Prólogo
La capital del Ecuador, Quito, se extiende a lo largo de un valle volcánico en los Andes, a más de dos mil ochocientos metros de altitud. Los habitantes de esta ciudad, fundada mucho antes de la llegada de Colón a las Américas, están acostumbrados a ver la nieve en las cumbres que los rodean, y eso que viven pocos kilómetros al sur del ecuador.
La ciudad de Shell, avanzadilla fronteriza y puesto militar roturado en la Amazonía ecuatoriana para servir a los intereses de la petrolera cuyo nombre ostenta, está casi dos mil quinientos metros más baja que Quito. Hirviente de actividad, la habitan sobre todo soldados, obreros del petróleo e indígenas de las tribus shuar y quechua que trabajan para aquéllos como peones y prostitutas.
Viajar de una ciudad a otra obliga a recorrer una carretera tan tortuosa como impresionante. Las gentes de estos lugares dicen que durante el trayecto se pasa por las cuatro estaciones del año en el mismo día. Aunque he conducido muchas veces por esa carretera, nunca me canso de sus espectaculares paisajes. A un lado, el roquedal desnudo, salpicado por cascadas torrentosas y espesuras de bromeliáceas. Al otro, un despeñadero que desciende abruptamente hasta el abismo por cuyo fondo corre el río Pastaza, un afluente del Amazonas que serpentea Andes abajo. Sus aguas provienen de los glaciares del Cotopaxi, uno de los volcanes activos más altos del planeta considerado una deidad en tiempos de los Incas, y van a volcarse en el océano Atlántico, a unos cinco mil kilómetros de distancia.




