Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

miércoles, 3 de junio de 2009

Sinfonía en Rojo Mayor: Parte XIII (Concretando el Acuerdo)

Continuación del interrogatorio de Cristian Gueorguievich Rakovski, se inició aquí. Ver las anteriores partes empezando aquí.

En esta parte Gabriel consigue, tras mucho insistir, nombres y apellidos de personas pertenecientes a "Ellos" o agentes de "Ellos".

R. Es tan solo apariencia la lógica y la naturalidad de mi plan. Lo natural y lo lógico sería que Hitler y Stalin se destruyeran entre sí. Una cosa sencilla y fácil para las democracias si su objetivo fuera el proclamado por ellas, aunque muchos demócratas lo crean, porque les bastaría con permitirle, fíjese bien, “permitirle”, a Hitler atacar a Stalin. No me diga que podría vencer Alemania. Si el espacio ruso y la desesperación de Stalin y los suyos bajo el hacha hitleriana o frente a la venganza de sus víctimas no era suficiente para lograr que agotasen la potencia militar de Alemania, ningún obstáculo habría para que las democracias ayudasen sabiamente, metódicamente a Stalin, si lo veían flaquear, prolongando su ayuda hasta el total agotamiento de los dos ejércitos. Esto sí que sería fácil, natural y lógico, si los motivos y fines de las democracias, que la mayoría de sus hombres creen verdaderos, fueran una realidad y no lo que son: pretextos. Hay un fin, un único fin: el triunfo del Comunismo; que no se lo impone a las democracias Moscú, sino Nueva York; no la “Komintern”, sino la “Kapintern” de Wall Street… ¿Quién sino sería capaz de imponer a Europa una contradicción tan patente y absoluta?... ¿Cuál puede ser la fuerza que la lleve al suicidio total? Solo hay una capaz: el Dinero. El Dinero es Poder; el único Poder.
G. Seré sincero con usted Rakovski. Le concedo yo dotes de talento excepcional. Hay en usted una dialéctica brillante, agresiva, fina; cuando ella le falla, su imaginación tiene recursos para tender su telón multicolor fingiendo luminosas y claras perspectivas…; pero todo eso, si me deleita no me basta. Paso a interrogarle, tal como si yo creyera todo cuanto me ha dicho.
R. Y yo le daré respuesta, con la única condición de que usted no me atribuya ni más ni menos de cuanto yo haya dicho.
G. Prometido. Afirma usted que “Ellos” impiden e impedirán la guerra lógica desde un punto de vista capitalista, la guerra germano-soviética… ¿Interpreto bien?...
R. Exactamente.
G. Pero la realidad actual es que permiten la expansión y el rearme alemán. Esto es un hecho. Ya sé que, según usted, ello lo motivaba el plan trotskista, fracasado por las “purgas” hoy; por tanto, ya sin objeto. Frente a la nueva situación, solo sugiere usted que Hitler y Stalin pacten y se repartan Polonia. Y yo le pregunto: ¿cómo se nos garantiza de que con pacto o sin pacto, con reparto o sin reparto, no atacará Hitler a la URSS?
R. No se garantiza.
G. Entonces, ¿para qué hablar más?...
R. No se precipite usted; la formidable amenaza contra la URSS es práctica, real. No es hipótesis ni amenaza verbal. Es un hecho, un hecho que dicta. “Ellos” ya tienen una superioridad sobre Stalin; una superioridad que no han de abdicar. A Stalin se le brinda solo una alternativa, una opción; no una plena libertad. El ataque de Hitler se producirá por sí mismo; nada deben “Ellos” hacer para que se produzca; tan solo dejarlo a él obrar. Esta es la realidad básica y determinante, olvidada por usted con su mentalidad muy del Kremlin… Introversión, señor, introversión.
G. ¿La opción?
R. Se la definiré una vez más, pero escueta: ser atacado Stalin o realizar el plan que yo he trazado, haciendo que se destruyan entre sí las naciones capitalistas europeas. Yo he llamado a esto alternativa; pero, como ve, solo es alternativa teórica. Stalin se verá obligado, si quiere sobrevivir, a realizar el plan propuesto por mí, una vez ratificado por “Ellos”.
G. ¿Y si se niega?
R. Le será imposible. La expansión y el rearme alemán continuarán. Cuando Stalin lo vea frente a sí, gigantesco, amenazador… ¿qué ha de hacer?... Se lo dictará su propio instinto de conservación.
G. Solo parece que los acontecimientos se han de realizar según la pauta trazada por “Ellos”.
R. Y así es. Naturalmente, en la URSS no sucede hoy así, pero tarde o temprano sucederá igual. No es difícil predecir y hacer realizar algo cuando ello conviene al que debe realizarlo, en este caso, Stalin, al que no creemos un suicida. Es mucho más difícil vaticinar e imponer la ejecución de algo que no conviene a quien lo ha de ejecutar, en este caso, las democracias. He reservado para este momento concretarle la verdadera situación. Abdique usted de la idea equivocada de que son ustedes árbitros en esta situación dada, porque los árbitros son “Ellos”.
G. “Ellos” una y otra vez… ¿Deberemos tratar con fantasmas?...
R. ¿Son fantasmas los hechos?... Será prodigiosa la situación internacional, pero no fantasmal; es real y bien real. No es un milagro; ahí está determinada la política futura… ¿La cree usted obra de fantasmas?...
G. Pero, vamos a ver; supongamos que se acepta su plan… Algo tangible, personal, deberemos conocer para tratar.
R. ¿Por ejemplo?
G. Alguna persona con representación, con poderes…
R. ¿Y para qué?... ¿Por el placer de conocerlo?... ¿Por el placer de hablar?... Tenga en cuenta que la supuesta persona, caso de presentarse, no les traerá credenciales con sellos ni escudos, ni vestirá casaca diplomática, por lo menos, la de “Ellos”; cuando diga o prometa, cuando pacte, no tendrá ningún valor, jurídico ni contractual… Comprenda que no son “Ellos” un estado; son lo que fue la Internacional antes del 1917; lo que aún es ella oficialmente: nada y todo a la vez. Imagínese usted a la URSS tratando con la Masonería, con una organización de espionaje, con los comitulgis, macedonios o con los ustachis coatas… ¿Habría nada oficial, escrito jurídicamente contractual?... Esos pactos, como el de Lenin con el Estado Mayor alemán, como el de Trotsky con “Ellos”, se realizan sin escritos ni firmas. La garantía única de su cumplimiento radica en que cumplir lo pactado conviene a los pactantes…, garantía que es la única real en todo pacto, por grande que sea su solemnidad.
G. En ese caso, ¿cómo empezaría usted?
R. Sencillamente, yo empezaría mañana mismo a sondear Berlín…
G. ¿Para convenir el ataque a Polonia?
R. Yo no empezaría por ahí… Me mostraría transigente, algo desengañado de las democracias, aflojaría en España… Esto sería un hecho alentador; luego, se aludiría a Polonia. Como usted ve, nada comprometedor; pero lo suficiente para que los elementos del O.K.W…., los bismarckianos como se llaman ellos, tengan argumentos para Hitler…
G. ¿Nada más?
R. Por el momento, nada más; ya es una gran tarea diplomática.
G. Francamente, dadas las ideas reinantes hasta el momento en el kremlin, yo no creo que nadie se atreva hoy a sugerir siquiera un viraje tan radical en la política internacional. Yo le invito, Rakovski, a sustituirse mentalmente en la persona que deba decidir en el Kremlin… Sin más que sus revelaciones, sus razones, sus hipótesis y sus sugerencias…, me concederá que nadie puede convencerse. Yo mismo, que le he oído a usted, que, no debo negarlo, he sufrido su gran sugestión verbal y personal, ni por un momento me he sentido bajo la tentación de considerar prácticamente lo de un pacto germano-soviético.
R. Los acontecimientos internacionales obligarán con fuerza incontrastable…
G. Pero será perder un tiempo precioso. Discurra usted algo tangible, algo que yo pueda presentar como prueba de veracidad… De lo contrario, yo no me atreveré a elevar el informe de nuestra conversación; lo redactaré con toda fidelidad, pero irá él a dormir en un archivo del Kremlin…
R. ¿Bastaría para la toma de consideración que alguien, aunque fuese extraoficialmente, hablase con alguna persona de categoría?...
G. Sería, según creo, algo sustancial.
R. Mas… ¿con quién?...
G. Solo es mi opinión personal, Rakovski, habló usted de personas concretas, de grandes financieros; si mal no recuerdo ha citado usted algún Schiff, por ejemplo; también citó a otro que les sirvió de enlace con Hitler para su financiación. Habrá también políticos o personas de rango que sean uno de “Ellos” o, si quiere, que les sirvan. Alguno así podrá servirnos para iniciar algo de tipo práctico… ¿No sabe usted de nadie?...
R. Yo no veo la necesidad… Reflexione: ¿de qué van ustedes a tratar?... del plan que yo sugiero seguramente, ¿no?... ¿Para qué?... En ese plan, por ahora, nada tienen “Ellos” que hacer; su misión es “no hacer”… Por tanto, ninguna acción positiva pueden ustedes convenir ni exigir… Recuerde, medite bien.
G. Aún siendo así, nuestro estado de opinión personal impone la necesidad de una realidad, aunque sea innecesaria… Un hombre cuya personalidad haga verosímil el poder que usted les atribuye a “Ellos”.
R. Le complaceré, aún convencido de la inutilidad. Ya le dije que yo ignoro quién son “Ellos”. Con seguridad, por habérmelo dicho persona que debía saberlo.

G. ¿Quién?
R.Trotsky. Por habérmelo dicho Trotsky, solo sé que uno de “Ellos” fue Walter Rathenau, el de Rapallo. Vea usted al último de “Ellos” que ocupa un poder político y público, cómo es él quien rompe el bloqueo económico de la URSS, a pesar de ser él uno de los más grandes millonarios.
Desde luego, lo fue Lionel Rothschild. Con seguridad no puedo decirle más nombres. Ahora sí, puedo nombrar muchos más, cuya personalidad y hechos me los definen coincidentes con “Ellos”, que manden u obedezcan esos hombres es algo que no puedo yo afirmar.
G. Dígame algunos.
R. Como entidad, la banca Kuhn, Loeb y Cª, de Wall Street; dentro de esta casa está la familia Schiff, Warburg, Loeb y Kuhn; digo familia, al señalar diferentes apellidos, porque se hallan todos enlazados por matrimonios entre sí, Baruch Frankfurter, Altschul, Cohen, Benjamín; Straus, Steinhardt, Blum, Rosemman, Lippmann, Lehman, Dreifus, Lamont, Rothschild, Lord; Mandel, Morgenthau, Ezechiel, Lasky… Supongo que serán suficientes nombres; si atormento más mi memoria podría recordar más; pero, repito, yo no sé quién puede ser uno de “Ellos” y ni siquiera puedo afirmar que necesariamente alguno lo es; quiero salvar toda mi responsabilidad. Pero sí creo firmemente que cualquiera de los dos citados por mí, aún no siéndolo, haría llegar a “Ellos” una proposición de tipo sustancial. Desde luego, tanto si se acierta o no en la persona, no debe esperarse una respuesta directa. La contestación la darán los hechos. Es una táctica invariable, que respetan y hacen respetar. Por ejemplo, si ustedes deciden hacer una gestión diplomática, no deberán emplear un lenguaje personal, dirigido a “Ellos”; limítese a expresar una reflexión, una hipótesis racional, subordinada a incógnitas precisas. Luego solo resta esperar.
G. Comprenderá que no tengo ahora un fichero para identificar a todas las personas que usted ha mencionado; pero supongo que deben hallarse muy lejos. ¿Dónde?...
R. La mayoría, en los EEUU.
G. Comprenderá que si decidiéramos una gestión invertiríamos en ella mucho tiempo. Y hay urgencia, una urgencia no nuestra, sino de usted, Rakovski…
R. ¿Mía?...
G. Sí, de usted; recuerde que su proceso ha de celebrarse muy pronto. Yo no lo sé, pero no creo aventurado suponer que si lo tratado aquí pudiera interesar al Kremlin, convendría interesarlo antes de que usted compareciera ante el Tribunal, sería cosa muy decisiva para usted. Creo que, por su propio interés, debe brindarnos algo más rápido. Lo esencial es lograr, mejor en días que en semanas, una prueba de que usted ha dicho algo de verdad. Yo creo que si brindase usted esto casi le podría dar seguridades relativamente grandes de salvar la vida… De otra manera no respondo de nada.
R. En fin, me aventuraré. ¿Sabe usted si está en Moscú Davies?... Sí, el embajador de EEUU.

G. Sí, creo que sí, debe haber vuelto.
R. Sería un conducto.
G. Creo que, si es así, debió usted empezar por ahí.
R. Solo un caso extraordinario creo que me autoriza, contraviniendo reglas, a usar un conducto oficial.
G. Entonces, podemos pensar que el Gobierno americano se halla detrás de todo eso…
R. Detrás no; bajo eso…
G. ¿Roosevelt?...

(Continúa aquí).
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