Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

jueves, 23 de octubre de 2014

Conspiración Octopus X

Viene de aquí.

34

Simone Casalaro se levantó de la cama con la marca de la almohada en la mejilla. Tenía los nervios extraordinariamente receptivos tras una noche inquieta. En la habitación de al lado, Michael se reía a carcajadas mientras contaba con gran regocijo cómo los nubios habían intentado secuestrarlo y envolverlo con una alfombra. Un débil rayo de luz se colaba por las persianas venecianas, formando dos escaleras doradas en el suelo. Simone se quedó un momento de pie junto al cristal de la ventana, mientras en su interior brotaba una sensación de frescura parecida a la fragancia de los claveles húmedos. Todo era perfecto.

Michael. Su amor por él estaba un poco apagado. Era algo imperceptible; las sombras oblicuas de lo desconocido se proyectaban hacia el futuro con particular claridad. Como si, por algún plan diabólico, siempre acabaran de llegar o de irse. Siempre. «Te quiero, Michael. Toma, ya lo he dicho. ¿Qué significa? ¿Qué supone para nosotros? La total imprevisibilidad del futuro, el pasado no como una sucesión rígida de episodios sino como un almacén de imágenes recordadas y pautas ocultas que contuvieran la clave de los misteriosos diseños de nuestras vidas.» El modo en que vivía su relación, con la ligereza o la pesadez de la interpretación que uno y otro hacían de la misma... El tono más que la verdad de sus afirmaciones. Él la hacía muy feliz. Entonces, ¿qué pasaba? ¿Pertenecía ella a un mundo en que la presunta normalidad quedaba desterrada al fondo de la conciencia? Ahora que Danny estaba muerto, Simone se hallaba en una especie de infierno donde todas las demás emociones se le antojaban imposibles. Dios mío, cuánto lo echaba de menos... La ausencia podía ser remediada, interpretada, llenada. Pero ¿y la pérdida? Lo extrañaba, ansiaba verlo, aunque sólo fuera fugazmente, apenas un día. ¡Danny! Silencio..., sobre ellos se extendía una burbuja mágica de vidrio que le permitía respirar con él como si fueran uno.

Familias desdichadas. La frase de Tolstói se vuelve del revés: todas se parecen, se hallan en un círculo previsible de sufrimiento, desavenencias y tristeza; su uniformidad tiene sin cuidado a la felicidad, que no conoce la caridad, no recurre a la mera amabilidad. La felicidad es variada y múltiple; el dolor es reiterativo, siempre muestra la misma cara severa y terca. Una persona sólo sabe que es desdichada y prevé que seguirá siéndolo. Existe la creencia, sin duda endémica, de que no es que no vaya a durar sino que no puede durar. El destino y la felicidad, siempre como fin imaginado, son expresiones del valor de la sensación: se mide en función de lo que significaría perderla. A Simone, la palabra amor le parecía un simple nombre para la distancia, para lo desconocido. «Tengo miedo, Michael.»

Clic. Del salón llegaba el sonido de la música, unos bongos, un xilófono, luego una flauta. Clic. Un perro que ladraba, unas risas enlatadas. Otro clic. Una voz ronca que anunciaba la llegada de un circo ruso. Clic. Alguien que jadeaba y emitía resoplidos asmáticos. Clic. «Oh... ¿entonces no lo has oído?», decía la sorprendida voz. Risas. ¡Plaf! Sonó una especie de bofetada. Más risas enlatadas.
«¿Por qué se le dice al público cuándo debe reír?», pensaba Simone. «¡Es un éxito! Un nuevo bestseller de Justin Underhand. Una novela de espías, una obra maestra llena de acción. ¡Imágenes amenazadoras para llevarte, lleno de energía visual, por el viaje de tu vida!» Sintió vergüenza ajena.

Creía que el arte, en cuanto entraba en contacto con la política, se hundía inevitablemente hasta el nivel de cualquier basura ideológica. «Basura bajo mano —pensó a propósito del apellido de aquel autor, y rio para sus adentros—. Nabokov habría dado su aprobación.»

Las voces del salón se intensificaron.
—Será un viaje espléndido. —Ése era Michael.
—Eso espero —dijo Curtis—. Sí, eso espero —repitió con gravedad.
Pensaban que ella estaría escuchando, lo sabía. Se oyó una risa mientras se vestía.
—¡Buenos días, guapísima! —gritó Michael, con el mando de la tele en la mano, los pies sobre la mesa y una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Te hemos despertado? Hacía tiempo que no veía uno de esos programas. —Señaló el televisor—. ¿Sabías que hay reality shows que recrean mis excavaciones en Judea? —Rió débilmente. Con su camisa de seda, su corbata a cuadros y sus botas de goma podría haber participado en el espectáculo. Lo abrazó y se acurrucó a su lado.
—Buenos días, Simone. En la mesa hay café, zumo de naranjas recién exprimidas y fruta fresca, varios tipos de cereales, beicon, tortitas, salchichas y nueces.
—Café, vale. Negro, por favor, y muy fuerte. —Dirigió una sonrisa a Curtis—. ¿Nueces? ¿Estás de broma?

Clic. «De los creadores de Spasm IV llega Raw Hide. ¡Con más acción, más peligrosa, más deliciosamente fantástica!» Clic. «¿A quién amamos? ¡A Jesús! ¿A quién? ¡A Jesús! Jesús es el Señor, alabado sea el Señor, alabado sea Jesús» Clic. «... Nos trae las últimas noticias del tiroteo aún sin esclarecer.» Ambos se incorporaron, atónitos, con la vista fija en el televisor, mientras la cámara avanzaba hacia un Mercedes 600 y en la parte superior de la pantalla aparecía el nombre de la ya identificada víctima del tiroteo de la noche anterior.
—¡Curtis!

—... John Reed, respetado y poderoso presidente de una de las principales entidades financieras de Norteamérica, CitiGroup, fue asesinado anoche en lo que seguramente será una investigación que saltará a los titulares. El Departamento de Policía de Nueva York ha declinado hacer comentarios sobre esta muerte. Ciertas fuentes han afirmado, a condición de preservar su anonimato, que Citi estaba implicado en negociaciones con una entidad financiera aún desconocida para afrontar las elevadas pérdidas en el conjunto de sus principales divisiones de inversión. Un portavoz ha dicho que no había relación alguna entre la muerte de Reed y las actuales actividades del grupo, pero no ha querido dar más detalles al haber una investigación en çurso.

La cámara se acercó a una sábana blanca manchada de sangre que cubría el cadáver mientras era introducido en una ambulancia. Acto seguido aparecieron morbosas imágenes del interior del Mercedes y la fotografía corporativa de Reed en el margen derecho.

—Y ahora los deportes. El agente de David Jones, el outfielder de los Yankees, ha declarado rotundamente que su cliente no tuvo relaciones sexuales con un prostituto octogenario disfrazado de Santa Claus en unos urinarios públicos, lo que constituiría una evidente infracción del convenio colectivo de la Liga Americana de Béisbol...

—¿Qué ocurre? —preguntó Simone, inquieta.
—Alguien se ha adelantado. Literalmente, ha desenfundado antes —respondió Curtis.
—Estamos columpiándonos sin saberlo ante algo que, sea lo que sea, se muestra activo —apuntó Michael.
—No, activo no —señaló el ranger—. Necesitábamos a Reed para sacarlos a la luz. Estaba dispuesto a dar información a cambio de nuestro silencio.
—En este caso, creía de veras que había alguien más.
—Así es. No nosotros, sino alguien real. Recordad lo que dijo sobre Schaffhausen. ¿Dónde está el número de Cristian? Aquí, ya lo tengo.
—Hola. —Cristian lo cogió al primer tono.
—Reed ha muerto.
—Lo sé. Ahora no puedo hablar. Estoy esperando una llamada del presidente de Estados Unidos.
—¿Cuál es la misteriosa entidad financiera con la que estaba negociando Citi? —susurró Curtis.
—Nosotros. El gobierno ya no da más de sí, y quería que prestáramos dinero a Citi con su garantía como respaldo.
—¿El Banco Mundial prestando dinero a una empresa estadounidense a costa del contribuyente? Me imagino los titulares.
—Aquí ha estallado todo por los aires. Alguien ha filtrado al Times un documento preliminar. Si se publica, estamos acabados. Por eso va a llamarme el presidente. Están cerrando filas. Además, corremos el peligro de que se enteren otros. Dios, no me hagas hablar. Ya te telefonearé.
Cristian colgó el auricular de golpe. Curtis sacudió la cabeza, como si estuviera recordando una vieja melodía. Luego se dirigió a Michael y Simone.
—Danny estaba a punto de sacar Octopus a la luz, un conciliábulo de unas veinte personas que controlan la mayor parte de la riqueza del mundo. Tenemos sus documentos de Schaffhausen. Ahora está muerto. Reed estaba dispuesto a cooperar. Con su ayuda, habríamos puesto a Octopus en evidencia. Ahora Reed también está muerto. Quienes los han matado no lo han hecho por lo que sabían, sino por la trascendencia pública de lo descubierto. ¿Os acordáis de lo que decía Reed?
—Que casi nadie conoce la historia real —contestó Michael.
—Esto viene de muy atrás. Por eso la historia permanece oculta.
—Y si se trata de una historia de hace sesenta años, los hechos de Roma son relevantes — añadió el historiador de arcanos.
Curtis consultó la hora.
—Son casi las diez. En Langley tengo un viejo colega, un analista de alto nivel con acreditación Cuatro Cero. Sabe dónde están enterrados los cadáveres. Le diré que haga girar discretamente los discos y anote cualquier anomalía que vea sobre esto. Una vieja historia. Old Boys’s Club. Corea, Japón —dijo Curtis, golpeándose la rodilla.
—¿Quién es?
—Está en la CIA, trabaja en una de las subestaciones de la ciudad. En octubre de 2001, formó parte de una misión ultrasecreta en el interior de Afganistán. Fueron los primeros en entrar. —Miró a los otros dos—. Cristian tiene razón. La cosa va de asociaciones. Para sacarlos debemos atar un cebo a un árbol; y para tener el cebo adecuado, necesito más datos de la CIA.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Simone.
—Que vayáis a la Biblioteca de Referencia del New York Times y miréis los archivos sobre Reed. Nombres, fechas, fotos, viejas secuencias microfilmadas, todo lo que podáis pillar —dijo con voz tranquila, glacial.
Michael miró a Curtis.
—¿Qué pasa con el cebo?
—Esto es parte del juego, Michael. No lo sabremos hasta que se disipe la niebla. —Éste miró a Curtis con aire burlón.
—¿Quién es el cebo?
—Yo.

35

Cualquier grupo étnico puede hacer de una gran urbe su propio Edén territorial. Brighton Beach Avenue, en Brooklyn, es el centro del sector ruso del viejo y étnicamente denso barrio de Nueva York, donde los ruinosos edificios son neoyorquinos, pero los sonidos y los olores son rusos, los letreros de las tiendas están en dos alfabetos, y los escaparates no han perdido ese anticuado aspecto soviético, con luces rodeadas por matrioskas y samovares. Allí las mujeres tienen un semblante apagado, el pelo amarillo, grandes pechos, un temperamento tenso, delantales de colores y hablan con sus paisanos en una peculiar mezcla de inglés rusificado. Con todo, es el Edén en la medida en que el hombre es capaz de reproducirlo. Aquí los rusos, que además están por todas partes, no son sólo rusos, sino que hablan en ruso y recrean lo que solían hacer en la desaparecida Unión Soviética.

Tres horas después, Curtis paseaba por Brighton Beach. Dejó atrás Tío Vania, un pequeño restaurante lleno de humo que ofrecía, con un toque inconfundiblemente ruso, toda clase de vodkas, blinis y caviar. Pasó luego junto a Rego Park, cruzó el paseo de tablas y accedió a la amplia playa frente al mar. No tuvo que esperar mucho. Su contacto se le acercaba, luciendo un abrigo impermeable con cinturón y bolsillos, camisa blanca, pantalones blancos, y una cámara colgada al hombro. Estaba comiendo caramelos de una bolsa, y llevaba el pelo engominado con el característico estilo de Elvis.
—Me alegro de verte, Curtis.
—Gracias por venir, Barry. ¿Me has traído algo?
—Digamos que estás en deuda conmigo y pienso cobrármelo. Tengo dos entradas para la subasta de objetos de Elvis Presley de la semana que viene y espero que me acompañes. Para darme apoyo moral.
—¿Por qué necesitas apoyo moral para ir a un espectáculo así? A ver, el fanático de Elvis eres tú.
—Porque acabo de pedir prestados treinta mil dólares para pujar por el mono de pavo real que desde mayo de 1974 llevó durante cinco meses de conciertos.
—¿Vas a gastarte treinta mil dólares en un mono de pavo real?
—Es un conjunto de una pieza con cremallera, delante un diamante falso y detrás plumas que bajan en espiral por las perneras hasta los extremos acampanados.
—Muy bien. Pongamos que ya lo tienes. Estás yendo a casa con un mono de pavo real de Elvis de treinta mil dólares en una bolsa de plástico. ¿Cómo te sientes?
—Los de la generación del baby boom aún se acuerdan de cómo les hizo sentir el Rey cuando eran jóvenes, y quieren cosas de Elvis que les ayuden a recordar los viejos tiempos.
—¡Deberías ir al médico, Barry!
—Me he despedido de uno hace menos de una hora —replicó Barry Kumnick antes de meterse otro caramelo en la boca—. EA.
—¿EA?
—EA. Elvis Anónimo. —Sonrió de oreja a oreja.
—Corta el rollo. ¿Qué me traes?
—Una contradicción un tanto increíble.
—Explícate.
—Lo de Roma fue un montaje.
—¿Un... qué? —Curtis se temió lo peor.
—Caminemos un poco. Y baja la voz, amigo. Digo que fue un montaje. Una partida amañada desde el principio, con el resultado determinado de antemano. —Curtis estaba demasiado atónito para hablar—. Pasé las fotos de archivo de los dos asesinos por el software de identificación de caras NGI, tecnología de nueva generación. Rollo futurista. Se basa en un algoritmo de emparejamiento... y es infalible. Una cicatriz distintiva o una mandíbula asimétrica podrían suponer la diferencia entre un caso frío y otro cerrado. ¿A que no lo adivinas?
—Creía que aún estaba en fase de planificación.
—Vamos veinte años por delante de toda esta historia. Imagina cualquier cosa y luego llévala a la enésima potencia. Ahí estamos.
—¿Por qué es tan secreto?
—Para los organismos de defensa de la privacidad, es una amenaza doble: como paso hacia un estado policial y como mina de oro de datos personales para que los delincuentes cibernéticos la desvalijen.
—Pensaba que el gobierno todavía estaba entreteniéndose con los microondas y los escáneres del iris.
—Así es, si crees a Popular Mechanic. En todo caso, pasé las dos fotos de los asesinos, y ¿a que no lo adivinas?
—¿Tengo que hacerlo? —replicó Curtis con tono grave.
—Aparecen en la lista de NADDIS del FBI. Seguridad etiqueta negra. Sólo para tus ojos.
—Sistema de Información Sobre Narcóticos y Drogas Peligrosas. Se facilitan números de NADDIS a sospechosos de tráfico de drogas y asesinos a sueldo cuando la DEA o el FBI han iniciado investigaciones oficiales. —Curtis hizo una pausa—. ¿Quién puso la etiqueta negra?
—El Departamento de Defensa.
—¿Cuándo?
—Aquí viene lo absurdo. Una hora después de caer muertos.
—Esto da miedo, joder...
—¿Los dos tipos? Son asesinos profesionales de un cártel de narcotraficantes. La Camorra — explicó Kumnick—. He mirado a fondo en los archivos. Bosnia, Kosovo, Chechenia, Ruanda, Birmania, Pakistán, Laos, Vietnam, Indonesia, Irán, Libia, México. ¿Qué tienen en común esos respetables sitios?
—Son regiones alejadas, peligrosas y productoras de drogas.
—Exacto. Ahora una pregunta extra y la posibilidad de ganar una bala entre los ojos. ¿Sabes para quién trabajaban?
—Para el Departamento de Defensa.
—Ha aprobado el curso, soldado.
—¿Y en qué clase de operación? —preguntó Curtis.
—Proporcionando apoyo logístico a los militares norteamericanos y sus clientes.
—Un momento, Barry, que me falta el aire.
—Ahora las cosas ya no son lo que parecen, ¿eh, muchacho? Justo cuando crees que ya lo entiendes todo —se señaló la sien—, te follan con ganas. A lo bruto y a fondo. Si no te quieren con ternura, sin duda te querrán con crueldad.
Curtis se reclinó y dijo:
—Si el Departamento de Defensa puso negro sobre negro, seguridad «sólo para tus ojos», significa que formaba parte de la conspiración de Roma.
—Es decir, que toda la operación estaba controlada por el gobierno, ¿no? —añadió Kumnick con total naturalidad.
—Es improbable. El individuo era un testigo japonés. Se trataba de una acreditación Cuatro Cero, un asunto de prevención máxima. Conocían la operación desde el presidente de Estados Unidos hasta la Interpol y la alta comisionada de la ONU.
—Lo cual significa que, aunque el mismo presidente hubiera querido a ese hombre muerto, no habría podido hacer nada al respecto —señaló Kumnick.
—O sea, que el negro sobre negro no era una operación autorizada por el Departamento de Defensa.
—Sino más bien por alguno de sus alter ego maléficos.
Curtis asintió en silencio y exclamó:
—¡Impresionante! Pero he guardado lo mejor para el final.
—Roma.
—Sí, Roma. Me querían muerto.
—A ti y al japo.
—Y al japo. Un momento... Has dicho dos asesinos, pero eran tres.
—Ya lo sé. El tercer hombre era el de la galería. Desde luego, tenía otras instrucciones. Curtis sacudió la cabeza.
—Él creía que éramos del mismo equipo. Por eso falló. Tenía que hacerlo.
—Compartimentación. ¡Tú y el prisionero teníais que escapar! —dijo Kumnick.
—Con su ayuda.
—Sólo que tú no lo sabías. Pero quien le dio las órdenes, sí.
—Así, cuando le disparé, él también abrió fuego.
—Exacto. Eres un elemento de primera, y ni siquiera lo sabías, soldadito. —Kumnick se rio.
—Él era la póliza de seguros del japo, en el caso de que uno de los asesinos de la Camorra llegase hasta nosotros antes de que yo los eliminara.
—Y entonces te cargaste a tu observador involuntario. ¡Bum! De primera, joder... Y ahora el tío está muerto. —Kumnick soltó un silbido.
—¿Cómo lo has deducido? —A Curtis le temblaba la mandíbula.
—Ese hombre formaba parte de una unidad de francotiradores de élite adscrita al Ministerio del Interior italiano. No tenía ningún vínculo con la Camorra. —Miró fijamente a Curtis y luego hizo una aclaración—. Cuando nuestro gobierno indaga vínculos en algún sitio, busca en todas las bases de datos disponibles. Vienen a mí. Esto es lo que yo hago.
Curtis volvió a sacudir la cabeza y dijo:
—Era una misión delicada. Quien lo envió no quería dejar cabos sueltos. Así funcionan las conspiraciones. Estando el tercer hombre muerto, el vínculo con su escalafón también quedaba cortado.
—Y así sólo quedáis tú y el viejo. ¡Vaya mierda pinchada en un palo! —exclamó Kumnick.
—Volvamos sobre eso. Octopus quiere muerto al viejo. Por tanto, planean una secuencia que debe eliminarlo sin dejar rastro. Mandan a su equipo A. Pero alguien que está al corriente introduce, discretamente y sin cometer errores, a su propio francotirador en la operación y lo vuelve todo del revés. Alguien que sabía lo que se proponía el Consejo y por qué. Alguien con sus propios motivos para mantener al anciano con vida.
—Bienvenido al mundo real.
—Gracias. Debo irme... Cuídate, Barry.
—Entonces, ¿qué pasa con Elvis? —le gritó Kumnick a su espalda.
—Lo dejaré para otro momento, si no te importa.
—¡Mono de pavo real, aquí estoy! Las damas me amarán por él y dentro de él.
—Ojalá estuviera en tus pantalones. —Curtis sonrió. Kumnick rio.
—Mantenme informado. —Kumnick se acercó y abrazó a Curtis—. Me debes un favor, pero no pareces en condiciones de devolvérmelo.
—Estaremos en contacto, Barry.
—Hasta luego, colega.

36

Sucedió por la noche, como siempre. Un avión de carga aterrizó en la oscuridad, con las luces apagadas para no ser detectado, y avanzó pesadamente por una pista llena de baches y surcos hasta un hangar situado en el otro extremo. El horizonte era plano como el lecho marino, salvo unos enormes montones de grava gris a lo lejos. La escalerilla bajó y dejó ver a una docena de agentes en uniforme, surgiendo como alienígenas en la luz rojiza de la bodega. Trece hombres. Una docena de fraile. Colocación reticular, configuración habitual en Operaciones Especiales. Cada agente tenía contacto (visual, auditivo o electrónico) con al menos otros dos. Respuesta y protección coordinadas en caso de que alguno fuera eliminado por fuego enemigo. Cada uno iba provisto de un fusil militar de asalto, seguramente un Heckler & Koch G36. Treinta balas OTAN de 5,56 x 45 mm, gran potencia, polímero negro ligero, normalmente reservado a los miembros de las Fuerzas Especiales: las miras ópticas utilizaban un retículo de punto rojo. Azotadas por los fríos vientos del norte, sus cabezas estaban cubiertas con pañuelos, y era visible el aliento en el gélido aire del invierno romano. Aquella pista de aterrizaje no pertenecía a ningún aeropuerto, ya fuera civil o militar. De hecho, no estaba en ningún mapa oficial. Un Jeep rematado con una lona se detuvo junto al avión de carga, y un hombre se apeó. La gordura y la impasibilidad le daban un aspecto imponente.
—Coronel —dijo alguien vestido con una camiseta que ponía 3.er Batallón de Señales: Perros de Señales—. El TOC está listo. La Serie 93 viene de camino.
TOC significaba Centro de Operaciones Tácticas, y era la oficina central de una unidad militar. La Serie 93 se refería al grupo de refuerzos. El hombre a quien se dirigía como coronel sacó una versión militar de una BlackBerry para mensajes de texto y tecleó algo. Seguridad VASP de extremo a extremo. Era el equipo estándar para operaciones clandestinas. Varios vehículos se detuvieron junto al avión. Se cargaron fusiles de asalto y otro material militar. Todo el proceso duró menos de diez minutos. El avión se tambaleó haciendo temblar el fuselaje, mientras se iniciaba la carrera por la pista. En cuestión de segundos despegó. Las dos últimas sombras en tierra observaron la trayectoria durante unos instantes, y a continuación cruzaron un puente sólido y macizo cuya anchura apenas permitía el paso de un vehículo. Los dos hombres iban vestidos como los demás, con uniforme y pañuelo en la cabeza. Ambos apartaron el rostro para evitar las ráfagas de viento que los zarandeaban. Anduvieron deprisa, entre los árboles, hasta llegar a un pequeño claro donde había un vehículo parecido a un Jeep, sólo que mucho más grande y pesado, con neumáticos de baja presión y goma muy gruesa. El más alto de los dos hombres sacó un comunicador electrónico, un pequeño modelo en un armazón gris de plástico duro pero con una señal de gran potencia.
—Aquí Alfa Beta Lambda. Es secreto.
La respuesta fue inaudible. Menos de diez segundos después, las luces traseras del Jeep desaparecieron en la noche.

37

La Biblioteca de Referencia del New York Times, en el 620 de la Octava Avenida, es una de las bibliotecas de investigación más avanzadas del mundo, por no decir que posee una de las más amplias hemerotecas, que se remonta a principios de la década de 1850. Donada a la ciudad por la familia Astor e inmejorablemente situada frente al Hotel Astoria, es la biblioteca par excellence de toda clase de investigadores. Con espléndidas ventanas arqueadas sobre piedra caliza de Purbeck, y embellecida con largas galerías de hierro forjado y un patio privado cerrado, ofrece a los usuarios la intimidad que requiere su trabajo. Michael y Simone subieron las escaleras hasta la primera planta y tomaron un pasillo que desembocaba en la gran sala de lectura, en la que había enormes mesas rectangulares en hileras de seis, cada una de ellas provista de un ordenador de pantalla plana. En menos de tres horas, habían seleccionado una considerable cantidad de material sobre John Reed, el fallecido presidente del antaño poderoso CitiGroup. Los dosieres confirmaban que, en los once años como máximo dirigente de Citi, Reed había demostrado tener el don de estar siempre en el lugar adecuado en el momento oportuno, mientras administraba con cuidado la credibilidad y el prestigio de la entidad. Tenía además una familia: una esposa afectuosa y unos hijos amantísimos.

Estampas de Harvard, actividades, instantáneas escolares de grupo. Un muchacho con camiseta amarilla del college y pantalón corto. El joven Reed parecía seguro de sí mismo, con los hombros hacia atrás y el pecho hinchado. Más adelante posaba en actos de beneficencia, fotografías con presidentes, líderes extranjeros, niños discapacitados y acontecimientos deportivos patrocinados por Citi. Reed siempre estaba en primera fila. En el lugar adecuado en el momento oportuno, dirigiéndose al público. Una mentira magníficamente interconectada. Era una vida armada a partir de innumerables fragmentos del mundo real, un riachuelo de episodios intensos transformado en un torrente continuo de mucho bombo y platillo en publicaciones importantes. Una pizarra borrada y vuelta a utilizar.

Michael y Simone decidieron retroceder a sus comienzos. ¿De dónde venía Reed? Quizá la política no era su terreno predilecto, pero ellos eran investigadores avezados. Sabían que el noventa por ciento de la información estaba en la punta de los dedos. Sólo había que saber dónde y cómo buscarla. ¿Estuvo Reed en la guerra? ¿En cuál? ¿A las órdenes de quién? ¿Dónde? ¿Cuánto tiempo? Los primeros años de su carrera, sus años de formación, sus amigos, las organizaciones a las que perteneció, cuándo se incorporó a ellas...Al cabo de dos horas fue emergiendo el perfil de un hombre que combatió a las órdenes del general MacArthur. Zona de operaciones: Corea, escenario del Pacífico. Buena parte de las acciones se llevaban a cabo sin la difusión en titulares; los dictados de la seguridad nacional requerían que en el Pacífico la guerra se librase de forma secreta. Reed resultó herido de gravedad. Recibió la Medalla de Honor del Congreso por «hacer algo insensato, como salvar la vida de otro soldado», según un Navy News de 1956. Si estuvo en la guerra, encontrarían el rastro. En vez de crónicas minuciosas, la investigación ofrecía ejemplos característicos. Centenares de hilos inconexos que llegaban a formar algo coherente. No era la historia de una sola batalla. La Guerra de Corea de Reed había sido sobre todo una guerra en la selva, con el objetivo de transportar tropas y suministros. Había que preservar el secreto a toda costa. Eso fue entonces. ¿Y ahora? Simone se detuvo un momento, apartó uno de los tomos y miró a Michael, indecisa.
—Minucias de nada —soltó frotándose los ojos—. Una mezcla cegadora de sutilezas astutas e imágenes baratas. Viejos baúles, cárceles militares y bufones modernos.
Se reclinó en la silla, se quitó los zapatos y dejó los pies colgando. Michael notaba los movimientos más simples de Simone, cómo respiraba, se retorcía, vivía, mientras él no mostraba ninguna señal de vida.
—¿Estos dedos preciosos te vienen de familia?
—¿De dónde crees que procede nuestro segundo apellido?
—¿Casalaro?
—Walker.
—¿De los dedos de los pies?
—Nada menos.
—Los dedos y la carretera que se pierde de vista.*
—¿Las carreteras se mueven, Michael?
—En efecto.
Simone balanceó los pies un poco más.
—¿Recuerdas la primera vez que nos alojamos en aquella extraña pensión de Giovanni del Brina? —preguntó Simone.
—Hicimos el amor entre los aromas de la noche y los gritos de los animales nocturnos —contestó él.
—Hacía un calor insoportable y estábamos desnudos, salvo la hoja de parra que te pusiste en tus partes.
—Y tú eras un sueño, y lo sigues siendo.
—Estábamos entrelazados como serpientes. Y así fue cada noche durante toda la estancia.
—Con la luz de la vela coqueteando con tus pezones. Y al final se te caía la baba por todo mi cuerpo.—Señal de buen sexo. Aquella noche tuve once orgasmos. ¿Qué otra cosa querías que hiciera?
—Baja la voz, boba...
De pronto, Simone se avergonzó y cambió de actitud.
Cerca, pasó alguien con un carrito metálico lleno de libros. El carrito tenía una rueda torcida y silbaba sobre el suelo de linóleo.
—Mejor volvamos a lo nuestro —dijo Simone con un tono apagado. Michael alzó la vista, pero no logró cruzar su mirada con la de ella.
Siguieron excavando. A finales de la primavera de 1956, Reed formaba parte de un grupo secreto de soldados adiestrados en Australia que fueron enviados en misión secreta a Filipinas. ¿Qué había dicho Curtis? Old Boy’s Club. Una vieja historia de sesenta años. Japón, Corea. Reed, MacArthur, Australia, Filipinas... ¿Cómo encajaban en el cuadro? Iban amparados por el cortafuegos del gobierno, pero el sistema era hermético. Se habían pasado el día buscando pistas sobre John Bud Reed y su peculiar universo de humo y espejos, dominio exclusivo de quienes se han pasado la vida sorteando peligros y desapareciendo a la primera señal de amenaza. Los dos veían a través de algo que no era para ellos.

A las cuatro llamarían a Curtis, que había estado recorriendo las calles de Nueva York, resolviendo mentalmente el rompecabezas. También había retrocedido en el tiempo, recordando todas las conversaciones, los nombres, las fechas y los lugares desde que se metiera en esa locura. Lo había anotado todo, nombres clave en el lado izquierdo de la página, y a la derecha datos sin importancia aparente. Todo estaba conectado por un hilo invisible. De eso hacía treinta minutos. Desde entonces, había intentado aclararse las ideas y ahora estaba a dos manzanas de la biblioteca. Consultó la hora. Las cuatro y veinte. ¿Por qué demonios tardaban tanto? «Estamos persiguiendo una manada de lobos.» Sacudió la cabeza. Cogió el teléfono al primer timbrazo. Era Michael.
—Reed sirvió dos veces en el escenario del Pacífico. Una a las órdenes de MacArthur en Corea, transportando tropas y suministros; y la segunda como integrante de un grupo militar secreto adiestrado en Australia y enviado luego en misión clandestina a la jungla de Filipinas.
—¿Qué clase de misión?
—No lo sé. El sistema era hermético.
—¿Cuándo fue eso? —insistió Curtis.
—En 1952 y 1956.
—¿Recuerdas lo que dijo Cristian sobre el CTP?
—Que era una operación extraoficial del gobierno muy especulativa y generadora de cuantiosos beneficios sin demasiado riesgo. Ahí está toda la sopa de letras de los organismos.
—Esto incluiría al Departamento de Defensa, ¿no?
—¿Por qué lo preguntas?
—Reed, MacArthur, Corea, Filipinas, todos los organismos habidos y por haber. ¡Bingo! — Curtis soltó un suspiro.
—Pensaba que te haría ilusión.
—Es que la idea de una subasta de objetos de Elvis Presley me da escalofríos.

38

Barry Kumnick se puso en pie cuando sonó el teléfono.
—¿Has perdido la cabeza, Curtis? —susurró al auricular—. ¿Desde qué aparato me estás llamando?
—Uno digital con tecnología de espectro difuso.
—Vaya... —dijo Kumnick, sorprendido—. Retiro lo dicho. De todos modos, nunca había conocido a nadie que pidiese de forma tan persistente y obstinada que lo echaran al mar.
—Barry, lo entiendo. Según tú, estoy buscando problemas. ¿Qué tal una variación sobre el tema? ¿Puedes ser algo más explícito?
—¿Qué tal una bala en tu cráneo? ¿Te parece lo bastante explícito?
—Sé que no es una barrera idiomática —dijo Curtis—, pero ahora mismo no te sigo.
—Pues a ver si sigues esto, ranger: has dado con la historia más explosiva de la Segunda Guerra Mundial, te lo juro, y ¡que el dios todopoderoso de Graceland me ayude!
—¡Soy todo oídos! —exclamó Curtis, fascinado por lo que estaba oyendo.
—Prefiero no meterme en esto. —Kumnick parecía alterado—. Está más allá de la acreditación Delta.—¿Qué sacaste?
—Búsqueda negativa, sin resultados, lo que da a entender que el asunto estaba a un nivel demasiado escondido. ¡Incluso para un analista cualificado de la CIA con una acreditación Cuatro Cero! Cuatro Cero es lo máximo, colega. Más arriba no hay nada. He estado preguntando a todos los que me deben algún favor, y hasta ahora..., nada.
—Barry, dame un nombre, algo..., lo que sea para seguir adelante. Ya he llegado muy lejos.
—Tú estás hasta arriba de duplicidades del gobierno, Curtis. Ahí es donde estás.
—¿Crees que lo estoy haciendo porque me aburro? ¿Tienes idea de cuánta gente ha muerto por culpa de esto?
—Su servidor no quiere engrosar esta desagradable estadística. —Barry hizo una pausa—. ¿Qué está pasando, Curtis?
—Personas muy peligrosas, que no rinden cuentas ante nadie salvo a sí mismas, han penetrado en áreas que yo consideraba erróneamente impenetrables. —Curtis hizo una mueca. Kumnick frunció el ceño y chasqueó la lengua.
—¿Con qué fin?
—Esto es lo que queremos averiguar. Un hombre al que yo no conocía nos ha llevado adonde estamos. Él antes no era importante, no habría merecido siquiera dos líneas en el obituario de un periódico local. Ahora está muerto porque descubrió cosas que esa gente no quería que él supiera. Ese hombre es importante porque lo que descubrió podría cambiar el mundo.
—¿Cómo?
—Un pequeño grupo de individuos muy poderosos está a punto de apoderarse de los mercados financieros mundiales. Si lo logra en el actual clima de colapso económico, estaremos a un paso de la tercera guerra mundial.
El rostro de Kumnick palideció en la débil luz de aquella fría tarde de finales de invierno. En el otro extremo de la línea, la voz esperó a que el hombre de la CIA por fin hablara.
—Tienes que ver a un hombre encubierto. Es profesor de estudios orientales en la Universidad de Cornell.
—¿Qué le digo?
—Se llama Stephen Armitage. Tú sólo dile: «Lila Dorada.»
—¿Qué significa?
—Para algunos, es el viejo relato de una esposa. Para otros, una leyenda sobre un tesoro perdido o robado.
—Un momento. Hace poco leí algo de esto. El proyecto Lila Dorada y el botín de la Segunda Guerra Mundial.
—Yo me ocuparé de las presentaciones. —Y se cortó la comunicación.

Curtis se abotonó la chaqueta y se subió las solapas. El crepúsculo iba borrándolo todo. Un brillo pálido surcaba el cielo como un reflejo de radios colosales. Echó a andar despacio calle abajo. Dejó atrás la oficina de correos, el supermercado y a varios mendigos calvos, de barbas rojizas, con los hombros caídos y las manos extendidas. Cruzó un parque en miniatura, un terreno de arena salpicado de bancos pintados con spray por un tal Joey, que proclamaba su amor eterno hacia Sarah con letras grandes y vigorosas. «Lila Dorada.» Esas dos palabras seguían siendo una bruma, un misterio, pero sus sombras ya le perseguían. Curtis quería pisar esa sombra para impedir que volviera a desaparecer en un nebuloso olvido de almas muertas.

Simone y Michael se encontraban en el rincón más oscuro de un bar alargado, comiendo pastel de riñones y bebiendo té servido por una camarera pelirroja más bien menuda, con pecas, la frente brillante y un vestido típicamente irlandés. Aquí y allá, se apreciaba un resquicio de rayos amarillos, desparramados bajo las ramas de pino, antes de desmoronarse y desaparecer entre sus retazos. Alrededor, las lámparas del local emitían su resplandor anaranjado, y el torpe aletargamiento del final de la jornada los envolvía con un bullicio hueco, al tiempo que unos ojos fríos y escurridizos buscaban, de manera dolorosa y obstinada, el modo de pasar entre las convulsas sacudidas de una música. Ella levantó la mano hacia la luz y extendió los dedos, disfrutando de los juegos de luces y sombras que iban y venían a través de ellos. Ahí quedaba su ubicua calidez, su activa ociosidad, sombra anaranjada en los reflejos de las ventanas del restaurante. Él la miró en la penumbra. Simone tenía los ojos cansados. Para Michael, seguía siendo tan encantadora e invulnerable como siempre.
—¿Qué? —dijo ella sonriendo; esa tierna sonrisa de Simone que Michael conocía tan bien.
Londres. Florencia. Moscú. Felicidad. Amor. Michael se encogió de hombros. Se seguía maravillando ante la curiosa fuerza que lo había arrastrado con descaro al extraño y maravilloso mundo de Simone.
—¿Qué? —Ella alzó un poco la voz, apoyándose en el antebrazo de Michael. Una promesa de afecto y algo más.
—Eres increíble —dijo él, sin poder apartar la mirada de su rostro—. Te adoro. Nunca en mi vida amaré a nadie como a ti.
Ella se le había acercado, con el rostro crispado por el dolor de la felicidad, se le aferraba, susurrándole algo al oído, algo que él no alcanzaba a entender entre el murmullo ambiental. Le besaba el cuello, la oreja, la mano, otra vez el cuello, tiraba de su manga, sonriendo y susurrando otra vez, ajena a los demás. Michael volvió a reconocer en ella todo lo que había amado: el suave contorno de su expresivo rostro, estrechándose hacia la barbilla, las negrísimas pestañas, su bufanda al cuello, la postura desenfadada, la avidez con que vivía, sentía y se expresaba. Simone lo devoraba todo.
—Eso es exactamente lo que siento por ti, ya me entiendes —dijo ella volviendo hacia él su cabeza gacha. Le metió las manos en el bolsillo de su chaqueta a cuadros—. Te vibra el brazo.
—¡Dios! —Michael buscó a tientas el móvil—. ¡Hola!
—No me esperéis levantados. Tuvimos una oportunidad. Ahora no me hagas preguntas; es algo que viene del espacio sideral, pero no importa, de verdad.
—¿Adónde vas?
—A ver a un hombre que sabe cosas.
—¿Quién es? ¿Le conoces?
—Personalmente no, pero es la pieza que falta en el rompecabezas.
La Universidad de Cornell está en la calle Setenta y cuatro de Nueva York, en el Upper East Side de Manhattan, entre Central Park y el East River. La zona se conoce como «Distrito de las medias de seda», y tiene el metro cuadrado más caro de Estados Unidos. A menudo denominada Weill Cornell para abreviar, la universidad alberga dos secciones de la Cornell, el Weill Medical College y el Departamento Weill Cornell de Estudios Orientales. Forma parte de la Ivy League, que durante más de un siglo ha sido sinónimo de excelencia académica y elitismo social, y representa una filosofía educativa propia de las escuelas más antiguas del país. Según el censo de 2005, en el Upper East Side residían 234.856 personas, veintidós mil de las cuales asistían a la Universidad de Cornell, eso sin contar unos doscientos profesores y el resto de personal. Uno de ellos se llamaba Stephen Armitage, y era profesor de estudios orientales y agente especial encubierto de la CIA.
—Pare ahí —dijo Curtis, abriendo la portezuela del taxi a la carrera. Era última hora de la tarde, es decir, Armitage podía estar en cualquier sitio del extenso campus urbano. Cruzó el parque, abrió el portillo y cortó por el camino que conducía al Colegio Mayor Carl Sagan.
—Por favor... —Se acercó a un par de jóvenes que bajaban a zancadas los peldaños empedrados, lisos por décadas de uso—. Estoy buscando el Departamento de Estudios Orientales.
—Está usted delante —dijo un chico con el pelo crespo, señalando a su espalda—. A la derecha, al final del pasillo.
Curtis subió las escaleras, tomó el pasillo y cruzó un arco que daba a un laberinto de despachos ocupados por las más destacadas eminencias de la disciplina. La plantilla de profesores de Cornell contaba con seis becarios Rhodes y cuarenta candidatos al Premio Nobel. La puerta de Armitage era la última a la izquierda, oculta tras una columna. Se acercó, permaneció unos instantes escuchando y por fin llamó con suavidad. Al otro lado, oyó el sonido apagado de una silla que se deslizaba por el suelo seguido de unos pasos. Se abrió la puerta.
—Usted debe de ser el señor Stephen Armitage. —El hombre tenía un aspecto mustio y una mata de pelo como la de Beethoven. Emitió un murmullo ronco, frunció la frente y se sonó la nariz.
—Doctor Stephen Armitage. —Las manos le temblaban—. ¿En qué puedo ayudarle?
Curtis miró a la izquierda, hacia el pasillo.
—«Lila Dorada» —susurró.
El silencio fue breve. Después brotaron las palabras denotando sorpresa y miedo.
—Lo siento, debe de haber un malentendido. Esto es el Departamento de Estudios Orientales. Seguramente busca usted al profesor Lilem, del Weill Medical College.
—No, creo que he venido al lugar correcto. «Lila Dorada» —repitió Curtis despacio, la mirada fija en el hombre que tenía delante. Ahora el otro le escudriñaba, intentando leerle el pensamiento y averiguar sus intenciones. Era demasiado peligroso que los secretos que guardaba fueran descubiertos por alguien vivo..., porque los muertos no hablan.
—¿Quién es usted?
—Un amigo común me dio esta dirección junto con las palabras correspondientes. —Siguió otra larga pausa.
Armitage le indicó a Curtis que entrara en el despacho. El ranger echó un vistazo a la estancia y advirtió el inconfundible olor del mundo académico. La mesa del profesor estaba llena de carpetas de colores y sobres apilados; encima, periódicos viejos, algunos de los cuales habían caído al suelo y habían acabado bajo la mesa. Junto al escritorio, algo parecido a un vaso cuadrado contenía tres bolígrafos, medio lápiz mordido, un marcador y una goma enorme que recordaba a una tortuga tomando el sol. También había una silla atiborrada de exámenes, una vieja máquina de escribir Urania en el estante a su espalda, varias fotografías, diplomas, títulos..., nada espartano. Es más, resultaba auténtico, no un espacio montado a toda prisa sólo para salvar las apariencias, como pasaba en las operaciones de los servicios secretos, sino real, extraordinariamente expresivo,
receptivo a todas las demandas de inspiración de su actual ocupante.
—¿Un amigo común? —preguntó Armitage con un tono ligeramente jocoso y distraído, pronunciando «común» con una «n» suave, como solía hacer cuando estaba perplejo.
—Barry Kumnick.
—¿Y usted quién es?
—Curtis Fitzgerald.
Armitage sonrió.
—Por favor, perdóneme. Me estoy haciendo viejo, y mi memoria ya no es la que era. —El profesor de estudios orientales observó con picardía y asintió—. Sí, parece que tenemos un amigo común. Y él me ha hablado de usted.
Se dirigió a la parte posterior de la mesa, acercó la silla y se sentó.
—Así que quiere usted saber sobre Lila Dorada. —Miró fijamente a Curtis—. ¿Por qué? —No tiene por qué conocer los detalles. De hecho, es mejor así. —Curtis tomó asiento, y su enorme cuerpo redujo al mínimo el tamaño de la silla.
—¿Cómo puedo estar seguro de que la información que usted busca será utilizada con sensatez?
—Yo no explico mis métodos, pero utilizo la confianza de un amigo común como tarjeta de visita. Armitage se quedó callado unos segundos, estudiando a Curtis. De pronto, se reclinó en la silla y puso las manos en los reposabrazos.
—A lo largo de los años, han sido muchos los que han intentado tener acceso al secreto. Pocos han sobrevivido para contarlo, y los que lo han conseguido, mejor sería que se metieran en un agujero negro y profundo antes de que los encuentren y los interroguen sobre los detalles.
La mente de Curtis daba vueltas, corría acelerada, procesando información. Armitage no era ni un mentiroso ni un idiota. Kumnick era un amigo. El viejo sabía que Curtis iría a verlo; conocía su aspecto, lo esperaba. Seguramente por eso estaba en el despacho, aguardándolo, en vez de exponerse a miradas indiscretas en el campus. Así que... ¿por qué esa pantomima? ¿Por qué el numerito? Porque el hombre de la CIA estaba protegiendo dos territorios, el de la Agencia y el suyo. A Curtis sólo le quedaba una opción: contar parte de la verdad, cuanto menos mejor, con tono verosímil. Los hechos innegables y los acontecimientos fácilmente verificables.
—Un periodista de investigación fallecido, hermano de una amiga, descubrió una conspiración relacionada con algunas de las personas más poderosas del mundo. Esas personas tenían varias cosas en común: la Segunda Guerra Mundial, finales de la década de 1940, principios y mediados de la de 1950, Japón, Corea, Filipinas, la actual crisis financiera y el oro.
Armitage extendió las manos.
—Un grupo de hombres poderosos. —Hizo una pausa—. ¿Son estadounidenses?
—Son de todas partes.
—¿Cuál es el nombre de la conspiración?
—Tiene distintos nombres. Si se supiera el nombre verdadero, podría ser peligroso. —Curtis esperó. Armitage hizo lo propio—. Se llaman a sí mismos Octopus. El nombre lo descubrió el hermano de mi amiga.
—¿Octopus? Como la Agencia. —El erudito sacudió la cabeza—. Use todas las palabras «mágicas» que se le ocurran.
—¿Cómo?
—Está en el manual de la CIA —dijo Armitage—. Alguien de la Agencia pensó que si se utilizaban clichés para contraseñas, la propia operación sonaría más legítima.
Calló un momento. El silencio se vio realzado por el zumbido de un gran ventilador cercano. Curtis observó al erudito; el viejo miraba por la ventana, con aire pensativo.
—¿Qué es «Lila Dorada»? —insistió Curtis.
—El nombre de un poema escrito por el emperador japonés Hiro-Hito. Y un secreto.
—¿Un poema? ¿Qué tiene que ver un poema con un secreto tan peligroso que los hombres prefieren llevárselo a la tumba antes de revelar su contenido?
—Entre 1936 y 1942, y actuando a las órdenes de un príncipe de la casa imperial, una unidad secreta dirigida por el hermano pequeño del emperador recibió el encargo de saquear metódicamente el sudeste asiático. Era Lila Dorada. El valor del botín arramblado por Lila Dorada es increíble. Toda la parte de Asia controlada por los japoneses había sido rastreada en busca de tesoros. De hecho, la cantidad de oro robado entre 1937 y 1942 supera la suma de las reservas de oro de todos los bancos centrales del mundo. Es, sin duda, la mayor conspiración conocida en la historia de la humanidad. No por las dimensiones, sino por lo que escondía. Porque si esas cantidades reales de oro y dinero salen algún día a la luz, pondrán al descubierto un secreto mucho más confidencial. —Levantó el dedo índice y lanzó a Curtis una mirada elocuente—: La cantidad de oro enterrado en Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial es diez veces superior a la cifra oficial de ciento cuarenta mil toneladas métricas supuestamente extraídas en más de seis mil años de historia. Es insólito que existan semejantes cantidades de oro al margen del circuito oficial. Y es aún más espeluznante que dicho secreto esté protegido.
—¿Ha dicho entre 1937 y 1942?
—A principios de 1943, la mayor parte fue enviado por barco al cuartel general del príncipe Chichibu, en Filipinas.
—¿Qué pasó en 1943?
—Stalingrado. El principio del fin. Los más astutos comandantes alemanes y japoneses lo entendieron enseguida. Era cuestión de tiempo. Trasladar el tesoro a Japón no era viable. Había que cambiar de planes, aunque sólo fuera como medida provisional. El ejército japonés despachó el oro a las islas y se vio obligado a dejarlo allí, con la vana esperanza de regresar después de la guerra y recuperar el botín en secreto.
»Un grupo de oficiales japoneses, con la ayuda de una brigada especial del cuerpo de ingenieros, comenzó a enterrar el tesoro. Tardaron meses en excavar y construir complejos sistemas de túneles lo bastante grandes para almacenar los camiones y lo bastante profundos para discurrir por debajo de la superficie del agua. —Se acercó a un mueble de cerezo—. Necesito una copa para ayudar a mantener este horroroso hábito mío. ¿Quiere una? —Armitage agarró el tirador y abrió una portezuela que ocultaba un minibar muy bien aprovisionado.
—Tal vez luego.
Armitage se encogió de hombros.
—Esto no hará que la historia fluya más rápido, ya sabe. —Armitage tomó un trago de brandy —. He bebido la cicuta demasiadas veces, Curtis. —Apuró el resto de bebida y se secó la boca con el dorso de la mano—. Para entender esta historia, para calibrar de veras su intensidad y su horror, hay que visualizarla, saborear el sudor y oler la podredumbre. Hay que imaginarse lo que debieron de pasar los presos que cavaron aquellos túneles bajo el ojo atento de los sargentos mayores japoneses y el bramido del viento, hasta arriba de barro, pasando hambre y medio desnudos, atormentados por insectos del tamaño de un puño, dándose cuenta de que no tenían la menor posibilidad de salir de allí con vida. Este sórdido episodio pierde parte de su encanto estereográfico y no se puede entender en toda su dimensión: la maldad elevada a la enésima potencia. —Asintió con la cabeza y frunció el ceño.
»Antes de ser enterrada, aquella gran cantidad de oro y otros tesoros estuvieron repartidos en baúles de varios tamaños. La mayor parte, correspondiente a un total de ciento setenta y dos baúles, acabó en las islas Filipinas antes de terminar la Segunda Guerra Mundial. Oro y plata en lingotes, diamantes, platino y valiosos objetos religiosos, incluida una estatua de Buda de oro que pesaba una tonelada, valorados en ciento noventa mil millones de dólares de los de 1943, fueron enterrados ahí junto con prisioneros de guerra aliados que habían sido forzados a cavar los túneles.
—Y entonces ¿qué ocurrió?
—Se está adelantando. Y aunque sé que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, déjeme disfrutar de las curvas. No sé cuántas historias más de Lila Dorada tengo dentro. Ya ve que no estoy muy bien de salud. —Tosió y se limpió la boca con la servilleta roja—. Los cartógrafos japoneses confeccionaron mapas de todos los escondites, y los contables del emperador marcaron cada baúl con un número de tres dígitos que representaba el valor de la carga de cada uno en yenes japoneses. Uno de los ciento setenta y dos vehículos tenía el «777», el equivalente a más de noventa mil toneladas métricas de oro, el setenta y cinco por ciento de las reservas oficiales de oro del mundo. Un valor de ciento dos billones de dólares estadounidenses del año 1945, cuando el tipo de cambio era de tres yenes y medio por dólar, una cantidad que empequeñece la deuda global actual y lo deja a uno aturdido. —Armitage hizo otra pausa.
Curtis parecía anonadado.
—Está hablando de billones de dólares según el tipo de cambio actual.
—En realidad son trillones, una cantidad tan extravagante que desafía cualquier realidad del universo conocido.
—Es imposible ocultar una conspiración de ese tipo. Alguien debía de saberlo.
—En efecto. Era un secreto demasiado tentador para mantenerlo oculto en un calabozo oscuro. A finales de 1944, Estados Unidos descifró las comunicaciones codificadas del Japón imperial y elaboró sus propios planes para hacerse con el botín. ¿Recuerda el famoso discurso de Roosevelt sobre la rendición incondicional de las potencias del Eje?
—Conferencia de Casablanca, enero de 1943 —dijo Curtis maquinalmente—. ¡Joder!
El viejo se rió.
—Roosevelt, el gran humanitario, no tenía en mente ninguna víctima cuando sorprendió a Churchill con sus precipitadas palabras.
—O sea que el gobierno lo sabía.
—Lo sabía Roosevelt. Lo sabía el presidente de Estados Unidos. Supongo que entiende la gravedad de la acusación.
—¿Y Churchill?
Armitage negó con la cabeza.
—Los estadounidenses descifraron los códigos y preservaron el secreto. Entre 1948 y 1956, agentes de la CIA iniciaron en Filipinas una recuperación clandestina. Tardaron cuatro meses en encontrar la primera cueva, situada a más de setenta metros de profundidad. Lila Dorada había sepultado el tesoro mediante una sofisticada técnica creada por ingenieros japoneses. Dejaron señales sobre cómo hallarla por medio de formaciones rocosas inhabituales y otros signos topográficos que disimulaban fácilmente su ubicación.
—¿Qué hicieron entonces con el oro?
—Una parte se convirtió en la base de los fondos para operaciones extraoficiales de la CIA durante los primeros años de la posguerra, cuyo fin era crear una red anticomunista mundial. Para garantizar lealtad a la causa, la CIA distribuyó certificados de lingotes de oro entre gente influyente de todo el planeta.
—¿Y el resto?
—Lo dejaron en la selva, a buen recaudo. Y allí sigue.
—Filipinas... ¿Lo sabía Ferdinand Marcos?
—Desde luego que sí. Lo descubrió en 1953. Naturalmente, en esa época él no era más que un modesto matón y un buscavidas. Sin embargo, tenía una ambición sin límites, algo que el gobierno estadounidense subestimó. Entre 1953 y 1970, con la ayuda de los prisioneros de guerra japoneses, Marcos desenterró seiscientas toneladas de oro..., hasta que a finales de 1971 encontró el mapa y se puso a trabajar en serio. Cuando hubo terminado, Marcos había sacado treinta y dos mil toneladas del tesoro oculto.
—¿Cómo?
—Uno de los prisioneros había formado parte del original Lila Dorada. A cambio de su libertad, dibujó a Marcos una pequeña sección del mapa, la parte que había memorizado en 1943.
—Han pasado veintiocho años. ¿Qué fue de él?
—Lo encontraron en una choza de la jungla con la garganta perforada quirúrgicamente.
—Su billete a la libertad, imagino.
—Imaginemos.
—¿Qué pasó con el oro de Marcos?
—Nuestro gobierno lo confiscó cuando Marcos fue derrocado.
—¿Alguien más conocía el mapa del tesoro?
—Nuestro gobierno segurísimo que no. Al menos no entonces.
—¿Y qué hay de los prisioneros?
—Está hablando de la mayor conspiración de la historia de la humanidad. La mayoría de quienes tuvieron la mala suerte de formar parte de Lila Dorada fueron enterrados con el tesoro. Son los supremos guardianes de la cripta.
—¿Incluso los soldados japoneses?
—Sobre todo ellos. ¿Quién más iba a saber dónde encontrarlo? ¿Los prisioneros de guerra? Todos estaban trabajando sobre el terreno. Nadie sobrevivió a la dura prueba. En 1982 leí un informe de una subcomisión del Congreso sobre el tema. —Armitage se recostó en la silla—. De todos modos, es una cuestión interesante. En el caos de los últimos días de la guerra, supongo que algunos de ellos podrían haber escapado de las garras de sus verdugos japoneses. ¿Sabe usted algo que yo no sepa?
—Es sólo un presentimiento, pero, como usted ha dicho, las posibilidades son escasas.
—Si alguien sobrevivió, ahora tendrá noventa años.
«Dieciséis testigos... dispuestos a testificar... tortura... crímenes contra la humanidad... Ejército Imperial japonés... todos muertos en accidente o por causas naturales. Menos uno. Akira Shimada. Roma. Mapa. Lila Dorada.
»El tercer hombre era el hombre de la galería. Tenía otras instrucciones. Creía que eras del mismo equipo. Por eso falló el tiro. Compartimentación. ¡Tú y el prisionero teníais que escapar! Con su ayuda. Pero tú no lo sabías. Quien lo envió no quería dejar cabos sueltos. Con el tercer hombre muerto, el vínculo con su escalafón también quedaba cortado. Y así sólo quedáis tú y el viejo.»
—¿Por qué sólo Filipinas?
—En ningún momento he dicho sólo Filipinas. En la jungla de Indonesia también se enterraron cofres de oro, platino, piedras preciosas y objetos religiosos de valor incalculable. En la historia contemporánea hay un episodio prácticamente desconocido: en 1955, el presidente indonesio Ahmed Sukarno, junto con otros dirigentes del Tercer Mundo, planeaba crear un banco secreto de países no alineados utilizando como garantía billones de dólares en reservas de oro de la Segunda Guerra Mundial que habían sido recuperadas.
—¿Por qué razón?
—La creación de una entidad tan poderosa cuyas reservas de oro dejaran pequeñas a las disponibles en Occidente habría hecho temblar de miedo tanto a los gobiernos occidentales como a la fraternidad bancaria euro-norteamericana.
—¿Cuál fue la reacción de Occidente?
—Enviar a Indonesia una delegación de alto nivel que, bajo los auspicios de la reconstrucción de la posguerra, discutió el asunto con Sukarno. A cambio, prometían más cooperación occidental, reconocimiento del régimen, protección contra sus enemigos, aranceles bajos para las mercancías indonesias, etcétera. Fue la primera misión exterior de Kissinger y su primer fracaso no oficial.
—¿Qué respondió Sukarno?
—Tras escuchar educadamente a los «rostros pálidos», les enseñó uno de los depósitos secretos en los que estaban ocultos objetos valiosísimos, gemas, joyas y una cantidad extraordinaria de metales preciosos. Había tal tecnología punta, incluso para los criterios actuales, que a su lado Fort Knox parecía un campamento de boy scouts. Los «rostros pálidos» no habían visto en su vida nada parecido. Había filas y filas de cajas de metales preciosos de la UBS, la Unión de Bancos de Suiza, cada una con barras de oro o platino J. M. Hallmarked de un kilo, cada barra con un certificado y un número únicos con el distintivo Johnson Mathey; certificados bancarios de depósito de oro y rubíes. En total, miles de toneladas. Tarjetas Vault Keys y Depositor ID de oro. Era como las mil y una noches. Tras recuperarse los visitantes del impacto, Sukarno les dijo que se fueran a freír espárragos. Kissinger explotó y amenazó personalmente con asesinarlo.
«Filipinas e Indonesia. Ferdinand Marcos y Sukarno.»
—¿Por qué ninguna de las partes afectadas entabló acciones judiciales para recuperar las propiedades robadas? Hay un período de cuarenta años en el que un país puede reclamar.
—¿Los gobiernos? ¿Y sacar a la luz toda la conspiración? Habría que tener nueve vidas para intentarlo. Métaselo en la cabeza, joven: las personas involucradas no tenían intención alguna de devolver el botín a sus legítimos dueños, se tratara de Marcos, Sukarno, Roosevelt, la CIA o cualquiera de los bancos que guardaron el tesoro en sus cámaras acorazadas.
Curtis arqueó las cejas.
—Sí. A veces la verdad supera a la ficción. ¿Quién controla las cuentas?
—Puedo decirle que una pequeña parte está controlada por el Vaticano.
—¡El Vaticano!
—¿Quién cree que ayudó a huir a los criminales de guerra nazis y japoneses hacia
Latinoamérica y Estados Unidos?
—¿La Santa Sede?
—Se hizo a través de monseñor Giovanni Montini, subsecretario de Estado durante la guerra.
Curtis exclamó:
—¿Conoce la famosa escena de la Capilla Sixtina, en la que Dios se inclina y casi toca la el dedo de Adán? A menudo me pregunto si Adán y Dios no estarían señalándose realmente el uno al otro, desafiándose mutuamente a asumir la responsabilidad de lo que sólo puede verse como una Creación bastante caótica. Ahora ya estoy convencido.
Armitage rio con amargura, aunque no captó la ironía.
—Ha dicho que una pequeña parte está controlada por el Vaticano. Si estamos hablando de trillones de dólares ¿cuán de pequeño es «pequeño»?
—Cuarenta y siete mil toneladas métricas de oro, cuyo valor sería de unos dos billones de dólares.
—¡Qué hijos de puta!
—Cuidado, esto es una blasfemia.
—Pues demándeme. ¿Qué hay del resto del dinero?
Armitage se encogió de hombros.
—Prefiero no saberlo. Créame, he procurado con todas mis fuerzas no enterarme de la identidad de esa gente, y al cabo de todos estos años sigo prefiriendo la comodidad húmeda de una cueva a un ataúd dos metros bajo tierra.
Curtis se tapó los ojos con la mano. Frente a él pasaron imágenes brillantes e impregnadas de detalles. Ahora los rasgos estaban vívidamente claros.
—Le estoy muy agradecido, Stephen —dijo, con la cabeza en otra parte—. A veces, en el engaño, lo mejor es la simplicidad avalada por la autoridad.
—Ya me temía que se quedaría un rato a oscuras. —Armitage observó a Curtis—. Así que, sea lo que sea, lo ha resuelto. Bravo... Lo suponía. Le he seguido el rastro. Ya sabe; las viejas costumbres no se pierden fácilmente. Lo que he visto me ha impresionado. En la vida hay mucho de intrascendente, y mucho de excepcional. Es usted un verdadero patriota. Dios, bandera, país.
—Todos cometemos errores. La juventud impresionable y todo ese rollo.
—El tiempo es algo valiosísimo, Curtis. Y los años enseñan muchas cosas. Quizá la vida tenía en mente algo distinto, algo más profundo y sutil. El problema es que soy demasiado viejo, y nunca entenderé por qué el mal es, en última instancia, más atractivo que el bien. —Apoyó la oreja en su mano blanca y temblorosa, y con el peso de la cabeza hizo crujir las articulaciones de los dedos—. Hay personas que cuando se desmorona su sistema de creencias no saben qué hacer.
Curtis asintió.
—Está usted frente a una de estas víctimas. No estoy orgulloso de ello, pero tampoco me avergüenza. —Se acercó y le tendió la mano—. Gracias de parte de los dos.
Armitage enarcó las cejas.
—¿«Los dos»?
—De mí y del hombre que no pudo terminar lo que empezó.
—De nada. Ahora lárguese de mi despacho. ¡Tengo cosas que hacer!
Curtis abrió la puerta. Según su reloj, habían pasado cinco horas.
—Stephen... —El erudito levantó la mirada—. Estoy en deuda con usted.

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