Solzhenitsyn

“Los dirigentes bolcheviques que tomaron Rusia no eran rusos, ellos odiaban a los rusos y a los cristianos. Impulsados por el odio étnico torturaron y mataron a millones de rusos, sin pizca de remordimiento… El bolchevismo ha comprometido la mayor masacre humana de todos los tiempos. El hecho de que la mayor parte del mundo ignore o sea indiferente a este enorme crimen es prueba de que el dominio del mundo está en manos de sus autores“. Solzhenitsyn

Izquierda-Derecha

El espectro político Izquierda-Derecha es nuestra creación. En realidad, refleja cuidadosamente nuestra minuciosa polarización artificial de la sociedad, dividida en cuestiones menores que impiden que se perciba nuestro poder - (La Tecnocracia oculta del Poder)

viernes, 3 de octubre de 2014

Instituto Tavistock XVIII: Ciencia ficción

Viene de aquí.

El Instituto Tavistock y la ciencia ficción

Muchos especialistas en literatura afirman que la primera novela de ciencia ficción fue Frankenstein, de Mary Shelley. Algunas de las primeras obras que incluyeron temas de ciencia ficción, como los cuentos de Nathaniel Hawthorne, compartían el prudente mensaje de que los hombres no debían emplear la ciencia para interferir en la naturaleza. Más adelante, estas ideas se transformaron en películas de ciencia ficción que a menudo expresaban el poder de la tecnología para destruir a la humanidad por medio de catástrofes como las de la película Armaggedon, guerras entre mundos, situaciones que ponen a la Tierra en peligro o desastres, como ocurre en las producciones de Hollywood: Ultimátum a la Tierra (1951), Cuando los mundos chocan (1951), y los tres éxitos de taquilla Deep Impact (1998), Armageddon (1998) y El libro de Eli (2010). Todas presentan
un futuro siniestro, una visión distorsionada del mundo en una fase de avanzado declive, como la película Metrópolis, rodada en 1927, donde la población está esclavizada, vive bajo tierra y la industrialización ha tenido efectos desastrosos para la sociedad.

Es posible que la primera novela de ciencia ficción haya sido Frankenstein, pero el que creó el género de ciencia ficción, sin ninguna duda, fue H. G. Wells. A finales del siglo XIX, H. G. Wells escribió La guerra de los mundos, un relato que en 1953, más de medio siglo más tarde, se transformaría en un éxito de taquilla de Hollywood. Entre otras obras notables de ciencia ficción escritas por H. G. Wells se encuentran La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau (1886) y El hombre invisible. Pero tuvo que llegar la franquicia para televisión Star Trek para que la ciencia ficción alcanzara al gran público.

Gracias a Star Trek, los viajes espaciales parecieron más plausibles que nunca. Sin embargo, si observamos más detenidamente los temas tratados por la ciencia ficción, veremos que dicho género no es la fuente de iluminación colectiva ni el corpus de literatura imaginativa que pretende ser, sino que está orientado hacia algo mucho más siniestro que es preciso deconstruir. Desde relatos de planetas lejanos, universos multidimensionales incognoscibles, fuerzas inexplicables, organismos microscópicos extraños y extraordinarios o gigantescos monstruos mutantes que atacan a la raza humana, creados por científicos locos o por alguna hecatombe nuclear, como en El monstruo de tiempos remotos (1953), búsquedas imposibles, situaciones improbables, «mundos paralelos» o tecnologías futuristas y alienígenas de inteligencia muy superior a la del hombre, por no mencionar las historias sobre fracasos tecnológicos. Todo forma parte de un conjunto de ataques psicológicos a la idea de la gente de que las leyes del universo son racionales y por lo tanto cognoscibles por la mente humana.

Dichos relatos suelen retratar lo peligroso y siniestro que es el conocimiento («Hay cosas que el hombre no ha de saber»), idea que se repite continuamente en incontables películas de bajo presupuesto como Frankenstein (1931) o La isla de las almas perdidas (1933). Y la amenazante existencial pérdida de la individualidad personal, como en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), la hecatombe nuclear en un mundo posapocalíptico de La hora final (1959). Todas son afirmaciones de la impotencia de la mente humana ante el inmenso cosmos,
imposible de conocer y de controlar. Argumentos que hablan de conspiraciones en relación con el espacio, como Capricornio Uno (1978), superordenadores que amenazan con contaminarnos como en El engendro mecánico (1977), los resultados de la guerra contra los microbios en El último hombre... vivo (1971) y plagas o virus creados en un laboratorio como 28 días después (2002). También están las que tratan sobre la exploración de agujeros negros, como Horizonte final (1997), y la ingeniería genética futurista, la transformación humana y la donación de seres humanos, como en Gattaca (1997) y La isla (2005), de Michael Bay.

Tal como dicen los propios escritores de ciencia ficción, sus relatos están diseñados para «manipular las mentes», es decir, destruirlas. Y no es de extrañar. Generalmente, el género de la ciencia ficción expresa la ansiedad que causa la tecnología en la sociedad y el deseo de predecir y controlar el impacto de los cambios tecnológicos y medioambientales en la sociedad contemporánea.

En muchos relatos de ciencia ficción aparecen alienígenas, criaturas o seres provenientes del espacio o de otras esferas que llevan la lucha mítica a nuevas y alegóricas dimensiones, que reproducen la eterna lucha del Bien contra el Mal a través de guerreros y arquetipos reconocibles, como en El planeta prohibido (1956) y en la ópera espacial La guerra de las galaxias (1977), donde aparecen caballeros y una princesa que debe salvar su reino galáctico.

Tal vez deberíamos creer lo que dijo Hugo Gernsback, fundador de Amazing Stories, la primera revista estadounidense especializada en ciencia ficción:
«La ciencia ficción no es sólo una idea de tremenda trascendencia, sino que además será determinante para hacer del mundo un lugar mejor donde vivir, pues enseña las posibilidades que tiene la ciencia para la vida, unas posibilidades que, ni siquiera hoy en día, son apreciadas por el hombre corriente. [ ... ] Si se pudiera inducir a todo hombre, mujer, niño o niña a que leyera ciencia ficción, sin duda, repercutiría en grandes beneficios para la sociedad. Pues el nivel cultural de sus miembros se elevaría de forma considerable. La ciencia ficción haría más feliz a la gente, le proporcionaría una comprensión más amplia del mundo, la volvería más tolerante. » [1]

Sin embargo, la ciencia ficción no es un simple género literario. En sus orígenes, como en la actualidad, era una herramienta sofisticada, diseñada para atrapar, desorientar y destruir la prometedora mente creativa de la generación joven, que tenía ilusiones «peligrosas» asociadas con la fe en el progreso tecnológico y en el espíritu de innovación. Una vez que ha desaparecido la fe en el poder de la razón humana, queda destruido todo el potencial de un trabajo científico futuro. La actual explosión de medios visuales ha desempeñado un papel decisivo en las películas de ciencia ficción modernas, como El señor de los anillos y Avatar. Hoy en día, más de la mitad de los estadounidenses cree en la existencia de los ovnis, y ha nacido un movimiento basado en sustituir la ciencia y la tecnología por situaciones hipotéticas futuristas.

Una reciente encuesta realizada por la CNN y la revista Time aporta la que seguramente es la confirmación más dramática de los destructivos efectos de casi un siglo de promoción de la ciencia ficción. Según la encuesta, el 80 por ciento de los estadounidenses cree que el Gobierno está ocultando la existencia de formas de vida extraterrestre. El 64 por ciento, que los alienígenas se han puesto en contacto con los seres humanos. El 50 por ciento, que los alienígenas han secuestrado a seres humanos. El 75 por ciento está convencido de que se estrelló un ovni cerca de Roswell. El 26 por ciento cree que deberíamos esperar que nos trataran como enemigos. El 39 por ciento, que los alienígenas tendrían una apariencia física muy humanoide. El 35 por ciento, que los alienígenas parecerían de alguna manera humanos. Casi el 22 por ciento cree haber visto un Objeto Volador No Identificado. Dentro de este último grupo de personas está el expresidente Jimmy Carter, que por lo visto, antes de ser presidente, vio uno de esos objetos sobrevolando la plantación de cacahuetes que tenía en Georgia.

Pocas personas son conscientes de que el género de la ciencia ficción fue diseñado en un laboratorio e inoculado en las mentes de los jóvenes norteamericanos por los mismos políticos y financieros que antes habían patrocinado el comercio de las drogas y más tarde e1 movimiento contracultural de los años sesenta. Lo que a lo mejor sorprende todavía más es que determinados grupos de interés, con visión de futuro, financian las marcas más conocidas.

LOS ALBORES

H. G. Wells, que fue jefe de la Inteligencia Exterior británica durante la Primera Guerra Mundial y abuelo espiritual de la Conspiración de Acuario, fue un protegido del gran darwinista T. H. Huxley, fundador, junto con Cecil Rhodes, de la organización de inteligencia británica Mesa Redonda. La Mesa Redonda es una de las sociedades secretas «abiertas» vinculada a los Güelfos Negros, más conocidos como la Casa de Windsor. Otra es la Sociedad de Carpócrates, directamente relacionada con la reina Isabel II, ella misma güelfo negro por parte de su abuela, la reina Victoria. El miembro más importante de la Mesa Redonda británica fue el barón Harold Anthony Caccia, cuya familia es una de las más antiguas de la Nobleza Negra. A su vez, la Nobleza Negra veneciana estaba relacionada con una organización secreta llamada OC (Organizational Consul), controlada por la Sociedad Thule, que funcionaba como la «organización matriz» de una miríada de partidos, sociedades, unidades paramilitares y grupos terroristas. Las «mayores» creaciones de la Sociedad Thule fueron el partido nazi y su degenerado líder, Adolf Hitler.

Wells, el novelista, era miembro de un grupo de la elitista oligarquía británica, el Club de los Coeficientes. Tanto la Mesa Redonda, más tarde, como los miembros del grupo de los Coeficientes tenían como objetivo establecer un
«imperio feudal dirigido por una aristocracia que controlase los conocimientos y la tecnología y los utilizara para gobernar a una población de ignorantes y drogadictos esclavos de plantación». [2]
Los miembros de los Coeficientes eran un cruce de club de ricos y grupo de expertos moderno que, entre 1902 y 1908, se reunieron una vez al mes para cenar en el hotel St. Ermin de Londres. Entre los miembros de dicho grupo se encontraba el poderoso lord Robert Cecil, un anciano estadista de la familia más poderosa de Gran Bretaña y primo de Arthur Balfour, por aquel entonces primer ministro conservador. Lord Alfred Milner, el alto Comisionado de Sudáfrica, también participaba habitualmente, así como Halford Mackinder, el recién nombrado director de la London School of Economics. También estaban el conde Bertrand Russell y Sidney y Beatrice Webb, socialistas fabianos y defensores de Mussolini. En otras palabras, H. G. Wells tenía detrás a varios de los constructores de los imperios más poderosos del mundo, pertenecientes a las altas esferas de las diversas sociedades secretas y entidades financieras.

El grupo Bilderberg era, de hecho, una extrapolación natural del Club de los Coeficientes. Milner expuso su visión del futuro durante un encuentro celebrado en 1903, más de medio siglo antes de que se fundara el grupo Bilderberg. Hizo hincapié en lo siguiente:
«Debe haber una aristocracia, no privilegiada sino comprensiva y con determinación, o de lo contrario la humanidad fracasará [ ... ] Y aquí es donde surge mi peculiar conflicto con la democracia. Si la humanidad en general es capaz de alcanzar un elevado nivel de educación y la libertad para crear que se requiere, mucho más capaces serán los mejores y más enérgicos miembros de ella [ ... ] La solución no reside en la confrontación directa. Podemos derrotar a la democracia porque comprendemos cómo funciona la mente humana, el espíritu de la persona.
»Necesitamos la imaginación constructiva del vasto grupo de personas poderosas, inteligentes, emprendedoras e influyentes entre las que se difumina el poder hoy en día, para alcanzar la cultura de una aristocracia consciente, sumamente selectiva, de mentalidad abierta y dedicada, que se me antoja que será la siguiente fase necesaria del desarrollo de los asuntos humanos. Yo veo el progreso humano no como un producto espontáneo de gente o de mentes incultas, que se ven empujadas por necesidades elementales, sino como un resultado natural pero complejo de intrincadas interdependencias humanas, de energía y curiosidad humanas liberadas que se mueven por placer, pasiones y motivaciones humanas modificadas y reencauzadas por la literatura y el arte.» [3]
Es decir, la idea de que las masas estén educadas es horrible, porque significaría la muerte de la oligarquía. Las naciones que fomentan el desarrollo de la mente creativa de su población consiguen que su pueblo no esté dispuesto a tolerar indefinidamente gobiernos oligárquicos. No así los pueblos analfabetos y atrasados tecnológicamente. De hecho, una de las razones de que se creara el género de la ciencia ficción fue el aumento de la densidad de población. A mediados del siglo XVIII, los grupos de interés de la oligarquía veneciana dispersados por toda Europa estaban pendientes de lo que se hablaba en los círculos de Leibniz: que existía una relación directa entre el grado de progreso tecnológico y la densidad de población.

Tal como dijo el escritor Jan D. Colvin en su libro The Unseen Hand in English History [La mano invisible de la historia de Inglaterra]:
«el principal objetivo de la política, como bien saben los hombres inteligentes, es el interés. Los gritos estentóreos y los plausibles principios por los que los jóvenes y los ingenuos creen, por lo general, que se está librando la batalla suelen ser pretextos, la bandera, el color de la acción. Los hombres y, sobre todo, los políticos, rara vez revelan sus verdaderos motivos; antes bien, casi siempre los envuelven en alguna virtud, alguna fe o alguna abstracción verosímil». [4]
Aunque cualquiera que entienda las implicaciones, algo más profundas, de los llamados «pasillos del poder» sabe que en política casi nada ocurre sin que existan pactos no escritos que obedecen a poderosos planes. Aun así, cuando alguien menciona que existen «personas que manejan en secreto los hilos», al momento surgen airados gritos de protesta.

Totalmente contrario a la implantación del orden mundial feudal que propugnaba la Mesa Redonda, fue el desarrollo de estados-nación republicanos soberanos, decididos a desarrollar su capacidad de industria e investigaciones científicas, y la talla moral de sus ciudadanos.
«En efecto, el retraso tecnológico contribuye al surgimiento de un gobierno oligárquico. La existencia misma de la joven nación de Estados Unidos como república federal es un claro ejemplo. En el siglo XVIII, el norteamericano medio era cultural y económicamente superior al bretón medio. Es más, como las naciones que no compitieran tecnológicamente serían inferiores desde el punto de vista estratégico, hasta los estados comprometidos con la oligarquía, como Gran Bretaña, se vieron obligados a adoptar de Francia, que era superior tecnológicamente, aquel mismo progreso tecnológico que odiaban ver en manos francesas.» [5]
Sin embargo,
«a principios del siglo pasado, grandes poblaciones, sobre todo en Estados Unidos, un país sólido desde el punto de vista tecnológico, ya no podían ser subyugadas apelando al misticismo religioso. Tal como señaló Carl Jung, se precisaba una base seudocientífica para crear una secta». [6]
Entra en escena H. G. Wells. A partir de 1894, Wells escribió decenas de novelas de ciencia ficción y más de setenta cuentos para la Pall Mall Gazette, propiedad de los Astor, una familia de la Nobleza Negra de Venecia. Esta misma familia, años más tarde, patrocinaría a Hitler, junto con otros destacados oligarcas americanos y británicos. Su obra más importante, sin duda, fue La guerra de los mundos. De nuevo el tema de la invasión de la Tierra por parte de seres superiores tecnológicamente, en este caso procedentes de Marte. La tesis del
argumento es simple: el hombre, especie cuasi animal, corre peligro de desaparecer ante la invasión de una fuerza superior.

El futuro es una espiral dantesca que nos lleva al infierno. Finalmente el hombre derrota a los marcianos, pero no gracias a su creatividad ni a su inteligencia humanas, sino a la acción natural de las bacterias, que son las formas de vida más inferiores que existen.

Los patrocinadores de la ciencia ficción dejaban bien claras sus intenciones: los hombres eran bestias, la tecnología resultaba impotente y el producto más acabado de la larga lucha librada por el hombre para gobernar sus asuntos según la ley del progreso, el soberano estado-nación, iba a ser sustituido por un orden universal feudalista. Así pues,
«el método esencial para "acallar" a la población es la despiadada supresión de los poderes creativos de la razón, esa capacidad mental del hombre que habitualmente aparece en forma de descubrimientos válidos de la Física, que revolucionan los axiomas anteriores».[7]
Sin embargo, habiendo tanto en juego, se necesitaba algo más que a Wells para transformar una vibrante población estadounidense que tenía aspiraciones de grandeza en un corral lleno de ganado humano domesticado. La estrategia era simple y eficaz: retardar la creatividad en todos los terrenos y ralentizar el ritmo de los avances económicos y científicos. Así pues, en los editoriales de las revistas de ciencia ficción fue donde se puso a prueba una primera teoría crítica de la ciencia ficción.

Otro personaje muy implicado en la tarea de moldear la mente de los jóvenes y orientarla hacia un objetivo específico definido por la oligarquía fue un emigrante de Luxemburgo: Hugo Gernsback, miembro de la Real Sociedad Británica que había emigrado en 1904 a Estados Unidos. En 1926, Gernsback fundó Astounding Stories, la primera revista especializada en ciencia ficción de Estados Unidos, con lo cual creó la primera carnada de escritores americanos de ciencia ficción.

Gracias a revistas como Amazing Stories y, más adelante, Astounding Stories, la ciencia ficción
«expresaba audazmente lo que la ciencia aún no se atrevía a afirmar ni a sugerir, e incluso cosas que le resultaban absurdas. Desarrollaba las consecuencias sociales, éticas, metafísicas o puramente lógicas de la ciencia, o intentaba confirmar las suposiciones ideológicas de la misma. Desde esa perspectiva, la literatura de ciencia ficción era una continuación, si bien puramente verbal y conceptual, imaginaria y adelantada, del verdadero trabajo científico que de vez en cuando se sirve de ficciones en forma de lo que denomina "experimentos mentales"». [8]
Como decía antes, tras la aparición de la revista Amazing Stories, se publicó Astounding Stories, editada por John W. Campbell. Campbell era un licenciado en Física del MIT y de la Universidad Duke, y tenía una estrecha relación con L. Ron Hubbard, agente de la Inteligencia Naval de Estados Unidos, que en su tiempo libre escribía relatos de ciencia ficción, era adepto al ocultismo y fundó la secta de la Cienciología. Campbell ayudó a pulir los textos de prácticamente todos los escritores estadounidenses de ciencia ficción que tuvieron éxito, entre ellos Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, A. E. Van Vogt, que fue un destacado cienciólogo, Frank Herbert y el autor británico Arthur C. Clarke. Debido en parte a su arrolladora personalidad y a que pagaba más centavos por palabra en el sector, consiguió llevar a sus autores hacia sus propios objetivos.

La carnada de Campbell estaba formada en su totalidad por autores con una marcada tendencia anticientífica, vinculados a la clase gobernante británica. Por ejemplo, uno de ellos era Robert A. Heinlein, graduado en Annapolis y
«agente ducho en la guerra psicológica, estrechamente vinculado a la Inteligencia Naval, un organismo que, junto con la Inteligencia de las Fuerzas Aéreas, está estrechamente relacionado con los Servicios de Inteligencia británicos». [9]
En 1960, Heinlein fue destinado al proyecto MK-ULTRA, de proliferación de drogas, y en 1961 publicó Forastero en tierra extraña. Este libro trata de un niño marciano, Valentine Michael Smith, hijo de astronautas, que quedó huérfano, en Marte, al morir toda la tripulación. Valentine fue educado en la cultura de los nativos marcianos, seres con un control total de su cuerpo y mente. Veinte años más tarde, una segunda expedición enviada a Marte lo trae de vuelta a la Tierra. Como es el heredero de todo cuanto poseía el equipo explorador, incluidos varios inventos muy valiosos, se convierte en un títere político de las luchas entre los gobiernos. En la Tierra, cuando se siente amenazado por la sociedad, se repliega y entra en un estado de trance que 10 sitúa en «otro plano de la existencia». [10] Es decir, en un estado de conciencia elevada. Este libro se convirtió en la biblia de la cultura de las drogas fomentada por Gregory Bateson, Ken Kesey y Timothy Leary.

Sin duda alguna, el autor más famoso de este género es Isaac Asimov. Firme partidario de la doctrina de Malthus, según la cual se están agotando los recursos naturales, tema que trata repetidamente en sus obras, como por ejemplo en Bóvedas de acero. Asimov empezó a trabajar con Heinlein en el Naval Experimental Lab [Laboratorio de Experimentos Navales] durante la Segunda Guerra Mundial. La obra más importante de Asimov es la trilogía de La Fundación, que trata de dos grupos pequeños de la élite, uno especializado en alta
tecnología y el otro en la guerra psicológica,
«que se esconden en un planeta oculto a aguardar el esperado hundimiento del imperio galáctico. Ambos grupos siguen modelos del británico Instituto Tavistock y de los ocultos laboratorios Aldermaston, desde los cuales se controla toda la investigación y el desarrollo científicos que se llevan a cabo en las islas Británicas». [11]
Uno de los pocos autores que no era estadounidense y formaba parte de la camada de Campbell era el legendario Arthur C. Clarke, graduado en el King's College y veterano del programa de radar de las Reales Fuerzas Aéreas. [12] Es un consciente discípulo de H. G. Wells y del místico de la ciencia ficción Olaf Stapleton. La obra más conocida de Clarke es 2001, una odisea del espacio. El tema de la evolución trascendental del hombre, que trata esta novela, se atribuye a la influencia de Olaf Stapleton, un escritor británico. En ella se cuenta que todo el progreso humano se debe a la intervención de una raza alienígena superior. Clarke es también el autor del éxito de ventas Elfin de la infancia, que trata de una raza superior de alienígenas, los llamados «señores supremos», que invade la Tierra, pone fin a todas las guerras, ayuda a formar un gobierno mundial y convierte el planeta casi en una utopía. Y lo hace todo desde sus seguras naves espaciales. Varias décadas después, los «señores supremos» se dejan ver, juzgan a la humanidad y deciden fusionar la raza humana con el «torbellino cósmico incorpóreo».

CARL SAGAN Y COSMOS

Se mire como se mire, el debate sobre los ovnis tiene sólo dos posiciones posibles: o se cree en ellos o no se cree. Casi la única persona de la que se fiaron los medios de comunicación de la clase gobernante para que hablase de los ovnis, de la astrología y de las sectas fue el desaparecido Carl Sagan. En 1980 se estrenó en la televisión pública la serie Cosmos, que iba a ser todo un referente. Desde entonces,
«se calcula que la han visto más de mil millones de personas de todo el planeta. Cosmos hace una crónica de la evolución de nuestro planeta y se esfuerza por encontrar el lugar que nos corresponde en el universo. Cada uno de sus trece episodios se centra en un aspecto concreto de la naturaleza de la vida, de la conciencia, del universo y del tiempo. Incluye temas como el origen de la vida en la Tierra (y quizás, en otros lugares), la naturaleza de la conciencia y el nacimiento y la muerte de las estrellas. Cuando se emitió por primera vez, catapultó a su creador y presentador Carl Sagan a la categoría de icono de la cultura popular y abrió un número incontable de mentes al poder de la ciencia y a la posibilidad de que hubiera vida en otros mundos». [13]
Sin embargo, no hacen falta trece episodios para llegar a la conclusión de que lo que promueve la serie Cosmos no es ciencia pura. Desde los delfines saltarines que interpretan la coreografía de las valkirias de Wagner hasta las galaxias fruto de la psicodelia y de los dibujos futuristas, desde las ballenas que cantan y los dioses hindúes, en el Cosmos de Sagan hay un cambio de dialéctica que se aparta de la verdadera ciencia y que nos adentra en el mundo del misticismo. En vez de auténtica ciencia, expresión del empeño moral de la humanidad por conseguir el progreso a través del control del universo natural, Cosmos propone una versión acuario-dionisíaca de la ciencia basada en un irracionalismo existencialista, sentimentalista y ecologista, donde todos participarían de una conciencia cósmica común. ¿Dónde trazaba Sagan la línea que separaba la experiencia psicodélica de la charlatanería? En este sentido, Cosmos copia las ideas de la obra de Friedrich Georg Junger La perfección de la tecnología, escrita en 1939. Junger dice lo siguiente:
«La tecnología llena el aire de humo, contamina el agua, destruye los animales y los bosques. Esto lleva a una situación en la que se hace necesario proteger a la naturaleza del pensamiento racional.» 
Es decir, lo que estos pirados no entienden de la naturaleza es evidente que no tiene explicación, excepto, claro está, si uno acepta los desvaríos extraterrestres como hipótesis científica plausible.

La esencia de la ciencia está en los métodos mediante los cuales se hacen los descubrimientos, el llamado método de hipótesis que se inventó en la antigua Grecia.
«El punto central de este método es la convicción de que las leyes del desarrollo del universo son coherentes con la propia idea que tiene la mente humana de lo legítimo, de modo que la verdad del universo es, fundamentalmente, cognoscible para el hombre. » [14]
En cambio Sagan adopta, constantemente, un método de distorsión para desviar la atención del público de la coherencia de la mente humana. ¿Cómo lo hace? Intentando descomponer el universo en grupos de objetos, igual que hicieron Euclides y Aristóteles antes que él. Y lo hace porque, para él, las ideas tienen lugar en un espacio desprovisto de realidad.
«Sólo de esa manera, en una realidad sin oposición, podrían juntarse los mejores elementos en una construcción continua.» [15]
Pero las personas no apoyamos la doctrina nominalista a este respecto. Gracias a la coherencia de nuestra mente, sabemos lo que hemos experimentado y somos capaces de identificar existencias que corresponden a dichas experiencias sin necesidad de descomponer la experiencia en una colección de nombres, porque nuestro conocimiento real es el de nuestra relación humana y creativa con los procesos, no con las cosas.

A pesar de los conocimientos científicos del hombre, afirma Sagan, éste no es más que una mota de polvo en la inmensidad del cosmos. Quizá veamos a
«Sagan navegando por el espacio en un platillo volador, asegurándonos que en alguna parte de esa inmensidad hay vida, acaso una civilización superior que intenta comunicarse con nosotros, visitarnos...; o tal vez ya lo haya hecho». [16]
Y sólo para cerciorarse de que nosotros, los inferiores humanos, conocemos el sitio que nos corresponde en el universo, en la página 313 de Cosmos, Sagan nos ofrece un resumen por ordenador de las civilizaciones extraterrestres y el lugar que ocupamos en «la gran cadena de la existencia».

Se rompe la barrera entre este mundo y el siguiente, es una rasgadura iniciática del velo de lo desconocido: el espacio visto como el territorio tanto de los muertos como de una fuerza superior espiritual. De pronto, los vívidos colores del dibujo comienzan a retorcerse, a agrandarse, a encogerse y a cambiar de tonalidad; igual que una alucinación provocada por un viaje con LSD. Y por si el LSD y lo extraterrestre no funcionan, pruebe usted con el hinduismo, para variar:
«La religión hindú es la única de las grandes religiones del mundo que sostiene la idea de que el cosmos en sí soporta un número enorme, en realidad infinito, de muertes y renacimientos [ ... ] Existe la profunda y atractiva idea de que el universo no es sino el sueño de un dios que, pasados cien años Brahma (cada uno dura 8.640 millones de años), se disolvió en un sueño carente de imágenes. El universo se disuelve con él, hasta que, transcurrido otro siglo Brahma, él se despierta, recompone y empieza de nuevo a soñar el gran sueño cósmico. Mientras tanto, en otra parte, existe un número infinito de universos, cada uno con su propio dios que sueña el sueño cósmico.» [17]
Pero Sagan no se detiene aquí.
«Me gusta imaginar que estas imágenes tan profundas y tan encantadoras son una especie de premonición de las ideas de la astronomía moderna [ ... ] No está nada claro que el cosmos vaya a continuar expandiéndose eternamente [ ... ] Si existe más materia de la que podemos ver, oculta en los agujeros negros [ ... ] el universo se mantendrá unido gravitacionalmente y sufrirá una sucesión muy «hindú» de ciclos, expansiones seguidas de contracciones, un universo tras otro, un cosmos que no tiene fin.» [18]
En vez de hacer preguntas pertinentes referidas al lugar que ocupa la humanidad en el universo, Sagan nos lleva a un viaje espacial inducido por las drogas que conduce al olvido. Cualquier persona que tenga en pie su brújula moral preguntaría:
«Quiénes somos? ¿Hacia dónde se dirige la humanidad mientras vive y muere, en esos larguísimos viajes a través de una simultaneidad de eternidades siempre cambiantes?»
Gracias al poder alquímico de la televisión, la serie Cosmos convirtió a Sagan en un profeta. Pero no lo es. Los auténticos profetas de los malos tiempos reducen a los ogros a su verdadero tamaño y al hacerlo dejan al descubierto la idiotez de lo que los tontos temían por considerarlo el Poderoso Mago de Oz. No es de sorprender que ese gran espectáculo de la televisión fuera financiado por personas y organizaciones estrechamente vinculadas a los mismos locos de la Conspiración de Acuario, como Robert O. Anderson, del Instituto Aspen, que creó el movimiento ecologista por medio de instituciones como el Club de Roma, Amigos de la Tierra, el World Wildlife Fund y el World Watch Institute.

El Fondo Mundial para la Vida Salvaje (WWF), una organización creada por el príncipe consorte Philip de Inglaterra, retrata agresivamente a las especies depredadoras como los presuntos «mejores seres humanos», en comparación con los humanos y la moderna sociedad industrial. Entre las personas asociadas al WWF se encuentra el famoso director del zoo de Fráncfort, conocido internacionalmente, un hombre que en cierta ocasión dijo que la Tierra sería un lugar encantador si su población no superase los veinte millones de personas. Pero la emoción, el interés y la atención prestados a los verdaderos avances habidos en la exploración del espacio no pueden suprimirse con patochadas, ciencia ficción, recortes de presupuesto o guerra cultural. Lo que no parecen entender los lavacerebros de Tavistock es que el espíritu humano es mucho más resistente que sus fines ecologistas de crecimiento cero. Si decidimos explorar el espacio, no es porque sea fácil, sino porque es difícil. Ése ha sido siempre el destino del hombre.

La serie Cosmos se financió con una subvención concedida al PBS, Public Broadcasting System [Servicio Público de Difusión] de más de un millón de dólares, procedentes de la Atlantic Richfield Company. Su director, Robert O. Anderson, y su presidente, Thornton Bradshaw, son dos de las personas más
prominentes e influyentes que están en contra del progreso científico, tecnológico y cultural. Desde mediados de los años sesenta, la facción de diseño de políticas, de la que ambos son miembros, está empeñada en que tenga éxito lo que en los sesenta se conoció como la Conspiración de Acuario: la tarea de ir minando la sociedad por medio de movimientos contra la guerra, ecologistas y de contracultura de las drogas y el rock. En la actualidad, este grupo está empeñado en desindustrializar Estados Unidos para devolvernos a la nueva Edad Media.

La era del razonamiento científico, caracterizada por el libro de Marilyn Ferguson La Conspiración de Acuario como la Era de Piscis, ahora será reemplazada por la Era de Acuario.

A lo largo de la mayor parte de su historia, el PBS ha recibido financiación de AT&T, una empresa del Council on Foreign Relations; de Archer Daniels Midland, una empresa de la Comisión Trilateral; de PepsiCo, otra empresa del CFR cuyo presidente ejecutivo, Indra Krishnamurthi Nooyi es miembro del grupo Bilderberg y del Comité Ejecutivo de la Comisión Trilateral; y de Smith Barney, empresa del CFR y una de las instituciones financieras más importantes del mundo. Por lo tanto, difícilmente puede decirse que el PBS sea una empresa sin ánimo de lucro, que se ocupa de las familias y está dirigida por las cadenas de televisión pública de Estados Unidos, ¿no le parece? Es más, Atlantic Richfield Company (ARCO), Anderson y Bradshaw han sido particularmente activas en los esfuerzos ecologistas de la Conspiración de Acuario. Anderson financió personalmente el primer Día de la Tierra, que se celebró en 1971, y donó personalmente doscientos mil dólares para crear la organización Amigos de la Tierra a modo de oposición «popular» al progreso tecnológico. Cientos de millones de dólares fueron a parar al Día de la Tierra, un inmenso espectáculo acrobático de relaciones públicas destinado a hacer despegar el movimiento verde. El Día de la Tierra fue financiado por Naciones Unidas, Atlantic Richfield y las fundaciones Ford y Rockefeller, y fue dirigido por el Instituto de Estudios Humanísticos, que tiene su sede en Aspen, Colorado, uno de los principales centros de planificación que desempeñan un papel dudoso contra el progreso tecnológico y la energía nuclear, a la vez que promueven operaciones ecologistas de crecimiento cero.

Tanto Anderson como Bradshaw son jefes del Aspen mstitute for Humanistic Studies. El Instituto promovió el primer movimiento antinuclear y las teorías malthusianas acerca de creencias ecologistas según las cuales, la ciencia y la tecnología constituyen intrínsecamente un mal infligido por el hombre a la naturaleza. Estos dos ejecutivos de ARCO también son miembros del exclusivo Club de Roma, la destacada institución internacional que fomenta políticas de retroceso en tecnología y la reducción de la población mundial en varios miles
de millones de personas... Genocidio, por si no lo sabía.

El Club de Roma, que fue fundado en abril de 1968 por Alexander King y Aurelio Peccei, entre otros, siguiendo las teorías makhusianas acerca del genocidio, se formó en una reunión de treinta personas procedentes de diez países. En sus filas están los miembros más antiguos de la Nobleza Negra veneciana de Europa, descendientes de las familias europeas más ricas, que controlaban y gobernaban Génova y Venecia en el siglo XII. En 1972 publicaron su manifiesto sobre la «difícil situación de la humanidad», Limits to Growth [Los límites del crecimiento], donde se mostraba que la Tierra no era capaz de soportar la actual expansión demográfica en una época de escasez de los recursos naturales. La conclusión a la que se pretende llegar es que la economía mundial terminará hundiéndose, incluso según su propia opinión sobre los recursos «ilimitados», que implica que no haya adelantos científicos ni se desarrollen tecnologías nuevas y revolucionarias. Si uno es capaz de abrirse paso entre la babilónica confusión verbal, su informe de 1992 titulado The Global Revolution [La revolución global], un informe del Consejo del Club de Roma, deja poco lugar a dudas acerca de lo que pretendían:
«En la búsqueda de un nuevo enemigo que nos una, se nos ha ocurrido la idea de que dicho enemigo bien podría ser la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, las hambrunas y cosas parecidas.» 
Y concluyen diciendo lo siguiente: «El verdadero enemigo es la propia humanidad.»

Es decir, los capitalistas financieros que lanzaron a Carl Sagan y lograron que dejara de ser un profesor universitario con pantalones vaqueros de campana para convertirse en una superestrella intergaláctica, son los mismos que promovieron las políticas anticientíficas que vende su serie Cosmos. Los servicios prestados por Sagan forman parte del intento consciente de erradicar el progreso científico, porque la idea de un avance incesante a favor de un futuro mejor es algo prohibido para los oligarcas que operan en secreto.

Pero las cosas raras no acaban aquí. Sagan fue uno de los miembros fundadores de una cosa que se llama Planetary Society [Sociedad Planetaria]. Según su propia página web:
«La Planetary Society, fundada en 1980 por Carl Sagan, Bruce Murray y Louís Friedman, inspira e involucra al público del mundo entero en la exploración del espacio por medio de apoyo activo, proyectos y formación. En la actualidad, la Sociedad es la organización del espacio público más grande y más influyente de todo el mundo. «Su misión consiste en explorar el sistema solar y buscar vida más allá de la Tierra. Es una organización no gubernamental sin ánimo de lucro, que se financia con el apoyo de sus miembros.»
Suena maravillosamente prometedor, excepto que, desde el principio mismo, la junta de asesores estuvo formada por los principales portavoces de las campañas ecologistas y de desindustrialización de la Conspiración de Acuario que se hacían en Estados Unidos. La componían, entre otros, Isaac Asimov, el malthusiano escritor de ciencia ficción; Norman Cousins, editor del Saturday Review y miembro del Club de Roma; John Gardner, jefe de la organización ecologista Common Cause y presidente de la Carnegie Corporation, infiltrada por los Rockefeller; Shirley Hufstedler, que se sentaba en la junta directiva del Aspen Institute; y Lewis Thomas, destacado defensor de la eutanasia. [19] ¿Qué tienen en común todos ellos? El crecimiento cero, el progreso cero, ideal que comparten
sus principales miembros.



Viene de aquí.

NOTAS

1.Gary Westfahl, Hugo Gernsback and the Century of Science Fiction, MacFarland, Jefferson, NC, 2007.
2.Robert Zubrin, «There is No Science in Science Fiction», The Campaigner, abril de 1981.
3.Carol White, The New Dark Age Conspiracy, New Benjamin Franklin House, Nueva York, 1980.
4. lan D. Colvin, The Unseen Hand in English History, Nabu Press, Charleston, SC, 2010, reproducción de un libro publicado antes de 1923.
5. LaRouche, «How Bertrand Russell Became an Evil Man», Schiller Institute, 28 de julio de 1994, Parte III.
6.Robert Zubrin, «There is No Science in Science Fiction», The Campaigner, abril de 1981.
7. LaRouche, «How Bertrand Russell Became an Evil Man», Schiller Institute, 28 de julio de 1994, Parte III.
S. Gerard Klein, Learning from other worlds, Estrangement, Cognition and the Politics of Science Fiction and Utopia, Liverpool Uníversity Press, Liverpool, 2000.
9.Robert Zubrin, «There is No Science in Science Fiction», The Campaigner, abril de 1981.
10. http://en.wikipedia.org/wiki/Stranger-in-a-Strange-Land.
11.Robert Zubrin, «There is No Science in Science Fiction», The Campaigner, abril de 1981.
12.http://en. wik:edia. org/wi/ei/Arthur_C._Clarlee.
13.Carl Sagan, Cosmos, KCET Productions, 1978-1979.
14.Robert Zubrin, «Carl Sagan's Kook Cosmos», The Campaigner, febrero de 1981.
15.Helga Zepp-LaRouche, «The Historical roots of green fascism», EIR, abril de 2007.
16.Robert Zubrin, «Carl Sagan's Kook Cosmos», The Campaigner, febrero de 1981.
17.Carl Sagan, Cosmos, KCET Productions, 1978-1979.
18.Ibid.
19. http://medicine.jrank. orglpages/602/Esithanasía-Senicidemodern-argument. html.
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