Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

viernes, 3 de diciembre de 2010

Cuando las corporaciones gobiernan el mundo (IV)

Viene de aquí.

La Justificación Moral de la Injusticia
Del libro: “Cuando las corporaciones gobiernan el mundo”.
por David Korten.
Publicado por Kumarian Press.

Los filósofos morales del liberalismo de mercado introducen distorsiones olvidando la distinción entre los derechos del dinero y los derechos de las personas. De hecho, ellos han equiparado la libertad y derechos de los individuos con la libertad del mercado y los derechos de propiedad. La libertad del mercado es la libertad del dinero, y cuando los derechos están en función de la propiedad en lugar de la personalidad, sólo quienes tienen propiedad tienen derechos.

Además, sosteniendo la ideología que la única obligación del individuo es honrar los contratos y derechos de propiedad de los otros, la filosofía "moral" del liberalismo de mercado libera eficazmente a los que tienen propiedad de su responsabilidad hacia quienes no la tienen.

Ignora la realidad entre que los contratos entre el débil y el poderoso raramente están hechos en igualdad de condiciones, y que la institución del contrato, como institución de propiedad, tiende a reforzar e incluso aumentar la desigualdad en sociedades desiguales.

Legitima y fortalece sistemas que institucionalizan la pobreza, incluso sosteniendo que la pobreza es una consecuencia de la indolencia y el carácter congénito defectuoso de los pobres. La premisa más elemental de la democracia es que cada individuo tiene derechos iguales ante la ley y la misma voz en asuntos políticos - una persona, un voto. Podemos admitir legítimamente al mercado como árbitro democrático de derechos y privilegios, como los defensores liberales del mercado, sólo para difundir que los derechos de propiedad estén distribuidos con equidad.


Aunque un mercado puede establecer eficazmente con absoluta arbitrariedad, que 358 personas billonarias son titulares de un valor asociado de $ 760 mil millones, equivalente al valor de 2.500 millones de pobres del mundo, no puede aceptarse que el mercado está funcionando justa o eficazmente, y se pone en cuestión la legitimación del mercado como institución. Publicaciones como Fortune, Business Week, Forbes, the Wall Street Journal y The Economist - todos los apasionados defensores de los liberales corporativos - si alguna vez lo hacen, raramente alaban una economía por su avance hacia la eliminación de la pobreza de más de mil millones personas que viven privados en absoluto, o tratando de avanzar hacia una mayor justicia.

Más bien, ellos normalmente evalúan la actuación de las economía por el número de millonarios y billonarios que producen, la idoneidad de gerentes por la frialdad con la que echan miles de empleados, el éxito de la personas por la cantidad de millones de dólares que ganan al año, y el éxito de las empresas por la extensión mundial de su poder y su capacidad de controlar los mercados globales.

Por ejemplo, si tomamos la cabecera del 5 de julio de 1993, de la edición de Forbes, aplaudiendo los logros extraordinarios del mercado libre bajo el lema "Conozca los Nuevos Billonarios del Mundo": "Como la desilusión con el socialismo y otras formas de economía estatista se extiende, la iniciativa privada personal se está liberando para reclamar su destino".

"La riqueza, ciertamente, sigue. Las dos grandes aperturas de la libre empresa de esta década se han desarrolado en América Latina y el Lejano Oriente. No por casualidad, los grupos más grandes de nuevos billonarios de nuestra lista han ascendido de la levadura de estas dos regiones. Once nuevos billonarios mexicanos en dos años, sietes de raza china, más."

Siguiendo una posición ligeramente más populista, Business Week presentó un informe especial titulado "Un Millonario por Minuto" en su edición del 29 de noviembre de 1993. Incluyó una larga lista de lo que el mercado libre ha logrado en Asia:

"La riqueza, hace sólo una generación, para la mayoría de los asiáticos esto significaba ir a EE.UU., o venderle recursos naturales a Japón. Pero ahora, Asia Oriental está generando su propia riqueza con una velocidad y escala que probablemente no tenga precedentes históricos. Se espera que el número de multimillonarios asiáticos no japoneses se duplique a 800.000 en 1996.... Asia oriental superará a Japón en poder adquisitivo dentro de una década. Y con economías que aumentan $ 550 mil millones anualmente, se está convirtiendo en la fuente más grande del mundo de capital líquido. "En Asia," dice Olarn Chaipravat, ejecutivo principal de Siam Commercial Bank, "el dinero está por todas partes.”... hay nuevos mercados para todo, desde automóviles Mercedes Benz a teléfonos móviles Motorola, los fondos mutuos de Fidelity.... Para encontrar el precedente más cercano, necesita volver a la historia americana de hace 100 años a los días anteriores a los sindicatos fuertes, perros guardianes de securities y las leyes antitrust."

Tales historias no ensalzan solo la persecución de la codicia, sino que la elevan sutilmente al nivel de una creencia religiosa personal. No importa que aunque unos asiáticos han hecho inmensas fortunas y una minoría diminuta de asiáticos ha subido a la clase de sobreconsumidores, el sufrimiento de los 675 millones de asiáticos que viven en la pobreza absoluta continúe constante.

En una edición especial de 1994, "Capitalismos del Siglo 21," Business Week confirmó que la economía del mercado es un problema de clase y que los librepensadores corporativos tienen claro cuales intereses de clase están avanzando: "La muerte del comunismo claramente dio origen a una nueva era, dejando a la mayoría de las naciones con una única opción a seguir... la economía de mercado.... a casi 150 años después de la publicación del Manifiesto comunista, y más de medio siglo después del ascenso del totalitarismo, la burguesía ha ganado."

La auto-proclamada "objetividad del interés libre" del racionalismo económico se alinea fácilmente con la filosofía moral elitista del liberalismo del mercado. Raramente ha sido revelado más rigurosamente que en un memorandum personal ampliamente publicado, escrito por Lawrence Summers en su experiencia como economista principal del Banco Mundial.

Summers dice que es económicamente muy eficaz para los países ricos instalar sus basuras tóxicas en países pobres, porque los pueblos pobres tienen menor expectativa y menos probabilidad de ganancias que los ricos. En el comentario siguiente en el memorando de Summers, The Economist sostuvo que es un deber moral de los países ricos exportar su polución a los países pobres porque esto les proporciona oportunidades económicas de las que se verían privados por los pueblos pobres.

Los racionalistas económicos normalmente sostienen que los países ricos ayudan mejor a los países pobres al aumentar su propio consumo, en otra retorcida auto-justificación de lógica moral, aumentar la demanda para las exportaciones de los países pobres, estimula su crecimiento económico, así se saca a los pobres de la pobreza. Negando o ignorando la existencia de límites medioambientales, sostienen que no hay ninguna base moral o práctica por reducir el consumo de los ricos para evitar la eliminación de los pobres.

Al contrario, expresan, es deber moral de los ricos consumir más para crear más crecimiento y proporcionar más oportunidades para los pobres; una racionalización conveniente para las exenciones de impuesto para los inversores y la colonización de más recursos en el mundo y apoyar el consumo auto- complaciente de los que pueden permitirse ese lujo.

Es poco sorprendente que el racionalismo económico y el liberalismo de mercado acudan a las personas ricas. Si los racionalistas económicos y liberales de mercado aplicaran seriamente los principios del mercado y los derechos humanos, exigirían políticas dirigidas a lograr las condiciones para que los mercados funcionen en forma democrática y en el interés público. Estarían exigiendo medidas para eliminar los subsidios y el tratamiento preferencial para las grandes corporaciones, para deshacer monopolios corporativos, animar la distribución de la propiedad, internalizar los costos sociales y medioambientales, radicar capitales en plaza, afianzar los derechos obreros y los justos frutos de su trabajo, y limitar la posibilidad de de obtener ingresos individuales extraordinarios, extremadamente más grandes que sus contribuciones productivas.

El liberalismo corporativo no está para crear las condiciones del mercado que las teorías de mercado sostienen que producirán un mejoramiento en el interés público. No existe en absoluto por el interés público. Está para defender e institucionalizar los derechos de los económicamente poderosos para hacer cualquier cosa que sirva mejor a sus intereses inmediatos sin la responsabilidad pública por las consecuencias. Otorga poder a instituciones ciegas a los problemas de justicia y equilibrio medioambiental. Millones de personas reflexivas, inteligentes que sospechan de este gran gobierno, creen en el trabajo duro honrado, tienen valores religiosos profundos, y se comprometen con la familia y la comunidad, están siendo engañadas por una información falsa e intelectualmente retorcida y la lógica moral constantemente repetida en los medios de comunicación controlados por las corporaciones. Están siendo derrotados por una agenda política que tiende a lo opuesto a sus valores e intereses.

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Declinación del Pluralismo Democrático
Del libro “Cuando las corporaciones gobiernan el mundo.”
Por David Korten.
Publicado por Kumarian Press.

El Caso de Suecia

Suecia es conocida entre los países industriales occidentales por su éxito logrando la prosperidad y justicia social combinado elementos de los modelos capitalista y socialista dentro de un armazón fuerte de pluralismo democrático. La experiencia de Suecia ofrece ejemplos instructivos de la dinámica del pluralismo y las consecuencias de la globalización.

Algunos piensan que la industrialización llegó a Suecia, cien años después que a Inglaterra. Y hasta los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, Suecia seguía siendo un país sumamente pobre. En el campo, muchas personas se mantenían con pequeñas granjas, que, dada la pobreza de la tierra y el clima, apenas les proporcionaban lo necesario para vivir. Algunos murieron en hambrunas o emigraron. Muchos otros, incluso bien entrado el siglo XX, vivieron en condiciones de servidumbre, en propiedades grandes. El analfabetismo estaba extendido. A fines de 1940, todavía era normal para una familia vivir en un apartamento que consistía en un cuarto más una cocina (los retretes eran compartidos con otras familias). Incluso la casa real sueca era relativamente pobre con relación a las normas de la mayoría de sus primos europeos.

El éxito moderno de Suecia se debió a la creación del Partido Social Demócrata sueco que se fusionó y logró un acuerdo general nacional que lo mantuvo en el poder por cuarenta y cuatro años, desde 1932 a 1976. Los Socialdemócratas construyeron el sistema de bienestar social cuidadoso de Suecia. Sus políticas de sueldos dieron trabajo a personas de clase media y crearon un grado sustancial de justicia de sueldos y mayor igualdad entre los sueldos de mujeres y hombres que en cualquier otro país capitalista.

Los Social Demócratas consideran como importante prioridad mantener el pleno empleo. Para animar a las empresas transnacionales suecas como Volvo, Electrolux, Saab, y Ericsson a concentrarse en sus operaciones en Suecia, una tasa de impuestos aplicables realmente eficaz era mucho más baja para las ganancias generadas en Suecia que para aquéllas generadas en el extranjero. Una alianza entre las mayores corporaciones industriales suecas y el trabajo organizado sirvió como base política del partido y apoyó la centralización y negociación pacífica de sueldos, condiciones de trabajo entre sindicatos nacionales y organizaciones patronales. Esta alineación produjo beneficios significativos para los grandes sindicatos y el gran capital.

Sin embargo, este acuerdo tenía fallas estructurales importantes, que en el futuro lo desestabilizaron. Una era un sistema de impuestos que subvencionó a las empresas más grandes que se estaban extendiendo e invirtiendo a costa de empresas pequeñas y familiares. Esto llevó a una concentración creciente y monopolización de la propiedad en la economía sueca. Aunque las políticas de sueldos enfatizaron la igualdad dentro de la clase obrera, la grieta entre la clase obrera y los que controlaban el capital creció substancialmente. Al principio esta circunstancia fue considerada como el precio para mantener el compromiso de los industriales a la unidad. Pero, al final, provocó la destrucción de esa unidad.

Cuando el primer shock del petróleo golpeó, aumentando los precios en 1973-74, el retraso económico resultante originó una crisis fiscal y activó la resistencia popular a los impuestos más altos. Durante este mismo periodo, Suecia estaba abriendo sus fronteras económicas y convirtiéndose en un protagonista más activo en la economía internacional. Esto cortó los lazos que ligaban el capital con el trabajo local y debilitó los movimientos obreros nacionales. En las primeras fases de la globalización, la expansión exterior de las empresas suecas generó nuevo empleo interno, y los objetivos de las dos partes de la alianza no se enfrentaban significativamente. Pero una vez que los transnacionales de Suecia empezaron a definir sus propios intereses como ente global más que nacional, la alianza entre obreros de cuello azul y los dueños del capital se empezó a desintegrar.

En esa época, los obreros de cuello blanco superaban a los obreros de cuello azul muy educados de Suecia, y la generación más joven daba por supuesto el estado de bienestar, debilitando más la base política de los Social Demócratas de Suecia. La contradicción creciente entre el apoyo del gobierno a la expansión global de las transnacionales suecas y la necesidad de crear empleo y aumentar los sueldos reales internos ya no pudo sostenerse.

En 1976, los Socialdemócratas perdieron la elección para el gobierno contra una coalición de tres partidos de centro-derecha. Cuando los Social Demócratas volvieron al poder en 1982, eran un partido destrozado que intentaba promover políticas que les permitirían márgenes de ganancia suficientes a los industriales de Suecia en la inversión local para que siguieran "creyendo en Suecia," una frase acuñada por P. G. Gyllenhammar, el presidente de Volvo.

Mantener la fe en Suecia significaba aumentar la porción del producto nacional destinada a ganancias en relación con los sueldos, de manera que los industriales de Suecia sintieran que valía la pena realizar inversiones internas. Esto se aceptó como el precio para mantener pleno empleo en un momento en que el desempleo estaba aumentando en otras partes en Europa con tasas del 8 al 9 %.

Las políticas resultantes provocaron ganancias corporativas a niveles previamente inimaginables. Con tanto más dinero en sus bolsillos que podría ser absorbido para inversiones productivas, los inversores suecos se volcaron a la especulación arrastrando los precios de bienes raíces, arte, estampas, y otro bienes especulativos. Para detener la escalera de caracol ascendente, el gobierno liberó los controles monetarios para que los los fondos excesivos pudieran liquidarse en Europa.

El dinero fluyó hacia fuera, en tal proporción que ayudó a elevar los precios de los bienes raíces en Londres y Bruselas. Como la burbuja especulativa se alimentó de sí misma, las ganancias rápidas ofrecidas por la especulación agotaron los fondos para las inversiones productivas dentro de Suecia. Finalmente, cuando esa burbuja especulativa en bienes raíces estalló, el sistema bancario sueco perdió $18 mil millones. ¡La deuda fue asumida por el Estado y se transfirió a los contribuyentes suecos!

Durante este periodo, los más importantes industriales de Suecia jugaron un papel activo desmantelando el "modelo sueco" que había sido construido por la alianza Socialdemócrata. La Federación de Patrones suecos rechazó negociar sueldos centralizados que había sido uno de las piedras angulares del modelo y se habían aliado con el Partido Conservador. Esto también afectó al equipo de pensadores que se comprometieron con la ideología corporativa de la economía liberal y dirigieron un esfuerzo de relaciones públicas mayor, exaltando al individualismo y al mercado libre mientras declaraban al estado Socialdemócrata como opresivo e inepto. Esto llevó al debilitamiento del aparato político del estado y su capacidad de definir políticas a largo plazo.

En 1983, el presidente de Volvo P. G. Gyllenhammar se encaminó a llenar la vacante del Roundtable of European Industrialists (Mesa Redonda de Industriales europeos), compuesta por los jefes de las principales transnacionales europeas, incluyendo Fiat, Nestlé, Philips, Olivetti, Renault, y Siemens. El propósito era definir políticas a largo plazo para el Estado y servir como lobby internacional para presionar por su aplicación. A finales de 1992, el 2 % más rico de las empresas suecas poseían el 62 % por ciento del valor de las acciones negociadas en la bolsa de valores de Estocolmo y el 23 % de toda la riqueza del país. Mientras la clase media sueca se empobrecía entre 1978 y 1988, las 450 empresas más ricas doblaron sus recursos.

El desempleo había estado debajo de 3 % cuando se votó contra los Socialdemócratas sacándolos del gobierno. Subió al 5% en 1992 y se proyectó llevarlo al 7 %, aunque otro 7 % de la fuerza de trabajo estaba comprometido en programas para volver a entrenarse en proyectos anti-cíclicos y de empleos públicos.

Desde el principio, el modelo sueco tuvo las semillas de su propia destrucción:

- Construyó una élite financiera poderosa cuyos intereses estaban alejados de los de la mayoría de la clase media.
- Engendró un sentido de complacencia con el bienestar entre las personas suecas.
- No instaló en la generación más joven una conciencia de la necesidad de la democracia de ser recreada continuamente para el control constante del ciudadano y el activismo político.
- Su prosperidad se construyó sobre la explotación no sustentable de los recursos naturales de Suecia de madera, minas de hierro y energía hidroeléctrica.
- Cuando las élites adquierieron un mayor poder financiero, pudieron invertir sus demandas en recursos financieros sin hacer la contrapartida productiva correspondiente.
- Cuando se abrieron las fronteras económicas, el trabajo de quienes dependían de un sueldo para realizar trabajos productivos, se volvieron rehenes de quienes controlaron el capital.

El gobierno, en su desesperación por mantener una actividad interna, cedió a las demandas de las élites financieras, y mayor la cantidad de dinero pasó a sus manos, y aumentó su poder para dictar políticas públicas en su propio interés, y aumentaron las tensiones en el tejido social. El paralelo a la experiencia americana... estaba sucediendo.

La experiencia sueca revela una lección de importancia fundamental: los pluralismos democráticos no pueden sobrevivir mucho tiempo en la desigualdad extrema.

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Cuando el mercado reina, la corporación es el rey.

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Jugando con Reglas Diferentes

Una de las reglas básicas de la economía del mercado es que los participantes en las transacciones del mercado deben hacerse cargo de todos los costos de su inversión, que deben reducir de los beneficios. En la práctica, los participantes del mercado se dirigen normalmente a metas muy altas para apropiarse de los beneficios del éxito para sí mismos y cargar los costos a los demás. Esto crea una tensión entre lo que los mercados eficaces requieren y lo que los participantes del mercado están auto-interesados en hacer. Los participantes del mercado son atraídos específicamente por una corporación como forma de organización comercial porque su naturaleza legal y estructura tienden a eximir a la corporación y sus dueños de la responsabilidad de los costos de sus actividades.

Los accionistas reales, los dueños reales, raramente tienen alguna voz en los asuntos corporativos y no tienen responsabilidad personal más allá del valor de sus inversiones. Directores y funcionarios están protegidos de obligaciones financieras por los actos de negligencia o se cubren con pólizas de seguro pagadas por la corporación. Los generosos honorarios de los gerentes líderes tienen poca relación con su actuación, y raramente son perseguidos por los actos ilegales de la corporación. Actos que traerían aparejada sentencia de prisión o hasta de muerte para los individuos, se resuelven, - en el peor de los casos - con pequeñas multas para las corporaciones que son generalmente insignificantes con relación a los recursos corporativos.

Los juicios de responsabilidad civil constituyen quizás, la mayor amenaza para la malversación corporativa, pero aún en este caso, las corporaciones pueden obtener recursos legales masivos en su propia defensa y tratan de obtener, en forma agresiva, la legislación que limite aún más su reponsabilidad; si ellos pierden, las compañías de seguros pueden cargar con los costos. Es con buena razón que William M. Dugger caracteriza la corporación como "irresponsabilidad organizada."

Al contrario que las personas físicas que están todas por igual destinadas a la tumba en el futuro y cuyas fortunas están sujetas a confiscación por impuestos a la herencia, las corporaciones pueden crecer y reproducirse sin límite, "viviendo" y sumando poder indefinidamente. En el futuro, ese poder puede evolucionar más allá de la capacidad de control de cualquier ser humano, y la corporación se vuelve una entidad autónoma por sí misma y usa su poder para "crear su propia cultura usa una lupa para encauzar la cultura corporativa hacia las ganancias y clasificarlas según su tamaño, y poder.'' Quienes sirven el interés corporativo son bien recompensados y obtienen un poder personal importante por su posición. Pero al fin y al cabo, su poder es otorgado por la corporación, y sirven a la corporación de acuerdo con los intereses de la misma.

Ninguna persona física puede igualar los recursos políticos que una gran corporación puede reunir en su propio nombre. A las corporaciones les puede faltar el derecho al voto, pero éso es un inconveniente sin importancia, dada su capacidad de movilizar centenares de miles de votos entre sus obreros, proveedores, distribuidores, clientes, y el público. La carta constitucional corporativa perdura como una innovación social útil que nos permite satisfacer las necesidades que no podrían satisfacerse por otras formas de organización.

Sin embargo, como la mayoría de las tecnologías, está propensa al abuso y tiene una tendencia a tomar vida independiente del propio interés humano. Libradas a sus propios mecanismos, las corporaciones dominan mercados y eluden los mecanismos teóricos que formulamos nosotros y que sostienen que el mercado debe trabajar por el inerés humano. Nosotros podríamos considerar que las corporaciones son instituciones del anti-mercado. De esa manera resulta totalmente normal que los ciudadanos vean a las corporaciones con el mismo escepticismo que los primitivos colonos americanos, que otorgaron cartas constitucionales corporativas prudentemente, estableciendo reglas claras para su funcionamiento y considerándolos responsable por sus acciones.

Lo más importante de todo es que debemos sacar las corporaciones de la política. Los dueños y gerentes de las corporaciones tienen los derechos plenos de cualquier ciudadano, en su capacidad para participar en la definición de metas públicas y políticas. Sin embargo, las corporaciones, como entidades legales no humanas, creadas para servir el interés público, no tienen lugar en el uso de sus recursos para influir en los procesos por los cuales los ciudadanos definen el interés público y establecen reglas para la conducta corporativa.

Las corporaciones no son personas. Son ajenas a su estilo de vida y ciegas a las complejas necesidades no materiales de las sociedades humanas. Deben tener totalmente prohibida cualquier forma de participación política.  Una carta constitucional corporativa representa un privilegio - no un derecho - que es concedido a cambio de la aceptación de las obligaciones correspondientes. Depende de las personas, los miembros de la sociedad civil - no la persona ficticia de la corporación - definir estos privilegios y obligaciones. Estamos aprendiendo por duras experiencias que la supervivencia de la democracia depende de sostener firmemente a este principio.

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