Venezuela salvada por Saddam
Venía yo siguiendo a Venezuela desde hacía muchos años. Era el ejemplo clásico del país elevado de la pobreza a la prosperidad gracias al petróleo. Y también un modelo del trastorno que el petróleo fomenta, del desequilibrio entre ricos y pobres, y de nación desvergonzadamente explotada por la corporatocracia. Era el compendio de todos los lugares donde los gángsteres económicos al antiguo estilo, como yo, venían a coincidir con los de la versión corporativa, de nueva escuela.
Los acontecimientos que describía el periódico del día que visité la Zona Cero eran resultado directo de las elecciones de 1998 en que los pobres y los desheredados de Venezuela eligieron presidente a Hugo Chávez por aplastante mayoría.1 Sin pérdida de tiempo, éste instituyó medidas drásticas para controlar la judicatura y otras instituciones, y disolvió el parlamento venezolano. Denunció el «desvergonzado imperialismo» de Estados Unidos, vituperó la globalización, e introdujo una ley de hidrocarburos que recordaba, incluso por el nombre, a la que Jaime Roldós hizo promulgar en Ecuador poco antes de que se estrellase su helicóptero. Esa ley duplicaba los derechos a pagar por las compañías extranjeras del petróleo. A continuación Chávez desafió la tradicional independencia de la estatal Petróleos de Venezuela, reemplazando a los directivos de ésta por personas de su confianza.2







