa de caoba, se frotó los ojos, sacudió la cabeza, pulsó varias veces la tecla de retorno, hizo una pausa, la pulsó unas cuantas veces más. Por fin, decidió apagar el ordenador y volver a encenderlo. «No puede ser», murmuraba a través de los dientes apretados. El vértigo que sentía junto a aquel abismo lo empujó hacia delante. Como en estado de trance, tecleó la jota mayúscula, luego la i griega minúscula y los números 5, 7 y 2, asterisco, 4, el símbolo del dólar y finalmente el signo de interrogación. Contraseña aceptada. Su cuenta bancaria estaba a cero. Tiene usted cero dólares en su cuenta. Reed se limpió el sudor de la frente, se secó las manos en los pantalones, cogió el teclado con ambas manos. Tenía que recuperar la cordura concentrándose en cosas pequeñas. Verificar la cuenta. «Quizás el número de cuenta esté equivocado. Eres presidente de Citibank. Conoces miles de números de cuentas.»

Reed buscó en el cajón superior y sacó una gruesa libreta con tapas de cuero negras. La abrió por la página 47, dolorosamente consciente de las gotas de sudor que corrían... no, que manaban por la parte posterior de su cuello. «Empieza otra vez. Cero. Tienes cero dólares en tu cuenta corriente.»

Era una noche fría y lluviosa de febrero y el viento se colaba por la ventana entreabierta. «Tranquilízate. Esto tiene una explicación lógica. Tranquilízate, he dicho. Sí, sí, me tranquilizo. Debo tranquilizarme.» Se lavó la cara, se cambió de ropa, se sirvió otra copa y volvió a empezar. «Cero. Tienes cero dólares en tu cuenta corriente.» Temblando de arriba abajo, se apartó de la mesa, se puso de pie y echó a andar por el pasillo hasta la puerta principal. Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Cada cero proyectaba una sombra fatal sobre sus sentidos. «Cero», murmuró Reed cuando llegó al final del pasillo. «Cero», repitió mientras salía al exterior. Era consciente de que le temblaban las manos. Se detuvo un momento y respiró hondo, sujetándose la manga derecha con la mano izquierda. «Ordenador averiado. Vete a la cama. Mira, es imposible. Se trata de un sistema blindado. Quién iba a atreverse... Soy John Reed... en caso de que ya no sea lo bastante lúcido para recordar quién es John Reed, era... no, es y será. Vaya estupidez.» Con un gesto muy suyo, Reed sacudió la cabeza con vehemencia. De pronto, una leve sonrisa brilló en su boca. «Ordenador averiado. Ordenador averiado. Ordenador averiado...», mientras llegaba al pie de las escaleras. Entonces sonó el teléfono. Reed levantó el auricular con desgana.
—¿Sí? —Su voz sonaba como si flotase en medio de un sueño angustioso.
Tras un breve silencio, alguien dijo:
—Perdone, señor. Ciertos caballeros desean que acuda en persona, y cuanto antes, al lugar habitual.
Se oyó un clic y se cortó la comunicación.

Teresa, un valle rodeado por montañas ricas en mármol, es una de las zonas menos interesantes de Rizal, en las laderas de Sierra Madre, la cordillera más larga de Filipinas. De hecho, podría no haber existido si no fuera por el arroz que se cultiva en terrazas desde hace siglos, en medio de los llanos del oeste y las onduladas colinas y escarpadas crestas del este.

John Reed, presidente de Citibank, conocía bien el terreno. Estuvo ahí, sesenta años atrás, a las órdenes del general MacArthur. Lo vio de primera mano. Área de operaciones: el Pacífico. Poco después de la guerra formó parte de una expedición secreta encargada de encontrar el tesoro y traerlo a casa. Los condujeron con los ojos vendados hasta una zona próxima al lago Caliraya, en Lumban, Filipinas. Les ordenaron cavar sin preguntar por qué ni para qué. Trabajaban de noche. Se avanzaba a duras penas. Todos los túneles estaban llenos de trampas y callejones sin salida que dificultaban y retrasaban la excavación. Su equipo de búsqueda había tardado ocho meses en encontrar la primera cámara del tesoro, situada a sesenta metros bajo tierra. Los japoneses lo habían enterrado y habían dejado señales extrañas en las rocas, a fin de ocultar la verdadera ubicación del botín.

«Sesenta años atrás.»
Abrió la puerta, salió a la galería y se quedó mirando el colorido collage que veía desde el magnífico ático que daba al río Hudson, en pleno centro de Nueva York. Y lo que contempló ese día le pareció una estampa de colores exquisitos, una benévola definición de realismo enjaulado, como metáfora de la forma artística y, al mismo tiempo, del destino humano. Su destino.

«Ojalá supieran...»
Sólo unos cuantos privilegiados sabían que Teresa formaba parte de la mayor conspiración de la historia de la humanidad, una leyenda susurrada entre quienes conocían el alucinante tesoro que fue robado y escondido por el Ejército Imperial japonés en retirada durante los días más duros de la Segunda Guerra Mundial.

«Un millón trescientas mil toneladas métricas de oro.»
Se sirvió una copa. «El equivalente a seis coma cuatro trillones de dólares. ¿Hay alguien capaz de concebir una cifra tan extravagante?»

La cantidad de oro era diez veces superior a las cifras de las reservas oficiales de todo el mundo proporcionadas por el Banco Mundial. El hecho de que existiese tal cantidad de oro fuera de los circuitos oficiales resultaba increíble, pensó John Reed. Que un puñado de gobiernos lo bastante afortunados para saber la verdad hubiera guardado el secreto, era algo extraordinario. «Seis coma cuatro trillones de dólares escondidos en los agujeros más profundos de las junglas de Sierra Madre», murmuró para sí, convirtiendo en palabras sus pensamientos.

Reflexionó sobre el hecho de que el oro, al igual que ocurre con los diamantes, es mucho más común en la naturaleza de lo que la gente cree. Si alguna vez llegaba a conocerse la verdad, ésta destruiría la economía mundial, porque la mayoría de los países todavía utilizaban el patrón oro como respaldo de su moneda.

Se le ocurrió pensar que la naturaleza es bella pero no tiene nada de coherente. Ojalá pudiera hacer retroceder el tiempo. ¿Por qué es tan escurridizo? El futuro no viene después del presente en línea recta desde el pasado, ni tampoco el presente es una línea recta. El futuro es imaginario y siempre puede ser anulado. «Sobre todo si deciden matarme.»

Una parte del oro de Filipinas, el equivalente a unos cuantos billones de dólares, fue embarcado a Génova a bordo del portaaviones President Eisenhower, y después trasladado a diversos bancos de Suiza en un convoy fuertemente protegido. El resto... un secreto envuelto en misterio, guardado tras mil cerraduras de criptonita desde principios de la década de 1960, custodiado por cincuenta y cuatro fideicomisarios, en depósitos de Teresa y en las montañas selváticas de Irian Joya, Indonesia. Los fideicomisarios trabajaban de manera independiente, sin conocerse unos a otros. Pero estaban coordinados por una serie de directores del complejo industrial-militar, quienes a su vez eran controlados por su superior jerárquico. Y por encima de ellos, en el vértice de la pirámide, Octopus: menos de una docena de miembros, estrechamente unidos y financieramente entrelazados. Los controladores de la riqueza del planeta, hombres cuyo poder hacía girar el mundo.

Reed tragó saliva y puso mala cara. Durante varios segundos siguió mirando al frente. El gobierno utilizaba el oro oculto en Suiza como garantía monetaria de un programa comercial extraoficial con derecho ilimitado de giro sobre los depósitos. El dinero, poco más de doscientos veinte billones de dólares, estaba depositado en treinta cuentas de Citibank. Su banco. Otra pausa. Se le crispó el rostro. De todos modos, el gobierno no era la única entidad con acceso a ese dinero.

Mediante cuentas espejo al margen de los libros, Octopus también sabía sacar provecho del dinero del gobierno, utilizándolo para acaparar los mercados mundiales mediante fusiones y adquisiciones, con tapaderas y manipulando precios. Los pensamientos de Reed eran como piedras que caían en agua estancada. El gobierno... y... Octopus. Intereses entrelazados, objetivos diametralmente opuestos. Bien, alguien había robado el dinero, y el mundo podía sufrir una desintegración financiera. Reed estaba citado a declarar, y Octopus quería respuestas... que él no tenía. El mensajero había sido muy correcto, pero en su voz había algo inexplicablemente violento. Algo que hizo a Reed desear que fuese otro quien tuviera que enfrentarse a ellos.
—Personalmente, me sorprende que pase algo así estando JR de guardia —soltó con un bufido un individuo situado justo a la izquierda del hombre al que llamaban JR. Henry Stilton era director adjunto de la CIA. JR era, en efecto, John Reed, presidente de Citibank—. A estas alturas, ni siquiera podemos empezar a calibrar las consecuencias.

Stilton contaba sesenta y pocos años y había sobrevivido a tres administraciones presidenciales. Sacudió la ceniza de su puro cubano y miró desafiante a los presentes, como si esperase que al menos uno lo contradijera. Además de Stilton y JR, había otras dos personas sentadas a una mesa de reuniones de caoba en forma de U, en una estancia especialmente insonorizada cuya intimidad estaba garantizada por un blindaje de Faraday e interceptores de radiofrecuencia de banda ancha.
—Henry, no insinuarás que en nuestras medidas de seguridad hay deficiencias o falta de supervisión. ¿Verdad? —John Reed tenía una voz de barítono profunda y melosa, acentuada por años de tabaco y bebida.
«Bud», para sus amigos, era un conservador reaganiano de setenta y cinco años, con lo que superaba en edad a todos los presentes. En los pasillos del poder se decía que, si antes era más fácil ver a un presidente de Estados Unidos que a Bud Reed, ahora era claramente distinto.
—Bueno, no sé, Bud. ¿Cómo lo llamarías tú? Tienes más agujeros que un colador. No lo tomes como algo personal. Me ciño a los hechos.
—Caballeros, melodramas aparte, estamos en un aprieto de esos que pasan una vez en la vida y en el que, lamento decirlo, ojalá yo nunca me hubiera visto implicado.

El hombre se quitó el abrigo cruzado de pelo de camello y lo colgó pulcramente en el respaldo de su asiento. Hablaba con suavidad, como si escuchase el sonido de su voz, acariciando cada sílaba al deslizarse de su boca. Con cincuenta y tres años, era el más joven del grupo, vicepresidente de Goldman Sachs y presidente honorario del poderoso Grupo Bilderberger. No era sobrino de nadie. Tampoco había estudiado en Yale. De hecho, no había completado los estudios universitarios, pero tenía un gran talento para las finanzas. Su nombre era James F. Taylor. La «F» correspondía a Francis, el apellido de soltera de su madre. Sabía de qué hablaba. Nadie en la mesa podía dudarlo.

Reed arrugó la nariz y parpadeó unas cuantas veces.
—El sistema es hermético —insistió.
—¿Ah, sí? —intervino un hombre calvo y fornido de Tejas—. Entonces, ¿dónde está el dinero?
Oficialmente, era un analista de alto rango del Departamento de Estado. Extraoficialmente, ocupaba un puesto de responsabilidad en la Unidad de Estabilización Política, una rama de los servicios de inteligencia de Estados Unidos conocida como Operaciones Consulares. Su nombre era Robert Lovett. Lo describían como «arquitecto de la Guerra Fría» y había sido ejecutivo de un viejo banco de Wall Street llamado Brown Brothers Harriman.
—Es hermético, ¡creedme! —Dio un puñetazo sobre la mesa.
—Puedes repetirlo ad nauseam, Bud. Sólo falta que te quites la ropa como en el sesenta y ocho para demostrar tu sinceridad...
—Dadme un tiempo y lo recuperaré. Lo juro.
—Mejor que así sea —replicó Taylor—. De lo contrario, la desaparición del dinero provocará el hundimiento de la economía mundial.
—Yo haré...
—Bud, ese dinero es el mecanismo de control de los intereses financieros de Octopus —lo interrumpió Stilton—. Es decir, nuestros intereses privados, en caso de que no lo hayas entendido.
—O sea, un instrumento de peso y una salvaguarda contra las políticas económicas de los gobiernos soberanos —apuntó Taylor.
—Bud, ¿cómo demonios se supone que vamos a construir un imperio si no tenemos ni un centavo a nuestro nombre? —dijo Lovett. Hizo una pausa y añadió—: En este momento somos un imperio de víctimas. Señor, vaya mierda... —Se dio una palmada en la rodilla—. A mí, por lo pronto, no me gusta ser víctima, Bud. Así que sé bueno con nosotros y encuentra ese dinero.
—¿De cuánto estaríamos hablando? —inquirió Stilton, para a continuación levantar una reluciente bota sobre el brazo del sillón y apretar la boca.
—¿Una cifra aproximada? En torno a doscientos billones —contestó Taylor.
Stilton se rascó las axilas, pensativo.
—No se preocupen, caballeros —dijo Reed—. En cuanto averigüemos cómo lograron los autores anular los múltiples sistemas de seguridad y apoderarse de nuestros fondos, tendremos una idea clara de dónde se encuentran. —Tragó saliva—. Apostaron fuerte y les dio resultado. En cualquier caso, el dinero no es el factor determinante de la riqueza. Pero sí nuestro poder.
—Bud, tu argumentación hueca es propia del positivismo lógico, con una huella característica no de un pensador original sino de un sicofante bizantino. —Taylor le apretó el brazo contra su cuerpo—. Tienes una semana para encontrar el dinero. Reed se liberó impulsivamente.
—Una semana.


3

En el motel Merry Kone, había que abandonar la habitación a las once. La mayoría de los huéspedes eran camioneros y viajantes que se iban al despuntar el día. El ingreso se hacía al mediodía, pero pocas personas se registraban en el Merry Kone antes de ponerse el sol. Shawnsee, Oklahoma, no era exactamente una atracción turística.
«Qué extraño...», pensó la mujer de la limpieza. Miró su reloj de plástico. Las doce treinta y cuatro. Hinchó con sorna los orificios nasales. Dudó un instante, acercó la oreja a la puerta y escuchó durante unos segundos. De pronto, llamó al contrachapado. Nada. Volvió a llamar, esta vez con insistencia e irritación. El sonido era hueco, como si lo causara el bulto robusto de un puño cerrado. Entonces, la mujer abrió con una tarjeta.
—¿Hola?
Se detuvo un momento antes de entrar con decisión. Los pesados visillos permanecían corridos. La cama estaba sin hacer, pero la habitación no parecía ocupada. La mujer entró en el cuarto de baño. Se quedó boquiabierta. Al salir, estaba pálida. Era como si dentro del pecho tuviera un globo que le impidiera respirar. De repente, llenó el aire un grito desgarrador:
—¡Dios santo...! Por favor, que alguien me ayude. ¡Hay un hombre muerto en la bañera! Entró enseguida otra mujer de la limpieza, seguida del recepcionista. Se quedaron los tres clavados en el suelo.
—Lucía... —le dijo el recepcionista a la asistenta, empujándola fuera—. Por favor, cierra la puerta y espera abajo. Yo llamaré a la policía.


4

La parte más profunda de la naturaleza humana cubre el planeta con una nauseabunda capa viscosa de rechazo.

Un hombre con gafas oscuras de diseño y manos como hojas de hacha paseaba tranquilamente por la Piazza del Popolo, frente a un viejo y calvo vendedor de salchichas de rostro arrugado y unos niños gritones que iban de excursión. En el otro lado de la Piazza, en un hueco entre los edificios, se levantaba Santa Maria del Popolo, una de las primeras iglesias renacentistas de Roma, famosa por albergar el Martirio de san Pedro y la Conversión de san Pablo de Caravaggio, y la Capilla Chigi de Rafael. Se llamaba Curtis Fitzgerald, tenía cuarenta y un años y era ranger del ejército y miembro del Décimo Grupo de Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Lo apodaban el Guerrero Celta, y era evidente que para ese alto filadelfiano su imponente tamaño suponía una gran ventaja. Era un hombre de muchos proyectos, y a todas luces su cuerpo era uno de ellos. Curtis había sido durante años especialista de «gama alta». En la jerga de los servicios de inteligencia, la expresión «gama alta» se refería a alguien acreditado para acceder a niveles de alto secreto. Y tras casi dos décadas de servicio, a Curtis aún le gustaba su trabajo.

Tal vez para concentrarse mientras dudaba entre varias direcciones, o quizá porque observaba ahí cierta oculta relación con su apuro actual, Curtis volvió a pensar en su última misión. El último trabajo lo había llevado a Bagram, una antigua base aérea soviética situada a unos quinientos kilómetros al norte de Kabul, capital de Afganistán. Una causa «de cinco estrellas», concebida para mejorar el estilo de vida de esos «nauseabundos pastores de cabras», como los habían definido sus superiores. Durante la invasión soviética de los años ochenta, fue siempre el reducto más seguro del país, nunca en peligro real de ser atacado. Ahora era el principal centro de detención de los más duros y aguerridos prisioneros y simpatizantes de Al Qaeda. Bagram está situada en una llanura rodeada de cumbres nevadas, un escenario espectacular, la clase de propiedad inmobiliaria que en Estados Unidos estaría bien regada y llena de campos de golf.

Curtis era «senior E», contraseña de investigador principal en un equipo especial de tres hombres. Los aliados habían capturado un HVT, un objetivo de alto valor, alguien que al parecer tenía contactos directos con Osama bin Laden. Cuando llegó Curtis, el Prisionero n.º 178 ya estaba esperando en una tienda militar junto con personal de alto rango, analistas del ejército y agentes de contraespionaje. La zona que albergaba los prisioneros era un enorme campo con límites de adobe que, en otro tiempo, antes de la sequía, había sido un exuberante huerto de manzanos. Dentro había ocho tiendas de gran tamaño, cada una con sus faldones permanentemente subidos y rodeadas por tres rollos de alambre. El cometido de Curtis consistía en evaluar la importancia de cierto prisionero para los servicios de inteligencia, un arte impreciso para cuya ejecución se apoyaba, en buena medida, en su perseverancia y sus instintos.
—¿Por dónde entraste en Pakistán? —preguntó con su voz retumbante.
—Por Lahore —contestó el prisionero. Era mayor, quizá cincuenta y tantos, estaba ligeramente herido en el costado y en una mano, y temblaba de frío.
—¿Por qué entraste en Pakistán por Lahore?
—Allí me llevó el billete.
—¿Quién le dijo al representante de la compañía aérea que tu ciudad de destino sería Lahore?
—Yo.
—¿Por qué querías ir allí?
—Seguía instrucciones.
Curtis frunció el ceño. El interrogatorio estaba siguiendo una pauta desalentadoramente improductiva. Siguió adelante.
—¿Quién te pidió que fueras a Lahore?
—El imán de mi mezquita.
—¿Y él por qué te dijo que entraras en Pakistán por Lahore?
—Allí hay un hotel para inmigrantes.
—¿Cómo se llama?
—No me acuerdo.
—Describe el aspecto del hotel.
—Era grande.
—¿Cómo de grande exactamente?
—Muy, muy grande.
—Cuando digo exactamente, quiero que lo describas con detalle.
—De acuerdo.
—¿Cómo de grande era exactamente el hotel en el que te alojaste siguiendo instrucciones del imán?
Esperó a que el prisionero hablara. Y siguió esperando, pues Curtis, como interrogador, disponía de todo el tiempo del mundo.
—Muy, muy, muy grande —fue la respuesta.
Este absurdo prosiguió durante horas. El Prisionero n.º 178 decía no recordar el nombre del hotel, los nombres de sus amigos en su Argelia natal, el nombre de su patrona, ni siquiera el nombre del imán de la mezquita. Para Curtis, aquello era increíble. En los recovecos de la mente donde regía la lógica, Curtis sabía que era imposible que tantos presos hubieran olvidado tantas cosas. Lo que desconcertaba a otros interrogadores era la mecánica refutación de lo evidente. Y al estar prohibido castigar a nadie por no cooperar, no podían hacer nada al respecto. Curtis siguió adelante.
—¿Con quién tenías que reunirte en el hotel?
—Con un hombre.
—¿Quién te dijo que te reunieras con él en el hotel?
—El imán.
—¿Cómo se llamaba el hombre?
—No me acuerdo.
—¿Cómo ibas a reconocerlo?
—No lo sé.
—Descríbelo.
—Era un hombre con barba.
Curtis había pasado más de seis horas con el Prisionero n.º 178. Ambos estaban fatigados y muertos de frío. La noche había sido una pérdida de tiempo. Curtis dio por terminada la sesión, le dijo al guardia que devolviera el preso a las jaulas y se levantó para irse. Mientras recogía sus cosas, advirtió en la mesa un papel con la palabra «dueño» garabateada. La había escrito para sí mismo mientras el Prisionero n.º 178 farfullaba algo. Era un recordatorio para preguntarle quién era el propietario de la casa en que se había alojado en Jalalabad. El prisionero se había levantado de la silla metálica, y el policía militar ya le había puesto el saco de arpillera sobre los ojos y lo acompañaba a la salida. Curtis, todavía con el papel en la mano, rodeó la mesa, alzó el borde de la capucha y, mucho más alto que él, preguntó:
—¿De quién es la casa de Jalalabad?
—De Al-Jezari —respondió el Prisionero n.º 178 sin vacilar. Entonces irguió la cabeza con una sacudida que podría haber sido provocada por una descarga eléctrica. Había pronunciado un nombre. Se le había escapado. Había sido un pequeño error, pero para Curtis aquello probaba que en Afganistán era posible romper el código de silencio.

Al otro lado de la calle, las tiendas de souvenirs exhibían grandes pósteres de esa famosa escena de la Capilla Sixtina, aquella en la que Dios se inclina y casi toca el dedo de Adán. «A lo mejor Adán y Dios están señalándose mutuamente —pensó Curtis por un instante—, desafiándose uno a otro a asumir la responsabilidad de lo que sólo puede ser una Creación bastante caótica.» Curtis sentía respeto hacia Dios igual que lo sentía hacia un arma cargada, o hacia la mano que la sostenía. «Dios es la única cosa segura que hay», pensaba el ranger del ejército. De pronto notó una ligera vibración en el bolsillo interior de la chaqueta. Una BlackBerry en versión militar. El sistema de mensajes de texto era un algoritmo flotante conectado al teclado. Imposible para los hackers. Pulsó la tecla de mensajes entrantes y luego un código de paso. «Por favor, teclea protocolo de e-mail», se leía en la pantalla. Curtis escribió SERIAL ECO99. Al cabo de unos instantes, apareció un mensaje: «Akira Shimada, alto comisionado de la ONU, Roma, via Giustiniani, 11h 15m, mañana.»


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