Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

viernes, 17 de octubre de 2014

Conspiración Octopus VII

Viene de aquí.

23

La Sala de Situación de la Casa Blanca es un espacio de dos mil metros ubicado en el sótano del ala oeste, utilizado por el gobierno como sala de reuniones y como centro de dirección de los servicios de inteligencia. Está gestionado conjuntamente por el Consejo de Seguridad Nacional y el Departamento de Seguridad Interior. Aquella mañana, las personas convocadas a una reunión de emergencia, y coordinadas por el jefe del Estado Mayor de la Casa Blanca, eran economistas gubernamentales de máximo nivel, en cuya experiencia y competencia se basaba la estructura económica del país. Esas personas estudiaban todas las variables imaginables y preveían las consecuencias financieras de una operación determinada. Todos los gobiernos del planeta les temían. Eran especialistas muy buscados, calculadoras humanas en cuyas recomendaciones y solvencia basaban los gobiernos su futuro económico. Sin embargo, no ejercían ningún poder militar, no comandaban ejércitos, no ordenaban actuar a submarinos nucleares ni a reactores supersónicos. Esas personas sabían que sólo entendiendo cómo funciona el dinero en tu favor puedes cambiar el mundo.

Larry Summers, brillante, con mucha experiencia y un ego descomunal, padecía un déficit de sensibilidad. Era director del Consejo Económico Nacional (NEC). Tradicionalmente, el director del NEC es el agente honesto del equipo económico. Dada su fama de fanfarrón, en la nueva administración muchos dudaban de que el señor Summers pudiera desempeñar esa función. Jim Nussle, director de Presupuesto de la Oficina de Gestión, era un republicano que gozaba del respeto de los dos partidos del Congreso por su capacidad para decir «no» a las cosas con las que no estaba de acuerdo. El jurado todavía estaba deliberando sobre si el señor Nussle era lo bastante duro con el lápiz rojo. La única mujer del equipo económico, Kirsten Rommer, era una estratega extraordinariamente, destacada historiadora económica, presidenta del Consejo de Asesores Económicos y principal rival de Summers en su disputa por la atención del presidente. Dicho esto, demasiada competencia de ideas puede generar el caos, y el presidente quizás incrementó el riesgo al crear aún otro organismo. Tras elaborar un programa en torno a la idea de «la economía primero», y ganar las elecciones por un amplio margen a su rival republicano, el presidente electo escogió a Paul Aletas Volcker, antiguo presidente de la Reserva Federal, como nuevo jefe de la Junta de Asesores para la Recuperación Económica, y a Austan Goolsbee, el
consejero que más tiempo llevaba a su servicio, como director de personal.

Volcker, partidario de Rockefeller, era un hombre de alianzas discutibles, famoso por fomentar el concepto de crecimiento cero y por justificar sus acciones con una expresión un tanto críptica: «Éste es el ámbito de los desconocidos conocidos.» Sabía cómo conseguir cosas en Washington. Eran tiempos delicados, y el presidente necesitaba de sus aptitudes.

Henry Kissinger dijo una vez que cada presidente debería tener un Larry Summers en su administración. Dijo lo mismo de Nussle, Rommer y Volcker. Al formar su equipo económico, el presidente electo había tenido en cuenta ese consejo.

Se apreciaba un marcado contraste con la anterior administración, en la que los economistas nunca tuvieron mucho peso, en la que los puestos clave estaban ocupados por confidentes familiares y mercenarios políticos. Uno era un ejecutivo de la industria farmacéutica, otro se encargaba de las relaciones de un banco de inversiones con el gobierno, y otros dos eran congresistas. Los cuatro habían estudiado Derecho.

Los miembros del equipo entraron discretamente en la sala y tomaron asiento en la mesa. Larry Summers se sentó a la izquierda del presidente. Jim Nussle, a la izquierda de Summers. Kirsten Rommer, en la segunda silla vacía a la derecha del presidente, en diagonal a Summers. Volcker se colocó en el lado opuesto de la mesa. Sufría fobia social aguda a causa de una misteriosa aflicción debido a la cual, con los años, sus pies habían crecido hasta alcanzar un tamaño desproporcionado. Por razones obvias, tomaba a mal su apodo de Aletas. Era una jerarquía arraigada en la lógica. De pronto se abrió una puerta y se unió a ellos un hombre alto y delgado que parecía salido de un anuncio del Wall Street Journal.
—Damas y caballeros, debido a la urgencia del asunto he pedido al secretario de Estado que nos acompañe en la reunión. —El secretario de Estado, Brad Sorenson, ocupó una silla vacía a la derecha del presidente. Saludó a todos los presentes con una inclinación de cabeza.
—Parece cansado, señor presidente —dijo Jim Nussle, una vez que todo el mundo estuvo sentado y se hubieron regulado las luces.
—Lo estoy —admitió el presidente—. Lamento haberles convocado con tan poca antelación. Estarán todos de acuerdo en que se trata de una emergencia nacional.
—Gracias por incluirnos, señor —dijo Kirsten Rommer.
El presidente asintió en silencio. Pulsó un botón incrustado en la mesa, frente a él.
—La primera diapositiva, por favor.
Se apagaron las luces, y en una pantalla de plasma extragrande apareció una imagen sobrecogedora. Las calles adoquinadas de Budapest..., una zona de guerra. Manifestantes provistos de bloques de hielo destrozando el Ministerio de Finanzas húngaro. Centenares de personas abriéndose paso a la fuerza hasta la asamblea legislativa.
—Damas y caballeros, esto es real. De momento, el colapso económico está afectando con más dureza a otros países industrializados. En todo el mundo, las bolsas emergentes están implosionando a un ritmo más rápido que el nuestro. Europa ha accionado el turbo debido a la falta de gas natural ruso de las últimas tres semanas. Al hundimiento económico se ha sumado el sufrimiento humano a causa del frío, con temperaturas en torno a los cero grados. Se han producido disturbios desde Letonia, en el norte, hasta Sofía, en el sur. En todo el mundo, desde China e India hasta Europa, los países industrializados se están preparando para el malestar social.
»No es una novela. No es La rebelión de Atlas. Tiene que ver con el momento actual. Nos afecta a todos. —Señaló las imágenes de la pantalla—. Ciudadanos enfurecidos por las estrecheces y la severa reducción de los salarios, luchando por su supervivencia. Ahora el descontento social pasa de estar en suspenso a arder en primera línea. Los líderes políticos y grupos de la oposición de lugares tan lejanos como Corea del Sur y Turquía, Hungría, Alemania, Austria, Francia, México y Canadá están pidiendo la disolución de los parlamentos nacionales.
—Esto es una locura —susurró alguien. Le siguió un silencio sepulcral.
—Comencemos por Europa. —El presidente hizo una pausa—. Kirsten, puede usted retomarlo desde aquí...
—Desde luego. —Kirsten Rommer se puso en pie—. Caballeros, la Unión Monetaria Europea ha dejado a la mitad de Europa atrapada en la depresión. Los últimos informes son catastróficos para los intereses estadounidenses y para la economía mundial en general. —Miró los ensombrecidos semblantes a su alrededor—. En Europa los acontecimientos se suceden con rapidez. En la región mediterránea, los mercados de bonos se hallan en alerta roja. Standard and Poor’s ha reducido la deuda griega hasta dejarla casi en nada, y el tejido social del país está deshilachándose antes de que empiece el dolor, lo cual es mala señal. Los gobiernos español, portugués e irlandés se muestran reacios a pagar su deuda a corto plazo, poniendo en peligro la solvencia del sistema financiero. —Se aclaró la garganta—. Siguiente diapositiva, por favor. —Se oyó un clic, y apareció un gráfico de barras tridimensional—. Un gran anillo de países de la UE que se extiende desde Europa oriental al Mare Nostrum y las tierras celtas está en una depresión como la de la década de 1930, o lo estará pronto.
»Cada uno es víctima de las políticas económicas poco sensatas que le fueron endilgadas por élites esclavas del proyecto monetario europeo, en la UME o a punto de incorporarse a la misma. —Kirsten Rommer se desplazó por la estancia—. Los países bálticos y el sur de los Balcanes han sufrido los peores disturbios desde la caída del comunismo. El actual déficit por cuenta corriente de Letonia llega al veintiséis por ciento del PIB. En Lituania, los antidisturbios dispararon balas de goma contra una manifestación sindical. Los perros persiguieron a los rezagados hasta el río Vilnius. El miércoles, una concentración frente al parlamento de Estonia, en Tallin, terminó de forma violenta. Murieron varios manifestantes. El inevitable descalabro está resultando épico. La presidenta del Consejo de Asesores Económicos miró al fondo de la sala.
—Siguiente diapositiva, por favor. —En la pantalla apareció un documento con el membrete Confidencial en rojo—. Pese al vendaval de mentiras de los funcionarios letones y de la Unión Europea, ciertos documentos filtrados revelan que el Fondo Monetario Internacional pidió a Letonia la devaluación como parte de un rescate conjunto de setecientos cincuenta mil millones de euros. Para compensar, se están transfiriendo responsabilidades a los contribuyentes de Alemania, la economía europea más fuerte.
—¿Y qué pasará cuando los abnegados ciudadanos alemanes se enteren? —Era la primera vez que hablaba Sorenson. Rommer y el presidente miraron al secretario de Estado, pero no dijeron nada.
—De todos modos, esto sólo es la vertiente económica. Hay otras consecuencias —terció el presidente de Estados Unidos—. Damas y caballeros, aquí hay tanto de política como de geografía. Se está creando un nuevo orden basado en la geografía y el dinero, pues la geografía determina la toma de decisiones económicas.
Apareció otra diapositiva en la pantalla. Alguien se aclaró la garganta. Otro se removió, nervioso, en el asiento.
—Señor secretario, prosiga. —Un hombre alto y delgado se levantó, se arregló la corbata y se acercó a la pantalla.
—Buenos días a todos. No hay tiempo para cortesías, así que, si no les importa, iré al grano. —Miró un papel que tenía delante—. Los países árabes han perdido cinco billones de dólares, el sesenta y cinco por ciento de sus inversiones, y han cancelado o aplazado el ochenta por ciento de sus nuevos proyectos de desarrollo. Ya saben, esos hoteles en los que se puede esquiar dentro cuando fuera el termómetro marca cuarenta grados. Esta paralización hará que en los países árabes productores de petróleo se genere malestar social y que de inmediato lleguen la pobreza, el hambre y las enfermedades. Los lujos de los príncipes se verán ahora en marcado contraste con la vida de sus súbditos. Así pues, la geografía nos proporciona nuestra primera falla tectónica política. —En la pantalla se dibujó un mapa del mundo—. Desde el sur del Báltico, pasando por Grecia y Turquía, y luego abriéndose en abanico por Oriente Próximo, hay una nueva frontera de inminente agitación.
—Esto es sumamente preocupante, señor presidente —terció Paul Volcker, incrédulo—. Supongo que es inevitable preguntar cuándo nos afectará a nosotros.
—Brad... —dijo el presidente en voz baja.
—Sí, señor presidente. Aquí habrá malestar, que se producirá de una manera convulsa en el plazo de seis meses como máximo. Los dos estados con más probabilidades de padecer descontento social son Michigan y Ohio, que han sido duramente golpeados por la destrucción de empleo. Ohio es el que más debería preocuparnos. Ya asolado por despidos masivos en el sector automovilístico y otras quiebras empresariales importantes, sus zonas industriales están muy cerca de Kentucky, Virginia Occidental, Indiana y Pensilvania, donde hay mucha leña que puede arder. Si esto se extiende, lo hará como un reguero de pólvora.
—La serpiente que se come su propia cola para alimentarse. Así funciona el dinero..., de momento —señaló Larry Summers con tono sarcástico.
—Pero hay más. La agitación social de Ohio podría contagiarse fácilmente a estados limítrofes y cruzar otra falla que corre de este a oeste, separando el norte y el sur: la línea Mason-Dixon. Podrían desencadenarse otros terremotos. Al este de Ohio están Pensilvania y Nueva Jersey.
La reunión estaba en su ecuador. El equipo económico exploraba las cuestiones más destacadas mientras el presidente tomaba notas bajo el resplandor de la lámpara Tensor.
—¿Cuánto dinero necesita el gobierno de Estados Unidos para mantener la economía a flote y una fe moderada en el dólar? —El presidente miró a su consejero económico de más rango—. ¿Larry?
—Un mínimo de dos mil ochocientos millones de dólares diarios en inversión extranjera directa, en buena parte mediante la compra de pagarés del Tesoro para atender a la economía y abonar intereses, aunque una cifra más realista se acercaría a los cuatro mil millones.
El presidente guardó silencio durante lo que pareció una eternidad.
—En estas circunstancias, ¿es posible que algún gobierno extranjero...? Quiero decir...
—No hay la menor posibilidad, señor presidente —lo interrumpió el hombre.
El presidente de Estados Unidos cruzó los brazos y se reclinó en la silla, absorto en sus pensamientos.
—Entiendo. —Hizo una pausa—. ¿Qué opciones tenemos?
—Hace un mes disponíamos de dos opciones: el Programa de Rescate de Activos con problemas y el Fondo de Estabilización —dijo Larry Summers con tono sombrío.
—¿Hace un mes? ¿Significa eso que estas opciones ya no están sobre la mesa?
Summers tragó saliva.
—Sí, señor. El Programa de Rescate ha sacado de apuros a las empresas. —Pasó la hoja del bloc—. El Fondo de Estabilización garantiza la inversión directa en la economía por parte del gobierno de Estados Unidos, en caso de que fallen las otras alternativas para asegurar los fondos necesarios. Garantiza que el gobierno no incumplirá sus obligaciones con sus ciudadanos.
—Eso era hace un mes, ¿no?
Summers asintió en silencio.
—¿Y ahora?
Al director del Consejo Económico Nacional se le endureció la expresión. Miró a todos los presentes en la sala. Por fin habló:
—Ahora, señor, el dinero ha desaparecido.
—¿Qué insinúa? —preguntó el presidente con tono tétrico.
—Que ha desaparecido.
—¿Por qué no he sido informado?
—Porque nos enteramos hace poco.
—¿Cuándo?
—Ayer. Señor presidente, por eso insistí en celebrar esta reunión de urgencia.

24

—BS Bank Schaffhausen. Cajas de seguridad anónimas. —Simone lo sabía. Les había dado el nombre del banco sin pararse a pensarlo. Se acercó al sofá y sacó del bolso una arrugada tarjeta comercial con dos rectángulos plateados sobre un nombre. El banco ofrecía servicios en depósito con código fuente informático y copia de seguridad digitalizada sin rostro—. Cualquiera puede entrar y, mediante la combinación correcta, sacar el contenido —explicó—. Fue idea de Danny. Siempre pensé que era una tontería, hasta que le vi la cara cuando le pregunté sobre PROMIS.
—Suponiendo que la combinación de número y palabra sea correcta, lo que es mucho suponer, debo entrar, abrir la caja, sacar lo que haya dentro y largarme sin ser visto —dijo Curtis.
—Querrás decir que entramos, abrimos la caja y sacamos lo que haya dentro —soltó ella.
—No, lo haré yo solo.
—¿Cómo? —En las palabras de Simone se apreciaban rastros de tirantez. Se dirigió deprisa a la ventana, que abrió de golpe. Notó el viento frío en la cara.
—Es demasiado arriesgado. No puedo hacerlo si además tengo que cubriros.
—Yo voy contigo, Curtis. —Simone lo miró con resolución y miedo.
—No puedo dejar que vengas conmigo. Ignoro qué peligros puede haber, y no quiero que te expongas..., por mi propio bien.
—Suponemos que tendrán el banco vigilado. Pero en esta ciudad hay muchos bancos. ¿Cómo sabrán cuál es? —señaló Michael.
—Lo sabrán.
—¿Cómo?
—Es fácil. Sólo tienen que seguirnos.
—¿Crees que nos están siguiendo? —intervino Simone.
—Desde mucho antes de que supierais lo que estaba pasando.
—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó ella.
—Estuvo clarísimo desde que registraron el apartamento de tu hermano.
—¿Crees que lo hicieron para inducirnos a actuar?
—Es lo que habría hecho yo —respondió Curtis.
—¿Cuánta gente habrá trabajando para ellos? —dijo Michael.
Curtis sacudió la cabeza.
—Si se trata de una organización de múltiples niveles, suficientes para vigilar todas las esquinas del país.
—Exageras... No podían saber adónde iríamos. Piensa que hay muchas variables implicadas. Y si nos encuentran, ¿qué harán? ¿Nos matarán ante cientos de testigos?
—¿Matarte a ti? Ya veo que no lo entiendes, Simone. —Curtis buscó la forma de hacerle comprender—. Te matarán, sí, pero después. Cuando acaben contigo, habrás deseado estar muerta hace mucho tiempo. Primero os secuestrarán, a menos que tú y aquí el señor Indiana Jones dominéis habilidades de autodefensa que yo mismo desconozco. Después os ofrecerán algo a cambio de información, y entonces yo estaré contra un ejército entero de tipos malos intentando sacaros de ahí mientras me mantengo sano y salvo. Si me niego a hacerlo, te torturarán mientras Indiana mira. A continuación torturarán a Indiana Jones mientras miras tú. Al final, tras no sacar nada de vosotros y darse cuenta de que realmente no sabíais nada de importancia, os matarán.
—¿Mala planificación?
—Podrías llamarlo así.
Simone habló con firmeza.
—Es mi hermano, Curtis.
El ranger se acercó despacio y posó sus manos en los delicados hombros de Simone.
—Todo irá bien, te lo prometo. Hay un elemento sorpresa del que no hemos hablado. Recuerda, no tienen ninguna descripción física mía, es decir, que puedo entrar y salir sin ser reconocido..., y esto sólo es posible si lo hago solo.
Michael se desanudó la corbata antes de intervenir.
—Supongamos que obtienes la información. Necesitamos un lugar donde desaparecer.
—Un hotel —añadió Simone.
—No, no podemos correr riesgos. Todos los lugares públicos estarán vigilados. Hay demasiado en juego. Necesitamos un sitio donde estemos seguros.
—¿Y cómo vamos a encontrarlo?
—Tengo un viejo amigo —dijo Curtis secamente.
—¿De confianza?
—Respondería de él con mi vida.
—¿Incluso en estas circunstancias?
—Era mi oficial al mando cuando me alisté en el ejército. Acabé en las Fuerzas Especiales por recomendación suya.
—O sea que es militar —dijo Simone.
—Lo que significa gobierno —añadió Michael.
—Está fuera del gobierno. Fuera, pero en cierto modo dentro. En la esfera internacional.
—¿La OTAN?
—No.
—¿Carlyle? ¿Blackwater?
—¿Trabaja para Blackwater? —soltó, airada, Simone.
—¡Ya basta! No trabaja para Blackwater y no está en la OTAN.
—¿Quién es, entonces?
—No habéis oído hablar de él. Es banquero.
—¿Y tiene influencia?
—Mucha. Tiene un cargo de gran responsabilidad en el Banco Mundial.
Simone alargó la mano y le tocó el brazo.
—¿Qué le contaremos?
Curtis frunció el ceño y le cubrió la mano con la suya.
—Lo imprescindible. Debemos cubrir los flancos.
—¿Crees que...? —Simone preguntaba con los ojos como platos.
—Desde luego que no. Pero si algo falla, no quisiera perjudicarlo. Recuerda que el otro bando está jugando en serio.
—Con sus contactos también podría ayudarnos a llegar al fondo de todo esto —señaló Simone.
—Simone, la causa subyacente a todo mal es el dinero. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional son la encarnación del dinero. Hasta que averigüemos a qué nos enfrentamos, dejemos a mi amigo fuera de esto, por su propio bien.
Curtis sacó su BlackBerry militar, con seguridad VASP invulnerable a los hackers. Marcó un número no incluido en la agenda y esperó. Por fin, contestó una voz masculina.
—¿Hola?
—Hola, Cristian —dijo Curtis tras una pausa—. Incluso para contestar el teléfono tienes la virtud de la paciencia. —Otra pausa.
—Esto cierra el paso a los invitados no deseados. Me preguntaba si tendría noticias tuyas. Roma está en todos los noticiarios.
—¿Cómo supiste que era yo?
—No fue difícil. Pocos hombres que yo conozca lo habrían conseguido.
—¿Y qué hay de los que no conoces?
—A la larga habría acabado enterándome. Suele pasar cuando administras el dinero. Vaya, es estupendo saber de ti. Pero..., intuyo que es algo más que una llamada de cortesía.
—Siempre has sido muy perspicaz.
—Va con el cargo.
—Supongo que sí. El caso es que estoy con un par de amigos y tenemos un problema. Necesitamos un sitio donde escondernos.
—Problema resuelto. ¿Está relacionado con Roma?
—Tal vez.
—¿Cuándo te veré?
—Hoy mismo, después de que anochezca —dijo Curtis.
—Mandaré a mi chofer.
—No. Cuanta menos gente implicada, mejor.
—Tan prudente como siempre. Lo haremos a tu manera. —Cristian se rió—. Me fascina tu estilo.—Por supuesto. De lo contrario, el sistema no funcionaría.
Los dos hombres se despidieron. Salvo por la agitación en su mente, Curtis estaba sereno. «Cubrir los flancos. Tener un lugar donde quedarse, ser invisible, pensar y planear. ¿Quién es esa gente?» No dejaba de repetirse a sí mismo que lo hacía por su amigo, y por Simone y su hermano, pero en el fondo Curtis Fitzgerald sabía que aquello se había convertido en algo personal. Pero ¿cómo? ¿Y por qué? ¿Era Josh? ¿La guerra? ¿La falsedad de todo? Siempre era difícil asumir que algunas cosas no podían ser explicadas. La lógica debería esperar.
—Un directivo del Banco Mundial llamado Cristian —dijo Michael sonriendo y levantando una ceja—. ¿Se trata de Cristian Belucci, vicepresidente ejecutivo del Banco? ¿El hombre que ha convertido la portada de Time en su territorio predilecto? —Estaba anonadado—. Impresionantes credenciales, oficial. ¡Nunca me hablaste de amigos de tan alto copete!
—Nunca preguntaste.
—¿Cómo es ese hombre? Ya sabemos algunas cosas, claro. Un fin de semana está jugando a polo en Sudáfrica, otro corriendo en los encierros de Pamplona y otro en Londres asistiendo a un baile con la reina.
—Me lo imagino más bien andando detrás de los toros. Jamás le he visto correr.
—¿Hablas en serio? —dijo Simone.
—Me temo que sí. Lo atestigua una cicatriz de veintidós centímetros que tiene en la parte interior del muslo derecho.
—Un chico travieso —soltó Simone sacudiendo la cabeza.
—¿Cómo dio el salto del ejército a la banca? —inquirió Michael.
—Pertenece a un linaje de banqueros. Su abuelo fundó un banco a mediados del siglo XIX, el único de la época en Georgia, y me parece que también fue presidente de una importante entidad financiera en Nueva York.
—Su padre subvencionó una de nuestras excavaciones —dijo Michael—. Creo que era presidente del Bank of America.
Curtis se metió las manos en los bolsillos y se acercó a la ventana con aire desenfadado.
—Cristian Belucci será amigo tuyo —siguió Michael—, pero para el resto del mundo es una celebridad.
—Curtis, ¿estás seguro de que no atarán cabos? —preguntó Simone.
—Imposible. Las conexiones son demasiado profundas. Y recuerda, ellos no saben quién soy.

25

Larry Summers pulsó un botón verde de debajo de la mesa.
—Damas y caballeros, permítanme que hable claro. Es la peor crisis de la historia de nuestro país. Con permiso del señor presidente, he pedido que nos acompañen tres de nuestros jefes militares de alto rango. El presidente y yo creemos que tienen mucho que aportar a esta discusión.
Se abrió la puerta y entraron tres hombres de uniforme. Uno era el vicealmirante Alexander Hewitt, director de la FEMA, Agencia Federal de Gestión de la Emergencia. Actuando al margen de la constitución, garantizaría la continuidad de la acción política en el caso de un ataque demoledor que dejara inoperante al gobierno federal. La FEMA seguía siendo uno de los secretos mejor guardados de la administración de Estados Unidos, y tenía su protegida sede en el monte Weather, Virginia. Bajo la presidencia de Bill Clinton, el director de la FEMA pasó a ocupar un puesto del gobierno, razón por la cual el vicealmirante Hewitt tomó asiento frente a Paul Volcker. El segundo hombre era William Staggs, coordinador de la Oficina de Estado de Preparación Nacional. Ésta se encargaba de poner en práctica las resoluciones políticas en épocas de emergencia. El actual colapso financiero sin duda podía encuadrarse en esta categoría. El tercer hombre que se incorporaba a la reunión era el general Joseph T. Jones II, el coordinador de mayor rango del Departamento de Seguridad Interior.
—Podemos reanudar la discusión, pues estos caballeros han estado siguiendo su desarrollo desde la sala contigua —dijo el presidente.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó el secretario de Estado, perplejo.
—De billones de dólares.
—Larry, esto es inadmisible. ¿Has perdido el juicio? ¿Qué demonios estás dirigiendo?
—Ni más ni menos que una organización muy eficiente que ha conseguido evitar una debacle de la economía en la primera semana de la llegada al poder de esta administración, hace menos de dos meses.
—Entonces ¿cómo diablos ha pasado esto?
—No lo sabemos. No tengo una explicación lógica de cómo han desaparecido billones de dólares.
—¿Cómo se lleva alguien billones de dólares sin que el gobierno esté sobre aviso? —preguntó el vicealmirante Hewitt.
—Son números en una pantalla. No es efectivo real. Alguien entró en un sistema inexpugnable y robó todo el dinero sin dejar rastro. Es más, ese alguien, con unos conocimientos técnicos obviamente extraordinarios, había cerrado el sistema de tal modo que no pudimos abrirlo hasta anoche.
—Entonces ¿por qué no se informó de ello, tres días? —preguntó Hewitt.
—Si la prensa llega a saber algo, nos estalla la guerra civil en las manos. ¿Es esto lo que quiere? ¿Es esto lo que quiere la FEMA? De hecho, ustedes llevan más de tres décadas preparándose para esta eventualidad.
—¡Ya basta! —interrumpió el presidente de Estados Unidos.
Se hizo el silencio en la sala, una admisión de lo inimaginable. Lo rompió el general Joseph T. Jones II.
—Evidentemente, nadie cree que la crisis fuera imprevista. Pero ¿cómo hemos llegado a esta situación? —Cogió sus notas y miró al director del Consejo Económico Nacional.
—Protegiendo los préstamos predatorios y dejando que la crisis creciera. Podemos agradecérselo a la administración anterior y sus ocho años de ineptitud —contestó Summers.
—¿Cómo lograron esta proeza sin la supervisión del Congreso?
—Mediante una desconocida Agencia Federal del Tesoro llamada Agencia de Control de Divisas, OCC —respondió Rommer.
—Jamás había oído hablar de ella —terció Nussle con tono glacial.
—La OCC existe desde la Guerra Civil —explicó Rommer—. Su misión es garantizar la solidez fiscal de los bancos nacionales. Durante ciento cuarenta años, examinó los libros de los bancos para asegurarse de que las cuentas cuadraban, una tarea importante pero no polémica. Sin embargo, en 2003, por primera vez en la historia, en el punto álgido de la crisis de los préstamos predatorios, la OCC se acogió a una cláusula de la ley del Banco Nacional de 1863 para emitir dictámenes formales que reemplazaron las leyes sobre préstamos predatorios, con lo que las volvieron inoperantes.
—De modo que se utilizó una agencia federal como instrumento contra los consumidores —dijo Nussle.— Con la connivencia del anterior presidente —añadió Rommer.
—¿Y dónde está la autoridad del Estado en estos casos? ¿Miran a otro lado? —preguntó el hombre de Estado.
—Al contrario. Los cincuenta fiscales generales presentaron una moción en el Tribunal Supremo para que la decisión de la OCC fuera anulada. Al frente estaba el fiscal general del estado de Nueva York, quien emprendió una cruzada personal contra la administración.
—Eliot Spitzer —aclaró Sorenson.
—Así es. Spitzer mandó al Washington Post una opinión opuesta al editorial avisando de las prácticas del gobierno sobre los préstamos predatorios.
—¿Y tuvo algún impacto?
—Si lo tuvo, no fue el que esperaba Spitzer. A las tres semanas de haberse publicado el artículo, el New York Times aireó un encuentro de Spitzer con una prostituta. El día que apareció el artículo en la página web del Washington Post, su hotel estaba vigilado por agentes federales.
—¿Coincidencia?
—Sólo si uno cree en el ratoncito Pérez, la alfombra mágica, la lámpara de Aladino o Santa Claus.— De todos modos, la insistente obstrucción del Tesoro a partir de entonces, pese a la oposición unánime de los cincuenta estados, da a entender que estaba en juego una intención política de más amplio alcance —dijo Nussle.
—En la misma línea —señaló Summers—, la interminable burbuja inmobiliaria permitió a la anterior administración compensar el coste añadido de un billón de dólares de su desgraciada aventura en Iraq al crear títulos espurios que se vendieron por cientos de miles de millones, no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo.
—Y entonces el sistema de crédito internacional se colapsó debido al exceso de préstamos hipotecarios contaminados —terminó Volcker.
—A largo plazo, era una decisión política incorrecta. Sin embargo, estás sugiriendo que el anterior presidente lo hizo todo a propósito.
—Porque a corto plazo la crisis financiera y el rescate les permitieron iniciar una guerra costosa sin sufrir la debilitante inflación que provocó en Estados Unidos la Guerra de Vietnam.
Hubo una pausa.
—Ahora quiero estudiar la posibilidad de una guerra, en casa o en el extranjero. —El presidente asintió hacia el secretario de Estado.
—Gracias otra vez, señor presidente. Norteamérica superó la depresión de la década de 1890 con la Guerra de Cuba. Sólo se salvó de la Gran Depresión de la década de 1930 con la Segunda Guerra Mundial. Y salió de la recesión de finales de la década de 1940 gracias a la Guerra de Corea. Ahora, dada la crisis actual, que nos afecta tanto a nosotros como al resto del mundo, debemos afrontar el peligro de otra guerra. —Hizo una pausa—. Tras los episodios de Letonia,
Hungría, Lituania, Islandia, Alemania y Reino Unido, nos quedan pocas opciones.
El presidente miró el reloj.
—Es bastante tarde, damas y caballeros. Cancelen su agenda para mañana. Ésta es una prioridad A-1. Les veré aquí a las cuatro de la tarde. Buenas noches a todos.

26

Se pusieron en marcha pasada la medianoche. Pero la hora no importaba. Cristian lo entendería. No tardaron más de veinte minutos en detenerse frente a un edificio de piedra roja un tanto ruinoso, rodeado en un lado por un jardín descuidado y en el otro por un campo de juegos en miniatura. Simone y Michael se quedaron sorprendidos por la austeridad de la fachada, pues sin duda imaginaban que el famoso banquero viviría en uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York. Llamaron por el interfono y entraron al instante. Una maciza doble puerta de hierro forjado, enmarcada sin pretensiones por un tubo de hierro, se cerró tras ellos con un lúgubre golpe. Atrás quedaba el murmullo del tráfico nocturno.
—¿Estás seguro de que es aquí? Ha pasado mucho tiempo —preguntó Michael.
—Las apariencias engañan —gruñó Curtis.
—Estaba bromeando, no lo tomes como algo personal —replicó Michael con tono agrio.
Pasaron frente a una ancha escalera de piedra en el centro del vestíbulo y subieron a un viejo y destartalado ascensor. Curtis pulsó la A del ático. El ascensor gimió cuando llegó a la primera planta, dio una sacudida vacilante cuando pasaron la segunda, desaceleró en la tercera, avanzó a trompicones al superar la cuarta, aceleró en la quinta y se paró a regañadientes en el ático, jadeando, mientras se desembarazaba de sus tres ocupantes. Simone suspiró de alivio. Como fruto de una señal convenida, se abrió la pesada puerta y apareció la delgada y adusta figura de Cristian Belucci. La bata de seda le daba un porte regio. Rondaba la setentena y tenía el blanco pelo largo y suelto hasta los hombros, con la raya a la derecha para disimular las entradas.
—Mi querido Curtis, ¿cómo estás? ¡Han pasado tres años..., no, cuatro! —gritó el banquero con su voz aguda mientras se le acercaba con las manos extendidas. Lo miró de arriba abajo—. Pero bueno, ¡si pareces recién salido de Auschwitz! ¿Qué te ha pasado?
—Es una larga historia.
—Tengo mucho tiempo. —Se volvió hacia sus amigos—. Pido disculpas. Hacía tiempo que no nos veíamos. Me llamo Cristian Belucci. Y vosotros seréis...
—Yo soy Simone Casalaro y él es mi amigo Michael Asbury.
—¿El arqueólogo?
—En realidad, historiador de arcanos —le corrigió Michael.
—Sí, claro, ya me acuerdo. Coincidimos en...
—En Washington, en una recaudación de fondos.
—El Smithsonian.
—Exacto.
—Bueno, vaya sorpresa... —Cristian miró a Curtis—. No sabía que tenías amigos tan exquisitos.
—Él tampoco mencionó su nombre —señaló Michael.
—No me gusta alardear. —Curtis se encogió de hombros.
Todavía en el rellano, charlaron animadamente. Curtis miró, ansioso, hacia el interior iluminado.
—Oh, claro. Perdonad, por favor. Qué descortés por mi parte... —dijo el banquero—. Bienvenidos a mi humilde morada.
Simone fue la primera en cruzar la puerta y quedarse boquiabierta. El estudio de Cristian no se parecía a ningún otro espacio que hubiera visto antes. En todo caso, no era precisamente lo que uno llamaría humilde morada. Tenía más de opulencia exagerada: dos alas, conectadas por una tercera que corría paralela al río, altísimas ventanas con vidrieras de colores, suelo de mármol, frescos dedicados a las glorias de Venecia del siglo XVI y piedra de color gris cremoso. El espacioso salón rectangular, contenido en las tres alas, estaba flanqueado por hornacinas que albergaban estatuas de artistas ilustres del Renacimiento. Un imponente patio cuadrangular daba paso a otra terraza con vistas magníficas sobre la ciudad. Simone miró alrededor mientras se dirigía al centro de la estancia.
—Iban a tirar el edificio abajo —dijo Cristian como disculpándose—. Así que compré los cuatro pisos y construí esto en el ático. Voy a encender la luz. Es mejor si está iluminado. —De pronto, centenares de bombillas resaltaron el esplendor del lugar. Simone soltó un breve grito.
—¡Es exactamente igual que la sala Tribuna de la Galería de los Uffizi en Florencia! — exclamó, incrédula.
—Es más bien una buena copia —indicó Cristian—. Encargué a un arquitecto de la familia, Francesco Buontalenti, que me hiciera una réplica de los Uffizi. Claro, viviendo en Nueva York la echo mucho de menos.
Construida sobre un plano octogonal, la Tribuna se inspiraba en la Torre de los Vientos de Atenas, descrita por Vitrubio en su primer libro de Arquitectura. La estructura contenida en ella era un tema cósmico que aludía a los cuatro elementos del universo. Largos manuscritos extraídos de libros, notas indescifrables escritas con mano firme en innumerables hojas de papel, hileras y más hileras de estantes con libros... Simone estaba asombrada por la magnificencia que la rodeaba.
—¿Vive usted aquí?
—Aquí es donde existo, Simone. Éste es mi mundo, provisto de todas las comodidades necesarias. La verdad es que no me prodigo mucho en sociedad. De hecho, Curtis puede confirmártelo, nunca me he sentido cómodo entre la multitud. Aquí puedo estar solo —dijo en voz baja, mirando a lo lejos.
—¿Y de dónde saca el tiempo? Siempre está asistiendo a fiestas, actos benéficos, o hablando en reuniones internacionales —comentó Simone.
—Es parte de una actuación cara, Simone. Pero va con el cargo.
Llovía ligeramente. El cielo anaranjado daba paso a un gris sombrío. A lo lejos se oyó un estruendo, y las sobresaltadas palomas alzaron el vuelo. Cristian se acercó a un armario de pared y tiró de una palanca. Tras él apareció un bar bien surtido. Abrió una botella de Single Malt Scotch Whisky y se sirvió un trago.
—¿Alguien quiere beber algo? Tengo una excelente selección de cosechas.
Simone miró a Curtis.
—Me apetece una taza de té, gracias.
—¿Y tú, Michael?
—Tomaré un scotch, si no le importa.
—Curtis, querido —dijo Cristian, andando con el garbo de un bailarín—, ya conoces las normas de la casa. Dejémonos de ceremonias. Sírvete tú mismo lo que quieras. Y a partir de ahora —se volvió y miró a los otros dos—, esta regla es aplicable también a vosotros. —Meneó el dedo en broma ante Michael y Simone—. Y bien...
Cristian se sentó en una butaca de su biblioteca repleta de libros y cruzó las piernas. Observó a su amigo en silencio, absorbiendo todos los detalles como un banquero de inversiones que asimilara un balance. Curtis se sirvió una copa y se volvió para mirarlo.
—Sé que te mueres de ganas por preguntar. Pues venga, adelante.
—De acuerdo —dijo el banquero, bajando el vaso—. ¿Qué pasó en Roma?
—Mi compañero y yo debíamos custodiar a un viejo testigo japonés. Tenía que ver con los crímenes contra la humanidad. De hecho, no conozco toda la historia. El conjunto de la operación estaba muy compartimentado. Era una acreditación Cuatro Cero, un asunto de prevención máxima, del presidente de Estados Unidos a través de Naciones Unidas. Aquella misma mañana iban a ponerlo bajo custodia de la ONU. Alguien se enteró e introdujo a su propio equipo en la ecuación. Su plan era llevarse al viejo, matarlo y borrar la pizarra. Al parecer, se trataba del último testigo vivo. Eran criminales de guerra, de la peor calaña, pero él quería contar una historia que alguien deseaba oír.
—¿Una historia de hace sesenta años? —señaló Cristian—. Interesante. Ya sabes, el desconcierto es el arma más poderosa. No, es la segunda, detrás del miedo. El secreto será de gran importancia si han llegado al extremo de intentar eliminar todo rastro del mismo. Pero ¿por qué ahora?
—Eso quisiera saber yo...
—Una invitación a una decapitación —añadió despacio Cristian—. Pero ¿de quién? ¿Qué le pasó a tu amigo?
—Murió en el fuego cruzado.
—Daño colateral, como habrías podido caer tú. Evidentemente, alguien pensó que eras prescindible.
—Pues se equivocó.
—En efecto. ¿Quién se chivó? ¿Alguien del gobierno?
—No lo creo. Cuatro Cero es algo estrictamente reservado. El círculo es reducidísimo.
—¿Y la Interpol?
—Tal vez. Era una XD Prioridad Máxima Etiqueta Roja.
—¿Naciones Unidas? —preguntó Cristian sin dar crédito, alzando la voz.
—No lo sé. Era HCM, material muy confidencial.
—Cierto. Muy compartimentado. ¿Quién lo sabía en la ONU?
—La comisionada para los Derechos Humanos y sus dos colaboradores de más confianza.
—Eso será territorio de Arbour. —Cristian hizo una pausa y descruzó los brazos—. Hemos coincidido algunas veces en actos internacionales. Es tranquila, rigurosa, brusca y sobre todo exigente. Para algunos una arpía, pero yo no sería tan duro. Al fin y al cabo, es una mujer inteligente que destaca en un mundo de hombres. Una buena chica francocanadiense de Shefferville que, por instinto, supo cómo abrirse paso a empujones. Si quisieran sobornarla, no tendrían ninguna posibilidad.
—Parece una contradicción.
—¿Cuál?
—Tranquila, rigurosa, brusca...
—Sólo los ideólogos se permiten el lujo de gritar. En general, las personas inteligentes tienen otras cosas en la cabeza.
—No me pareció una ideóloga.
—O sea que la conoces.
—Fue a verme al hospital en Roma.
Cristian asintió.
—Ajá. Propio de Louise. Es muy leal a la gente como tú, tranquila y eficiente. —Se incorporó —. Las historias que tú y ella podéis contar son distintas, pero están atravesadas por temas comunes. Violencia, muerte, dolor, pérdida o apariencia de pérdida, y finalmente memoria. En las guerras las personas cambian. —Alzó la mano, como previendo la siguiente pregunta de Curtis.
—¿Y tú? No salgo de mi asombro. Fama, gloria, aventuras... —comentó Curtis.
Cristian torció el gesto.
—Te has olvidado de la fortuna. Un idiota de Money Magazine me ha incluido en la lista de las doscientas personas más ricas del mundo.
—¿Y?
—Chismorreos aburridísimos. Ya conoces la historia. Vietnam, servicio civil, Harvard, negocio familiar, matrimonio feliz..., cáncer, luego la muerte de ella, alcohol para ahogar las penas, y después nada.
—¿Cómo lo llevas?
—Me temo que mal. No negaré que intento desesperadamente llenar el vacío cruzando el globo en busca de causas justas en las que colgar mi sombrero filantrópico y distraerme. —Hizo una pausa —. Al menos de forma temporal.
Allí estaban las imágenes, los indescriptibles momentos recordados, expulsados
provisionalmente de su vida sólo para levantarse y atacarlo cada vez que se negaban a permanecer enterrados. Cuánto deseaba el olvido, un indulto temporal, aunque lo bastante largo para ahogar su tristeza y hacer que se desvaneciera la pesadilla, sólo una vez más. Tenía la mirada perdida, nublada. Cristian tomó un sorbo de su copa antes de continuar:
—Ah, me olvidaba... —Metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta—. Si hay alguna urgencia, por favor, llama a este número. Aquí está tu equipo telefónico, Curtis. Es un teléfono especial. Utiliza tecnología digital de espectro difuso.
—¿Digital qué? —preguntó Simone.
—El espectro difuso se usó por primera vez en la Segunda Guerra Mundial como método para evitar que los torpedos fueran interceptados en su trayecto hacia el objetivo. Estas señales son difíciles de detectar y desmodular, además de resistentes a los bloqueos o interferencias, porque se difunden en diversas frecuencias —explicó Curtis.
—¿Cómo?
—Simone, imagínalo como un Dante tecnológico. —El ranger sonrió—. Lo importante es que los tipos malos no puedan escucharnos.
—Exacto —dijo Cristian, que se volvió hacia Simone—. ¿Puedo hacerte una pregunta, señorita?
—Desde luego.
—¿Cómo has acabado liada con Curtis? Por lo que veo, él y tú no sois del mismo barrio.
—Soy experta en el Renacimiento.
—¿Ah, sí? Interesante... —Cristian arqueó las cejas y miró burlonamente a Curtis. Simone advirtió en el rostro del banquero una sonrisa pícara.
—No, no es eso. Lo conocí a través de Michael.
—Claro, mil perdones. Qué impertinente he sido. —Calló un momento—. ¿Y qué tienen en común un cualificado experto en Operaciones Especiales, una especialista en el Renacimiento y un historiador de arcanos?
Simone dejó de sonreír mientras miraba al banquero y a sus amigos.
—Mi hermano fue asesinado, y yo no podía resolverlo sola.
Cristian pareció consternado.
—Lo siento. ¿Cuándo ocurrió?
—Hace poco, en Shawnsee, Oklahoma.
Con la ayuda de Michael, Simone repasó la historia, omitiendo, tal como había remarcado Curtis, la parte relativa a PROMIS y pasando por alto Octopus. Aquello la estaba desgarrando, pero también actuó como un antídoto, curando su angustia. El tiempo es un verdadero narcótico. O bien el dolor va desapareciendo al seguir su curso, o bien se aprende a convivir con él. En su caso, el dolor no había desaparecido, pero Simone se dio cuenta de que su insistencia en la búsqueda de la verdad aligeraba su peso.
—Pero... ¿por qué él? —inquirió el banquero.
—Ojalá lo supiera —contestó Simone.
—Sin embargo, ahí está la clave, ¿verdad, Curtis? Algo que Danny sabía. Y algunos llegaron al extremo de asegurarse de que ese algo jamás llegaría a saberse. —Descruzó las piernas y se puso en pie—. De modo que estamos en un callejón sin salida.
—Tenemos los papeles de mi hermano.
Curtis la miró, contrariado.
—No —la corrigió—. Lo que tenemos es un par de palabras y un número que pertenecen a una caja de seguridad anónima. Si tenemos suerte y damos con la combinación, quizá podamos ver qué hay dentro. Simone cree que Danny escondió pruebas de lo que estaba investigando.
—¿Y tú no?
—No estoy autorizado a hacer conjeturas.
—Entiendo que lo haréis mañana —dijo el banquero—. Así que buenas noches, amigos. —Los acompañó a las habitaciones—. Descansa, Curtis, es la mejor arma. Que duermas bien.

El teléfono cuyo número no estaba incluido en la agenda siguió sonando durante una eternidad. Un hombre intentaba hablar con un importante político de Washington, una figura destacada en la toma de decisiones. La casa a la que llamaba estaba al final de la calle Veinticuatro Norte, en Arlington, Virginia, y se elevaba sobre el río Potomac. Se trataba de una mansión blanca retirada de la carretera, rodeada de cedros rojos y robles imponentes. El político importante era, de hecho, el antiguo secretario del Tesoro, colaborador en muchas causas de interés en todo el mundo. «El secretario tiene corazón para los pobres», le gustaba decir a su gente. Cabría pasar por alto la irregularidad geométrica y la aparente hilaridad de la frase, ya que por «pobres» no se referían a los cientos de millones de personas hambrientas y desnutridas, sino a «los pobres de espíritu», pues de ellos es el reino: los senadores, generales y primeros ministros que se acercaban al final de la calle Veinticuatro de Arlington en limusinas negras y descomunales todoterrenos para rendir homenaje al dios del dinero.
—¿Sí? —El señor secretario cogió su teléfono privado y buscó a tientas las gafas en la oscuridad. El reloj marcaba las tres y diecisiete de la mañana.
—¿Señor secretario?
—Supongo que es importante. O eso, o está usted en el huso horario equivocado.
—Lo es, confíe en mí. Los han seguido hasta un edificio de Lower Manhattan.
—¿Ah, sí?
—Espere, falta lo mejor. El hombre que han ido a ver se llama Cristian Belucci.
—¿El del Banco Mundial? Caramba, vaya notición. Esto se pone interesante. Un hombre famoso que guarda secretos. ¿Cuál es la conexión? —Se aclaró la garganta.
—No lo sé. Nuestra gente está en ello.
—Lo necesito para ayer. ¿Está claro?
—Como el agua.
—Seguimos el enlace. ¿A cuántos tenemos sobre el terreno?
—¿Listos? Seis. Tres equipos.
—Pon dos sobre él.
—Entonces nos quedan cuatro para cubrir a los tres.
—Sospecho que esto tiene una explicación.
Hubo una pausa.
—El que sobrevivió en Roma está en el apartamento de Belucci con el Enterrador y el Hada, como usted los llama.
—Bien. Hoy puede ser nuestro día de suerte.
—Ojalá pudiera compartir su entusiasmo, señor. El soldado Joe nos da mucho trabajo. Es una complicación innecesaria.
—Lo imprevisto funciona. Él nos guiará hasta nuestro objetivo. Dedica todo lo que puedas a Belucci. Tengo la impresión de que va a entrar en escena.
—¿Cuál es su papel?
—No lo sé. A mí lo que me interesa es la secuencia de los hechos.
—¿Y eso qué significa, señor secretario?
—Significa que deberemos aplicar las matemáticas. Un niño puede mirar un dibujo y no verlo, pero está ahí. Tenemos que averiguar cómo están conectados los hechos. Las secuencias verdaderas no cambian. Los patrones del pensamiento humano tampoco. Saca todo lo que puedas del muerto y haz un gráfico con todos sus contactos. Que los equipos estén en sus puestos a partir de las seis.
—Buenas noches, señor secretario. Quizás hayamos descubierto al benefactor financiero del periodista muerto.

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