Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

lunes, 20 de octubre de 2014

Conspiración Octopus VIII

Viene de aquí.

27

Aquella mañana, el cielo amenazaba tormenta. Curtis miró alrededor, en estado de alerta, listo para reconocer cualquier desviación en la conducta de la gente. Era un día corriente en una ciudad corriente para quienes ya no advertían la ecléctica magnificencia de la Gran Manzana. Escudriñó la calle. Ningún perseguidor, de momento. Cogió un taxi en la 16.ª Avenida, recorrió quince manzanas, y luego cambió de taxi y recorrió ocho manzanas en dirección opuesta antes de entrar en el metro. Salió a cuatro travesías del banco y caminó con paso seguro hacia el oeste, fingiendo falta de rumbo y mirando en los escaparates por si alguien lo seguía. Nada. Dobló la esquina, subió por una calle contigua y pasó dos veces por delante del banco antes de acercarse. El primer paso consistía en averiguar el nivel de seguridad del BS Bank Schaffhausen. «Hazte invisible.» Para ello, Curtis necesitaba encontrar el porte adecuado y la expresión facial a juego.

Las piedras estaban desgastadas por los efectos de la intemperie, el mármol blanco hacía resaltar los colores oscurecidos por los hongos. Y encumbrándose, la construcción de acero y pizarra del BS Bank Schaffhausen. El interior tenía un atrio de varias plantas de vidrio ingleteado sobre baldosas hexagonales de granito. Montado en el marco de una puerta había un cuadrado de cristal con la mirada oscura y vidriosa de una pantalla de televisión. Curtis sabía que eso formaba parte de un sistema audiovisual de nueva generación: incrustadas en el plano de silicato había centenares de lentes microscópicas que captaban luz fraccionada en un ángulo de ciento ochenta grados. El resultado era una especie de ojo compuesto, como el de un insecto, todo integrado mediante un ordenador en una única imagen móvil. Se quedó de pie al final de la cola con cara de aburrimiento. En sus ojos tenía la mirada de alguien que recibía órdenes y hacía lo que otros, mejores y más listos, le decían que debía hacer con miedo y desdén. Desdén porque, para sus superiores, él formaba parte del populacho; miedo porque era un animal temido por su fuerza bruta. Un hombre fuerte, corto de entendederas, que al final de la semana ahogaba sus penas con cerveza.

Curtis no destacaba; era invisible para los demás. Echó un vistazo al espacio abierto sin fijarse en nadie. Había seis cajeros, separados entre sí por mamparas de caoba de apenas cinco centímetros. Dos mesas de atención al público. Vacías. Las otras cuatro las ocupaban una mujer rechoncha con el pelo oxigenado y grandes pendientes chapados en oro, una becaria, un hombre alto y flaco con gafas, y una atractiva rubia de grandes pechos con falda y blusa blanca. Curtis se fijó en la falda. No era tan corta como para atraer miradas indiscretas pero sí como para moverse con rapidez. En la cola había once personas. Cuatro hombres y siete mujeres. En el pasillo, con el hastío grabado en el rostro, otras tres esperaban sus respectivas citas. Los observó a todos en busca de anomalías, aislando a cada uno, mirando sus ojos, captando el lenguaje corporal. Una reacción inoportuna; una mirada brusca; un movimiento involuntario. El desafío consistía en ver a través de la rutina. Era posible prever y ensayar cualquier cosa rutinizada para no desentonar, y se podía identificar y contrarrestar algo demasiado ensayado. Alguien que pareciera demasiado aburrido, demasiado ansioso, demasiado atento a algo, que apartara la mirada como siguiendo una señal convenida. Después venían los cuerpos y las caras, la ropa, los zapatos y los complementos. Si algo destacaba o se salía de lo común, ¿no debería estar allí en circunstancias normales? Una postura corporal que denotase cierta tensión o alguna destreza oculta. Un bolígrafo muy grueso y muy largo, o una cartera que abultaba demasiado.

Cada persona podía cumplir un papel concreto. Un padre de familia apoyado contra la pared, un joven empresario esperando su primer préstamo, una mujer regordeta..., todos llenaban el espacio con su presencia, y, una vez ubicados, podían ser reemplazados por otros parecidos. Nada. Curtis estaba satisfecho porque no se le había adelantado ningún equipo de vigilancia. ¿Estaba siendo demasiado cauteloso cuando nada lo justificaba? «Alcanza el objetivo», se dijo. El ranger sabía que se accedía a las cajas de seguridad a través de unas puertas correderas de cristal, que dentro se transformaban en una pantalla metálica de malla fina. Parecía decorativo, pero en realidad era algo funcional. Pulsó un botón que sobresalía de un octógono, a su izquierda. Los paneles se abrieron en silencio con una especie de soplido. La sala era un espacio rectangular rodeado por una malla ferromagnética conectada a tierra. El escudo protector bloqueaba la transmisión de cualquier señal de radiofrecuencia.
—Por aquí, señor —dijo el empleado de mediana edad y cabello muy corto que evidentemente estaba esperándolo. Curtis se sobresaltó un poco.
—¿Cómo sabía que venía?
Una expresión burlona apareció en los ojos del hombre.
—Sí, claro —masculló Curtis—. El cuadrado de cristal.
El empleado del banco sacó un impreso de Schaffhausen con dos líneas en blanco. Curtis escribió «142857» en la línea superior y «Árbol de la Vida» en la de abajo. Entregó el papel al empleado, que lo observó un instante.
—Espéreme en la habitación verde de la derecha. Vendré enseguida con su caja, señor. —Al ver que Curtis titubeaba, añadió—: Señor, si quiere privacidad tendrá que entrar. —Sonrió amablemente.
Curtis estudió las inflexiones de su voz. ¿Era anormalmente agradable? ¿Sonaba extrañamente suave y dura? De todos modos, estaba en un banco, un sitio donde la gente guarda el dinero. Cuanto más dinero, más agradable el comportamiento.Entró en la habitación verde. Era pequeña, de unos tres metros por cinco, revestida con paneles y amueblada con dos sillones de cuero colocados el uno junto al otro y una mesa de caoba arrimada a la pared. Oyó unos pasos que se acercaban, resueltos, y se volvió al instante. Al abrirse la puerta, apareció el mismo empleado del banco con una caja metálica. El hombre sacó un manojo de llaves y lo sostuvo frente a Curtis.
—Cuando haya terminado, pulse el botón de encima de la mesa. Vendrá alguien a buscarlo.
—Gracias.
—¿Puedo ayudarlo en algo más?
—No, gracias —dijo, y repitió—: Gracias.
Tras una levísima inclinación de la cabeza, el empleado se marchó. Curtis aguardó a que se cerrara la puerta y se sentó en silencio frente a la caja con forma de cúpula, atento a posibles pasos.
Nada. Miró el reloj. Las diez y cuarto. Cogió una llave, la introdujo en la cerradura y la giró a la derecha. Oyó un chasquido. ¡Increíble! Simone tenía razón. Danny había escondido los códigos en un poema del siglo XIV. Abrió la dura tapa de la caja y examinó el contenido. Sacó un fajo de notas. Debajo había un montón de resúmenes contables sujetos con un clip enorme. Lo colocó todo con cuidado sobre la mesa arrimada a la pared. Los siguientes documentos estaban unidos mediante una goma elástica, como las que antes usaban las niñas para sujetarse la coleta. Quitó la goma y desenrolló el contenido. Le bastó echar un vistazo para comprobar que eran copias de certificados de oro. Los hojeó y sacó una al azar. Sus ojos fueron instintivamente al centro del papel. De pronto, le llamó la atención un número. «750 toneladas métricas.» Se inclinó hacia delante y leyó toda la línea: «Fue emitido como garantía de una parte del depósito de Metal Oro..., de hasta 750 toneladas métricas.» Se le estiró el labio inferior mientras su cara adquiría una expresión de incredulidad. «¿Cuánto será esto en dólares? Cristian lo sabrá.» Sacó al azar otros certificados sólo para comprobar que, de hecho, en el primero se consignaba la cantidad de oro más pequeña de todas. Entre otros objetos, Curtis encontró tres DVD, fotografías de personas que no conocía, cablegramas y diarios de llamadas guardados en carpetas, numerosos diagramas así como notas y cuadernos llenos de letra pequeña, descuidada y apresurada. Aquello lo vería más tarde. Así que colocó el contenido de la caja en dos bolsas de cuero que se ciñó al cuerpo con correas, una a la espalda y otra al pecho, echando el jersey por encima y ajustándose bien la cazadora. Palpó el frío acero de su arma. Estaba en el bolsillo interior, fácil de coger si era preciso. «Ojalá no lo sea, por Dios.» Cerró la caja. Lo revisó todo y pulsó el botón. Al cabo de un minuto oyó un chasquido y se abrió la puerta.
—¿Está todo a gusto del señor? —dijo el empleado con una sonrisa que quería ser tranquilizadora.
—Sí, gracias. —Curtis se hizo a un lado para que pasara.
—Después de usted, por favor —dijo el empleado inclinando la cabeza.
—No, insisto, por favor. Además, sin su ayuda no encontraré la salida. —Curtis esbozó la típica sonrisa ingenua de alumno torpe.
—Siga recto por el pasillo, señor, a la derecha, por la puerta corredera, y enseguida estará de nuevo en el vestíbulo. —Miró con expectación a Curtis.
—Gracias otra vez. No habrá problema. —Curtis se despidió con otra sonrisa.

En cuestión de segundos estuvo en el vestíbulo. Curtis echó un vistazo a su alrededor. Las mismas expresiones aburridas, el mismo malhumor, las mismas posturas. Nadie parecía alterar el orden natural de las cosas. Otros diez metros y estaría fuera del edificio. Asió un picaporte grande y pesado y tiró de él. Por fin era libre. Se volvió hacia la derecha. Entonces lo vio. Un hombre con un impermeable oscuro y con la mano derecha en el enorme bolsillo, sin duda empuñando un arma, dobló la esquina en el preciso instante en que él salía del banco. Curtis lo estudió. Caminaba de manera muy despreocupada, pero con la mirada atenta. Sus actos eran reflejos. Tenía el cuello corto y muy musculoso. «Ningún rasgo físico identificatorio — pensó fugazmente Curtis—. Órdenes demasiado precipitadas.» El equipo no había tenido tiempo de tenderle la trampa. El hombre que tenía delante no sabía cómo era su aspecto. El control lo asumieron los circuitos de instrucción instalados en lo más profundo. Sin mover la cabeza, Curtis miró a izquierda y derecha. El movimiento fue apenas perceptible. No había nadie más, por ahora. ¿El ejecutor lo había sorprendido mirando? Imposible, demasiado lejos. ¿O no? Ahora el hombre caminaba más deprisa, pero la aceleración casi no se notó. Se trataba de un profesional magníficamente preparado que conocía la importancia del autocontrol. Curtis aminoró el paso, mirando al frente al pasar por su lado. De repente, el hombre le agarró la muñeca con su mano grande y fuerte. Curtis intentó coger el arma, pero el hombre era muy hábil y reaccionó a la velocidad del rayo. Aplastó el pulpejo de la mano contra la pistola, con lo que ésta salió volando. «¡Actúa! ¡No pienses!» El otro le retorció la muñeca, haciéndolo caer de rodillas mientras le propinaba un puñetazo que no le alcanzó la cabeza por centímetros. Curtis, con la mano derecha alzada, dio un fuerte golpe al hombre en la caja torácica, justo por debajo de la axila. El tipo lanzó un grito, echó bruscamente la cabeza hacia atrás, con sorpresa en la cara, pero no lo soltó, sino que le hincó a Curtis la rodilla en la garganta y lo golpeó en la mejilla izquierda. El ranger no vio venir el golpe. Sólo supo que el lado izquierdo de su cráneo pareció partirse. La fuerza del impacto impulsó a Curtis
hacia atrás, pero el hombre seguía sacudiéndolo. De repente lanzó el dorso de la mano contra la boca de Curtis, que sintió algo caliente bajando hacia el mentón. No había tiempo para pensar. De un momento a otro llegarían otros, y todo estaría perdido. Tenía que liberarse. Con el rabillo del ojo vislumbró una sombra, una mancha negra. ¡Un arma! Ladeó el cuerpo a la derecha, logró levantarse y luego, súbitamente, sin avisar, arrastró el pie del suelo de modo que el talón dio en el brazo del hombre haciéndole saltar el arma de las manos, una pistola del calibre 38 con un cilindro perforado en el cañón. El asesino se apartó tambaleándose. Entonces Curtis le hundió la mano derecha en el pecho, y con la izquierda le arponeó la laringe con un golpe cuidadosamente dirigido. El hombre reprimió un gemido ronco, tosió con espasmos y, tras alejarse cojeando, cayó a tierra arañándose el cuello con ambas manos. Forcejeaba por respirar, rodando por el suelo, mientras el destruido cartílago impedía la circulación de aire. Curtis logró tenerse en pie. Su rostro era un revoltijo sangriento, y un dolor sordo le subía por el cuello hasta la cabeza, que sentía hinchada y entumecida. Estaba lleno de cardenales, pero no tenía nada roto. Aún había esperanza. Podría moverse, pero antes de nada debía salir de allí. La pelea había durado quince segundos, tiempo suficiente para congregar a una pequeña multitud de mirones. Sin embargo, los sicarios eran más. Pero ¿quiénes? ¿Dónde estaban? Sin duda, se trataba de profesionales. Un bloqueo de tres puntos habría sido un procedimiento corriente: en uno y otro extremo de la manzana se habría colocado una unidad antes de que los agentes bajaran al banco. No tendrían identificación física, pero el dispositivo era hermético. Sólo podía pasar cruzando por la fuerza. Se puso en pie tambaleándose, caminó inseguro, deteniéndose para afirmar las piernas cuando perdía el equilibrio. «No te pares. Dios mío, estoy herido.» Al verlos, se le heló la sangre. Dos vehículos, un sedán azul oscuro y una camioneta blanca, convergían en Curtis desde direcciones opuestas. Los flancos estaban cubiertos; la trampa, tendida. Lo habían pillado, pero nadie hizo nada. El copiloto del sedán hablaba sin parar por un radioteléfono. Los hombres tenían conexión visual, auditiva y electrónica con otros dos... Pero ¿dónde estaba el otro? «¡Operaciones Especiales!», cruzó fugazmente por su cabeza. «¿Cómo es posible? ¿Quién es esa gente?» Estaba herido, y ellos lo sabían. ¡La multitud! No podían matarlo con tanta gente alrededor. Demasiados testigos. Alguien anotaría la matrícula y llamaría a la policía. La policía, seguridad. Ulular de sirenas y chirrido de neumáticos. Vaya suerte, la suya... Sano y salvo.

El sonido se acercaba, inyectándose desafiante en el aire del final de la mañana. ¿Llegarían a tiempo? La pregunta nunca obtuvo respuesta. Curtis oyó un ruido ensordecedor, metal contra metal, explotando en miles de pedazos. El lado del conductor del coche patrulla se levantó del suelo, tras el impacto de un camión de dos toneladas, que lanzó a los ocupantes contra el parabrisas. Por la postura de los cuerpos, Curtis supo que ambos policías estaban muertos. Dos hombres se apearon lenta y metódicamente. Las voces y los gritos de la gente asustada saturaban el ambiente. No habría indulto. El sedán azul puso la primera, cruzó la línea central y se paró a menos de treinta metros. «¡Dios mío! ¿Y ahora qué?» Curtis no podía dejar que se le aproximaran. Con la gente atendiendo a los cuerpos despedazados, nada impedía a los asesinos acercársele y meterle un balazo. La muchedumbre y el ruido eran su amparo. Nunca lo verían muerto. ¿Qué les hacía pensar que no podía huir? Porque sabían que estaba herido. Porque había al menos otros dos, y él se encontraba solo. Sin necesidad de mirar, Curtis supo que otro equipo se dirigía hacia él desde el lado opuesto, abriéndose paso entre la gente, con las manos en el mortífero acero oculto en los abrigos. Él no podía perder tiempo. Se concentró en los hombres que tenía delante. Los dos se aproximaban, uno desde el lado izquierdo de la calle, la segunda arma directamente desde delante, como los dos flancos en un ataque de pinza. En silencio. Izquierda, derecha. Uno, dos. Mucha potencia de fuego para capturar a un hombre. Eso si la orden era capturar. No, la orden era matar, lo veía en sus ojos. La sonrisa mortal de los asesinos profesionales. No habría conmutación de pena. Curtis lo entendió entonces. La trampa había sido tendida con una precisión extraordinaria. Los dos equipos estaban en su sitio, cubriendo los flancos desde el lado derecho, y los edificios oficiando como protección natural en la izquierda.

Dos asesinos expertos se ocupaban de las interferencias: habían matado a los agentes de policía sin dudarlo un momento. A menos que hiciera algo, él sería el siguiente. Y todo habría sido inútil. Lo matarían y luego irían por Simone y Michael..., de manera silenciosa e infalible. El asesino de enfrente alzó la cabeza un par de centímetros y miró más allá de Curtis. ¿Qué buscaba? «¡Observa sus ojos!» El asesino atendía a alguien que había detrás, fuera de su alcance. El equipo de refuerzo estaba en su posición.

«Alfa Uno, Galgo. Hombre fuera de combate. Muy bien, chicos, ahora está ahí al descubierto. Llamamos a la caballería y nos olvidamos de todo. ¡Alejaos de mí! No moriré, ¡no dejaré que me maten! ¡Invierte el sentido de la trampa, maldita sea! Tienes sólo diez segundos antes de que lleguen por detrás.» Curtis tenía la muerte delante. Se hallaban a menos de veinte metros. Quedarse ahí significaba fenecer. Palpó la culata de su arma. La multitud se hallaba en mitad de la calle, presa de un ataque de histeria. Bien, el flanco izquierdo estaba cubierto. Pero debía actuar. «Cárgate al asesino de la derecha. ¿Por qué? No lo sé. Hazlo y ya está.» ¡Ahora! Curtis se tiró a la izquierda con la automática extendida, y le dio al hombre en el pecho, que por el impacto se elevó del suelo impulsado hacia arriba, para desplomarse a continuación con un ruido sordo, como si le hubieran sacado la alfombra de debajo. Uno menos. Curtis notó junto al hombro derecho dos disparos, que se incrustaron en un panel de adorno de una fachada. Rodó sobre sí mismo con el cuerpo dolorido. Otras dos balas rebotaron en una piedra, mandando al aire humo y partículas diminutas. El asesino se agachó como un profesional acorralando a su presa. Pero Curtis también era un experto. Eliminaría al asesino. «Alfa Uno, Galgo. Hombre fuera de combate. No es uno de los nuestros», se oyó decir mientras rodaba, y de pronto se levantó, la mano izquierda sujetando la muñeca derecha, y disparó dos tiros certeros. Dos menos, pero faltan muchos. «¿Dónde están? El sedán. A por él.» Curtis se puso en pie y corrió hacia el vehículo, ahora a escasos metros. Los otros dos asesinos se habrían dado cuenta de lo que estaba haciendo. Uno de ellos se apoyó en una rodilla, sostuvo firmemente el arma, apuntó con mano segura y disparó repetidamente. Las balas destrozaron uno de los faros y rebotaron en el parachoques. Milagrosamente, el parabrisas y los neumáticos no recibieron impactos. Pero no estaban apuntando al coche. Disparaban a matar. Las órdenes eran ésas. Tras rodar de nuevo y dar una voltereta, Curtis quedó a unos centímetros del sedán. Sin volverse, disparó a su espalda, esperando que, contra todo pronóstico, las balas alcanzaran su objetivo. No fue así. De todos modos, pudo ganar unos segundos mientras los dos asesinos corrían para protegerse. Se levantó y dio un paso lateral, tiró de la puerta y, en un solo movimiento, se lanzó al interior del vehículo. Las llaves estaban puestas. Los asesinos tenían el control, sin dudar nunca del resultado. Control significaba tener los medios para huir, y deprisa. Sus dedos actuaron frenéticamente. Puso el motor en marcha, dio marcha atrás y aceleró. El coche saltó hacia atrás y giró a lo loco. Pudo oír los gritos de confusión de la segunda unidad. Pagarían un precio. Lo sabía. Seguro que quien hubiera contratado a esos hombres no se tomaba los fracasos a la ligera.

28

Edward McCloy puso sus pies sobre la mesa, cogió el Herald Tribune, pasó las páginas hasta la sección de Deportes y lo abrió de golpe. La llovizna de primera hora de la mañana dejó paso a una tormenta. Él pensó que la lluvia siempre lo ponía melancólico. La humedad y la monotonía del exterior reflejaban su alma. Como la mayoría de las personas con aptitudes corrientes y de inteligencia inferior a la media, McCloy movía los labios al leer. Sus ojos saltaron a la placa de latón que, apoyada de lado en la mesa, anunciaba sus impresionantes credenciales: representante principal. Sí, él, Edward McCloy, era el representante principal del cártel bancario más poderoso del mundo. Sobre el papel era el máximo responsable de las decisiones que afectaban a la élite del dinero. En la práctica, era un simple chapero de gente poderosa que lo utilizaba como tapadera para encubrir sus delitos financieros.
—Si no hubiera sido por mi hermano, tú, maldito idiota, estarías limpiando las calles de estiércol —bramó su padre, resentido.
—Nunca se me dieron bien las finanzas, papá.
—¿Qué diablos estudiaste en el colegio de mariquitas al que te mandó tu madre?
—Historia del arte y radiodifusión.
—¿Y qué piensas hacer con eso?
—Me encanta el baloncesto, papá.
—Eres un enano de metro sesenta y ocho. ¿En qué posición piensas jugar?
—Quiero ser locutor.
—¿En una ciudad sin equipo de baloncesto? ¿Y cómo vas a ganarte la vida?
—Brian Gumble lo hizo.
—¿Quién coño es ése? —se agitó el padre.
—El chico de mi dormitorio. Es locutor de la NBA.
—¿El negro? Ése tiene la cabeza en su sitio, hijo. Tú tienes demasiada mierda.
—Jack, no seas tan duro con él —intervino la madre—. Lo estás presionando demasiado.
—Tiene pájaros en la cabeza, Mary, y no es bueno en nada. Radiodifusión y arte... ¡Manda cojones!
—Papá, hay personas muy respetables que son mecenas artísticos.
—Todos tienen currículum empresarial, idiota. Son mecenas de las artes para poder envolver su dinero sucio en un manto de respetabilidad.
—¿Y el tío John?
—¿Qué pasa con él? —rugió el padre.
—Es presidente de la Fundación Ford. Están muy implicados en el mundo de las artes. Esto es respetable.
—Antes de que tu tío dirigiera Ford, se había graduado en Yale, imbécil, y había sido miembro de Skull & Bones. Por no hablar de su papel en la Comisión Warren.
—Estudió arte como asignatura complementaria.
—Fue el encargado de la limpieza en el asesinato de Kennedy. ¿Recuerdas los tres vagabundos en el Grassy Knoll?
—Sí —contestó el hijo, indeciso.
—Un día después de la muerte de Kennedy, los tres vagabundos estaban muertos y enterrados. Tu tío aún conserva la pala. Ése es su certificado de respetabilidad. El guardián de los secretos. — El padre hizo una pausa para recobrar el aliento—. Ahora que lo hemos aclarado, comenzarás a trabajar como ayudante de tu tío en el Chase Manhattan Bank. No la cagues. Mantén la boca cerrada, haz lo que te digan, lame el culo adecuado y llegarás lejos. ¿Me oyes, muchacho?
—Sí, papá.

De eso hacía más de veinte años. Y por eso Edward McCloy, principal representante del cártel bancario más importante del mundo, estaba tan deprimido esa mañana. Se había pasado los últimos veinte años con la boca cerrada y lamiendo los culos adecuados, casi siempre contra su criterio. Miró la hora. Las doce menos diez. Aunque el sueño de ser locutor se había esfumado, nunca se perdía el programa de su compañero de dormitorio, sobre todo ahora que se había convertido en el locutor de televisión más popular de Norteamérica. McCloy puso el canal en que daban deportes todo el día. De pronto, sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Mejor que enciendas el televisor, Ed.
—Está encendido. ¿Quién habla?
—No me refiero al canal de deportes. ¿Quién crees que soy? ¿Tu hada madrina?
—¿Henry?
—Doy por sentado que no nos pueden oír.
—¡Un momento, por Dios! ¿Qué canal?
—Da igual. Cualquiera menos el deportivo. Está en todos los noticiarios.
—¿De qué se trata? —interrumpió McCloy, echándose hacia delante en la silla. Era una pregunta retórica, pues ya lo sabía. Moviendo frenéticamente los dedos, logró poner la CNN. Se le heló la sangre al leer las noticias sobreimpresas en la parte inferior de la pantalla.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó McCloy, presa del pánico.
—Es lo que estamos intentando averiguar.
—¿Son nuestros?
—Lo curioso es que no.
—Entonces, ¿quiénes son?
—¿Quién? —corrigió el hombre de la CIA.
—¿Qué? —dijo McCloy—. ¿Qué dices?
—Alguien invirtió el sentido de la trampa e introdujo su propio equipo.
—Todo es tan desconcertante... —soltó McCloy—. ¿Qué quieres que haga?
—Quiero que hables con tu gente del Schaffhausen y obtengas una descripción detallada de todo aquel que estaba dentro. Luego quedamos en el sitio de siempre. Este tipo, sea quien sea, al final del día estará más muerto que el pomo de una puerta. Ah, Ed...
—¿Sí?
—Rapidito, ¿eh? —Y se cortó la comunicación.

A las tres, los guardianes de secretos de Octopus estaban sentados a una mesa de reuniones, de caoba y en forma de U, en un espacio especialmente insonorizado (intimidad garantizada por blindaje de Faraday e interceptores de radiofrecuencia de banda ancha). Los saludos fueron superficiales y distraídos; los apretones de manos, fríos y flácidos; las recriminaciones, breves. No tenía sentido volver sobre errores pasados.
—Una descripción, por favor —pidió el ex secretario del Tesoro.
—Es alto, entre metro noventa y metro noventa y cinco. Cuarenta y pocos años —contestó el hombre del Departamento de Estado.
—El pelo. ¿Color, longitud?
—Muy corto, estilo militar. Castaño claro.
—Ajá, todo cuadra. Se llama Curtis Fitzgerald. Fuerzas Especiales. Al menos éste es el nombre que utilizó para hacer la reserva de su vuelo a Nueva York —dijo el hombre de la CIA—. Viajó en primera clase.
—Eso cuesta siete mil dólares. ¿De dónde sacó el dinero? —terció en voz baja el hombre de Goldman Sachs.
—Buena pregunta. Quizá trabajó como un condenado para su país, pero dudo que éste lo haya correspondido —soltó el hombre del Departamento de Estado.
—¿Estamos seguros del nombre? —insistió Harriman, el tan cacareado ex secretario del Tesoro.
—Enseguida lo comprobaremos. Cualquier empleado federal, incluso los que trabajan para el gobierno sin atribución, tendrá al menos un listado en su base de datos —señaló Stilton.
—Bien. Hagamos una referencia cruzada con otros organismos por si en Inteligencia hay algo.
—Eso está hecho.
—¿Cómo lo vas a hacer sin levantar sospechas?
—Mediante una lista de vigilancia, una base de datos colectiva coordinada por el Departamento de Justicia para su uso por múltiples agencias federales.
—Lovett, mire en el Departamento de Estado por si tuviera algún empleo civil como tapadera —añadió Harriman con tono concluyente.
—Ed, ¿tienes la contraseña que usó para abrir la cuenta?
—Sí, al empleado del banco le pareció graciosa.
—¿Qué te dijo?
—Nombre: «Árbol de la Vida.» Número: 142857.
—No me jodas. ¿Qué significa esto?
El antiguo secretario del Tesoro le tocó el brazo, con la pipa en una mano y el encendedor en la otra.
—Rob, ponga a nuestros informáticos a trabajar en eso. A ver si pueden descifrar la contraseña en cristiano.
—Según el empleado del banco, la combinación tenía al menos seis meses de existencia — señaló McCloy.
—Lo cual significa que vino a Nueva York porque alguien lo necesitaba —terció Reed.
—De ahí la llamada telefónica y la salida del hospital de Roma —añadió Stilton—. Ahora tiene sentido.
—¿Sabes lo que me gusta de ti, Henry? —dijo el ex secretario del Tesoro.
—¿Que soy alto y guapo y que las mujeres no pueden quitar las manos de mis enormes huevos de acero?
—Que tu olfato no está del todo ajustado. Has desarrollado una especie de sensibilidad por lo podrido.
—El que esta mañana ha organizado la inversión de la trampa, nos llevaba la delantera, sabía qué piezas del rompecabezas estarían en su sitio y cuándo. Ahí fuera hay alguien que nos vigila y se entera de todo lo que hacemos y decimos —apuntó Taylor, pensativo.
—O sea, que tenemos más agujeros que un colador —afirmó Stilton con gravedad.
—Te gusta esta frase, ¿verdad, Henry? —inquirió Lovett.
—¿Quién habrá sido? —terció Taylor.
—Un enigma personificado con muchos secretos que contar —señaló Harriman.
—No importa. La casa del país del sol naciente se desmoronó —dijo McCloy de modo categórico.
—Todos menos uno —observó Lovett.
—Un viejo decrépito aferrándose a los últimos restos de cordura —dijo McCloy.
—Y los documentos —les recordó Stilton.
—Y el dinero, no lo olvidemos —añadió el antiguo secretario del Tesoro con tono cortante.
—Varios billones de dólares que ya no controlamos.
—Al menos hasta que consigamos el número de cuenta bancaria de Scaroni —puntualizó Lovett.
—Al margen de quiénes sean, busquen en Pingfan y Tokio. Quiero saber dónde encontraron lo que estaban buscando —dijo Harriman.
—Y también en los archivos secretos de Langley, enterrados en las mazmorras.
—Negativo. Cada visita a los archivos secretos queda automáticamente registrada con la hora y la fecha —precisó Stilton—. Hasta esta mañana, estos archivos llevaban en el agujero negro algo más de sesenta años.
David Alexander Harriman III rompió el silencio que siguió.
—Sea quien sea, tiene línea directa con nuestro campamento y está esperando nuestra reacción. Quiere obligarnos a actuar. Es una secuencia de hechos que nos incumbe. Un patrón. El periodista muerto fue su presa.
—Y Roma es nuestra cagada —añadió JR.
—De repente, alguien entra en nuestra secuencia y el patrón no se altera. Se produce un tiroteo, pero la presa se convierte en depredador. Los acontecimientos de esta mañana son la prueba definitiva —apostilló el antiguo secretario del Tesoro.
—¿Y Scaroni?
—Eso tenemos que averiguarlo.
—Una falta de patrón no excluye el patrón propiamente dicho, aunque todavía no lo vemos. Es más, es alguien con quien probablemente estamos familiarizados, alguien que podría andar por ahí con un letrero en el pecho y no lo veríamos.
—¿Es Fitzgerald parte de esto?
—¿Y qué hay de los demás?
—Olvidemos a los otros dos. Según nuestros informes, se trata de un asunto afectivo.
—Si Shimada habla, perderemos la ventaja que aún tenemos. Hay que encontrarlo y matarlo. —Hizo una pausa—. Pero volvemos a estar con el periodista muerto... Muchas preguntas y poco tiempo para responderlas.

29

—Pero bueno, vaya aspecto tienes. Pensábamos que habías muerto. En las noticias no se habla de otra cosa. —Michael lo miró con impotencia—. Estás herido, Curtis.
A Curtis le dolía la cabeza y el antebrazo, y tenía la mejilla izquierda magullada.
—Pues deberías ver al otro tío —replicó, aún en trance.
—Llamaré a un médico. Es amigo mío.
Curtis alzó la cabeza.
—No, no te molestes. —Y luego añadió—: ¿Qué haces aquí, Cristian?
—Por televisión he visto lo que has hecho y he decidido venir y pedirte un autógrafo.
—Estate quieto, por favor —dijo Curtis, a punto de reírse, llevando instintivamente la mano al estómago mientras respiraba despacio.
—Curtis, ¿has conseguido...? —Simone lo miraba con ojos suplicantes.
—Sí.
Cogió la automática del cinturón y la dejó sobre la mesita. Luego se bajó la cremallera de la cazadora y se quitó el jersey, descubriendo dos bolsas negras de cuero atadas al pecho y la espalda. Curtis se las dio a Simone, a quien se le aceleró el corazón. En sus ojos había dolor, pero también algo más, algo que ella no sabía muy bien cómo describir. Por unos instantes, notó la presencia de Danny mientras abrazaba las bolsas contra el pecho. Las abrió y colocó su contenido sobre la mesa. Entre esas hojas habría un nombre que vinculaba a alguien con el asesinato de Danny. Esos documentos trazaban todas las líneas de sus cinco años de investigación. Sin duda, lo mató lo que había averiguado. Cristian cogió los DVD.
—Los imprimiré en un momento. —Y desapareció en su estudio.
—Tiene que estar aquí —dijo Simone, con miedo en la cara y la voz.
Curtis hojeó las páginas de la libreta encuadernada en cuero, que entregó a Simone. Ésta se sentó en la silla junto a la ventana e inhaló su olor antes de pasar las hojas lenta y amorosamente.

Cristian tardó casi dos horas en imprimir el contenido de los tres DVD. Tuvo que mandar a alguien por más papel y cartuchos de tinta. Hacia las cuatro estaban todos en el estudio examinando los documentos y las fotografías. Dividieron el material en tres montones. Cada uno perfilaba una línea de investigación distinta:
Octopus, PROMIS y el oro. Luego se acomodaron en el salón y empezaron a leer. Utilizaron el método habitual tanto en el mundo académico como en los análisis de información secreta. Lo leyeron todo deprisa, intentando captar la idea y el razonamiento generales. Ya habría tiempo para diseccionar lo concreto, para estudiar cada dato al mínimo detalle. Al llegar ese momento, colocaron los detalles en un montón más pequeño y también los clasificaron. De vez en cuando, un comentario rompía el silencio.
—Hay una copia de un certificado de oro de setecientas cincuenta toneladas métricas a nombre de... —Simone les dio el nombre.
—¿Cuánto dinero sería eso? —preguntó Curtis.
Cristian encendió un cigarrillo.
—En una tonelada métrica hay treinta y dos mil ciento cincuenta onzas, unos novecientos once kilos —dijo Cristian, que sacó una calculadora de juguete de gran tamaño con enormes botones de colores. Todos miraban al banquero—. A mil dólares la onza... —Hizo una pausa mientras repasaba el cálculo—. Esto da unos veinticuatro mil millones de dólares.
Simone se quedó helada. Michael y Curtis se miraron.
—¿Cómo podría alguien apoderarse de tanto dinero? —inquirió Michael.
—No se trata de una persona real. Cada certificado va acompañado de diversos documentos adicionales, los cuales deben ser verificados jurídicamente en el momento de la venta. Sólo con que faltara un papel, los demás documentos quedarían invalidados. —Calló un momento—. Este procedimiento está diseñado para proteger la identidad del verdadero titular. El nombre que figura en el certificado es una cortina de humo. No lo olvidéis, es oro negro. —Sacudió la ceniza.
—¿Petróleo? —preguntó Simone, molesta.
—No, quiero decir ilegal, oro robado. —El banquero meneó la cabeza, adelantándose a la siguiente pregunta de Simone—. Según una leyenda, el oro pertenecía a los faraones egipcios. Otros dicen que tiene su origen en la Cuarta Cruzada. Existe también una versión moderna que lo sitúa en torno a la Segunda Guerra Mundial. —Hizo una pausa y añadió—: No sé qué versión creerme.
—Entonces, si alguien quisiera canjear este certificado por efectivo...
—Tendría que ser oro, Michael —interrumpió Cristian—. Ésas son las reglas.
—¿Dónde se podrían encontrar setecientas cincuenta toneladas métricas de oro? —preguntó Curtis.
Simone hojeaba la libreta de Danny, buscando algo que había visto.
—Aquí. —Señaló algo—. En un círculo y muy subrayado, «750 toneladas métricas», y a continuación la palabra «fuente» con un enorme signo de interrogación.
—¿Sería eso lo que Danny iba a averiguar a Shawnsee? —sugirió el banquero con aire pensativo.
No habían pasado cinco minutos cuando Simone volvió a hablar.
—Estas iniciales... Las he visto..., pero ¿dónde?
—Un momento...
Había algo en el cuaderno de Danny sobre Citibank. ¿Qué era? Simone lo leyó rápidamente, y al ver la descuidada letra de su hermano asomaron lágrimas en sus ojos. «Danny, te quiero. Cuánto te echo de menos...» Entonces lo vio: «Citi-CTP/gov.», y a continuación un enorme signo de interrogación. La combinación de palabras tenía varios círculos alrededor y ponía un énfasis particular en las misteriosas iniciales «CTP».
—Cristian, ¿tiene alguna idea de a qué podría referirse Danny...? —Miró a Cristian, y le recorrió un espasmo de temor.
Él tenía los ojos clavados en Simone, reflejando a partes iguales el miedo y la incredulidad. Era evidente que Cristian sabía de qué se trataba. Se llevó los dedos a la cara, se limpió el sudor de la frente y acto seguido observó a sus tres compañeros. Hizo una pausa y se agarró al borde de la mesa, pensativo. Luego dijo:
—No estoy preparado para hablar, es decir, no debería, lo cual, dadas las circunstancias, desde luego estaría totalmente justificado. —Cristian hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz infundía miedo. Curtis observaba a su amigo. Algo de lo que acababa de decir Simone lo había perturbado en lo más hondo. ¿Era eso posible? Con el vaso en la mano, Cristian se sentó en una silla y se quedó mirando al frente—. Será mejor que hablemos.

Una limusina color burdeos estaba aparcada frente a un inmaculado y altísimo edificio de oficinas del sur de Manhattan. El chófer de uniforme miró el reloj del salpicadero y se acomodó las gafas. Las cinco y tres minutos. Buscó un cigarrillo en el bolsillo, encendió la radio y llevó el dial a la única emisora que le era permitido escuchar, 97.5 FM, Marketwatch. Desvió la mirada hacia la entrada. El hombre al que esperaba saldría de un momento a otro y se acercaría deprisa al coche. La voz del locutor radiofónico era aguda y jocosa.

—Esto podría ser importante y podría hacerles daño de veras. No se hablaba nada de ellos cuando comenzó la crisis hace tres semanas. Eso me hizo pensar que Citi estaba jugando fuerte entre bastidores y bajo la alfombra. Es el único que puede evitarlo. Seguro que la gente que ha presentado esta demanda tendrá pruebas irrefutables. La partida está amañada desde hace tiempo. Y los que ganan una partida amañada se vuelven estúpidos. Ojalá hubiese inventado yo este estilo, porque es muy bueno.
—Jonathan, ¿puedes explicarnos las novedades del día?
—¿Qué hemos visto hoy? Exactamente lo que yo preveía. Los mercados globales están fundiéndose y no tendremos que esperar mucho para ver cómo el tsunami viaja por todo el mundo. Si analizamos la Gran Depresión, vemos que la historia se repite. No quedan muchos de los que la vivieron de primera mano, en persona y de cerca. Bueno, considerémonos afortunados o desafortunados, porque estamos a punto de vivirla otra vez, sólo que ahora va a golpearnos más rápido y con sobresaltos más contundentes. ¿No es maravilloso el progreso?

Se abrieron las enormes puertas dobles de cristal, y un hombre alto se dirigió apresuradamente hasta el coche. Tenía unos setenta años, era ancho de espaldas y con el porte erguido, el cabello ceniciento peinado con la raya a un lado, y las facciones marcadas. El hombre asintió distraídamente cuando el chófer le abrió la puerta de atrás. En ese momento sólo se pronunció una frase.
—Llévame a casa. —Tenía una voz profunda y melosa de barítono acentuada por años de bebida y tabaco.
—Sí, señor Reed. —El chófer puso el vehículo en marcha y se fundió en el tráfico de la hora punta.

—Una carrera contrarreloj favorece totalmente a Wells Fargo. El valor de Wachovia se evapora cada día a medida que los titulares de cuentas las cancelan llevados por el pánico. CitiGroup espera evitar su muerte cayendo sobre estos depósitos. Los minutos importan, y ambos bandos han acordado suspender el litigio hasta el miércoles, litigio que durante el fin de semana tuvo a los abogados de Citi aporreando la puerta del juez de Connecticut.
—Veamos, Mark: Wells Fargo es una empresa de California, CitiGroup es de Nueva York y Wachovia tiene su sede en Carolina del Norte. Esto suena a caso del Tribunal Supremo, ¿no te parece?
—Jonathan, si se pleitea sobre esto, Wachovia y CitiGroup están sentenciadas. Wachovia acaba sin valor alguno y CitiGroup implosiona.

El hombre del pelo ceniciento, ensimismado, puso el codo en el alféizar de la ventanilla y apoyó el mentón en el pulgar. Alcanzó una cajita entre los dos asientos traseros, abrió de golpe uno de los compartimentos y pulsó un botón. Una mampara de cristal se alzó en silencio, separándolo del chófer. El anochecer envolvía la ciudad, absorbiéndola en el silencio. Los faros estaban encendidos. Por el parabrisas entraba una luz débil, un haz reflectante que de vez en cuando iluminaba al ocupante, bañándolo con colores suaves y fluorescentes en la avalancha del tráfico. El hombre del pelo ceniciento sacó el móvil.
—¿Sí? —En el otro extremo de la línea, un hombre habló con voz suave y tranquila.
—Tengo que verle.
Hubo una pausa.
—Dadas las circunstancias, quizá no sea buena idea.
—Necesito verle —insistió el hombre del pelo ceniciento.
—La situación se les está yendo de las manos.
—Por eso he de verle.
—Cuando accedí a trabajar con ustedes, pedí una sola cosa. ¿Recuerda?
Silencio.
—Sí, lo recuerdo.
—Accedí a trabajar con ustedes sólo si se me permitía establecer los términos del compromiso cuando lo juzgara conveniente. Ahora no es un buen momento.
—Escúcheme... —La voz del hombre del pelo ceniciento era dura y desesperada—. Le he pagado un montón de dinero durante años. Lo he convertido en un hombre rico. Así que está en deuda conmigo. Me lo debe.
—No le debo nada. Los dos nos hicimos ricos porque yo soy muy bueno en lo mío. Bueno y discreto. Adiós y buena suerte. —Y se cortó la comunicación.
El hombre del pelo ceniciento golpeó repetidamente el sistema intercomunicador, provocando que la radio invadiera la aislada área trasera de la limusina.

—Los accionistas están deshaciéndose de valores como si se tratara de un lince rojo en llamas. Me estremezco al contemplar lo que podría quedar de Citi al final del año. Como decía antes, esto eliminará toda esperanza.
—Mark, entonces ¿de qué estás hablando? ¿De una capitulación real, global?
—La desaparición de CitiGroup tal vez no se produzca mañana, pero he aquí una pista. Intenté acceder a esta historia en la página web de Reuters un minuto después de que apareciera publicada en el Eastern Daylight Time de las cuatro y cincuenta y seis de la tarde. Había tantas consultas que tardé dos minutos en descargarla y otros dos en guardar la información. Las pantallas estarían abarrotadas de órdenes, inversiones al descubierto y opciones de venta. Un aviso para los no iniciados. Éste es territorio de tiburones importantes: para ganar dinero en la subida y en la bajada. El resto, que haga el puñetero favor de quedarse fuera, por su propio bien.

—¡Apaga esto! —gritó el hombre del pelo ceniciento, clavando los ojos en el chófer a través del retrovisor. Apagó el intercomunicador y volvió a marcar el número. El hombre oyó un chasquido, pero esta vez fue recibido por un silencio.
—Jean-Pierre, quiero que me escuche con atención. —Su voz era áspera y amenazadora—. Tal como están las cosas, tengo poco que perder. Le recuerdo que obra en mi poder el expediente completo. La Agencia colaboró muchísimo más que usted ahora. Si me hundo, usted se hunde conmigo. —Respiraba con dificultad—. Recoja los apuntes y las cartas y nos libramos del problema. Mate a Scaroni y limpie la pizarra. Nadie puede seguir el rastro hasta nosotros. ¿Comprende?
—De acuerdo —dijo una voz al otro lado de la línea—. ¿Dónde?
Recibió la dirección.
—Sé que podemos...
—Ésta será nuestra última reunión —interrumpió la voz. Se produjo un chasquido súbito y se cortó la comunicación.

—Tiene que ver con dinero a punta pala. Tanto, que pondría en tela de juicio el mundo de los bancos, las finanzas y la economía —explicó Cristian sin rodeos, levantándose, como si previera que los presentes lo refutaran. Expulsó el humo por la nariz y clavó en Simone sus ojos duros y brillantes —. Se dice que este mundo en realidad no existe. Pero vaya si existe... El mundo en sombras donde el CTP vive y fabrica dinero del aire es el pequeño y sucio secreto de la economía occidental. —Se sentó de nuevo, frente a ellos.
—¿Qué es el CTP? —preguntó Simone con voz tensa.
—Es el Programa Comercial Paralelo, una operación extraoficial muy especulativa controlada por el gobierno.
—¿Quién está detrás? —preguntó Curtis.
—Diversos organismos del gobierno de Estados Unidos.
—¡Dios! —gruñó el ranger—. ¿Por qué no me sorprende?
—¿Se refiere a la CIA y el FBI? —inquirió Simone, perpleja.
—Ellos son la punta del iceberg. Toda esta sopa de letras de agencias participa en la actividad de generar beneficios espectaculares corriendo muy poco riesgo, y los que son invitados de manera exclusiva a participar como aportadores de fondos acumulan capital a un ritmo escandalosamente alto. Es un método de creación de dinero que ningún sistema de supervisión o rendición de cuentas es capaz de poner en evidencia.
—¿Es legal? Quiero decir, ellos... —preguntó Simone.
Cristian negó con la cabeza.
—¿El comercio interior realizado por personas que controlan los mercados? No: es absoluta y decididamente ilegal. —Dirigió una mirada furtiva a Simone y luego a Michael.
—¿Está diciendo que los bancos actúan en connivencia con nuestro gobierno en la dirección de estos programas?
—Y también muchos inversores ricos. Los bancos y los bancos centrales que participan en el CTP llevan dos libros, uno para el examen público y otro para verlo en privado.
—¿Desde cuándo? —inquirió Simone con inocencia.
—Desde tiempo inmemorial.
Ella suspiró, indignada.
—¿Sabe quién creó el programa? —preguntó Michael.
—No. Y la verdad es que no quiero saberlo. Así duermo mejor, ¿entiendes? De todos modos, quien lo puso en marcha tenía que estar situado en un nivel alto.
—¿Se refiere al presidente de Estados Unidos? —preguntó Simone, cuya ingenuidad hizo sonreír a Michael.
—No, no me refiero al gobierno. Hay entidades mucho más poderosas que los gobiernos. Puedo deciros que el Banco Mundial está involucrado en la parte extraoficial de todo esto. Este programa comercial extraoficial paralelo dirigido por el gobierno tiene que ver con dinero, Simone, igual que el Banco Mundial. No es mi área de competencia, pero si lo fuera dudo mucho que hubiera podido hacer algo para impedirlo —contestó Cristian con un tono de gravedad ofendida.
Ella lo miró burlona, pero no dijo nada.
—Al final —dijo Cristian con tristeza—, la codicia sólo es bonita en Navidad.
—¿Qué hacen con el dinero? —preguntó un Michael desconcertado.
—Una parte del dinero ilegal se está usando para rescatar los principales bancos del mundo que se enfrentan a crisis de insolvencia, como consecuencia de unas insensatas políticas de préstamo y de la debacle de las infames hipotecas subprime. Os revelaré un pequeño secreto. Bancos como Citi, HSBC, Chase Manhattan, Bank of New York, Lehman Brothers, Wachovia o Goldman Sachs están en quiebra y se hallan al borde de la desintegración financiera.
—¿Y la otra parte? —insistió Michael.
—La otra justificación de estos programas es la creación de inmensas reservas de dinero en efectivo destinado a ser utilizado en operaciones sancionadas.
—¿Son operaciones ilegales? —dijo Michael.
—Sería una forma de llamarlas.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
Cristian sacudió la cabeza.
—La reserva de fondos que ahora se mantiene en cuentas aletargadas y huérfanas asciende a billones de dólares, suficiente para cancelar la deuda nacional de Estados Unidos y todas las demás deudas del planeta.
Simone creyó no haberlo entendido.
—¿Cuánto?
—Nadie conoce la cantidad exacta. Pero podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de billones, entre las decenas y las centenas.
—¿Existe tal cantidad de dinero?
—Sobre todo en el ciberespacio, Simone. No sería posible transferirla físicamente a ninguna parte. Pero en todo caso no hay por qué hacerlo, pues se puede mover cualquier cantidad de fondos en una millonésima de segundo tan sólo pulsando una tecla.
—Si el dinero apareció por arte de magia como consecuencia de cierto malabarismo exótico de humo y espejos financieros, la pregunta es adónde fue a parar —señaló Curtis.
—A treinta cuentas sueltas del CitiGroup —susurró Cristian.
—¿Quién controla esas cuentas? —preguntó Curtis.
—No lo sé. Es un sistema muy opaco, que funciona de arriba abajo en distintos países y con diferentes participantes, quienes responden ante el Consejo de Directores. La cabeza visible de este Consejo es John Reed, presidente de Citibank, aunque dudo que sea él quien mande realmente. Lo más probable es que sea un testaferro.
—Evidentemente, Danny estableció una conexión CTP-Citi —afirmó Simone—. ¿Tiene alguna idea de adónde llegó con eso? —Miró los diversos montones cuidadosamente colocados en un lado de la mesa.
—Sabía que lo preguntarías —replicó el banquero, cabeceando—. Ojalá pudiera ser de más ayuda.—
¿Y cómo encaja en esto Citibank? —terció Michael.
—Citi es el principal vehículo de esta operación en Estados Unidos. Lo hace a través de John Reed, que está muy bien conectado con el gobierno. Este hombre es responsable de infinitas intrigas e ilegalidades. —Cristian tomó un sorbo, invadido por el miedo.
—Así es que Danny descubrió un vínculo entre Citibank y las operaciones extraoficiales gubernamentales de creación de dinero —dijo Curtis levantándose despacio de la silla.
—Lo que no sabemos es lo lejos que llegó en su investigación antes de ser asesinado —precisó Cristian.
Michael anotó algo en el reverso de un sobre que había sacado de uno de los bolsillos de su anticuada chaqueta a cuadros.
—¿No crees que deberíamos acudir a la policía? A ver, Curtis, ¿a cuánta gente piensas cargarte antes de que todo haya acabado?
—¡No! —gritó Simone—. No podemos implicar a la policía. Danny me advirtió de que la mitad del Departamento de Policía de Nueva York es corrupto. Me dijo explícitamente que no confiara en nadie, en el caso... —respiró hondo—, en el caso de que le sucediera algo.
—¿Y el FBI?
—No, hasta que sepamos a qué nos enfrentamos —señaló Curtis—. Shawnsee fue algo organizado. Lo que no sabemos es quién lo hizo y por qué.
—Pero empezamos a tener una idea —puntualizó Michael.
—Y eso me pone los pelos de punta —indicó el banquero—. En todo caso, sabemos mucho más que hace veinticuatro horas. También sabemos que Citi se halla en una situación desesperada debido a los infames préstamos de la última década. Sin una rápida inyección de capital, el banco podría implosionar y arrastrar con ello al resto de la economía norteamericana y mundial.
—¿Cuál es el común denominador de todo esto? —inquirió Curtis.
—El hombre que estaba allí..., el presidente de Citi, John Reed. Da la casualidad de que está ligado al aparato gubernamental —explicó Cristian, con la mirada fija en su viejo amigo, en otro tiempo subordinado a su oficial al mando—. ¿Por eso prefieres no implicar al FBI?
—Antes de hacerlo público, debemos estar seguros —contestó Curtis.
—¿Crees que Reed está involucrado? —preguntó Simone.
Curtis soltó un suspiro.
—No lo sé. Puede que Reed ejerza cierto control o que responda ante otro, quien a su vez tenga un superior. Puede que todo esté conectado con un hilo invisible..., y tapado con una cortina negra. — Se quedó ensimismado—. Eso los hace muy peligrosos.
—¿El qué? —preguntó Simone.
—El hecho de no responder ante nadie. —Curtis hizo un gesto en dirección al banquero.
—La creación de dinero no sujeta a ninguna forma de supervisión —aclaró el banquero.
—Si investigamos bien, podemos llegar a ellos —dijo Curtis, con la mirada clavada en Cristian.
—Deberíamos contar con un interrogador experto. —Cristian miró a su amigo con complicidad
—. ¿Tal vez Reed?
—Para empezar —matizó Curtis—. Pero habrá otros, pues él forma parte de una red. En cuanto sepamos quiénes son, presionaremos, iremos tras ellos de distintas maneras, pero lanzando básicamente el mismo mensaje: un periodista ya fallecido reunió pruebas condenatorias que pueden hacer volar la cabeza de Octopus con nombres, crímenes, certificados de oro, diarios telefónicos, cuentas bancarias secretas... el arsenal completo. Él lo tenía. Ahora lo tenemos nosotros.
—Nos vieron cogerlo.
—Correrá la voz de que alguien más poderoso que Octopus quiere comprar este material. Nosotros necesitamos dinero y estamos dispuestos a venderlo al mejor postor.
—Paso a paso —señaló Cristian.
Un timbrazo rompió la concentración de todos. Simone dio un brinco, buscó el móvil en el bolso y contestó.
—¿Hola?
En el otro extremo de la línea, la voz era una seductora mezcla de lija frotando granito con una pizca de miel.
—¿Simone?
—¿Sí? —Ella no reconoció la voz.
—¿Simone Casalaro?
—Sí.
—¿Simone Casalaro Walker?
—¿Quién me llama? —grito al auricular, claramente turbada—. ¿Cómo sabe mi nombre completo?
Curtis se acercó en silencio y pulsó un botón. Puso el teléfono en manos libres.
—Soy un amigo.
—Mis amigos no susurran al teléfono. Hablan alto —dijo con la voz algo más controlada que el tembleque de su cuerpo.
El hombre respondió con un silencio gélido. Luego habló.
—Permítame decirle que está usted luchando contra un mal laberíntico tan incomprensible que ni siquiera sabe de qué ni de quién se trata.
Ahora le tocaba a Simone guardar silencio. Por fin le salió la voz.
—¿Quién es usted? ¿Por qué me llama? —preguntó, alarmada. Miró a Curtis y añadió—: Llamaré a la policía.
—Oh, vamos... —fue la seca y lenta respuesta.
Curtis estaba inmóvil frente a Simone, observando todos sus movimientos. Le tocó el codo ligeramente. Ella alzó la vista.
—Aguanta todo lo posible —le susurró. Ella asintió en silencio y tragó saliva.
—¿Cómo sé que usted es un amigo?
—Buena chica —dijo Curtis en voz baja, apretándole suavemente el codo y guiñándole el ojo.
La voz de lija contra granito se calló un momento, como poniendo los pensamientos en orden.
—Empecemos con el gobierno y un grupo de personas muy poderosas denominado Octopus. — En un segundo plano, Cristian permanecía quieto, oyendo horrorizado aquella voz invisible—. Tienen ustedes algo que ellos quieren.
—¿Nosotros qué? —La voz de ella sonó irritada y acusadora.
—Si se lo dan, están todos muertos. Si no..., están muertos igualmente.
—No lo entiendo. ¿Qué es lo que tenemos? —leyó Simone en el bloc de Curtis.
—Tienen ustedes la clave.
—¿De qué habla?
—El número de la cuenta bancaria.
—¿Qué cuenta bancaria? —inquirió ella con una latente hostilidad.
La lija no le hizo caso.
—Mire, no pasa nada, por horrible o ilegal que sea, sin la aprobación del gobierno. ¿Sabe qué es lo peor de todo esto? Los que están en el poder, que deben admitir que sabían y estaban en el ajo.
Curtis garabateó algo en el bloc. Ella lo leyó.
—¿Trabaja usted para el gobierno?
—Sí. Pero esto fue antes.
—¿Antes de qué? —preguntó Simone, indecisa.
—Antes —contestó la lija frotando granito.
—¿Y qué hay de la gente que dirige Octopus?
—¿El Consejo de Directores? Perros alfa, antiguos jefes de los organismos gubernamentales: FBI, CIA, NSA, ONI, DIA, el Pentágono. El típico ejemplo de complejo industrial-militar, que, cuando le has quitado todas las plumas, se queda en connivencia industrial-militar.
—¿Y cómo sabe usted todo esto?
—Lo sé, y punto. —La voz adquirió un temblor lírico.
—Ajá... —Simone aguardaba mientras Curtis escribía frenéticamente—. Dice que es el ejemplo clásico de complejo industrial-militar. ¿Quién hay concretamente en este complejo?
—Bancos, compañías aseguradoras, conglomerados del petróleo... Lea la lista de las quinientas empresas de Fortune. Están ahí.
—Entonces, ¿qué son? ¿Empresas privadas que trabajan para el gobierno? —Simone iba leyendo el bloc.
—Son una fachada.
—¿Del gobierno?
—No exactamente.
—¿De quién?
—De algunas personas muy poderosas.
—¿Puede darme un nombre?
—Ni hablar, no por teléfono.
—¿Qué pinta usted en todo esto?
—Yo fui director de las instalaciones secretas del gobierno de la cuenca del Pinto, California. Estrictamente confidencial. Compartimentación absoluta.
Simone miró a Curtis desconcertada, aunque se recuperó casi al instante.
—Ha dicho que esto es un mal laberíntico tan incomprensible...
—Debo irme. —Él la cortó, pero permaneció al aparato, como si esperase que pasara algo.
—No, espere —gritó ella—. ¡No puede irse! Usted me ha llamado a mí. Si está intentando avisarme, aún no sé quién es. Y quién es esa gente malvada. ¿Cómo sé que lo que me ha dicho es verdad?
»¿Está usted en peligro? ¿Por eso me llama? —Curtis asintió. Sabía que en los siguientes sesenta segundos estaría la clave.
—Eso dependerá de usted —dijo la voz.
—¿De mí? —Un silencio—. ¿Por qué no dice nada?
—Su hermano Danny —soltó la voz, sin más.
El sonido del nombre resonó como un trueno en su interior. Simone miró incrédula el auricular; luego a Curtis, horrorizada. De repente, se puso a soltar chillidos.
—¡Usted lo mató! ¡Fue usted! —Los ojos de Simone se volvieron inexpresivos.
El instinto impulsó a Michael a levantarse. «Ve con ella, te necesita. Pero yo también la necesito...» La atrajo hacia sí y la abrazó.
—Yo no maté a su hermano.
—¡Usted lo mató! ¡Fue usted! —gritó de nuevo.
La voz hizo una pausa, esperando que a Simone se le pasara el ataque.
—Intente escucharme. Yo no habría podido matarlo.
Cristian tendió su copa a Simone. Ella bebió y apoyó la frente en el pecho de Michael.
—¿Cómo voy a creerle? —dijo con el rostro bañado de lágrimas, suplicando respuestas.
—Porque estoy en la cárcel.
—¿Qué?
—Digo que estoy en la cárcel —repitió la voz—. Debo irme.
Y colgó el teléfono.

30

—Está en la cárcel —dijo el jefe supremo de Citibank en el opulento salón que daba al río Hudson—. Localice a Scaroni y acabe con él. Consiga los códigos y zanjemos el asunto.
—Lo zanjará usted —lo corrigió un hombre alto y elegantemente vestido, que lucía bronceado y un par de botas de piel de caimán.
—Así es. ¿Tiene idea de la cantidad de dinero de la que estamos hablando? Lo recompensaré. Será más rico de lo que jamás ha soñado.
—Yo ya era rico al nacer, Bud. —El hombre de las botas de piel de caimán miró su reloj de oro Patek Philippe edición especial Calatrava. Acto seguido añadió—: Esto tendrá una explicación.
Bud contrajo el rostro.
—¡Váyase a la puta mierda! ¡A mí no me hable como si fuera su súbdito!
—Incumplió un acuerdo y faltó a su palabra.
—¡Esto es cuestión de vida o muerte, Jean-Pierre! ¿No está de acuerdo?
El hombre que respondía al nombre de Jean-Pierre tuvo el gesto de guardar silencio.
—¿Por qué cree que he acudido a usted? —insistió Bud.
—Eso mismo me pregunto yo.
—Usted ha sido adiestrado para el control de la mente. Conoce esta mierda a fondo. Abrirle la mente a Scaroni será una cuestión de sincronización. Por el amor de Dios, ¿tan difícil le parece? Nuestros médicos le han inyectado de todo, lo hemos abrumado con nombres, números y claves de acceso, toda clase de información..., lo suficiente para conseguir un croquis de dónde lo ha escondido. Además, nuestros informáticos...
—No lo entiende, ¿verdad, Bud? —terció el hombre de las botas de piel de caimán, reloj de oro Calatrava de cinco mil dólares y acento francés—. Es que no funciona así. Si le he entendido bien, está usted hablando de la capacidad para manipular la memoria y acceder a la mente humana, con o sin la cooperación voluntaria de la persona en cuestión.
—No con tantas palabras, pero sí.
—Sólo que en este caso no puede hacerse porque él es uno de los nuestros. Creía que esto se había entendido.
—¡Y qué diferencia hay, maldita sea!
—El gobierno nunca deja rastros, Bud. Cuando programaron a Scaroni, seguramente establecieron en esa retorcida mente suya tantos callejones sin salida que tardaríamos mil años en analizar todas las opciones.
—¡A la mierda! Veo que no me ha entendido. Tal vez es un problema cultural —bramó Reed—. Si no consigo el número de la cuenta corriente y recupero el dinero, seré hombre muerto. Ya podría serlo, pero créame, ni en broma me hundiré yo solo. Si me caigo de culo, voy a salpicar todo lo que pueda. ¿Está claro? —Señaló al francés con su dedo grande y grueso. El francés se encogió de hombros.
—Esto no es asunto mío.
—Pero lo otro sí.
—No se puede hacer. Con Scaroni, no. No podemos asegurar que no lo han programado para decirnos lo que queremos oír y mandarnos, cómo dice usted, a cazar pájaros.
—A cazar un ganso salvaje —corrigió el jefe supremo de Citibank, Bud para los amigos, con la voz rotunda y llena de odio.
—Ah, bueno... —replicó el francés suspirando—. El inglés no es una válvula de escape precisamente apta para mis emociones. Siempre acabo valorando mi querida lengua francesa cuando la tragedia ha terminado.
—Qué romántico... —JR torció el gesto—. Ahora escúcheme, Jean-Pierre. Quizá me toma por idiota. Pero he visto muchas cosas en mi vida. En Corea disparé a los amarillos mucho antes de que a su papá se le pusiera dura con su madre.
—No soy una oficina de empleo, Bud. No necesito su currículum. Soy un asesino a sueldo con un doctorado en economía por la Sorbona y estudios de filosofía en la Universidad de Lausana. Creo en el genio del mercado y en la importancia de la seguridad. Mato a gente, sí, pero no tengo ninguna pulsión de muerte ni soy un lunático.
—Entonces juntémoslos, Jean-Pierre. Metamos el mercado y la seguridad en una operación. Ellos al descubierto, y nosotros encubiertos. Usted y yo. Los dos y nada más.
—¿Un acuerdo aparte, como si dijéramos? ¿Sin nadie más implicado?
—Dejémonos de gilipolleces. Nada de «como si dijéramos», sino «tal como decimos» —terció el jefe supremo acercándose al asesino. Éste alzó las cejas.
—Eso es inviable. Está tocando los circuitos equivocados, la mente limpia la pizarra. Y punto. No obtendrá nada porque al sujeto del test le habrán dado con un martillo neumático. De viaje al espacio para siempre. Un hombre sin pasado. Y usted, sin el dinero.
—Entonces, hagámoslo por fases, recuperémoslo poco a poco. Menos riesgo, tardaremos más, pero jugaremos con sus reglas. Debemos hacerlo. Si no recuperamos los códigos y el dinero, implosionará la economía del mundo entero.
—Parece usted preocupado.
—Pues claro que lo estoy, joder...
—Bud, su ternura es conmovedora. De todos modos, a los monstruos oscuros les tiene sin cuidado la ternura. No son lo bastante sutiles o humanos para identificar lo que valoramos.
—¡Estoy hablando de vida humana!
—En primer lugar, rechacemos la moralización deliberada que mata todo vestigio de humanidad. Segundo, no se envuelva con la bandera de la urbanidad, Bud. ¿Desde cuándo le importa a usted la gente une merde? ¿Cómo la llama su amigo Rockefeller? La plebe, ¿no? En todo caso, cientos de millones de personas pasan hambre. ¿Y quién dice que eso es malo? Los fantasmas no siempre pueden escoger a sus acompañantes. —Hizo una pausa—. Traer a Scaroni por pasos puede funcionar. Deme un par de días para pensarlo.
—Veinticuatro horas, Jean-Pierre. Es todo lo que puedo darle.

Continúa aquí.
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