Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

martes, 14 de octubre de 2014

Conspiración Octopus V

Viene de aquí.

13

La limusina, un Rolls-Royce Corniche insonorizado de color burdeos, se detuvo frente al hotel Roosevelt de la calle Cuarenta y cinco, justo delante de Park Avenue. El Roosevelt era una decadente reliquia del viejo Nueva York. Situado en Madison Avenue, recibió su nombre en honor al presidente Theodore Roosevelt. Con sus cornisas revestidas de cobre y sus galerías y boutiques de lujo, el Roosevelt era un regreso a épocas pasadas, un espléndido viejo hotel en el epicentro de la Gran Manzana.

Un hombre alto, fornido, elegantemente vestido y bronceado, cruzó sin prisa las alfombras rojas extendidas en el vestíbulo, una inmensa estancia de doscientos metros con incrustaciones de hojas doradas y escaleras de mármol. El aspecto del establecimiento no había cambiado desde que fuera inaugurado el 22 de septiembre de 1924. En el centro, colgada de una larga cadena, iluminaba el espacio una lámpara de araña de doscientas bombillas.

Se abrió la puerta del pasajero, y el hombre subió y se acomodó en el asiento de cuero marrón oscuro. No estaba solo. Ya había otro hombre sentado detrás. Tendría unos sesenta y cinco años, pero mostraba un porte aún erguido y tenía la mente más perspicaz que nunca. Su edad la delataba una cara arrugada debido a las tensiones de una vida que él no desvelaría. Llevaba el cabello ceniciento cuidadosamente peinado y con la raya en un lado, lo que acentuaba los pómulos altos y los rasgos marcados. El hombre se inclinó hacia delante y pulsó un botón. Una mampara opaca se levantó en silencio frente a él, cerrando la parte trasera.
—Jean-Pierre, gracias por venir en tan poco tiempo. —El hombre más mayor hablaba con acento del Medio Oeste. El francés asintió en silencio—. Para haber llegado de París hace nada, parece estar muy descansado. ¿Le apetece beber algo?
—Coñac, por favor —contestó en un impecable inglés, volviendo ligeramente la cabeza en la dirección del caballero de pelo ceniciento, que pulsó un botón. De la mampara se deslizó un compartimiento de bebidas. Eligió una botella, sirvió dos vasos y aguardó a que Jean-Pierre cogiera uno antes de servirse.
—Creo que éste le gustará —le dijo al francés—. Huele como el Richard Hennessy.
Jean-Pierre asintió con la cabeza. Su anfitrión sonrió.
—Sencillamente, el mejor.
El francés se mojó los labios con la bebida. Acto seguido, sin dar la sensación de tener prisa, observó a su anfitrión. Éste se aclaró la garganta y, tras una pausa, dijo:
—Necesitamos sus excepcionales habilidades. —El francés asintió. Los dos hombres sonrieron e intercambiaron miradas. El anfitrión entregó a su invitado una carpeta en papel manila—. Nuestras fuentes policiales nos informan de que los detectives registraron minuciosamente el apartamento del hombre muerto, pero no hallaron nada importante. Me gustaría que usted echara otro vistazo. —Le dio a Jean-Pierre una dirección—. No se imagina lo esencial que es esta información para nuestros planes.
—Para que caiga la fruta, a veces hay que agitar el árbol —dijo el francés.

El cielo estaba encapotado. El denso gris de primera hora de la tarde brillaba en la brisa cuando la pálida luz se filtraba por las ventanas. El hombre mayor dijo:
—De todos modos, tengo que reconocerle a este joven su perseverancia. Conectó los puntos de tal modo, que habría resultado de lo más incómodo para nuestra gente. —Miró al francés—. No obstante, la iluminación es en efecto una cuestión de vida o muerte. Viene a pasitos y tiene un precio. Pensándolo bien, no sé si es una suerte o una maldición.
—O un poco de todo —terció el francés, que encendió un cigarrillo Gitanes.
—Sí, sí, tiene razón —afirmó el hombre mayor, ladeando la cabeza y mirando fijamente a Jean-Pierre—. En la vida hay cosas peores, desde luego. —Hizo una pausa muy expresiva, y a continuación se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en el brazo—. Como digo, la explicación viene a pasitos. La condición pertinente de saber demasiado y el precio que uno debe pagar por ese conocimiento.
—Bien —dijo el francés, mirando expectante a su anfitrión. El otro asintió.

Al abrir la puerta de la limusina, los chirridos y los cláxones irrumpieron en el suntuoso interior. La puerta se cerró, y el vehículo arrancó suavemente para perderse en el tráfico de la hora punta. El francés bajó el bordillo, cruzó la calle y entró en Tudor City Park, un retirado refugio de exuberante vegetación, acurrucado entre los rascacielos de Nueva York.

14

Siete kilómetros al noroeste, en otro parque, esta vez en el Bronx, una pareja atractiva, aunque algo extraña, cruzaba la verja de otro bello jardín, raramente visitado pero magnífico. El Pearly Gates, situado entre Tratman Street y St. Peter’s Avenue, es uno de los más pequeños y menos conocidos de Nueva York. Con una superficie de menos de una manzana y rodeado de robles palustres, el Pearly Gates fue diseñado para subrayar la integración de espacios verdes en áreas urbanas habitadas. El nombre de Pearly Gates (Puertas del Paraíso) deriva de la tradición cristiana que habla del camino de entrada por el que han de pasar las almas para llegar a su dios después de la muerte.
—Simone... —La voz de Michael era dulce, y la mirada, lánguida. Llevaba una chaqueta a cuadros verdes y grises a la que le faltaba el segundo botón contando desde abajo. Sostenía las manos de ella en las suyas. Era curioso sentir tan cerca a alguien que le importaba tanto—. En las semanas anteriores a su muerte, ¿recuerdas que Danny te dijera algo que nos dé una pista sobre quién pudo...? —Hizo una pausa. No era capaz de decirlo. Caminaron en silencio durante unos minutos.
—Estaba investigando la corrupción al máximo nivel en el gobierno de Estados Unidos —dijo ella con voz débil pero firme.
—Muy bien, o sea que no era un rollo de poca monta. Implicaba a gente importante. Personas de alto nivel cuya existencia se vería amenazada si el tema saliera a la luz. —Hizo una pausa para resolver algo mentalmente—. Cuando registró la casa, la policía no halló ninguna prueba. Ni cuadernos, ni cintas, ni documentos. No tiene sentido, porque evidentemente lo que Danny descubrió hizo que alguien se sintiera muy incómodo.

Michael imaginó la imagen de Danny desplomado en la bañera y con las venas cortadas. Sintió un escalofrío. Miró a Simone con el rabillo del ojo. Tuvo la impresión de que ella había pensado lo mismo. Durante un instante, ella le apretó la mano y luego recobró el equilibrio apoyándose en el brazo de Michael.
—A menos, naturalmente, que quienquiera que matara a Danny ya estuviera allí, robara las pruebas y se fuera antes de que llegara la policía —añadió él.
—No lo creo, Michael. Danny estaba muy obsesionado con esta investigación. Siempre llevaba encima documentos y transcripciones telefónicas.
—Decías que las numerosas pruebas que tu hermano había reunido en estos cinco años no cabrían en una maleta. ¿Se llevó algo de esto a Shawnsee?
Ella sacudió la cabeza.
—No lo sé.
—Entonces, ¿dónde están? —soltó Michael alzando la voz—. Aunque él no quisiera implicarte, tendría una póliza de seguros para que alguien recogiera los restos y se los llevara. —Simone se apretó la frente con la mano izquierda y cerró los ojos—. Cariño, ¿hay alguna posibilidad de que Danny...? —Michael hizo una pausa, sin saber cómo proseguir.
—¿Se hubiera suicidado? —A Simone se le llenaron los ojos de lágrimas.
Michael se acercó y la abrazó.
—¿Es posible? ¿Alguna vez...?
—No. Estaba en la recta final, Michael. Fueron cinco años de duro trabajo. La última pieza del rompecabezas estaba en Shawnsee. El suicidio habría sido lo último que se le hubiera pasado por la cabeza.

No hacía falta decir nada, pues nada trascendente quitaría el dolor. Él la abrazó y ella le puso las manos en el pecho, con el rostro manchado de lágrimas.
—¿Por qué, Michael? ¿Por qué?
—No lo sé, Simone. Pero me quedaré contigo hasta que lo averigüemos. —Y después... Se indignó consigo mismo. «Cómo te atreves. Ella está sufriendo. Te necesita. Pero yo la necesito a ella...»
—¿Por qué lo hicieron, Michael? —Pidió un pañuelo, y él sacó del bolsillo uno azul arrugado, pero las lágrimas ya habían empezado a correr por las mejillas. Ella se tapó los ojos mientras él permanecía delante con las manos extendidas.
—La respuesta es sencilla: porque quienes mataron a Danny pensaron que debían hacerlo. Sólo tenemos que descubrir por qué.
»Alguien sabía que Danny iba a reunirse con su informador en Shawnsee. Lo que no sabemos es qué pruebas descubiertas por tu hermano encendieron las alarmas entre esos hombres poderosos. — Michael posó la mano en el antebrazo de Simone—. Aparte de ti, ¿a quién más confiaría Danny su investigación?
—No tenía muchos amigos. Por mucho que yo le presionara, no me decía nada.
—¿Usaba códigos para ponerse en contacto con la gente? ¿Otros los utilizaban cuando necesitaban localizarlo a él?
—¿Qué clase de códigos?
—No lo sé. Por ejemplo, «éste es un mensaje para Zorro Rojo de Perro de Caza».
—¿Zorro Rojo? ¿Perro de Caza? —Simone rió—. ¿Has aprendido esta jerga en una de tus excavaciones en Judea? —Los dos se rieron. Ambos agradecían poder relajarse un momento. El instante pasó en silencio mientras se miraban.
—Volvamos sobre ello, ¿de acuerdo? —dijo él—. Danny recibe una llamada de alguien a quien conoce, alguien que promete entregarle pruebas de la existencia de una gigantesca conspiración en la que están involucradas algunas de las personas más poderosas del mundo, así como revelarle la fuente de su riqueza. Luego, muere en algún momento de la noche. —Calló un instante—. Simone, ¿y si el asesino era...el propio contacto? ¿Te dijo con quién iba a reunirse en Shawnsee?
Simone sacudió la cabeza como si la hubiera alcanzado un rayo.
—¡Espera! Se me había olvidado algo. Hace unos tres meses, un sedán camuflado echó a Danny de la carretera. Mi hermano tuvo la sensación de que era un aviso para que abandonara las investigaciones. —Se inclinó hacia delante y cruzó los delgados brazos—. Unas noches después dijo cosas en sueños. No tenían ningún sentido. Aún no lo tienen.
—¿Como qué?
—Repetía una y otra vez la palabra promise, promesa. Al día siguiente, le pregunté qué quería decir. Se quedó lívido. «Oh, no es nada, hermanita. Nada», repitió muy deprisa. «Háblame de este “nada”, Danny», dije. Me miró con recelo, de una manera rara. «Sólo..., oh, en realidad no es nada, Simone», repitió. Pero era algo, Michael. Estaba pálido. Sentí que me invadía el frío. Le dije que necesitaba saber algo, cualquier cosa, porque de lo contrario no podría aguantarlo. Simone se sentó en silencio en un banco, ordenando sus ideas.
—Danny intentó actuar con aire desenfadado, como si aquello no tuviera ninguna importancia. Le dije que estaba equivocado. «¿Sobre qué?», fue su respuesta. «Lo que estás pensando.» «No sabes qué estoy pensando», dijo. «Sí lo sé, Danny. Soy tu hermana. He visto antes esta mirada en tus ojos.» «No sé a qué te refieres», insistió. «Danny», le dije finalmente, perdiendo ya la calma, «vi esta expresión en tu cara cuando te pregunté por promise. No se me olvida tu cara y no pararé hasta que me lo digas. Hablo en serio.»

Simone se levantó del banco. Una pareja de ancianos, andando despacio, con torpeza, pasó por su lado y se sentó en el banco. El encorvado viejo, con un traje raído y un bastón de madera remendado con cinta adhesiva, colocó una silla de ruedas de modo que le diera el sol de la tarde. «¿Estás cómoda, cariño?», dijo,
apartando de los ojos de la mujer un mechón de cabello.
—Al final me explicó que había una especie de programa informático que relacionaba a las personas más poderosas del mundo desde la Segunda Guerra Mundial. Lo llamaba «Octopus». También dijo que con Octopus controlando promise, no se podía confiar en ningún dato, por seguro que fuera, en su formato electrónico.
—Magnífico —gruñó Michael entre dientes—. Esto simplifica las cosas. Es como buscar una aguja en un pajar. —Se quedó en silencio unos instantes, sin querer hablar hasta haberlo considerado todo a fondo.
»Dime exactamente qué contó sobre este sistema informático. Todo lo que dijo él, lo que dijiste tú, todo lo dicho por él o por cualquier otro en cualquier momento a partir de entonces. Ahora le tocaba a Simone mostrarse sorprendida. No habló inmediatamente, sino al cabo de un rato. Le brillaba la mirada.
—¿Qué insinúas? —se sobresaltó ella. Michael se rascó la cabeza—. Lo siento, Michael, pero yo no... —La voz se fue apagando—. Le he dado muchas vueltas. Pero no hay nada más. Es todo lo que dijo. Intenté buscar el término en el ordenador, pero no salió nada. Como la pronunciación afecta a la ortografía y la ortografía afecta a la pronunciación, incluso traté de deletrearlo fonéticamente, cambiando la raíz de la palabra y sustituyéndola por equivalentes fonéticos.
—¿Y?
—Y nada. No existe. Se me olvidaría por eso.
—Pero sí que existe, Simone. Por eso Danny estaba tan asustado cuando le preguntaste. No temía por su vida, sino por la tuya. Él sabía qué era lo que estaba investigando, pero al dar tú con ello pusiste tu vida en grave peligro. Simone posó la mano sobre la de Michael; la calidez del contacto parecía desplazarse por su brazo. Michael le dirigió una mirada larga y penetrante. Era como si mirase a través de ella, a alguna bondad o sensatez esenciales que estuvieran más allá. Dios mío..., qué daría él por saber si en ese más allá estaba incluida Simone.
—Simone, supongamos que Octopus es una organización muy poderosa y no un grupo desorganizado de criminales que trabajan juntos. Llamemos «planificadores» a esta gente del gobierno de alto nivel. No podrían hacer las cosas ellos solos. Necesitan a otros, menos poderosos, que ejecuten sus órdenes, investiguen, entreguen mercancías, intimiden..., maten. Los llamaremos los «verdugos».
—¿Cómo lo sabes? —Ella lo miró.
—Es el prototipo de poder absoluto. Así lo llamaba un amigo mío —dijo Michael, pensativo.
—¿Qué? ¿Dónde? —Simone saltó del banco.
—Hace unos años, en Abu Simbel, Egipto. Lugar adecuado, momento inoportuno. Una combinación de mala suerte y parecido físico. Me confundieron con un agente corrupto en posesión de secretos que podían haberle costado caro a esta organización de múltiples niveles.
—¿Era Octopus? —Simone estaba paralizada. Abrió los ojos como platos.
—Mi amigo la llamaba «debilidad humana».
—¿Qué más decía tu amigo? —susurró ella.
—Que era imposible matarla con un arma.
Simone bajó la cabeza.
—¿Cómo es...?
—La organización a la que nos enfrentamos debe de ser grande, muy profesional y bien definida.
—O sea una especie de criminales que trabajan para el gobierno de Estados Unidos —dijo Simone.
—O que colaboran con personas poderosas en busca de un beneficio personal. Gente que puede dar órdenes y que cuenta con otros para que las ejecuten a la perfección.
—Y si Danny había descubierto su modus operandi, entonces él suponía un grave peligro para el conjunto de la operación —añadió ella, airada.
—O aún peor —apuntó el historiador de arcanos.
—¿Qué puede ser peor, Michael?
—Ahora que Danny está muerto, ellos vendrán por ti porque no están seguros de cuánto sabes. Mientras estés viva, eres una amenaza para su supervivencia.
—Pero yo no sé nada...
—Eso ellos no lo saben. Y si creen que sabes algo, estamos en peligro.
Simone miraba en silencio a su amante y amigo. Estaba procesando algo ajeno a su gama de experiencias.
—Tenemos que hablar con Torekull, Simone. Quizá tu vida corra peligro.
—¡No! —La resolución de su respuesta les sorprendió a ambos.
—¿Por qué, Simone?
«Simone, la mitad del Departamento de Policía de Nueva York está podrida. Aceptan sobornos. Si me pasa algo, no confíes en ellos, a menos que estés totalmente segura, claro.»
—Danny me dijo que los miembros de la policía están infectados. No todos, pero sí muchos. Yo creía que era una obsesión suya, pero ahora sé que es verdad. —Pasó un buen rato sin que se dijeran una palabra—. Michael, me alegra mucho que hayas venido —susurró al fin, moviendo con insistencia las separadas y negras pestañas.
—Yo también me alegro. Pero no pienses que he olvidado nuestra última conversación; cuando te dije que estaba locamente enamorado de ti. —La miró, incapaz de apartar sus ojos de ella. Simone salió de un trance. Con los índices y los pulgares se abrió los párpados—. Tienes los ojos grandes como los de Kant, famoso por su iris verde. Pero sólo se podía ver con una lámpara de luz de estrellas. Un silencio.
—Cuando todo haya terminado, ¿vendrás unos días? —Él le acarició el brazo.
—¿Y si voy para siempre? —dijo ella. Luego añadió—: No te vayas nunca, Michael. ¿Lo prometes? —Sonrió, extendió los brazos y se puso en pie, estirándose de puntillas como para vislumbrar algo que pasara delante de ella—. Mírame. Voy hacia ti como esa efusiva dama de Chéjov. —Se sentó a su lado—. Estoy agotada. Me preguntaba si me ayudarías a dormir. No he descansado desde... —Se masajeó enérgicamente las sienes y, de pronto, alrededor todo comenzó a temblar. Michael la sostuvo, en silencio.
—Pues claro —dijo cuando las emociones decayeron y la mente volvió a tomar el control.
—Gracias. No puedo concentrarme. Esta mañana me he limpiado los dientes con relajante muscular.
—¡Qué bien!
—Pues sí. —Tras una pausa, añadió—: Gracias por venir. No estaba segura de si, ya sabes... Al fin y al cabo, eres...
—Alguien que está perdidamente enamorado de ti. Simone sonrió, se entretuvo arreglándose la manga y habló sin mirarlo.
—Me encanta el modo en que se te estrechan los ojos cuando sientes algo profundo. Michael murmuró algo.
—Cuéntame cosas sobre Danny.
—¿De veras quieres saber? —Ella dio un paso hacia él—. La bebida favorita de Danny era la leche con cacao. Y su pasta dentífrica, Osito Gominola Flinstone.
—¿Y su personaje cinematográfico?
—R2D2.
—¿Qué? ¿En serio? ¿El robot con acento pijo de Kent? Nunca soporté esa cosa estirada.
—Tras la muerte de mis padres, vivimos un tiempo en Egipto. Yo lo crié.
—Lo sé, cariño.
—Un día hubo un incendio, y lo perdimos todo. Los álbumes de fotos, las cosas de papá, el anillo de boda de mamá...
—¿Él quedó afectado?
—En realidad, no. ¿Y sabes qué dijo? «Son sólo cosas. Nos tenemos el uno al otro.» Y yo dije: «Además del loft de Nueva York.» «Tu loft», dijo él. «Papá te lo dejó a ti.» La débil sonrisa de Simone se convirtió de pronto en un extraño temblor. Lo miró de reojo, como si Michael fuera un reflejo en la superficie de un estanque.
—Se ha muerto, Michael.

Él permaneció inmóvil un rato largo, pensando algo. Las marcadas arrugas de su rostro eran muy elocuentes. Él y Simone estaban entregados a lo que hacían. En sus campos, eran personas de un talento excepcional que se habían visto metidas en un juego mortal de humo y espejos. La verdad estaba ahí, pero Michael tenía la seguridad de que no contaban con capacidad suficiente para descubrirla por ellos mismos. Cuanto más hurgaran en ese laberinto, y cuanto más estuvieran al corriente de Octopus, mayores serían las posibilidades de acabar muertos. Michael pensaba que Simone jamás abandonaría la búsqueda de los asesinos de su hermano, aunque al final también le costara a ella la vida.
—Escucha —dijo Michael por fin, consciente de la decisión que había tomado—. Es sólo cuestión de tiempo que ellos entiendan la situación, que se den cuenta de que existes, de que existimos —corrigió—. Mataron a tu hermano en cuanto éste supuso una amenaza, y no dudarán en matarnos a nosotros.
—¿Me estás proponiendo que abandone? —La cara de Simone estaba crispada de furia.
—No, estoy sugiriendo buscar ayuda. La única posibilidad que tenemos de desentrañar esto es con otro profesional, uno como ellos que nos eche una mano.
—¿Y dónde piensas encontrar una persona así?
Michael hizo una pausa y luego sonrió.
—Da la casualidad de que soy amigo de uno de los mejores del ramo. —Se rió. Era una risa sincera.
—¿De qué conoces a ese hombre?
Michael se puso serio en el acto.
—Te he hablado de Egipto, pero hay mucho más. Hace cinco años formé parte de una expedición científica de la UNESCO a la región de Ghazni. Era el último intento de la organización por salvar las dos estatuas de Buda del siglo II a.C. que quedaban en Afganistán. Se trataba de monumentos valiosísimos, de la época preislámica, cuando el país era un tramo clave de la antigua Ruta de la Seda. Esas estatuas eran lo único que quedaba de la rica historia de Afganistán. —Le apretó la mano—. La guerra había destruido todo lo demás.
»Nos encontrábamos a menos de veinte kilómetros, pero estaba oscuro como boca de lobo y tuvimos que pararnos a pasar la noche. En un radio de sesenta kilómetros, todos los edificios estaban destruidos. Unos cuantos decidimos instalarnos en un almacén de tres plantas abandonado, situado en las afueras de Khushali Torikhel, que en otro tiempo había sido la oficina regional de una de las agencias alimentarias locales de la ONU. Lo que no sabíamos era que los talibanes habían desalojado el lugar en su avance al norte, hacia Pakistán.
»Al parecer, las tropas estadounidenses tenían a este grupo concreto de talibanes en el punto de mira por haber matado a dos soldados de Estados Unidos en un control de carreteras rutinario. Para reducir al mínimo las bajas, se dejaron de tácticas sutiles y lanzaron un ataque de artillería. Se produjo sobre las dos de la mañana. Un avión teledirigido arrasó una manzana. Un arqueólogo italiano acabó con las dos piernas rotas. Yo quedé atrapado bajo una gran losa de cemento. Otros no tuvieron tanta suerte.
—¿Cuántos erais? —preguntó ella, conteniendo la respiración.
—Once. Tres científicos, cinco arqueólogos, yo y dos expertos en culturas antiguas.
—¿Y ese hombre?
—Curtis Fitzgerald. Tan pronto vieron su error, los norteamericanos enviaron a unos cuantos comandos para sacarnos de allí.
—Menos mal.
—No exactamente. Éramos supervivientes, y por tanto testigos presenciales de un incidente potencialmente embarazoso. Era preferible que estuviéramos muertos y fuéramos enterrados con todos los honores a que nos hicieran desfilar frente a una audiencia internacional. El grupo de búsqueda cerró la zona, examinó los escombros y nos abandonaron a nuestra suerte.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque oía sus voces a lo lejos. Estaban a quinientos metros.
—Puede que no encontraran el montón de escombros correcto.
—Si hubieran buscado bien, lo habrían encontrado.
—¿Y ese hombre, Curtis?
—Se quedó atrás, arriesgando su vida. La orden era evacuar —dijo Michael, irritado—. Si no llega a ser por él, yo estaría muerto. —Sacó su viejo móvil, marcó un número, pulsó un dial extragrande y esperó.

15

Curtis se levantó con las piernas entumecidas. Estaba recuperando la movilidad. El dolor había remitido y las heridas sanaban. Ya le habían quitado los puntos. Aún llevaba el abdomen cubierto de vendajes, pero tras dos operaciones estaba cicatrizando. Lo notaba, como notaba que empezaba a regresar la fuerza. El sol rojizo de media tarde atravesaba como agujas las persianas venecianas, refulgiendo en la pared de la esterilizada habitación de hospital. Y aunque todavía no había llegado la primavera, el tiempo era agradable. Miró por la ventana sin propósito fijo, a la ciudad a sus pies, ensimismado. En las calles de Roma, la gente paseaba, hablaba y reía, se abrazaba y amaba. Nadie sospechaba nada. Habían pasado dos semanas y media, tiempo suficiente para curar las heridas; pero no para ahuyentar a los torturantes demonios que aún lo arañaban por dentro.
Echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo. En la pantalla de su imaginación vio el tiroteo de la Via dei Giardini, Josh desplomado en el suelo, acribillado a balazos, el testigo japonés... «¿Quiénes eran ellos?» Los pensamientos de Curtis comenzaron a inundar su cerebro en respuesta al ataque recibido por su organismo. Por momentos sintió como si estuviera sonámbulo. Ahora el tiroteo parecía pertenecer a otra vida. «Se halla usted entre amigos. Aquí no corre ningún peligro. Está seguro.»

Curtis se desconcentró al sonar el teléfono. ¿Quién querría localizarlo? Lo cogió y miró la pantallita. Era un número conocido, pero no lo identificaba.
—Hola. —El tono sonaba más a reproche que a saludo.
Michael no reconoció inmediatamente la voz, pero igualmente lo invadió la calidez.
—¡A que no adivinas quién soy!
Hubo una larga pausa.
—Pues no, la verdad —soltó la voz en el otro extremo de la línea.
El tono distante, la voz tranquila y glacial de un extraño, hicieron pensar a Michael que quizá se había equivocado de número.
—Eh, amigo, ya sé que ha pasado mucho tiempo desde las últimas copas, pero en serio... ¡No quiero pedirte dinero! —Rió con ganas. Un silencio.
—Lo siento. —Ahora la voz de Nueva York era seria y cauta, desprovista de humor y calidez
—. Me gustaría hablar con Curtis Fitzgerald, por favor.
—Al habla. ¿Quién me llama, por el amor de Dios?
—¡Curtis! —dijo Michael—. Soy Michael. ¿No te acuerdas? —soltó medio en broma.
—¡Michael! Oh, lo siento. ¿Dónde demonios estás?
—Lo habría sentido mucho más si no hubieras cogido el teléfono. Estoy en Nueva York.
—Qué, ¿los nubios aún te persiguen? No me digas que quieren recuperar ese traje horroroso que compraste al descendiente directo de Moisés. —Rió a carcajadas.
—¡Vamos, Curtis, esto no tiene ninguna gracia! —replicó Michael con sorna.
—¿Que no tiene gracia? —protestó Curtis—. Llegamos a una gasolinera en medio de un oasis en este lado de la frontera egipcia, cerca de Abu Simbel, ¡y va y me entero de que tres hombres vestidos con sábanas te están sacando a rastras del armatoste en forma de cuarto de baño!
—¿Dónde estás?
—En Roma.
—¿Roma? La última vez que supe de ti estabas en Afganistán. ¿Qué haces en Roma?
—¿La verdad? Trabajo de niñera. Pero ya está bien de hablar de mí. ¿Qué haces tú en Nueva York? ¿Han encontrado restos del Antiguo Testamento bajo un edificio de la ONU?

Michael se quedó callado un momento. Luego le contó a Curtis todo lo sucedido en las últimas semanas, sobre Danny y Shawnsee, sobre alguien llamado Octopus y sobre promise. En Roma, un hombre escuchaba con semblante adusto el relato de su amigo. Luego habló con seguridad y energía.
—Michael, quiero que vuelvas a llamarme desde un teléfono público. Ya te lo explicaré. —Y colgó al instante.
No habían pasado cinco minutos cuando, en algún lugar de Roma, un número recibió una llamada. Se oyó un tono antes de que respondiera una voz inquisitiva.
—¿Sí?
—Curtis, ¿de qué va todo esto? —A través de la línea, alcanzaba a oír la respiración de Roma, así como los fuertes latidos en su pecho.
—Michael, ojalá me equivoque, pero creo que los dos corréis grave peligro. —En Nueva York hubo un silencio momentáneo—. Piensa bien antes de responder. ¿Alguno de vosotros ha buscado en Google los términos Octopus y promise?
—Simone. Como Danny no estaba muy dispuesto a hablar de su trabajo, ella buscó en Internet.
—¿Desde dónde? —La voz de Roma sonaba gélida, casi amenazadora.
Curtis oyó una voz haciendo preguntas, y una mujer respondiendo.
—Desde su casa —contestó Nueva York.
—Sus búsquedas pueden haber desencadenado algo. Van por vosotros —soltó Curtis.
Michael se puso en pie, agitado; en su frente palpitaba una vena.
—Mejor que te expliques.
—Varios organismos gubernamentales tienen programas de localización y seguimiento en Internet. El más conocido es Carnivore, del FBI. Estos sistemas utilizan técnicas de captura de tramas para controlar nodos específicos y ubicaciones de datos en la red. Cada ordenador tiene una dirección digital única. Si Simone tecleó promise, lo más probable es que tropezara con algún dispositivo de las agencias del gobierno.
—No te sigo, Curtis.
—Eso significa que la propia investigación de Simone habría activado una contrainvestigación por parte del asesino de Danny. Lo cual significa que... ellos... saben quién es ella y dónde está.
—El vaporoso uso de la tercera persona del plural: ellos. Planificadores. Verdugos.
Simone seguía la conversación en silencio. Michael la miraba fijamente, mientras su cuerpo se tensaba.
—¿Cuándo hizo la búsqueda?
—Una semana antes de la muerte de Danny.

—Silencio en Roma.
Un hombre alto y barbudo, sentado frente a ellos con los codos en las rodillas y las manos juntas, se levantó despacio, cruzó pausadamente el pequeño parque y se sentó al lado del viejo con el traje raído y el bastón de madera remendado. Los dos miraban al frente, sin que nada diera a entender que se conocían. Pero hablaban.
—¿Hay alguien más de quien debamos preocuparnos? —En la voz del hombre se apreciaba un tono agrio. La pregunta revoloteó en el aire antes de ser arrastrada por el viento.
—Otro hombre, en otro sitio, parece saber mucho.
—¿Los matamos? —dijo el de la barba.
—No, esperemos. Dejemos que vengan a nosotros. Para matar siempre hay tiempo. —Una sonrisa rizó los bordes de la cara del hombre barbudo, que se puso en pie y siguió lentamente a la extraña pareja fuera del parque.

La conversación telefónica proseguía.
—Michael, escucha con atención. Tomaré el próximo vuelo a Nueva York. Pero, hasta que llegue, necesito que hagas algo por mí. Tenéis que marcharos ahora mismo.
»Lleva el coche de Simone a un taller de reparaciones para una puesta a punto, y salid con cualquier coche de alquiler que tengan allí disponible. Si os están siguiendo, es un modo fácil y barato de desaparecer por un tiempo sin dejar rastro. Buscad una pensión aislada en un radio de cincuenta kilómetros de Nueva York y esperad noticias mías. En cuanto aterrice, os llamo. No digáis a nadie dónde estáis.
—¿Dónde nos hemos metido, Curtis?
—Estáis entre la espada y la pared, amigo mío. Si no salís cagando leches, tenéis los días contados. Venga, en marcha. Te veo mañana.
—¿Qué es promise? ¿Qué significa? —gritó Michael en el auricular.
—Es un acrónimo de Sistema de Información sobre Gestión de los Fiscales. Se deletrea P-R-O-M-I-S. Salid de ahí. ¡Ahora! —Era una orden. Se cortó la comunicación.

Justo cuando Curtis colgaba el teléfono, se abrió la puerta.
—¡Señor Fitzgerald!
—Ah, hola, enfermera. Me alegra que haya pasado a verme.
—¿Qué está haciendo?
—Por favor, dígale al médico que necesitaba estirar las piernas. Volveré pronto.
—¿Estirar las piernas?
—Sí.
—¿Dónde?
—En Estados Unidos. Dígale al médico que hoy no me espere levantado.
—Pero...
Se cerró la puerta. Momentos después, un hombre alto y fornido salía cojeando del hospital y paraba un taxi.
—Al aeropuerto, presto.
Marcó un número en el móvil. Al tercer tono, contestó una mujer.
—Dígame.
—Señora Arbour, soy Curtis Fitzgerald.
No mucho después, en las sombras de la tarde, una camioneta llegaba a una aislada cabaña de troncos, oculta por pinos y abedules. Una atractiva pareja ocupó una habitación con vistas a un estanque artificial y a unas onduladas colinas. Al otro lado del océano, en Roma, otra camioneta se detenía en la terminal principal del aeropuerto Leonardo da Vinci. Curtis se apeó cojeando del taxi y se dirigió al mostrador de Swiss Air.
—Tengo una reserva en un vuelo. Mi nombre es Fitzgerald.
Como era de esperar, Curtis Fitzgerald viajó en primera clase.

16

Menos de veinticuatro horas después, en un céntrico hotel de Nueva York, Curtis estaba en su habitación de la vigésima tercera planta, estudiando el tráfico con los prismáticos. Había dado a Michael instrucciones precisas: tenían que llegar al hotel antes de la hora punta, conducir hasta allí desde la dirección opuesta, hacer una señal, girar y arrimarse al bordillo adyacente, esperar un minuto, luego reincorporarse al tráfico, conducir hasta la siguiente rotonda, a unos trescientos metros, girar y meterse en el aparcamiento subterráneo. Desde su posición estratégica, él podría seguir el patrón del tráfico alrededor de la camioneta. Si alguien los seguía, podría avisarles.

A las cinco menos cuarto, Curtis vio una camioneta plateada acercarse al hotel desde la dirección opuesta y realizar la maniobra requerida. Satisfecho al comprobar que no los seguían, Curtis telefoneó a Michael y le dijo que subieran. Aguantar la tensión de la espera, una práctica en la que normalmente Curtis era excelente, le causaba dolor. No sabía si era el dolor físico o el nerviosismo de la espera. Unos golpecitos en la puerta pusieron fin a los nervios. Cruzó con cautela la habitación, abrió e hizo pasar a sus invitados.
—Encantado de conocerte, Simone. —Curtis le tendió la mano—. Lamento lo de tu hermano.
—Gracias. Michael me ha hablado mucho de ti.
—¿Ah, sí? —Curtis enarcó una ceja—. Yo en tu lugar no creería una palabra.
—Casi todo era bueno. —Ella sonrió.
—¿Lo ves? —Se volvió—. Ha pasado mucho tiempo, Michael.
Simone contempló cómo Michael y Curtis se daban uno de esos abrazos reservados a los viejos amigos.
—Me alegro de verte. Y gracias por venir. —Michael le pegó, juguetón, en el estómago. Curtis hizo todo lo posible para no doblarse, agarrándose al respaldo de la silla con la mano izquierda y al sofá con la derecha.
—No pasa nada —gruñó Curtis. Se le había cortado la respiración y se sujetaba el vientre con la mano derecha.
Michael se angustió.
—Con nosotros puedes ser franco. —Su voz era tensa.
Escucharon en silencio mientras Curtis explicaba con todo detalle los hechos de la Via dei Giardini.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó Simone, sentada en el sofá.
—Su nombre es un trabalenguas. A estas alturas, sólo podemos especular. Sé que hay gente a sueldo del gobierno que entra y sale, agentes, antiguos agentes y tipos de la mafia, personas con habilidades muy valoradas y muy bien remuneradas cuando sirven al bando equivocado. Agentes independientes que trabajan por su cuenta y no se conocen unos a otros, si bien están coordinados mediante una serie de controladores, quienes a su vez son controlados desde arriba —contestó Curtis
hundiéndose en un sillón situado frente a la chimenea.
—¿Están en una operación norteamericana? —preguntó Simone.
—No estoy seguro. Tienden a meterse en asuntos internacionales, una especie de organización de múltiples capas con un círculo interno de intereses privados.
—¿Hablas de una especie de conciliábulo? —terció Michael.
—¿Con qué fin? —inquirió Simone—. ¡Debe de haber un móvil!
—¿Dinero?
—Lo dudo, Michael. Ya tienen casi todo el dinero del mundo.
—Entonces, ¿qué? ¿Riqueza, reconocimiento, notoriedad?
—Si es el mismo tipo de operación, te aseguro que no mataron a Danny por lo que son, sino más bien por lo que habría significado para ellos la revelación de su identidad.
—Quizá no querían ser descuartizados por cosas que hicieron en el pasado. Después de todo, Danny decía que esto se remontaba a la Segunda Guerra Mundial —señaló Simone.
—Si son personas situadas en altos niveles del gobierno, la investigación de Danny quizá puso al descubierto sus transgresiones de cincuenta años atrás —dijo Michael.
—Es posible borrar los viejos crímenes. Fíjate en lo de Roma —dijo Curtis pensativo—. Esto es distinto. Simone, ¿qué decías sobre la reacción de Danny cuando le preguntaste por PROMIS? Que se puso pálido. Pero ésa no es una reacción normal si estamos hablando de viejas infracciones. No, esto no tiene que ver con el pasado. Es sobre el presente. Lo que pasara en la Segunda Guerra Mundial está relacionado con el presente, y muy probablemente con el futuro. —Curtis dejó que su mente vagara libremente—. Danny tropezó con algo grande. Una conspiración de algunas de las personas más poderosas del mundo, que persiguen un objetivo común.
—¿Por qué lo dices? —Simone lo miró fijamente.
—En realidad, no lo sé. Por lo general es así como funciona.
—Una conspiración de algunas de las personas más poderosas del mundo persiguiendo un objetivo común —repitió Michael—. Pero, ¿con qué objetivo?
—Sólo lo sabremos cuando recuperemos los documentos de Danny —dijo Curtis.
—Lo que significa que volvemos a empezar desde cero —soltó Simone, desesperada—. Porque quienes los tengan no se atreverán a asomar la cabeza.
—Eso si aún están vivos —precisó Michael.
Curtis sacudió la cabeza, cerrando los ojos, y la oscuridad alivió por momentos el punzante dolor en el estómago.
—¿Y si el supuesto es erróneo? ¿Y si no vamos tras «él» sino tras «ello»?
—¿Qué quieres decir? —inquirió Michael.
—Los dos estáis desconcertados porque alguien tiene acceso a los documentos de Danny, y habéis dado por sentado que fue Danny quien se los pasó. ¿Y si la suposición es equivocada? ¿Y si estamos buscando a «alguien» en vez de «algo»?
Simone y Michael escuchaban en silencio.
—Nos falta una pieza concluyente del rompecabezas. He estado dándole vueltas desde que subí al avión anoche. Pensemos. ¿Cuál es la explicación más sencilla? Si esta organización, Octopus, persigue a alguien, los grados de lealtad a tu hermano son totalmente irrelevantes; esta persona no tiene ninguna posibilidad. Primero le inyectarán Amital, y su vida será un libro abierto. Después lo matarán, obtendrán la información necesaria e irán por vosotros. Pero no lo han hecho. —Curtis hizo una pausa—. ¿Por qué?
—Porque no tienen lo que necesitan —señaló Simone.
—Exacto. Y eso significa que no debemos buscar «quién» sino el «qué» y el «dónde».
—¿Puedo beber algo?
—Claro. —Curtis se levantó y fue al mueble bar. Dos medidas de whisky para él; una para Simone y Michael—. ¿Hielo?
—No, gracias. —Simone se puso en pie y se acercó a la ventana—. ¡Voy a volverme loca!
Encima de no saber dónde está el probable «quién»... ¡ahora nos cae encima el improbable «qué»!
Curtis les llevó los vasos.
—Simone —terció Michael—, tú lo dijiste. Danny no tenía muchos amigos, desde luego ninguno a quien pudiera confiar lo que estaba investigando. Pero tampoco iba a dejar que se desperdiciara su extraordinaria labor. Le había dedicado demasiado. Eso hace que quedes sólo tú, su hermana, como único pariente vivo, la persona a la que más quería y en la que más confiaba. Mientras estuviera vivo, Danny guardaría las distancias contigo. Sabía el peligro que corría. Por eso se puso lívido cuando le preguntaste por PROMIS.
—Pero tomaría precauciones por si le sucedía algo.
—Tú misma lo dijiste. Hizo copias de todos sus documentos. Éstos son ahora tu póliza de seguros. —Michael hizo una pausa—. Entonces, ¿por qué no han venido por nosotros?
—Porque saben que Simone no los tiene. Recuerda la contrainvestigación. Lo que no saben es quién los tiene. Así que están observando y esperando —explicó Curtis.
—... Porque están actuando en función del supuesto de que es «él» quien los tiene, y no el «qué»
—añadió Michael.
—Exacto.
Simone dejó el vaso de whisky y cogió una bolsa de cacahuetes de la cesta de bienvenida.
—Pues si es el «qué», ¿dónde está?
—En el único lugar del mundo donde nadie lo buscaría —dijo Curtis.
—¿Y dónde está eso? —Michael se inclinó hacia delante.
—En el apartamento de Danny.
—Curtis —ahora le tocaba a Michael poner objeciones—, los detectives lo registraron de arriba abajo. Por si lo has olvidado, no encontraron nada.
—Michael, no encontraron nada porque no buscaron lo que debían.
Michael se quedó pensando, con su mente dando tumbos. Recorrió la habitación con los ojos.
—Lo que tenemos no es ninguna prueba, desde luego, pero tampoco hay que desecharlo —dijo al fin.—Simone —intervino Curtis—, en esta ecuación hay dos elementos entrelazados: tú y Danny por un lado, y Octopus y PROMIS por otro. Y estos elementos tienen un denominador común.
—Teorías, suposiciones, ecuaciones. Estoy cansada de eso. —Dejó el vaso de un golpe en la mesa. Por el rabillo del ojo, Michael dirigió a Simone una mirada larga y tierna. Ella estaba conteniendo las lágrimas; sus dedos dibujaban algo en la mesa; su mente intentaba recordar un detalle.
—Simone, ¿recuerdas qué te dijo Danny sobre PROMIS? —Como interrogador experto que era, Curtis la iba guiando en la dirección adecuada.
—Dijo que, con Octopus controlando PROMIS, no se podía confiar en ningún dato en su formato electrónico, por seguro que fuera.
—PROMIS puede hacer lo que ningún otro programa ha podido hacer nunca: leer e integrar cualquier cantidad de programas informáticos o bases de datos diferentes de manera simultánea, con independencia del lenguaje en el que estén escritos, del sistema operativo o de las plataformas en las que las bases de datos estén instaladas. —Asintió para sí mismo—. Hace poco, el Departamento de Seguridad Interior y la Agencia de Seguridad Nacional han dedicado más fondos a la ciberseguridad que a ningún otro proyecto, concretamente al programa Managed Trusted Internet Protocol Services, que utiliza PROMIS —aclaró Curtis mientras hacía un cálculo mental—. Por eso Danny te advirtió de que, con PROMIS, no se podía confiar en ningún dato, por seguro que fuera, en su formato electrónico. —Curtis se puso en pie. Nadie dijo nada. Era como si no lo hubieran oído, aunque él sabía que lo habían oído perfectamente.
»Si PROMIS puede ver y oír, también puede registrar patrones y perturbaciones estadísticas, pero sólo si lo que buscamos está escondido en un sistema correlacionado —añadió Curtis—. Ahora bien, ¿y si lo que estamos buscando no está realmente oculto en ningún sistema que PROMIS pueda reconocer? En el cielo y la tierra hay muchas cosas que no se revelarían en PROMIS.
—Un momento. —Michael Asbury ladeó la cabeza—. Danny sabía que esta información debía de estar tan bien escondida que, por mucho que los asesinos la buscaran, no la encontrarían. O al menos..., nunca sospecharían que debían mirar en cierto sitio.
Simone alzó la cabeza.
—Estás sugiriendo...
—¡Sí, claro! No sólo debe de estar bien oculta —dijo Michael—, sino que tú, Simone, tendrías que poder reconocerlo.
—Disculpa —dijo ella dirigiéndose a Curtis—, ¿has dicho Voltemand Hall, o te referías a un cortesano de Hamlet? ¿Y qué tiene que ver esto con Danny?
—¿Perdón? —Curtis creyó haber entendido mal y le dirigió una mirada perpleja.
—Has dicho que si PROMIS puede ver y oír, también puede registrar patrones y perturbaciones estadísticas, pero sólo si Voltemand Hall...
—No he dicho nada sobre Voltemand Hall. Ni siquiera sé qué es, Simone.
—Entonces, ¿por qué lo has dicho?
—¿El qué?
—Lo que has dicho. Quizás es simple curiosidad. Voy al baño, con permiso. Tal vez cuando vuelva ya lo tenemos resuelto.
—¿De qué habla? —susurró Curtis con una sonrisa asimétrica en la boca.
—Se me olvidó decírtelo. Siempre que come cacahuetes de mala calidad sufre una reacción alérgica que posteriormente le afecta al oído. No le hagas caso. Se le pasa rápido.
Unos momentos después, Simone entró en el salón y colocó, desafiante, la rodilla derecha en el brazo del sofá.
—¿Qué decías, Michael?
—Que sí, claro. No sólo debe de estar bien oculto, sino que tú tienes que poder acceder a ello. Entonces, ¿qué podría ser? Algo que él supiera que reconocerías y serías capaz de descifrar. Piensa, Simone —dijo Michael espoleándola con tacto.
—Es sobre el «qué» —agregó Curtis—. ¿Cómo lo disimularía Danny? ¿Qué intereses teníais en común? ¿Qué sería ese algo que te llamaría la atención al instante?
—¿Te acuerdas? —dijo Danny.
—Me acuerdo —respondió ella—. La primera espiral terminaba en un punto.
—¿Éste es el final del mapa? —preguntó él.
—Los mapas no tienen finales. Tienen niveles de ampliación.
Él lo pensó un momento.
—Simone... —Danny le tiró de la manga—, ¿el infierno tiene geometría?
—Eso pensaba Galileo.
—¿Cómo dibujarías el infierno? —Él movió los lápices de un lado a otro, cada vez más deprisa.
—Así.
—¿Perdón? —Curtis creyó que había vuelto a perderse algo.
—Dante —dijo ella—. La Divina Comedia.

Continúa aquí.
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